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Filomena Valenzuela, un libro y una calle iquiqueña


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Filomena Valenzuela, un libro y una calle iquiqueña

Pedro Bravo-Elizondo*

El objetivo del artículo es destacar de entre las cantineras de la Guerra del Pacífico a Filomena Valenzuela Goyenechea quien nace en Copiapó pero reside en Iquique en la península de Cavancha, tiempo después de finalizado el conflicto. Gracias al libro de la profesora Paz Larraín Mira, Presencia de la Mujer Chilena en la Guerra del Pacífico, es posible trazar ciertos rasgos de las heroínas ignoradas en los estudios e investigaciones sobre dicha acción bélica. Mi trabajo a la vez intenta completar datos con respecto a la vida de Filomena Valenzuela en nuestro puerto.

Palabras claves: Filomena Valenzuela - Historia - Literatura.

The goal of the present article is to highlight, among those cantineras of the War of the Pacific, the name of Filomena Valenzuela Goyenechea who was born in Copiapó but after the war resided in Iquique, Cavancha. Thanks to the book by professor Paz Larraín Mira, Presencia de la Mujer Chilena en la Guerra del Pacífico, it is possible to draw certain features of the cantineras, most of the time ignored in studies and research about that conflict. My work seeks to complete the information about the life of Filomena Valenzuela in our port city.



Key words: Filomena Valenzuela - History - Literature.

La Guerra del Pacífico rodeó mi existencia iquiqueña desde niño. El conocer de primera mano el sitio de hundimiento de la Esmeralda, el pasar diariamente por la Aduana, edificio histórico de la lucha entre gobiernistas y antigobiernistas, las visitas al cementerio N°1 el que recorríamos con mi hermano y ver una tumba con una rejilla de madera con el nombre “Arturo Prat”; observar en el muelle de pasajeros a uno o más de los “veteranos del 79” contando a los fleteros o interesados su experiencia guerrera; oír hablar de la cantinera del ‘79, Filomena Valenzuela quien vivió en Cavancha y cuyo nombre corresponde a la arteria principal de la península, todo ello me impulsó a leer un libro de reciente publicación sobre el tema.

La profesora de Historia, Paz Larraín Mira de la Universidad Católica de Chile, en Santiago, editó Presencia de la Mujer Chilena en la Guerra del Pacífico. Dividido en cuatro capítulos, nos presenta “Presencia de la mujer chilena en la historiografía de la Guerra del Pacífico,” “Las cantineras chilenas,” “Mujeres tras la huella de los soldados” y “La mujer de la ciudad y su aporte a la Guerra del Pacífico.” Es un trabajo acucioso y diligente basado en “documentos y fuentes primarias custodiadas en el Archivo Nacional y el Archivo de Guerra, en diarios de vida, diarios de campaña, memorias, reminiscencias y cartas de los actores del conflicto (…) y prensa de la época” (19).

Un aspecto que resalta por lo infrecuente en estudios de esta naturaleza, es el crédito que les otorga a las mujeres peruanas y bolivianas, también envueltas de una u otra manera en el conflicto bélico. Este “Dar al César…” nos da una idea de la honestidad profesional de la catedrática Larraín Mira. Para el caso del presente artículo, sólo me detendré en las cantineras, cuyo nombre proviene de cantina, “pequeña tienda de comestibles, bebidas y objetos diversos (..) para atender a precios módicos las necesidades particulares del soldado” (36). La definición comprende a la mujer “autorizada oficialmente por el gobierno chileno para marchar junto a un regimiento.(…) Para ello debía vestir el mismo uniforme y los mismos distintivos de su batallón portando una cantina” (35). En la historia de nuestro país, aparece como señera en este aspecto, Candelaria Pérez quien adquiere fama durante la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839), durante la batalla de Yungay el 20 de enero de 1838, en el asalto del cerro Pan de Azúcar, en que ganó el grado de sargento por su espíritu y valentía. Un historiador contemporáneo describe de esta manera la acción.

El episodio más notable de la batalla fue el asalto de una formidable posición enemiga, situada en la cumbre de un cerro que por su forma se llama Pan de Azúcar (…). En el asalto de Pan de Azúcar se distinguió entre los soldados más valientes una mujer llamada Candelaria Pérez, que hizo toda la campaña del Perú peleando atrevidamente en las batallas, soportando con alegría las privaciones i sirviendo con abnegación a los heridos i los enfermos. En recompensa de sus servicios i su valor, el Jeneral Búlnes le dio el grado de Sarjento i desde entonces fué conocida en Chile con el hombre de la Sarjento Candelaria, (Valdés Vergara; 1889: 264-265).

Prácticamente es esta mujer quien inicia en el siglo XIX, la tradición de las cantineras que proseguirá durante la Guerra del Pacífico.

Filomena Valenzuela Goyenechea nace en Copiapó en 1848, “de familia acomodada” hecho que la separa de la mayoría de las cantineras que provenían de los estrato medios y bajos de la sociedad de aquel tiempo. A este respecto es interesante mencionar, sólo como dato alternativo, no comparativo, el papel desempeñado por la mujer mexicana en la Revolución, donde la mayoría eran las Lupes, Juanas y Marías. (Salas; 1995) El esposo de Filomena era director de la banda del recientemente formado Batallón Atacama al cual “quiso incorporarse (…) en clase de cantinera”(63). Participó en la toma de Pisagua el 2 de noviembre de 1879, y posteriormente en la batalla de Dolores el 19 del mismo mes. En la expedición de Moquegua, obtuvo “los despachos de subteniente” por su arrojo en el “escalamiento (del cerro) de Los Angeles” el 22 de marzo de 1880. Carmen Vilches también del Atacama, participó en el mismo combate. Filomena prosigue la campaña del desierto y participa en la toma de Tacna y Miraflores en 1881, última fase de su carrera en el ejército, con su regreso a Chile y la posterior disolución del Batallón Atacama, que la trae de vuelta a la vida civil, con los honores del caso.

En el acápite VII del Capítulo II, se aborda el tema de “Las cantineras más famosas,” comenzando con Irene Morales, quien prácticamente se autoincorpora en el ejército, luchando en la batalla de Dolores, vestida de soldado. Su desempeño le valió ser reconocida por el general Manuel Baquedano. El 7 de junio de 1880, como cantinera del 3o de Línea participa en el asalto al Morro de Arica, terminando su campaña en Chorrillos y Miraflores. Finaliza su vida en Santiago, donde fallece en 1890, “en una sala común de un hospital”(60). María Quiteria Ramírez, amiga de Irene, se enroló en el 2o de Línea y formó parte de la legión heroica de Eleuterio Ramírez en Tarapacá, el 27 de noviembre de 1879. Fue capturada por los peruanos y conducida a Arica. Reaparece finalmente en la batalla de Chorrillos. Sus huellas se pierden en Santiago en 1881.

Es en Tarapacá donde pareciera que se dan cita estas mujeres, quienes igualan la valentía de sus camaradas, ayudando a los heridos y resistiendo el ataque. Mueren quemadas con su comandante, Leonor Solar y Rosa Ramírez(Advis; 1999: 64). Otra cantinera en la misma batalla, es Susana Montenegro, quien cae prisionera y luego es asesinada. La última mención de Paz Larraín es Dolores Rodríguez, quien no era cantinera, sino acompañó a su esposo y “en los comienzos de la acción de Tarapacá, Dolores quedó junto con los equipajes en la planicie (77).” Al imponerse de la muerte de su marido, empuñó el fusil e intervino en la lucha hasta caer herida en un muslo. Hasta aquí la relación específica sobre las cantineras en la Guerra del Pacífico.

Vuelvo a Filomena Valenzuela. La autora cita un folleto de veintiséis páginas, escrito por un periodista español residente en Iquique (Vallejo; 1992), quien comenta que en 1882 Filomena reside en el puerto donde ingresa a la Compañía de Teatro de Novedades ”aprovechando sus condiciones de cantante y recitadora.” De acuerdo con mis cálculos cuenta ahora con treinta y cuatro años de edad, etapa de su plenitud. Hasta aquí llega la relación documental de Filomena Valenzuela, en el libro de marras.

Paz Larraín no tuvo a su alcance la información de que Iquique reconoció a una de las heroínas del ’79 dándole el nombre a una de las calles principales de la península, dato que aún los residentes del área han olvidado de dónde proviene, como suele acontecer con las calles de un país o región. Años ha cuando re-descubrí la novela Tarapacá (Zola; 1903), fue una sorpresa encontrar el párrafo que cito. Filomena tiene ahora cincuenta y cinco años, y debemos suponer que ya es una matrona. La voz narradora apunta,

En ese tiempo Cavancha estaba en decadencia, porque habían desaparecido muchos de los negocios de lenocinio que ahí estaban establecidos. Sólo quedaba la casa de canto de Filomena Valenzuela, ex-cantinera del ’79, adonde acudían los que querían divertirse, echando al coleto algunos tragos, o bailando una cueca de esas de la santa tierra (154).

Sutilmente se insinúa el tipo de actividad que mantenía la ex-cantinera, una especie de taberna, con el agregado del canto y baile.

Si recodamos que era “cantante y recitadora,” podemos tratar de reconstituir su existencia en su casa en Cavancha, remontándonos al período en cuestión, 1903. Juan de Dios Ugarte Yávar nos entrega la visión del lugar en 1904, desde un punto de vista socialmente reconocible,

Fuera de las plazas, los iquiqueños no tienen otro paseo que el camino á la vecina península de Cavancha, y éste último punto.

(…) Cavancha es una pintoresca población; el verdadero pasatiempo de los habitantes de Iquique.

Cuenta con confortables y bien atendidos restaurants, casa de baños de mar, y un establecimiento para beneficiar minerales de plata, que actualmente se halla de para.

Entre los principales restaurantes, que allí existen podemos citar Miramar de don Francisco Cattey, Zaragoza de don Albino Salsilli y Juanito de don J. Niño Neira, (Ugarte Yávar; 1904: 24).

Ahora podemos explicarnos el párrafo de la novela Tarapacá con respecto a la “casa de canto,” cuyo nombre era “Glorias de Chile,” un lugar donde acudía el obrero y el pescador de la península y de las caletas cercanas, a disfrutar algunas “picadas” y tragos, y bailarse una cueca de esas de punta y taco. Las fiestas populares de aquel tiempo resaltaban por la presencia infaltable de guitarristas con acompañamiento de arpa para “el baile de la santa tierra,” instrumento este último en manos de una mujer proveniente del sur de Chile; el arpa era al pueblo, lo que el piano a la clase alta. Otra entretención, y en ello nuestra Filomena Valenzuela tiene que haber sido el centro de atención, era el recitado de largos poemas, casi siempre trágicos y dramáticos cuyos temas eran los celos, venganzas y muertes. Verdaderos melodramas orales. Otros de índole patriótica, “Marcha triunfal” o “Canto épico a las glorias de Chile,” Rubén Darío.

Otra información completa el puzzle de Filomena Valenzuela en Iquique. Bernardo Guerrero Jiménez al entrevistar a un cavanchino, obtiene la siguiente información: “Filomena Valenzuela es la calle principal de Cavancha, y a no mediar por la intervención de Uberlinda Moraga, esta calle se hubiera llamado Mac Iver. Cuenta su hijo, Juan López, que su madre propuso ponerle el nombre (…) como homenaje a la cantinera de la Guerra del Pacífico” (107). Gracias a los empeños del investigador, colega Senén Durán Gutiérrez, sabemos la fecha de su muerte. Fue sepultada el 29 de octubre de 1924 a las 17:00 horas en el Mausoleo Sociedad Veteranos de 1879, nicho 33 en el Cementerio Nº 1 de Iquique. Causa de su fallecimiento, aneurisma cerebral. Pero aun así no descansó en paz, “ sus restos juntos con los de José Geraldo Pizarro, fueron despachados a la fosa, por orden del señor Administrador,” (Guerrero; 1996).

Nuestra cantinera, como los veteranos del ’79 sobrevivientes en Iquique, tuvo que ingeniárselas a su manera para subsistir en un medio que no le entregó ni le dio los recursos para su subsistencia mínima, como se expresara en relación a los últimos días de algunas de ellas, pese a la riqueza que generaron con el triunfo obtenido en la guerra. Manuel Concha, grumete de la Esmeralda se desempeñó como fletero en el viejo muelle de pasajeros, murió en la pobreza y fue enterrado en el Cementerio N° 2, sitio hoy bajo los cimientos de la Población Jorge Inostrosa.

Vuelvo al libro de Paz Larraín Mira. “Al realizar los trabajos ya citados, me llamó la atención lo poco que los estudiosos se han preocupado de la participación de la mujer en el conflicto (17).” La necesidad de este tipo de investigación, es necesaria en todos los campos. El mejor ejemplo de negligencia en este sentido para un iquiqueño, es el velo de la ignorancia con el cual se ha rodeado a nuestra Teresa Flores, compañera de Luis Emilio Recabarren, y dirigente de la Federación Obrera de Chile. Nuestras mujeres merecen ocupar el sitial que les corresponde en el panteón de las glorias de Chile, no sólo a nivel bélico, pero social, político y humanitario.

Bibliografía

Advis V. Patricio. La Batalla de Tarapacá y sus Hechos Memorables. Universidad Arturo Prat; Iquique, 1999.

Guerrero Jiménez, Bernardo. Del Chumbeque a la Zofri. La Identidad Cultural de los Iquiqueños. Tomo II. Centro de Investigación de la Realidad del Norte; Iquique, 1996.

Larraín Mira, Paz. Presencia de la Mujer Chilena en la Guerra del Pacífico. Universidad Gabriela Mistral; Santiago, 2002.

Salas, Elizabeth. Soldaderas en los Ejércitos Mexicanos. Mito e Historia. Editorial Diana; México, 1995.

Ugarte Yávar, Juan de Dios. Iquique. Recopilación Histórica, Comercial y Social. Imprenta R. Bini é Hijos; Iquique, 1904.

Valdés Vergara, Francisco. Historia de Chile para la Enseñanza Primaria. Segunda edición. Imprenta del Universo; Valparaíso, 1989.

Vallejo, José de la Cruz. La cantinera de Atacama, doña Filomena Valenzuela Goyenechea. Imprenta y Encuadernación de la Primera División; Iquique, 1992.



Zola, Juanito. Tarapacá. Imprenta de El Pueblo; Iquique, 1903.
Notas

* Profesor de Literatura. Universidad de Wichita. Correo electrónico: pedro.bravo-elizondo@wichita.edu.


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