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Grandeza de la compasión


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Grandeza de la compasión
(publicado en www.cope.es, 8-II-2011)

Dice el diccionario del castellano que la compasión es el “sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias”. Al margen del diccionario hay actualmente otro uso menos correcto del término, más aún, contrario a él, cuando se vincula la pena o la compasión a cierto desprecio. Así cuando alguien le dice a otro: “me das pena” o “eres patético”, en el sentido de “me saca de quicio tu debilidad”. En este caso lo importante no es la situación del débil o del enfermo, sino el sentimiento molesto, experimentado por el que habla. En esa medida este uso manifiesta egoísmo, individualismo e inhumanidad.

La verdadera compasión hacia el que está necesitado se espera de toda persona, porque compadecerse es propio de la “humanidad”. Ser capaces de compadecer nos hace solidarios con los demás, acrecienta la mente y el corazón, nos hace más grandes. Los verdaderos “grandes” de todos los tiempos han sido los misericordiosos, los capaces de experimentar una auténtica compasión. Ésta se olvida del incomodo, del malestar o del disgusto que se puede sentir ante quien perturba con su dolor el propio aburguesamiento. La verdadera compasión mueve no solo al sentimiento sino a la acción; y puede llevar a la entrega de la propia vida, con detalles concretos y a diario, por el otro.

Esto es así porque, ante todo, la compasión es una característica esencial de Dios y su obrar. De hecho, como ha señalado Benedicto XVI “solo un Dios que nos ama hasta tomar sobre sí nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el inocente, es digno de fe”.

Lo subraya de nuevo en su mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo, de este año 2011. Unas palabras de la Primera Carta de San Pedro enuncian el tema que se ha propuesto: "Por sus llagas habéis sido curados" (1Pe 2,24). El Papa observa que “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (Spe salvi, 38).

Con su resurrección –sigue explicando– Jesús no ha quitado el sufrimiento ni el mal del mundo, sino que los ha vencido de raíz por medio de su amor. Y evocando a San Bernardo, afirma: “Dios, la Verdad y el Amor en persona, quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para poder com-padecer con el hombre, de modo real, en carne y sangre”.

En el mismo mensaje, mirando a su cita con los jóvenes en Madrid, el próximo agosto, les dirige unas palabras sobre el dolor. Admite que, con frecuencia, la Pasión y la Cruz de Jesús dan miedo, porque parecen la negación de la vida. “¡En realidad, es exactamente al contrario! La Cruz es el ‘sí’ de Dios al hombre, la expresión más alta y más intensa de su amor y la fuente de la que brota la vida eterna. Del corazón atravesado de Jesús ha brotado esta vida divina. Solo Él es capaz de liberar el mundo del mal y de hacer crecer su Reino de justicia, de paz y de amor al que todos aspiramos”. Por todo ello invita a los jóvenes a saber reconocer a Jesús en la Eucaristía y al mismo tiempo en los pobres, los enfermos y los necesitados.

Y a los enfermos les confía: “Sentid la cercanía de este Corazón lleno de amor y beber con fe y alegría de esta fuente, rezando: ‘Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, fortifícame. Oh buen Jesús, escúchame. En tus llagas, escóndeme’ (Oración de san Ignacio de Loyola)… Junto a él vele a vuestro lado la Virgen María, a la que invocamos con confianza como Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos”.

También San Juan de Ávila y otros santos comprendieron y vivieron esa cercanía con las llagas de Cristo. Desde los años treinta aconsejaba San Josemaría: “Métete en las llagas de Cristo Crucificado. –Allí aprenderás a guardar tus sentidos, tendrás vida interior, y ofrecerás al Padre de continuo los dolores del Señor y los de María, para pagar por tus deudas y por todas las deudas de los hombres” (Camino, 288).

En el Ángelus del domingo 6 de febrero, el Papa resumía el sentido de la redención obrada por Cristo: “Dios se opone radicalmente a la prepotencia del mal. El Señor cuida del hombre en cada situación, comparte el sufrimiento y abre el corazón a la esperanza”. Así se ilumina, para los cristianos y todos los hombres, la actitud fundamental ante los enfermos y necesitados: “Según la fe y la razón, la dignidad de la persona es irreducible a sus facultades o a las capacidades que pueda manifestar, y por tanto no disminuye cuando la propia persona es débil, inválida y necesitada de ayuda”. Quizá por eso decía Teresa de Calcuta que la mayor miseria consiste en no saber amar. Los ciegos y sordos ante las necesidades de los demás, de los enfermos y de los pobres, los que miran para otro lado y solo se preocupan de sí mismos, sí, esos también deben suscitar compasión de la buena.



Ramiro Pellitero, Universidad de Navarra

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