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Federico Moccia perdona si te


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Ocho


Alessandro está en la terraza. Mira a lo lejos en busca de quién sabe qué pensamiento. Un poco de melancolía acompaña su último sorbo de passito, ligeramente más dulce. Después entra también él en casa, y deja la copa en la estantería, junto a un libro. Esta vez se trata de Aforismos. Arena y espuma, de Gibran. Lo coge y hojea algunas páginas. «Siete veces he despreciado mi alma: la primera, cuando la vi temerosa de alcanzar las alturas. La segunda, cuando la vi saltar ante un inválido. La tercera cuando le dieron a elegir entre lo arduo y lo fácil, y escogió lo fácil. La cuarta...» Basta. No sé por qué, pero cuando estás mal, todo te suena como si tuviese un doble significado. Alessandro cierra de nuevo el libro y se pone a dar vueltas por la casa en busca de Pietro. Nada. No está en el salón. Mira con atención entre la gente, en las esquinas, se aparta para dejar paso a uno que se cruza con él... Ah. No es uno cualquiera. Se trata de Andrea Soldini, y está con una mujer bella, alta. Andrea le sonríe. Alessandro le devuelve la sonrisa pero continúa buscando a Pietro. Nada. En el salón no está. No quisiera que... Abre la puerta del dormitorio. Nada. Tan sólo alguna chaqueta tirada en la cama. También los armarios están abiertos. Va al baño. Intenta abrir la puerta. Está cerrado con llave. Alessandro lo intenta de nuevo. Una voz masculina dice desde dentro.

—¡Ocupado! Si está cerrado será por algo, ¿no?

Es una voz profunda e irritada de verdad. Se trata de alguien que está realmente ocupado en sus asuntos. Y no es Pietro.

Alessandro va a la cocina, la ventana está abierta de par en par. Una cortina clara y ligera juega con el viento. Y con dos personas. Roza la espalda de un hombre. Lo acaricia casi mientras él bromea con una hermosa muchacha que está sentada con las piernas abiertas en la mesa del desayuno. Él está delante de ella, entre sus piernas. Tiene una mano levantada ante la cabeza de la muchacha y balancea una cereza. La baja poco a poco y luego la sube de nuevo, mientras la chica, que finge estar enfadada, se ríe y se enfurruña porque no consigue cogerla con la boca. Quiere esa cereza, y posiblemente no sólo eso. El hombre lo sabe. Y se ríe.

—¡Pietro!

Su amigo se vuelve hacia Alessandro, y la muchacha se aprovecha de su distracción para coger la cereza al vuelo, quitándosela de las manos con la boca.

—¿Ves lo que has hecho? Me ha robado la cereza por tu culpa.

La chica se ríe y mastica con la boca abierta, la lengua se le tiñe y sus palabras se colorean de rojo, de perfume, de deseo, de sonrisa.

—¡Bien! He ganado, me toca otra. Venga, cereza, una gana otra, ¿no? Lo has dicho antes...

—Es verdad, aquí tienes.

Pietro le da otra cereza, y la muchacha rusa escupe primero el hueso de la que se acaba de comer, que se cuela dentro de una copa que está allí cerca, después coge la otra con la mano y la mordisquea. Pietro se acerca a Alessandro.

—¿Lo ves?, ahora se acabó el juego. Yo quería hacerla sufrir un poco más... Una cereza gana otra... Cada vez le apetecía más y yo pensaba seguir con el juego hasta el final y luego pum... —Pietro pellizca a Alessandro entre las piernas—, ¡el platanito! —Pietro se ríe mientras Alessandro se dobla sobre sí mismo.

—¡Mira que llegas a ser imbécil!

La muchacha rusa mueve la cabeza y se ríe, después se come otra cereza. Alessandro se acerca a Pietro y le dice bajito:

—O sea, que tienes dos hijos, en breve cumplirás cuarenta y sigues así. ¿Dentro de tres años seré como tú? Estoy preocupado. Muy preocupado.

—¿Por qué? La de cosas que pueden cambiar en tres años. Podrías casarte, tener un hijo tú también, y probar con una extranjera... Puedes conseguirlo, venga, puedes alcanzarme, e incluso superarme. ¡Tú mismo lo has dicho! Con ese anuncio de Adidas: Impossible is Nothing. ¿Y vas a ser tú quien ponga trabas cuando se trate de ti? Venga, joder, puedes conseguirlo. ¿Vamos a tu casa? ¡Venga, préstamela sólo por esta noche!

—Pero ¿estás loco?

—¡Tú sí que estás loco! ¿Cuándo me va a volver a tocar una rusa así? ¿Tú has visto lo guapa que es?

Alessandro se aparta un poco de la espalda de Pietro.

—Sí, desde luego...

—A que sí, a que es una tía de ensueño. Una rusa, piernas larguísimas. Mira, mira cómo come las cerezas... Imagina cuando se coma... —Pietro da un silbido mientras le pellizca de nuevo entre las piernas.

—Sí, el platanito. Venga, corta ya...

La rusa vuelve a reírse. Para intentar convencer a Alessandro, Pietro le enseña un sobre que lleva en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Mira esto. Ya he acabado el informe del pleito aquel con la Butch & Butch. Volvéis a estar dentro. Tenéis una cláusula de prórroga que os lo garantiza por dos años más. Ésta es la carta certificada, venga, y eso que se supone que no debería enviarla hasta dentro de una semana. Y sin embargo te la doy ahora. ¿Estás de acuerdo? ¿Tú sabes lo bien que vas a quedar en la oficina? No serás el jefe, sino el gran jefe. Pero, a cambio...

—Sí, vale, me parece bien. Ven a mi casa a tomar algo. Y también invito a... —Alessandro señala a la rusa.

—¡Bravo! ¡¿Te das cuenta de que contigo las negociaciones siempre acaban bien?!

—Sí, pero no te vayas a creer que esto es como en El último beso. Yo no me quiero meter en vuestros líos, ¿entiendes? Con Susanna te las apañas tú, a mí no me metas en medio.

—¿Que me las apañe? Nada más fácil. Le diré que me he quedado en tu casa hasta tarde. Es la verdad, ¿no?

—Sí, sí... la verdad...

—Además piensa en lo buena que debe de estar. Al contrario que la ensaladilla... Cerezas, plátanos y ella. Ésta es la auténtica ensaladilla rusa.

—Oye, ¿por qué en lugar de a la abogacía no te dedicaste al cabaret?

—¿Y tú me escribirías los textos?

—Venga, te espero allí. Voy a despedirme de Alessia. Ah, por cierto...

—Sí, sí, lo sé, no debiera haberle dicho lo de Elena, pero lo he hecho por ti, te lo juro; ya verás como cuando te la tires pensarás en mí...

—¡Qué voy a pensar en ti!

—De acuerdo, entonces cuando te la tires no pensarás en mí. Pero después lo pensarás mejor y acabarás comprendiendo que todo ha sido gracias a mí.

—No lo has comprendido. Yo no me pienso liar con Alessia.

—Perdona, pero ¿por qué no?

—No quiero tener líos en el trabajo.

—Perdona de nuevo pero ¿y con Elena entonces?

—Qué importa eso, ella entró a trabajar en la empresa después. Y además en otro departamento, totalmente aparte.

—¿Y qué?


—Pues que Alessia es mi ayudante.

—Mejor que mejor, lo podéis hacer en el despacho. Es cómodo, ¿no? Os encerráis dentro y nadie os puede decir nada.

—Vale, lo haremos así. Muchas gracias desde ya, ¿de acuerdo? Voy a despedirme y nos vamos. Me estoy cansando.

Alessia está en el salón, conversando con una amiga.

—Adiós, Alessia, nos vamos. Nos veremos mañana por la mañana en la oficina. Nos ha convocado el verdadero jefe, pero no sé por qué.

—Bueno, mañana lo sabremos. —Alessia se pone en pie y le besa en ambas mejillas—. Adiós, y gracias por venir, me ha alegrado mucho. Saluda de mi parte a tu guardaespaldas...

—Más bien mi pregonero. Lo llevo conmigo a propósito, por si me olvido de explicar alguno de mis problemas a alguien...

Alessia echa la cabeza hacia atrás y extiende los brazos como diciendo «¡Venga, no se lo tengas en cuenta!».

Educadamente, Alessandro se despide también de la muchacha que está en el sofá quien, a modo de respuesta, se limita a alzar el mentón y a esbozar una sonrisa.

Ya no queda nadie por allí de quién despedirse. Bien, Alessandro se dirige hacia la puerta de la casa. Al final del pasillo se encuentra a Pietro con la rusa. Pero no están solos.

—¿Y ellas?

Junto a Pietro hay dos chicas casi idénticas a la devoradora de cerezas.

—Me ha dicho que sin sus amigas no viene. Venga, sólo vamos a tomar algo. Y además, perdona, pero ¿no son vuestras modelos? ¿No son para la campaña que estáis haciendo ahora? Las elegiste tú mismo.

—Correcto, pero las elegí para trabajar.

—Qué exagerado eres. No sé si sabes que, hoy en día, mucha gente se lleva trabajo a casa.

—Ah, muy bien. ¿Y se supone que mientras tú trabajas yo tengo que conversar con las otras dos? Si vinierais vosotros solos yo me podría ir a dormir. Mañana tengo que madrugar, en serio, tengo una reunión importante. Venga, no, no se puede.

—Como de costumbre, he pensado en todo. ¡Mira!

Andrea Soldini aparece tras la espalda de Pietro.

—Así pues, ¿nos vamos? —Para asegurarse, abraza a una de las rusas y sale del apartamento delante de Pietro. Éste mira a Alessandro y le guiña un ojo.

—¿Has visto? Él se ocupará; Soldini, un animador nato. Estaba en la mesa que estaba a la derecha de la de Elena —dice Pietro guiñándole a su vez un ojo a Alessandro.

—Sí, lo sé.

—Ah, ¿te acordabas de él?

—¿Yo? No, pero me lo ha dicho él.

Se van todos, junto con una bolsita de cerezas que Pietro se ha metido en el bolsillo de la chaqueta a escondidas. Salen del edificio y se suben al coche.

—¡Demonios! Este Mercedes es verdaderamente bonito. Es el nuevo ML, ¿verdad? —Andrea se pone a tocarlo todo, después empieza a saltar divertido en el asiento de delante—. ¡Y además es muy cómodo!

Pietro se sienta entre las chicas.

—Sí, el coche no está nada mal... pero estas dos son de fábula, de veras... Y además mirad. Nada por aquí... et voilá! —Y se saca una botella de passito de la chaqueta, ¡todavía frío y con la botella casi llena!—. Aquí tenéis. —Saca unos vasos del otro bolsillo—. Disculpad que sean de plástico. En la vida no se puede tener todo; sin embargo, es necesario aspirar a ello, porque la felicidad no es una meta sino un estilo de vida...

Alessandro conduce y lo mira por el espejo retrovisor.

—¿A quién has oído eso?

—Siento decírtelo. A Elena.

Elena. Elena. Elena.

—¿Hablabas a menudo con ella?

—Por trabajo, sólo y siempre por trabajo, yo trabajo mucho. —Después, en broma, Pietro lleva una mano entre las piernas de una rusa, pero sin tocarla. Apenas la roza. Levanta la mano como si hubiese encontrado algo—. Et voilá! —Abre la mano—. ¡Una auténtica cereza! ¡He ahí por qué soy tan dulce! —Y se la ofrece a la otra muchacha rusa sentada a su lado, que se la come gustosa y ríe.

—Hummm, buena.

Pietro levanta una ceja.

—La noche promete.

—Perdona, Alessandro, vamos a tu casa, ¿no? —Alessandro le hace un gesto afirmativo a Andrea—. ¿Y qué dirá Elena cuando te vea llegar con estas tres cerecitas?

Pietro se echa hacia delante y le da una palmada en el hombro izquierdo.

—¡Bravo! ¡Ésta sí que es buena! —Después intercambia una mirada con Alessandro en el retrovisor y se contiene—. Ejem, una observación muy apropiada. ¿Qué respondes?

—Elena está en viaje de trabajo y regresará dentro de dos días.

—Ah, bien, entonces estamos todos más tranquilos.

—Sólo os pido una cosa.

—Espera, ya lo digo yo: ni una palabra sobre esta noche, ¿verdad? —replica Pietro.

—Eso también. Pero entonces os tengo que pedir dos cosas. No volváis a mencionarme a Elena.

—¿Por qué? —pregunta ingenuamente Andrea.

—Porque hacéis que me sienta culpable.



Pietro pone los ojos en blanco, después busca la mirada de Alessandro en el espejo y, con, un vistazo promete silencio absoluto. Cómo no, para eso están los amigos.


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