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Federico Moccia perdona si te


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Seis


—¡Eh, chicos, mirad quién ha llegado, el jefe! ¡Y ha venido con su abogado! Jefe, esta noche nada de trabajo, ¿eh? ¡Esto es una fiesta, así que no empieces con una de tus habituales reuniones! —dice Alessia riendo mientras abre la puerta. Se aparta y hace una reverencia, mientras deja entrar a Alessandro y a Pietro en su casa. Hay un montón de gente.

—Ya no os esperábamos. He ganado la apuesta, ¿habéis visto?

Pietro se acerca, rodea con su brazo el cuello de Alessandro y le habla bajito al oído.

—¿Has visto? Siempre te hago quedar bien. Tu equipo tiene que creer en ti, si no, ¿qué clase de jefe eres, eh, jefe?

Alessandro le aparta el brazo.

—Vale, al primero que me llame jefe lo suspendo por dos días.

En seguida todos: «¡Jefe, jefe!»

—Bueno, no, lo retiro, ¡al primero que me llame jefe lo hago trabajar el doble dos días!

—¡Disculpa, jefe, quiero decir, disculpa, Alex!

—¿Si te trato con mucha confianza me gano algo? No sé, ¿unas minivacaciones?

—Trabajo doble por intento de corrupción.

—Bueno, ¿hay algo de beber al menos?

Alessia, la ayudante de Alessandro, se acerca con una copa llena.

—Aquí tienes, un muffato, es lo que te gusta, ¿verdad, je...?

Alessandro alza las cejas y la fulmina con la mirada.

—General, quería decir general, lo juro.

—Eso tampoco me gusta. Venga, divertíos como si yo no estuviese, o mejor dicho, como si nosotros no estuviésemos aquí.

Pietro le quita la copa de las manos y da un ávido sorbo.

—¡Eh! ¿Como si no estuviésemos aquí? Pues yo sí que estoy, vaya sí estoy. Este vino es bueno, ¿qué es?

—Muffato.

—¿Me pones otro? —le pide Alessandro a Alessia, que de inmediato llena otra copa y se la pasa.

—¿Por qué no has venido con Elena?

Pietro lo mira y hace como si se ahogase. Alessandro le da un codazo.

—No podía. Tenía trabajo.

Alessia enarca las cejas.

—Vale. Por si os apetece, hay algo de comer en aquella mesa, yo me voy a poner más bebidas en frío. Venga, sentíos como si estuvieseis en vuestra casa.

Alessia se aleja, con un vestido ligero y ajustado que muestra a la perfección sus curvas.

Pietro se acerca a Alessandro.

—Hummm, está bueno de verdad este muffato... Y también tu ayudante. De cara no es gran cosa, pero tiene un culo... ¿Lo has intentado alguna vez? En mi opinión, ella está colada por ti.

—¿Has acabado?

—En realidad acabo de empezar. Perdona, pero ¿por qué no le has dicho que te habías separado de Elena?

—No me he separado.

—Está bien, que ella te ha dejado.

—No, ella no me ha dejado.

—Entonces, ¿qué ha pasado? Eres la leche. Ha desaparecido.

—No ha desaparecido. Atraviesa uno de sus momentos.

—¿Qué quieres decir con uno de sus momentos? Eso suena peor que lo de la pausa de reflexión. Uno de sus momentos. Estabais a punto de casaros, se ha ido de casa, se ha llevado sus cosas, ¿y todavía insistes en que no te ha dejado, en que atraviesa uno de sus momentos?

Alessandro guarda silencio y bebe. Pietro insiste.

—¿Qué me dices?

—Que fue una gilipollez pedirle que se casase conmigo o, mejor dicho, contártelo a ti o, mejor dicho, traerte a esta fiesta o, mejor dicho, dejar que trabajes para mi empresa o, mejor dicho, seguir siendo amigo tuyo...

—Ok, ok, si te pones así de quisquilloso no me divierto. Me voy.

—Venga, no te vayas.

—¿Y quién se va a ir? ¡Esto está lleno de chochos! Yo no soy tan idiota como tú, que te quieres arruinar la vida. Quería decir que me voy a pastar por ahí.

Pietro se aleja moviendo la cabeza. Alessandro se sirve un poco más de muffato y luego se acerca a la librería, apoya la copa en ella y se pone a mirar los libros de Alessia. Están colocados por altura y color, son de géneros diversos. En el sofá que hay junto a la mesa alguien se ríe, algunos jóvenes de pie conversan en voz alta sobre temas de todo tipo: cine, fútbol, televisión. Alessandro coge un libro, lo abre, lo hojea y se detiene. Intenta leer algo. «Quien ama a primera vista traiciona con cada mirada.» Pero ¿éste no era el lema de la película Closer? ¿Qué libro he cogido? El destino también se mete. Cuando te acabas de separar, parece que el mundo esté contra ti. Todos se las apañan para hacértelo pasar aún peor.

—Hola. —Alessandro se da la vuelta. Frente a él, hay un muchacho de baja estatura, un poco calvo, gordito pero de cara simpática—. ¿No te acuerdas de mí? —Alessandro entorna los ojos, intentando ubicar su cara—. Nada. No te acuerdas, ¿eh? Venga, fíjate en mi voz... la debes de haber oído miles de veces.

Alessandro lo mira pero no le viene a la mente quién es.

—¿Y bien?

—Y bien, ¿qué? No has dicho nada.

—Ok, tienes razón. Vale... Buenos días, departamento de... venga, es fácil, ¿en serio no te acuerdas? Habrás oído mi voz un montón... Buenos días, aquí el departamento de marketing... ¡Venga, yo trabajaba con Elena!

De nuevo. Pero ¿qué broma es ésta? ¿Estáis todos contra mí?

—Una vez viniste a buscarla. Yo era el que tenía su mesa a la derecha de la de Elena.

—Sí, es verdad, ahora me acuerdo. —Alessandro intenta ser amable.

—No, yo creo que no te acuerdas en absoluto. Da igual. Ya no estoy allí, me han trasladado, es decir, me han dado un par de días de vacaciones. Mañana tengo una entrevista, porque empiezo un trabajo nuevo, eso sí, en la misma empresa. ¿Y Elena por qué no ha venido?

Alessandro no se lo puede creer. Otra vez.

—Tenía trabajo.

—Ah sí, puede ser, ella siempre trabajaba hasta tarde.

—¿Cómo que puede ser? Es.

—Sí, sí, claro, he dicho puede ser... simplemente por decirlo.

Se quedan un rato en silencio. Alessandro intenta librarse de aquella situación tan embarazosa.

—Voy a por algo de beber.

—Vale, yo me quedo aquí. ¿Te puedo preguntar una cosa?

Alessandro suspira preocupado intentando que no se le note. Sólo espero que no vuelva a preguntarme por Elena.

—Sí, por supuesto, dime.

—Según tú, ¿por qué la gente no se acuerda nunca de mí?

—No lo sé.

—No puede ser, tú eres un gran publicista, has triunfado con un montón de campañas, lo sabes siempre todo... Y, sin embargo... Soy Andrea Soldini.

—Un placer, Andrea... De todos modos... no siempre lo sé todo.

—Sí, está bien, en fin, ¿no sabes darme una explicación?

—No, no sé. Yo hago anuncios que de algún modo intentan hacer resaltar un producto, no puedo hacer un anuncio de ti.

Andrea baja la mirada, disgustado. Alessandro se da cuenta de que ha sido descortés e intenta arreglarlo.

—Quiero decir que, en este momento, no sabría qué decir en ese sentido... No puedo hacer un spot sobre ti. Voy a beber algo y pienso en ello, ¿ok?

Andrea alza el rostro y sonríe.

—Gracias... en serio, gracias.

Alessandro suspira. Por lo menos eso ha colado.

—Ok, ahora sí que me voy a buscar algo de beber.

—Cómo no. ¿Quieres que te lo traiga yo?

—No, no, gracias.

Alessandro se aleja. Mira por dónde. Imagínate, tenía que venir a esta fiesta y tropezarme con un tipo como ése. Vale que sea simpático. Pero de ahí a que yo sepa por qué no llama la atención, por qué no lo recuerdan. Dice que estaba en la mesa de la derecha de Elena. Pero yo ni siquiera recuerdo que allí hubiese una mesa. Una de dos, Alex: o sólo tenías ojos para Elena o ése es un tipo que de verdad pasa totalmente desapercibido. Ojalá nunca me asignen una campaña publicitaria de un producto como Andrea Soldini. A Alessandro le divierte la idea y, con su única sonrisa de la noche, se dirige a la mesa del bufet y come algo. Dos guapísimas muchachas extranjeras que están allí cerca le sonríen.

—Bueno, ¿verdad? —le dice una.

Alessandro esboza la segunda sonrisa de la noche.

—Sí, muy bueno.

La otra muchacha también le sonríe.

—Bueno... aquí todo bueno.

Alessandro vuelve a sonreír. Tercera sonrisa.

—Sí, bueno.

Deben de ser rusas. Después se da la vuelta. En el sofá, no muy lejos, Pietro lo está mirando. Está sentado junto a una hermosa muchacha morena de cabello largo que se inclina hacia delante y ríe por alguna cosa que le debe de haber dicho él. Pietro le guiña el ojo desde lejos y levanta la copa como para brindar. Mueve los labios diciendo sin palabras: «¡Venga, vamos!»

Alessandro levanta la mano como diciendo «Vete a...», después se sirve otra copa de muffato y tras comprobar que Andrea no se interpone en su camino sale a la terraza, dejando en aquel bufet sus tres únicas sonrisas. Se apoya en la baranda con los codos y bebe un poco de vino. Está bueno; tan frío en una noche no demasiado calurosa para ser abril. Coches lejanos allí, a la izquierda del Tíber, que discurre lento, silencioso, y desde la pequeña terraza parece incluso limpio. Y pensar que ahora podría estar metido en él, transportado hacia Ostia, junto con una ola de ratones aburridos. Como en esa escena que sale siempre en el programa «Blob», de ese tipo que va por debajo del agua, hacia el fondo. O como en el final de Martin Edén, cuando nada hacia el fondo, mordido por un congrio y quiere morir porque ha descubierto que la mujer a quien ama es estúpida. Estúpida. Estúpida. Estúpida la muerte que nos espera aburrida. Si yo me hubiese tirado, estoy seguro de que estaría muerto, a diferencia de James Stewart; y quizá también me habría mordido un congrio y un ratón juntos... Y seguro que mi ángel hace tiempo que se fue.

—¿En qué piensas? —Alessia llega por detrás.

—¿Yo? En nada.

—¿Cómo en nada? Tú nunca dejas de pensar. Tu cerebro parece estar bajo contrato permanente con la empresa.

—Bueno, se ve que hoy le han dado la noche libre.

—También tú te tendrías que coger una de vez en cuando. Ten. —Le pasa otra copa—. Estaba segura de que ya te lo habrías acabado. Éste es un passito de Pantelleria. En mi opinión, es aún mejor. Pruébalo...

Alessandro lo sorbe lentamente.

—Sí, es realmente bueno. Es delicado...

Y un viento ligero, una maliciosa brisa de poniente, intenta crear un poco de atmósfera. También Alessia se apoya en la baranda y mira a lo lejos.

—¿Sabes?, es muy agradable trabajar contigo. Cuando estás en el despacho te miro. No dejas de pasear, caminas sobre la moqueta... siempre en círculo, ya tiene hecho un surco. Un surco digno de Giotto. Y mientras, miras al techo, pero en realidad miras lejos... Es como si pudieses ver más allá del techo, del edificio, del cielo, más allá del mar. Ves a lo lejos, ves cosas...

—Sí, que vosotros los humanos... Venga, deja de tomarme el pelo.

—No, lo pienso en serio. Estás en perfecta armonía con el mundo y consigues reírte de las cosas que a veces ocurren y que nos vemos obligados a soportar... Como por ejemplo el final de una historia de amor. Estoy segura de que aún en el caso de que se tratase de la tuya, sabrías reírte de ello.

Alessandro mira a Alessia. Se miran fijamente un momento. Luego ella siente un leve embarazo. Alessandro toma otro sorbo del passito que le acaba de traer y dirige su mirada de nuevo hacia los tejados de las casas.

—Te lo ha dicho el abogado, ¿verdad?

—Sí, pero si no, yo sola lo hubiese adivinado. No creo que esa Elena merezca siquiera tu «desprecio sentimental».

Alessandro sacude la cabeza.

—También te ha contado eso.

Alessia se da cuenta de que esta vez es él quien se siente incómodo.

—Venga, general, ¿sabes a cuántos he dejado... ¡y cuántos me han dejado!?

—No, no lo sé. Nadie viene a contarme tus asuntos privados.

—Tienes razón, perdona. Pero no la tomes con tu amigo. Lo que Pietro quisiera es volverte a ver de nuevo alegre, como siempre. Me ha elegido a mí para que te haga sonreír, pero quizá hubiese sido mejor que te enviase a una de aquellas rusas, ¿no?

—Pero ¿qué dices?

Cuando estás mal, no hay nada peor que venga alguien a descargar contigo sus estúpidos problemas. Primero el tipo ese que quería que todos se acordasen de él. Ya ves, ni siquiera me acuerdo de su nombre. Ah, sí. Andrea Soldini. Y ahora Alessia y su manía de querer ser el centro de atención. O peor, de querer ser la medicina adecuada. Qué hartazgo...

Alessandro se acerca a ella. Alessia está mirando hacia otro lado, a lo lejos, hacia una calle que desaparece detrás de una curva. Alessandro le pasa el brazo por la espalda. Ella se vuelve de inmediato, sonríe. Pero él se le adelanta y le da un beso en la mejilla.

—Gracias, eres una medicina maravillosa. ¿Ves? Haces efecto al cabo de pocos segundos... ya sonrío.

—¡Venga ya! —Alessia sonríe y se encoge de hombros—. Siempre me estás tomando el pelo.

—No, lo digo en serio.

Alessia lo mira.

—Vosotros, los hombres, no tenéis remedio...

—Ahora no me sueltes la típica frase «sois todos iguales», porque eso ya está más que visto y una cosa así no la espero de ti.

—Pues mira, te diré otra: vosotros, los hombres, siempre sois víctimas de las mujeres. Pero eso os conviene. ¿Y sabes por qué? Para poder justificaros por el daño que le haréis a la siguiente.

—¡Uy, uy, uy!

Alessia hace ademán de irse, pero Alessandro la detiene.

—¿Alessia?

—Sí, dime.

—Gracias.

Ella se vuelve.

—De nada.

—No, en serio. Este passito es buenísimo.

Alessia mueve la cabeza, después sonríe y entra en la casa.




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