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Fray juan de cabra


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"Tierra de venados"

Juan Manuel Santiago


Para Elia Barceló y José Miguel Pallarés

 

FRAY JUAN DE CABRA



(...) Que ha de saber S.M. que tal canal, de realizarse conforme al proyecto de ese flamenco malcarado y témome yo que luterano, supondría no sólo quebranto para la concordia no sin esfuerzos alcanzada en estas ubérrimas tierras, que no las viera yo tanto en la vega del Genil, y aún así no alcanzo a describir su fecundidad, sino un arrogante desafío a la voluntad de Dios Nuestro Señor; quien, si así lo hubiera tenido por designio, una canal como la susodicha habría trazado que uniese Acapulco con la Vera Cruz. Que en este punto no temo contrariar la voluntad de S.M. Que, como campeón de la Cristiandad que sois, os tengo por conforme con tal parecer, pues buen consejo habéis de recibir a diario de vuestro confesor en El Escorial. Que no digo tal por malquistaros con el de Amberes ni por influir en el gobierno de la res publica, que si tal fuera no hubiese mudado yo fierro por estameña. Que os lo aconsejo como cristiano y religioso que soy, y escrupuloso observador de los sacros votos de pobreza y obediencia. (...)

Sepa asimismo S.M. que en esta tierra son grandes los abusos que se cometen con la población indígena. Que son incontables los agravios y, si los refiriera aquí de modo sucinto, no alcanzara en setenta veces siete epístolas a relacionarlas todas, y ello sin esbozar más que detalles de algunas dellas. Que las tropelías que aquí se han realizado, y de las que yo mismo participara al servicio de Don Pedro de Alvarado antes de que nuestra hueste fuese arrojada del altiplano del norte, supusieron para quien os escribe un acicate para denunciar cuanto por estos lares acontece. Que, disuelta la comunidad de la Vera Paz luengos años ha, y finado su ilustre fundador, a quien Dios Nuestro Señor guarde en su seno, y tanto más al padre de S.M. por haberle atendido en sus legítimas demandas de justicia, vine a organizar monasterio dominico a no más de diez leguas de otro franciscano, y así y todo no damos abasto en la evangelización de estos indios de tan buen corazón como buenas razones, que tal paresce que Dios Nuestro Señor los puso aquí para dejarse cristianizar por nosotros. (...)

Que ha de saber S.M. que el de Amberes tiene terminantemente prohibido a sus capataces que los indios se relacionen con nosotros, aduciendo, y lo admite sin recato ni vergüenza, que un indio bautizado es un trabajador menos, pues de mal grado se presta a laborar para S.M. quien abraza la Católica Fe y la obediencia al Vicario de Cristo en Roma. Y que sus mentes, si bien algo simples en lo tocante a teologías y políticas, no lo son tanto que no adviertan que un súbdito de S.M. no puede ser esclavizado, y mucho menos un buen creyente y que, de concebirse tal situación inconcebible, la misma sería contradictoria y habría que elegir entre tomar partido por la Cruz o por la Corona y, puestas así las cosas, lo natural es que lo tomen por la primera y renuncien a la segunda, y que mil veces prefiere idólatras o herejes que haraganes indolentes y renegados (...). Que por ésta y otras razones tengo yo para mí que el tal flamenco ése es un luterano o algo peor (...).

 

NUÑO GARCÍA DE SANTA FÉ



¡Loor y Gloria a Su Majestad, Augusto Príncipe de la Cristiandad toda y Católico Hércules que sostiene ambos Mundos con el firme pulso de sus manos! Pues Providencia alumbró Vuestro intelecto al acordar la construcción de la Universidad de Tenochtitlán, por la que tanto os porfié, donde los más doctos filósofos del Orbe glosan con su quehacer cotidiano los más célebres momentos del Saber desde la Biblioteca de Alejandría. ¡Progreso! ¡Ciencia! Y todo ello a la mayor gloria de Dios Padre y de la Corona española. Que no es para menos que felicitarse por la feliz culminación de tan egregia empresa, faro de la Humanidad en su afán por conciliar sapiencia y fe.

(...) ni Tomás Moro en su admirable opúsculo hubiese alcanzado a imaginar una cultura tan viva y facunda que la de estos astecas que, si bien se muestran reacios a acatar la autoridad de S.M., y medios tienen para defenderse de nuestras tropas, que conocen la equitación merced a las monturas que arrebataron a Alvarado en su penosa retirada y su arte con las macanas vale por el de nuestros mejores infantes, no obstante poseen una viveza de espíritu de lo más inquisitivo, que parecen críos recién destetados, de tantas preguntas como formulan. (...) y he de deciros que el soberano de esta tierra mostróse entusiasmado con la idea de la cátedra de Astronomía, y dispuso que algunos de sus más renombrados escudriñadores de la esfera celeste se aviniesen a colaborar con nuestros hombres de ciencia. Y es de ver cómo estos hombres (pues hombres son, y quien os desmienta esta opinión yerra de gravedad), tan rústicos en algunos menesteres, que ni rueda habían otrora que moliese sus milpas de maíz, a cambio parescen saberlo todo acerca del Firmamento, que sus calendarios al principio se me antojaban espantables y, de no ser yo tan aficionado a la cartografía celeste, no los creyese yo humanos. Pues nigromancia y no otra cosa se antojaría a quien, de modo somero, se le explicase el sistema que tienen para calcular el paso de los días. Que llevan dos cuentas distintas, de un modo harto ingenioso, y en otra ocasión os las explicaré con mayor detalle, que aún no lo conozco en profundidad y no haría sino confundiros. Motivo éste para admirarse de la grandeza del Creador, que diera a la gente de estas tierras tan soberbio conocimiento de la música de las esferas. Y no digo por decir, que los antedichos almanaques los confeccionan sin ayuda de instrumento alguno, valiéndose tan sólo de sus ojos y de su instinto. Por esto os digo que gran provecho mutuo podemos recibir, ellos de nuestras impedimentas y aparejos, nosotros de su intuición.

(...) Y en el Lago, que esta ciudad me recuerda por su configuración a la ducal Venecia, que no pocas veces echo en falta sus canales y sus gentes, y si no renuncio a esta embajada es por la bondad de los astecas y el reto que supone la Universidad, celebran un a modo de naumaquias con sus canoas, que las llaman cayucos. Y nadie me supo dar razón del origen de estas justas acuáticas.

(...) Preparan unas tisanas con ciertas hierbas, que al mismísimo Príapo no habría quien le distinguiese entre una docena de doncellas, de tal modo aplaca los enardecimientos indebidos, que S.M. sabe por qué lo digo, que veré de conseguir unas muestras para uso de S.M.

(...) Y que por intercesión mía, Cuautémoc, el soberano de estas tierras, está recibiendo nociones de la Fe Cristiana. Tan buena nueva ha de ser tenida por milagro, y más aún su cambio de actitud con respecto a los sacrificios humanos, que los ha proscrito, no sin oposición de su Corte, y ordena persecución contra quienes los practiquen, lo cual, todo hay que decirlo, aprovecha para imponer a caciques adictos a su linaje y despojar a los que le tildan de herexe y apóstata.Y este Cuautémoc, anciano ya, siente cercano el momento de la muerte, que en secreto me confió que si teme tal instante es por dos cosas: la una, no bautizarse a tiempo de ir de la Pila al Paraíso, que emociona oirle hablar de Jesús y de sus deseos de abrazar la Fe de Cristo; la otra, emparentar con nobleza castellana, pues, habiendo de ser bautizado y, como tal, ser un príncipe cristiano más, y siendo su Principado el garante de la estabilidad de la Corona, que si ingleses o franceses lo conquistasen nuestro Imperio se derrumbaría, este Maquiavelo emplumado considera de ley que se le admita como un aliado más del Reyno de España, y para eso no bastan buenas palabras sino hechos. Y ya le hablé yo del infausto final de vuestro hijo Don Carlos, que hubiera sido el Segundo de España, y mucho lamentó no poder unir su sangre con la vuestra para así engendrar una Monarquía española por un lado y americana por otro, que no obstante no ceja en su empeño y me hace serviros de heraldo de una buena nueva. Que su hija, una moza de porte garboso, versada en latines y nahualtes (que así habrá de decirse que es muy instruida en su cultura, supongo), agraciada de físico e intelecto y de una belleza digna de Reina de España que, si la hubiese visto, el Dante a su Beatrice renunciara, está (si me queréis entender, y si no quisiéreis no habría yo de reprochároslo, que es asunto delicado éste que os comento) a vuestra entera disposición, que es doncella y noble y, añado yo, lozana de cuerpo, que buena hembra paridera promete ser, que no se quebraría con ocho infantes herederos que Dios os mandase, y a su resistencia física hay que añadir su prudencia y discreción.

Y de este recado me manda haceros partícipe el soberano de las Indias, que si aceptáis no sólo ha de daros fecunda descendencia, sino la seguridad de una alianza poderosa y eterna, que ni un solo corsario inglés osaría acercarse más acá de las Canarias por temor de toparse con galeón español. Lo cual os transmito con ferviente entusiasmo, que a la victoria que anunciaba el último correo de Sevilla contra la amenaza otomana habría de sumarse un triunfo menos cruento: el de la concordia entre dos soberanos bien avenidos, ejemplo para otras naciones del Orbe.

 

GUILLERMO DE AMBERES



(...) Las obras avanzan a buen ritmo, y a ello no son ajenos los aparejos que gracias a la última donación de S.M. hemos recibido. Los ingenieros calculan que en doce meses a más tardar se encuentren las cuadrillas de Acapulco y las de Veracruz. Entonces será cuestión de meses que el Canal se abra al tráfico, y con ello culmine esta magna obra de audacia simpar.

He de reiterar mis agradecimientos a S.M. por dar su beneplácito a mi proyecto de enlazar los Océanos Atlántico y Pacífico, para así ganar unos meses preciosos en la carrera que por el control de las especias mantiene vuestra Corona con la portuguesa. Pues la nueva ruta de Manila es digna de aprovecharse, y los padecimientos del galeón de Acapulco han de verse compensados, que es mucha la carga y la riqueza que se pierden en el camino terrestre a Veracruz. Y, a falta de funcionarios probos cuyas cuentas nunca cuadran a favor de la Corona, una manera mucho mejor de evitar el bandolerismo y la codicia sin mesura que acechan en estas tierras es pasar de largo por ellas, con una vía fluvial bien defendida por fortalezas poco espaciadas y gestionada por profesionales fiables, que, aunque parezca mentira, más lealtad puede ofrecer una bolsa llena de maravedís que un cargo oficial tan a trasmano para la Corona. Que con la primera, aunque no vista tanto, no hay que porfiar por el oro que no se tiene; y, con el segundo, se da rienda suelta a la avaricia.

Es bueno que S.M. y los consejeros de S.M. hayan sabido apreciar las ventajas de esta oferta, que afianzarán a la Corona en esta tierra aún no lo suficientemente explotada y en parte irredenta; que ya es medio siglo de resistencia la del tal Guotémoc y sus generales, y esto es mal ejemplo para los insurrectos de mi tierra. Que, si no se hubiesen alzado contra vuestros malos consejeros, Amberes seguiría siendo el emporio que era, y yo no me vería en el penoso trance de venderme al mejor postor, cual soldado de fortuna. No es Arrogancia quien me infunde estas palabras, sino Ira que siento por haberme visto despojado de mis pertenencias y exiliado de mi tierra. Y decía yo que la rebelión ha prendido en los confines del Imperio y, para sofocarla, no es bueno que las especias de Manila y la plata de esta Nueva España se demoren como vienen haciendo hasta ahora. Que son muchos los recursos que precisan las arcas públicas para afrontar tamaños dispendios. Y el Canal, una vez inaugurado, facilitará no poco la tarea a los tercios de S.M., y pronto se expulsará a los corsarios ingleses que infestan el mar Caribe o a los franceses que entorpecen a vuestra flota desde la Florida. Por ello insisto a S.M. en que este Canal ha de abrirse lo antes posible, pues la situación se podría tornar en insostenible, que Imperios más sólidos se han desmoronado por menos. (...) No pare S.M. en proveer a esta gran empresa de los fondos necesarios para culminarla como es de desear, que muchos serán los beneficios que la Corona obtenga con este Canal de San Felipe.

 

 



DON FÉLIX DE SANDOVAL

(...) Mucho he de rogaros que me disculpéis, que si los asuntos de la Nueva España andan torcidos, no será por la mi culpa, que no se hace S.M. una idea de cuánto y cuán a fondo hay que enmendar el mal que mi predecesor causó a los asuntos de la Corona por estos lares.

(...) Ya que inquirís mi opinión, no puedo sino seros franco. No creo que errárais al ajusticiar a Santafé, ni juzgo exageradas las excomuniones e incautaciones de bienes a perpetuidad por sí y por sus descendientes, que el Santo Oficio no para otra cosa está, y si no actúa con mayor frecuencia es por no tener más contacto con Madrid, que soy de la opinión de que la diócesis de Chiapas tendría que entender de los asuntos deste Valle, toda vez que Cuotemó hace oidos sordos a nuestra solicitud de instalar aquí un obispado.

Del tal Cuotemó ignoro qué os contaría Santafé, pero yo puedo aseguraros que es un enajenado mental. Pues en sus delirios nocturnos porfía -y esto lo sé por cauces más que fiables- por Cristo y por ocupar su lugar en la Cruz, que apostilla su galeno que ello es debido a no otra cosa que ciertos hongos con que se alivia el dolor de sus achaques, pero al precio de pasar la noche en vela; que sus diatribas, en noches calmas, alcanzan a oirse en nuestros aposentos, y Tenolilán es urbe no menor que Sevilla en tamaño y población y templos. Y no temo errar si os digo que su afán por ser bautizado se debe a esos delirios, atizados por las soflamas de Santafé, quien en este punto sí nos hizo un favor, pues considero que debemos aprovecharnos de esta situación para le cristianizar, que así cundiría el ejemplo entre sus allegados y, al arribar a Veracruz la flota a que se refería Don Álvaro de Bazán en nuestro encuentro con S.M., hallase expedita la ruta hacia la capital.

(...) Si Cuotemó es un tarado, no menos lo es su hija. Brava de carácter sí es, que a poco me emparienta más aún con la de Éboli, que no me explico cómo su cuchillo de obsidiana no me arrancó el ojo izquierdo. El cual cuchillo se utilizó poco más tarde, por asuntos tal vez más propios de oirse a comadres que a un soldado de S.M., pero que no puedo menos que explicaros.

La tal heredera en cuestión, a quien Santafé, en su depravación, quiso venderos como mercader alárabe al serrallo de un sultán, que se le nota el trato con los turcos que tuvo en Venecia, y granadino como era algo le quedaría de morisco, ansiaba desposarse lejos de su tierra y recibir el Santísimo Sacramento del Bautismo, presumo que no con otra finalidad que gustar a diario del Cuerpo y la Sangre de Cristo, a falta de la su sangre, que alguna perdió, la más indecorosa de perder, de modo inopinado, para mayor ultraje de su estirpe, que por tal felonía el despechado padre revocó la prohibición de hacer sacrificios no bien hubo dado con quien tal deshonra causó a la virtud de su hija, que sangre con sangre se pagó, y como son tan dados a ceremonias estos aztecas, que todo el año parece Pascua de Resurrección, disimularon de celebración religiosa la condena, que por fortuna para Cuotemó el sujeto era de otro linaje rival, con lo cual se aseguraba la apariencia de acto ritual y cotidiano sin que ello diese pie a burla de la población. Y bien hecho estuvo, que aunque es cosa de judíos el matar de este modo a un niño, pues no más de trece años contaría el galán, y no creáis que muchos más la seducida, por más que aquí les crecen antes los pechos y las caderas y en Castilla aparentaría lo menos dieciocho, y aunque más parecía San Martín que San Putero Descorazonado, no puedo por menos que dar por bueno lo sucedido, y no por considerar que se trató de un sacrificio pagano, sino por lo que ese mochacho estuvo a punto de causarle a la honra de S.M., que en evidencia pudo quedar, y esas cosas trascienden.

(...) Tal y como demandábais, la Universidad, o más bien el cenáculo que Santafé hacía llamar Universidad, ha sido clausurada. Difícilmente podría S.M. hacerse una idea de lo desviado de las enseñanzas allá impartidas, que ni Teología ni Filosofía ni aun Latín o Griego vide yo, y todo eran cifras y más cifras y símbolos con los que adornan sus (dicen ellos) calendarios, y algo de Lengua Castellana, que si no poco se entenderían sus peroratas. (...) El tal Santafé más parecía uno dellos, que se hizo encargar un penacho de plumas de faisanes que aquí llaman quezales, aves sagradas así como para nosotros la paloma simboliza el Espíritu Santo, y más parecía napolitano que granadino, y más aún bufón de Corte, que para no otra cosa nos sirvió el desgraciado, que buena nos la jugó. (...)

 

FRAY JUAN DE CABRA



(...) y cuánto más habría yo de rogaros clemencia con estos nativos, que poco o ningún daño pueden causarnos. Que se les degrada e inflige trato inhumano, y de ello os pondré un ejemplo.

Que el día de San Lázaro, que lo he de recordar mientras Dios me dé vida, las obras avanzaban conforme a lo previsto. Una cuadrilla de indios lacandones (que, pese a no ser esta tierra ni mucho menos despoblada, comienza a escasear para el laboreo: son tantos los muertos y es menester reponerlos en Levante, donde son menos en cantidad pero más rudos y hechos a faenas ingratas) alzóse contra el de Amberes. Que la razón no fue otra que la siguiente:



Que, concluida la jornada, juntáronse los soldados de la guardia cabe un trapiche de los que aquí se instalan para abastecer a españoles e indios, con no otra intención que jugar a los dados. Que, a falta de soldada que apostarse, y no sale uno de su asombro cuando piensa en cuánta plata se extrae de estas tierras y cuán poca se queda, que ni para pagar a las huestes del de Amberes alcanza, no tuvo uno de ellos, bruto hasta el punto de no distinguirse cuando cabalga quién es el jumento y quién el guerrero, y murciano para más señas, no tuvo otra idea que jugarse a sus hombres, que con esto me refiero a la cuadrilla de lacandones a quienes custodia y mira de alimentar. Que siendo este Pedro de Yecla, a más de estulto, incomparablemente inhábil con los dados, los perdiese, a todos sus hombres, en un decir Jesús. Que, disconforme con el resultado, pidió revancha, que por como acariciaba el pomo de su acero los otros soldados no quisieron verse sajados en dos piezas por contradecirle, que otra cosa no será, pero diestro con las armas sí que es el de Yecla, y aun así volvió a perder a sus indios todos, y a su barragana, que nubladas sus entendederas más de lo que de suyo usan estar, el muy mostrenco apostó a su Fortunata de Socuéllamos, que no discuto yo su lugar de nacimiento, pero sí lo apropiado del nombre, que a saber en qué andarían pensando sus padres el día del bautizo. Que hubo forcejeo, pero tan ebrio se hallaba Pedro de Yecla que no acertó a desenvainar, y los otros no quisieron tentar su suerte si le dejaran obrar, y allí mismo lo acribillaron, que más parecía San Sebastián que San Lázaro, que ni a pedir confesión alcanzó el desgraciado. Que los otros, muy mala gente, asimismo murcianos, acudieron a donde la barragana para della aprovechar la apuesta ganada, y no bien se hubieron despachado (y en ello emplearon media noche, que la infortunata no ha recuperado aún el habla por más consuelo espiritual que le brindo), encamináronse en pos de los lacandones, que avisados estaban de lo ocurrido, tal era la algazara reinante en el chamizo. Que, prevenidos como eran, tentaron de evadirse; que fueron descubiertos y, como no respondiesen al quién vive del centinela, por prófugos se les tuvo. Que acertaron ellos a encerrarse en el trapiche, que no había modo de entrar los sitiadores ni salir los sitiados y, haciéndose entender con lo poco que ellos sabían de nuestra lengua y los guardias de la suya, se declararon en rebeldía contra el de Amberes y reclamaron un sacerdote. Que no había más hombre de religión que yo y, tan pronto como acordé, allí me hallara, que no recuerdo haber sido despertado ni conducido al trapiche. Y tentéles para dejarme entrar, mas ellos se oponían, por más que yo les diese mi palabra de que ninguna estrategia maquinábamos. Que quedé, pues, de vocero de uno y otro bando, y por lo que conozco de su lengua, que algo es (no fueron en vano los años con Fray Bartolomé), prometíles una salida honrosa y sin represalias, que para esa hora ya se había descubierto la causa de la querella entre Pedro de Yecla y los otros pendencieros, y ya habían estos recibido justicia. Que en esto se presentó Guillermo de Amberes, y le expuse la situación, y mostróse él muy conforme con el acuerdo alcanzado. Que no bien salieron uno detrás de otro del trapiche, que no del todo confiados los notaba yo, ordenó el flamenco aperrearlos, que poca resistencia opusieron por venirles las fieras tan por sorpresa, y en menos de un Credo no quedaba de los lacandones sino pitracos. Que no he visto nunca tal fiereza en unos animales de Dios, y de esto creo saber algo, pues en la hueste de Alvarado participé yo de lances similares, y no dejo de avergonzarme de ello.

Que atrocidades como ésta son moneda corriente y, si S.M. no les pone coto, ligero será mi quehacer, por falta de ánimas que ganar para la Cristiandad, pero enormemente ingrato, pues no veo por qué motivo habría Dios Todopoderoso de consentir estos atropellos, que a veces me faltan las fuerzas para creer que esta barbarie se asemeja a las prédicas de Jesucristo.

Que por ello imploro a S.M. que venga a poner orden a estas tierras, que es de necios suponer que el principado se gobierna solo, y tarea del príncipe es conocer sus dominios y arbitrar soluciones cuando los súbditos se obstinan en ignorar las leyes (...).

 

DON FÉLIX DE SANDOVAL



(...) No obstante, el año nuevo nos ha traido buenos augurios. Los ecos de la victoria sobre el Turco nos insuflan nuevos ánimos y hacen concebir esperanzas acerca de una felice conclusión de los sucesos de Flandes.

Sobre los asuntos que me atañen, pocas novedades referiré a S.M., que acaso la más notable sea el bautismo de Cuotemó, que no he visto festejos semejantes en toda mi vida.

A Cuotemó lo sacaron bajo palio de su palacio, que a fe mia que no es esa costumbre de indios, y me figuro que algo le diría el nuevo Obispo en la catequesis acerca de la Semana Santa y él confundiría un rito con otro. Y del palacio lo condujeron a orillas del lago Tezcoco, que muy extenso es y rodea la ciudad toda. Y, una vez en medio de la calzada que llaman de Iztapalapa, que une la ciudad con tierra firme, se produjo el para mi gusto más grotesco de todos los acontecimientos que presencié aquel día. Que dos efebos de su escolta lo auparon, pues ni valerse ni caminar ni aun girar la cabeza puede Cuotemó sin quien le asista, que se me figura que si seguía con vida era para presenciar este momento, y en volandas lo depositan en el lago, en una zona poco honda, aunque esto no sea decir mucho, que no es profundo el lago. Acércase el Obispo en una barquichuela o cayuco de las que usan estos indios para mercar, y allí mismo, el Obispo faciendo equilibrios para no ser él el bautizado a la greca manera sin el su consentimiento, y el neófito tiritando de frío, que el que aquí hemos por causa de las alturas no es para ser tomado a chanza si se padecen achaques, sin apenas dar tiempo a un tercer efebo de la escolta para sostenerle la corona de plumas, derrama el Obispo el agua bendita sobre la crisma de Cuotemó y da por conclusa la cerimonia, que si se detiene a preguntarle si renuncia a Satanás y a todas sus obras, allí mesmo le tuviera que echar los óleos, que el viejo se nos quedara en el sitio. Y digo se nos quedara porque allí me hallaba yo, embarrado hasta las rodillas, que las aguas estaban turbias por haber caido un chaparrón la noche antes. Y si me hallaba en tal lugar y en semejante instante fue por apadrinar a Cuotemó, que dado mi rango sólo podíamos aspirar a tal honor S.M. o yo, y hallándose S.M. en El Escorial y prefiriendo por residencia la Vieja a la Nueva España, hube yo de sustituirle. Acerca de lo cual deliberamos el Obispo y yo, que si demorásemos la consulta hasta recibir respuesta de Castilla, más de un año transcurriese, y más que bautizo un funeral habríamos de celebrar, que este hombre ya no aguanta tanto tiempo. Y tuvimos por acuerdo imponerle el nombre de Carmelo, por ser éste el que más nos recordaba al suyo propio, que en nuestro santoral no hay San Cuotemó aunque, tras haber presenciado la agonía deste hombre, creo que en el futuro debería haberlo, que sus padecimientos y achaques bien lo merecen. Y de segundo nombre vinimos a ponerle Félix, por su padrino, que, por ser él de sangre real y no hallarse sujeto a mi servicio, no pudimos imponérselo de primero, tal y como es la costumbre aquende. Y de tercero, para no faltar a S.M., y recordando que en estas tierras de aztecas sólo S.M. será más grande que Cuotemó cuando las conquistemos para la Corona de Castilla, dímosle el nombre de Felipe. Que deste modo, Carmelo Félix Felipe se hizo cristiano, y así comenzaron los fastos.

El Obispo y yo esperábamos larga procesión de súbditos y a Cuotemó-Carmelo recibiendo bajo palio los parabienes de su grey. Mas cuál no sería nuestra sorpresa cuando, doblando por un recodo ignoto del lago, aparecen tres bergantines, que espantados nos quedamos el Obispo y yo. Por toda reacción, blandiendo yo mi espada y su hisopo el Obispo, demandéle confesión y él a mí un arma, que esto no podía sino ser obra de Satán... o de Santafé. Y, a juzgar por la actitud de los indios, que no mostraron el menor sobresalto y con toda la naturalidad del mundo se lo tomaron, di en creer que esto era cosa sabida y esperada entre ellos, y que nos lo reservaban como sorpresa, que uno es de natural suspicaz y se pone siempre en lo peor; no en vano me servieron tantos años en Cortes y Embajadas. Y aún no entiendo cómo podían maniobrar las embarcaciones en un lago de tan poco calado, que a pique estarían de embarrancar en más de una ocasión a juzgar por sus movimientos. Y, llegados a unos cien pasos de nosotros, se detienen los bergantines y dellos asoman los tetecutines, que es como llaman a sus duques y marqueses, ataviados cada uno a la manera de sus ídolos, según nos explicaron más tarde, y se arrojan de uno en uno a las aguas, declamando no sé qué cánticos, que yo me las figuro alusivas a la condición de los ídolos que representaban.

Y se vienen todos nadando hacia el Obispo y yo, que no nos habíamos mudado de sitio, ni aunque lo intentáramos habríamos podido, que petrificados nos dejó el suceso, y se desnudan todos de sus oropeles y ante nosotros se prosternan y, la cabeza gacha y echándose agua por el colodrillo, hacen de ver que como intención albergaban también recibir las aguas bautismales. Y el Obispo y yo cruzamos miradas y, sin reparar en que no habían recibido instrucción en la Fe de Cristo ni en que éramos más que otra atracción de los festejos, bautizamos uno a uno a los notables, que no los conté pero no debían ser menos de cuarenta. A todos ellos apadriné; mas, si me sometieran al potro, no lograse yo recordar los nombres que les impusimos. Que primero echamos mano de los evangelistas, y luego de apóstoles y aun de los Reyes de Castilla. Y andaríamos ya por los infantes de Lara y los duques de Medinasidonia cuando nos quedamos sin hombres que bautizar ni nombres que imponer, y el Sol sin ánimos de presenciar el espectáculo, que presto oscureció y pudimos contemplar, y era en verdad grande maravilla, la ciudad de Tenolilán iluminada y, sobresaliendo della, la silueta del Templo Mayor; en cuya cima se erigió una inmensa Cruz de fuego, que se me saltaron las lágrimas de emoción y juréme que aquel era el día más emocionante de mi existencia.

(...) en tanto esté por ver si la conversión a la Fe Católica afecta sólo a la nobleza (excepto los más influyentes de sus miembros, el fiero Chapulcihualt y el taimado Tlacaélel, que uno de los dos ha de suceder a Cuotemó, y haríamos bien en apoyar las pretensiones de ambos para enzarzarlos en guerra civil y aprovechar la situación), y ésta se aviene a colaborar con nosotros e incluso aceptar de grado el Imperio de S.M. o si, por el contrario, se extiende al populacho o, en fin, al morir el tlatoani sus tetecutines se desdicen y retornan a la idolatría de la que no han querido salir los antedichos Chapulcihualt y Tlacaélel, la colonia castellana dispone de una de las innúmeras dependencias del Templo Mayor para celebrar el culto y, por ser el Obispo quien oficia, a este cuartucho le podemos llamar, con toda propiedad, la Catedral de Tenolilán. Situación harto insólita, mas avance al fin y al cabo, que antes nos veíamos en la tesitura de celebrar la Eucaristía un día en mi residencia, al otro en la del Obispo, al siguiente en la del capitán de la guarnición, que aquello eran las catacumbas, y esto al menos es algo. (...) Las mujeres de aquí nos agasajaron a modo esta mañana, y vinieron con un crucifijo hecho de flores, así como usan en la región, que es filigrana pura, y a él nos referimos como el Cristo de las Flores, que mucho lo celebramos. (...)

 

GUILLERMO DE AMBERES



(...) Todos hemos de congratularnos con la noticia: el Gran Canal de San Felipe o de Tehuantepec está pronto a concluir. Sólo restan algunas cuestiones secundarias por solventar, tales como el peaje que habrán de pagar los indios por transitar de uno a otro lado del Canal, que éste ha dividido en dos partes la Nueva España y, si no es por los puntos de peaje, no se puede cruzar de la una a la otra. Asimismo, el Canal ha separado latifundios y cortado cañadas, que no poco ganado se trajo desde España.

El descontento de los indios al conocer la noticia de que habrían de pagar peaje a poco nos cuesta una revuelta, sólo sofocada merced al buen hacer y la firmeza de Balduino de Lovaina. El Canal, dicen, empeorará la vida de casi todos para mejorar la de unos cuantos. Y con estas cosas hay que ser cuidadoso, que se empieza clamando contra las tasas y se acaba derrocando al Monarca. Estas cosas las sé por haberlas vivido en mi tierra, que si se hubiese obrado con algo más de tino por parte de la Corona, no se habrían exacerbado los ánimos de mi paisanos, ni hubiesen podido malmeter franceses e ingleses. Lección que S.M. debería aprender, que bastante mal ha hecho al comercio la piratería en el Caribe, pues sin ella más seguras serían esas aguas y ninguna necesidad hubiese habido de este oneroso Canal, que si no hubiera la Corona acordado empréstitos con el Alberto Schwartzgeld que recomendé a S.M., esta empresa habría resultado irrealizable.

(...) Los trabajos de fortificación ya casi están concluidos. Una muralla a cada orilla del Canal protegerá la flota por tierra, y cada dos leguas se apostan fortines a la manera italiana. La intendencia y organización siguen los modelos del Camino Español a Flandes, y me es grato saber que en el próximo convoy llegarán los tercios que S.M. prometió para mejor defender tan extensa muralla.

En determinadas zonas del Canal se emplazan pequeños palacetes donde S.M. o los Virreyes puedan avituallarse. En rededor de los palacetes he dispuesto unos a modo de jardines botánicos a semejanza de los de los aztecas, que serían envidia de los de Babilonia por la variedad de flora y fauna que en ellos habitan. Mi intención al diseñarlos ha sido que el navegante y su tripulación que cubran la ruta Manila-Sevilla se hagan una idea cabal de cómo es la Nueva España y quiénes moran en ella. Andando el tiempo, es mi intención aclimatar en los jardines una pequeña muestra de cada uno de los pueblos que habitan la región, que será cosa digna de verse.

(...) La inauguración habrá de ser el acontecimiento más relevante de vuestro reinado, tanto o más que la victoria de Lepanto o la flota que deberíais enviar a Inglaterra para despejar la ruta marítima con que sofocar la revuelta de mi tierra. Razón de más para que venzáis vuestra comprensible remisión y seáis vos mismo el encargado de la apertura. Que tan gran obra, a decir de todos los que han participado de ella, no merece que la inaugure un Virrey cualquiera, y mucho menos quien desde Mérida no supo evitar que el Caribe se convirtiera en la trampa que es.

 

DON FÉLIX DE SANDOVAL



(...) por cierto hemos de tener que el Sacramento del Bautismo obra milagros, que no otra cosa es la súbita mejoría de Cuotemó. Milagro es, mas no sé si buenas serán sus consecuencias, pues ha retomado el mando de sus asuntos con unos bríos impropios de tamaña estantigua. Y muy mal se deja aconsejar; muy mal digo para nosotros, que no para los suyos, que nos ha recortado las prebendas que tanto esfuerzo nos costó arrancarle, y aun se puede decir que persigue a los españoles, que nada hace por defendernos de las pedradas que recibimos del populacho. Y las lapidaciones continuas a que nos vemos sometidos, aparte de ser promovidas por el Chapulcihualt ése, vienen motivadas por las noticias que llegan del Canal llamado de San Felipe. Porque pagar tributos a su soberano les parece de ley, aunque a veces no den abasto y murmuren contra el fisco, pero pagar tasa por transitar lo que ellos consideran su país, eso ya les resulta intolerable. De resultas de lo cual ni el Obispo ni yo ni castellano alguno podemos abandonar nuestras dependencias sin guardias de refuerzo, que hace mucho que esta gente nos perdió el respeto, y hasta heces han llegado a arrojar a nuestro paso.

(...) y ha retornado la costumbre de los sacrificios humanos. Pues, comoquiera que les hemos pacificado el entorno, que sus otrora enemigos caen ahora bajo el dominio de la Nueva España, y de Tlascala no quedó piedra sobre piedra ni ser vivo alguno de tanta como fue la ira de Cuotemó contra los aliados de Alvarado, resulta que sólo les quedan enemigos con que batirse en el norte, que chichimecas los llaman y, a más de ser su fiereza simpar, que semejan las hordas de Tamerlán, aliados nuestros son, no por otra cosa que por conveniencia, que en sus tierras se emplazan nuestras más reputadas minas de plata. Y, pese a que algunos de los tetecutines de Cuotemó abogan por un entendimiento con ellos para plantarnos cara y expulsarnos de esta tierra, otros le azuzan contra los mismos para hacer presas que despedazar en sus demoníacos rituales, que ambas facciones cada vez más enfrentadas se hallan, y de momento lo mejor es dejar que diriman sus diferencias y se desgasten, que no es bueno para la Corona que una dellas prevalezca sobre la otra, y si ello ocurriere poco Imperio nos quedaría aquí y más valdría que regresásemos a nuestro país. Por este motivo nos inhibimos de sus querellas, que mientras se enfrenten entre sí todo es ventaja para nosotros, que ya lo dice el refrán: en río revuelto, ganancia de pescadores. Y, mientras Cuotemó no pase a mejor vida, que cada día que pasa más robusto lo encuentro, podemos estar seguros, que él es nuestro único valedor aquí; pero el día que se desate la lucha por la sucesión habrá que andarse con camisas de once varas, que no podemos arriesgarnos a perder otra oportunidad, como lo hizo Alvarado al morir el soberano que precedió a Cuotemó, que por la fuerza pretendió solucionar lo que es de suyo tarea de hombres sagaces como lo fuera el Capitán de su ejército antes de que Narváez le diera muerte y dejara al frente al animal de Alvarado; que, si otro hubiese mandado, Tenolilán sería nuestra desde hace más de cincuenta años. Que hemos de obrar con prudencia, y evitar la contienda en tanto en cuanto no arriben a estas tierras los tercios prometidos, que por la amistad que me unió al padre de S.M., el Sacro Emperador Carlos, os ruego no seáis tacaño al proveernos de contingentes, que a los que han de defender el Canal de San Felipe debiérais añadir otros tantos para, llegado el caso, invadir esta tierra, que si no obramos con prevención y extirpamos el tumor antes de que se manifieste, por aquí podrían asomar franceses e ingleses; en cuyo caso, otra Flandes habremos; que flamencos ya tenemos por estos pagos, y para mí que en más cantidad de la necesaria. (...)

 

FRAY JUAN DE CABRA



(...) Confieso que la noticia de vuestra venida a la Nueva España nos ha sorprendido en no poca medida, que una cosa es porfiar por vuestra presencia y otra bien distinta tener a S.M. por aquí, que S.M. sabrá disculpar el caos aquí reinante, pues no hemos tenido tiempo de prepararos un recibimiento adecuado. Que para Santiago Apóstol habrá de inaugurarse el maldito Canal y, si partís de Veracruz por San Juan, llegaréis aquí holgadamente para los fastos. Que es triste que vuestro estado de salud no permita un desplazamiento más rápido, que si no, con salir de allí por San Enrique tiempo tendríais de sobra.

(...) Acerca de mis querellas por la atención a los indios, poco nuevo he de añadir, que ya lo verá S.M. en breve. (...)

 

 

GUILLERMO DE AMBERES



(...) Si he de seros sincero, no contaba con la presencia de S.M., que estas son cosas que se dicen y luego caen en saco roto. La salud de S.M., frágil como es, no está en condiciones de afrontar una travesía de dos meses (y podéis consideraros afortunado, que el galeón que me trajo hasta aquí tardó cerca de cuatro) y un viaje por tierra de unas cuatro semanas en el mejor de los casos. Si hubiérais visitado la Nueva España dentro de unos meses, el Canal de San Felipe os ahorraría hasta veinte días, que de Veracruz a Acapulco se tarda una semana, y esta es la grandeza de mi Canal.

(...) Por ello os digo que vuestra presencia aquí es muy bien venida, aunque se me antoja algo irresponsable que descuidéis las obligaciones que vuestro gran Reino conlleva (...).

 

FÉLIX DE SANDOVAL



(...) Si me disculpa S.M. mi ausencia en la inauguración del Canal de San Felipe (...) que no será por desairar a S.M., sino porque los asuntos de Tenolilán se nos desmandan. (...) No me parece prudente, dado vuestro estado de salud, que viajéis en vuestra silla de manos desde Veracruz hasta Tehuantepec, y de allí a Acapulco, y de allí a Tenolilán, pero si S.M. insiste, no habrá réplica mía que valga, que la cita con Cuotemó ha sido concertada para San Hipólito, que es el 13 de agosto, y sin problemas llegaréis para esa fecha. (...) Debo insistiros en lo irreflexivo que me parece no concertarla en terreno neutral, que Tenolilán se ha vuelto peligrosa y, aunque esta gente es de exquisito trato y muy cumplidora de su palabra e incapaz de tenderos celadas, nunca estará de más una cierta precaución, que bastante aprendieron de Alvarado y témome que no tomen como gesto amistoso la presencia de vuestros soldados. Que para mí que barruntan algo, y para ello no hay más que ver cómo sus disensiones se han aplacado, y al beligerante Chapulcihualt no se le ve desde hace una temporada, que eso no puede ser buena señal. (...) que concierto la cita sólo por la firmeza expresada por S.M., que de otro modo yo evacuara Tenolilán pretextando la inauguración del Canal y regresaría al mando de los tercios para tomar la ciudad y someterla de una vez a la autoridad de S.M. y de la Corona de Castilla (...).

 

 



25 DE JULIO A 13 DE AGOSTO DE 1573, A.D.

... árboles, mosquitos y lluvias torrenciales...

La silla de mano de Felipe II apesta a calafateado presuroso, embromada embarcación de tierra firme a la que sacuden los malos vientos de la selva. Árboles, mosquitos y lluvias torrenciales. La floresta, entrevista a través de la mosquitera que apenas trasluce un exterior del que difícilmente se distingue nada bajo la tromba de agua, lanza un exultante alarido de vida. Los porteadores corren más que caminan, trompiconados, entre espasmos febriles y pasos en falso sobre el barro peguntoso y la alfombra de humus, hojas e insectos. Uno de ellos, tocado por la calentura, la fiebre amarilla, sabe de su destino, pero ello no le arredra: su meta, la muerte, aguarda en la tienda de campaña, pero no antes. No antes de cumplir su tarea con respecto a su Rey; no antes de empañársele la vista y, entre delirios de frente ígnea, detener la marcha, depositar con suavidad la silla de mano ante la comitiva de recepción y, con Felipe de Habsburgo pie en tierra, dejarse ir, dejarse caer, dejarse llevar por el sopor del que ya no saldrá, ajeno a las tentativas de reanimación a que será sometido en la tienda... Lluvias torrenciales y, esto nunca lo sabrá, mosquitos.

El Rey, ajeno al percance, sumido en su trance de grandeza eterna, recibe los parabienes de la comitiva. Aquí el flamenco, en cuyos ojos brilla un prístino cielo sin nubes, la Utopía realizada con tesón y coraje, el ducado prometido, la arrogante afirmación de sí mismo. A su lado, el esbirro, el otro flamenco, que por ósmosis ha hecho innecesarios los sabuesos con que aperrear a los gandules y levantiscos, ordena alarde a sus tropas, cascos ganados a la herrumbre, armaduras perforadas, cicatrices vivas de llanto y penuria. Los nuevos tercios, recios árboles trasplantados, picas que cortan la lluvia en dos, forman pasillo para que el Rey acceda al ara en que conjurar lo imposible, en que unir las aguas de dos océanos y un continente. El Rey, faraón de la Cristiandad... Lluvias torrenciales y árboles.

Allá, el hábito, que antes fuera coraza; el cíngulo, que antes fuera látigo; la concubina del santo, que antes lo fuera del mundano. Arrecia la lluvia, y el egabrense, parapetado tras la capucha, no asoma. No lo hará, ni lo haría aunque el día estuviese raso. Sólo la voluntad del Monarca le puede mostrar al mundo su herida de muda vergüenza, su bochorno, la llaga purulenta y deshonrosa que el de Yecla le regaló por mediación de su señora Fortunata. Ya no llueve tanto. Fray Juan no le mostrará a su Rey las facciones demacradas, el pene pestilente y mutilado por tan implacable realidad, la única realidad que el mal dominico ha vivido en esta tierra donde no ha ganado almas para el Señor más que de las indias a quienes ha bendecido con el fragor de sus fluidos, el alma de la barragana cuyo consuelo y redención bien valen una sífilis. Escampa por momentos, y dos soles, el Celeste y el Terreno, ahuyentan la tormenta. Fray Juan no conocerá jamás el primero, ni osará acercarse al segundo, a Felipe de Habsburgo; no, después de haberle engañado con cuentos de concordias y evangelizaciones que sólo en su mente ciega de ira contra el de Amberes pudieron existir... Árboles. Mosquitos.

El Rey de España y América y los Países Bajos y las Dos Sicilias y el País de las Quimeras asciende, asistido por un hombre de confianza, los peldaños de la tribuna. Con él asciende Guillermo el Flamenco, y nadie más. La construcción es frágil. El peso de un solo cuerpo más puede quebrarla. Los cimientos están podridos por la humedad y el inestable y permeable suelo... Árboles. Lluvias torrenciales.

Guillermo musita algo a los oidos del Monarca, y éste alza no sin esfuerzo los frágiles brazos que anticipan una vejez prematura y de dolores en carne viva. Los deja caer, Católico Moisés, y se abre la esclusa que ha de dar paso al galeón de Manila, al cargamento de clavo y pimienta, al oro exótico y oloroso que, a fuer de adobar carnes de pantagruélicos festines, financia, no sin gotosos aullidos (náusea a flor de boca) del Rey y de su Corte, no sin naufragios y muertes, la campaña de Flandes, la lucha contra la piratería, la futura campaña contra los aztecas. Pero el galeón de Manila nunca llegará a Sevilla, ni siquiera a Veracruz. Sin dar tiempo a que se aplaquen las salvas del Rey, al hacedor del milagro de unir las aguas de dos océanos y un continente, la segunda esclusa cede y un chorro de barro y lluvias recluidas tras sus muros retumba en el canal. En el desaguadero natural de las tormentas ístmicas. Atónitos los soldados, impertérritos el ingeniero y el Soberano, la canal embravecida engulle al galeón, a su precioso cargamento, a sus hombres, y se desborda de su cauce. En la desbandada, algunos tercios son ganados por las aguas, presas del furioso embate de Neptuno, y otros se extravían en el bosque, ahora manglárica celada en la que jaguares y ocelotes ya no desean la carne roja de los venados, ya no gustan sino de otra clase de manjares... Lluvias torrenciales.

La frágil carcasa de madera pútrida sostiene aún al Rey, al gorro de fieltro bajo el cual fruncía el ceño un hombre y los demás habitantes del Orbe echaban a temblar. Pero ya no. Bajo el gorro de fieltro sólo hay ya una gorguera y, bajo la gorguera, un traje de negro terciopelo, unos jubones, unas calzas. Ya nada hay bajo ese gorro de fieltro que haga temblar a nadie, sino de frio por el frio tacto de sus manos, de lástima por el lastimero fruncir de su ceño, de ansias por el ansioso latir de su corazón. Un temblar bien distinto al que inspiraban los sueños casi cumplidos de dominio de los mares y del planeta... Lluvias torrenciales: madera podrida de árboles inadecuados para estos menesteres.

Guillermo de Amberes y el hombre del Rey descienden presurosos a Felipe de Habsburgo por unos peldaños que se vencen tras sus pasos. A lo lejos, el hombre del hábito clama: "¡Maldición divina! ¡Arrepentíos! ¡Así paga Dios a los herejes luteranos!" Una convulsión, un abceso, sangre en los labios que se vierte en el desbordado Canal que tanta sangre costó de los indios a quienes, so pena de excomunión y tormentos sin fin, decía proteger del pérfido Guillermo que tanto odiaba esa mirada lasciva, esa verga sedienta del manjar de sus viudas. Esas viudas codiciadas sin mesura, fornicadas entre sermón y sermón. Como usaban las huestes de Alvarado en su huida hacia el Yucatán, la Tierra de los Venados. Como usaba el encomendero salvaje que hostigaba la reducción de la Vera Paz, mil veces excomulgado y denunciado a S.M. Carlos V por Fray Bartolomé de Las Casas en epístolas mil veces interceptadas por las huestes de Don Juan de Cabra, el tirano. Como usaba, sí, el falso fraile dominico, lobo con piel de cordero furtivamente hurtada al más desprevenido de los buenos pastores, a ese casi intonso aspirante a santo que erró la vereda en pos de almas que adoctrinar y dio con sus huesos en el peor de los destinos, en los dominios del terrateniente que hoy, treinta años después, consumido por la sífilis, va a mudar estameña por mortaja. Y su vómito de sangre negra va a ser ahogado por una nueva riada: la tormenta, en tránsito hacia levante, ha desbaratado otra esclusa como si de palillos de dientes se tratara, y lo inevitable se cierne sobre la tribuna, evacuado ya el Rey a lugar seguro, y sobre sus alrededores, sobre el -decíase- monje, que en su agonía no va a reparar en la masa de agua que le arrojará del Canal, mar adentro, muy adentro. La tormenta, implacable, aún ha de llegar hasta Veracruz, y a su paso quebrar el sueño de grandeza de una raza... Lluvias torrenciales.

Los tercios, ya no tan flamantes, huyen con su Rey tierra adentro, por el contorno de una empalizada que el ostracismo forzoso de un ingeniero flamenco soñó fortaleza inexpugnable de la Cristiandad y del Poder que pusiese orden en su Amberes natal. Un golpe de mar y unos arrecifes extraviaron la carta a Su Majestad en la que Guillermo de Amberes, el preclaro y arrogante organizador, refería las obras de "una inmensa calzada que uniese, paralela al Canal y las líneas defensivas, Acapulco con Veracruz". Felipe de Habsburgo ignora que el atolladero de barro y árboles caídos por que transita fue, hace poco más de un año, esa inmensa calzada con mojones de oro y estatuas de todos los Reyes de España. Y ya no le importa no saberlo. Ya no le importa nada. Los relámpagos centellean sobre su cabeza, pero él apenas los vislumbra, aislado del mundo y de la lluvia, seguro en el interior de su silla de mano, a solas con sus meditaciones... Madera.

Unos gritos de "Quién vive" detienen a la comitiva en desbandada. Una voz familiar: ese acento con el que Felipe creció. El fiel amigo del Emperador Carlos. El príncipe de las intrigas palaciegas a quien, sin su consentimiento, hubo de arrojar de la Corte sin levantar ampollas y convertir en Embajador de S.M. para mejor encauzar y aprovechar sus dotes cizañeras. Esa voz que le implora. Felipe II no accederá a salir de su concha, no le concederá a Don Félix de Sandoval la gracia de permitirle ver su rostro ni oir su voz, tan sólo se limitará a escuchar las malas nuevas y asentir. Muerto Cuauhtémoc, el primer y último huey tlatoani bautizado, el nexo de unión entre dos culturas, brotó el sindiós. Y Chapulcihúalt, el Hombre-Escarabajo, ha sido aclamado como su sucesor, sin la guerra civil que Sandoval pronosticaba, sin el enfrentamiento que sólo existía en su fuero interno, sin plasmar la inquebrantable esperanza de una solución no ya victoriosa sino incluso digna para la presencia española en la Nueva España, sin una solución solipsista que eliminase como por ensalmo lo que se presentía inevitable. Lo que Santafé, el lunático de Santafé, el idealista de Santafé tal vez hubiese evitado con sus ridículos y sólo consentidos entre las miradas cómplices de los sabios tlamatinime, lo que el bufón pudo haber retrasado con su descabellada Universidad. Pero no Sandoval. Chapulcihúalt, el Hombre-Escarabajo, y su fiel Tlacaélel, ahora investido con los atributos de Huitzilopochtli, el Dios-Sol cuya vida requiere de la sangre de los enemigos. Y ambos, al frente de su inmenso ejército, al frente de los mosquetes y los venados (caballos) que han sustraido a los locos de luengas barbas, no tardarán en llegar.

¿Y cuál será el desenlace de la contienda? Los tercios, deshechos, mojada su pólvora, desconocen el terreno, necesitan campo abierto para luchar, las corazas les aprisionan más que resguardan. Los aztecas, más ligeros, con sus cotas de algodón y sus macanas, acechan. Ya no serán tan confiados como cincuenta años antes, con Alvarado. Ahora saben que la guerra con europeos no precisa rituales sino acción; que la sorpresa, lejos de ser juego sucio, es fundamental; que a falta de armas de fuego pueden más sus macanas que las espadas españolas; que bajo tan copiosa lluvia es mejor luchar ligero de ropa que acorazado con pesado metal. Ahora saben, y antes no. Y están bien guiados. Y son más. Y, hundidas sus naves, los enemigos no tienen adonde huir, que Mérida, el Yucatán, la Tierra de los Venados, está lejos y no dispone de refuerzos suficientes para frenar la tromba del norte, para contener el avance victorioso de los hijos de Huitzilopochtli .

El idílico encuentro entre Felipe II y Cuauhtémoc ya nunca tendrá lugar. Felipe de Habsburgo, Rey de España y América y de los Países Bajos y de las Dos Sicilias y del País de las Quimeras morirá, solo, sin heredero varón, sin hallar cura al doloroso priapismo para el cual le prometieron un remedio, en medio de una imponente lluvia humana, enclaustrado en su ataúd, ciego para con sus captores y verdugos, en medio de la noche, en medio de la fuga que durante casi veinte días le llevará hasta los confines de su Tierra de los Venados, de su Yucatán, de la última avanzadilla del ahora desmembrado Imperio americano, hostigado por las enfermedades mefíticas de la selva impía. Felipe II morirá la noche 13 de agosto, San Hipólito, la fecha de su pretendido encuentro con Cuauhtémoc. El encuentro se producirá, pero no será el soñado y desvalido moribundo Cuauhtémoc quien le reciba. Serán el fiero Chapulcihuált y el taimado Tlacaélel, también llamado Huitzilopochtli, el dios sediento de sangre enemiga. La sangre de Felipe de Habsburgo y de los suyos.

de artifex







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