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Ficha VII la gracia de la predicación


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FICHA VII La gracia de la predicación
Y todos decidieron y así se lo mandó fray Pedro de Córdoba “que predicase aquel sermón el principal predicador de ellos, que se llamaba fray Antón Montesinos… Este fray Montesinos tenía la gracia de predicar”.
Reflexión

La gracia de la predicación. Atractivo, don y carisma

Numerosos textos medievales, tanto de los dominicos como también de otros, utilizan esa hermosa expresión de gratia praedicationis. La fórmula es difícil de precisar. ¿Se refiere al atractivo de la predicación? ¿a la convicción de ser llamado a ese ministerio? ¿a la mani­festación de dotes oratorias especiales? ¿a todo ello a la vez? Más bien parece que se ha de entender ante todo como un carisma, una vocación sobrenatural de quien está seguro de que el Espíritu puede hablar en él y a través de él. “La gratia praedicationis hace de la predicación dominicana un verdadero ministerio en el Espíritu, el anuncio carismático de la palabra de Dios”.

El praedicator gratiosus no será, pues, el predicador atractivo, ni siquiera el orador agradable de oír. Es más bien aquel a quien Dios ha «gratificado» con el don eficaz de la palabra, forma especial de la acción del Espíritu Santo que rodea al creyente desde la Buena Noticia que el ángel anun­ció a María: Ave María, gratia plena. Si el Predicador es digno de crédito, si habla con autoridad, si es gratíosus, es sólo por la fuerza sobrenatural que le invade, siempre que él consienta en darle cuerpo. Por eso se comprende que esta gracia se deduzca a partir del efecto de conversión o de santificación que produce; más bien diríamos que se la adivi­na o se la presiente.

Aquel a quien Dios da la gracia de la predicación debe predicar”, afirma uno de los discípulos de Arnaldo de Brescia, cuyas doctrinas anuncian e inspiran las de los valdenses. La expresión se puede, pues, utilizar al margen de la refe­rencia a la Iglesia jerárquica. Los textos dominicanos, por el contrario, empleando las mismas palabras, quieren afir­mar que la predicación no puede separarse del envío por parte de la Iglesia.



El 12 de mayo de 1220 Honorio III dirige a seis religiosos de Italia el mandato de ir con Domingo a combatir la herejía en Lombardía. Se menciona en la carta al fundador de los Predicadores, y él es efectivamente quien les suplica no “guardar en el pañuelo el talento que les ha sido confiado por Dios según el designio de su providencia” -por emplear la sabrosa interpretación de la parábola que refiere san Lu­cas (19, 20). ¡Que hagan brillar la luz que tienen en sí y pongan al servicio de su prójimo la “gracia de la predica­ción” que han recibido! Es así como Domingo reconquistó para la Iglesia, en cierto modo, aquella magnífica expresión que circulaba entre los herejes, esgrimiéndola contra ellos.

El sucesor de Domingo, Jordán de Sajonia, usará en una carta “encíclica” exactamente las mismas fórmulas y las mis­mas imágenes, en especial la del talento bien conservado en el pañuelo, que no produce nada. Es significativo que el Maestro de la Orden recoja, en una exhortación oficial a la misión, lo que considera una “regla fijada por la misma cari­dad de Dios”: la “gracia de la predicación”.

Su propio sucesor, Humberto de Romans (+1277), hará un análisis preciso, teológico y espiritual, de lo que es la gracia de predicar, en un tratado sobre la formación de los Predicadores . Señal de que con él estamos ya en la época de las síntesis, de las Sumas, en las que cada cosa se integra dentro de una construcción.

Para Humberto predicar es la vocación más excelente, porque los predicadores son en cierto modo la boca misma de Dios. La gracia de la predicación es un don de Dios para la edificación de su Iglesia. La predicación no es como un oficio que se podría aprender, o como una técnica, ni siquie­ra como un arte que se llega a dominar. Tratándose de anunciar la Palabra, “el éxito de un hombre está en manos del Señor” (Eclo 10, 5), con tal que el predicador se comprometa con sensatez y prudencia a hacer del mejor modo posible lo que conviene hacer. Y si se formula esta pregun­ta, tan vital: “¿cómo atreverse a predicar a los demás, si uno mismo se sabe y se siente tan pecador y tan débil?”, hay que responder que la “gracia de la predicación” sobrepasará el pecado del hombre; gracias a ella, la Palabra podrá resonar con limpidez por encima de todas las torpezas.

Guy Bedouelle
Reflexionando

¿Qué es la gracia? ¿Qué entiendes por la gracia de la predicación? ¿Qué palabra podría usarse o qué expresión podría expresarla?

¿Cómo se consigue? ¿Cómo se mantiene?

¿En quién la reconoces?

¿Cómo viven los dominicos esta gracia de la predicación?

¿Qué otras gracias puedes reconocer? ¿Qué más gracias existen? ¿Cómo se expresan?


Oración
Es también como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganad’.

Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor’. Llegándose también el de los dos talentos dijo: ‘Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado’. Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu seño’. Llegándose también el que había recibido un talento dijo: ‘Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo’. Mas su señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, el talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y al siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” (Mt 25,14-30)
¿Qué talentos logras ver en tu vida y en tu persona? ¿Qué haces con ellos? ¿Qué se te pide que hagas con ellos? ¿Por qué los tienes? ¿Por qué no tienes otros? ¿Deseas otros distintos o quizás no deseas tener los que reconoces en ti? ¿Cuáles reconocen los demás y tú no ves en ti mismo?

Oración

Luz de la Iglesia,

Doctor de la Verdad,

Ejemplo de Paciencia,

Ideal de Castidad,

que nos diste a beber con largueza el agua de la Sabiduría,

Predicador de la Gracia,

únenos a los Santos.





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Equipo de PJV de la Familia Dominicana de España 2007








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