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Fundación Sin Fines de Lucro


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undación Sin Fines de Lucro

Declarada de interés especial por la Legislatura del Gobierno de la Ciudad
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Exhibición n° 6907 6908 Martes 13 de noviembre de 2007

Temporada n° 54 Cine GAUMONT

LEONES POR CORDEROS (Lions for lambs, Estados Unidos, 2007). Dirección: ROBERT REDFORD. Guión: Matthew Michael Carnahan. Fotografía: Philippe Rousselot. Diseño del film: Jan Roelfs. Música: Mark Isham. Montaje: Joe Hutshing. Asistente de dirección: Adam Somner. Diseño de Sonido: Frank E. Eulner. Dirección de arte: François Audouy. Decorados: Leslie A. Pope. Vestuario: Mary Zophres. Elenco: Robert Redford (Profesor Stephen Malley), Meryl Streep (Janine Roth), Tom Cruise (Senador Jasper Irving), Michael Peña (Ernest Rodriguez), Andrew Garfield (Todd Hayes), Peter Berg (Lt. Col. Falco), Kevin Dunn (Editor), Derek Luke (Arian Finch), Larry Bates, Christopher May, David Pease, Heidi Janson, Christopher Carley (Sniper), George Back, Kristy Wu, Bo Brown, Josh Zuckerman, Samantha Carro, Christopher Jordan, Angela Stefanelli, John Brently Reynolds (Skinny), Paula Rhodes (Summer), Muna Otaru, Clay Wilcox, Sarayu Rao, Amanda Loncar, Richard Burns, Kevin Collins, Candace Moon (Fate), Chris Hoffman, Louise Linton, Jennifer Sommerfield, Wynonna Smith, Babar Peerzada, Wade Harlan. Productores: Matthew Michael Carnahan, Tracy Falco, Robert Redford, Andrew Hauptman. Productores ejecutivos: Tom Cruise, Daniel Lupi, Paula Wagner. Productoras: Andell Entertainment, Brat Na Pont Productions, Cruise/Wagner Productions, United Artists, Wildwood Enterprises. Duración original: 88’.



Este film se exhibe por gentileza de Fox Searchlight Pictures
El film

Leones por corderos, con un duelo memorable de Tom Cruise y Meryl Streep, penetra en los dilemas de EE UU tras el 11-S. Es otra carga de profundidad contra la Casa Blanca tras El sospechoso (Rendition), el impactante filme de Gavin Hood sobre los vuelos de la CIA. El sospechoso, con Jake Gyllenhall y Reese Whiterspoon, ilustra sin ahorrar un solo detalle la historia de uno de los secuestros ilegales de la CIA, con crueles escenas de torturas y alusiones a Abu Graib. Los servicios secretos de EE UU aparecen reflejados desde la falta de escrúpulos de un dirigente, maléfica Meryl Streep, a un agente de tercera fila que se rebela contra estas prácticas. Es un puñetazo en el estómago, muy directo para un filme de Hollywood.

Pero la realmente buena es la de Redford, que se muestra audaz e incisivo con un esquema muy simple: tres historias, dos de ellas densas conversaciones entre personajes muy bien trazados que tienen como fondo la guerra. La tercera pieza es la guerra misma, que transcurre mientras hablan. La película ya valdría la pena sólo por un tercio de su metraje, la charla que entablan un joven senador en ascenso y una periodista veterana, interpretados magistralmente por Tom Cruise y Meryl Streep. Poder y prensa se cogen la medida en un despacho y se oyen cosas sorprendentemente claras de lo que ha pasado desde el 11-S, con reparto de leña para todos. Es uno de los más intensos, complejos y sinuosos diálogos políticos puestos en una pantalla en los últimos años.

Redford no tiene miedo de encerrar la película en dos habitaciones, y basarla en conversaciones llenas de matices y razonamientos. El meollo de la película es el intercambio de ideas y la esgrima verbal, algo nada habitual. El propio Redford centra la segunda pieza, un encuentro entre un profesor universitario y un alumno brillante pero desganado. También aquí hay mucha sustancia, sobre todo en lo que se refiere a la apatía de la juventud ante la política, y se siente que son capturadas ideas que están ahora mismo en el aire.

Por último, Redford utiliza la tercera historia para dar al relato un poco de acción con escenas de guerra. Es la parte más peliculera y que transmite menos autenticidad, el flanco débil del conjunto, pero por algún lado tenía que salir la épica guerrera. Los medios y la política siempre han interesado a Redford, que dirigió Quiz show y ha protagonizado filmes como Todos los hombres del presidente, El candidato o Los tres días del cóndor.

(Íñigo Domínguez, 23 de octubre de 2007, extraído de www.hoycinema.com)
Leones por corderos, el último título dirigido por Robert Redford, es ante todo y sobre todo una película de tesis, con todo lo que ello supone: que nos encontramos ante verdaderos personajes, pero que su dibujo sólo ofrece los trazos suficientes como para encarnar las diversas posturas que se contraponen a lo largo del metraje; que la acción es subvalorada y la estructura casi teatral, por cuanto en una hora de tiempo real se van sucediendo dos conversaciones y una acción militar que, en realidad, es más bien una espera agónica; y que la acción dramática se supedita a lo que los personajes (un joven senador republicano con un más que prometedor futuro por delante, una veterana periodista de una cadena ahora en manos de una multinacional sólo preocupada por los beneficios, un profesor de una universidad californiana, un alumno suyo destacado pero con un creciente desapego por el compromiso político, y dos ex alumnos de ese mismo profesor, uno afroamericano y otro hispano, alistados en el ejército y participantes en una acción en Afganistán) consideran que es correcto ante la difícil situación política del país.

Como director, Redford se ha caracterizado por una contención que, en algunas ocasiones, ha ido en contra de temas a priori interesantes (como le sucedió en Quiz Show). Aquí, las posibilidades que ofrece el guión de Matthew Michael Carnahan se diluyen en la verbalización, en la construcción de un discurso que acabe calando en el espectador llevándole a una toma de postura. Se agradece que los responsables de la cinta no menosprecien la inteligencia de sus destinatarios, y rehúyan los trucos fáciles. De hecho, el personaje que encarna a los halcones de Washington (a los que implícitamente “Leones por corderos” viene a culpar de la situación sin salida a la que han llevado al país), un eficaz Tom Cruise, dispone de tiempo suficiente para exponer sus razones, sus argumentos, frente a una Meryl Streep, la periodista, desarbolada a la vez por sus renuncias en pos de la fama, el dinero y la seguridad que le otorga trabajar como firma de prestigio en una televisión que prioriza la información de cotilleos a cualquiera que tenga una mínima trascendencia política; una representante, en fin, de unos medios que contribuyeron, según se afirma en el film, a “vender” la guerra, antes que cuestionarla o exigir explicaciones sobre su eficacia.

En definitiva, una cinta de interés a la que tal vez le cueste soportar el paso del tiempo, por estar irremisiblemente unida a su momento histórico.

(Miguel A. Delgado, extraído de www.labutaca.net)

Nadie debería llamarse a engaño: pese a su “pátina Sundance” y a lo sobradamente acreditado de sus posiciones progresistas en materia política y social, Robert Redford no es ningún “outsider”, sino que se trata de un valor firmemente asentado en la industria hollywoodense. Para ello basta ver Leones por corderos, su última y celebrada entrega cinematográfica que viene avalada por el respaldo de dos etiquetas como MGM y UA. Y está claro que nadie hace una buena película “americana” como un buen cineasta “americano”. Robert Redford lo es, y su Leones por corderos, sin alcanzar un grado, quizá, de excelencia, es un producto muy, muy solvente. Solvencia que alcanza, especialmente, en virtud de dos elementos definitorios y fundamentales: el primero, su inserción rotunda e inequívoca en esa corriente narrativa norteamericana que aúna una inmensa capacidad crítica con un respeto absoluto por los principios que cimientan su arquitectura social (ese American way of life que todo lo impregna); y el segundo, la majestuosidad de la presencia en pantalla de sus tres protagonistas –sin que eso signifique que quepa equiparar el nivel de las interpretaciones de los tres–.

La mirada caleidoscópica que el guión de Matthew Michael Carnahan arroja sobre el ejercicio estadounidense de su potestad imperial de guardián universal de la paz y la libertad, al hilo de un episodio concreto (el de la intervención armada en Afganistán), tiene un componente crítico incuestionable. Y la crítica se hace extensiva a los cuatro ámbitos bien diferenciados (aun cuando se hallen tan profundamente interrelacionados en su despliegue vital cotidiano –y, como no podía ser de otra manera, en el despliegue de la trama del film: un ejercicio de montaje en paralelo de las tres “líneas de acción” de gran armonía narrativa–) en que esa mirada se bifurca: el político, el periodístico, el académico y el estrictamente militar –aunque, naturalmente, sean los dos primeros terrenos aquellos en los que más se cargan las tintas, por motivos más que evidentes: se trata de una cuestión de grados de responsabilidad en la toma de decisiones y de capacidad de influencia en la opinión pública–. Ese ejercicio crítico, que, insisto, no pone nunca en cuestión la validez de los fundamentos y esencias del entramado socio-político estadounidense –dado que, como una de las escenas finales (sobre la que no entraré en detalles) se encarga de recalcar, quizá un tanto exageradamente, siempre late al fondo del mismo un elemento de dignidad y libertad individual que redime de todo pecado–, es uno de los aciertos que difícilmente cabrá objetar al film de Redford.

En cuanto al trío protagonista, nos deja especialmente un duelo interpretativo (el que constituye uno de los tres ejes de acción básicos de la película) de un nivel tremendo. Una Meryl Streep en estado de gracia, plena de madurez, con toda la sabiduría que ya ha podido exhibir a lo largo de una carrera impresionante condensada y destilada gota a gota, en cada gesto, en cada mirada, en cada rictus, frente a un Tom Cruise que, a base de apurar un arsenal interpretativo bastante más limitado, pero con un manejo muy inteligente de las claves de carácter de su personaje (ese tiburón disfrazado de delfín que maneja la dialéctica como principal arma arrojadiza), no le pierde la cara en ningún momento. En definitiva, la confirmación de lo ya sabido (el talento de la Streep) frente a la sorpresa de algo que quizá no cabía esperar de forma tan esplendorosa (el talento de Cruise) –o quizá sí, quién sabe…–.

(Manuel Márquez, extraído de www.labutaca.net)



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Todas las películas que se exhiben deben considerarse Prohibidas para menores de 18 años.
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