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Film: braveheart (1995) Introducción histórica


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FILM: BRAVEHEART (1995)

Introducción histórica
Escocia fue poblada por cuatro grupos de pobladores. Los Pictos que vivían principalmente en el norte y noreste y hablaban una especie de idioma celta que se perdió completamente. Los Escotos (“Scoti”) que eran colonos celtas que se instalaron en las Tierras Altas Occidentales en el siglo IV y que provenían de Irlanda. El tercer grupo era el de los Británicos que ocupaban las Tierras Bajas. Se creía que abandonaron su antiguo estilo de vida tribal en el siglo VI. Finalmente, el último grupo era el de los Anglos que provenían del norte de Alemania y primero se establecieron en el sureste de Inglaterra y ayudaron a los romanos a mantener su dominio de Bretaña. En el siglo V invadieron Inglaterra y crearon su propio reino, Anglia. Eran guerreros fuertes y valientes.

Los cien años de paz relativa entre el 325 y las invasiones germánicas del siglo V, permitieron a la Iglesia extenderse por todo el Imperio y desarrollarse como institución estable. Los principios fundamentales sobre los que se basó la organización (jerarquía, papa y obispos) se establecieron entonces. Cuando la estructura política romana se desintegró, en el siglo V, la Iglesia organizada poseyó la suficiente estabilidad para sobrevivir y para ejercer una creciente influencia sobre la sociedad. Fue la Iglesia la que reemplazó al Imperio romano como principal agente civilizador de Europa.

La Iglesia no sólo se desarrolló como organización; se extendió geográficamente más allá de los límites del Estado romano. Con la conquista por los sajones de Bretaña a mediados del siglo V, la Cristiandad desapareció allí casi por completo. Por estos mismos años San Patricio (372-461) fue el monje bretón que evangelizó Irlanda en el siglo V, consiguiendo que arraigara en esta tierra un gran fervor misionero. Perdida y aislada en el extremo occidental de Europa la Iglesia céltica se halló en favorables condiciones para tener una personalidad propia. La organización eclesiástica reflejó las condiciones particulares de la tierra y de la sociedad irlandesas.

De esta manera, otro irlandés, San Columba (m. 597) y sus misioneros irlandeses fueron los que evangelizaron el norte de Inglaterra (563), donde se encontraron con un idioma céltico similar, que se llamó Escocia (del nombre latino scoti, que tomaron estos monjes irlandeses). Fundó el gran monasterio de Iona, en la isla escocesa del mismo nombre, el centro más importante de la historia cristiana de aquellas regiones. Desde lona -que servirá también como panteón de los reyes escoceses- su influencia se extendió por toda la Caledonia: ponía paz entre los enemigos, enseñaba a arar las tierras, llevaba consigo la civilización y la fe, y durante treinta y tantos años fue el gran apóstol de los pictos. Se habla de él como alguien «cuyo rostro irradiaba dicha interior», alegre, bondadoso y caritativo, y el pueblo le atribuía dotes de profeta y taumaturgo, contándose que le bastó hacer el signo de la cruz para ahuyentar del lago Ness a un monstruo acuático, cuyos posibles descendientes todavía atraen el turismo hacia aquella zona. San Columba murió en Iona rodeado de sus monjes, tras haber merecido por sus conquistas espirituales el sobrenombre de «soldado de la Isla».



Otros misioneros irlandeses cruzaron a la céltica Bretaña, desde donde penetraron en el reino franco, que era entonces en la mayor parte pagano. San Columbano (m. 615) fue otro de los famosos misioneros celtas (irlandeses) que evangelizó la Francia merovingia, el país de los alamanes, la Suiza actual y hasta Italia del norte. Aquí en el reino lombardo fundó el monasterio de Bobbio, donde murió.

Contexto Histórico: Eduardo I de Inglaterra y Escocia
En 1290 Eduardo I (1272-1307) expulsó a los judíos de Inglaterra. Era nieto de Juan sin Tierra; uno de los más grande reyes de Inglaterra, y su objetivo clave fue reunir a los británicos en un solo reino. En 1284 se anexionó el país de Gales, cuyo príncipe se convertiría en su heredero: desde 1301 se le denominó Príncipe de Gales.

En 1290 el trono de Escocia quedó vacante, y la nobleza escocesa empezó a competir por adueñarse de él. Siendo normandos de origen o por educación y siendo con frecuencia poseedores de feudos ingleses, muchos nobles escoceses no participaban del rechazo a la preeminencia inglesa, que era común en las clases inferiores de la sociedad escocesa. Dichos nobles apelaron enseguida a Eduardo I, rey de Inglaterra , y sellaron un documento por el que se comprometieron a aceptar la sentencia de Eduardo como señor preeminente. Los tres descendientes legítimos más próximos al trono fueron John Balliol, Robert Bruce y John Hastings. Eduardo sentenció a favor de de Balliol coronándolo como rey de Escocia en el 1292.

Escocia de esta manera se salvó de la guerra civil pero la soberanía inglesa, mal recibida por los escoceses desde el comienzo, se hizo insoportable a causa de la rígida interpretación legal de las obligaciones del vasallaje exigidas por Eduardo I. Ningún otro rey-vasallo de Europa estuvo sometido como el de Escocia. La crisis llegó cuando Eduardo, en guerra con el rey de Francia Felipe el Hermoso, convocó al rey Balliol para que le prestara ayuda fuera de sus dominios. Balliol se negó a obedecer y pactó una alianza defensiva con Francia. Eduardo I y su ejército invadieron Escocia por la fuerza en 1296, derrotó a Balliol y le obligó a abdicar del trono escocés. Eduardo entonces trató a Escocia como si fuera un feudo conquistado y lo anexionó a Inglaterra, llevándose además la Piedra del Destino, sobre la cual los reyes escoceses habían sido coronados, y la colocó en la abadía de Westminster.



Eduardo dejó en Escocia a un triunvirato de barones ingleses con guarniciones para defender el país. Mientras se hallaba en dificultades con sus propios súbditos ingleses por su esfuerzo bélico contra Francia en 1297, los escoceses encolerizados y rabiosos se levantaron en masa bajo el mando de un brillante caudillo, William Wallace (1270-1305),, uno de los personajes más populares de la historia de Escocia, héroe de la independencia de Escocia y mártir nacional, encarnado por Mel Gibson.

William Wallace nació en enero del 1272 en la ciudad escocesa de Elerslie (cerca de Glasgow), muy poco antes de que llegase al trono de Inglaterra el que sería su gran enemigo, Eduardo I, de la casa Plantagenet. William Wallace, vivió sus primeros años en un clima de tensiones y disputas que se sucedieron entre los numerosos nobles escoceses tras la muerte del rey Alexander III. Entre los 14 y 16 años William Wallace, vivió en Dunipace, con un clérigo tío suyo, con el que estudió a los clásicos en latín. Ya con esta edad medía 2 metros de altura, lo que le convertía casi en un gigante para el tamaño medio de entonces, también era muy fuerte y hablaba tres idiomas. La muerte de su padre, el destierro de su madre y el sistema de opresión que vivían los suyos por parte de los ingleses hizo que William Wallace, abandonase la incipiente carrera eclesiástica. 

Así, cansado de la opresión y el dominio inglés se unió con otros jóvenes, convirtiéndose en una banda de forajidos. William Wallace se convirtió así en un forajido al que pusieron precio por su cabeza. Su pequeño ejército se refugió en el bosque de Ettrick y durante 5 años, junto con sus hombres, visitó poblaciones tomadas por los ingleses para conocer al enemigo y realizó guerrillas contra tropas y patrullas, ocasionando numerosas bajas.    

A pesar de todo ello, a William Wallace le dio tiempo para cortejar a la joven Marion Braidfute, que vivía en Lannark, ciudad gobernada por el sheefiff Hazelrig, el cual, para obligar a William Wallace a ir a su ciudad y así capturarlo, mató a Marion. La venganza no se hizo esperar. William Wallace, acompañado esta vez por todos sus hombres, atacó durante la noche, dejando vivos sólo a las mujeres y los religiosos. Aquello aumentó su fama, y muchos más escoceses se unieron a él y las tropas inglesas a la largo y ancho de Escocia sufrieron su guerra de guerrillas.   

El siguiente gran enfrentamiento sería decisivo por necesidad: un numeroso y bien armado ejército, con muchos veteranos de las guerras de Flandes y Gales, frente a quienes hasta entonces sólo habían hecho guerrillas y estaban armados principalmente con espadas, lanzas, hachas y cuchillos. La batalla tuvo lugar el 11 de septiembre de 1297, en el puente de Stirlig, que se hundió ante el peso de la caballería inglesa, facilitando así la victoria de William Wallace. A aquella victoria siguieron otras, incluyendo la toma del castillo de Edimburgo. Y así quedó Escocia momentáneamente libre de ingleses. Fue elegido Guardián de Escocia, título que casi equivalía a nombrarlo rey (el auténtico, John Baliol, estaba preso en Londres; más tarde sería exiliado a Francia, de donde no regresaría).

Pero el triunfo de Wallace fue de corta duración. Eduardo I se quedó libre de compromisos por una tregua (1297) firmada con Francia, con Felipe el Hermoso, dedicando todas sus energías a dominar Escocia. En 1298 dirigió un gran ejército hacia la frontera norte, en el cual la mayoría de los arqueros eran hombres de arco largo, del sur de Galés. En Falkirk encontró a la totalidad de las fuerzas escocesas, mandadas por Wallace quien se dispuso a combatir según el orden de batalla que era fiel a la tradición y a la antigua modalidad de la infantería, es decir, con masas cerradas de lanceros colocando las lanzas sujetas firmemente contra el suelo, para oponerse al asalto de la caballería inglesa. Estos rechazaron con facilidad las cargas de la caballería feudal de Eduardo, pero entonces fue cuando los arqueros de Eduardo acribillaron a estas masa cerradas de lanceros, y rompieron sus filas. La victoria fue un triunfo para el generalato de Eduardo por el uso combinado de la caballería y de los arqueros. Una vez perdido el carisma de vencedor de todas las batallas, su condición fue decisiva para que los nobles le retiraran el apoyo. Por si fuera poco, el rey Eduardo decretó una amnistía para todos aquellos que combatieron por Escocia, excluyendo de ella a William Wallace, que de nuevo se veía convertido en un forajido.

Pero la victoria inglesa fue casi estéril, porque el combate se estaba realizando contra una resistencia nacional. Hasta 1303 no fue emprendida seriamente de nuevo la conquista de Escocia por el rey, quien hizo de ella el objeto de su vida. En 1305, el heroico Wallace fue capturado y ejecutado como traidor. Y entonces, con la instalación de los oficiales y de las guarniciones inglesas, las antiguas leyes y costumbres de Escocia fueron abolidas y sustituidas por la legislación anglonormanda.



Fue acusado de alta traición, cosa que él negó, ya que nunca había jurado lealtad al rey inglés, y sentenciado a morir en el mismo día. Los detalles de su ejecución son especialmente truculentos, incluso pensando en los cánones de la época: William Wallace, fue arrastrado por dos caballos por las calles de Londres y apedreado por la multitud hasta llegar a Smithfield, donde estaba el lugar de ajusticiamientos. Allí lo ahorcaron por un corto tiempo, lo suficiente para que sólo perdiese el conocimiento. Lo descolgaron y, mientras aun estaba vivo, le cortaron los genitales, le abrieron el vientre y le sacaron los intestinos, que fueron quemados; finalmente, su cabeza fue cortada y puesta en una pica en el Puente de Londres, mientras que manos y pies fueron mandados a cuatro extremos de Inglaterra.  

En Alberdeen, donde llevaron el pie izquierdo, fue enterrado lo que quedaba del cuerpo. Este tipo de ejecución contra el delito de traición fue introducido en Inglaterra por los normandos y estuvo vigente hasta el siglo XVIII. Y seguramente se usó con bastante frecuencia; hay que tener en cuenta que en la Torra de Londres está la llamada Puerta de los Traidores.  

Se habla mucho de la espada de William Wallace, la cual es del tipo tradicional para ser manejada con las dos manos, mide aproximadamente 66 pulgadas de largo, siendo la longitud de la hoja de 52 pulgadas. La calidad del metal sugiere que es de origen escocés, aunque otras espadas del mismo periodo fueron hechas en Finlandia o Alemania.   

Eduardo se obsesionó ante el patriotismo despertado por la admirable carrera de Wallace. Los principales nobles escoceses jugaron del principio al fin un papel poco glorioso por limitarse a la persecución de sus propios intereses. Uno de ellos fue el más destacado, Robert Bruce, conde de Carrick y señor de Annandale, nieto del pretendiente de 1290, quien puso de manifiesto una señalada doblez e independencia de criterio. También se unió a los patriotas escoceses después de Falkirk, aunque desertó de ellos en 1302 y acudió entonces a las campañas de Eduardo. En 1306 fue elevado a la categoría de confidente del rey. Pero en 1307 murió Eduardo I sucediéndole su incompetente hijo Eduardo II, que organizó una expedición para conquistar Escocia en 1314. Pero fue derrotado en la batalla de Bannockburn por el héroe nacional Robert Bruce, que se hizo proclamar rey de Escocia con el nombre de Roberto II, fundando la dinastía de los Estuardo. Bruce aseguró así la independencia de Escocia. La guerra entre Escocia e Inglaterra continuó hasta 1328 en que los ingleses hubieron de reconocer la independencia del reino escocés.

Contexto fílmico
Película estadounidense filmada en 1995 y ganadora de 5 Oscars (entre ellos a la mejor película y mejor director), Mel Gibson es director, productor y actor protagonista de la misma. En palabras del director y actor australiano, "Wallace es una de las personas que han cambiado el curso de la historia. El es una increíble historia de coraje, lealtad, honor y la brutalidad de la guerra. Esta película es además una inspiradora historia de amor". Esta parte de la película es interpretada por la debutante Catherine McCormack en el papel de Murron, con la que se casa y es asesinada poco después, lo cual da lugar al levantamiento escocés contra Inglaterra. La filmación fue realizada en localidades de Irlanda y Escocia. Una de las anécdotas a destacar es que el equipo de rodaje eligió el lugar que estadísticamente corresponde al punto más lluvioso de toda Europa, por lo que las escenas de tipos llenos de barro y agua son reales.

Mel Gibson: “Yo no pensé ser el protagonista, después de lo que supuso actuar y dirigir en "El hombre sin rostro" solo quería dedicarme a la dirección, primero quería a Liam Neeson para este papel, pero el acababa de hacer "Rob Roy" y no quiso hacerlo. Además, yo tenía 37 años y Wallace debió tener 25 en esa época, debió morir antes de los 30. Los productores me presionaron para que la protagonizara yo, si no lo hacía, no habría película, así que como nadie sabía muy bien cual era la edad de Wallace, me lo permití”, Mel se queda corto en sus declaraciones, finalmente tuvo que renunciar a su sueldo como actor y poner dinero de su propio bolsillo para que la película saliera adelante.

Una curiosidad: En una escena aparece uno de los hermanos de Mel Gibson, Donal Gibson. Justo antes de la batalla de Stirling, cuando William está en lo alto de un monte con algunos miembros del clan, llegan dos con noticias: el marido ultrajado (a la izquierda de la pantalla, que tampoco es un actor profesional, nunca antes había estado delante de una cámara), y a su lado (a la derecha), el hermano de Mel, que dice un par de frases.


Patrick McGoohan, experimentado actor admirado por Mel Gibson desde su juventud, encarna el papel de Eduardo I, o Eduardo the Longshanks, a la perfección, resultando el personaje terrorífico, despiadado y cruel. La princesa de Gales Isabel es interpretada por Sophie Marceau. Los momentos más intensos de la película, las batallas de Stirling y de Falkirk, son de un realismo increíble y su realización y ambientación son perfectas. Mel Gibson logra hacernos comprender la estrategia de las batallas medievales. También hay pueblos que salen en el film que se han reconstruído enteros según la época medieval. En conjunto el film es una superproducción que rebosa por todas partes entusiasmo y energía de la mejor calidad.

En cuanto al asunto de las picas o lanzas largas en la batalla de Stirling, el que parece haber sido utilizado es la estrategia del “schiltron”, que consiste en varios círculos concéntricos de hombres armados con lanzas largas que sujetadas en diferentes ángulos (más paralelas al suelo en el circulo exterior, y más perpendiculares en los interiores) conferían a la formación el aspecto de erizo. Estos grupos erizados en púas se movían por el campo de batalla aniquilando a la caballería. Como vemos, bastante diferente a la formación vista en la película, aunque desde luego sea ésta última más espectacular

En cuanto a esta carga de caballería, aquí está el mayor error histórico. En primer lugar, a la batalla del Puente de Stirling se la conoce precisamente por eso, por un puente de madera que se hundió bajo los pies de la caballería inglesa cuando cruzaban, de modo que dividió irremisiblemente al ejército inglés. Entiendo, igual que sucedía con las picas, que es más espectacular hacer la batalla en un llano donde se apreciara la carga con toda su magnitud y sus detalles.

El verdadero William Wallace, siempre llevó barba (tal y como marcaban los cánones de la época). Tampoco vistió el kilt (falda escocesa), llevando sólo ocasionalmente el tartán característico de los escoceses (tela de lana con cuadros o listas cruzadas de diferentes colores, característica de Escocia). Su prenda favorita era la armadura. Las tropas rebeldes de Wallace nunca enseñaron el trasero a sus enemigos, como vemos en el film. Estaban muy bien organizados y esto hubiese sido un atentado contra el honor en el campo de batalla. La guerra, en el medioevo, era brutal y sanguinaria, pero el honor, la caballerosidad y el buen gusto, siempre (o casi siempre) regían las normas de la batalla.

Particularmente, el hecho que más me llama la atención es la apariencia de los montañeses: caras pintadas de azul y faldas a cuadros. El tema de las faldas ha sido ampliamente debatido: un gran colectivo de historiadores se inclinan por la inexistencia del kilt hasta los siglos XVII-XVIII. Explicar mi opinión, tan válida o inválida como cualquier otra, ocuparía demasiado espacio y nos llevaría al mismo punto. Es preciso estudiar bien la iconografía y las fuentes para poder llegar a alguna conclusión. En cuanto a las caras pintadas, era costumbre entre los pictos (cuya amplia cronología empieza antes de la era cristiana y se extiende hasta el siglo VIII d.C.) pintarse con raices de glasto (que daban el color azul) pero no sé hasta que punto esta costumbre puede pervivir en el siglo XIV, sobretodo contando con que Wallace vive en una zona donde no hubo pictos sino britones (los pictos vivieron mucho más al norte). Pero de nuevo, la película gana espectacularidad

El gran ausente es, sin embargo, el personaje de Andrew de Moray, el otro noble que junto a Wallace (que en la película se nos muestra como campesino pero que era noble de baja condición) organiza la resistencia durante las Guerras de la Independencia y el que acaba con las tropas al otro lado del río en la batalla del Puente de Stirling. La inexistencia de ese personaje tanto en la película como en la novela es del todo incomprensible, a mi parecer.

Gibson nos hace disfrutar con momentos sencillamente deslumbrantes y frases a lo largo de la película que se quedan en nuestros oídos como la el ya mítico "Luchad y puede que muráis. Huid y viviréis, un tiempo al menos, pero cuando reposéis en vuestro lecho de muerte, dentro de muchos años, ¿no cambiaríais todos los días desde hoy hasta entonces por una oportunidad, tan sólo una oportunidad de venir aquí y matar a vuestros enemigos? Podrán quitarnos la vida, pero jamás nos quitarán la LIBERTAD”. Muestra de ello es la estatua del héroe escocés frente al Teatro de Su Majestad en Aberdeen, erigida en 1888 y con la inscripción, según se alega que le dijo a Wallace su tío y guardián. "Yo te digo la verdad, la libertad es lo mejor de todas las cosas, hijo mio, nunca vivas debajo de cualquier lazo esclavizado". Otra curiosidad: Hay una parte del discurso de Wallace que no se entiende, ya que habla en escocés antiguo. Después del grito de: “...Podrán quitarnos la vida, pero jamás nos quitarán la LIBERTAD”, William grita a sus compatriotas una frase que ellos repiten enardecidos Alba Gu Bra”, que significa “Escocia para siempre”



La película, que fue rodada en Escocia, al pie del monte Ben Nevis, y que se llevó cinco Oscar de la Academia, no se ajusta demasiado a la verdadera figura de William Wallace, ni se parece demasiado a lo que realmente ocurrió. Con esto no queremos desmerecer el film (que a fin de cuentas su única función es entretener al público) pero sí esclarecer algunos puntos que consideramos importantes para tener un visión auténtica de tan pintoresco caballero. La película fue duramente criticada por los Ingleses, que denunciaron su falta de rigor histórico, ya que debido a las fechas es imposible, materialmente, que William Wallace conociera a la princesa Isabel. Mel Gibson declaró que no pretendía hacer una película histórica, sino un relato heroico basado en hechos reales.

William Wallace, jamás traspasó las fronteras de Escocia, ni sus tropas tomaron York, como nos muestra su guionista, Randall Wallace; muy al contrario, sólo llegaron hasta Cumberland y Northumberland, que quedan en territorio escocés. El padre del verdadero Wallace, seguía vivo cuando este inició, en 1297, su revuelta contra los ingleses. Un hecho que despierta una gran admiración y -por qué no decirlo- un gran sentimentalismo en el espectador, es la muerte de la prometida de Wallace. En la película, vemos como esta es asesinada por un capitán inglés, después de que nuestro héroe ataca a un grupo de soldados que han intentado violarla. Wallace y su amada, se ven obligados a casarse en secreto, porque los ingleses han decretado el “Derecho de Pernada” o “Prima note”. Pues bien, ni una cosa ni otra están probadas. Por un lado, no se sabe que la esposa de Wallace, fuera ejecutada cuando este encabezó la rebelión. En cuanto al “Derecho de Pernada”, tampoco existe una constancia fidedigna de su autenticidad. Es posible que se diera, pero no lo sabemos con seguridad.



No existió el derecho de pernada en virtud del cual el señor podía compartir el lecho de la sierva recién casada en su primera noche de bodas y que el esposo podía rescatar mediante pago si el señor consentía. Se trató de un mito del cual hay escasas referencias documentales en la Edad Media y que fue construido en sus aspectos fundamentales en el siglo XIX. Es esta la tesis central de este libro (Boureau, Alain, “Le droit de cuissage. La fabrication d'un mythe (XIII-XX siècle”, París, Albin Michel, 1995, 325 pp.), que además de ser una notable contribución al debate sobre ius primae noctis, es una muestra de estudio historiográfico, de análisis de textos y fuentes de historia.

Mostrar que el derecho de pernada no existió sirve a la vez para precisar los alcances de las relaciones sociales en la Edad Media. Lo que de particular ha tenido este mito es su asociación con la Edad Media. Ha servido como prueba de la ignominia de la época feudal. En efecto, buena parte de la sustentación de la existencia de este supuesto derecho proviene de la generalizada idea según la cual la época medieval se caracterizó por la barbarie la cual sólo fue superada con el triunfo de la razón en la época de la Ilustración. Aún hoy en los discursos políticos se contrasta la barbarie medieval de la cual el derecho de pernada es su más sobresaliente muestra con el triunfo de la civilización moderna.



En el siglo XIX, pensadores liberales creyeron firmemente en la existencia del derecho de pernada. En su opinión, fue el más execrable de los abusos con que los señores sometían a sus siervos. Pero, argumenta Boureau, era apenas una creencia con fines propagandísticos. Lo que esos pensadores buscaban era defender y elogiar el estado liberal que se había construido tras la Revolución Francesa. Respaldaron sus convicciones en testimonios escritos en su mayoría en los siglos XVI y XVII, pero con notables inconsistencias Esto último se deduce en “Le droit de cuissage” al examinar las setenta y dos pruebas con las que el erudito liberal Jules Delpit pretendió mostrar en 1837 que el “ius primae noctis” (derecho de la primera noche) existió realmente. En algunos casos, las "evidencias" que ofrece Delpit son leyendas falsas, escritas con posterioridad a los hechos que narra; es decir, que al contrastarlas con documentos medievales en los cuales se hablan de los mismos hechos, pero en los que no se menciona el derecho de pernada, se comprueban inexactitudes o falsedades en las fechas. En otros casos, se descubre que no hay testimonio documental de origen medieval que confirme las menciones de ese derecho hechas en textos que fueron redactados después del siglo XVI.

En la Edad Media, cuando uno de los siervos o siervas se casaba y por ello abandonaba la casa de su señor, éste último exigía el pago de una compensación, conocida con el nombre de “formariage”. Algunos escritores de la temprana Edad Moderna deliberadamente confundieron esta renta con el derecho de pernada. La confusión pretendía contrastar la anarquía política medieval con el control que de la justicia y del poder tenía la monarquía de los siglos XVI y XVII. Según ellos, la servidumbre representaba un ejercicio de soberanía política local tiránica, cuya máxima expresión era el disfrute personal del bien más sagrado de las siervas: su virginidad (p.171). Por otra parte, con el “formariage” los señores obtenían provecho de una tensión interna de las sociedades campesinas, divididas entre el hábito por dotar a las hijas de herencia y el creciente desarrollo de la práctica de la primogenitura masculina. El señor, al autorizar mediante pago previo que la campesina sierva pudiera casarse, otorgaba mayor libertad al campesino para disponer de su sucesión. De manera que el “formariage” puede ofrecer una posible explicación a la aparición del mito de derecho de pernada: expresa la hostilidad de las comunidades campesinas con respecto a la capacidad femenina de recibir una parte de la herencia paternal. La joven soltera se convierte en una víctima. El señor, aliado objetivo de los padres y de las hijas solteras, es representado, mediante una inversión retórica, desempeñando el papel de perseguidor de la virtud de las jóvenes. Pero en el balance general se puede concluir que la dependencia personal no creó un trauma social colectivo, como pudieron haberlo pensado los historiadores liberales del siglo XIX. Sin embargo, "el carácter arcaico del vocabulario y de las prácticas de la dependencia ha engendrado virtualidades de representación que en circunstancias particulares han podido incorporar a las imágenes intemporales de la opresión las figuras más contextuales del bárbaro, el amo, el tirano, el padre" (p. 174).

Uno de los argumentos centrales en contra de la existencia del derecho de pernada es su muy escasa mención en documentos medievales. En conclusión, en la Francia medieval, jamás existió el derecho de pernada. Los argumentos y hechos que se alegan a favor de su existencia no resisten un serio análisis. Se fundamentan en documentos en los que hay inexactitudes, falsificaciones y contrasentidos; o que fueron redactados con finalidades políticas y simplemente discursivas con el objetivo de destacar la denuncia estratégica "sin que haya relación o con el derecho con los hechos" (p.251). Las fuentes en las que se habla de este pretendido derecho no están describiendo una práctica social. Están denunciado una tiranía señorial o una época bárbara; o están contrastando el estado liberal democrático con el feudalismo atrasado, o están defendiendo el estado moderno, o están satirizando las conductas lujuriosas de los clérigos. La creencia, sin embargo, permanece. Ella ha servido y sirve a intereses políticos e ideológicos. En el XIX creer en el derecho de pernada sirvió para denunciar la barbarie de la Edad Media. Hoy se utiliza para denunciar los abusos sexuales de los patronos en las fábricas francesas. Y no se trata tampoco, advierte el autor, de negar que los señores medievales hayan recurrido a la violación. Pero tal arbitrariedad no es específicamente medieval o feudal. El llamado derecho de pernada "nunca fue una norma y menos aún una norma jurídica" (p. 253).

Wallace no tuvo jamás un romance con la princesa Isabella, ya que ésta no era más que una niña y nunca se conocieron. Además es evidente que jamás habrían podido tener un romance: demasiada autonomía para una dama del XIV el irse ella sola a Escocia a visitar a Wallace a una choza perdida en el bosque... un romance con alguien de la corte habría sido más factible. El episodio en concreto no aporta gran cosa a la película, salvo el hecho de que el hijo nacido de Isabel y futuro monarca de Inglaterra fuera hijo de Wallace, lo cual es absolutamente falso.

La frase final de Robert The Bruce, está sacada de un poema de Robert Burns: "Sangrásteis con Wallace. Ahora sangrad conmigo".

BIBLIOGRAFÍA
- Boureau, Alain, Le droit de cuissage. La fabrication d'un mythe (XIII-XX siècle)”, París, Albin Michel, 1995, 325 pp.

- Hayes, Carlton J.H.; Baldwin, Marshall W.; Cole, Charles Woolsey, “Historia de la Civilización Occidental”, Madrid, Rialp, 1967

- Orlandis, José, “La Iglesia Antigua y Medieval”, Madrid, Palabra, 1989 (1ª ed: 1974)



- Payán, Miguel Juan, “Las 100 mejores películas del cine histórico y bíblico”, Madrid, Capitel, 2003

- Previté-Orton, Charles William, Historia del mundo en la Edad Media”, Traducción del inglés Manuel Riu y Rafael Ballester Escales, Barcelona : Sopena, 1978-1981, 3 vol: I. Desde el Bajo Imperio Romano hasta el siglo XII II. Desde el siglo XII hasta el Renacimiento III. El arte de la Edad Media



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