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Flashes de memoria Breve biografía de José María Macarulla Greoles


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Flashes de memoria

Breve biografía de José María Macarulla Greoles

josemaria.macarulla@gmail.com
No voy a escribir una Memoria exhaustiva de mi larga trayectoria vital, por dos razones convincentes: la primera porque mi vida en sí sólo interesaría a algunos de mis allegados más próximos y la segunda porque requeriría un esfuerzo titánico que no me siento con fuerzas para realizar. En cambio, recurriendo a flashes sueltos, podré evocar épocas extintas de la Historia de nuestro país, desconocidas u olvidadas por mis lectores, y podré evocar de algún modo mi labor efectiva en la Universidad española.

Breve descripción de mi familia
Nací en Ivars d´Urgell, el 18 de diciembre de 1932; mi padre Juan era maestro y mi madre Quiteria colaboraba con él en las clases domésticas además de sus labores como ama de casa. Por la fecha antedicha se adivina que aproveché el comienzo de las vacaciones navideñas para venir a este mundo.

Tanto la familia paterna como la materna eran campesinas más o menos autónomas. Mi abuelo paterno, Ramón y mi abuela Dolores eran leridanos, labradores y propietarios; tuvieron seis hijos que llegaron a la edad adulta: l´hereu Antonio que murió casado y sin hijos, dos hijas – la mayor Dolores que se casó con Pau Pelegrí, también labrador, y sacó adelante a mis doce primos, y la otra, la tía Roser, que se quedó soltera en la casa paterna a cuidar de los abuelos. Los tres varones restantes, mis tíos Ramón y José y mi padre Juan, entraron en el Seminario, llegando los dos primeros a sacerdotes. En cambio, mi padre por un ligero defecto auditivo – no hubiese podido oír confesiones - dejó en buena armonía aquel centro de formación, se hizo maestro y fue ejemplar tanto en su vida como católico como en su conducta de cabeza de familia.

Mis abuelos maternos, José y Teresa, vivían en Ivars y tuvieron cinco hijos que llegaron a la edad adulta: la mayor, mi madre Quiteria, y mis tíos Armengol, Francesc, Teresina y Josep María. Trabajaron mucho y fueron ampliando el patrimonio familiar, comprando algunas fincas y llegando a poseer una casa en el pueblo y otra – la masía – al borde mismo de l´estany d´Ivars.

Mi vida en la infancia se ubica en tres destinos diferentes: el pueblo que correspondía por su trabajo a mi padre (primero Cerbi en el Pirineo, después Mayals en las Garrigas y por fin Lérida capital), el propio Ivars sobretodo en vacaciones y por último el estany durante los veranos.



Mis primeros recuerdos
Siempre he tenido buena memoria y cuando echo la cuenta atrás me parece imposible que alcance ciertos flashes casi inverosímiles. El más antiguo se remonta a los dos años escasos, cuando aún no sabía razonar mis decisiones. Mi madre contrató a una chica joven – de 14 años, como se hacía en aquellos tiempos – para que me sacara de paseo y comentaba extrañada a sus amigas que yo me resistía a salir con aquella muchacha, llorando siempre que me sacaba de casa.

Años más tarde, cuando supe expresar mis pensamientos, le pude dar una explicación lógica: aquella chiquilla, con su afán de jugar con las compañeras, me ataba a la silleta y, para que no me deslizase calle abajo, recostaba la silleta con la espalda en el suelo y me dejaba berreando patas arriba, mientras ella saltaba a la comba. No sé el tiempo que me tenía así, pero debía ser el suficiente para que yo cada día llorara al acercarse mi sesión de tortura.

Otro recuerdo muy preciso se refiere a la operación de amígdalas que me efectuaron a los dos años y medio, antes de empezar la Guerra Civil.

Recuerdo perfectamente que había dos médicos con sendas batas blancas: uno flaco (debía ser el auxiliar o ayudante) y otro gordo con un espejo redondo y una luz en la frente, que es el que me operó. El flaco, sentado en un taburete, me tomó en sus rodillas y me sujetó inmovilizándome los brazos con lo que me puse a llorar y, al abrir la boca, facilité la operación – sin anestesia – de la que no recuerdo nada más.



El tercer flash – y no es el único – se refiere a un caballo de cartón que me debieron regalar por mi cumpleaños o que trajeron los Reyes Magos. Lo tomé con tanto cariño que no quería que pasara sed durante la noche y lo dejé abrevando en un cubo de agua, sin que nadie se diera cuenta. El juguete duró poco porque a la mañana siguiente el pobre caballo tenía los morros tan hinchados que hubo que tirarlo de inmediato a la basura.

Episodios de la guerra
Son incontables. Pasé la casi totalidad de la contienda en la masía del estany, con la abuela, mi madre, mi tía y varias mujeres más de la familia (porque todos los varones estaban en el frente) y con siete niños de edades variadas; en total, éramos 14 personas. Los peques vivimos bastante ajenos a los agobios de la guerra. Las madres más sensatas – guiadas por la mía - después de levantarnos y darnos el desayuno, nos ponían tareas adecuadas a las edades respectivas que teníamos que resolver antes de pasar a los juegos libres. También ayudábamos a los mayores en la caza en el corral del gallo, gallina o conejo programado para la comida de cada día. Con la abuela pescábamos barbos, tencas o anguilas en el estanque y cosechábamos la fruta del tiempo para completar el menú. Las patatas o el puré de calabaza no gustaba a los más pequeños. A Juanito de tres años le llamábamos el “patitotes” porque proclamaba a gritos “patitotes mal a vene” que viene a significar “las patatotas hacen mal al vientre”.
Cuando oíamos a los aviones que nos sobrevolaban nos colocábamos entre los dientes unos palitos que llevábamos colgados al cuello, para que, si explosionaba una bomba cerca, no nos reventara los tímpanos. De la mano de nuestras madres corríamos a una profunda acequia sin agua, próxima a la masía, cubierta con unas ramas que considerábamos un aceptable refugio antiaéreo. Cuando algún miembro de la familia militarizado disfrutaba de unos días de permiso, como conocía por el ruido de los motores si los aviones eran republicanos o nacionales, nos ahorrábamos casi siempre la carrera al refugio y debajo de un árbol contemplábamos extasiados cómo aquellos aparatos iban descargando en el estany las bombas que el fuego antiaéreo les había impedido descargar en la Lérida nacional. La mayoría de las bombas se hundían en el lago sin explosionar, pero alguna que explotó hizo ruido, levantó una columna de agua y salió humo durante un buen rato.
Pero en una ocasión los cazas nacionales persiguieron a los aviones rojos y se enfrentaron sobre nuestras cabezas. Delante de nosotros no hubo derribos pero al salir del refugio recogimos en el camino unos casquillos de bala distintos y mayores que los habituales de los soldados.
La Providencia guió nuestras vicisitudes por aquellas fechas. Las mujeres no cesaban de rezar. Cuando se rompió el frente en Serós, los republicanos establecieron un puesto de mando camuflado justo en nuestra masía, nos llenaron de cables y teléfonos, comimos carne enlatada de su rancho (que estaba deliciosa), los cañones, bajo la sombra de los árboles, rodeaban la casa,… pero una noche, sin hacer apenas ruido, todo desapareció. Por lo visto el ejército de Franco intentaba embolsarlos y ellos escaparon cual rayos.

La liberación y sus peligros
Estuvimos dos días en expectativa, en tierra de nadie, sin militares ni soldados de ningún bando, al cabo de los cuales, por la noche, oímos las voces de los moros que avanzaban, campo a través, por todos lados a nuestro alrededor pero sin entrar en la casa.

A la mañana siguiente, que aparecía tranquila, como mi abuelo había regresado “milagrosamente” del campo de trabajos forzados al que lo habían condenado, enganchó la mula al carro y fuimos todos juntos a presentarnos a la autoridad nacional militar ubicada en el pueblecito próximo de Vallvert. Antes de llegar al pueblo se fueron acercando unos moros al carro haciendo señas de que mi tía joven y mi madre se apearan. Como no les atendíamos, uno de ellos llegó a agarrarse al carro, zarandeándolo. Mi abuelo lo amenazó e incluso le dio un bastonazo. En aquel momento los moros miraron hacia atrás y empezaron a retroceder. Entonces vimos venir corriendo a un oficial español, pistola en mano, que nos alcanzó y nos dijo que habíamos tenido una suerte inmensa porque él se asomó a la ventana en el instante en que el moro se cogía al carro. Habían tenido 5 minutos de saqueo la noche anterior – esto ocurría al tomar una posición, sin cuya recompensa no la hubieran atacado – pero el plazo había concluido y los moros tenían pena de muerte si nos agredían fuera de él.


Vida nueva en Ivars
En otro flash discontinuo recuerdo que los días siguientes los pasamos en el pueblo. Probablemente sería para ocupar nuestra casa que nos habían “aconsejado” que la abandonáramos durante el periodo rojo, para que los del Comité se olvidasen de nosotros. Por cierto que los saqueos bélicos no afectaron ni a la vivienda de Ivars ni al piso de Mayals, en ambos casos por causas providenciales muy distintas. En Ivars manteníamos algunos animalillos en el corral y el muchacho de 15 años que había ido un día antes del paso del frente a darles de comer, olvidó cerrar la puerta que quedó abierta de par en par, y a nadie se le ocurrió entrar en aquella vivienda abandonada. En cambio, en las dos casas vecinas derribaron sendas puertas para saquearlas.

Lo de Mayals fue aún más espectacular: una bomba de aviación –calculo que de 100 o más kilos – cayó sobre el tejado, atravesó varios pisos y se quedó plantada – en equilibrio inestable - en la entrada, sin explosionar. Aún recuerdo el agujero que dejó en el hall de nuestro piso. Lo cierto es que los saqueadores potenciales se asustaban y se inhibían de entrar en aquel inmueble y cuando los artificieros la desactivaron ya reinaba el orden.


Con la liberación vimos desfilar muchos soldados; nos colocaron como huésped en la casa de Ivars un oficial de los nacionales, al que la abuela despertaba cuando oía ruido de aviones y él se burlaba de ella porque eran de los nuestros – decía.
En un desfile festivo de tropas en camiones y a pie un moro dio un paso fuera de la formación para plantar un beso-sorpresa a una joven curiosa de la primera fila, entre el susto y las carcajadas de los espectadores. En este desfile, había un perrito muerto en la calle, atropellado con anterioridad, y un soldado del camión le preguntó sonriendo: ”Pobrecito,¿te han hecho daño?”.

Yo ya sabía leer y escribir en catalán –leía Rondalles – pero esta primera frase en español tuve que pedir a mi madre que me la tradujese; por eso la recordaré siempre.

Pero muy pocos días después de nuestra liberación se oyó una terrible explosión de madrugada, seguida de otras explosiones menores. Mi madre nos mandó vestirnos a toda prisa por si retrocedía el frente y teníamos que marcharnos corriendo a Lérida. No hizo falta: era el polvorín de Castell del Remey que había saltado por los aires dando muerte a 138 soldados. ¡Qué pena!

Al visitar en años posteriores, el edifico del castell reconstruido, recuerdo que vi un reloj de sol en la pared con una leyenda que me quedó grabada:”yo sin sol y tú sin fe ¿qué?”. Y concluí que ambos, en esas circunstancias, serviríamos para bien poco.

En los meses siguientes fueron llegando los familiares del frente contando cada uno su propia odisea. Como todos regresaban vivos y sanos – aunque cargados de piojos - la abuela, mi madre y mi tía cumplieron una promesa que habían formulado meses antes: tuvieron tres días de penitencia y acción de gracias, alimentándose sólo de pan y agua; el último día les resultó especialmente duro porque decían que “sus estómagos estaban muy tristes”.
Traslado a Lérida
En otro flash me sitúo en Mayals, donde mi padre daba clases como maestro. Al reconstruirse la vida ciudadana, a mi tío Mosén Ramón, superviviente de la persecución religiosa (a mi otro tío Mosén Josep lo había fusilado la columna Durruti en 1936), el obispado lo envió de cura Arcipreste en la parroquia de Monzón y allí a mi hermana y a mí, primero nos confirmaron y después pudimos recibir la Primera Comunión (ésta fue el 31 de agosto de 1941). Como nos hacíamos mayorcitos y Mayals – dicho con todo cariño – no ofrecía un porvenir aceptable para una familia modesta (recuerdo que ni siquiera había agua corriente en las casas y había que comprarla a cántaros que traían unos borriquillos), mi madre nos hacía rezar un padrenuestro cada noche para que mi padre ganase unas oposiciones que estaba preparando, y así poder trasladarnos a Lérida capital.

A pesar de su dureza de oído –detalle que suponía un defecto para la enseñanza - por lo que el tribunal no lo miraba con muy buenos ojos, el hombre hizo unos ejercicios tan buenos y brillantes que la inspectora proveniente de Madrid exclamó, pensando que él no la oiría: “¡O no hay justicia o no se le puede negar la plaza!”. Así pues, calificados los exámenes por el tribunal y enviados para revisión a Madrid, obtuvo el número uno en la oposición y nos trasladamos a la capital.

Como la abuela paterna vivía con mi tío Mosén Ramón en Monzón, nos cedieron temporalmente el piso familiar de Lérida, en la calle La Palma, y en él nos alojamos.

La plaza que mi padre había ganado correspondía a la Escuela Aneja a la Normal y mi primer contacto con aquella Escuela (que servía, entre otras cosas, para que los estudiantes para maestros hicieran prácticas docentes) fue con el Director. A mi padre le adjudicó el grupo de los chicos mayores – de 13 y 14 años – y yo no tenía más que 8. Aunque mi progenitor alegó que yo siempre había estado en su clase y que mi nivel era el adecuado, aquel hombre no lo creyó y me sometió a un examen para comprobarlo. Recuerdo que, entre otras pruebas que me puso, había una división por 19 – cosa que requiere bastantes tanteos – y la resolví en un periquete, por lo que el Director no tuvo más remedio que ceder y dejarme en el grupo de los mayores, como correspondía a mi nivel escolar, no a mi edad biológica.




La vida en el Instituto
No voy a detallar los recuerdos de la Escuela – serían demasiados – todos alegres, formativos y divertidos, ni tampoco el tiempo que compaginé el ir a clase con el de ejercer de monaguillo en la parroquia de San Martín. Allí gané mi primer sueldo simbólico (fueron 35 céntimos de peseta) que mi madre quería que devolviera al párroco pero que mi padre me permitió conservar para estimular con ello mi madurez y responsabilidad personales.

A los 10 años hice el examen de ingreso en el Instituto Nacional de Enseñanza Media, que aprobé con holgura y empecé el primer año.

En realidad se trataba de dos institutos en parte independientes: el masculino – con muchos chicos – que siempre ocupábamos las aulas y el femenino – con menos chicas – que sólo entraban en las clases detrás del profesor o profesora correspondiente. Y, por supuesto, los espacios de recreo estaban completamente separados. Al empezar, ocupando siempre las plazas prefijadas por el Centro, me tocó estar codo con codo al lado de una niña – de 10 años como yo – llamada Mari Carmen, que me caía muy bien. Nunca hablé con ella fuera de clase, en cambio durante la estancia en el aula nos ayudábamos mutuamente. Recuerdo que un día se le cayó un lápiz al suelo y me di tanta prisa en recogérselo que nuestras cabezas chocaron con cierta violencia.

En los cursos siguientes, como yo obtenía Matrículas de Honor, me tocaba sentarme en el puesto número uno, junto a la pared y ya no coincidimos más. Pero en los exámenes escritos procuraba ayudarla pasándole “chuletas” con su nombre “para Mari Carmen”. Una de ellas resultó espectacular, porque en ella le mandaba la solución a un tema que nadie dominaba y, aunque la chuleta fue leída por todos los intermediarios, ninguno se atrevió a suscribirla, salvo una chica a mitad de camino, por lo que aquel examen sólo lo aprobamos tres: Mari Carmen, la entrometida y yo, con gran sorpresa de la profesora. Recuerdo bien el asunto: se trataba de analizar todos los tipos de oraciones de la siguiente frase “El hombre que trajo las manzanas me dijo que traería más cuando se nos acabaran”. Yo encontré y clasifiqué cuatro y la mayoría sólo veía dos o a lo más tres, por lo que no llegaron a aprobar.

Aunque nunca hablamos en la calle, la niña y yo, cuando nos cruzábamos y nos decíamos Adiós, ella se ruborizaba y supongo que yo también. El trato se fue diluyendo y a los 14 años la perdí de vista.
Por hallarnos en plena Segunda Guerra Mundial (año 1943) nos tocaron en los estudios unos turnos especiales de idiomas: había que elegir uno del Eje (Alemania-Italia) y otro de los Aliados (Francia-Inglaterra). En otras palabras, que si querías estudiar inglés tenías que aceptar antes el italiano. Si elegías francés, te tocaba después alemán. Cuando el año 1945 terminó la Guerra (recuerdo muy bien la noticia de la explosión de la bomba atómica en Hiroshima) las conexiones lingüísticas cesaron – éramos libres de elegir - y entre unas cosas y otras tuve que manejar en los estudios secundarios y en la universidad ocho idiomas diferentes, a saber: con los compañeros y profesores, catalán; en las clases teóricas y exámenes, español; durante siete cursos, latín; tres cursos, griego; siete cursos, italiano y cuatro, inglés; con incursiones colaterales al francés (necesario en la carrera de Magisterio) y alemán (en la de químicas); es decir los 8 idiomas mencionados antes.


Vacaciones en Ivars
Al ser mi madre la hija mayor, todas las Navidades hasta que cumplí los 22 años las pasamos en casa de los abuelos de Ivars, junto con los tíos y las familias que ellos fueron formando. La climatología de invierno resultaba especialmente dura en una casa sin calefacción: sólo disponíamos de la cocina de leña para guisar y una estufa en el centro del cuarto de estar para calentarnos. Las habitaciones que daban a la calle gozaban de unos ramajes y florituras de hielo especialmente artísticos en los cristales de las ventanas. Ah! Y, antes de acostarnos, pasábamos por las sábanas una especie de sartenes repletas de brasas de leña. Recuerdo que mi tío José María comentaba que en invierno “la cama es como Galicia: se entra con pena y se sale llorando”. Algunos años, las calles estaban cubiertas de nieve, en otros de barro. Yo sentía una especial devoción religiosa al integrarme en los villancicos y toda la liturgia navideña. Por cierto que debía cantar tan mal que un buen día el sacerdote que dirigía el canto, insistió en que cantásemos todos, pero todos, dijo, y mirándome delante de los ochenta críos presentes, matizó:”¡ Tú, José María, estás dispensado!”.

En Ivars conocí a una chica de 12 años (yo acababa de cumplir los 15) barcelonesa, que ahora vivía en Lérida, pero con familiares en el pueblo, con la que mantuve “una amistad platónica” parecida a la de Mari Carmen. La saludé, sin conocerla, mientras llenaba un botijo en la fuente de la plaza, con la frase espontánea: “¿Sabes que eres muy guapa?”. Creo que se ruborizó, se dio prisa en llenar el botijo y desapareció. Coincidimos algún día después en los juegos de chicos y chicas en las escuelas públicas, pero tampoco tuvimos ningún trato personal directo. Cuando nos saludábamos en la calle – tanto en Ivars como en Lérida – nos ruborizábamos los dos y nada más. Y cuando ella cumplió los 15 años se fue monja de la congregación que les daba las clases de bachillerato, así que cada uno seguimos nuestras vidas.


Acción Católica en el Instituto
El profesor de latín - Mosén Manuel Guallar – organizó, de forma voluntaria, con los alumnos de los últimos cursos unas reuniones de Acción Católica. Yo, que ya conocía el terreno porque mi tío Mosén Ramón me había orientado en la parroquia de San Juan (de la que ahora él era párroco), procuré ayudar en el Instituto para que cuajara el ensayo. Mosén Guallar nos contaba diversas cosas del Seminario de Zaragoza donde él había estudiado al mismo tiempo que don José María Escrivá (entonces seminarista y superior del centro mientras terminaba su carrera eclesiástica). Nos dijo que era un superior querido y admirado, pero un día tuvo una trifulca con Julio, otro seminarista algo mayor que él y que don José María no respondía a los agravios del otro hasta que los extendió a su madre (le llamó hijo de tal) y entonces se pegaron: él menos que Julio. El señor Arzobispo les señaló un castigo ejemplar, citando una frase célebre de Felipe II frente a Juan de Lanuza, por la fuga de Antonio Pérez, “en Aragón, el Justicia tiene nombre de varón”: durante un mes seguido rezarían el rosario de rodillas, hombro con hombro, en el pasillo central de la Catedral, delante del seminario en pleno. Mosén Guallar comentaba con admiración que don José María encajó el castigo muy bien, a pesar de no ser él el culpable de la trifulca.

Primeras noticias sobre el Opus Dei
En los años del instituto me fueron llegando noticias, todavía no muy nítidas, sobre el Opus Dei. Primero fue el propio Mosén Guallar que nos contó que su condiscípulo José María Escrivá residía ahora en Madrid viviendo una “cierta fraternidad” con estudiantes seglares. Después supe que mi tío Mosén Ramón había hecho unos Ejercicios Espirituales para sacerdotes, el año 1941, dirigidos por Monseñor Escrivá y que éste le había parecido “muy santo pero muy exigente” y después supe que mi profesor de Religión, Mosén José Vallés, también los había hecho y, en ausencia del predicador, se había subido a una silla para hacer a todos sus compañeros una consideración general; les hizo notar: “¿No os habéis dado cuenta de que el que nos predica es un verdadero santo? Vamos, digo ¡un santo de altar!”
Antes de marchar a Barcelona para cursar Medicina, establecí un breve contacto con la Congregación Mariana, asistiendo a alguna Misa, visitando unos enfermos y conociendo al Padre Llorens que me clasificó como “Candidato a aspirante a congregante” título que nunca sobrepasé.
Más tarde supe que ese mismo Padre Llorens, acompañado de tres o cuatro congregantes, había acudido a la Librería Urriza para que retirasen de la venta los ejemplares de un librito titulado “Camino”, porque – decía – predicaba el imanentismo (¿?).
Viaje a Barcelona
Trasladarme a Barcelona para continuar estudios planteaba dos problemas logísticos: el primero, el costo de la estancia en la Ciudad Condal (mi pensión mensual igualaba el sueldo de mi padre, por lo que necesitábamos o bien obtener una beca o dar más clases particulares; ambas cosas logramos de forma complementaria – una beca de media pensión – y clases domésticas que daban sobre todo mi padre y mi madre y alguna yo mismo) y la segunda, no desconectarme de la formación religiosa, para lo cual intenté continuar, aunque fue sin éxito, con la Congregación Mariana.

Por mil razones familiares empecé la carrera de Medicina, sin sentirme ilusionado con ella – esperaba el primer suspenso parcial para pasarme a Ciencias, que me gustaba más, pero los suspensos no llegaban – y en las notas de final de curso, a pesar de una grave enfermedad contraída en mayo, aprobé las asignaturas propias de Medicina y saqué Matrícula de Honor en Química y Sobresaliente en Física. ¡Mi porvenir académico quedaba pues orientado y confirmado!

Ante el riesgo de no poder mantenerme en Barcelona – por la penuria económica familiar y por mi salud endeble (tenía una úlcera gástrica) - mi padre me había sugerido cursar antes los estudios de Magisterio en Lérida, cosa que hice el verano que terminé el bachillerato (aquel septiembre me examiné de 22 asignaturas de los tres cursos) y el verano siguiente – de 1951 - (las 8 restantes y la Reválida, en la que obtuve Premio Extraordinario). Así tenía pues una posibilidad digna de ganarme la vida.

En las clases de Medicina conocí al profesor don Juan Jiménez Vargas que enseñaba la Bioquímica y la Fisiología. La primera me gustó tanto que me propuse no desvincularme de ella, aunque ahora me pasase a estudiar Ciencias.

La enfermedad de mayo fueron unas hemorragias gástricas en la pensión que me obligaron debilitado a guardar cama. Allí unos estudiantes procedentes de Madrid me prestaron por un corto tiempo el libro Camino antes citado, del que leí unos párrafos y me gustaron sin encontrar en ellos nada peligroso, extravagante o condenable.
Cambio de carrera
El paso de Medicina a Ciencias Químicas tuvo dos características llamativas: una buena y otra mala. La buena fue que en la instancia de convalidación para Ciencias de la Química y la Física que había cursado en Medicina, el Rector escribió de su puño y letra que “esa convalidación no suele concederse pero este caso es excepcional y, en atención a las buenas notas, se concede” permitiéndome matricular de modo oficial de los dos primeros cursos de Ciencias Químicas.
La noticia mala fue que en Lérida, el Director de la Escuela Normal, jefe de mi padre, no sólo influyó para que me retirasen la media beca, por cambiar de carrera, sino que le manifestó a él – delante de los otros maestros de la Escuela - que a mí, fuera del control paterno,”se me había acabado el fuelle” y que fracasaría en los nuevos estudios elegidos, al estar lejos del hogar familiar. Mi padre, dolido y a solas, me hizo saber esta conversación y no hizo falta más para que yo emprendiese mi trabajo (además de mis clases particulares) con el interés máximo. ¡Estaba en entredicho el honor de mi padre!
Durante ese curso (1951-52) tuve que hacer filigranas para asistir a todas las clases teóricas y prácticas y a los exámenes de los dos primeros cursos de la carrera, porque muchas veces se superponían en el tiempo. Además desde primeros de octubre fui invitado a subir al Colegio Mayor Monterols para asistir a un círculo de estudio (dirigido por el estudiante de Químicas Joaquín Ibarz), a la meditación y bendición de los sábados y a los retiros mensuales; todo ello me pareció maravilloso y quedé enganchado, sin detrimento de las horas que dediqué al estudio, que fueron incontables.
Las calificaciones académicas tanto de primero como de segundo curso resultaron excelentes; saqué un montón de Matrículas. Esto llegó a oídos del Director de la Escuela de mi padre que se dio prisa en disculparse y felicitarle. Pero mi progenitor le replicó que si la ofensa por su frívolo enjuiciamiento había sido delante de los maestros colegas, la reparación también debía serlo igualmente. El buen hombre, con toda nobleza y lealtad, aprovechó la reunión del recreo de los maestros para pedir de nuevo disculpas y dar un fuerte abrazo a mi padre. ¡El honor paterno quedaba a restablecido!

El resto de la carrera ya fue más plácido. Curso por curso y metido en el ambiente universitario podría contar muchísimas cosas. En el último año recuperé la media beca y residí en otro Colegio Mayor, el Fray Junípero Serra, conviviendo con alumnos españoles e hispanoamericanos.


Vuelta a conectar con Medicina
En ese último curso, cuando ya estaba planteándome el doctorarme en Barcelona en Química Orgánica – incluyendo el dar clases particulares para pagarme la estancia - un amigo mío me informó de que el profesor Jiménez Vargas necesitaba un alumno que terminase Químicas para dar las prácticas de Bioquímica en Medicina. Me concertó una entrevista y sin preámbulo alguno empecé a realizar esa labor junto con el estudiante de Medicina, José María Pujol.

Primero fueron las Prácticas que yo mismo diseñaba, después di algunas clases teóricas – cosa insólita al ser solo un estudiante – corregí exámenes y realicé ficheros de material de laboratorio, de reactivos y de proveedores. Todo ello lo hacía por encargo del doctor Jiménez sin que él me dijese que pensaba llevarlo a Pamplona, donde estaba creando la Escuela de Medicina del Estudio General de Navarra. Incluso me enseñaba, para que le aconsejase, los planos de esa futura Escuela y yo le señalaba dónde colocar las vitrinas de gases, las poyatas para balanzas, las duchas de emergencia, etc.,..

Al terminar la Licenciatura en Química, en la que también obtuve Premio Extraordinario, y cuando iba a quedarme en Barcelona, don Juan Jiménez Vargas me dijo, a última hora, que me fichaba para ir con él a Pamplona, donde, aparte de colaborar en la docencia, podría realizar la Tesis Doctoral en Bioquímica, tendría un contrato de trabajo y no necesitaría dar clases particulares para ganarme la vida.
Traslado a Navarra
El 7 de octubre de 1955, mientras en Barcelona se inauguraba el curso y me llamaban para darme el Diploma del Premio Extraordinario, yo estaba en la inauguración de otro curso en Pamplona, vestido con toga, birrete y muceta de químico (prestados por los profesores del Instituto).
Crear una universidad tiene un encanto especial. Y la tutela del profesor Jiménez Vargas (en Pamplona le llamábamos don Juan) resultaba altamente formativa. Por ejemplo, desde el primer día me inculcó que la diferencia entre una Academia y una Universidad no radica en la validez de sus títulos, sino que la academia transmitía conocimientos muertos, conseguidos por otros (véanse las academias de conducir) sólo para que el alumno apruebe y, en cambio, la universidad desarrolla ciencia propia, junto a la que se origina en el resto del mundo, y se acude a ella para aprender a moverse en el campo científico, no sólo para aprobar.
En Pamplona pude ahondar en muchas facetas de la vida, relacionadas con la exploración y avance en las perspectivas familiares, la formación profesional, los títulos académicos a obtener, el enfoque espiritual de la vida (¿para qué estamos en este mundo?), etc., etc.,….
El trabajo intenso en la Escuela – comiendo todos los días en ella junto al profesor Jiménez Vargas – me permitió no sólo impartir las clases prácticas, sino realizar los experimentos adecuados para sustentar la tesis doctoral, con la ayuda inestimable de las enfermeras que realizaban en la Escuela las prácticas de laboratorio de su carrera. Además pude resumir las clases teóricas que impartía, con ayuda de unos alumnos muy aplicados pues los apuntes tomados por ellos, vistos y corregidos por don Juan, se convirtieron en el libro FISICOQUÍMICA FISIOLÓGICA, del cual hicimos hasta seis ediciones (con cambios complementarios, actualizados) y ocho reimpresiones (algunas en México).
Perspectivas familiares
Como yo era un soltero sin novia, algunas enfermeras preguntaban intrigadas a sus compañeras por qué unos profesores elegían ser célibes para toda la vida y otros podían decidirse por el matrimonio. Un colega médico que lo supo me informó que esas muchachas de Pamplona eran inmejorables y tenían una sólida moral cristiana (el ambiente de la ciudad era “oro molido”) y cualquiera de ellas podía ser una perfecta compañera para toda la vida.

Un día transportando una caja pesada con Marinieves (alumna de segundo curso de Enfermería), se me resbaló una mano y el borde de la caja cayó sobre su pie por lo que le pregunté: “¡Usted perdone ¿le he hecho daño?!” Ella se limitó a sonreír; al cabo de unos meses empezamos a salir juntos, después nos hicimos novios, y hoy, cincuenta y tantos años después, es la madre de mis hijos y abuela de mis nietos. ¡Gracias sean dadas a Dios!

Hemos compartido penas y alegrías, fiestas y trabajos. Como ejemplo de nuestras andanzas conjuntas por el mundo están los viajes que los dos hemos realizado debidos a congresos, cursos, conferencias o simposios en diversos países: Portugal, Francia, Italia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, Suiza, Marruecos,… sin contar los de índole interna, como las reuniones académicas en Granada, Santiago de Compostela, Santander, Madrid, Valencia, Barcelona, etc.,…

El año 1959 es de especial relevancia por múltiples razones: en enero me operaron de estómago, a vida o muerte por una hemorragia imparable; en marzo defendí la Tesis Doctoral en Zaragoza (dirigida por don Félix Álvarez de la Vega y don Juan); en mayo realicé una estancia en el Reino Unido para apadrinar a mi primer sobrino y visitar los centros docentes e investigadores en aquel país; y por último, en septiembre contraje feliz matrimonio con Marinieves.


Progreso profesional
El año 1960 no le fue a la zaga al 59, pues en él la Santa Sede erigió el Estudio General de Navarra como Universidad Católica y aunque el Caudillo comentó a san Josemaría que “en España ya son católicas todas las universidades” la nuestra lo era de una forma especial. Entre las múltiples reuniones y tertulias que tuvimos con el Gran Canciller (don Josemaría) yo resaltaría la recepción que dedicó a mi familia en el claustro de la catedral, después de la misa que celebró en aquel templo. Cuando bendijo a mi hija Marinieves, comentó “¡Que chiquitina tan simpática!” y dirigiéndose a la madre apostilló: “Dios ha puesto la confianza en ti, hija mía” Yo lo abracé, él me dio dos besos mientras yo le decía: “¡Gracias, Padre!” y él me replicaba “¡Dios te bendiga, hijo!”.

En una recepción colectiva a todo el personal de la reciente universidad nos recomendó a los profesores jóvenes: “¡A opositar, pollos!”. ¡Y a eso fuimos! Don Juan había creado la Revista de Medicina de la Universidad de Navarra y seguía dirigiendo la Revista de Fisiología de Barcelona, por lo que yo publicaba mis trabajos científicos principalmente en esas dos, aparte de algún artículo suelto en otras.

Al tiempo que crecía mi familia, escribía libros y artículos, daba conferencias en Navarra y fuera de ella, me nombraron Director del Departamento de Bioquímica y me responsabilicé de los análisis bioquímico-clínicos para el Pabellón F del Hospital (dependiente del Dr. Ortiz de Landázuri, don Eduardo) y de la naciente Clínica Universitaria. Junto a todo eso participaba en Congresos y Simposios e hice dos ensayos a oposiciones. Aunque me salieron muy bien y siempre llegué a la votación final con votos favorables, no alcancé el quórum necesario y la primera plaza quedó desierta y la segunda la adjudicaron a otro opositor.

En el momento en que se creó en Pamplona el Instituto Laboral Irabia, en la Rochapea, me encargaron en el primer curso – sin apartarme de las ocupaciones universitarias - la enseñanza de Ciencias Naturales a chavalines de aquel barrio, de 10 y 11 años. Las lecciones de nobleza, honradez y responsabilidad que nos dieron merecerían un libro completo. Sólo citaré una, como ejemplo paradigmático: jugando en el recreo rompieron el cristal de una ventana de un balonazo; el Director esperaba que viniesen a disculparse pero no lo hicieron. Dos chicos fueron a Dirección a pedir una cinta métrica. Al preguntarles la razón, dijeron que era para medir el hueco del cristal roto porque el día siguiente querían comprar y colocar uno nuevo. ¿Hay tanto civismo en alguna universidad española?



En enero de 1971 la Facultad de Ciencias de Santiago de Compostela me contrató para desarrollar un Curso de Doctorado sobre Biología Molecular. Viví, sin la familia, en un Colegio Mayor en el que se alojaban muchos profesores solteros (que al despedirme me dedicaron una mariscada-homenaje en la población de Cée) y durante ese tiempo preparé y gané la tercera oposición, esta vez para la plaza de Bioquímica de la Facultad de Medicina de Granada, por lo que el curso siguiente tendría que empezarlo de la ciudad de la Alhambra y del Genil.
Aclimatación a Granada
Hicimos el traslado en septiembre, en un Citroen break, con los cinco hijos de 10 años para abajo. Casi al llegar a la ciudad, paramos en un cortijo donde servían comidas y el camarero nos recitó el menú tan de corrido que algunos de mis hijos me preguntaron un tanto asustados: “Papá, papá, ¿en que idioma habla este hombre?”. La estancia en Andalucía fue una aventura indescriptible y maravillosa.
Primero llegó el encargo ministerial para que armonizase la docencia en Granada con la puesta en marcha de la Bioquímica en la recién creada Universidad de Málaga. Como índice de lo bien que nos trataron en ambas universidades y ciudades, citaré un caso en cada una, ambos bien ilustrativos. En Granada: al posesionarme de mi plaza de Profesor Agregado, desplacé del puesto al doctor Fernando Perán quien, no sólo no me guardó rencor alguno, sino que, como su mujer era dueña de un hotel en Lanjarón (población famosa por sus aguas termales), el matrimonio nos invitó a pasar la Semana Santa con ellos, para lo cual nos pusieron en marcha - con todos los servicios incluidos, agua, luz, calefacción,… - una planta entera del hotel que tenían cerrada, por caer fuera de temporada. Como las dos familias comíamos y cenábamos juntas, mi amigo el profesor me reprochó en broma que había maleducado a sus hijas - les había abierto los ojos - las cuales hasta entonces lo habían tratado como a un sultán y ahora le instaban a que siguiese mi ejemplo, siendo un hacendoso padre de familia, y colaborase en hacer las cenas para los peques.
El caso de Málaga: es más simple y tal vez refleje el interés de la ciudad que deseaba que la nueva universidad encajara bien en ella. En una cena coincidí con un concejal del ayuntamiento y le comenté que mi familia no cabía en el coche actual por lo que deseaba comprar un R-12 familiar, pero en Navarra había una lista de espera de tres meses, en la cual yo estaba apuntado. Al día siguiente el concejal me llamó para decirme que tenía mi coche en su garaje, ya matriculado en Málaga, y que podía pasar a recogerlo y tramitar los papeles (además me facilitó la venta muy ventajosa del coche viejo).
A los dos años de estar en la Facultad de Medicina de Granada, el catedrático de Bioquímica de Farmacia se fue a Madrid y yo obtuve en concurso público su Cátedra granadina. Poco después el Rector me nombró Vicerrector de Extensión Universitaria. Ante mi resistencia a aceptar ese puesto, ya que había 93 catedráticos más veteranos que yo, me replicó que me había elegido a mí “por mi infinita capacidad de convivencia y porque mi principio de actuación era vive y deja vivir”. En confianza me confesó luego que mis colegas eran un tanto rarillos porque “Dios no había hecho la naturaleza humana como para ser catedrático de universidad”.

Las experiencias en ese puesto de Vicerrector, de implicaciones políticas evidentes, son innumerables y todas positivas. Un reflejo de ellas puede ser que en un mismo día tuve que montarme en tres coches oficiales distintos, con tres chóferes diferentes. Primero en el rectoral, para ir desde mi clase en la Facultad de Farmacia a la Junta de Gobierno en el Rectorado. El segundo en el de Obras Públicas, para dar el “Visto Bueno” a las obras universitarias (pabellón deportivo, campos de tenis, carretera de acceso,…) situadas en el Pantano de Cubillas. Y el tercero fue el del Gobernador Civil, para negociar en su despacho las condiciones del contrato de nuestro pabellón cubierto para un partido internacional de balonmano, transmitido por televisión española.


Traslado definitivo a Bilbao
Cuando mi familia ya estaba plenamente aclimatada a nuestra bella ciudad y casi nos conocíamos la Alhambra y la Sierra Nevada de memoria, surgieron complicaciones familiares en Navarra. En efecto, la salud de la abuela Lucrecia (la madre de Marinieves, que residía en Pamplona) empeoró bastante y no deseábamos que pudiera morir sin que su hija la atendiese. En el Ministerio, mi amigo Federico Mayor lo supo y me ofreció hasta 17 cátedras vacantes distintas, fuera de Andalucía y por tanto algo más próximas a Navarra. Como ninguna se ajustaba a nuestras necesidades, las rechacé todas y le dije que, puesto que la de Pamplona ya estaba ocupada, la más próxima posible sería Bilbao, pero que aún no había sido creada. No hubo pegas; levantó un teléfono – precisamente, rojo – y notificó a su secretaria lo siguiente: “¡Llama a Justo Mañas, Decano de la Facultad de Ciencias de Bilbao, diciéndole que acabo de crear su Cátedra de Bioquímica!”. Y por traslado público esa Cátedra me correspondió a mí.
Desde 1975 hasta mi jubilación este ha sido mi puesto de trabajo. Al haberme liberado de las absorbentes labores de Vicerrector y al disponer de un equipo de colegas competentes y laboriosos, he podido desarrollar una faceta iniciada en Pamplona y continuada en Granada: la escritura de libros docentes y científicos. Estos libros resultan ser casi como hijos o nietos: dan sorpresas y alegrías.

Desde aquel profesor de Coimbra que, al regalarle uno de ellos, me culpó amistosamente de haber estropeado el idioma de sus alumnos, obviamente portugueses, quienes ahora mezclaban en los exámenes escritos palabras españolas, hasta el profesor de Lovaina que daba las clases en flamenco o en inglés pero que las transparencias que utilizaba (de mis libros) eran en español por su claridad y calidad pedagógica.

Y no digamos del médico colombiano interno en el hospital de Vitoria que al identificarme después de un accidente de carretera se ofreció a poner en su informe lo que yo le sugiriese. Al decirle que cómo podía conocerme si apenas vendo dos o tres libros al año en toda Colombia me comento:” Pero ¿no sabe cuánto fotocopiamos allá?” ”Supongo que tanto como acá”- le respondí.

Estos años han aumentado tanto las colaboraciones internacionales, las ponencias, las publicaciones de artículos, las asistencias a congresos, etc.,..… que no las podría detallar.


Conclusión final
Para terminar sólo citaré que fui elegido como miembro del Colegio Libre de Eméritos y me concedieron la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, casi al tiempo de terminar mis labores docentes.

Y como conclusión última quiero constatar que Dios me ha concedido en esta vida unos bienes inapreciables - familia, amigos, entorno profesional y social – que en absoluto merezco y que me empujan a darle fervientes gracias por tantas venturas inmerecidas.
Nota complementaria: Vistos estos flashes por mi hermana María Dolors, me ha hecho algunas sugerencias y matizaciones aportando experiencias y recuerdos propios que me han permitido pulir y suavizar el texto, aunque alargan algo su contenido. Por ejemplo, mi madre Quiteria, además de “sus labores” y de escribir correctamente y sin faltas tanto en catalán como en castellano, tenía amplios estudios en un colegio de monjas por lo que solía pronunciar los discursos de bienvenida al pueblo de los visitantes ilustres y se le consultaba a ella el menú más conveniente que se les ofrecería en cada caso.
Cuando mi padre Juan montó su academia mi madre colaboraba y daba clases con gran eficiencia a los grupos de estudiantes más jóvenes. En la guerra fue la impulsora de la educación de los siete chavales alojados en la masía, animando a las otras madres a que mantuviesen el espíritu vigilante y activo, sin abandonarse por aquellas circunstancias adversas; incluso dando apoyo a una de ellas que estaba como refugiada en nuestra casa.
En los traslados, incluso a la alta montaña, como Cerbi, acompañó a mi padre como fiel compañera y, siendo yo un chavalín de meses, pasábamos el invierno en condiciones tan extremas que se congelaba el biberón o el chupete en la almohada del dormitorio. El aislamiento era tal que el médico de Esterri no subía al pueblo en mula si se moría un crío cuando había mucha nieve en el camino.
En cuanto al abuelo José, que tenía un excelente humor, era tan buena persona que, cuando en la guerra se le pasó un hijo a la zona nacional, y a él lo castigaron a un batallón de trabajos forzados, la noticia llegó a oídos de uno de sus jornaleros quien, agradecido por el trato que les había dado a todos, consiguió que lo indultaran y mandaran a casa.

Bilbao a 2 de febrero de 2011








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