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Hermann hesse


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LAS MUTACIONES DE PIKTOR

En cuanto llegó al paraíso, Piktor se encontró ante un árbol que era hombre y mujer al mismo tiempo. Piktor saludó al árbol con profundo respeto y preguntó:

— ¿Eres el árbol de la vida?

Pero cuando la serpiente quiso responderle en lugar del árbol, dio la vuelta y siguió su camino. Miraba todo, todo le gustaba mucho. Era evidente que estaba en la tierra y la fuente de la vida.

A continuación vio otro árbol, que era al mismo tiempo sol y luna.

Piktor preguntó:

— ¿Eres el árbol de la vida?

El sol asintió y rió, la luna asintió y sonrió.

Las flores más fascinantes le observaban con infinidad de colores y luces, con infinidad de ojos y rostros. Algunas asentían y reían, otras asentían y sonreían, las demás no asentían ni sonreían: callaban, embriagadas, ensimismadas, como ahogadas en su propio aroma. Una cantaba la canción de la lila, otra cantaba una canción de cuna azul y negra. Una de las flores tenía grandes ojos azules, otra le recordaba su primer amor. Una olía al jardín de la infancia, su dulce aroma era como la voz de su madre. Otra le miraba y reía y le mostraba su larga y arqueada lengua roja. Él la lamía, tenía un sabor fuerte y salvaje, como a resina y a miel, y también como el beso de una mujer.

Piktor estaba entre todas estas flores, lleno de añoranza y ávida alegría. Su corazón, como si fuera una campana, golpeaba pesadamente, golpeaba muy fuerte; ardía por lo desconocido, por lo maravillosamente presentido.

Piktor vio un pájaro, lo vio sentado en la hierba y sus colores brillaban; el hermoso pájaro parecía poseer todos los colores. Preguntó al bello pájaro multicolor:

— ¡Oh, pájaro! ¿Dónde está entonces la felicidad?

— ¿La felicidad? — dijo el precioso pájaro riendo con su pico dorado —. La felicidad, oh, amigo, está en todas partes, en la montaña y en el valle, en la flor y en el cristal.

Con estas palabras el alegre pájaro agitó sus plumas, estiró el cuello, removió la cola, guiñó un ojo, rió una vez más, luego quedó sentado, inmóvil, quieto en la hierba y, fíjate, el pájaro se había convertido en una flor multicolor: sus plumas se tornaron pétalos y sus garras raíces. En el brillo de sus mil colores, en medio de la danza, se convirtió en planta. Piktor lo miró, maravillado.

Y a continuación el pájaro—flor movió sus pétalos y estambres, ya estaba cansado de ser flor, ya no tenía raíces, se movió con suavidad, lentamente levantó el vuelto y se transformó en una brillante mariposa, que se balanceaba en el aire, sin peso, sin luz, con todo el rostro encendido. Piktor abrió mucho los ojos.

Pero el nuevo insecto, el alegre y colorido pájaro—flor—mariposa de rostro luminoso, volaba en círculos alrededor del asombrado Piktor, centelleando al sol. Se posó suavemente como un copo sobre la tierra, cerca de los pies de Piktor, respirando con delicadeza. Sus resplandecientes alas temblaban un poco, y enseguida se transformó en un cristal de colores, de cuyas aristas se desprendía una luz roja. La roja piedra preciosa despedía un brillo deslumbrante entre el verde del césped y las hierbas, intenso como campanas de fiesta. Pero su hogar, el interior de la tierra, parecía reclamarlo; empezó a disminuir de tamaño rápidamente, como si quisiera esconderse bajo tierra.

Entonces Piktor, dominado por un deseo poderoso, cogió la piedra que desaparecía y la retuvo. Miró embelesado su mágica luz, que parecía brillar en su corazón como augurio de toda dicha.

De pronto, en la rama de un árbol muerto se enroscó la serpiente y le silbó al oído:

— La piedra te convierte en lo que tú quieras. ¡Dile rápido tu deseo, antes de que sea demasiado tarde!

Piktor se asustó y temió perder su felicidad. Rápidamente dijo la palabra y se transformó en un árbol, pues a veces había deseado ser un árbol, porque pensaba que éstos rebosaban paz, fuerza y dignidad.

Piktor se convirtió, pues, en árbol. Sus raíces crecieron en la tierra, su tronco se elevaba hacia el cielo, de sus miembros nacieron hojas y ramas. Esto le complacía. Absorbió con sus fibras sedientas el agua de la tierra y agitó sus hojas en las alturas azules. En su corteza habitaban escarabajos, a sus pies vivían conejos y erizos, en sus ramas anidaban los pájaros.

El árbol Piktor era feliz y no contaba los años que transcurrían. Pasaron muchos, antes de que se diera cuenta de que su dicha no era completa. Poco a poco aprendió a ver con los ojos de los árboles. Y cuando por fin pudo ver, se puso triste.

Vio que a su alrededor, en el paraíso, la mayoría de los seres se transformaban muy a menudo y que todo fluía en el río mágico y eterno de la metamorfosis. Vio flores que se transformaban en piedras preciosas, o en relucientes pájaros que salían volando. Vio que a su lado muchos árboles desaparecían de pronto: uno se fundió y se convirtió en una fuente, el otro se volvió cocodrilo, otro nadaba alegre y fresco, lleno de vida y animado, convertido en pez, para comenzar nuevos juegos con una nueva forma. Los elefantes cambiaban sus vestidos con las rocas; las jirafas, sus siluetas con las flores.

Pero él, el árbol Piktor, siempre era el mismo, ya no se podía transformar más. Desde que esta idea entró en su conciencia, desapareció su felicidad; comenzó a envejecer y su aspecto se volvió cansado, serio y preocupado, como se puede observar en muchos árboles viejos. También lo vemos a diario en caballos, pájaros, personas y en todos los seres vivos: si no poseen el don de la mutación, con el tiempo caen en la tristeza y el desaliento, y su belleza se extingue.

Un día se extravió en aquella parte del paraíso una muchacha rubia que llevaba un vestido azul. Cantando y bailando corría bajo los árboles, y hasta entonces nunca había pensado en desear el don de la metamorfosis.

Algún mono sabio le sonreía, algún arbusto le hacía una suave caricia con una rama, algún árbol le tiraba una flor, una nuez, una manzana, sin que ella se diese cuenta.

Cuando el árbol Piktor vio a la muchacha, le sobrecogió una enorme añoranza, un deseo de felicidad como no lo había sentido nunca. Y al mismo tiempo se adueñó de él una profunda cavilación; sentía como si su sangre le gritara: «¡Recapacita! Recuerda en esta hora toda tu vida, encuéntrale sentido, de otro modo será demasiado tarde y la felicidad nunca volverá a ti». Y él obedeció. Recordó todos sus orígenes, sus años de humano, su llegada al paraíso, y muy especialmente, el momento en que se convirtió en árbol, aquel momento fascinante cuando tenía la piedra mágica en sus manos. En aquel entonces, cuando cualquier mutación estaba a su alcance, la vida se había encendido dentro de él como nunca. Recordó al pájaro que había reído, y al árbol con el sol y la luna; entonces se dio cuenta de que algo se había pasado por alto, había olvidado algo, y de que el consejo de la serpiente no había sido bueno.

La muchacha oyó un susurro entre las hojas del árbol Piktor, alzó la vista y sintió, con repentino dolor en el corazón, nuevos pensamientos, nuevos deseos, nuevos sueños que se agitaban en su interior. Impulsada por una fuerza desconocida, se sentó debajo del árbol. Le parecía que estaba solo, solo y triste, pero eso era precioso, conmovedor y noble en su muda tristeza; el canto de su murmurante copa le parecía seductor. Ella se recostó en el tronco rugoso, sintió que el árbol se estremecía por una vibración profunda, y sintió la misma vibración en su corazón, que le dolía de forma extraña; las nubes recorrían el cielo de su alma y lentamente empezaron a fluir pesadas lágrimas de sus ojos. ¿Qué era aquello? ¿Por qué había que sufrir así? ¿Por qué amenazaba el corazón con hacer estallar el pecho y fundirse con él, en él, el bello árbol solitario?

El árbol Piktor se estremeció suavemente hasta las raíces e hizo acopio de todas sus fuerzas para dirigirlas hacia la muchacha, con el deseo ardiente de unirse a ella. ¡Ay, por qué se dejaría engañar por la serpiente, condenándose a sí mismo a sufrir las consecuencias de aquel hechizo, que le había convertido para siempre en un árbol solitario! ¡Qué ciego, qué estúpido había sido! ¿Tan poco sabía entonces?, ¿le era tan ajeno el secreto de la vida? No, porque ya entonces había presentido alguna cosa oscura..., ay, y ahora con desconsuelo y honda comprensión pensó en el árbol que era hombre y mujer a la vez.

Un pájaro se acercó volando, un pájaro rojo y verde, un pájaro bello y audaz que se aproximó trazando un arco en el cielo. La muchacha lo vio volar y dejar caer algo de su pico, algo que brillaba rojo como la sangre, como las brasas, y que fue a parar a la verde hierba, brillante; aquello resplandeció con una confianza tan profunda y su roja luz era tan llamativa que la muchacha no pudo por menos de agacharse y recogerlo. Era un cristal, un rubí, y donde él está, no puede haber oscuridad.

Cuando la joven sostuvo la piedra mágica en su blanca mano, se realizó el deseo que tanto llenaba su corazón. La bella chica quedó en éxtasis, cayó y se fusionó con el árbol, transformándose en una rama fuerte y joven que nació del tronco, y creció rápidamente, elevándose hacia el cielo.

Por fin todo era perfecto, el mundo se puso en orden, hasta entonces no había encontrado el paraíso. Piktor ya no era un viejo árbol atribulado, ahora cantaba con fuerza: ¡Piktoria! ¡Victoria!

Estaba transformado. Como esta vez había alcanzado la verdadera, la eterna mutación, y como de una mitad había logrado un todo, podía, a partir de entonces, seguir mutando, tantas veces como quisiera. El río mágico del ser fluiría sin cesar en su sangre, formaría parte para siempre de la creación, en perpetua resurrección.

Se volvió cervatillo, se volvió pez, se volvió hombre y serpiente, nube y pájaro. Pero en cada figura era completo, en cada forma era un par, tenía luna y sol, tenía hombre y mujer dentro de sí, fluía como ríos gemelos por la tierra, brillaba como una estrella doble en el cielo.

(1922)

DENTRO Y FUERA

Había una vez un hombre llamado Frederick; se dedicaba a tareas intelectuales y poseía una amplia extensión de conocimientos. Sin embargo, no todos los conocimientos significaban lo mismo para él, ni apreciaba cualquier actividad intelectual. Tenía preferencia por un cierto tipo de pensamiento, desdeñando y detestando los otros. Sentía un profundo amor y respeto por la lógica —ese método admirable— y, en general, por lo que él llamaba "ciencia".

"Dos y dos son cuatro —acostumbraba a decir—. Esto es lo que creo; y el hombre debe construir su pensamiento sobre la base de esta verdad."

No ignoraba, sin duda, que existían otras clases de pensamiento y cultura; pero no los consideraba como "ciencia", y tenía una pobre opinión de ellos. Aunque librepensador, no era intolerante con la religión. La religión estaba fundada en un tácito acuerdo entre científicos. Durante varios siglos su ciencia había abarcado casi todo lo que existía sobre la tierra y era digno de conocerse, con una sola excepción: el alma humana. Con el transcurso del tiempo, se convirtió en costumbre abandonar esta materia a la religión, y permitir sus especulaciones sobre el alma, aunque sin considerarlas seriamente. Según esto, Frederick era también tolerante en lo referente a la religión; no obstante, todo lo que significaba superstición le era profundamente odioso y repugnante. Pueblos lejanos, incultos y retrasados podían recurrir a ella; en la remota antigüedad podía admitirse el pensamiento místico o mágico; pero con el nacimiento de la ciencia y de la lógica esas anticuadas y dudosas herramientas carecían de sentido.

Eso es lo que decía y lo que pensaba. Cuando algún vestigio de superstición aparecía ante él, se encolerizaba Y sentía como sí hubiese sido atacado por algo hostil.

No obstante, lo que más le irritaba era hallar tales vestigios entre hombres de su propia clase, educados y versados en los principios del pensamiento científico. Y nada le era tan doloroso e intolerable como el concepto escandaloso —que había oído recientemente formulado y discutido incluso por hombres de gran cultura—, la idea absurda de que el "pensamiento científico" no era posiblemente un hecho supremo, independiente del tiempo, eterno, preordenado e inexpugnable, sino sólo uno de tantos, una transitoria manera de pensar, no impenetrable al cambio y a la decadencia. Esa creencia irreverente, destructiva y venenosa se extendía; ni el propio Frederick era capaz de negarlo; había surgido al azar como resultado de la angustia originada en todo el mundo por la guerra, la revolución, y el hambre, a la manera de un aviso, como espiritual escritura de una blanca mano sobre un blanco muro.

Mientras más sufría Frederick por la existencia de esa idea y por lo profundamente que lograba afligirle, más apasionadamente la atacaba, tanto a ella como a aquéllos a quienes sospechaba sus secretos defensores. Hasta entonces sólo muy pocas personas verdaderamente cultivadas habían proclamado abierta y francamente su fe en la nueva doctrina, que parecía destinada, de lograr difusión y fuerza, a destruir todos los valores espirituales sobre la tierra y a provocar el caos. Pero la situación no había llegado aún a tal extremo y los dispersos mantenedores eran tan pocos en número que cabía considerarlos como casos singulares y excéntricos, elementos peculiares. Pero una gota del veneno, una emanación de esa idea, podía ser percibida en cualquier momento. De un modo u otro podían surgir entre el pueblo y los medios cultivados una serie de nuevas doctrinas esotéricas, con sus sectas y discípulos; el mundo estaba lleno de ellas, por doquier se veía amenazado por la superstición, el misticismo, los cultos espirituales y otras fuerzas misteriosas, a las cuales era necesario combatir; pero la ciencia, por un particular sentimiento de debilidad, les había concedido hasta el presente vía libre.

Un día, Frederick visitó a uno de sus amigos, con quien frecuentemente había investigado. Hacía algún tiempo que no lo había visto. Mientras iba subiendo por la escalera de la casa, intentó recordar cuándo y dónde había estado por última vez en compañía de su amigo, pero, aunque se enorgullecía de su excelente memoria, no lo conseguía. Imperceptiblemente molesto y malhumorado, mientras aguardaba ante la puerta de su amigo intentó liberarse de esta sensación.

Apenas había saludado a Erwin, su amigo, cuando advirtió en su cordial semblante una cierta aunque reprimida sonrisa, que le pareció advertir por primera vez. Apenas vio aquella sonrisa, en cierto modo burlona u hostil pese a su apariencia amistosa, recordó inmediatamente lo que estuvo buscando infructuosamente en su memoria: su último y anterior encuentro con Erwin. Recordó que se habían separado sin haber discutido, desde luego, pero con una sensación de discordia interna y disgusto, porque Erwin había prestado entonces muy escaso apoyo a sus ataques contra los dominios de la superstición.

Era extraño. ¿Cómo podía haber olvidado aquello por completo? Comprendió también que ésa era la única razón de haber evitado a su amigo durante tanto tiempo, simplemente ese descontento, y que desde el principio había sido consciente de ello, aunque se inventó una multitud de excusas para el repetido aplazamiento de esta visita.

Ahora se enfrentaban el uno al otro; Frederick sintió que la pequeña grieta de aquel día había experimentado un tremendo ensanchamiento. Intuyó que algo fallaba entre él y Erwin, algo que hasta entonces siempre estuvo presente: un aura de solidaridad, de espontánea comprensión, de afecto incluso. Ahora existía un vacío. Se saludaron; hablaron del tiempo, de sus conocidos, de su salud y —Dios sabe por qué— a cada palabra Frederick tuvo la molesta sensación de que no comprendía bien a su amigo, de que Erwin no lo conocía realmente, de que sus palabras estaban errando el blanco, de que no era posible hallar ninguna base común para una verdadera conversación. Con mayor motivo por cuanto Erwin exhibía aún en su rostro aquella amistosa sonrisa, que Frederick estaba empezando casi a odiar.

Durante una pausa en la laboriosa conversación, Frederick miró en torno suyo al estudio que conocía tan bien y vio una hoja de papel clavada con un alfiler en la pared. Esta imagen lo conmovió extrañamente y despertó antiguos recuerdos: hacía mucho tiempo, en sus años de estudiante, Erwin tenía ese hábito, a veces, para conservar el dicho de un pensador o el verso de un poeta frescos en su mente. Se levantó y se dirigió hacia la pared para leer el papel.

Allí, en la bella escritura de Erwin, leyó las siguientes palabras: "Nada está fuera, nada está dentro; pues lo que está fuera está dentro".

Pálido, permaneció inmóvil durante un momento. ¡Allí estaba! ¡Eso era lo que temía! En otra ocasión habría ignorado aquella hoja de papel, la habría tolerado caritativamente como una genialidad, como una debilidad inocente a la que cualquiera estaba expuesto, quizá como un frívolo sentimentalismo que pedía indulgencia. Pero ahora era diferente. Sintió que esas palabras no habían sido escritas por un fugaz impulso poético, no era por capricho que Erwin había vuelto después de tantos años a la práctica de su juventud. ¡Aquella frase era una confesión de misticismo!

Lentamente se volvió para mirarle el rostro, cuya sonrisa era de nuevo radiante.

—¡Explícame esto! —exigió.

Erwin hizo un gesto afirmativo con la cabeza, lleno de amistad.

—¿Nunca has leído este dicho?

—¡Naturalmente! —gritó Frederick—. Claro que lo conozco. Es misticismo, es gnosticismo. Quizá sea poético, pero... ¡De todas formas, explícamelo, y dime por qué lo has puesto en la pared!

—Con mucho gusto —dijo Erwin—. El dicho es una primera introducción a una epistemología que he estado investigando últimamente, y que me ha proporcionado ya muchas satisfacciones.

Frederick reprimió su arrebato. Preguntó:

—¿Una nueva epistemología? ¿Qué es? ¿Cómo se llama?

—¡Oh —contestó Erwin—, únicamente es nueva para mí. Es ya muy antigua y venerable. Se llama magia.

La palabra había sido pronunciada. Asombrado y sobrecogido por tan cándida confesión, Frederick comprendió con un estremecimiento que se hallaba enfrentado cara a cara con el archienemigo en la persona de Erwin. No sabía si estaba más cerca de la rabia o de las lágrimas; lo poseía un amargo sentimiento de irreparable pérdida. Durante una larga pausa permaneció callado.

Luego, con pretendida decisión en la voz, atacó:

—¿Así que deseas ahora convertirte en un mago?

—Sí —contestó Erwin sin vacilar.

—Una especie de aprendiz de brujo, ¿eh?

—Ciertamente.

Hubo tanta quietud que podía oírse el tictac de un reloj en la habitación contigua.

Frederick agregó después:

—Esto significa que abandonas toda relación con la ciencia seria y, por tanto, toda relación conmigo.

—Espero que no sea así —contestó Erwin—. Pero si no hay otro remedio, ¿qué puedo hacer?

—¿Qué puedes hacer? —estalló Frederick—. ¡Rompe, rompe de una vez por todas con esa puerilidad, con esa vil y despreciable creencia en la magia! Eso puedes hacer, si deseas conservar mi respeto.

Erwin sonrió un poco, aunque también su alegría se había desvanecido.

—Hablas como si... —murmuró, tan suavemente que a través de sus quedas palabras la irritada voz de Frederick aún parecía resonar por toda la habitación—, hablas como si eso estuviese dentro de mi voluntad, como si me quedara elección, Frederick. No es ése el caso. No tengo, ninguna elección. No fui yo quien escogió la magia: ella me escogió a mí.

Frederick suspiró, profundamente.

—Entonces, adiós —dijo hastiadamente, y se levantó sin ofrecerle su mano.

—¡Así, no! —exclamó Erwin—. No debes separarte de mí de ese modo. Imagina que uno de nosotros yace en su lecho de muerte —¡y en verdad que así es!—, y que debemos decirnos adiós.

—¿Pero quién de nosotros va a morir, Erwin?

—Hoy probablemente yo, amigo mío. Cualquiera que desee nacer de nuevo, debe estar preparado para morir.

Una vez más Frederick se dirigió a la hoja de papel y leyó el dicho.

—Muy bien —admitió al fin—. Tienes razón, no sirve para nada separarnos con ira. Haré lo que deseas; imaginaré que uno de nosotros se está muriendo. Antes de irme, quiero pedirte una última cosa.

—Me alegro —repuso Erwin—. Dime, ¿qué atención puedo demostrarte en nuestra despedida?

—Repito mi primera pregunta, y ésta es también mi petición: explícame ese dicho lo mejor que puedas.

Erwin reflexionó un momento y luego dijo:

—Nada está fuera, nada está dentro. Conoces el significado religioso de esto: Dios está en todas partes. Está en el espíritu y también en la naturaleza. Todo es divino, porque Dios es todo. Antiguamente esto recibía el nombre de panteísmo. En lo que concierne al significado filosófico, estamos acostumbrados a separar el dentro del fuera en nuestro pensamiento; sin embargo, esto no es necesario. Nuestro espíritu es capaz de superar los límites que hemos fijado para él, en el Más Allá. Más allá del par de antítesis que constituye nuestro mundo, comienza un nuevo y diferente conocimiento... Pero, mi querido amigo, debo confesarte que desde que mi pensamiento ha cambiado ya no existen para mí palabras ambiguas ni dichos: cada palabra tiene decenas, centenares de significados. Y ahí empieza lo que temes... la magia.

Frederick. frunció las cejas y estuvo a punto de interrumpirle. Pero Erwin lo miró de forma desarmante y continuó, hablando más distintamente:

—Déjame darte un ejemplo. Llévate algo mío, cualquier objeto, y examínalo un poco de cuando en cuando. Pronto el principio del dentro y el fuera te revelará uno de sus muchos significados.

Dio una ojeada en tomo a la habitación, tomó una pequeña estatuilla de arcilla de un anaquel, y se la dio a Frederick, diciendo:

—Toma esto como regalo de despedida. ¡Cuando este objeto que coloco en tus manos cese de estar fuera de ti y esté dentro de ti, ven a mí de nuevo! ¡Pero si permanece fuera de ti, tal como está ahora, para siempre, entonces esta separación tuya de mí será también para siempre!

Frederick quiso hablar todavía, pero Erwin tomó su mano, la estrechó, y se despidió de él con una expresión que no admitía réplica.

Frederick se retiró; descendió la escalera (¡qué largo le pareció el tiempo desde que la había subido!); se dirigió a través de las calles a su casa, perplejo y angustiado, con la pequeña figura de barro en la mano.

Se detuvo frente a su morada, apretó fieramente el puño sobre la estatuilla durante un momento, y sintió un irresistible impulso de romper el ridículo objeto contra el suelo. Nunca se había sentido tan agitado, tan movido por emociones antagónicas.

Buscó un lugar para el obsequio de su amigo, y puso la figura en la parte superior de un estante de su librería. Por el momento la dejó allí.

Ocasionalmente, según fueron pasando los días, la miró, meditando sobre ella y sus orígenes, considerando el significado que tan disparatado objeto iba a tener para él. Se trataba de una pequeña figura que representaba un hombre, o un dios, o un ídolo , con dos rostros, como el dios romano Jano, modelada más bien toscamente en arcilla y cubierta con un barniz tostado y algo cuarteado. La pequeña imagen tenía un aspecto grosero e insignificante; no era desde luego una obra griega o romana; probablemente se trataba del trabajo de alguna raza inferior y primitiva de África o de los Mares del Sur. Los dos rostros, que eran exactamente iguales, mostraban una sonrisa apática, indolente y débilmente burlona; el pequeño gnomo prodigaba su estúpida sonrisa de modo en especial desagradable.

Frederick no pudo acostumbrarse a la figura. Le resultaba totalmente inestética y ofensiva, se interponía en su camino, lo turbaba. Ya al día siguiente la tomó para dejarla sobre la estufa, y pocos días después la trasladó a un aparador. Pero una y otra vez aparecía en el campo de su visión, como si le estuviese imponiendo su presencia; se reía de él fría y estúpidamente, se daba tono, exigía atención. Tras unas cuantas semanas la puso en la antecámara, entre las fotografías de Italia y los recuerdos triviales que jamás miraba nadie. Ahora, al menos, sólo veía al ídolo al entrar o al salir, pasaba junto a él rápidamente, sin prestarle atención. Pero, también allí el objeto lo fastidiaba, aunque no quiso admitirlo.

Con aquel juguete, con aquella monstruosidad de dos caras, la vejación y el tormento habían entrado en su vida.

Un día, meses más tarde, regresó de un corto viaje. Emprendía ahora tales excursiones de cuando en cuando, como si algo lo empujase secretamente. Entró en su casa, atravesó la antecámara, fue saludado por la criada, y leyó las cartas que lo aguardaban. Pero seguía intranquilo, como si hubiera olvidado algo importante; ningún libro lo tentaba, ningún sillón era cómodo. Empezó a torturar su mente, ¿cuál era la causa? ¿Había descuidado algo importante? ¿Comido algo que pudiese trastornarlo? Al reflexionar, descubrió que esta sensación de inquietud había aparecido al entrar en el apartamento. Volvió a la antecámara e involuntariamente su primera mirada buscó la figura de arcilla.

Un extraño terror se apoderó de él al no ver al ídolo. Había desaparecido. No estaba. ¿Se había marchado caminando con sus pequeñas piernas de barro? ¿Había volado? ¿Desapareció por artes mágicas?

Frederick recobró la calma y sonrió ante su nerviosismo. Luego empezó a buscar tranquilamente por toda la habitación. Al no encontrar nada, llamó a la criada. Parecía turbada, y admitió en seguida que se le había caído el objeto mientras limpiaba.

—¿Dónde está?

Ya no estaba en ninguna parte. Tan sólido como aparentaba ser el pequeño objeto, ella lo tuvo a menudo en sus manos. Sin embargo, se había roto en mil pedazos. Llevó los fragmentos a un taller, donde simplemente se rieron de ella. Luego los había tirado.

Frederick despidió a la criada. Sonrió. Se sentía contento. ¡Qué poco le importaba el ídolo! La abominación había desaparecido; ahora tendría paz. ¿Por qué no habría deshecho el objeto a golpes desde el primer día? ¡Cómo había sufrido todo aquel tiempo! ¡De qué forma indolente, extraña, astuta, perversa, diabólica le había sonreído el ídolo! Ahora que había desaparecido, podía admitir la verdad: había temido verdadera y sinceramente a aquel dios de barro. ¿No era emblema y símbolo de todo cuanto le era repugnante e intolerable, de todo cuanto reconoció siempre como pernicioso, hostil y digno de supresión? ¿Un estandarte de todas las supersticiones, de todas las tinieblas, de toda coerción de la conciencia y el espíritu? ¿No representaba la horrible fuerza que se siente a veces bramando en las entrañas de la tierra, ese lejano terremoto, esa próxima extinción de la cultura, ese naciente caos? ¿No le había robado aquella despreciable figura a su mejor amigo, es más, no robado, sino convertido en enemigo? Ahora el objeto había desaparecido. Desvanecido. Roto en mil pedazos. Acabado. Era mucho mejor que si lo hubiera destruido por sí mismo.

Eso pensó, o dijo. Y volvió a sus asuntos como antes.

Pero la maldición persistió. Justamente cuando había conseguido acostumbrarse más o menos a aquella ridícula figura, precisamente cuando verla en su lugar habitual en la mesa de la antecámara se le había hecho gradualmente familiar y nada importante, era cuando su ausencia empezó a atormentarlo. Sí, la echaba de menos cada vez que cruzaba aquella estancia; veía constantemente el espacio vacío donde había estado, y el vacío emanaba de aquel lugar y llenaba la habitación entera.

Malos días y peores noches empezaron para Frederick. Ya no podía atravesar la antecámara sin pensar en el ídolo de las dos caras, sin echarlo de menos, sin sentir que sus pensamientos estaban unidos a él. Una agónica obsesión creció en su interior. Y no era simplemente al cruzar aquel cuarto cuando se sentía prisionero de su obsesión. De la misma forma en que el vacío y la desolación irradiaban del ahora vacío lugar en la mesa de la antecámara, aquella idea obsesiva irradiaba dentro de él, empujaba todo lo demás a un lado, enconándolo y llenándolo de extrañeza y desolación.

Una y otra vez imaginó la figura con suma claridad, para demostrarse a sí mismo lo absurdo de afligirse por su pérdida. Pudo verla en toda su estúpida fealdad y barbarie, con su vacua pero astuta sonrisa, con sus dos caras; impulsado como por una coacción, lleno de odio y con la boca torcida, se descubrió a sí mismo intentando reproducir aquella sonrisa. Le incomodaba la duda de si las dos caras eran en realidad exactamente iguales. ¿No tenía una de ellas, quizá simplemente por una pequeña aspereza o cuarteo en el barniz, una expresión algo distinta? ¿Algo raro? ¿Algo enigmático? ¡Qué peculiar era el color de aquel barniz! El verde y el azul y el gris, pero también el rojo, se mezclaban en él. Era un barniz que ahora hallaba a menudo en otros objetos, en una reflexión del sol de la ventana o en los reflejos de un húmedo pavimento.

Cavilaba mucho sobre aquel barniz, incluso por la noche. Le extrañó igualmente lo extraña, rara, malsonante, poco familiar, casi maligna que era la palabra "barniz". La analizó hasta invertir el orden de sus letras. Entonces leía "zinrab". Pero, ¿de dónde demonios tomaba su sonido aquella palabra? Conocía la palabra "zinrab", por supuesto que sí; además, era una palabra hostil y mala, una palabra con perversas e inquietantes implicaciones. Durante mucho tiempo lo atormentó esa pregunta. Finalmente dio con la respuesta: "zinrab" le recordaba un libro que había comprado y leído hacía muchos años durante un viaje, y que lo había aterrado, atormentado, pero fascinado secretamente; se titulaba Princesa Zinraka. Era como una maldición: todo lo relacionado con la estatuilla —el barniz, el azul, el verde, la sonrisa— significaba hostilidad, eran sinónimos de torturas y venenos. ¡De qué forma tan peculiar en otro tiempo Erwin, su amigo, había sonreído mientras ponía el ídolo en su mano! Una forma muy peculiar, muy significativa, muy hostil.

Frederick resistió valientemente —y muchos días no sin éxito— la tendencia obsesiva de sus pensamientos. Presentía el peligro claramente: ¡volverse loco! No, era mejor morir. La razón es necesaria, la vida no. Y se le ocurrió que quizá eso era la magia, que Erwin, con la ayuda de aquella figura, lo había encantado en cierto modo, y que debería sucumbir en un sacrificio como el defensor de la razón y la ciencia contra aquellos funestos poderes, Sin embargo, de ser así, si eso era posible, la magia existía, la hechicería existía. ¡No, mejor era morir!

Un médico le recomendó paseos y baños. A veces, en busca de distracción, pasaba la noche en una posada. Pero no le sirvió de nada. Maldecía a Erwin y se maldecía a sí mismo.

Una noche, como solía hacer ahora con frecuencia, se retiró temprano y estuvo inquieto en la cama, imposibilitado de dormir. Se sentía indispuesto e intranquilo. Deseaba meditar, deseaba hallar tranquilidad, decirse cosas reconfortantes, tranquilizadoras, frases de recta serenidad y claridad. "Dos y dos son cuatro". Nada vino a su mente; en un estado casi de delirio musitó sonidos y sílabas para sí. Gradualmente las palabras se formaron en sus labios, y varias veces, sin comprender su significado, repitió la misma frase para sí, como si hubiese tomado forma en él de algún modo. La murmuró una y otra vez, como si absorbiese una droga, como si en ella buscase a tientas su camino hacia el sueño que lo eludía en el estrecho sendero que bordeaba el abismo.

Pero súbitamente, al levantar un poco la voz, las palabras que estaba musitando penetraron en su conciencia. Las conocía: "¡Sí, ahora estás dentro de mí!" E instantáneamente comprendió. ¡Supo lo que significaban, que se referían al ídolo de arcilla, que entonces, en aquella hora gris de la noche, se había cumplido puntual y exactamente la profecía que Erwin le había hecho un espantoso día, que la figura que sostuvo desdeñosamente en sus dedos ya no estaba fuera de él sino dentro de él! "Pues lo que está fuera está dentro".

Incorporándose de un salto, experimentó como si le estuvieran haciendo una transfusión de hielo y fuego. El mundo vacilaba a su alrededor, los planetas lo miraban fija y alocadamente. Encendió la luz, se puso algunas ropas, abandonó su casa y corrió en plena noche hacia la casa de Erwin. Vio una luz encendida en la ventana del estudio que conocía tan bien; la puerta de la casa estaba abierta: todo parecía estar esperándolo. Subió precipitadamente la escalera. Penetró con paso inseguro en el estudio de Erwin y se apoyó con temblorosas manos sobre la mesa. Erwin se hallaba sentado junto a la lámpara, bajo su suave luz, pensativo y sonriente.

Cortésmente Erwin se puso en pie.

—Has venido. Eso está bien.

—¿Has estado esperándome? —preguntó Frederick.

—He estado esperándote, como sabes, desde el momento en que te fuiste de aquí con mi pequeño obsequio. ¿Ha sucedido lo que dije entonces?

—Ha sucedido —admitió—. El ídolo está dentro de mí. Ya no puedo soportarlo más.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó Erwin.

—No lo sé. Haz lo que quieras. ¡Explícame más acerca de tu magia. Dime si el ídolo puede salir de mí otra vez.

Erwin puso su mano sobre el hombro de su amigo. Lo condujo hacia un sillón y lo obligó a sentarse en él. Luego dijo cordialmente, en un casi fraternal tono de voz:

—El ídolo saldrá de ti otra vez. Ten confianza en mí. Ten confianza en ti mismo. Has aprendido a creer en él. ¡Ahora aprende a amarlo! Está dentro de ti, pero continúa muerto, es aun un fantasma para ti. ¡Despiértalo, háblale, pregúntale! ¡Pues es tú mismo! ¡No lo odies, no le temas, no lo atormentes! ¡Cómo has atormentado a ese pobre ídolo, que sin embargo eras tú mismo! ¡Cómo te has atormentado a ti mismo!

—¿Es ése el camino de la magia? —preguntó Frederick. Se hallaba profundamente hundido en el sillón, como si hubiera envejecido, y su voz era débil.

—Ese es el camino —contestó Erwin—, y quizá has dado ya el paso más difícil. Has hallado por experiencia que el fuera puede convertirse en el dentro. Has estado más allá del par de antítesis. ¡Te pereció el infierno; aprende ahora, amigo mío, qué es el cielo!. Porque es el cielo el que te espera. Mira, esto es la magia: intercambiar el fuera y el dentro. Pero no por el impulso, ni con la angustia, como tú lo has hecho, sino libremente, voluntariamente. Llama al pasado, llama al futuro: ¡ambos se hallan en ti! Hasta hoy has sido el esclavo del dentro. Aprende a ser su dueño. Eso es la magia.

EL LOBO

Nunca en las montañas francesas había habido un invierno tan terriblemente largo y frío. Desde hacía semanas, el aire era claro y helado. De día, los grandes glaciares inclinados se extendían infinitos y de un blanco mate bajo el cielo de un color azul muy vivo; de noche, la luna, clara y pequeña, pasaba por encima de ellos; una luna gélida, de un brillo amarillento, cuya luz intensa adquiría tonos azules y broncos en la nieva, y parecía la personificación misma de la helada. Los hombres evitaban todos los caminos, y especialmente las cumbres; ateridos y maldicientes, permanecían en las cabañas de sus aldeas, cuyas ventanas, enrojecidos, brillaban y se extinguían pronto, por la noche, de un modo turbio y humoso, junto a la luz azulada de la luna.

Eran tiempos difíciles para los animales de la región. Los más pequeños perecían helados en gran cantidad; también los pájaros sucumbían a la helada, y los flacos cadáveres servían de botín a los azores y a los lobos.

Pero también éstos pasaban tremendas penalidades a causa del frío y el hambre.

Sólo unas pocas familias de lobos habitaban el lugar, y la necesidad los empujó a estrechar los vínculos. Se pasaron días andando solos. Aquí y allá, uno de ellos avanzaba por la nieve, flaco, hambriento y al acecho, silencioso y esquivo como un fantasma. Su delgada sombra se deslizaba junto a él por la nevada superficie. Tendía al viento, husmeando, su hocico puntiagudo, y dejaba oír de vez en cuando un aullido seco y atormentado. Pero por la noche se juntaban todos y rodeaban las aldeas con roncos aullidos. En ellas, el ganado y las aves de corral estaban a buen recaudo, y, tras los sólidos postigos, había carabinas apoyadas en la pared. Pocas veces obtenían un pequeño botín, por ejemplo, un perro, y habían sido ya abatidos dos miembros de la manada.

El frío persistía. A menudo, los lobos yacían juntos, silenciosos y ensimismados, dándose calor unos a otros, y acechaban ansiosos el yermo sin vida, hasta que uno, atormentado por los crueles martirios del hambre, saltaba de pronto con tremendos aullidos. Los demás volvían entonces sus hocicos hacia él y estallaban todos juntos en un alarido terrible, amenazador y plañidero.

Finalmente, la parte más pequeña de la manada se decidió a emigrar.

De madugrada, abandonaron sus guaridas, se reunieron y, llenos de miedo y excitación, husmearon el aire helado. Luego partieron con un trote rápido y regular. Los que se quedaban los siguieron con unos ojos muy abiertos y vidriosos, trotaron tras ellos algunas decenas de pasos, se detuvieron indecisos y desconcertados, y regresaron lentamente a las guaridas vacías.

Los emigrantes se separaron al llegar el mediodía. Tres de ellos se dirigieron al Este, hacia el Jura suizo, y los demás continuaron hacia el Sur. Los tres primeros eran unos animales hermosos y fuertes, pero terriblemente enflaquecidos. El vientre estrecho y de color claro era delgado como una correa; las costillas sobresalían de un modo lamentable; las fauces estaban secas, y los ojos, abiertos y desesperados.

Los tres penetraron juntos en el Jura, y al segundo día cobraron un carnero; al tercer día, un perro y un potro; pero se vieron acosados furiosamente por todas partes por la población campesina. En la comarca, abundante en pueblecitos y pequeñas ciudades, cundió el pánico ante aquellos intrusos inesperados.

Los trineos del correo fueron armados, y nadie podía ir de un pueblo a otro sin fusil. En la región desconocida, después de un botín tan bueno, los tres animales se sentían a la vez cómodos y amedrentados; se volvieron más temerarios que nunca y penetraron en pleno día en el establo de una hacienda. Bramidos de vacas, de caballos y jadeos anhelantes llenaron el espacio cálido y angosto. Pero esta vez hubo gente que intervino. Se puso precio a los lobos y esto redobló el valor de los campesinos. Dos de ellos sucumbieron; uno con el cuello atravesado por una bala de un fúsil; el otro, abatido a hachazos.

El tercero escapó y corrió hasta caer medio muerto en la nieve. Era el más joven y hermoso de los lobos, una bestia orgullosa, de enorme fuerza y formas esbeltas. Permaneció largo tiempo jadeante en el suelo. Círculos de un rojo sangriento flotaban en remolino ante sus ojos, y de vez en cuando lanzaba un doloroso gemido sibilante. Un hachazo le había alcanzado el lomo. Pero se recuperó y pudo volver a levantarse. Sólo entonces se dió cuenta de lo mucho que se había alejado. No se veían seres humanos ni edificios por parte alguna.

Muy cerca se alzaba una gran montaña cubierta de nieve. Era el Chasseral.

Decidió rodearla. Como le atormentaba la sed arrancó pequeños bocados de la dura costra helada de la nevada superficie.

Al otro lado de la montaña se encontró en seguida con una aldea. Caía la noche Esperó en un espeso bosque de abetos. Después se deslizó con precaución alrededor de los vallados, siguiendo el olor a establos calientes.

No había nadie en la calle. Con temor y codicia, anduvo parpadeando por entre las casas.

Sonó un disparo. Levantaba la cabeza y tomaba impulso para echar a correr, cuando estalló un segundo disparo. Le había alcanzado. Su vientre blanquecino aparecía manchado de sangre en uno de los flancos, y la sangre caía en gruesas gotas persistentes. No obstante, consiguió escapar a grandes saltos y alcanzar el bosque del otro lado de la montaña. Allí esperó unos instantes al acecho y oyó voces levantó los ojos hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y de difícil ascenso. Pero no había otra alternativa. Jadeante, abajo, una confusión de blasfemias, órdenes y luces de linternas se extendía a lo largo de la montaña. El lobo herido se enfilaba tembloros a través del bosque de abetos en la penumbra, mientras la sangre parduzca iba goteando lentamente de su flanco.

El frío había disminuido. Al Oeste, el cielo aparecía vaporoso y parecía anunciar una nevada.

Al fin, el agotado animal llegó a la cumbre. Estaba sobre una gran extensión nevada, ligeramente inclinada, cerca del Mont Crosin, muy por encima de la aldea de la que había escapado. No tenía hambre, pero sentía un dolor persistente y apagado que le venía de la herida. Un ladrido ronco y enfermizo salía de su hocico colgante; el corazón le palpitaba de un modo pesado y doloroso, y sentía la mano de la muerte oprimiéndole como una carga indeciblemente díficil de soportar. Le atraía un abeto de ancho ramaje, separado de los demás.

Allí se sentó y dirigió una mirada turbia a la terrible noche nevada.

Pasó media hora. Entonces cayó sobre la nieve una luz de un rojo tenue, suave, extraña.

El lobo se incorporó con un gemido y volvió la hermosa cabeza hacia la luz.

Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el Sureste y se alzaba lentamente en el cielo turbio. Hacía muchas semanas que no había sido tan grande y roja. Los ojos del animal agonizante se clavaban tristemente en el opaco disco lunar, y nuevamente un débil aullido resonó con un estertor, sordo y doloroso, en la noche.

Se aproximaron pasos y luces. Campesinos embutidos en gruesos capotes, cazadores y jóvenes con gorros de piel y pesadas polainas, venían pisando la nieve.

Sonaron gritos de júbilo. Habían descubierto el lobo moribundo; dispararon contra él dos tiros, que no dieron en el blanco. Luego vieron que se estaba muriendo, y cayeron sobre él con palos y estacas. Pero él ya no sentía nada.

Con los miembros destrozados, lo bajaron arrastrándole hasta St. Immer.

Reían, se ufanaban, se prometían unos buenos vasos de aguardiente y café, cantaban, renegaban. Ninguno de ellos veía la belleza del bosque nevado, ni el brillo de las cumbres, ni la luna roja que flotaba sobre el Chasseral y cuya luz tenue se reflejaba en los cañones de sus fusiles, en los cristales de la nieve y en los ojos vidriosos del lobo abatido.. (1903)

SI LA GUERRA DURA 2 AÑOS MAS

Desde mis años de juventud he tenido la costumbre de ausentarme de cuando en cuando y sumergirme en otros mundos como en un baño de renovación; entonces solían buscarme y al cabo de cierto tiempo me daban por desaparecido, y cuando al fin regresaba, era para mí un placer escuchar los juicios sobre mi persona y sobre mis estados crepusculares o «ausencias» que emitía la llamada «ciencia». En realidad yo no hacía más que lo que me pedía la naturaleza y lo que tarde o temprano podría hacer la mayoría de los hombres; pero yo era considerado por estas gentes extrañas que son los científicos como una especie de «fenómeno», por unos como un poseso, por otros como un ser dotado de poderes milagrosos.

Me había ausentado, una vez más, por una temporada. A los dos o tres años de guerra, la actualidad había perdido mucho aliciente para mí y sentía necesidad de respirar otros aires. Abandoné, por la vía acostumbrada, la dimensión en que vivimos y emigré a otras dimensiones. Viví en pasados remotos, recorrí afanoso pueblos y épocas, contemplé las consabidas crueldades, los conflictos, los progresos y mejoras de la tierra, y luego me evadí por cierto tiempo en el espacio cósmico.

A mi regreso era ya el año 1920, y con gran desilusión mía los pueblos seguían enfrentados en la guerra con idéntica y necia obstinación. Se habían corrido algunas fronteras, viejas culturas superiores habían sido destruidas a conciencia, pero en conjunto y aparentemente la tierra no había cambiado mucho.

Se había alcanzado un notable progreso en la uniformidad. Por lo menos en Europa, según me dijeron, los países parecían exactamente iguales; incluso la diferencia entre países beligerantes y países neutrales casi había desaparecido. Desde que los bombardeos sobre la población civil se llevaban a cabo mecánicamente por medio de globos aerostáticos que de alturas de 15.000 a 20.000 metros dejaban caer sus proyectiles, los límites fronterizos entre los países, pese a estar vigilados estrechamente como antes, eran bastante ilusorios. La dispersión de esos vagos disparos desde el aire era tan grande, que los responsables de tales globos se daban por satisfechos cuando no alcanzaban la propia zona y les traía sin cuidado que muchas de las bombas cayeran en países neutrales e incluso aliados.

Este fue en realidad el único progreso que el espíritu bélico trajo consigo; en él se expresaba al fin con suficiente claridad el sentido de la guerra. El mundo quedó dividido en dos bandos que buscaban aniquilarse mutuamente, porque ambos aspiraban a lo mismo: la liberación de los oprimidos, la supresión de la violencia y el establecimiento de una paz duradera. Todos miraban con antipatía una paz que no pudiera durar eternamente: si la paz perpetua no era posible, se preferiría decidídamente la guerra perpetua, y la desaprensión con que los globos mortíferos dejaban caer desde alturas enormes su bendita carga sobre los justos y pecadores expresaba a la perfección el sentido de la guerra. Por lo demás, se seguía combatiendo a la manera antigua, con efectivos considerables, pero insuficientes. La modesta fantasía de los militares y técnicos había inventado unos pocos medios de destrucción... pero aquel visionario que había ideado el globo mecánico fue el último ejemplar de su especie, pues a partir de entonces los intelectuales, los visionarios, poetas y soñadores fueron desinteresándose cada vez más de la guerra. Esta quedó, como digo, en manos de los militares y los técnicos, y por eso hizo pocos progresos. Con enorme perseverancia los ejércitos seguían enfrentados, y pese a que la penuria de materias primas obligó a fabricar condecoraciones de papel, el valor militar no había menguado de forma sensible.

Encontré mi vivienda parcialmente destruida por los bombardeos, pero aún se podía dormir en ella. El ambiente era frío y desapacible, los escombros del suelo y el moho de las paredes me fastidiaron y pronto me largué a darme un paseo.

Anduve errante por algunas callejas de las ciudad, que encontré muy cambiadas, sobre todo porque no se veían tiendas. No había animación en las calles. Llevaba escaso rato caminado, cuando me abordó un hombre que ostentaba un número metálico en el sombrero y me preguntó qué hacía allí. Le contesté que estaba paseando. Y él: «¿Tiene usted permiso?» No le entedí bien, hubo un altercado y me obligó a seguirle al próximo negociado.

Llegamos a una calle donde todas las casas lucían etiquetas blancas en las que leí nombres de negociados con sus números y sus letras.

«Civiles desocupados», rezaba un rótulo, seguido de la cifra 2487 B 4. Entramos. Había las habituales dependencias oficiales, salas de espera y pasillos que olían a papel, a ropa húmeda y a aire de oficina. Tras algunas preguntas me condujeron a la sala 72 D d, donde fui sometido a interrogatorio.

Un funcionario se colocó frente a mí y me examinó atentamente.

—¿No sabe usted cuadrarse? —— preguntó severo.

—No —— repuse.

—¿Por qué no? —— insistió.

—Nunca he aprendido —— dije tímidamente.

—A usted le han detenido por andar paseando sin la correspondiente autorización. ¿Es cierto?

—Sí —— dije ——, es cierto. Yo no sabía nada. Mire, he estado mucho tiempo enfermo...

—Queda usted castigado a andar descalzo durante tres días. Quítese los zapatos.

Me quité los zapatos.

—¡Oiga! —— gritó el funcionario aterrado ——. ¡Oiga, usted lleva zapatos de piel! ¿De dónde los ha sacado?¿Está usted loco?

—Quizá mentalmente yo no sea del todo normal, no puedo juzgarlo por mí mismo. Los zapatos los compré hace tiempo.

—Pero ¿usted no sabe que a las personas civiles les está severamente prohibido el uso de cualquier tipo de cuero...? Sus zapatos quedarán aquí, incautados. Y ahora enséñeme sus papeles de identidad. Dios mío, no los tenía.

—¡Hacía un año que no me pasaba una cosa así! —— gimió el funcionario, que hizo entrar inmediatamente a un policía.

Me llevaron descalzo por algunas calles, luego volvimos a entrar en otro edificio oficial, atravesamos corredores, respiramos el olor a papel y a desolación, me impelieron a entrar en otra sala y fui interrogado por otro funcionario. Este llevaba uniforme.

— A usted le han sorprendido en la calle sin documento de identidad. Queda usted sancionado con la multa de dos mil gulden. Ahora mismo le hago el recibo.

— Perdone —— dije atemorizado ——. Ahora no tengo esa cantidad. ¿No podría, en lugar de esa multa, meterme en prisión por cierto tiempo?

Rió a placer.

— ¿Meterle en prisión? Pero, oiga, ¿qué se piensa usted? ¿Se imagina que encima le vamos a dar de comer...? No amigo, si usted no puede pagar esa insignificancia, no se librará de la pena máxima. Tengo que condenarle a la privación temporal del permiso de subsistencia. Entrégueme su cartilla de racionamiento.

No tenía.

El funcionario quedó mudo de estupor. Llamó a dos colegas, cuchicheó largo rato con ellos, señalándome varias veces, y todos se miraron con temor y profunda sorpresa. Luego me hizo llevar a una comisaría, en espera de que se resolviera mi caso.

Allí había, de pie o sentadas, varias personas; delante de la puerta vigilaba una guardia militar. Me chocó el que, aparte de la carencia de calzado, yo fuera con mucho el que mejor vestía de todos. Con un cierto respeto me dejaron sentar, e inmediatamente se arrimó a mí un hombrecillo de aire medroso, quien pegándose cautelosamente a mi oreja, me susurró:

—Oiga, le hago una fabulosa oferta. ¡Una remolacha azucarera entera, intacta! Pesa casi tres kilos. Puede ser suya. ¿Cuánto me ofrece?

Acercó su oreja a mis labios y yo musité:

—Hágame usted la oferta. ¿Cuánto pide?

—Digamos ciento quince gulden —— me susurró al oído.

Rehusé con la cabeza y me hundí en mis reflexiones.

Caí en la cuenta de que había estado ausente demasiado tiempo. Era difícil aclimatarse de nuevo. Hubiera dado cualquier cosa por un par de zapatos o de medias, pues sentía un frío tremendo en mis pies desnudos, tras haber caminado por las calles mojadas. Pero en el local todos estaban descalzos.

Al cabo de unas horas vinieron a buscarme. Fui conducido a la oficina número 285, sala 19 f. Esta vez el policía permaneció a mi lado, colocándose entre el funcionario y yo. Me dió la impresión de que se trataba de un alto funcionario.

—Usted se encuentra en una situación muy mala —— comenzó diciendo ——. Usted está en esta ciudad y carece de cartilla de racionamiento. Ya sabrá que esto lleva aparejadas las más severas penas.

Hice una pequeña indicación.

—Perdone —— dije ——, sólo le pido una cosa. Me doy perfecta cuenta de que yo no puedo salir de este atolladero... ¿No podría hacerme el favor de condenarme a muerte? Le quedaría muy agradecido.

El alto funcionario me miró indulgente a los ojos.

—Comprendo —— dijo con dulzura —— . ¡Pero así todos se saldrían con la suya! De cualquier forma, usted tendría que adquirir una tarjeta de defunción. ¿Tiene dinero? Cuesta cuatro mil gulden.

—No, yo no dispongo de tanta cantidad. Pero daría todo lo que tengo. Siento verdadera necesidad de morir.

Sonrió extrañamente.

—No me cuesta creerlo, pues no es usted el único. Pero eso de morir no es cosa tan sencilla. Usted pertenece a un Estado, amigo mío, y se debe a ese Estado en cuerpo y alma. Esto usted debería saberlo. Además... ahora veo que le han inscrito bajo el nombre de Sinclair, Emil. ¿Es usted acaso el escritor Sinclair?

—Sí, el mismo.

—¡Oh, cuánto me alegro! Espero poderle ser útil. Policía, puede retirarse.

Salió el policía y el funcionario me dió la mano.

—He leído sus libros con mucho interés —— dijo amablemtente —— y quiero ayudarle en la medida de mis posibilidades... Pero, por Dios, ¿cómo ha llegado usted a esta increíble situación?

—Bueno, he estado una temporada fuera. Me evadí por algún tiempo al espacio cósmico, habrán sido dos o tres años, y la verdad es que ya estaba casi convencido de que la guerra había terminado... Pero, dígame, ¿usted me puede procurar una tarjeta de defunción? Le quedaría profundamente agradecido.

— Tal vez sea posible. Pero antes necesita tener una cartilla de racionamiento. Sin esta cartilla no se puede dar un paso. Le voy a entregar una recomendación para el negociado ciento veintisiete, donde recibirá bajo mi garantía una cartilla provisional. Pero sólo es válida para dos días.

— Oh, es más que suficiente. — Muy bien. Cuando la tenga, vuelva a verme.

Le estreché la mano.

— Un momento —— dije a media voz ——. ¿Puedo hacerle otra pregunta? Ya se imaginará lo despistado que me encuentro en todo lo referente a la actualidad.

— Siga, siga.

— Bueno, pues... me interesaría saber cómo es posible que en estas condiciones la vida siga su curso. ¿Puede un hombre soportar esto?

— Oh, sí. Usted, como persona civil y sin documentación alguna, se encuentra en una situación especialmente ingrata. Ya quedan pocas personas civiles. El que no es soldado, es funcionario. De esta forma la vida para la mayoría es muy llevadera, incluso muchos se sienten felices. Y la gente se va acostumbrando poco a poco a las privaciones. Cuando llegaron a faltar las patatas y tuvimos que acostumbrarnos a la pasta de madera —— ahora se tuesta ligeramente y así sabe muy buena ——, todos pensaban que no se podría tolerar. Y la cosa dió resultado. Así ha pasado con todo.

— Comprendo —— dije —— En realidad no tiene nada de extraño. Sólo hay una cosa que no acabo de entender. Dígame: ¿a qué viene este ingente esfuerzo en todo el mundo? Estas privaciones, estas leyes, estos miles de empleados y funcionarios... ¿qué es propiamente lo que se intenta proteger y salvaguardar?

El alto jefe me miró sorprendido.

— Vaya pregunta —— exclamó meneando la cabeza ——. Usted debe saber que hay guerra, guerra en todo el mundo. Y eso es lo que salvaguardamos, para eso hacemos leyes, para eso nos sacrificamos. Es la guerra. Sin estos enormes esfuerzos los ejércitos no podrían durar ni una semana en el frente. Morirían de hambre... sería insostenible.

— Sí —— dije ——, no había caído. Bueno, pero... permítame una extraña pregunta: ¿por qué tienen en tanta estimación la guerra? ¿Puede la guerra justificar todas estas privaciones? ¿La guerra es un bien?

El funcionario se encogió de hombros, en gesto de conmiseración. Vio que no le entencía.

— Querido Sinclair —— dijo ——, usted vive fuera de la realidad. Pero recorra usted una calle, hable con una sola persona, haga un pequeño esfuerzo mental y pregúntese: ¿Qué es lo que nos queda, hacia dónde se orienta nuestra vida? Tendrá que contestarse inmediatamente: la guerra es lo único que nos queda. El placer y el lucro personal, la ambición social, la codicia, el amor, el trabajo intelectual... nada de esto existe ya. Sólo a la guerra le debemos el que exista en el mundo eso que se llama orden, ley, pensamiento espíritu... ¿No se hace cargo?

Sí, me hice cargo y le di las gracias a aquel caballero.

Me despedí y guardé mecánicamente en el bolsillo la recomendación para la oficina 127. No tenía intención de hacer uso de ella, no me interesaba seguir importunando en alguno de aquellos negociados. Y antes de que nadie se fijara en mí y volviera a interrogarme, pronuncié la formulita mágica, paralicé mi corazón, hice desaparecer mi cuerpo a la sombra de un arbusto y proseguí mi anterior peregrinaje, sin pensar más en el retorno. (1917)



EL IMPERIO

Erase un país grande, hermoso, no precisamente rico, en el que habitaba un pueblo honrado, modesto, pero vigoroso, y estaba contento con su suerte. No abundaba mucho la riqueza y la buena vida, la elegancia y el lujo, y países ricos miraban a veces con cierta sorna y una compasión zumbona al modesto pueblo del dilatado país.

En el oscuro pueblo prosperaban, sin embargo, algunas cosas que no se pueden comprar con dinero y son, no obstante, apreciadas de los hombres. Florecían cosas como la música, la poesía y la sabiduría, y de igual manera que a un gran sabio, predicador o poeta no se le exige que además sea rico, elegante y muy sociable, y sin embargo se le tiene en estima dentro de su género, así se comportaban otros pueblos más poderosos con este pueblo extraño y pobre. Dejaban de lado su pobreza y su forma de desenvolverse en el mundo, un tanto torpe e inhábil, pero hablaban con elogio y sin envidia de sus pensadores, poetas y músicos.

Y con el correr del tiempo ocurrió que el país del florecimiento intelectual siguió siendo pobre y con frecuencia fue oprimido por sus vecinos, más sobre estos y sobre todo el mundo se fue derramando una corriente constante, callada, fecunda de calor y de vida espiritual.

Había, sin embargo, un extremo, una circunstancia inmemorial y sorprendente, por la que el pueblo no sólo era mofado por los extranjeros, sino que también tuvo que sufrir y pasar penalidades: las muchas y diferentes razas de este país se llevaban muy mal, ya desde antiguo. Había luchas y celos constantes. Y aun cuando siempre se alzaba la voz de la inteligencia y los mejores hombres del pueblo declaraban que era preciso y colaborar en una labor amistosa y conjunta, sin embargo, la idea de que alguna de aquellas razas — o su príncipe — se impondrían sobre las otras y asumirían el mando, les resultaba a los más tan molesta, que nunca se llegó a la unión.

Con todo, la victoria sobre un príncipe conquistador extranjero que había tenido duramente sojuzgado el país, parecía iba a traer esta unión. Pero pronto se enzarzaron otra vez en las peleas; los pequeños príncipes se resistían, y los súbditos de estos pequeños príncipes habían recibido de ellos tantos favores en forma de cargos, título y condecoraciones, que todo el mundo estaba contento y no querían saber de novedades.

Entretanto tuvo lugar en todo el mundo aquella revolución, aquella extraña transformación de los hombres y de las cosas, que como un fantasma o una enfermedad irrumpió con el humo de las primeras máquinas a vapor y trastocó la vida en todas partes. El mundo se pobló de trabajo y estudio, fue regido por las máquinas e impelido a empresas siempre nuevas. Nacieron grandes Imperios, y el continente que había inventado las máquinas acaparó aún más poderío que antes, repartió el resto de los continentes entre los poderosos, quien no era poderoso se quedó con las manos vacías.

También al país de nuestra referencia llegó la ola de prosperidad, pero su lote fue exiguo, tal como competía a su rango. Parecía que los bienes del mundo se habían repartido una vez más, y una vez más parecía que el pobre país quedaba postergado.

Pero de pronto todo tomó un rumbo diferente. Las viejas voces que clamaban por una unión de las tribus nunca habían sido acalladas. Apareció un poderoso hombre de Estado, y a la afortunada y brillante victoria sobre una potencia vecina fortaleció y aunó al país, cuyas tribus todas se fundieron y constituyeron un gran Imperio. El país pobre de los soñadores, pensadores y músicos despertó, se hizo rico, se hizo grande, se hizo uno e inició su carrera como potencia recién nacida junto a sus hermanas mayores. Allá fuera, en el ancho del mundo, no quedaba gran cosa que expoliar y conquistar, la joven potencia se encontró con que en los lejanos continentes los lotes ya estaban repartidos. Pero el espíritu maquinista, que en este país se había ido imponiendo muy gradualmente, floreció de pronto en forma espectacular. En breve plazo se transformó todo el país. Se hizo grande, se hizo rico, se hizo poderoso y fue respetado. Acumuló riqueza y se rodeó de un triple baluarte de soldados, cañones y fortificaciones. Pronto surgieron entre los pueblos vecinos, inquietos ante el nuevo país, los recelos y temores, y también éstos comenzaron a construir trincheras y a fabricar cañones y buques de guerra.

Pero no era esto lo peor. Había dinero suficiente para costear aquellas ingentes defensas, y nadie pensaba en una guerra; el país se rearmaba para toda eventualidad, porque a los ricos les gusta ver rodeado su dinero de muros de hierro.

Mucho peor era lo que acontecía dentro del nuevo Imperio. Este pueblo, que durante tanto tiempo fue ora mofado, ora ensalzado en el mundo, que poseyó tanto espíritu y tan poco dinero... este pueblo reconocía ahora las ventajas del dinero y del poder. Se edificaba y se ahorraba, se comerciaba y se financiaba, a todos faltaba tiempo para hacerse ricos, y el que poseía un molino o una fragua había de tener cuanto antes una fábrica, y el que había tenido tres oficiales debía contar ahora con diez o veinte, y muchos llegaron a tener cientos y miles. Y cuanto más rápido trabajaban las manos y las fábricas, más aceleradamente se acumulaba el dinero... entre aquellos que tenían habilidad para acumularlo. Pero la masa de trabajadores ya no se componía de oficiales y colaboradores de un maestro artesano, y se hundieron en la servidumbre y la esclavitud.

En otros países ocurrío algo similar, también en ellos los talleres se hicieron fábricas; el maestro, amo; los trabajadores, esclavos. Ningún país del mundo pudo sustraerse a este destino. Pero el nuevo Imperio tuvo la fatalidad de que este nuevo espíritu y movimiento mundial coincidiera con su propio nacimiento. No contaba con un largo pasado ni con una vieja riqueza, había ingresado en estos frenéticos nuevos tiempos como un niño impaciente; sus manos rezumaban trabajo y rezumaban oro.

Cierto que los profetas y agoreros le decían al pueblo que caminaba por sendas extraviadas. Le recordaban los tiempos pasados, la gloria humilde y discreta del país, la misión de tipo intelectual que antaño realizara, el torrente espiritual, noble e incesante, de pensamiento, de música y poesía que en el pasado vertiera sobre el mundo. Pero estas advertencias eran objeto de risa en la euforia del joven Imperio. El planeta era redondo y seguía girando, y si los abuelos habían compuesto poemas y escrito libros filosóficos, todo eso sería muy bonito, pero los nietos querían demostrar que en aquel país eran capaces de hacer otras cosas. Y así construían en sus miles de fábricas nuevas máquinas, nuevas vías férreas, nuevas mercancías, y por si acaso nuevos fusiles y cañones. Los ricos se distanciaron del pueblo, los pobres trabajadores se vieron abandonados a sí mismos, y tampoco pensaban ya en el pueblo, del que formaban parte, sino que sólo se preocupaban de sí mismos y se afanaban por sí mismos. Y los ricos y poderosos, que habían fabricado los cañones y fusiles contra los enemigos exteriores, se alegraban ahora de su previsión, pues en el interior había enemigos tal vez más peligrosos.

A todo esto puso fin la gran guerra que durante años asoló al mundo tan terriblemente y entre cuyos escombros seguimos aún nosotros, aturdidos con su ruido, amargados con su locura y enfermos con su torrente de sangre que fluye a trvés de nuestros ensueños.

Y la guerra acabó cuando se derrumbó aquel joven y prospero Imperio, cuyos hijos habían marchado al frente de batalla con entusiasmo, con euforia. El Imperio fue derrotado, ignominiosamente derrotado. Los vencedores exigieron, antes de entrar en negociaciones de paz, un fuerte tributo del pueblo vencido. Y ocurrió, que durante días y días, mientras el ejército derrotado se retiraba, se cruzó en el camino con largos trenes que transportaban desde la patria los símbolos del antiguo poder, para entregarlos al enemigo victorioso. Máquinas y dinero que fluían a torrentes desde el país vecino, para ir a parar a manos del enemigo.

Pero entretanto, en la hora de la extrema miseria, el pueblo vencido había despertado. Expulsó a sus jefes y príncipes y se declaró mayor de edad. Constituyó consejos por su cuenta y proclamó su voluntad de encontrarse a sí mismo, en medio de su desgracia, por sus propias fuerzas y desde su propio espíritu.

Este pueblo, llegado a mayor de edad bajo tan dura prueba, aún no sabe hoy adónde conduce su camino y quién será su guía y su servidor. Pero los dioses sí lo saben, y también saben porqué enviaron sobre este pueblo y sobre todo el mundo el flagelo de la guerra.

Y desde la oscuridad de estos días se perfila un camino, el camino que el pueblo derrotado tiene que recorrer.

Este pueblo no puede volver a la infancia. Ningún pueblo es capaz de hacerlo. No puede renunciar sin más a sus cañones, a sus máquinas y a su dinero, para dedicarse otra vez en sus pequeñas y apacibles ciudades a hacer poemas y tocar sonatas. Pero puede correr el mismo camino que toda persona que tiene que recorrer, cuando su vida se ha llevado a extravíos y sufrimientos. Ha de hacer memoria de su ruta anterior, de sus orígenes de su niñez, de su desarrollo, de su esplendor y de su decadencia, y sobre la base de este recuerdo podrá encontrar las fuerzas que le pertenecen radical y inalienablemente.

Tiene que «entrar dentro de sí mismo», como dicen los místicos. Y dentro de sí, en la intimidad, hallará el propio ser indestructible, y este ser no intentará sustraerse al auténtico destino, sino que responderá a éste afirmativamente, y a partir del reencuentro consigo mismo emprenderá nuevamente el camino.

Si así sucede, y si el pueblo aplastado recorre dócilmente y con sinceridad el camino del destino, recuperará algo de lo que fue en otros tiempos. De nuevo brotará en él un río, incesante y sosegado, que fluirá hacia el mundo, y los que hoy son aún sus enemigos, en el futuro volverán a poner oído atento al rumor de este manso río.

SI LA GUERRA DURA 5 AÑOS MAS

En el Regierungsblatt, único periódico que en 1925 aparecía aún en el reino de Sajonia (semanalmente), se publicó en otoño del mismo año el siguiente artículo con el título un tanto rebuscado Un nuevo Kaspar Hauser En Vogtland, región de Ronnenburg, se hizo recientemente un descubrimiento tan enigmático como sospechoso, del que aún está por ver si se trata de un simple caso curioso o presenta un interés ulterior.

En la campaña de «eliminación de la población no apta para el servicio civil», tan bien organizada entre nosotros y tan humana pese a su inevitable dureza, ocurrió en la región de Ronnenburg uno de esos casos, bastante frecuentes, en que un individuo, después de haber sido declarado incapaz para servir al Estado y a la sociedad, ha sobrepasado notablemente (parece se trata de meses) el plazo de existencia fijado. El individuo, Philipp Gassner, con domicilio en una pequeña granja sita en las afueras de un pueblo, fue declarado hace ya un año, en razón de la edad, inútil total, y se le recordó en la forma acostumbrada su obligación de súbdito, rebajándole gradulmente el racionamiento. Una vez acabado el último plazo, y al no haberse anunciado su fallecimiento ni su solicitado para él los servicios de cloroformo del distrito, el suboficial Kille se personó, por encargo del comando regional, en la vivienda de Gassner para comunicarle en la forma prescrita y bajo amenaza de sanción penal al cumplimiento de sus deberes ciudadanos.

A pesar de que este aviso se llevó a efecto con arreglo a las normas vigentes, sin omitir el acostumbrado ofrecimiento de facilidades sin recargo, Gassner, a punto de cumplir los setenta años, fue presa de una extraordinaria excitación y rehusó obstinadamente dar cumplimiento a la ley. En vano le echó en cara el suboficial la falta de patriotismo que demostraba con semejante actitud y el triste espectáculo de una persona de edad, cargada de méritos ciudadanos, resistiéndose a hacer el necesario, sacrificio que toda la juventud acepta a diario en el campo de batalla. En el momento en el que iba a ser detenido, Gassner intentó incluso defenderse. El suboficial, a quien ya chocó la extraña fuerza corporal de aquel hombre a quien desde hacia un año se le iba privando de racionamiento, procedió a un registro de la casa. Y entonces se produjo lo increible: en una habitación del primer piso, con salida al jardín, fue sorprendido un joven a quien el anciano mantenía oculto desde hacía años.

El joven, ventiséis años y de aspecto sano, resultó ser Alois Gassner, hijo del propietario de la casa. De qué forma consiguiera el astuto viejo evitarle al hijo durante años el cumplimiento del servicio militar y tenerle en casa, está aún por aclarar; probablemente se trata de un delito de falsificación de documentos. El emplazamiento solitario de la casa, la fortuna del padre, un huerto fértil y cultivado con esmero de muchas rentas vivían ambos holgadamente, explican en parte el hecho.

Lo interesante en este caso no es tanto lo insólito de un grave defraudación de impuestos y de incumplimiento del deber civil, como una característica psicológica que con esta ocasión se descubrió y en este momento es estudiada por expertos. Apenas se puede dar crédito, pero las noticias recogidas hasta ahora no dejan lugar a dudas.

¡Oigan ustedes!

Mentalmente, Alois Gassner parece ser, según testimonio unánime de los especialistas, totalmente normal. No sólo escribe, lee y calcula con soltura, sino que posee una elevada formación intelectual y con ayuda de una biblioteca privada muy buena se ha dedicado al estudio de la filosofía. Ha elaborado una serie de trabajos en los más diversos campos de historia de la filosofía y de teoría del conocimiento, aparte de poemas y ensayos literarios, trabajos todos ellos que delatan por lo menos un pensamiento claro y un espíritu claro.

Pero el extraño desertor adolece en su vida intelectual y anímica de un vacío en extremo chocante: no sabe nada de la guerra. Ha vivido todos estos años fuera del mundo circundante. Al igual que carecía de existencia civil, espiritualmente vivía fuera de nuestro tiempo y nuestro espacio, siendo probablementela única persona adulta de Europa que, en pleno ejercicio de sus facultades mentales, no sabe nada de su época, de la guerra mundial, de los acontecimientos y conmociones de estos diez años.

Podríamos comparar a este singular filósofo con aquel Kaspar Hauser que pasó toda su juventud en una oscura soledad, fuera de la realidad cotidiana.

En el caso relativamente simple de Gassner padre, no se hará esperar mucho tiempo el esclarecimiento de los hechos y la sentencia judicial. Ha incurrido en un delito grave y tendrá que cargar con las consecuencias. Sobre la inocencia o culpabilidad del hijo, en cambio, los pareceres son muy encontrados. Por ahora permanece en un establecimiento de salud, para ser estudiado. Las pocas cosas de las que hasta ahora se ha enterado en este centro sobre los ancontecimientos mundiales, sobre el Estado y sobre los deberes cívicos han suscitado en él simplemente una sorpresa infantil y angustiosa. Es evidente que no toma del todo en serio los esfuerzos que se hacen por introducirle en estos dominios; parece ser que los considera como estratagemas con las que se intenta explorar su salud mental. Preguntas y pruebas de asociación de los términos políticos más corrientes, conocidos de cualquier niño, no provocan en él reacción alguna.

Según noticias de última hora, la Facultad de Filosofía de la universidad de Leipzig acaba de hacerse cargo del caso. Los estudios y trabajos de Gassner van a ser sometidos a una investigación en este centro. Pero aun prescindiendo del valor hipotético de tales obras, la Facultad muestra gran interés en conocer a este hombre e incluso, eventualmente, adquirirlo para el centro, como el único ejemplar de una especie humana que ya no existe en la tierra. Este «hombre prebélico» será objeto de un estudio a fondo y posiblemente quedará retenido para la ciencia.



RECOPILACIONES DE CUENTOS DE HERMANN HESSE




CUENTOS(4 volúmenes): Alianza Editorial

Bajo el viejo sol.

El lobo.

Karl Eugen Eiselein.

El Enano.

De la infancia.

Del Taller.

La Marmolería.

Mes de Julio.

El alumno de Latín.

El Reformador.
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Hermosa es la juventud.

Berthold.

Amigos.

Taedium Vitae.

Walter Kömpff.

El noviazgo.

Un hombre llamado Ziegler.

El Retorno.

El aprendizaje de Hans Dierlamm.
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La ciudad

El fin del doctor Knölge

Pater Matthias

Emil Kolb

El pavón nocturno

Robert Aghion

La novia

La velada literaria

El ciclón

En la glorieta de Pressel

El hombre de los bosques

En una pequeña ciudad

Si la guerra dura dos años más

El europeo

El imperio

Si la guerra dura cinco años más

Retorno

Alma infantil


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El último verano de Klingsor.

Klein y Wagner.

Dentro y fuera.

Trágico.

El vaso escribiente.

Madonna D'Ongero.

La fiesta de la Madonna en la Tesino.

La ciudad turística del Sur.

Entre los Masagetas.

Una velada en casa del doctor Fausto.

Sobre el lobo estepario.

Parodia Suaba.

Edmund.

El señor Claassen.

La clase interrumpida.

El mendigo.

El pequeño Limpiachimeneas.

La conversión de Casanova y otros cuentos.
La conversión de Casanova (1906)

Ladidel (1908)

Cesco y la montaña (1908)

Recuerdo de la niñez (1900)

Noche de Junio (1900)

El Novalis (1901-1902)

El ayuntamiento (1903)

Hans Amstein (1903)

Una chiquillada (1904)

Garibaldi (1904)

El cerrajero (1905)

Wenkenhof. Relato romántico de juventud. (1905)



La leyenda del rey indio y otros relatos iniciáticos:
Margarita de Escodia (1902)

Aventura... narrada según los antiguos autores (1904)

La muerte del hermano Antonio (1904)

La conversión de Casanova (1906)

Changrin d'Amour (1907)

El tritón (de las viejas crónicas) (1907)

El adolescente enamorado (1907)

Tres leyendas de la Tebaida (1907-1909):

El diablo del yermo

Los panecillos dulces

Los dos pecadores

La leyenda del rey indio (1907)

La ejecución (hacia 1908)

El sitio de Kremna (1909)

Daniel y el niño (1911)

El prendimiento (1911)

Los tres tilos (1912)

De la infancia de san Francisco de Asís (1919)

La fábula de los ciegos (inspirada en Voltaire) (1929)

El salto (?)

Parábola china (?)

Leyenda china (1959)


Cuentos maravillosos:
Juego De Sombras,

El Cuento Del Sillón De Mimbre,

Sueño De Flautas,

Noticia Curiosa De Otra Estrella,

El Camino Difícil,

Una Sucesión De Sueños,

Faldum,

Iris,


Conversación Con La Estufa,

Las Metamorfosis De Píctor,

Rastro De Un Sueño,

Entre Los Masagetas,

El Rey Yu,

El Salto,

Los Dos Hermanos,

Cuentos de amor

El caballero sobre el hielo.

Acerca de los dos besos.

Carta de un adolescente.

Amor.

Víctimas del amor.



La petición de mano.

Lo que vio el poeta al anochecer.

La no fumadora.

Chagrin d´amour.



Nuevos cuentos de amor

El alumno de latín

Hans Amstein

Julio


La primera aventura

La marmolería

Juego de sombras

En aquel atardecer de verano

Bella es la juventud

El aprendizaje de Hans Dierlamm

Taedium vitae

El bello sueño

La novia

El ciclón



Las mutaciones de Piktor.

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