Página principal

Género: Novela Año de publicación


Descargar 0.79 Mb.
Página1/11
Fecha de conversión21.09.2016
Tamaño0.79 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11
Biblioteca virtual Julio Verne


Las tribulaciones de un chino en China

© Editado por Cristian Tello

Cortesía de www.jverne.net



Género: Novela

Año de publicación: 1879

Sinopsis:

Kin-Fo vive en Shanghai y es acusado por su amigo Wang de no haber tenido disgustos en su vida como para llegar a apreciar lo que es la verdadera felicidad. Cuando Kin-Fo recibe la noticia de que su fortuna está perdida, dispone la apertura de una póliza para asegurar su vida, la cual sería cobrada si él muriera, aún en el caso de suicidio. Kin-Fo planea su muerte, que no puede hacer efectiva, por lo tanto, contrata a su amigo Wang para hacerlo. El amigo desaparece y Kin-Fo comienza a sentirse más disgustado, sobre todo cuando le informan que su fortuna puede ser salvada. Entonces comienza a viajar por toda China, con el fin de evitar ser asesinado antes de que el contrato expire.




Capítulo I

Donde se van conociendo poco a poco la

fisonomía y la patria de los personajes
- Sin embargo, es justo aceptar que la vida tiene cosas buenas, dijo uno de los invitados que tenía los codos sobre los brazos de su asiento de respaldo de mármol y estaba chupando una raíz de nenúfar con azúcar.

- Y malas también, respondía, entre dos accesos de tos, otro que había estado a punto de ahogarse con una espina de aleta de tiburón.

- Seamos filósofos, dijo entonces un personaje de más edad cuya nariz sostenía un enorme par de anteojos de grandes cristales, montados sobre armadura de madera. Hoy corre el riesgo de ahogarse y mañana todo pasa como pasan los sorbos de este suave néctar.

- Esta es la vida, ni más ni menos.

Esto diciendo aquel epicúreo de genio acomodaticio, se bebió una copa de excelente vino tibio, cuyo ligero vapor se escapaba lentamente de una tetera metálica.

- A mí, dijo otro convidado, la existencia me parece muy aceptable cuando no se hace nada y se tienen los medios de estar ocioso.

- ¡Error! Repuso el quinto comensal. La felicidad consiste en el estudio y en el trabajo. Adquirir la mayor suma posible de conocimientos es buscar la dicha...

- Y llegar a saber que en resumidas cuentas no se sabe nada.

- ¿No es ese el principio de la sabiduría?

- ¿Y cuál es el fin?

- La sabiduría no tiene fin, respondió filosóficamente el de los anteojos. La satisfacción suprema sería tener sentido común.

Entonces el primero de los comensales se dirigió al anfitrión que ocupaba la cabecera de la mesa, es decir, el sitio más malo, como lo exigen las leyes de la cortesía. El anfitrión, indiferente y distraído, escuchaba, sin decir nada aquella disertación ínter pocula.

- Veamos, ¿Qué piensa nuestro huésped de esas divagaciones entre copa y copa? ¿Encuentra la existencia buena o mala? ¿Está en favor o en contra de ella?

El anfitrión estaba comiendo negligentemente pepitas de sandía y se contentó, por toda respuesta, con adelantar desdeñosamente los labios, como hombre quien no interesa la conversación.

-¡Pse! Dijo.

Ésta es la exclamación, por excelencia, de los indiferentes. Dice todo, y no dice nada; es propia de todas las lenguas, y debe figurar en todos los diccionarios del globo; es un gesto articulado. Los cinco convidados a quien daba de comer aquel aburrido personaje le estrecharon entonces con sus argumentos, cada uno en favor de su tesis. Querían, de todos modos, saber su opinión. Al principio, se negó a responder; pero, al fin, concluyó por decir que la vida ni era buena, ni era mala. A su entender, era una invención bastante insignificante y, en suma, poco agradable.

- Esa opinión pinta a nuestro amigo.

- ¿Y cómo puede usted hablar así, cuando ni una hoja de rosa ha turbado jamás su descanso?

- ¡Y cuando es joven!

- ¡Y cuando, además, tiene buena salud!

- ¡Y cuando, sobre todo, es rico!

- ¡Muy rico!

- ¡Riquísimo!

- ¡Demasiado rico, tal vez!

Estas interpelaciones se cruzaron como petardos de un fuego artificial, sin producir siquiera una sonrisa en la impasible fisonomía del anfitrión. Se había contentado con encogerse ligeramente de hombros, como hombre que, ni por una hora siquiera, había querido nunca hojear el libro de su propia vida y que no había abierto ni las primeras páginas.

Sin embargo, aquel indiferente tenía, todo o más, treinta y un años, salud robustísima, gran caudal y un talento regularmente cultivado. Su inteligencia era mas que mediana; tenía, en fin, todo lo que falta a tantos otros para ser uno de los felices de este mundo. ¿Por qué no lo era?

¿Por qué?

La voz grave del filósofo se levantó entonces y, hablando como un corifeo del coro antiguo, dijo:

- Amigo, si no eres feliz en este mundo, es porque, hasta aquí, tu felicidad ha sido negativa. Sucede con la felicidad lo que con la salud; para gozar bien de ella, es preciso haber sentido su falta alguna vez. Ahora bien, tú no has estado nunca enfermo, ni has sido tampoco desdichado. Eso es lo que falta a tu vida. ¿Cómo puede apreciar la dicha quien no ha conocido la desgracia ni siquiera por un solo instante?

Hecha esta sabia observación, el filósofo alzando la copa llena de champagne de la mejor marca exclamó:

- Bebo a que se presente alguna mancha en el sol de nuestro huésped y tenga algunos dolores en su vida.

Después de lo cual, vació la copa de un trago.

El anfitrión hizo un ademán de sentimiento y volvió a caer en su apatía a habitual.

¿Dónde ocurría esta conversación? ¿Era en un comedor europeo en París, en Londres, en Viena, o en San Petersburgo? ¿Los seis convidados conversaban en el salón de una fonda del antiguo o del nuevo mundo? ¿Quiénes eran aquellos hombres que trataban semejantes cuestiones en una comida, sin haber bebido más de lo que era de razón?

En todo caso, no eran franceses, pues que no hablaban de política.

Los seis convidados estaban sentados la mesa en un salón de regular, extensión, lujosamente adornado. A través de los cristales azules o anaranjados de la habitación pasaban, a aquella hora, los últimos rayos del sol. Exteriormente, la brisa de la tarde movía guirnaldas de flores, naturales o artificiales y algunos farolillos multicolores mezclaban sus resplandores pálidos con la luz moribunda del día. Sobre las ventanas, se veían arabescos con diversas esculturas, representando bellezas celestes y terrestres, animales o vegetales de una fauna y de una flora fantásticas.

En las paredes del salón, cubiertas de tapices de seda, resplandecían grandes espejos, y, en el techo, una punka agitaba sus alas de percal pintado, haciendo soportable la temperatura.

La mesa era un gran cuadrilátero de laca negra. No tenía mantel, y su superficie reflejaba la vajilla de plata y porcelana, como hubiera podido hacerlo una mesa del más puro cristal.

No había servilletas. Hacían el oficio de tales, cuartillas de papel adornadas de divisas, de las cuales cada convidado tenía cerca de sí una cantidad suficiente. Alrededor de la mesa había sillas con respaldo de mármol, muy preferibles, en aquella latitud, a los respaldos almohadillados del mueblaje moderno. Servían a la mesa muchachas muy amables, cuyos cabellos negros estaban adornados de azucenas y crisantemos y llevaban brazaletes de oro o de azabache en los brazos. Risueñas y alegres, ponían o quitaban los platos con una mano, mientras que, con la otra, agitaban graciosamente un gran abanico que reanimaba las corrientes de aire movidas por la punka del techo.

La comida no había dejado nada que desear. No podía imaginarse cosa más delicada que aquella cocina, a la vez aseada y científica. El cocinero a la moda, sabiendo que daba a comer a estómagos conocedores, se había excedido a sí mismo en la confección de los ciento cincuenta platos que se componía el menú de la comida

Al principio, como para entrar en materia, figuraban tortitas azucaradas de caviar, langostas fritas, frutas secas y ostras de Ning-po. Después, se sucedieron, en cortos intervalos, huevos escalfados de ánade, de paloma y de ave-fría, nidos de golondrina con huevos revueltos, fritos de Ging-seng, agallas de sollo en compota, nervios de ballena con salsa de azúcar, renacuajos de agua dulce, huevas de cangrejo guisadas, mollejas de gorrión, picadillo de ojos de carnero con punta de ajo, macarrones con leche de almendra de albaricoque, holoturias a la marinera, yemas de bambú con salsa, ensaladas de raicillas tiernas con azúcar, etc. Anades de Singapore, almendras garapiñadas, almendras tostadas, manguos sabrosos, frutos del Long-yen, de carne blanca, y de Lit-chi, pulpa pálida, castañas, naranjas de Canton en confitura, formaban el último servicio de aquella comida que duraba desde tres horas antes, acompañada de una gran cantidad de cerveza, champagne, vino de Chao-chigne, y cuyo arroz indispensable, puesto entre los labios de los convidados por medio de palitos, iba a coronar, a los postres, aquella lista científica de manjares.

Llegó al fin el momento en que las jóvenes sirvientes llevaran, no esos vagos a la moda que contienen un líquido perfumado, sino servilletas empapadas en agua caliente, que cada uno de los convidados se pasó por la cara, con la mayor satisfacción.

Aquel sin embargo, no era más que un entreacto de la comida. Una hora de farniente para escuchar los acentos de la música.

En efecto, una compañía de cantantes e instrumentistas entró en el salón. Las cantantes eran lindas jóvenes, de aspecto modesto y decente. ¡Pero qué música y qué canto! Maullidos, graznidos sin método y sin tono se elevaban en notas agudas hasta los últimos límites de la percepción del sentido auditivo. En cuanto a los instrumentos, eran violines, cuyas cuerdas se enredaban entre los hilos del arco, guitarras cubiertas de piel de culebra, clarinetes chillones, armónicas que parecían pequeños pianos portátiles que eran dignos del canto y de las cantantes a quienes acompañaban con gran estrépito.

El jefe de aquella orquesta, o mejor dicho, de aquella cencerrada, había presentado al entrar el programa de su repertorio. El anfitrión hizo un gesto que quería decir que tocaran lo que quisieran y los músicos tocaron el ramillete de las diez flores, fantasía muy a la moda que gustaba mucho la sociedad elegante.

Después la compañía cantante y ejecutante, bien pagada de antemano, se retiró saludada por muchos bravos, pasando a otras casas en cuyos salones esperaba recoger una cosecha de aplausos.

Los seis convidados se levantaron de sus asientos; pero únicamente para pasar de una mesa a otra, lo cual hicieron no sin grandes ceremonias y cumplimientos de toda especie. En aquella segunda mesa, cada cual encontró delante de sí una tacita con tapadera, adornada del retrato de Budhidharama, el célebre monje budista, en pie sobre su balsa tradicional. Cada cual recibió también un puñadito de té y echó en infusión sin azúcar en el agua hirviente que contenía la taza, bebiéndolo casi inmediatamente.

¡Pero qué té! No era de temer que la casa de Gibb-Gibb y compañía que le había vendido, lo hubiese falsificado con la mezcla deshonrosa de hojas extrañas, ni que hubiera sufrido ya otra infusión y no sirviese más que para lavar las alfombras, ni que un preparador poco delicado la hubiera teñido de amarillo por medio de la curcunina, ni de verde por medio del azul de Prusia. Era el té imperial en toda su pureza; eran esas hojitas preciosas semejantes a la misma flor, esas hojas de la primera recolección del mes de marzo, que raras veces se hace porque mata al árbol a consecuencia de ella, esas hojas en fin que sólo tienen derecho a recoger los niños con las manos cuidadosamente cubiertas de guantes.

Un europeo no habría tenido bastantes interjecciones laudatorias para, celebrar aquella bebida que los seis convidados tomaron a sorbitos, sin extasiarse, porque eran conocedores que ya tenían la costumbre de tomar aquel té.

En efecto, no era la primera vez que podían apreciar las delicadezas de aquel excelente brebaje. Personas de buena sociedad, ricamente vestidas con la jan-chaol, ligera camiseta, con el ma-cual, túnica corta, y con la jaol, larga túnica que se abotonaba al costado; calzados con babuchas amarillas y calcetines calados; vestidos de pantalones de seda, sujetos a la cintura con una faja de borlas; llevando sobre el pecho el escudo de seda bordado de labores finas, en el cinturón el abanico, habían nacido en el mismo país en que el árbol del té da una vez al año su cosecha de hojas odoríferas. Los manjares de aquel banquete, entre los que figuraban nidos de golondrina, holoturias, nervios de ballena y aleta de tiburón, los habían saboreado como merecían por la delicadeza de sus platos. Un extranjero le hubiera admirado; mas para ellos no era cosa sorprendente.

Sin embargo, ninguno esperaba la comunicación que les hizo el anfitrión en el momento de ir a dejar la mesa. Entonces supieron por qué les había convidado aquel día.

Las tazas estaban todavía llenas; y, en el momento de vaciar la suya por la última vez, el indiferente, poniendo los codos sobre la mesa y con la mirada distraída, se expresó en estos términos:

- Amigos míos: oídme sin reír. La suerte está echada; voy a introducir en mi existencia un elemento nuevo que tal vez disipará su monotonía. ¿Será un bien? ¿Será un mal? El porvenir lo dirá. Esta comida, a la cual os he invitado, es mi banquete de despedida de la vida de soltero. Dentro de quince días estaré casado y...

- Y serás el hombre más dichoso de mundo, exclamó el optimista. Mira; los pronósticos te favorecen.

En efecto, mientras las lámparas chisporroteaban despidiendo pálidos resplandores, las maricas chillaban en los arabescos de las ventanas y las hojillas de té flotaban perpendicularmente en las tazas: otros tantos agüeros felices que no podían engañar. Todos felicitaron a su huésped, el cual recibió los cumplimientos con la mas completa frialdad; pero como no había nombrado la persona destinada a desempeñar el papel de elemento nuevo, ninguno tuvo la indiscreción de preguntárselo.

El filósofo no había contribuido con su voz al concierto.

Con los brazos cruzados, los ojos medio cerrados y sonriendo irónicamente, parecía no aprobar ni a los felicitadores, ni al felicitado.

Este se levantó entonces, le puso la mano en el hombro y, con voz que parecía menos tranquila que de costumbre, le dijo:

- ¿Soy, por ventura, demasiado viejo para casarme?

- No.


- ¿Demasiado joven?

- Tampoco.

- ¿Te parece que hago mal?

- Quizá.

- La persona elegida, y a quien tú conoces, tiene todo lo que necesita para hacerme feliz.

- Lo sé.

- ¿Y entonces?

- Eres tú el que no tienes lo que necesitas para serlo. Aburrirse solo en la vida es malo; pero aburrirse en compañía es peor.

- No podré ser nunca feliz

- No, mientras no hayas conocido la desgracia.

- La desgracia no puede alcanzarme a mí.

- Tanto peor, porqué entonces serás incurable.

- ¡Éstos filósofos! - Exclamó el más joven de los convidados. - No hay que hacerles caso; son máquinas de teorías y a cada momento las están fabricando de toda especie: camelote puro qué no vale nada cuando se usa. Cásate, amigo mío, cásate; yo haría otro tanto si no me lo impidiese el juramento que he prestado de no hacerlo. Cásate y, como dicen los poetas, que los dos fénix se te aparezcan siempre tiernamente unidos. Amigos míos, brindo a la felicidad de nuestro huésped.

- Y yo, dijo el filósofo, brindo a la próxima intervención de alguna divinidad protectora, que, para hacerle feliz, la haga pasar por la prueba de la desgracia.

Con este brindis bastante extraño, los convidados se levantaron, juntaron los puños como hubieran hecho los pugilistas en el momento de la lucha, y, después de haberlos bajado y subido, sucesivamente inclinando la cabeza, se despidieron unos de otros. Por la descripción del comedor en que se daba este banquete; por la lista de los platos exóticos de que se componía, por el traje de los convidados; por su modo de hablar y tal vez por la singularidad de sus teorías, habrá adivinado el lector que eran chinos, no de esos chinos que parecen arrancados de un biombo o de un vaso de porcelana, sino de esos modernos habitantes del celeste imperio ya europeizados por efecto de sus estudios, de sus viajes y de frecuentes comunicaciones con los hombres civilizados del Occidente.

En efecto, era en un salón de uno de los barcos-flores del río de las Perlas de Canton donde el rico Kin-Fo, acompañado de su inseparable Wang, el filósofo, acababa de dar de comer a cuatro de los mejores amigos de su juventud, que eran: Pao-Shen, mandarín de cuarta clase y botón azul; In-Pang, rico negociante en sederías de la calle de los Farmacéuticos; Tsin; el epicúreo endurecido, y Hual, el literato.

Esto pasaba el día 27 de la cuarta luna, en primera de las cinco vísperas en que tan poéticamente se distribuyen las horas de la noche china.
Capítulo II

En el cual se presentan de un modo más claro

los caracteres de Kin-Fo y del filósofo Wang
Kin-Fo, acababa de dar aquella comida de despedida a sus amigos de Canton, había pasado en esta capital de provincia una parte de su adolescencia. De los muchos compañeros que cuenta un joven rico y generoso, los cuatro convidados del barco-flor eran los únicos que le quedaban en aquella época. Le hubiera sido imposible reunir a los demás que se habían dispersado según las vicisitudes de la vida.

Habitaba entonces en Shanghai y, para pasear su aburrimiento y divertirle con un cambio de aires, había ido a residir unos cuantos días en Canton. Pero aquella noche misma debía tomar el vapor que hace escala en los puntos principales de la costa y volver tranquilamente a su Yamen. Si Wang había acompañado a Kin-Fo, era porque el filósofo no se separaba nunca de su discípulo, prodigándole con frecuencia sus lecciones, de las cuales éste, por lo demás, no hacía ningún caso. Eran otras tantas máximas y sentencias perdidas; pero la máquina de teorías, como le había llamado el epicúreo Tsin, no se cansaba de producirlas.

Kin-Fo era el tipo de esos chinos del Norte, cuya raza tiende a transformarse y que jamás se ha fundido con los tártaros. No se hubiera podido, encontrar un hombre semejante en las provincias del Sur, donde las clases altas y bajas se han mezclado mas íntimamente con la raza manchú. Ni por su padre, ni por su madre, cuyas familias estaban retraídas desde la conquista tenía una sola gota de sangre tártara en sus venas. Alto, bien formado, mas blanco que amarillo, con las cejas trazadas en línea recta y los ojos casi horizontales, inclinándose apenas en línea diagonal hacia las sienes, la nariz recta, la cara achatada, habría sido notable aun entre los mejores mozos de las poblaciones de Occidente.

En efecto, Kin-Fo, si parecía chino, era tan sólo por su cráneo cuidadosamente afeitado, su frente y su cuello sin un pelo y su magnífica coleta, que, naciendo en el occipucio, se desarrollaba sobre su espalda como una serpiente de azabache. Muy aseado en su persona, llevaba un bigote fino que formaba un semicírculo alrededor de su labio superior y una perilla que figuraba exactamente por debajo una nota de música. Sus uñas se alargaban hasta mas de un centímetro, prueba que pertenecía a esa clase de personas afortunadas que pueden vivir en la ociosidad.

Quizá también su andar negligente y su actitud altiva contribuían a darle aquel aspecto aristocrático que rodeaba toda a su persona.

Por otra parte, había nacido en Pekín, ventaja que los chinos se muestran muy orgullosos y podía contestar soberbiamente al que le interrogaba: “yo soy de arriba”. En efecto, cuando nació su padre, Chun-heu, vivía en Pekín y el joven Kin-Fo tenía seis años cuando pasó a establecerse definitivamente en Shanghai.

Aquel digno chino, de una excelente familia del Norte del imperio, poseía, como sus compatriotas, una aptitud notable para el comercio.

Durante los primeros años de su carrera, todo lo que produce aquel rico territorio tan poblado, papeles de Swatow, sedería de Su-cheu, azúcar cande de Formosa, té de Han-ku y de Fu-chú, hierros de Horán, cobre rojo o amarillo de la provincia de Yunan, todo fue elemento de negocio y materia de tráfico. Su principal casa de comercio, o sea su Hong, estaba en Shanghai; pero tenia factorías en Nan-King, en Tien-Tsin, en Macao y en Hong Kong. Teniendo frecuentes comunicaciones con los europeos, los vapores ingleses transportaban sus mercancías y el cable eléctrico le daba los precios de las sederías en Lyon y del opio en Calcuta. Ninguno de esos agentes del progreso, que se llaman el vapor y la electricidad, le había encontrado refractario como a la mayor parte de los chinos que están bajo la influencia de los mandarines y del gobierno, cuyo prestigio se va disminuyendo poco a poco a medida que se introducen en el país adelantos de la vida civilizada.

En una palabra, Chung-heu se manejó tan hábilmente, así en el comercio con el interior del imperio como en sus tratos con casas portuguesas, francesas, inglesas, norteamericanas de Macao y de Hong Kong, que, en el momento en que Kin-Fo vino al mundo, su caudal pasaba ya de cuatrocientos mil duros.1

Durante los años que siguieron, este capital debía duplicarse por la creación de un nuevo tráfico, que podía llamarse el comercio de coolies del nuevo mundo.

En efecto, sabido es que la población de la China es superabundante y desproporcionada para la extensión de su vasto territorio, llamado poéticamente Celeste imperio, imperio del centro, imperio o tierra de las flores.

No se calcula esta población en menos de 360 millones de habitantes, lo cual equivale a casi una tercera parte de la población de toda la tierra. Ahora bien, por poco que coma el chino pobre come, y la China, aun con sus muchos arrozales y sus inmensos campos de mijo y de trigo, no basta para alimentar a todos.

De aquí que la población sobrante tenga que escaparse y se escape voluntariamente por las brechas que los cañones ingleses y franceses han hecho en las murallas materiales y morales del Celeste Imperio.

Esta población sobrante se dirige principalmente hacia la América del Norte y, sobre todo, al Estado de California: pero se ha precipitado allá con tal violencia, que el Congreso de los Estados Unidos ha tenido que adoptar medias restrictivas contra esta invasión, llamada, bastante descortésmente, peste amarilla.

Algún observador ha dicho que cincuenta millones de emigrantes chinos en los Estados Unido no habrían causado disminución sensible en la población china y, sin embargo, habrían absorbido la raza anglosajona en provecho de la raza mogola.

Sea de esto lo que quiera, el éxodo se verificó en grande escala y los coolies, viviendo con un puñado de arroz, una taza de té y una pipa de tabaco y siendo aptos para todos los oficios, prosperaron rápidamente en el Lago Salado, en Virginia, en el Oregon y, sobre todo, en el Estado de California, donde hicieron bajar considerablemente el precio de los jornales.

Formáronse, pues, compañías para el transporte de estos emigrantes tan baratos y desde luego hubo cinco de ellas que los recogían en las cinco provincias del Celeste Imperio y una sexta que se fijó en San Francisco. Las primeras enviaban y la última recibía la mercancía y una agencia, llamada la Ting-Tong, la re-exportaba.

Esto exige una explicación.

Los chinos consienten de buena gana en expatriarse para buscar fortuna entre los melicanos, nombre que dan a los americanos; pero con la condición de que sus cadáveres serán fielmente devueltos a la tierra natal para ser enterrados en ella. Ésta es una de las condiciones principales del contrato, una cláusula sine qua non que obliga a las compañías y que no es posible eludir.

La Ting-Tong, o, por otro nombre, la agencia de los muertos que dispone de fondos particulares, está encargada de fletar buques para los cadáveres. Estos buques salen cargados de San Francisco para Shanghai, Hong Kong, o Tien-Tsin, y forman un nuevo ramo de comercio, una nueva fuente de ganancia.

El hábil y emprendedor Chung-heu lo comprendió así y cuando murió en 1866 era director de la compañía Kuang-Thon en la provincia de su nombre y subdirector de la caja de fondos de los muertos de San Francisco.

Kin-Fo, huérfano de padre y madre, heredó un caudal de 4.000.000 de francos, colocados en acciones del Banco Central de California que tuvo el buen acuerdo de conservar.

El joven heredero tenía cuando murió su padre diecinueve años y se habría encontrado solo si no hubiera tenido a su inseparable Wang para hacer las veces de mentor y de amigo.

¿Quién era este Wang? Hacía diecisiete años que vivía en el Yamen de Shanghai y había sido comensal de padre antes de serlo del hijo. ¿Pero de dónde venía? ¿Qué antecedentes tenía? Éstas eran cuestiones bastante oscuras a las cuales solo Chung-heu y Kin-Fo habrían podido responder. Si hubieran juzgado conveniente hacerlo, lo cual no era probable, se habría sabido lo siguiente.

Nadie ignora que la China es por excelencia el país donde las insurrecciones pueden durar muchos años y sublevar centenares de miles de hombres.

En el siglo XVII hacía ya trescientos años que reinaba la célebre dinastía de los Ming, de origen chino, cuando, en 1644, el jefe de esta dinastía, demasiado débil contra los rebeldes que amenazaban su capital, pidió auxilio a un rey tártaro.

Éste no se hizo de rogar, acudió a China, derrotó a los rebeldes, se aprovechó de la situación para derribar al emperador que había implorado su socorro y proclamó a su propio hijo Chun-Che.

Desde aquella época la autoridad tártara reemplazó a la autoridad china y quedó el trono ocupado por emperadores manchúes.

Poco a poco, sobre todo en las clases inferiores de la población, las dos razas se confundieron; pero entre las familias ricas del Norte la separación entre chinos y tártaros se mantuvo mas estrictamente, y los diversos tipos se distinguen todavía sobre todo en las provincias septentrionales del imperio, donde se establecieron los irreconciliables que continuaron fieles a la dinastía caída.

El padre de Kin-Fo era de estos últimos y no desmintió las tradiciones de su familia que se había negado a entrar en pactos con los tártaros. Una sublevación contra la dominación extranjera, a pesar de haber pasado trescientos años, le habría encontrado dispuesto a favorecerla.

Inútil es añadir que su hijo Kin-Fo participaba por completo de sus opiniones políticas.

En 1860, reinaba todavía aquel emperador Shien-Fong que declaró la guerra a Inglaterra y Francia, guerra terminada por el tratado de Pekín, firmado en 25 de octubre de aquel año.

Pero, antes de esta época, una insurrección formidable amenazaba ya a la dinastía reinante. Los Chang-Mao o Tai-Ping, o sean los rebeldes de largas cabelleras, se habían apoderado de Nan-Kingen en 1853 y de Shanghai en 1855. Shien-Fong murió y su pobre hijo tuvo que hacer grandes esfuerzos para rechazar a los Tai-Ping; y sin el virrey Li, sin el príncipe Kong y, sobre todo, sin el coronel inglés Gordon, quizá no hubiera podido salvar su trono.

Los Tai-Ping, enemigos declarados de los tártaros y fuertemente organizados para la rebelión, querían remplazar la dinastía de los Tsing con la de los Wang.

Formaban cuatro ejércitos distintos: el primero, que llevaba bandera negra, estaba encargado de matar; el segundo, unido bajo, la bandera roja, tenía la comisión de incendiar; el tercero, con bandera amarilla, se entregaba al pillaje, y el cuarto, bajo la bandera blanca, estaba encargado de proporcionar provisiones a los otros tres.

Hubo operaciones militares importantes en el Kiang-Su. Las ciudades de Su-Chen y de Kia-Hien, situadas a cinco leguas de Shanghai, cayeron en poder de los insurrectos, y no sin gran trabajo, pudieron recobrarlas las tropas imperiales.

Shanghai, muy atacada y amenazada en 1868, en el momento en que los generales Grant y Montauban tomaron el mando del ejército anglo-francés, cañoneaba los fuertes del Pei-ho.

Ahora bien, en esa época Chun-heu, el padre de Kin-Fo ocupaba una habitación cerca de Shanghai, no lejos del magnífico puente que los ingenieros chinos habían construido sobre el río de Su-Chen. No había visto con malos ojos la sublevación de los Tai-Ping, pues que se dirigía principalmente contra la dinastía tártara; y en esta situación en la noche de 18 de agosto, luego que los rebeldes fueron rechazados de Shanghai, abrió bruscamente la puerta le la habitación de Chun-heu.

Un fugitivo, que había podido librarse de los que lo perseguían, vino a caer a sus pies. El desgraciado no tenía arma ninguna para defenderse, y si aquel cuya casa había buscado asilo le entregaba a la soldadesca imperial, estaba perdido.

El Padre de Kin-Fo no era hombre capaz de entregar a un Tai-Ping, que había buscado refugio en su casa.

Volvió a cerrar la puerta, y dijo:

- No quiero saber, ni sabré jamás quien eres, ni lo que has hecho, ni de dónde vienes. Eres mí huésped y basta; estás seguro en mi casa. El fugitivo quiso hablar para expresar su gratitud, pero no tuvo fuerzas para tanto.

-¿Cómo te llamas? Le preguntó Chun-heu.

- Wang.


Era Wang, en efecto, salvado por la generosidad de Chun-heu, generosidad que hubiera costado caro a este último, si es hubiera sospechado que había dado asilo a un rebelde. Pero Chun-heu era uno de esos hombres a la antigua para quien todo huésped era sagrado.

Pocos días después, la sublevación quedaba definitivamente reprimida, y en 1864 el emperador de los Tai-Ping, sitiado en Nankin, se envenenaba para no caer en manos de los imperiales.

Wang permaneció, desde ese día, en la casa de su bienhechor. Jamás tuvo que responder de su vida pasada; nadie le preguntó nada sobre este punto; quizá temían saber demasiado. Las atrocidades cometidas por los rebeldes, según se decía, habían sido espantosas. ¿Bajo qué bandera había servido Wang, bajo la amarilla, la roja, la negra o la blanca? Más valía ignorarlo, en último resultado, y conservar la ilusión que había pertenecido a la columna de provisiones.

Wang, contento con su suerte, permaneció, pues siendo comensal de aquella casa hospitalaria. Después de la muerte do Chun-heu, su hijo no quiso separarse de él, tan acostumbrado estaba a la compañía de aquel amable personaje.

Pero, a la verdad, en la época en que comienza esta historia ¿quién hubiera podido descubrir un antiguo Tai-Ping, un asesino, ladrón o incendiario, según se quiera, en aquel filósofo de cincuenta y cinco años, en aquel moralista de anteojos, en aquel chino tan chino, de ojos tan oblicuos que subían hacia las sienes y de bigote y coleta tradicionales? Con su larga túnica de color oscuro, su cinturón levantado sobre el pecho a causa de un principio de obesidad, su bonete arreglado según el decreto imperial, es decir, una especie de sombrero de alas que rodeaba un casquete de donde se escapaban unos flecos rojos, presentaba el aspecto de un honrado profesor de filosofía, de uno de esos doctores que pueden hacer uso corriente de los ochenta mil caracteres de la escritura china, de un letrado de dialecto superior, de un primer laureado en el examen de doctores, con derecho a pasar por la gran puerta de Pekín, reservada a los Hijos del Cielo. Quizá, en resumidas cuentas, el rebelde, olvidando su horroroso pasado, se había mejorado al contacto del honrado Chun-heu, y, abandonando su primer camino, había tomado el de la filosofía especulativa.

Y véase por qué, aquella noche, Kin-Fo y Wang, que nunca se separaban, se hallaban en Canton, y por qué, después de aquel banquete de despedida, ambos se dirigieron a los muelles, en busca del vapor que debía llevarles rápidamente a Shanghai.

Kin-Fo caminaba en silencio, un poco pensativo. Wang miraba a la derecha e izquierda, filosofando sobre la luna y las estrellas; pasaba bajo la puerta de la Eterna Pureza, que no le parecía demasiado alta para él, bajo la puerta de la

Eterna Alegría, cuyas hojas le parecían abiertas sobre su propia existencia, y llegó, por fin, a perderse en la sombra de las torres de la pagoda de las Quinientas Divinidades. El vapor Perma estaba allí, dispuesto a marchar, Kin-Fo y Wang se instalaron en los dos camarotes que habían alquilado. La rápida corriente del río de las Perlas, que arrastra diariamente, con el fango de sus orillas, los cadáveres de los ajusticiados, imprimió al barco una gran velocidad. El vapor pasó como una flecha entre las ruinas que habían dejado los cañones franceses delante de la pagoda de nueve pisos llamada de la Mitad del Camino, delante de la punta Jardyine, cerca de Wampoa, donde anclan los buques de mayor porte entre los islotes y las estacadas de bambúes de las dos orillas. Los 150 kilómetros o sean los 375 lis, que separan a Canton de la embocadura del río, fueron recorridos en aquella noche.

Al salir el sol, el Perma pasaba por la Boca del Tigre; después, atravesaba las dos barras del Estuario; luego apareció, entre la bruma matinal, el pico Victoria de la isla Hong Kong, de 125 pies de altura; y, por último, después de una feliz travesía, Kin-Fo y el filósofo, cortando las aguas amarillas del río Azul, desembarcaban en Shanghai en la costa de la provincia de Kiang-Nan.

  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje