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Globalización económica y relaciones laborales


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Globalización económica y relaciones laborales

Santos M. Ruesga y Julimar da Silva Bichara1
Resumo

Nesse artigo pretende-se analisar a importância de um dos aspectos da globalização, o comércio internacional, sobre as relações de trabalho na União Européia e, especialmente, na Espanha. Entende-se que o comércio com países onde os salários são baixos e as condições de trabalho precárias não é a principal causa das exigências de maior flexibilização ou de desregulação do mercado de trabalho na União Européia. No entanto, não se pode negar que tem um pequeno efeito que incide de forma indireta através da incapacidade dos governos controlar ou isolar as diversas crisis econômicas e da necessidade de adaptação a determinadas práticas de organização do trabalho.



1. Introducción

Se abre camino un mundo en el que las economías cada vez están más integradas. Los avances tecnológicos y las reformas aperturistas incrementan el crecimiento del comercio, los flujos de inversión, la inmigración, todo lo cual se traduce en una mayor conexión e interrelación entre las economías.

Por otra parte, en los países desarrollados se asiste a un declive del empleo en el sector industrial, un deterioro de las condiciones de trabajo, una posible caída de los salarios reales en general y la persistencia, todavía hoy en muchos de estos países, de una tasa de desempleo elevada.

Una parte de las políticas de empleo en los años ochenta y noventa tendente a reducir las altas tasas de desempleo se ha centrado en la supuesta rigidez institucional de los mercados de trabajo. La rigidez institucional se refiere a la existencia de normas que dificultan competir con otros países que no tienen tales normas y producen a precios más bajos. No resulta extraño a partir de aquí, señalar a esos países, en que las instituciones laborales y las normas son más laxas o simplemente no existen, como los causantes de algunos de los problemas del mercado de trabajo en los países desarrollados.

En este artículo se pretende analizar la importancia de uno de los aspectos de estos mercados interrelacionados, globales en la terminología que ha fructificado, cual es el comercio internacional de bienes y servicios, sobre el modelo de relaciones laborales de la Unión Europea y, concretamente, España. Aunque el comercio exterior comprende lógicamente las operaciones con los países desarrollados y con los que están en vías de desarrollo, la idea más extendida de la globalización económica, en amplios sectores de la opinión pública y académica, remite a las relaciones entre el mundo desarrollado y el resto de países no avanzados, es decir, lo que serían las relaciones Norte-Sur, de forma gráfica y simplificada.

Se puede entender que el comercio con los países de bajos salarios y precarias condiciones de empleo no justifica, o mejor no constituye la causa principal de un deterioro de las condiciones de trabajo, de la exigencia de una mayor flexibilización o una desregulación del mercado de trabajo o incluso de una revisión del estado del bienestar. Se piensa que la explicación de esas nuevas realidades sociolaborales no se encuentra en esas relaciones comerciales con los países en desarrollo. Sin embargo, la globalización no termina con esas relaciones que cuantitativamente pueden ser poco importantes sino que, posiblemente, adquiere su mayor significado en esos espacios económicos integrados que generan enormes mercados de libre acceso para las empresas y que posibilitan el movimiento de grandes flujos de capitales.

Para analizar esto, este artículo comienza con un primer apartado en el que se revisa algunas cuestiones relativas al propio concepto de globalidad; en segundo lugar se analiza el marco teórico referente a ello. Posteriormente se introduce en el concepto de competitividad, que, equivocada o interesadamente, desenfoca el problema y plantea la adopción, por determinados sectores sociales y económicos, de políticas erróneas o interesadas. En el quinto apartado, se hace referencia al concepto de productividad y marco institucional para explicar el deterioro y de las condiciones de trabajo y desigualdad salarial. Finalmente, se analiza la relación entre el comercio y las condiciones de trabajo en Europa, con especial referencia para España. Las conclusiones recogerían la idea de que no se puede señalar a una causa única, exclusiva y universal, como la que está en la raíz de los problemas de los mercados de trabajo de los países avanzados, y, en todo caso, abundar en que las condiciones de trabajo tienen una dimensión más interna o nacional que externa.
2. Algunas precisiones conceptuales en torno a la globalización

Los importantes cambios que en las últimas tres décadas se están produciendo en el marco de las relaciones económicas internacionales se vienen definiendo, en un exceso de simplificación, aludiendo al término “globalización”. La palabra adquiriere bajo el prisma de una opinión pública conformada fundamentalmente a través de los medios de comunicación una dimensión omnicomprensiva, en la que de una manera simple y excesivamente reduccionista se trata de integrar todo un conjunto de complejos procesos de transformación en las relaciones económicas y sociales en el plano internacional pero con profundas raíces y repercusiones en los distintos escenarios nacionales.

Particularmente requiere interés y profundidad los cambios que se están produciendo en el ámbito de las relaciones laborales, entendidas como tales las que se desarrollan en torno al proceso de producción entre el capital o la gestión empresarial y el trabajo o la utilización del mismo. En este sentido, a partir de la crisis de los años setenta, se observan estrategias de transformación en torno a esas relaciones en un intento de alcanzar un modelo radicalmente distinto que adquiera funcionalidad a un escenario económico internacional en el que paulatinamente han ido eclosionando las bases ideológicas y las instituciones que habían conformado la economía mundial de la postguerra tras la Segunda Guerra Mundial. El agotamiento del denominado pacto keynesiano que caracteriza la dinámica económica institucional de las décadas de los cincuenta y de los sesenta, dará lugar a la eclosión de las estrategias neoliberales que priman en el discurso político y económico en la década de los setenta y de los ochenta. Bajo este enfoque se trata de recomponer todo el tejido institucional que venía regulando el orden económico internacional, muy particularmente en las dimensiones de las económicas nacionales, estableciendo la primacía del mercado en su versión más espuria como principio fundamental de organización de la vida económica e incluso de la política.

En este epígrafe se van a tratar de establecer algunas premisas previas sobre lo que se viene denominando globalización para a partir de ahí analizar las consecuencias de este fenómeno y proceso al mismo tiempo sobre el mundo de las relaciones laborales en los distintos ámbitos geográficos de las relaciones internacionales de la economía mundial.



2.1. La globalización como proceso

Tratar de interpretar la complejidad de los fenómenos y procesos que convergen en lo que se denomina globalización requiere abordar el análisis del mismo desde diferentes planos, aun a sabiendas de que es imposible abarcar en un estudio como este todos los elementos y características del objeto investigado2. En primer lugar conviene analizar la dimensión subjetiva del fenómeno, entendiendo por tal los diferentes papeles que juegan los sujetos económicos y sociales que participan en el mismo y la posición relativa de los mismos, que la nueva jerarquización definida tras los cambios que la globalización suponen en el orden económico y político internacional. Habría que aludir también a la dimensión política del fenómeno, en tanto que se puede observar una profunda asimetría entre lo que se podría llamar la globalización económica y el todavía localismo en el orden de las ideas y de la propia práctica política. Finalmente, se hace referencia a la dimensión ideológica del fenómeno en cuanto esquema de corte neoliberal.



i. La dimensión subjetiva del fenómeno

Dos cuestiones a considerar aquí. Por un lado la constante expansión de los objetos implicados en el fenómeno de la mundialización. No se trata ya sólo de un grupo más o menos amplio de empresas transnacionales que participan en el comercio o en las transacciones financieras a escala planetaria sino que una parte importante de la población, bien como sujetos empresariales o bien como consumidores, están implicados en este tejido de relaciones de dimensiones planetarias. Como consumidores de productos de las grandes marcas transnacionales, como ahorradores a través de fondos de pensión o planes de pensiones, como suministradores de componentes para la producción de automóviles u otros bienes con sistemas descentralizados, etc., los ciudadanos, las pequeñas empresas, etc., y un amplio número de países se ven insertos en esa red de relaciones de ámbito global. La segunda cuestión a considerar en este terreno es que conforme el espacio subjetivo de la globalización se ensancha, también se está produciendo un importante cambio de mentalidad en los sujetos económicos, en la medida en que internalizan esa dimensión global de las relaciones económicas (Beck, 2000). Sin duda que ese cambio de mentalidad, uno de los aspectos más singulares del fenómeno analizado, avanza de manera más rápida en la vertiente empresarial pero, tampoco son despreciables los avances que en esa dirección se producen entre los ciudadanos de los países más desarrollados y de desarrollo medio, en su vertiente de consumidores.

No sólo a través de la percepción de los medios de comunicación sino que, en su propia praxis consumidora, de servicios turísticos, de bienes, de servicios de diseño de telecomunicaciones, etc., el consumidor va adquiriendo una mentalidad que desborda las barreras locales e incluso nacionales.

ii. La vertiente política

Como se señalaba de forma concisa al principio, se puede observar una profunda una asimetría entre la dinámica de las relaciones económicas y la de las relaciones políticas. En cuanto al ámbito de gestión y desarrollo de las mismas, es en el primer caso, en el de las relaciones económicas donde es correcto hablar de mundialización o creciente internacionalización, mientras que en el caso de las relaciones políticas aún es preponderante la escala nacional, incluso con fuertes riesgos de componente localista. Así mientras que la toma de decisiones que afectan a las relaciones estrictamente económicas se desarrollan en un contexto transnacional o supranacional, el espacio de la gestación, el desarrollo y la gestión de las políticas es todavía, de forma muy mayoritaria, de alcance nacional y ocurre, en consecuencia, que la definición y la gestión de las políticas, en particular las económicas, se enfrentan cada vez más a serias limitaciones derivadas del carácter transnacional o internacional de los flujos comerciales y/o monetarios, por ejemplo. De este modo resulta cada vez más complejo para los gobiernos nacionales llevar a cabo políticas macroeconómicas de carácter monetario o fiscal en un mundo donde la capacidad de controlar los tipos de cambio o la cuantía del dinero en circulación comienza a escaparse de las manos de las autoridades económicas.

Obviamente esto no significa, como algunos analistas de manera política o ideológicamente interesada tratan de pontificar, que la era de los gobiernos nacionales haya desaparecido que no es posible la intervención y la regulación sobre los mercados por parte de las autoridades nacionales. Significa, eso sí, que la eficacia de las políticas económicas cada vez esta más mediatizada por el ámbito donde se desarrollan, de modo tal que los espacios nacionales cada vez son menos adecuados para la gestión de las mismas. Es en este horizonte, en el que se abre un camino prometedor para la potenciación de procesos de integración regional que busquen las sinergias internas de espacios económicos y monetarios de mayor alcance en un mundo cada vez más interconectado económicamente hablando (Ruesga, Heredero y Fujii, 1998).

iii. La dimensión ideológica

No hay duda que el discurso ideológico subyacente del neoliberalismo, en las últimas tres décadas ha contribuido a acelerar el proceso de internacionalización de las relaciones económicas. La insistencia en el mercado como instrumento cuasi exclusivo de regulación y ordenación de los intercambios y, en última estancia, de la vida económica, ha derivado en la desaparición paulatina de barreras a los intercambios internacionales. Sin embargo, habría que insistir en que todo el conjunto de políticas que han acompañado en estos últimos años a los procesos de apertura de las fronteras nacionales tienen una determinación política ideológica apoyada en ese esquema de corte neoliberal (Beck, 1998).

Los programas de ajuste con liberalizaciones, desregulaciones, privatizaciones de empresas públicas, etc., no constituyen una línea “natural” de desarrollo del sistema económico a partir de la crisis de los setenta sino que responden a una estrategia de respuesta frente a la misma donde una parte de los actores económicos en juego ha impuesto sus condiciones, en un contexto en el que los términos de negociación de los distintos sujetos, en definitiva, el poder de negociación de los mismos, se han ido modificando paulatinamente.

Como habrá ocasión de analizar con posterioridad, desregular no solo significa abrir las puertas al mercado como agente ordenador sino también cambiar los términos de poder negociador que toda relación económica lleva consigo. Dicho de otro modo, la liberalización de ciertos sectores productivos, el conjunto de la privatización de las actividades empresariales del sector público, lo que ha venido a significar es un cambio en la correlación de las fuerzas económicas dentro de sectores productivos (extrasectorial) o/y de unos sectores con respecto a otros (intersectorial). Y al mismo tiempo se han producido modificaciones importantes en las jerarquías existentes en la organización de todo proceso productivo, dentro de su estructura empresarial. Finalmente, la denominada desregulación, término que puede ser también equivoco, en el ámbito de las relaciones laborales, ha venido a significar un cambio importante en la correlación de fuerzas dentro del permanente proceso de negociación que subyace a la definición en los cambios en estas relaciones, de modo tal que el trabajo y sus representaciones institucionales han perdido parte de su antiguo poder de negociación (Ruesga, 1997).


3. Enfoques teóricos

La teoría convencional señala que los países exportan bienes que utilizan factores relativamente abundantes en ese país e importan aquellos bienes que son intensivos en factores de los que en términos relativos carecen. De aquí se deriva una especialización entre los diferentes países que permite conseguir ganancias mutuas si comercian entre ellos. Bajo esta perspectiva Stolper y Samuelson3 señalan que el comercio entre países significaría una igualación a largo plazo en el precio de los factores, es decir, que los salarios directos y los indirectos derivados de la regulación laboral, de los países desarrollados tenderían a converger con los de los países en vías de desarrollo. Samuelson y Jones acuñaron esta hipótesis como el modelo de los factores específicos4. Hay, por tanto, teorías consolidadas sobre el comercio internacional que apoyarían esa explicación de la influencia de los países en vías de desarrollo sobre nuestros empleos y salarios.

Existe, sin embargo, una serie de restricciones para que se produzca este proceso igualador. En concreto: los bienes sujetos al comercio internacional deben producirse con rendimientos constantes a escala, la tecnología, la calidad y el resto de las características de los inputs deben ser muy parecidas entre los diversos países y, finalmente, debe haber plena movilidad del trabajo y del capital entre los países. No es muy probable que se den todas estas circunstancias al mismo tiempo por lo que la teoría de la igualación de los precios de los factores presenta importantes limitaciones al adentrarse en el análisis empírico.

En efecto, los análisis empíricos de la relación entre comercio exterior y mercado de trabajo señalan resultados contradictorios. Principalmente se pueden apuntar los siguientes: Wood (1995) resalta que el comercio internacional reduce la demanda de trabajadores de baja cualificación que no son compensados por los empleos que se crean en los sectores de alta cualificación e induce a las empresas de los países de altos salarios a un proceso de “innovación defensiva” que reduce la demanda de este tipo de trabajadores. Señala también que los efectos de las importaciones de bienes de países en desarrollo tienen más consecuencias sobre el empleo de lo que puede representar el valor económico de las importaciones.

Por el contrario, Krugman (1997) señala que el comercio internacional, la competencia extranjera, no es la causante del estancamiento de las rentas en Estados Unidos desde 1973, ni de la desindustrialización ni de la situación de los trabajadores menos cualificados. No es la causa de la desindustrialización, al nivel que se le achaca, porque un dólar de importaciones no sustituye a un dólar de productos industriales propios: hay que descontar las fugas que se producen al sector servicios. Estima que sólo reduce un dólar del sector manufacturero en un 60 por ciento. De la misma forma la pérdida de empleo se ha producido porque ha aumentado la productividad del sector y, aunque al nivel de unidades físicas se sigue consumiendo lo mismo, no se necesita el mismo número de empleados para producirlas. En cuanto a la disminución de los salarios de los trabajadores menos cualificados, Krugman no encuentra un causante claro aunque no lo ve en el comercio internacional. También señala como escasa la pérdida de Producto Nacional Bruto disponible.

Otros autores, recogen trabajos en los que la internacionalización económica sí que produce desigualdad salarial aunque el efecto sobre la pérdida de empleo industrial es muy escaso5. Lawrence y Slaughter (1993) encuentran que el efecto del comercio internacional sobre los salarios es muy pequeño (an small hiccup) y señalan que los salarios, en el periodo que estudian para los Estados Unidos, han crecido por encima de la productividad o han evolucionado casi a la par. Belman y Lee (1992) resaltan que los efectos del comercio internacional sobre el empleo son más importantes que sobre los salarios aunque también produce desigualdad y estancamiento salarial. El comercio internacional expulsa a los trabajadores de bajos salarios del sector industrial en el que tradicionalmente los salarios son mayores y los desplaza a determinados servicios en los que los salarios son más bajos. Por otra parte, la amenaza de posibles deslocalizaciones de las empresas puede moderar las demandas salariales, en el sector industrial inicialmente, y posteriormente actuar como referente o pantalla para los otros sectores a efectos de la negociación colectiva. Finalmente Rodrik (1997) señala que la globalización determina una demanda de trabajo de los trabajadores de bajos salarios más elástica, es decir, las variaciones del empleo son más sensibles a los salarios.

Se observa, una indeterminación en los efectos del comercio internacional sobre el sistema de relaciones de trabajo en general, sobre los salarios y sobre el nivel y el tipo de empleo. Sin embargo, la correlación de esas situaciones junto a un incremento del comercio en primer lugar, la presencia de productos de consumo masivo, más perceptible por el consumidor final, procedente de países de malas condiciones de empleo en segundo lugar y, finalmente, la adopción de políticas clásicas de salida de la crisis basadas en el fomento de las exportaciones, ha dado como resultado actuaciones de política económica que pretendían una mejora de la competitividad con medidas que afectaban severamente a las condiciones de vida y de trabajo en general.
4. Comercio mundial y competitividad

El comercio mundial ha crecido extraordinariamente en estos últimos tiempos. Los datos muestran que se ha incrementado más de lo que lo ha hecho la producción mundial6. Pero no sólo ha aumentado el volumen sino que se ha producido un cambio cualitativo, con una importancia creciente de las manufacturas en detrimento de materias primas y energía, y un desplazamiento geográfico entre las diferentes regiones del mundo. En este último aspecto se destaca el crecimiento de la exportación de determinados bienes manufacturados en los países en desarrollo, en los que los salarios y las condiciones de empleo son distintas y, particularmente, peores que los de los países desarrollados. Apuntar al amplio concepto de la globalización y más en concreto a uno de sus aspectos, el incremento de la producción de manufacturas y su exportación por productores que no aplican niveles de prestaciones sociales ni condiciones de empleo similares a las de los países más desarrollados, representa una forma sencilla, a la vez que hipócrita, de encontrar culpables de nuestros males y de justificar la adopción de medidas de política económica o simplemente políticas, de sesgo proteccionista.

Unas condiciones de empleo que se deterioran y un comercio mundial con países que no las equiparan parece correlacionarse bien y, por tanto, a primera vista, sería razonable demandar medidas de igualación para evitar esas distorsiones en el mercado de trabajo. Como se señala en el informe de la Organización Internacional del Trabajo (1996), algunos autores sugieren que está surgiendo un mercado de trabajo a escala global, en el que el mundo pasa a ser un gigantesco bazar donde las naciones ofrecen su mano de obra en competencia, unas frente a otras, proponiendo los precios más bajos para alcanzar el trato.

Las preocupaciones laborales de los estados tienen diversos orígenes. En unos casos es consecuencia de la disminución de la importancia relativa del país en la producción mundial. Así ocurría en Estados Unidos, donde desde principios de los años ochenta se hablaba de la desindustrialización de América (Reich, 1993). A finales de la década de los ochenta la discusión se centra en la disminución de los salarios reales en amplios colectivos de trabajadores estadounidenses. Durante los años noventa se han señalado ambos problemas y ahora en los inicios del nuevo milenio en pocos días se pasa de la desesperación más absoluta y el vaticinio de una próxima recesión a la euforia desbordante de crecer sin inflación y con unas tasas de desempleo históricamente bajas. No es el caso de las economías europeas en general.

La clase de preocupaciones citadas, como el elevado nivel de desempleo, el incremento de la desigualdad salarial, los desajustes en los requerimientos de formación y cualificaciones o la revisión de las políticas de bienestar, ha motivado la demanda de políticas públicas tendentes a restaurar una supuesta menor importancia y capacidad del país. Esta idea ha sido duramente contestada por algún autor como Krugman7. Su libro El internacionalismo moderno constituye un alegato contra aquellos que traducen las cuestiones anteriores como pérdidas de competitividad del país y demandan políticas activas de los gobiernos, principalmente de corte proteccionista. Señala que son las empresas las que compiten y no las naciones. "La competitividad es una palabra sin sentido cuando se aplica a la economía nacional" dice Krugman.

Sin embargo, el término es muy utilizado quizá, como también indica, por que resulta muy apropiado para galvanizar sociedades en torno a un objetivo común, patriótico, que permite aplicar políticas escasamente populares, como subidas de impuestos o sobre todo reducciones de gastos (o reducciones de la cobertura laboral en los países europeos). Los intentos de definir la competitividad se asocian con las naciones y más en concreto con el comercio internacional. Así un país con buenos resultados comerciales se dice que es muy competitivo. Pero esto lo mismo puede ser tan positivo como negativo para el país, como recuerda el citado autor.

Por otra parte diversos organismos internacionales (el Institute for Management Development, el World Economic Forum y el Union Bank of Switzerland) establecen ranking de las naciones según su competitividad8. En la famosa obra de M. Porter, La ventaja competitiva de las naciones se propone una serie de determinantes de las ventajas nacionales de un país. En definitiva todo parece conducir a esa idea de que las naciones compiten a través de las empresas. En ese plano, efectivamente, el mercado que gana una lo hace a costa de la otra. Krugman insiste en que no son las naciones las que compiten y que el comercio internacional no es un juego de suma nula.
5. Productividad y marco institucional: razones de los cambios

En los apartados anteriores se ha señalado la relativamente poca importancia que tiene el comercio internacional en la definición de los modelos de relaciones laborales, de condiciones de empleo y salarios, para los países desarrollados. En este último apartado se pretende explicar algunas de las causas de los cambios recientes del modelo de relaciones de trabajo europeo y, en particular el español, descartadas las derivadas del comercio internacional modelo Norte-Sur. En concreto, se hace referencia a la productividad y al marco institucional.



5.1. La productividad

La productividad es la causa que determina la variación en los salarios, o rentas, y los niveles de empleo. La productividad es un concepto sencillo que mide la relación entre la producción real y los recursos utilizados para obtenerla. Constituye la fuente básica de las mejoras en los salarios y en el nivel de vida. En una dimensión agregada contribuye a absorber o contrarrestar las subidas de los salarios nominales. Las mejoras en la productividad permiten a las empresas aumentar su competitividad e incrementar la demanda de empleo9. Aunque el concepto es simple, su cálculo, si se pretende observar la contribución específica de cada uno de los factores productivos, no resulta tan fácil de realizar. Una simplificación del problema se hace recurriendo al concepto de productividad aparente del factor trabajo. El output relaciona sólo con los recursos de trabajo utilizados. Desde este punto de vista la renta de un país se obtiene a partir de:

PIB real = horas de trabajo x productividad del trabajo.

Un país aumenta su producción real, bien debido al incremento de las horas de trabajo o bien a que cada una de esas horas genera más producción10.

Siguiendo a McConnell y Brue (1986) se puede señalar que los determinantes del crecimiento de la productividad se encuentran en a) la calidad media de la población activa, b) la cantidad de bienes de capital por hora de trabajo y c) la eficiencia con que se combinan el trabajo, el capital y otros factores. En este último apartado se encuentran, entre otros, la tecnología (incluyendo en este apartado las mejoras organizativas o de gestión), las economías de escala, y aspectos institucionales, legales o de organización social.

Se pretende, por una parte, señalar que las actividades productivas que más expuestas se encuentran a la competencia internacional representan, en términos de empleo y de producción una proporción menor que aquellas que no están expuestas a esta competencia y, por otra, mostrar al mismo tiempo sus diferenciales de productividad.

En este sentido, se recordará que el sector servicios registra tasas de crecimiento de la productividad inferiores a las del sector industrial11. Esto constituye una característica general del sector servicios en todos los países.

Para el caso americano, Krugman (1994: 66-88) cuantifica y apunta la caída de la productividad, en los años ochenta especialmente, hasta niveles de los años sesenta, como la causa explicativa del deterioro de las condiciones de vida en algunos sectores sociales. Las explicaciones de esta desaceleración de la productividad son diversas: tecnológicas, sociales y políticas, reconociendo la dificultad de una explicación concreta del hecho.

En el caso español se observa la carencia de una problemática económica similar en cuanto a lo que serían presiones de los mercados, entre otras razones, por el aumento de su tamaño, que incrementa la especialización productiva y fuerza la reorganización del sistema de relaciones de trabajo. Pero al mismo tiempo, el país cuenta con instituciones muy distintas, que muestran resultados diferentes en las condiciones de vida y de trabajo: en Estados Unidos, incremento de la desigualdad salarial; en Europa, y más en concreto en España, una tasa de desempleo más elevada.

5.2. El marco institucional

Para finalizar esta línea argumental, es preciso centrar la atención en la idea de la influencia de los aspectos institucionales que configuran las relaciones laborales y que, en alguna medida, condicionan los niveles de empleo. Si las presiones de los mercados son parecidas en los diversos países desarrollados, las diferencias en niveles de desempleo, desigualdad salarial, condiciones de trabajo, podría ser consecuencia de la diversidad de instituciones sociolaborales que operan en cada uno.

Card y Freeman (1994) desarrollan un análisis sobre este tema comparando dos países que en su funcionamiento económico son muy parecidos de forma que se pueden aislar mejor los posibles efectos de las instituciones sobre el mercado de trabajo. Se trata de Estados Unidos y Canadá en los que los resultados sobre el empleo y la caída de las rentas y el incremento de la desigualdad presentan importantes diferencias. Aunque sus instituciones laborales mantienen mayores similitudes respecto a los países europeos, también se observan algunas diferencias significativas. En concreto, los autores apuntan a una mayor red de seguridad y a unas políticas que favorecían, o por lo menos no cuestionan, la negociación colectiva y el sindicalismo. Es el caso de Canadá, con instituciones completamente opuestas en Estados Unidos, lo que explicaría un aumento de la desigualdad y un empeoramiento de las condiciones de trabajo en Estados Unidos, respecto a Canadá, pero con unas tasas de desempleo inferiores. Godard (1997: 417)12 añade que durante esos años ochenta la política gubernamental no se dirigió a debilitar las leyes laborales y sociales y que fueron las políticas de ajuste, que al reducir las expectativas de los sindicatos y aumentar los temores a la pérdida de empleo, las que posibilitaron el reequilibrio económico y el crecimiento sin reducir la presencia sindical.

Respecto al caso europeo y el de otros países desarrollados, Freeman apunta a que las tasas de crecimiento de la productividad son mayores que en Estados Unidos. Se referirá una vez más a aspectos institucionales como el sistema de fijación de salarios, la sindicación, los programas de formación y aprendizaje, los sistemas de bienestar como elementos que no sólo están en la base de unos niveles de bienestar social determinados sino también como posibles explicaciones de los aumentos de esa tasa de productividad que, como se ha señalado, constituye la clave del aumento del nivel de vida.


6. Comercio exterior y condiciones de trabajo en Europa y España

La mayor integración e interdependencia de la economía mundial no ha impedido el que las condiciones de vida y de trabajo sean un asunto nacional. Los estados se diferencian en sus sistemas impositivos, en sus programas de gastos públicos, en sus modelos educativos y en sus instituciones laborales. Sin embargo, el argumento de estar presentes en los mercados mundiales se usa para justificar propuestas tales como reducir los salarios y la protección social.

Para estudiar la presión que los países de bajos costes salariales ejercen sobre la demanda de mayores cotas de flexibilidad laboral y el nivel de protección del estado del bienestar en Europa y España, se analizan a continuación dos tipos de información estadística. De un lado, los datos del PIB español y de otro, los del comercio exterior europeo.

Por el lado de la demanda, se examina la estructura del consumo en España. Por el lado de la oferta, se analiza la estructura de la producción y de la población ocupada del sector servicios del conjunto de los países europeos y, de manera más detallada, un desglose en cuatro ramas de ese sector.

Si se examina la estructura del consumo español a partir de los grupos que ponderan en el Índice de Precios al Consumo se puede observar la importancia de los servicios, que absorben más de la mitad de nuestra renta. Este dato no capta la parte que corresponde exactamente a actividades de servicios y la relativa a productos industriales. Por esto se analizará la importancia de las actividades de servicios en cuanto a producción y a empleo en las sociedades europeas.

Como se observa en la Tabla 1, la proporción de Servicios en el conjunto del PIB alcanza más del 60 por ciento a precios constantes en todos los países excepto en Irlanda. Para el caso español, sumando la agricultura y la construcción quedaría un resto de un 26-27 por ciento para la industria a precios constantes.


Tabla 1. Participación del sector servicios en el PIB total y proporción del empleo correspondiente al sector servicios, sobre el total del empleo y desglose en cuatro grupos. Niveles existentes en 1998 (porcentaje)




Peso de los servicios en el valor añadido.

% sobre PIB



Conjunto de servicios

%Empleo en el sector



Servicios a los producto-res

Servicios de distribución

Servicios personales

Servicios sociales


Austria

64,5

63,8

10,7

22,4

9,2

22,2

Bélgica

69,8

70,2

11,7

21,8

6,8

29,8

Dinamarca

71,3

69,5

11,4

21,1

5,8

31,2

Finlandia

63

64,2

11,3

18,8

6,2

28

Francia

70,8

69,2

11,9

19,9

8,3

29,2

Alemania

66,6

62,6

10,9

19,9

7,1

24,8

Grecia

68,5

58,8

7,4

23,3

10,4

17,7

Irlanda

51

61,7

11,5

19,9

10,7

19,6

Italia

66,5

60,8

9,3

21,6

8

22

Luxemburgo

76,1

75,1

17,8

19,7

8,4

29,3

Países Bajos

69,3

70,2

14,3

22

6,2

27,6

Portugal

60,2

50,2

5,5

17,7

10,7

16,2

España

64,9

61,7

9

22,4

11,8

18,5

Suecia

67,9

70,9

12,2

19,4

5,9

33,4

Reino Unido

69,9

71,4

14,7

21,8

9,2

25,7

FUENTE: Elaboración propia a partir de OCDE (2000).
En cuanto al empleo en el sector servicios, representa a la altura de 1998 más de un 60 por ciento de la población ocupada en todos los países excepto Grecia y Portugal. Las cuatro últimas columnas de la tabla 1 recogen la estructura del empleo en el sector servicios agrupadas en las funciones más importantes del sector. Se destaca que salvo quizá los servicios a los productores, los demás son poco comercializables con el exterior, es decir, que responden a la característica más importante de los servicios que es la de que se prestan allí donde se consumen. Su dificultad de producción en serie o almacenamiento se torna difícil, y en una buena parte de los casos impide su comercio exterior, por tanto, la mayor parte de la producción tiene "un carácter nacional" y está sometida a pautas de producción y consumo nacionales, siendo ajena a las presiones de la competencia exterior.

Esta estructura de la producción y el consumo es muy similar para el conjunto de los países europeos, aunque puedan observarse diferencias entre algunos de ellos, de manera que resalta la importancia del sector servicios sobre ambas perspectivas, de oferta y demanda, del conjunto de la economía.

Existe una serie de razones de porqué crece el sector servicios que explicaría el que esta situación no es coyuntural sino que refleja la tendencia de las sociedades modernas en sus pautas de producción y consumo.

Una de esas explicaciones reside en la ley de Engel basada en la elasticidad de la demanda de servicios respecto a la renta. En este caso, los servicios en general se comportan como bienes superiores de modo que si aumenta la renta se demandan más que proporcionalmente. Asimismo, se señala un diferencial de productividad en las actividades de servicios, debido al cual el aumento de la producción por trabajador (o por hora de trabajo) es inferior en los servicios. La conjunción de estos dos factores se traduce en que cuando crece la economía la dimensión del sector servicios aumenta en comparación con el resto de sectores.

Gershuny y Miles (1988) recogen las ideas anteriores y las amplían13. Según ellos existe un conjunto de factores que impulsan el crecimiento de los servicios:

a. La división del trabajo genera una demanda de servicios intermedios o servicios para la producción. La liberalización de los mercados aumenta la especialización productiva y la división del trabajo. Es la idea de Smith de que la extensión de los mercados condiciona el grado de especialización. Representa el aspecto fundamental, a nuestro entender, para explicar la reorganización productiva y el cambio de esquema en el modelo de relaciones laborales.

b. Hay un incremento en la demanda de servicios finales conforme aumenta la renta (se asocia a la citada ley de Engel).

c. El crecimiento de la producción de servicios depende de la existencia en el sector servicios de una tasa de incremento de la productividad del trabajo menor que la de la industria fabril. No obstante, en este apartado se señala las dificultades que se encuentran a la hora de medir la productividad del sector14. Aparecen problemas graves, aunque no insuperables, de definición del output y valoración de la calidad, en última instancia de medida del producto final15.

Un resumen de este conjunto de datos y reflexiones sería el constatar que se consumen más servicios y hay más empleos en este sector, circunstancias que unidas a las propias características de los servicios explican, en buena medida, el que las condiciones de trabajo tengan una dimensión nacional.

Kleinknecht y Wengel (1998)16 apuntan un argumento similar al señalar que la Unión Europea es una economía relativamente cerrada si se tiene en cuenta la gran importancia del comercio entre sus propios países y la bastante menor que se mantiene con otros terceros. Les lleva a decir que la globalización es más un mito que un hecho real. Cierto que estos autores simplifican el proceso de globalización económica en las relaciones Norte-Sur.

En cuanto a la composición hay que señalar que el comercio internacional en los países avanzados se caracteriza por ser intraindustrial, es decir, intercambio de variedades, partes o componentes de un mismo producto. Este tipo de comercio rechaza las previsiones de los primeros modelos del comercio internacional, como el conocido de Heckscher-Ohlin, que predice que los sectores exportadores y los sectores sustitutivos de importaciones diferirán significativamente entre sí. Este modelo fundamentaría la existencia de comercio en la diferente dotación relativa de factores que otorga a los países ventajas comparativas. Así un país con abundante factor trabajo exportará bienes intensivos en el mismo. Este análisis se aproxima a la falsa idea de la competitividad de las naciones apuntada al principio: un país con bajos salarios y condiciones de trabajo exportará bienes intensivos en factor trabajo y, por tanto, para mantener producciones parecidas en el país importador deberán realizarse con las mismas condiciones de producción: bajos salarios17.

Por contra es bastante precisa la caracterización, de acuerdo a diversos indicadores, del comercio exterior español como intraindustrial y permite apoyar la hipótesis de que realmente no influye en la exigencia de patrones productivos similares a los de nuestros competidores, por lo menos a los asiáticos. En todo caso, se muestra coherente, atendiendo a que el comercio exterior español se realiza mayoritariamente con países con niveles salariales más elevados.

En cuanto al comercio exterior de servicios la desventaja competitiva española proviene precisamente de aquellas actividades de mayor valor añadido como servicios a empresas, comunicaciones, banca, seguros provistos por aquellas empresas de países también de altos salarios (Martínez Serrano y Muñoz, 1997: cuadro 5).

Respecto a los servicios aparecen dificultades para valorar con precisión la incidencia real del comercio y la competencia internacional sobre el sistema productivo de un determinado país. Como señala Porter (1991) la competencia internacional en el sector servicios es menos visible que en la industria pero crece aceleradamente, consecuencia de la reestructuración productiva que hace que los servicios impregnen la cadena de valor de las empresas y el quehacer de la unidad familiar. Este crecimiento, sin embargo, parte de niveles muy bajos. Para el caso español, los pagos por servicios en porcentaje del PIB nominal para 1999 del apartado servicios, excluido “Transporte y turismo”, representa el 3,68 por ciento (Banco de España, 1999:53).


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