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Hay una niebla intensa en la calle, intensa y extraordinariamente baja. Aún así, cuando cruzo la puerta de salida de la piscina me aturde la luz y tengo que cerrar los ojos brevemente y luego acostumbrarlos


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Respiración
Cuando avanzo veo otros cuerpos, brazos que entran y salen rítmicamente, piernas que se estiran y se contraen, o que se mueven de arriba abajo, generando movimiento, conjuntos de burbujas por las que yo atravieso avanzando en cuña y luego abriendo los brazos, pegándolos al cuerpo después, entro y salgo, y cuando estoy fuera no observo, sólo centro mi atención en lo que veo después, cuando sumerjo la cabeza y con ella todo el cuerpo, cuando no respiro, y prolongo en lo que puedo mi estancia bajo el agua, mirando a un lado y a otro, observando los cuerpos que, como el mío, avanzan en la piscina moviendo brazos y piernas, levemente sumergidos. Cuando descanso me cuelgo del borde, me doy un pequeño impulso y, apoyado en los brazos cruzados, saco una buena parte del cuerpo del agua: entonces vuelven los pensamientos y con ellos el malestar. Así que me dejo caer, me dejo hundir, bajo el agua, como si me desmayara, como si perdiera ese conocimiento que deseo perder, y vuelvo a encontrarme con ese paisaje familiar, paisaje tranquilizador de cuerpos bajo el agua, piernas masculinas y femeninas cortadas por el bañador que se agitan a fin de mantener el cuerpo a flote.
Hay una niebla intensa en la calle, intensa y extraordinariamente baja. Aún así, cuando cruzo la puerta de salida de la piscina me aturde la luz y tengo que cerrar los ojos brevemente y luego acostumbrarlos. Busco un banco y me siento: sinceramente, no tengo interés en ver nada, es como si, una vez fuera, en este mundo sin agua, no pudiera ver y respirar a la vez, me distraigo, si veo, con las cosas de fuera, los árboles que están podando, el humo de las calefacciones, también las cigüeñas que, cada día más, pueden verse cruzando el cielo de un lado a otro, en muchas ocasiones llevando pequeñas ramas en el pico, me distraigo con estas cosas y me olvido de observar el estado del magma que hierve dentro. La traición del cerebro es dolorosa, hay que evitarla: prefiero sentarme dentro de la niebla y mantenerme informado. Otros salen adelante, me digo, yo mismo lo he hecho, lo hice, hace frío pero estoy mejor aquí sentado, diciéndome estas cosas, se sale adelante, se acaba saliendo.

Hago así un poco de tiempo, sentado en un banco en la niebla, frente a Económicas, quieto, intentando no pensar, con la sensación, acuciante, de que cualquier ruido del cerebro podría desencadenar un alud, comiendo un poco, un sándwich que en la máquina dicen que es de pollo, así me preparo para dar la clase, en realidad no para darla, sino para poder hacerlo. Después de un rato, en el que no hago nada salvo juguetear con el envoltorio de plástico del sándwich, tomo aire, me sumerjo en la niebla y camino, apenas distraído por las carreras de un setter y el vuelo de una cigüeña. La vida es difícil en estos casos, así lo pienso, y lo reconozco como verdad, estoy dentro de un caso difícil, y no confío lo suficiente en mí mismo para salir de ésta, no sé cómo lo haré, porque en los últimos tres años, los que he estado con ella, se me ha desgastado mucho el tejido, el propio, el carácter propio, sospecho que hasta se me ha rasgado en algunos lugares, y no por ella, sino por mí, por tener que usarlo tanto en pequeñas cosas, en pequeños conflictos que otros resuelven con la costumbre. Es otra cosa que tengo que mirarme, otro frente que vigilar, también tengo que volver a la piscina, a por el gorro, espero que siga en el banco de donde, ahora lo veo nítidamente, no lo he recogido.


La verdad es que agradezco tener clases por la tarde, sólo las cambiaría por clases nocturnas, siempre he necesitado que me llenen las tardes, y ahora más que nunca, pues siento que no podría enfrentarme a una tarde sin obligaciones, no podría enfrentarme a mí mismo, a lo que sea. Tecleo mi nombre en el google, lo hago casi cada día, en el despacho, por saber si ha ocurrido algo nuevo conmigo, por saber de mí: sigo ahí, no hay novedades, las mismas referencias a artículos y congresos de siempre, que dan la medida de una vida con la que en este momento me conformo. Bien, toca ir a clase, levantarse, cerrar la puerta del despacho, caminar por el pasillo, cruzar el hall principal, entrar en el aula y subirse a la tarima, es la lista de las cosas, ésta, que están en el límite de mis posibilidades, la lista de las cosas que, como la semana pasada, en la que tuve un desmayo, una especie de lipotimia, pueden llegar a superarme. Primero oí la pregunta, la semana pasada, que sentí como un impacto, inmediatamente después vino la ignorancia, luego una oleada de calor, y finalmente ya sabía que iba a caer redondo porque no lograba tener ningún sentido de mi cuerpo. Podría haberme golpeado con el borde de la tarima, pero tuve suerte: me fui contra el encerado, me llené de tiza y resbalé hasta al suelo. Al día siguiente consulté un par de libros y respondí a la pregunta, pero no quise ir al médico, porque la causa ya la conozco.
Tras finalizar la clase, recojo el despacho e inicio sin distracciones el camino a casa. Siempre cojo algo en el despacho, un libro, unos apuntes, me dan cierta seguridad a la hora de pasearme por los pasillos y salir a la calle. Con el tiempo me he convertido en un ser inseguro, un ser convencido de que todos le miran y le juzgan, y también de que todos saben, de que están al tanto, todos, de las cosas superficiales, por así decirlo, pero también de sus causas, incluso de aquellas que son para mí desconocidas. Por eso es una bendición esta niebla persistente, esta niebla baja que me oculta por completo a poco que agache la cabeza. En ese sentido, que el Pisuerga esté llenando la ciudad de invisibilidad es una alegría, una pequeña alegría, un alivio, en estos momentos.

Dejo el libro que me he traído en el estudio, el abrigo en el perchero de la entrada, giro el termostato y me siento en el sofá. Mi vida no ha cambiado en absoluto en estas cosas: cada día en los últimos meses he venido caminando desde la facultad después de dar una clase la mayor parte de las veces desvaída, he desencajado un libro de mi brazo, lo he colocado sobre la mesa del estudio y luego me he sentado en el sofá del salón. Intento ahora que mi vida se resuma en esto, en este pequeño tramo común de lo que estaba siendo, o lo que creía que estaba siendo, y lo que es ahora, pero sólo puedo ver las diferencias, las lacerantes diferencias.

Llaman.
“Hola, Elena, pasa”. “Paso, paso”, contesta ella, y ya en medio del pasillo, pregunta, girándose hacia mí, “¿qué tal va el enfermo hoy?”. Le dije que era eso lo que tenía, una enfermedad de la que estaba convaleciente, una cosa más física que mental de la que simplemente tengo que recuperarme. A ella le parece una idea comprensible, y en cierto modo me anima a tomármelo así –en cierto modo: “cada uno que se dé las explicaciones que quiera”, me dijo, “las que más le ayuden”-. A veces tiro por otra línea, me diagnostico otro tipo de mal, un mal culpable, egoísmo o algo parecido, y me propongo entrar en crisis, o aprovechar la crisis para “viajar hacia abajo”, o “remover mis fundamentos”, alguna de esas cosas cuyo sentido preciso ignoro. Pero ahí no encuentro el apoyo de Elena, ahí no aplica su talante liberal: “no me vengas con esas”, me dijo cortante, “suena a autocompasión”, añadió, cuando un día quise explicarle cómo era yo, y qué pensaba que podía haber sucedido con Lola, y, en realidad, con las otras mujeres con las que he llegado a compartir mi vida. A mí me suena a lo contrario, lo que intenté contarle, a autoflagelación, pero lo cierto es que es difícil saber qué demonios hace uno cuando hace estas cosas, estos viajes verticales, esto de ponerse en ebullición,

“el enfermo reporta algunos síntomas de angustia vital, como cada día, y leves punzadas en la boca del estómago”,

“¿qué dices? ¿te duele de verdad?”, pregunta Elena, ya en el salón. “Lo cierto es que sí, un poco”, le contesto, “¿té o café?”, pregunto después. “A estas horas ni lo uno ni lo otro. Pero una cerveza me iría bien”, me dice ella sentada en el sofá, mientras yo estoy en la cocina. “¿Qué tal Enrique?”, pregunto desde allí, con la cabeza metida en el frigorífico. “Por ahí anda, como siempre”, responde, y añade, “aparecerá en cualquier momento”.

Cuando regreso a la sala con dos cervezas, me encuentro a Elena levantada, con la mano encima del radiador, “tú tampoco tienes gas”, comenta, “a ver si lo arreglan pronto”. “¿Cómo que estoy sin gas?”, pregunto, “no tenía ni idea”, añado, y coloco yo también la mano sobre el radiador, frío, pienso,

(no hay nada que no falle)

(todos los problemas acuden a la llamada del fracaso)

me voy a la cocina otra vez, abro el grifo del agua caliente, dejo correr el agua unos instantes, “¿desde cuándo estamos así?”, pregunto a Elena. “Media tarde”, me contesta, “pero el administrador me ha dicho que es toda la calle, y que están en ello”. “Bueno, pues a esperar”, concluyo mientras me dejo caer en el sofá. Elena está aún de pie, paseándose por la sala, chafardeando, como se dice, mirando libros, “tienes que recomendarme alguno”, comenta, “alguno un poco alegre”, me dice, sonriendo. Mi idea es que no es una casualidad que la mayor parte de los libros sean tristes, y menos casual es que lo sean todos los que me gustan y se ofrecen a la vista de Elena, en un libro tiene que hacer explosión un drama, pienso, y me pongo a recorrer con la mirada las baldas de la estantería y a contabilizar dramas, sin que pueda evitar sopesarlos en relación al mío, en relación a mí,

(egoísmo).

“¿Te enteraste de lo de ayer?”, me pregunta de pronto Elena, sacándome afortunadamente de mis pensamientos. “¿De qué?”, pregunto, “¿estuvimos sin gas también ayer?”, “no me digas”, comienza “que no oíste toda la bronca. Si hubo unos gritos de escándalo. Vino la policía y todo. Bueno, los municipales. Parece que ya lo ha conseguido”, concluye, “ya se ha quitado a la francesa de encima”. Ah, es eso, pienso, la francesa, “¿y lo de la policía?”, pregunto, “¿qué pasaba, que no quería irse?”, “por lo que entendí”, responde, “ella decía que había pagado el mes, pero según Rosa... la casera”, informa al percibir mi despiste, “lo que había pagado era una fianza que ella le quería devolver”. “Pues no me enteré de nada”, comento, “¿a qué hora fue todo el asunto?”, pregunto, intentando hacer memoria de mi día de ayer, “cosa de las diez”, me dice, “como a las once vinieron los municipales, sacaron a un chico, el novio de la francesa, y esperaron a que ella recogiera sus cosas para llevársela”, “o sea”, digo, “que le dieron la razón a la casera”. ¿Qué hacía yo a las diez, entre las diez y las once? Estoy puerta con puerta con el piso ese, de la francesa sólo me separaba un tabique, insuficiente en cualquier caso para protegernos de sus orgasmos. A veces nos reíamos Lola y yo, con sus orgasmos, orgasmos franceses, otras veces nos estremecíamos, sobre todo cuando encadenaba varios seguidos a altas horas de la madrugada, la francesa, pensábamos de golpe, y no sabíamos, al menos yo no sabía, si considerarla un ídolo o un incordio. Me hubiera gustado enterarme de algo de lo que pasó ayer, me habría gustado verla llorar, también verla irse, y ver al chico, claro, a quien jamás oí, de cuya existencia llegamos a dudar, ¿cómo podía ser tan silencioso?

“Es que la tenía” me contesta Elena, “y esa chica no estaba bien. Desde el principio le dio problemas”.

Me cuenta que por ese piso “han desfilado”, desde el principio del curso, por lo menos seis estudiantes, han estado un mes a lo sumo y se han largado, y siempre por la misma razón, la francesa y su carácter, o la francesa y su suciedad literal y metafórica. Desde el primer día, me informa, la francesa ha estado dando guerra: le dijo a Rosa que venía a estudiar y al rato le pidió un justificante de residencia para poder trabajar. No era trigo limpio, me dice Elena, y yo la creo, pero no puedo evitar sentirla cercana, a la francesa, con su suciedad literal y metafórica, es de mi familia, así lo siento, no tanto porque se orgasmeara prácticamente en mi cama y muchas veces dentro de mi conciencia, sino justamente por su suciedad que yo creo compartir, la francesa y su carácter, se ve que yo lo tengo mejor, el carácter, por mi casa no “desfila” gente cada mes, pero también yo llevo un problema conmigo, un problema caníbal que se resuelve en abandonos y exilios. Pero todo esto me aparta de mi pregunta: ¿qué hacía yo ayer a las diez?

“No consigo acordarme de qué hacía yo anoche”, le digo a Elena. “Te habrías acostado ya”, comenta, “no sé. En casa estabas, que yo me acababa de marchar”.

Llaman otra vez.
“Será Enrique”, anuncia Elena, mientras yo avanzo por el pasillo y me hago con el pomo de la puerta. “Hola vecino feo”, dice Enrique riéndose. Hoy lleva la bufanda del Barça, la naranja, y un gorro de lana también con el escudo del Barça, “¿hay partido hoy, o qué?”, le pregunto cuando ya ha recorrido la mitad del pasillo y va diciéndole algo a su madre. “¡Baaaarça!”, grita él por toda respuesta.

Cuando entro en la sala otra vez, Elena me dice que se va, “tenemos que cenar”, justifica, “¿no tienes hambre, Enrique?”, pregunta. Enrique le dice que sí, que mucha, y yo les ofrezco cenar conmigo, en mi casa, pero ella dice que no quiere molestar, y Enrique lo repite “no queremos molestar”, dice solemne. Antes de que se vaya, cuando ya están encarando la salida, vuelvo a preguntarle por el Barça, “¿con quién jugábamos?”, le digo, “¡Inter!”, contesta él, volviéndose hacia mí visiblemente molesto. También Elena parece molesta cuando, ya en la puerta, me comenta “hijo, estás que no te enteras de nada”.


Al cerrar la puerta me quedo pensando, apoyado en el marco, en lo que me acaba de decir Elena, en las palabras que tan a propósito me ha dado para que mastique, para que rumie por un rato hasta poderlas disolver. Lo hace a menudo, Elena, me practica pequeñas heridas, imagino que para que me haga fuerte, o para que me salga el veneno con la sangre, siempre son lo suficientemente pequeñas, estas heridas, nunca me hacen un daño real, ni me dejan agotado, pero sé que por ellas sangro, y que con la sangre se me va algo más, aunque no sé si bueno o malo. Es verdad, no me entero de nada, pero esto, diría yo, no es nuevo. Es mi paradoja, la paradoja en la que vivo, no he aprendido apenas nada en mucho tiempo porque siempre he estado ocupado conmigo mismo, con mi persona. Eso por un lado. Por otro, sin embargo, resulta que sé considerablemente poco de mí, porque en realidad llevo largo tiempo huyendo de mí mismo, largo tiempo sin querer saber de mi persona. Lo que hago es observarme, nada más, no quiero saber de mí más que a ese nivel, nivel de observación, de los “sentidos”, no he querido teorías, no he querido pensar, no sobre mí, por eso me he dedicado a este tipo de filosofía que hago yo, para desviar el caudal de pensamiento que de lo contrario, así lo siento, se vuelve contra mí. Pero esta actividad de observación me ha impedido aprender, conocer cosas del mundo, cosas prácticas y no tan prácticas, y al final así me encuentro, apoyado en el marco de la puerta, solo y sin siquiera saber que estoy sin gas

(me gustaría decirle estas cosas a Lola, como todo lo que pienso, pero sé que no voy a cambiar)


Vuelvo al sofá y enciendo la televisión. Al menos quiero enterarme de qué ha hecho el Barça . Me duele no haber estado con Enrique en el bar, haberle acompañado y también, en parte, protegido. No es que vayan a pegarle, aunque quién sabe, a veces viene gente al bar que da más que mala espina, jóvenes con el pelo rapado, chándal y cosas así, aspecto “ultra”, en definitiva; es más por evitar que se rían de él los demás, los “normales”, y si nos ven juntos se cortan algo, rebajan sus chanzas, por así decir. No sé hasta qué punto le duelen las burlas a Enrique, que todo lo que le digan contenga un menosprecio y un guiño a las risas de los otros, supongo que lo encaja como puede, que está más o menos acostumbrado a ello, pero también imagino que en algún lugar todo eso tiene que estarle haciendo un daño profundo, en algún sitio tiene que estar todo muy turbio, lleno de sedimentos contaminados que al mínimo movimiento entran en danza. En el momento en que le vi por primera vez, allí en el bar, nada menos que en pleno Madrid-Barça, me vino a la cabeza una canción de Sinèad O’Connor, una canción extraña por el tema, y por el título, Scorn not his simplicity, no te burles de su simplicidad. Estuve todo el partido tarareándola, como si el hacerlo pudiera tener como efecto que se filtrara en las cabezas, por lo demás muy ocupadas con el partido, del resto de los clientes. Desde luego que si la hubieran oído, si hubieran percibido la voz frágil y calma de Sinèad O’ Connor cantando esa canción extraña, no habrían seguido riéndose de la coca-cola light de Enrique, ni de su bufanda del Barça, ni de si iba a mear o no, o si protestaba por una jugada... es complicado ser del Barça en Valladolid, y más si eres retrasado.

Yo no sabía que Enrique era hijo de Elena, iba a decir “el hijo”, pero no, no es el único, tiene otro de dos metros, y negro, aunque éste se quedó en Barcelona. A Elena ya la habíamos conocido, había coincidido con ella Lola en el portal y al subir me había comentado

(lo recuerdo bien, hay cosas que recuerdo demasiado bien, memorias que parecen percepciones)

(yo estaba en la cocina, calentando un arroz blanco del día anterior, y sólo oí parte de la frase:)



“una vecina encantadora”. Poco después, un par de días tal vez, volvieron a encontrarse y subieron juntas a casa: Lola había dedicado mucho tiempo a decorar el piso, a pintar incluso los azulejos del baño, y quería enseñárselo a Elena, en realidad quería que lo viera alguien más que yo, no porque yo no lo apreciara, o, al menos, no sólo por eso, sino porque necesitaba alguien de fuera que lo valorara, que la valorara a ella. Hay gente que puede desdoblarse, y transmitir la sensación de ser de fuera cuando en realidad no lo es, parecer en ocasiones una persona que uno acaba de conocer y que valora las cosas de forma imparcial y en su justa medida. Yo no soy así, soy incapaz de dar la impresión de que lo que digo no lo digo por ser el novio o el amigo, de que, por así decir, puedo emitir juicios objetivos, imparciales, de que puedo mirar a las cosas de la otra persona como alguien de fuera; para hacerlo, sospecho, se necesita más seguridad en uno mismo de la que yo tengo, o eso o ser un buen impostor.
Elena no nos contó nada de Enrique entonces, ni en otras ocasiones que coincidimos con ella. Parecía más interesada en saber de nosotros que en hablar de su vida. Fue dos semanas después de que hubiera venido a casa cuando yo me bajé al bar para ver el partido y encontré a Enrique sentado en primera fila con su bufanda del Barça (la azulgrana, esta vez) y una camiseta de Stoichkov. Uno más que se quedó en el dream team, pensé al acercarme a la barra para pedir una caña, mientras el camarero, apoyado en otra parte de la barra, le gritaba a Enrique “¡no te sientes sin consumir algo antes!”, y luego añadía “estos del Barça un poco tontos ya son”. Eso fue, creo, lo más ofensivo que, sin venir a cuento, oí aquel día, y estoy seguro de que incluso eso estaba dicho sin mala intención. La cuestión más bien era que ese tipo de burlas supuestamente bienintencionadas comenzó a ser insistente, y crecían con cada gran jugada del Madrid y cada fallo del Barça. Yo estaba sentado en la fila del fondo, y no decía nada, no protestaba porque, eso me parecía, conocía la respuesta que se me iba a dar, “son bromas sanas, a él no le importa, ¿a que no, Enrique?”, me limité en realidad a canturrear la canción de Sinèad O’ Connor y a esperar que el Barça pusiera a cada uno en su sitio. Con el primer gol del Madrid se desvanecieron mis esperanzas, claro está, sobre todo porque Enrique comenzó a gritar “¡así, así gana el Madrid!” y eso desató las risas y los comentarios de los parroquianos. Uno de esos chavales con aspecto skin dijo directamente algo como “mira que eres idiota, subnormal”, y la gente “normal” se lo reprochó, algunos le dijeron “tú sí que eres subnormal”, y el chaval se enfrentó con ellos con poca fortuna. Sin embargo, esto no sirvió de catarsis ni nada parecido: Enrique siguió cantando “¡así, así gana el Madrid!” y los otros siguieron riéndose. Luego, unos diez minutos después del gol del Madrid, metió el Barça, Luis Enrique, en la pantalla del televisor, empezó a hacer cortes de mangas, y Enrique le imitó, y la gente, no pude dejar de pensar que con razón, se enfadó con él y alguien, un no skin esta vez, dijo “igual de idiotas los dos, el Luis Enrique y tú”.

Recuerdo bien el bar casi vacío al terminar el partido y Enrique, con una bolsa de patatas entre las piernas, cantando “hijos – de - puta”. El camarero le dijo “hay que saber perder, Enrique”, y después “venga, que tengo que recoger todo esto”. Después se volvió a mí, y comentó “me dejan el bar hecho una pocilga”. Me fui, más bien lentamente, algo abatido, la verdad, por el partido, por la forma de perder, abrí la puerta del portal y, al no oír que se cerraba, volví la cabeza y vi que tras de mí entraba Enrique. “Qué vergüenza, ¿eh?”, le dije, “siempre igual”, añadí, y él repitió “siempre igual”, y ya frente al ascensor me dijo, seriamente, “es que el Madrid es el equipo del Gobierno”.


Así conocí a Enrique. En todo este tiempo, pienso, prácticamente son las únicas dos personas que he conocido, Enrique y Elena, ahora mis tablas de salvación, podría decirse, sólo con ellos siento que he tenido y tengo un contacto real. Para el resto de la gente he llegado tarde, he llegado a vidas hechas, y yo mismo he venido con una de esas vidas en las que la gente que conoces se convierte en una especie de adorno y poco más, una vida poco permeable, en definitiva.

Antes de bajar la persiana echo un vistazo a la calle: la niebla difumina el impacto de la luz de las farolas. Mañana hará el mismo tiempo, este frío apagado, sin colores, frío sordo que distribuye la niebla por todos los rincones de la ciudad. Definitivamente, el cielo se ha venido abajo y nos tiene a todos boqueando como peces fuera del agua. Es la hora de acostarse, aunque, seguramente, no de dormir: desde hace un mes paso las noches aplastado por el cielo, boqueando, intentando, con escasa fortuna, respirar un poco de sueño, un poco de descanso. Me resulta difícil conciliar el sueño y muy sencillo perderlo, no consigo que el cerebro me deje en paz hasta las dos de la madrugada, esa es la hora a la que suele perder el control, el maldito cerebro, hasta las dos no me llega la primera señal de que se está apagando, es entonces cuando se cuela una imagen incoherente en la consciencia y yo respiro aliviado, feliz, pero enseguida, en una hora, tal vez dos, siento la sacudida de la puesta en marcha, todos los interruptores se levantan a la vez, y se encienden los focos con esa luz blanca e intensa. En cuestión de segundos, la turbamulta se arremolina ahí abajo, se organiza y, sembrando el caos, se hace con el mando

(y también me llena la mente de olores de colores, y no sé si alegrarme por este retorno).

Frente a mi casa hay un colegio de monjas, como no podía ser de otra forma (los hay, colegios de monjas, en cantidades industriales en esta ciudad), y cada mañana se organiza un desfile de coches de padres y madres que traen a sus niños y niñas. Después algunos, algunas madres, sobre todo, dejan los coches en segunda fila y se van a tomar un café. Suelo encontrarme a Enrique apostado junto a la puerta de la calle cuando bajo a la hora de este desfile, supongo que también a él le despierta su inicio, los primeros padres y madres que llegan y colapsan el tráfico, obligando a los otros conductores y, sobre todo, a los autobuses, a tocar el claxon. A Enrique le gusta mirar, observar, en realidad no puede dejar de hacerlo, se entrega con pasión a cualquier escena que se desarrolle frente a él. Por eso se baja a la calle muchos días sólo para ver a los niños que llegan al colegio. Se coloca junto a la puerta del portal y mira, y a veces se ríe, “buenos días, Enrique”, le digo, cuando salgo para ir a la universidad, cargado de café y en cierto modo aliviado porque ya he dejado la noche atrás y con ella una buena cantidad de sufrimiento, “hola vecino”, me contesta él. A mí no me interesa demasiado la escena del otro lado de la calle, los niños que gritan y corretean por la acera envueltos en la niebla, y las madres (a estas alturas del desfile ya no hay padres) que gritan y corren detrás de ellos pidiéndoles que se estén quietos. No es precisamente una escena que me excite ni que me ponga nostálgico, tampoco me parece graciosa, aunque, si tengo que fiarme de Enrique, puede que lo sea. “Tu madre, qué, ¿trabajando?”, le pregunto, antes de seguir con mi camino, “trabajando, trabajando”, contesta sin mirarme, con expresión ahora apurada y una mano apretando fuertemente la otra: una niña se ha acercado demasiado a la carretera y un coche ha frenado algo bruscamente, aunque en realidad no había (esta vez) un peligro objetivo. “Hasta luego, Enrique”, le digo, y comienzo a andar sin que él me haya respondido.

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