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Filosofía y ciencia en llull. Revista de la sociedad española de historia de las ciencias y de las técnicas1


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FILOSOFÍA Y CIENCIA EN LLULL. REVISTA DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA DE HISTORIA DE LAS CIENCIAS Y DE LAS TÉCNICAS1

José Luis Mora García

Universidad Autónoma de Madrid
García González, Javier, Fidelidade a Terra. Estudios dedicados ó profesor Xosé Luis Barreiro Barreiro, Universidade de Santiago de Compostela, 2011, pp. 395-415

La actual Revista de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas nació modestamente como “Boletín” en diciembre de 1977. Recogía aquel primer número el contenido de las intervenciones del I Simposio celebrado en abril de 1977 en la Universidad de Granada. Con esta publicación adquiría carta de presentación la Sociedad Española de Historia de la Ciencia, constituida un año antes (aunque los preparativos vinieran ya de atrás), que tan importante papel ha desempeñado en este campo de conocimiento en España durante estos últimos treinta años. Sobre las fechas precisas del nacimiento de la Sociedad de Historia de la Ciencia nos da cuenta José Luis Peset en el breve artículo que a la efemérides del vigésimo quinto aniversario dedicó: las tareas de constitución comenzaron el 30 de octubre de 1974 con la reunión de “la asamblea constituyente que nombra la primera junta rectora y redacta y aprueba los estatutos de la asociación denominada “Sociedad Española de Historia de la Ciencia Española”; “consiguió la admisión en el registro de asociaciones en el verano de 1976 y la primera reunión de la junta directiva tuvo lugar en Valencia el 2 de octubre de 1976 y la primera junta general en Madrid el 19 de febrero de 19772. Antes de ofrecer estos datos no se le escapa a su autor señalar que “alrededor de la muerte del dictador –no creo que esta fecha sea causal- un grupo de amigos, que iniciábamos nuestro camino, nos reunimos para intentar apoyar la historia de las ciencias en España.”

Gracias a la generosidad del profesor Alberto Gomis he tenido acceso a una copia del número 0 que lleva fecha de mayo de 1977, maquetado y editado por Manuel Sellés. Fue impreso en una multicopista y aunque lleva el depósito legal de 1978 consta, por las fechas de incorporación de algunos de los cuarenta socios fundadores y las informaciones proporcionadas en el mismo, que este primer ejemplar vio la luz en 1977. Alberto Elena y Ana Albertos recogían, años después, los objetivos que la Sociedad de Historia de la Ciencia se marcaba y que se recogían en ese Boletín previo: “Promover y desarrollar el estudio, conocimiento e investigación de la historia de las ciencias en general, y más específicamente, la historia de las ciencias en las diferentes regiones que forman el Estado español”3. Precisamente el artículo en que recogían esta cita generaría en su momento una notable polémica que luego mencionaré. No era casual, pues, que se remitieran al espíritu fundacional pero el “Manifiesto” completaba esta primera declaración con otras de interés y que conviene recordar ahora: “El retraso de la historia de las ciencias con respecto a otras regiones de la historia: literatura, arte, economía, pensamiento político, movimiento obrero, etc. si bien en alguna medida se debe al –relativamente- escaso relieve de las ciencias en España, por otra parte y sin duda hay que atribuirlo a causas ideológicas, reflejadas en los deficientes planteamientos de los protagonistas de la polémica “ciencia española”, así como a la falta de continuidad de los escasos grupos que intentaron desarrollar una labor de investigación objetiva. Entre estos últimos destaquemos al que en 1934 constituyó la Asociación Nacional de historiadores de la ciencia española, cuya labor se vería truncada por la guerra civil”4. De aquí deducía la necesidad de “una investigación objetiva de lo que realmente ha sido la actividad científica en España y sus condiciones de posibilidad en sus articulación con las demás instancias sociales…” para concluir sosteniendo la necesidad de que dicha disciplina se incorporar a la “Enseñanza Media y a la Universidad”.

En todo caso conocemos por el propio Alberto Gomis los antecedentes de esta Sociedad, algunos lejanos en el tiempo y otros más próximos, como el ya citado de 1934 puesto en marcha por Agustín Barreiro, Francisco Vera y José A. Sánchez Pérez, bruscamente interrumpido hasta los que constituyen la matriz del proyecto que ahora comentamos: la Sociedad creada en 1949 en el seno de la Sección de Barcelona del CSIC que ha tenido un importante peso5. Gomis ha sido protagonista destacado del desarrollo de la SEHCYT –de hecho era su presidente cuando desarrolló este texto como conferencia de clausura de aquel VI Congreso celebrado en 1996- y por eso su testimonio está dotado de especial valor.



Mas la Sociedad Española de Historia de la Ciencia nació – renació más bien según lo ya dicho- en un contexto bien determinado y ha tenido compañeros de viaje cuyas vidas se explican recíprocamente. Recuérdese que en 1976 se publicó el Diccionario de Filosofía Contemporánea dirigido por Miguel Ángel Quintanilla6 y que se presentaba como referencia de la “gestación y progresiva consolidación de una nueva filosofía” y como la “primera obra colectiva de la nueva filosofía española”. Precisamente en 1973, coincidiendo con la X edición las Convivencias de filósofos jóvenes (última edición antes de modificar su denominación por la de Encuentros), dedicaban uno de sus seminarios a la cuestión de la “Filosofía y la Ideología” que luego tendría un lugar destacado en el Diccionario. Tanto Gerardo Bolado en su ya bien conocido libro Transición y recepción. La Filosofía Española en el último tercio del siglo XX7 como Javier Echeverría y el propio Quintanilla en los capítulos escritos para el libro La filosofía hoy8 nos ofrecen suficientes claves para recordar el contexto filosófico en que nació Llull. Me quedaría ahora con el detalle de la incorporación de preocupaciones de tipo histórico y sociológico y, por añadidura, ideológicos, a los propiamente analíticos que, en sus distintas variantes, venían siendo los dominantes en el entorno de esa “nueva filosofía”, aplicados al debate sobre la ciencia para explicar el nuevo caldo de cultivo. El artículo firmado por el propio Quintanilla “El mito de la ciencia” que ocupaba un lugar relevante en el diccionario, casi a modo de editorial, venía a indicar una buena parte de las preocupaciones, ya no estrictamente analíticas sino orientadas al intento de articular una doble preocupación “por la filosofía de la ciencia y por la filosofía moral y política”9. Es en ese contexto en el que ineludiblemente surgía la pregunta por el lugar de España y su historia filosófica y científica pues, aunque se negara la existencia de la tal historia, el inconsciente colectivo –permítasenos recurrir al Freud y Jung que leíamos con delectación aquellos años- debía conducirles a hacerse algunas preguntas sobre cómo habían llegado a conocer que la ciencia ocupaba un lugar central en la cultura contemporánea. Era probable que algunos españoles, con anterioridad, se hubieran hecho preguntas similares. En este marco adquiere sentido el artículo redactado por Pedro Ribas, “Pensamiento filosófico español”, y publicado en el Diccionario al que coloquialmente llamamos “de Quintanilla”. Digo lo del inconsciente porque el propio profesor Ribas, refiriéndose a las consecuencias que se habían derivado del “hecho de haberse recibido con tanto retraso el positivismo lógico” en el sentido de que algunos recibieron simultáneamente la orientación dogmática del primer movimiento y la reacción seguida en un segundo momento frente a esa posición, llevó a los espectadores a la situación siguiente: “aquellas imágenes de televisión en que el primer clasificado de los 10.000 metros lisos marcha junto al último clasificado… que lleva una vuelta menos”10. El propio Quintanilla nos desvela la respuesta que dio en el Congreso Mundial de Filosofía, celebrado en 1998 en la ciudad de Boston, a la pregunta curiosa de quien le recababa las razones de que las cuatro ponencias presentadas a la mesa dedicada a filosofía de la tecnología fueran firmadas por autores hispanos. No podía ser otra, y también en broma, que referirse a que uno habla de sus carencias. Claro es que cuando uno, impulsado por dar respuestas a esas carencias, se adentra en el túnel de la historia puede encontrar de todo incluso saber si carecía de todo aquello de lo que creía carecer o si lo hacía de la manera como se lo habían enseñado o él lo percibía.

Por cierto, no es casual que el nacimiento del Seminario de Historia de la Filosofía Española sea prácticamente de las mismas fechas y hasta comparta con los historiadores de la ciencia algunos fantasmas nacidos de aquellos asuntos de los que estoy hablando. De esto ya escribí con motivo de la celebración de los veinticinco años del propio Seminario11 –que son ya treinta- y a aquellas palabras me remito. Por otra parte, el propio Antonio Heredia ha ido proporcionando en los distintos volúmenes de Actas12, información suficiente sobre la cara menos conocida de la historia de este Seminario. Examinando ambos proyectos en la distancia que proporcionan los años muestran algunas analogías, ilusiones compartidas, dificultades similares pero, también, diferencias más que notables. Al recordar los diez años de existencia de la revista, en el cuadernillo preparado con los índices de los números publicados esos años, Mariano Hormigón da cuenta de dificultades y virtudes que nos son conocidos: comienzos voluntaristas, el trabajo de los miembros, la ausencia de lucro económico y la apuesta por un proyecto profesional. “Un nutrido grupo de historiadores de las Ciencias y de las Técnicas del Estado Español –señalaba- sintieron hace años la necesidad de tener una sociedad profesional y de contar con un órgano de expresión que recogiese investigaciones de calidad en esta área de conocimiento”. Y concluía con estas palabras –recuérdese, 1987- : “…sin estudiar la Revista de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas no se podrá conocer el desarrollo de los estudios e investigaciones en Historia de la Ciencia, sobre todo la Española, que tuvo lugar en el periodo mencionado.” Cuando 5 años más tarde prologue los índices de “Cinco años más” no cambia demasiado el tono, sigue apostando por valores similares y es enternecedor –dicho sea en el mejor de los sentidos- leer a un historiador de la ciencia lo siguiente: "si no hay dinero ni perspectivas de mejora profesional, tiene que hacerse por amor. Tiene, no obstante, una compensación. El amor sí que puede dar la felicidad y eso no se paga ni con dinero ni con entorchados y perifollos administrativos”13.


Así pues, había, hacia mitad de los setenta, un fuerte interés por la ciencia, puestos de manifiesto por los datos aportados en los informes FOESSA así como un importante desarrollo de las Ciencias Sociales con el protagonismo de la Sociología, la “emancipación” de las Facultades de Psicología, etc. Venían a ocupar estas ciencias un primer plano –tras haber ocupado posiciones segundonas en las décadas anteriores- con el clima creado por las reformas universitarias emanadas de la ley del 70, los debates en torno a la institución universitaria y su necesaria transformación y una atmósfera generalizada a favor de la ciencia como instrumento de modernización de España. De ahí que se reivindicaran como los nuevos discursos.

Desde entonces la Sociedad Española de Historia de la Ciencia y la revista Llull han ido creciendo de manera constante en sus medios y en sus metas. El número 3, correspondiente a febrero de 1979, se imprimió ya en fotocomposición y desde el siguiente salieron dos números por año. En 1986, próxima a cumplir sus primeros diez años de vida, pasó a denominarse “Revista” al tiempo que a la “Historia de la Ciencias” se uniera “y de las Técnicas” hasta completar el título con que hoy sigue viendo la luz.

Fue un acierto que la SEHC se incorporara pronto a una organización de carácter internacional, concretamente a la Unión Internacional de Historia y Filosofía de la Ciencia/División de Historia de la Ciencia14.

Varios han sido sus directores, desde José Luis Peset con Manuel Sellés de secretario, pasando por años en que estuvo bajo un Consejo de dirección colegiado; después Mariano Hormigón –quizá su director más emblemático, fallecido en 2004, bajo cuyo impulso se llevaron a cabo algunos de los debates más de fondo- hasta la actual directora, Elena Ausejo, con quien la revista alcanza su volumen número 30.



Actualmente la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas está presidida por Juan Riera, Catedrático de la Universidad de Valladolid. Le han antecedido profesores, igualmente de reconocido prestigio en el campo de la historia de las ciencias: Santiago Garma, Ernesto García Camarero, Mariano Hormigón, Alberto Gomis y Luis Español. Junto a ellos pueden mencionarse otros nombres también reconocidos en el campo historiográfico que estuvieron desde el comienzo en este proyecto o que se han ido incorporando a lo largo de un ya dilatado periodo. Sería muy larga la lista pero citemos al menos a Víctor Navarro, Manuel Sellés, Pedro Marset, Diego Núñez, Ramón Gago y Diego Ribes quienes junto a José Luis Peset figuran en los momentos iniciales de la empresa. Por supuesto, otros nombres prestigiosos también figuraron desde el comienzo o desde los primeros pasos: Antonio Ferraz, Diego Gracia y, sobre todo, José María Piñero, por citar sólo los más relevantes. Precisamente la figura de Diego Núñez y su temprana tesis, La mentalidad positiva en España, fue y ha venido siendo un nexo entre los historiadores de las ciencias (especialmente quienes en este grupo se han dedicado a la historia de la ciencia española) y los historiadores del pensamiento filosófico español. Esta posición que es un hecho histórico llevó a Gerardo Bolado a sostener que “representaba una excepción” por cuanto la orientación mayoritaria de los historiadores del pensamiento español se inclinaba “al irracionalismo”. Es este un punto digno de ser analizado y juzgado en clave historiográfica pues, aun en el supuesto que no comparto, de que este juicio hubiera sido válido para lo que sucedió en los años setenta, conviene revisarlo con los documentos producidos desde entonces y de los que hoy disponemos; y, además, en el plano de la historia las posiciones no son estáticas sino operativas, es decir, van generando efectos nuevos, producto de las trasformaciones que se van sucediendo. Sí es cierto que la posición de Diego Núñez, como intermediación de dos campos en formación que venían a unirse por un criterio histórico-geográfico-cultural-idiomático, fue muy importante en aquel momento y contribuyó a crear una línea de investigación que ha ido ensanchándose y desarrollándose desde aquel impulso inicial. Desde luego leer una tesis el día 3 de julio de 1973, para la obtención del grado de doctor en Filosofía, en cuyo tribunal estaban José Antonio Maravall, José María Jover, Miguel Artola, José María López Piñero junto al director de la misma, Carlos París, era un hecho académico de carácter singular, relevante en el campo de que estamos hablando y así se ha manifestado en los años trascurridos. Si habláramos de otros planos podríamos aludir a hechos académicos singulares de otra naturaleza que han tenido sus propios desarrollos. Quiere esto decir que hablábamos de un tiempo que tenía algo de fundacional aunque quizá menos de lo que aquellos grupos creyeron, según pone de manifiesto Gomis en su estudio histórico, mencionado al comienzo (nota 5). Eso lo hemos ido sabiendo con posterioridad. Mas tampoco regateemos méritos a lo que sí tuvo de impulso y búsqueda: esta de mirar hacia atrás en la historia de la ciencia en España fue, desde luego, de las más importantes.

No es, pues, fácil hacerse, en poco tiempo, con el núcleo de un proyecto complejo, transfronterizo como el que representa Llull, que nació en un periodo clave de nuestra reciente historia con fortísimos tópicos a la espalda, precisamente en torno a la supuesta falta de ciencia en España, que debió comenzar por delimitar un territorio entre las ciencias, la filosofía y la propia historia general. Y con no inferiores tópicos nacientes en esos momentos acerca de los que se consideraron nuevos discursos frente a los que se fueron descalificados como viejos en el sentido que antes indicábamos. Y que tenía como objetivo ubicar la historia de la ciencia en la universidad española como disciplina de interés.

Entre otras cosas contaba con los precedentes ya mencionados y con el antecedente de la investigación en Historia de la Medicina del Instituto Arnau de Vilanova (1942) y de la revista Asclepio (1949), nacidas con el patrocinio de Laín Entralgo. En contra estaban los tópicos ya mencionados: unas estructuras universitarias “escolastizantes” y, por consiguiente, poco permeables a la admisión de la orientación histórica en el estudio de determinadas disciplinas, así como la falta de apoyo institucional. Por eso nacía, como indicaba Santiago Garma, no como “producto de una Orden o un Decreto” sino “como resultado de las discusiones y trabajos comunes de un grupo de estudiosos de la Historia de la Ciencia”.

En definitiva, nacía la Sociedad de Historia de la Ciencia en un momento en que la ciencia estaba llamada a ocupar un lugar privilegiado socialmente viniendo de un pasado sobre el que caía el baldón de su inexistencia. Y ello con todos los afanes y riesgos de esta paradójica situación. Ahí ha radicado su fuerza.

Debe señalarse que el volumen de trabajo realizado desde aquellos orígenes titubeantes es realmente digno de ser valorado muy positivamente. Así puede comprobarse en la propia revista que ha publicado un número de trabajos muy considerable sobre historia de la ciencia en España, corrigiendo en buena medida el viejo tópico. Y no menos en la organización de reuniones científicas que alcanza, coincidiendo con el XVI Seminario salmantino (septiembre, 2008), la celebración del X Congreso de la SEHCYT en Badajoz, tres décadas después de que tuviera lugar el primero en Madrid en diciembre de 1978. Pero, además, la Sociedad ha celebrado ya seis simposios sobre “Enseñanza e Historia de la Ciencia” y tres sobre la figura de Julio Rey Pastor. Ha sido una virtud de este grupo, como antes ya indiqué, haber dado a su actividad una dimensión internacional muy explícita, incluyendo a todo el mundo latinoamericano con el que estrechó lazos desde fechas tempranas.

Estudiar y analizar todo este material así como la trayectoria de algunas figuras muy significativas del grupo es una tarea de tiempo. Por ejemplo, sobre la propia personalidad de Mariano Hormigón a la que Llull dedicó un cuadernillo y la revista Ábaco dio un importante espacio en el monográfico sobre “España: ciencia y exilio” (n. 42, 2004). Él impulsó algunos de los debates más importantes acerca de la función de la ciencia en la sociedad y de las relaciones entre ciencia e ideología. Esta parte de la contribución de la Sociedad me parece que sigue abierta y su papel ha tenido varias aristas que exigen un análisis y, sobre todo, una valoración no fácil de realizar. Otra zona problemática, durante los años de vida de esta Sociedad y de no fácil resolución, es la relación entre historiadores y filósofos de la ciencia, por no decir filósofos en general. Así, por ejemplo, creo que uno de los puntos en los que más haya que incidir sea en el estudio de los debates teóricos, pronto iniciados, acerca de los modelos desde los cuales emprender la historia misma de la ciencia. Lo mismo podemos señalar acerca del grado de institucionalización de la ciencia conseguido en la universidad española. Es en este apartado donde las sombras, creo, que superan a las luces.

La propia dirección ha ido ofreciendo reflexiones sobre su quehacer en diversos momentos: con motivo de la edición de índices o en el número 55 (vol. 26, 2003) al cumplirse los veinticinco años. Asimismo se ofrecen informes de gran interés sobre la situación institucional de la Historia de la Ciencia como asignatura o como programa de doctorado. La información sobre las tesis doctorales leídas es de gran utilidad. Pero, lógicamente, deben buscarse testimonios en otras revistas para completar el juicio sobre el trabajo desempeñado por este grupo.

Aquí, pues, solamente puede hacerse una primera aproximación al desarrollo de esta revista, sabiendo que es necesario un estudio más detallado y, sobre todo, un análisis más cualitativo, tanto de los artículos sobre Historia de la ciencia española –los más directamente relacionados con el tema del Seminario- y ello debería incluir una lectura de las Actas de los congresos ya publicadas para poder hacer una valoración precisa. Lo mismo dígase de las investigaciones individuales realizadas por quienes pertenecen a la Sociedad Española de Historia de la Ciencia pues todos ellos están muy entrelazados. En este sentido está fuera de duda su contribución a la investigación realizada en la historia de la ciencia en España y, por ello mismo, a la corrección del tópico pues esto nos está permitiendo progresivamente hablar en términos de lo conocido y probado. El beneficio obtenido de estos trabajos por todos nosotros es incuestionable.

Pero sería preciso, también, entrar en algunas otros asuntos que no son fáciles: por ejemplo, fijar la concepción de la ciencia que este grupo ha configurado en la España democrática; y conocer bien las relaciones con la filosofía de la ciencia a la que aludíamos antes o con la filosofía en general. No descarto que haya habido, sobre todo en los ochenta, un debate soterrado por el espacio “epistemológico” desde el que interpretar los problemas o que se haya apostado fuerte por reducir la racionalidad a racionalidad científica. O, cabría preguntarnos, si esto ha provenido más de los filósofos de la ciencia que de los propios historiadores.

Hay, incluso, aspectos que nos permiten mostrar analogías con el desarrollo seguido por el Seminario salmantino de Historia de la Filosofía Española e Iberoamericana y por el trabajo de miembros de la Asociación de Hispanismo Filosófico que se han movido más en el campo propiamente filosófico aunque, como es bien sabido, con grandes dificultades. A este respecto habría que analizar las convergencias habidas a través de profesores que lo han sido de ambos campos y que creo han sido muy beneficiosas; y, no tendría importancia menor estudiar algunas divergencias vinculadas seguramente a las diferentes procedencias sociales de aquellos años iniciales que está llevando tiempo corregir. Antes esbocé algo a propósito del papel del profesor Diego Núñez pero todas estas relaciones no se circunscriben a una sola persona ni a un momento histórico.

La muy plural composición de la SEHCYT puede comprobarse en el listado de socios publicado en el vol. 10 (nº 18-19) con una minoritaria presencia de las ciencias que consideramos pertenecientes al campo de las Humanidades: Filología: 3; Filosofía: 24; Filosofía y Matemáticas: 1; Filosofía y Letras: 1; Geografía: 7; Historia: 13 (uno de Historia de América); Lógica y Metodología: 1; Música: 1; Pedagogía; Teología: 1 (sin ser un recuento exhaustivo, sobre unos 300 socios). Este aspecto, puramente sociológico, debe tenerse, también, en cuenta en la evolución seguida por esta Sociedad para entender la naturaleza de los trabajos publicados así como de las ponencias presentadas en los Congresos.

En esta primera aproximación –pues confío en que este trabajo pueda ser completado en otro momento- me ceñiré a los trece primeros años de su historia (1977-1990).



Las principales cuestiones programáticas quedaron establecidas en el I Simposio celebrado en Granada tal como se recogen en el número 1 (diciembre 1977): 1. la dificultad de investigar en historia de la matemática, en historia de la física o de la química por la “existencia de un auténtico vacío historiográfico” de los siglos XVII, XVIII y XIX (Víctor Navarro), ya que apenas contamos con algunos trabajos preliminares de de historiadores extranjeros para la producción correspondiente a los siglos XV-XVI. Desde luego esta ha sido la más importante tarea desarrollada por la revista y la que ofrece a día de hoy una de las aportaciones más interesantes. 2. El debate acerca de las relaciones entre historia y filosofía de la ciencia fue abordado por Diego Ribes en esa primera ocasión. Creo, sin embargo, que ha tenido en la revista un tratamiento menor con alguna excepción: José Vericat en “Variables clave y el origen de la ciencia en España a la luz del Renacimiento europeo del siglo XII” (vol. 3, nº 1, 1980) aprovechaba de pasada bajo el epígrafe “El método en la Historiografía de la Ciencia en España” para criticar con cierta dureza el método inductivo empleado por Millás Vallicrosa, Vernet y López Piñero en la medida en que se asentaría, en su opinión, en una “visión ingenua del desarrollo científico” y porque “la idea inductiva de ciencia ha sido desplazada hoy por una comprensión organizativa de la misma”. Se trata de una idea defendida por este autor en otros trabajos suyos como “La organizatoriedad del saber en la España del siglo XVI: (hacia un socio-paradigma de la historia de España)”15 y Ciencia, historia y sociedad16. En general se trata de planteamientos realizados desde la Sociología de la Ciencia en sus distintas aproximaciones. Así desde una Sociología del lenguaje científico escribió por aquellos años Javier Echeverría, “El poder del lenguaje científico: Sugerencias para una historia de la ciencia que partiese de la característica universal leibniziana”17; Alejandro Artetxe publicó un interesante artículo titulado “¿Qué estaba preparado para ver Thomas S. Kuhn?”18 y Anna Estany y Mercè Izquierdo escribieron sobre “La evolución del concepto de afinidad analizada desde el modelo de S. Toulmin”19. Sobre todo, al primero de ellos, pareció responder con contundencia el propio José María López Piñero en Arbor: “Las etapas iniciales de la historiografía de la ciencia. Invitación a recuperar su internacionalidad y su integración”20. En este artículo, después de una muy interesante exposición de buena parte del panorama historiográfico europeo, terminaba diciendo, como aviso para navegantes:, lo siguiente: “Razones de espacio me impiden ocuparme del desarrollo de la disciplina durante el primer tercio del presente siglo en los países escandinavos, Holanda, Latinoamérica y la propia España, sobre los que podría, al menos, ofrecer un esquema ordenador” (…) “Todo ello constituye una grave limitación de la condensada reunión de materiales que ofrece el presente artículo, que intenta únicamente, como dije al principio, ser una invitación a superar la esquizofrenia, o división en dos ramas, que actualmente empobrecen muchos debates y síntesis en torno a los estudios históricos sobre la ciencia” (…) “Parece evidente que un conocimiento riguroso de la evolución de la historiografía es indispensable para recuperar su internacionalidad y su integración. Y que, por el contrario, desconocerla implica el peligro de caer en el triste papel de glosadores y escoliastas de supuestas novedades y de “revoluciones imaginarias”21. Como se puede observar, no ha sido la reflexión teórica (o filosófica, si se prefiere) la que ha ocupó un lugar central entre las preocupaciones de este grupo, al menos en sus primeros trece años de vida pero sí ha tenido algunos hitos que merecen recuperarse.

3. Sí, en cambio, ha tenido una mayor presencia en la revista una cuestión de importancia en aquellos años y en estos: la enseñanza de la ciencia en su doble dimensión: debate y avances en la institucionalización de la Historia de la Ciencia y en su orientación y metodología. El primero afectaba a una cuestión doctrinal que tenía que ver con la ciencia misma y su doble dimensión de saber histórico y de saber teórico; el segundo tenía que ver con su presencia en las aulas universitarias y con la enseñanza misma. Sobre la institucionalización se contienen varios informes en la revista realizados por Mariano Hormigón, a los que me referiré brevemente, completados por el artículo del mismo autor, a caballo entre la información y la reflexión, “Espacio académico y parcelación del saber. La Historia de la ciencia en España en el aspecto docente” publicado en Teoría, nº 16-17-18, 1992. Sobre cuestiones metodológicas la reflexión no hubiera sido menos interesante si tenemos en cuenta que de los primeros ochenta es la creación, y posterior estabilización, de las áreas de conocimiento denominadas “didáctica de…” como campos autónomos de las ciencias matrices y de la historia de esas propias ciencias. Las consecuencias de esta ordenación del saber han sido importantes y cada uno tendrá su propia valoración. Las acusaciones de “didactismo” o “metodologismo” en ocasiones han sido exageradas pero no han carecido de cierta base. En realidad, lo sucedido tiene que ver con un profunda fractura que el modelo educativo de los triunfadores de la guerra civil introdujeron entre lo pedagógico y el ámbito que, coloquialmente, se denominaba de los “contenidos”, es decir, entre la formación de maestros y las Facultades de Pedagogía, de un lado, y la formación de licenciados y las Facultades de Letras y Ciencias, por otro. Sobre esto ya he escrito en otros lugares22 y no constituye el tema central de esta intervención pero no deja de tener importancia pues las respuestas de las leyes educativas de la España contemporánea, la de 1970, la de 1990 y la que ahora se desarrolla son más o menos conocidas y todas ellas reflejan que los cambios nos sorprendieron cuando no disponíamos de un utillaje medianamente sólido. A partir de aquí se ha practicado la política de la adaptación.

Sobre la institucionalización de esta materia debemos señalar que ha sido lenta y desigual. Todavía en 1982 José Luis Peset hablaba de “Problemas en Historia de la Ciencia” en los siguientes términos: “La historia de la ciencia tiene en España serios problemas. Una difícil institucionalización hace que su cultivo será muy arduo entre nosotros. Las facultades de ciencias –tributarias de un estricto positivismo, que considera a la ciencia única inmutable- no se muestran en absoluto propicias a abrir sus puertas a sus historiadores” (…) “Y la situación, aunque mínimamente mejor, no es mucho más halagüeña en las facultades de historia. La historia de la ciencia es siempre –o casi siempre- mirada como un mero apéndice de adorno para manuales de historia general, y son muy pocos los historiadores que se plantean el papel que ciencia y técnica juegan en el desarrollo económico, social y político de una sociedad”. Y añadía más adelante: “La historia de la ciencia es confeccionada en forma ultrapositivista, haciendo historia de grandes –o pequeños- genios, que de manera ininterrumpida habrían ido descubriendo todo lo que nosotros sabemos, para nuestro bien y nuestra dicha” (…) “Se piensa, como herederos de la burguesía, que el mundo está construido por pocos y brillantes genios que, a manera de héroes carlailianos, hacen avanzar el mundo, sosteniéndolo sobre sus titánicos hombros”. Para concluir: “Pues bien, es preciso intentar otra visión de la historia de la ciencia. La ciencia debe estudiarse en cada época considerando su producción, difusión y aplicación por un grupo social determinado. Por tanto, no será un genio, sino un grupo de hombres, simplemente de hombres, quienes harán y utilizarán la ciencia y la técnica. Y la ciencia no será lo que conocían de lo que nosotros sabemos, sino el modo como los hombres de aquella época se en enfrentaban con la naturaleza. Algunos de sus saberes coincidirán con los nuestros, pero otros no, y se interesarán por algunos que para ellos son ciencia, pero otros no, y se interesarán por algunos que para ellos son ciencia y algunos de los nuestros no lo hubieran sido para ellos”23. Cita un poco larga pero interesante, mas cuando está escrita hace más de veinticinco años.

Siete años después Mariano Hormigón ofrecía un informe “Sobre la situación actual de la Historia de las Ciencias y de las Técnicas en el Estado Español (I)”24 en el cual exponía los resultados de un sondeo realizado en las universidades españolas al que respondieron los departamentos implicados de las universidades del País Vasco, Autónoma de Madrid y Zaragoza lo que muestra la insuficiencia de respuestas al cuestionario enviado y, por tanto, la insuficiencia de los resultados respecto de las expectativas que se habían planteado. Ya en 1990 el propio Hormigón incorporaba la información sobre “La historia de la Ciencia en el tercer ciclo en España” detallada y pormenorizada25 que merece a su autor algunos juicios no exentos de ironía pero que en lo serio concluye señalando que “fijándonos en lo positivo y teniendo en cuenta que, a pesar del evidente arraigo de la Historia de la Medicina en las universidades españolas, la Historia de la Ciencia es una disciplina todavía en fase de crecimiento y consolidación, los programas de Doctorado existentes permiten una cierta dosis de optimismo.” Este era, pues, el grado de consolidación alcanzado por esta materia en el periodo que aquí analizamos.

A mitad de camino entre el debate correspondiente a los puntos segundo y tercero, es decir, acerca de los problemas que afectan a un planteamiento histórico y/o filosófico de la ciencia y aquellos que afectan a su enseñanza, ha escrito el profesor Antonio Ferraz algunos textos de interés: así, su intervención en la mesa redonda recogida en el n.1 del entonces Boletín donde trataba de responder a preguntas tales como ¿en dónde debe enseñarse Historia de la Ciencia? ¿quién debe enseñarla? Y, sobre todo, ¿qué debe enseñarse, es decir, qué enfoque dar a semejante disciplina? Y, ¿para qué enseñarla? Con esta última pregunta entraba de lleno en la función misma de la Ciencia como obra humana, en la medida en que toda obra humana, “si quiere ser profunda, ha de ser histórica”26. Al año siguiente desarrollaba este tema de manera más pormenorizada con un artículo titulado “Historia de la Ciencia y nuevo humanismo” en el cual, tras analizar las negativas consecuencias de una de esas fracturas que nos han corroído, la correspondiente a la polaridad académica humanidades-ciencias, concluía sosteniendo que “tampoco puede haber completo conocimiento humanístico si se ignora la ciencia y su proceso histórico, como ocurre en ciertos múltiples sectores del área de las humanidades. La historia de la ciencia tiene un incuestionable carácter interdisciplinar, suprafacultativo”27.

4. Para un posterior desarrollo de este estudio sobre Llull quedaría un análisis, que debería ser menos apresurado, de las aportaciones de este grupo en los distintos congresos, simposios, reuniones científicas, etc. que han sido realmente importantes en número y en interés pues forman parte del núcleo de la revista y su finalidad principal: su contribución determinante a la historia de la ciencia en España. Fue en 1982, en el II Congreso de SEHC coincidiendo con el centenario de la muerte de Darwin, cuando tuvo ya la que podemos considerar una presentación en sociedad con la asistencia de más de 150 personas. En la propia revista se afirma que el II Congreso “ha supuesto la consolidación organizativa de un colectivo de investigadores que permite vislumbrar unas posibilidades crecientes de trabajo para desarrollar e institucionalizar la Historia de la Ciencias y de la Tecnología en España”28. Es, sin duda, este apartado el más brillante de este grupo por cuanto ha potenciado muchas actividades generales, sectoriales (es decir, de historia de distintas ciencias) o regionales. Su momento culminante fue la organización del XIX Congreso Internacional de Historia de la Ciencia que tuvo lugar en Zaragoza el año 199329. Información sobre todos ellos pueden encontrarse en la página web de la SEHCYT.

5. Por último, merecerían un breve apartado las polémicas habidas dentro del grupo, algunas de las cuales han ocupado páginas en la revista, no por lo que tienen de pequeño morbo gremial sino por el trasfondo epistemológico que proyectan. Ya me he referido a la cuestión que tenía que ver con las diferentes concepciones acerca de cómo abordar la historia de la ciencia. Esta me parece que ha sido la más de guante blanco. En el grupo ha habido otras, la más interesante ha sido, quizá, la que se ha mantenido larvada a propósito del peso de unas u otras ciencias. Conocida la vinculación a la Historia de la Medicina, de más largo recorrido y que tenía una posición institucional más sólida, los profesionales provenientes de los campos de la Física y la Matemática fueron ganando terreno. Sin hacer un recuento exhaustivo puede señalarse que hacia finales de los setenta los socios pertenecientes a la Medicina eran aproximadamente 40 por otros cuarenta físicos y unos 45 matemáticos. Otros debates más apasionados –para que luego se diga que la ciencia es una actividad fría y desapasionada- tuvieron que ver con puestos de trabajo como la que afectó a la propia Universidad de Salamanca. Y la más fuerte: la respuesta dada por Mariano Hormigón al informe presentado por Alberto Elena y Ana Albertos al Consiglio Nazionale delle Ricerche (5-6 de junio de 1999 que mereció una nota titulada: “Si la envidia fuera tiña. A vueltas con las revistas” donde, más allá de alusiones personales, salen a la luz fantasmas soterrados acerca de las relaciones entre revistas, entre campos científicos y entre ámbitos geográficos y culturales30. De todos los asuntos tratados en ambos textos quizá conviniera pararse a analizar cómo veinte años bien cumplidos después de haber nacido la revista, la cuestión del peso de los estudios de historia de la ciencia española y la dimensión internacional seguía sin ser resuelta plenamente. Sin embargo, el lector saca la impresión, después de leídos ambos textos, de que la respuesta tenía que ver con algún fantasma español que resucita cuando le hablan en inglés. Otra cosa sería si hablamos de la supuesta realidad del fantasma –no como fantasma quiero decir- y si a veces hacemos de realidades fantasmas con los que posteriormente hemos de combatir un tanto quijotescamente. Mas convengamos en que este asunto no tiene dueños en exclusiva. Digo esto porque el único entrecomillado que Hormigón dedica en su respuesta a Elena y Albertos es el siguiente: “Llull, la única revista viva enteramente dedicada a la historia de la ciencia, es, sin duda, responsable del fracaso de la apertura institucional por parte de los historiadores españoles de la ciencia a través de las revistas”31.

Si se lee desapasionadamente el artículo de Alberto Elena y Ana Albertos los juicios que sus autores hacen a la revista Llull son los que se pueden hacer a otras similares que representan a grupos amplios y heterogéneos. Señalaban que se trataba de una “publicación dispersa en la cual es difícil mostrar o definir líneas de investigación” o que “no se había hecho un esfuerzo, por ejemplo, para ofrecer un cuadro coherente de la actividad y diversidad de lo que sucede en España en su conjunto. Un examen de la tabla de contenidos crearía la impresión de que existe un núcleo fuerte de investigadores en ciencias físicas y matemáticas, lo cual sería un gran volumen de trabajo. Casi la mitad de los artículos publicados están dentro de estas áreas –una proporción que ciertamente no representa las inclinaciones y actividades de los comunidad científica española en su conjunto”32. Criticaban a continuación la ausencia de trabajos de historiadores de Latinoamérica y no mucho más pues, eso si es cierto, en un artículo de veintiséis páginas Llull apenas merecía una página y media.

Más allá de la superficie dedicada a su análisis y los juicios contenidos en la respuesta sí es interesante reconocer que algunos problemas nos han perseguido por igual a todos quienes hemos osado adentrarnos en los túneles de la historia de España. Y deberíamos convenir en que algunas tragedias que persiguieron a los estudiados no tendrían por qué perseguir a los estudiosos. Es el asunto que tiene que ver con lo no considerado como suficientemente internacional o falto de la universalidad necesaria cuando se dedica a la historia de lo que pasa por esta parte de la Humanidad del sur de Europa. Ya se sabe que ser acusado de provinciano es el peor de los insultos que uno puede recibir en esta parte del mundo. Y eso debió dolerle en el alma a Hormigón. No ha sido el único aunque no todo el mundo reaccione de la misma manera. Esta polémica, por observarla en el campo de los historiadores de la ciencia, viene a probar que, si bien en el campo de la lógica esto debería estar ya resuelto, en el campo de la propia historia no siempre rige el principio de no contradicción, como Zambrano confesó en una ocasión a su interlocutor, no porque ella fuera irracional, sino por todo lo contrario. Porque lo habían sido otros.
Mas, decía que la aportación realmente importante de la revista lo ha sido en el ámbito de la historia de la ciencia española llevada a cabo con metodología de archivo mas no rabiosamente guiada por una metodología inductivista. Es verdad que hay una parte importante de la historia centrada en nombres relevantes pero hay cuidado en incorporar la historia de las instituciones, de hacer lo propio con otras revistas y con medios de difusión científica y no descuidar los análisis de carácter cualitativo, por así llamarlos.

Hay, también, trabajos muy importantes sobre científicos de otros países y sobre los procesos de recepción de las grandes teorías científicas en España. No sólo no han rehuido sino que han alimentado los estudios regionales o institucionales vinculados a los principales focos en los que se ha asienta la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y las Técnicas. Quizá han sido estos Valencia, Madrid (Complutense y Autónoma con diferencias entre ellas), Zaragoza y Barcelona. En todo caso sí es cierto que dominan las ciencias que llamamos experimentales sobre las que pertenecen al campo de las humanidades que han tenido sus propias sociedades. Hay referencias al campo de la lingüística que muestran el debate sostenido en el campo del lenguaje durante estas últimas décadas como zona de confrontación entre metodologías y concepciones doctrinales, es decir, entre las más formalistas y las más sociológicas o históricas. Los trabajos de Juan Gutiérrez Cuadrado son relevantes en este campo de conocimiento (y de batallas incruentas).

Los trabajos cubren prácticamente épocas y nombres de un largo proceso histórico sin renuncia al Medio Evo pero creo que la mayoría se centra en el tiempo transcurrido entre los “Novatores” y el primer tercio del siglo XX y de manera bien secuenciada. Podríamos ordenarlos de la siguiente manera: 1.Los que están dedicados a la recepción de las ciencias modernas en España en el periodo de finales del XVII y comienzos del XVIII; 2. Una extensa muestra centrada en la Ilustración; 3. Siguen los que estudian la ciencia en la segunda mitad del XIX en las llamadas, por López Piñero, Generación intermedia y Generación de los sabios, muy ceñida a la investigación en Biología, a la Medicina y a la Sociología; 3. Finalmente estarían los estudios del primer tercio del XX con especial referencia al papel desempeñado por la JAE y la recepción de la Teoría de la Relatividad en España. En general, para conocer el proceso de institucionalización en el primer tercio del siglo XX es muy útil el libro de Elena Ausejo, Por la ciencia y por la patria: la institucionalización científica en España en el primer tercio del siglo XX. La Asociación para el Progreso de las Ciencias33. Este trabajo se suma a otros realizados conjuntamente con Ana Millán.

No tiene mucho sentido hacer una relación de títulos que pueden ya encontrarse en la web de la SEHCYT. Pero sí subrayar que la revista ha tenido un efecto multiplicador pues muchos de sus artículos han sido embriones de libros individuales o colectivos, de proyectos de investigación, de ediciones de fuentes, de ordenación de archivos, etc. Y todo ello ha contribuido a modificar la valoración que de la ciencia española de, al menos, los tres últimos siglos se tenía a través de un volumen de historiografía sobre la ciencia española realmente muy importante. Podría mencionar algunos trabajos que he tenido oportunidad de conocer de cerca como las ediciones de textos, de y sobre Andrés Laguna a partir del Congreso celebrado en Segovia en 1999; los trabajos para la recuperación de la Casa de la Química, institución emblemática desde que en ella estuviera Luis Proust o la ordenación de la Biblioteca del antiguo Real Colegio de Artillería, hoy Academia de la misma Arma, que dispone de fondos bibliográficos y material científico más que notables. En ello han trabajado los profesores Juan Luis García-Hourcade o Juan Manuel Moreno quien sigue investigando, actualmente, sobre naturalistas segovianos hasta la figura de Castellarnau. Otros colegas podrían hacer lo propio sobre investigaciones en otros muchos lugares españoles donde se conservan legados de nuestros científicos, incluidos los exiliados con algunos de los cuales se mantuvo contacto. Es el caso de Rey Pastor y el continuador de su obra en Argentina, Alberto González Domínguez, también sobre el neuropatólogo Rodríguez Lafora; o de científicos que vivieron fuera de España durante la guerra como Esteban Terradas, fundador del INTA. En general todos estos trabajos conectan con los artículos dedicados a la JAE, algunos de los cuales se deben a Sánchez Ron quien ha coordinado varios libros sobre esta época, incluida su monografía sobre Miguel Catalán; sobre este periodo han trabajado también Alberto Gomis, Elena Ausejo, Luis Alfredo Baratas y Francisco Pelayo entre otros muchos.

Sin embargo, posiblemente el mayor interés desde el punto de vista histórico-filosófico radique en las investigaciones llevadas a cabo acerca del periodo novator y la Ilustración por cuanto ese largo periodo ha sido considerado por mucho tiempo como nuestro agujero negro y esa sombra empañaba nuestra presencia en la modernidad filosófica y científica. Víctor Navarro citaba ya en el n. 1 el trabajo de Olga Victoria de Quiroz Martínez, la tesis que dirigiera José Gaos en 1949, lo mismo que los clásicos trabajos del jesuita Ramón Ceñal y del P. Mindán. El propio Víctor Navarro presentó en el XII Encuentro de la Sociedad Castellano-Leonesa de Filosofía un estupendo trabajo titulado “Descartes y la introducción en España de la ciencia moderna”34, fruto de largo tiempo de investigación en el cual él mismo y otros miembros de la SEHCYT han trabajado mucho. Es ocioso citar el clásico trabajo de López Piñero, La introducción de la ciencia moderna en España35 pronto a cumplir ya cuarenta años de existencia. Lo mismo podríamos indicar acerca de los trabajos realizados sobre el siglo XVIII por José Luis Peset, Manuel Sellés y Antonio Lafuente, Olegario Negrín y Diana Soto Arango, por mencionar algunos de los relevantes y avanzadilla de la profunda revisión que ha tenido este siglo en los últimos treinta años.

Llegados a este punto, surge inmediatamente la pregunta: ¿Qué repercusiones tiene la investigación historiográfica acerca de una tradición determinada, en este caso la española, en los parámetros de la historia del pensamiento filosófico, español y no español? ¿Repercute esta investigación en los modelos racionales que se han construido para explicar las evoluciones y “revoluciones” científicas? O, ¿dónde debemos situar la influencia de una investigación de esta naturaleza? ¿Queda aparte de los procesos de desarrollo de la racionalidad y se circunscribe al ámbito de lo nacional?

En otro orden de cosas, ¿ha contribuido a modificar, aunque pudiera parecer paradójico a primera vista, el hiperpositivismo subyacente a la Psicología de los pueblos? ¿Tendría esto consecuencias de tipo político acerca del concierto de las naciones? Teniendo por título este Seminario “Filosofía y Ciencia en el Mundo Hispánico” seguramente algunas de estas preguntas y otras similares podrían ser pertinentes. La cuestión de la autoestima colectiva, aún perteneciendo al ámbito psicosocial, muy contaminado por la percepción de la realidad cuya conquista constituye el tema central de nuestro tiempo, hace de la producción filosófica y científica un asunto importante. Lo que quiero decir es lo siguiente: llevamos unos treinta años investigando nuestro pasado científico y filosófico. Hemos descubierto que existe. Ahora nos queda por saber qué hacemos con él.


1 Este trabajo ha sido realizado en el marco del proyecto de investigación HUM 2006-02714/HIST, “El pensamiento filosófico español en las revistas filosóficas, científicas y culturales afines (1940-1980)”, financiado por el Ministerio de Educación y Ciencia. Fue presentado inicialmente en el XVI Seminario de Historia de la Filosofía Española e Iberoamericana. Universidad de Salamanca (septiembre, 2008).

Wingartz, O. (coord.), Reflexionando desde nuestros contornos. Diálogos iberoamericanos, Querétaro, UAQ/UAM, 2009, pp. 203-224



2 peset, j.l., “En un feliz aniversario”, Llull, v. 26, nº 55, 2003, p. 313.

3 elena, a. y albertos, a., “Journals and History of Science in Spain and Latin America” en bareta, c., pogliano, c., redondi, p. (eds.), Journals and History of Science, Firenze, Leo S Olski, 1998, pp. 219

4 Pags. 5-7. El subrayado pertenece al texto.

5 gomis blanco, a., “Las Sociedades de Historia de las Ciencias y de las Técnicas en el Estado Español”, en garcía-hourcade, j. l., moreno yuste, j. m. y ruiz hernández, g., Estudios de Historia de las Técnicas, la Arqueología Industrial y las Ciencias,. VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas. Valladolid, Junta de Castilla y León, 1988, pp. 75-86

6 Salamanca, Sígueme, 1976

7 Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, 2001

8 echeverría, j. , “La filosofía de la ciencia a finales del siglo XX”; quintanilla, m. a., “Un programa de filosofía de filosofía de la tecnología (veinte años después)” en cerezo, p. y muguerza, j. (eds.), La filosofía hoy, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 243-250 y 251-265.

9 Ib., p. 255. El propio Quintanilla añadía: “En aquella época no era infrecuente encontrar entre los filósofos españoles una mezcla de intereses académicos que nos llevaban a cultivar simultáneamente la filosofía analítica de la ciencia y la filosofía social, moral y política de inspiración marxista.”

10 ribas, p., “El pensamiento filosófico español” en quintanilla, m. a., o.c., p. 376.

11 mora garcía, j. l., “El Seminario de Historia de la Filosofía Española: Modernidad y tradición en Salamanca”, La Ciudad de Dios , CCXV, nº 3, septiembre-diciembre. Real Monasterio de El Escorial, 2002, pp. 987-1041.

12 El índice completo de las Actas del Seminario de Historia de la Filosofía Española e Iberoamericana publicadas con carácter bianual desde 1980 y, por ahora, hasta 2000 puede verse en www.ahf-filosofia.es

13 hormigón, m., “5 años más”, índices n. 11-15 (1988-1992). Las notas publicadas por Antonio Ferraz y José Luis Peset, antes citada, con motivo de la efeméride de los 25 años, tampoco modificaban este espíritu fundacional. Llull, v. 26, 55, 2003, pp. 310-313.

14 Los detalles de esta incorporación pueden verse en Llull, Vol. 5, n. 8-9, 1988, pp. 257-262.

15 En paula solano, f. pino díaz, f. (coords.), América y la España del siglo XVI, vol. 1, 1983, pp. 381-415.

16 Barcelona, Istmo, 1976.

17 Llull, vol. 4, ,nº 6-7, 1981, pp. 43-69.

18 Llull, , vol. 13, n. 24, 1990, pp. 21-41

19 Llull, vol. 13, nº 25, 1990, pp. 349-377

20 Arbor, CXLII, nº 559-560,1992, pp. 21-67

21 Ib., p. 57.

22 mora garcía, j. l., “SOCIEDAD, SOCIOLOGIA Y CURRICULUM. Algunas reflexiones sobre la configuración del curriculum en la sociedad de los noventa”, Tarbiya, nº 6, Revista del Instituto de Ciencias de la Educación de la U.A.M., 1994, pp. 47-61.

“Contenidos y métodos en la enseñanza: una perspectiva sociohistórica” en Tarbiya, nº 10, mayo-agosto 1995, pp. 9-14.



23 peset, j. l., “Problemas en Historia de la Ciencia”, Llull, v. 5, n. 8-9, pp. 217-219

24 Llull,, vol. 12, n. 22, 1989, pp. 190-193.

25 Llull,, vol. 13, nº 24, 1990, pp. 182-199

26 Llull, n.1, 1977, p. 19

27 Llull, n. 2, 1978, p. 41. No ha olvidado el profesor Ferraz aquella vieja orientación pues en la nota dedicada al 25º aniversario, año 2003, de la revista que ya citamos (nota 7) concluye: “Se perfila así la alta función formativa que tiene la Historia de la Ciencia. Y la necesidad de doblar toda enseñanza particular, toda enseñanza de la Historia de una disciplina específica, con una exposición, aunque sea abreviada, de los hechos relevantes que han conducido a configurar la imagen actual de l universo, incluido el animal humano.” Llull, vol. 26, n. 55, p. 313.

28 Llull, v.4, n. 6-7, p. 218.

29 El XXIII tendrá lugar en Julio de 2009 en Budapest

30 elena, a. y albertos, a., “Journals and History of Science in Spain and Latin America” en bareta, c., pogliano, c., redondi, p. (eds.), Journals and History of Science, Firenze, Leo S Olski, 1998, pp. 211-227. Debo a la amabilidad y generosidad de Alberto Elena haber podido tener acceso a esté artículo.

hormigón, m., “Si la envidia fuera tiña. A vueltas con las revistas”, Llull, vol. 22. , nº 45, 1999, pp. 844-861

31 Ib., p. 850

32 elena, a. y albertos, a. o.c., p. 220

33 Madrid, Siglo XXI, 1993.

34 alvarez gómez, m. (coord.), La filosofía de Descartes y la fundación del pensamiento moderno, Salamanca, Sociedad Castellano-Leonesa de Filosofía, 1997, pp. 225-252

35 Barcelona, Ariel, 1969





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