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Fahrenheit 451 Ray Bradbury Prefacio: Fuego Vivo


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Vio que la luna se hundía en el firmamento. La luna allí, y su resplandor, ¿producido por qué? Por el sol, claro. ¿Y qué iluminaba al sol? Su propio fuego. Y el sol sigue, día tras día, quemando y quemando. El sol y el tiempo. El sol, el tiempo y las llamas. Llamas. El río le balanceaba suavemente. Llamas. El sol y todos los relojes del mundo. Todo se reunía y se convertía en una misma cosa en su mente. Después de mucho tiempo de flotar en el río, Montag supo por qué nunca más volvería a quemar algo. El sol ardía a diario. Quemaba el Tiempo. El mundo corría en círculos, girando sobre su eje, y el tiempo se ocupaba en quemar los años y a la gente, sin ninguna ayuda por su parte. De modo que si él quemaba cosas con los bomberos y el sol quemaba el Tiempo, ello significaría que todo había de arder.

Alguno de ellos tendría que dejar de quemar. El sol no, por supuesto. Según todas las apariencias, tendría ser Montag, así como las personas con quienes había trabajado hasta unas pocas horas antes. En algún sitio habría que empezar a ahorrar y a preservar cosas para que todo tuviera un nuevo inicio, y alguien tendría que ocuparse de ello, de una u otra manera, en libros, en discos, en el cerebro de la gente, de cualquier manera con tal de que fuese segura, al abrigo de las polillas, de los pececillos de plata, del óxido, del moho y de los hombres con cerillas. El mundo estaba lleno de llamas de todos los tipos y tamaños. Ahora, el gremio de los tejedores de asbestos tendría que abrir muy pronto su establecimiento.

Montag sintió que sus pies tocaban tierra, pisaban guijarros y piedras, se hundían en arena. El río le empujado hacia la orilla. Contempló la inmensa y negra criatura sin ojos ni luz, sin forma, con sólo un tamaño que se extendía dos millares de kilómetros sin desear detenerse, con sus colinas cubiertas de hierba y sus bosques que le esperaban.

Montag vaciló en abandonar el amparo del agua Temía que el Sabueso estuviese allí. De pronto, los árboles podían agitarse bajo las aspas de multitud de helicópteros. Pero sólo había la brisa otoñal corriente, que discurría como otro río. ¿Por qué no andaba el Sabueso por allí? ¿Por qué la búsqueda se había desviado hacia el interior? Montag escuchó. Nada. Nada..«Millie —pensó—. Toda esta extensión aquí. ¡Escúchala! Nada y nada. Tanto silencio, Millie, que me pregunto qué efecto te causaría. ¿Te pondrías a gritar "¡Calla, calla!" Millie, Millie?»

Y se sintió triste.

Millie no estaba allí, ni tampoco el Sabueso, pero sí el aroma del heno, que llegaba desde algún campo lejano y que indujo a Montag a subir a tierra firme. Recordó una granja que había visitado de niño, una pocas veces en que había descubierto que, más allá de los siete velos de la irrealidad, más allá de las paredes de los salones y de los fosos metálicos de la ciudad, vacas pacían la hierba, los cerdos se revolcaban en ciénagas a mediodía y los perros ladraban a las blancas ovejas en las colinas.

Ahora, el olor a heno seco, el movimiento del agua le hizo desear echarse a dormir sobre el heno en un solitario pajar, lejos de las ruidosas autopistas, detrás de una tranquila granja y bajo un antiguo molino que susurrara sobre su cabeza como el sonido de los años que transcurrían. Permaneció toda la noche en el pajar, escarbando el rumor de los lejanos animales, de los insectos y de los árboles, así como los leves e infinitos movimientos y susurros del campo.

«Durante la noche —pensó—, bajo el cobertizo quizás oyese un sonido de pasos. Se incorporaría, lleno de tensión. Los pasos se alejarían. Volvería a tenderse y miraría por la ventana del cobertizo muy avanzada la noche, y vería apagarse las luces de la granja, hasta que una mujer muy joven y hermosa se sentaría junto a una ventana apagada, cepillándose el pelo. Resultaría difícil verla, pero su rostro sería como el de aquella muchacha que sabia lo que significaban las flores de diente de león frotadas contra la barbilla. Luego, la mujer se alejaría de la ventana, para reaparecer en el piso de arriba, en su habitación iluminada por la luna. Y entonces, bajo el sonido de la muerte, el sonido de los reactores que partían el cielo en dos, yacería en el cobertizo, oculto y seguro, contemplando aquellas extrañas estrellas en el borde de la tierra, huyendo del suave resplandor del alba.»

Por la mañana no hubiese tenido sueño, porque todos los cálidos olores y las visiones de una noche completa en el campo le hubiesen descansado aunque sus ojos hubieran permanecido abiertos, y su boca, cuando se le ocurrió pensar en ella, mostraba una leve sonrisa. Y allí al pie de la escalera del cobertizo, esperándole, había algo increíble. Montag descendería cuidadosamente, a la luz rosada del amanecer, tan consciente del mundo que sentiría miedo, y se inclinaría sobre el pequeño milagro, hasta que, por fin, se agacharía para tocarlo.

Un vaso de leche fresca, algunas peras y manzanas estaban al pie de la escalera. Aquello era todo lo que deseaba. Algún signo de que el inmenso mundo le aceptaría y le concedería todo tiempo que necesitaba para pensar lo que debía ser pensado. Un vaso de leche, una manzana, una pera.

Montag se alejó del río.

La tierra corrió hacia él como una marea. Fue e vuelto por la oscuridad, y por el aspecto del campo, por el millón de olores que llevaba un viento que le helaba el cuerpo. Retrocedió ante el ímpetu de la oscuridad, del sonido y del olor; le zumbaban los oídos. Dio media vuelta. Las estrellas brillaban sobre él como meteoros llameantes. Montag sintió deseos de zambullirse de nuevo en el río y dejar que le arrastrara a salvo hasta algún lugar más lejano. Aquella oscura tierra que se elevaba era como cierto día de su infancia, en que había ido a nadar, y una ola surgida de la nada, la mayor que recordaba la Historia, le envolvió en barro salobre y en oscuridad verdosa; el agua le quemaba la boca y la nariz, alborotándole el estómago. ¡Demasiada agua! ¡Demasiada tierra!

Desde la oscura pared frente a él, una silueta. En la silueta, dos ojos. La noche, observándole. El bosque, viéndole. ¡El Sabueso!

Después de tanto correr y apresurarse, de tantos sudores y peligros, de haber llegado tan lejos, de haber se esforzado tanto, y de creerse a salvo, y de suspirar, aliviado... para salir a tierra firme y encontrarse con... ¡El Sabueso!

Montag lanzó un último grito de dolor, como si aquello fuera demasiado para cualquier hombre. La silueta se diluyó. Los ojos desaparecieron. Las hojas secas se agitaron. Montag estaba solo en la selva.

Un gamo. Montag olió el denso perfume almizclado y el olor a hierba del aliento del animal, en aquella noche eterna en que los árboles parecían correr hacia él, apartarse, correr, apartarse, al impulso de los latidos de su corazón. Debía de haber billones de hojas en aquella tierra; Montag se abrió paso entre ellas, un río seco que olía a trébol y a polvo. ¡Y a otros olores! Había un aroma como a patata cortada, que subía de toda la tierra, áspero, frío y blanco debido al hecho de haber estado iluminado por el claro de luna la mayor parte de la noche. Había un olor como de pepinillo de una botella y como de perejil de la cocina casera. Había un débil olor amarillento como a mostaza. Había un olor como de claveles del jardín vecino. Montag tocó el suelo con la mano y sintió que la maleza le acariciaba.

Se irguió jadeante, y cuanto más inspiraba el perfume de la tierra, más lleno se sentía de todos sus detalles. No estaba vacío. Allí había más de lo necesario para llenarle. Siempre habría más que suficiente. Avanzó por entre el espesor de hojas caídas, vacilante. Y, en medio de aquel ambiente desconocido, algo familiar.

Su pie tropezó con algo que sonó sordamente. Movió su mano por el suelo, un metro hacia aquí, un metro hacia allá. La vía del tren. La vía que salía de la ciudad y atravesaba la tierra, a través de bosques y selvas, desierta ahora, junto al río. Allí estaba el camino que conducía adonde quiera se dirigiese. Aquí había lo único familiar, el mágico encanto que necesitaría tocar, sentir bajo sus pies, mientras se adentrara en las zarzas y los lagos de olor y de sensaciones, entre los susurros y la caída de las hojas.

Montag avanzó, siguiendo la vía. Y se sorprendió de saber cuán seguro se sentía de repente de un hecho que le era imposible probar. En una ocasión, mucho tiempo atrás, Clarisse había andado por allí, donde él andaba en aquel preciso momento. Media hora más tarde, frío, moviéndose cuidadosamente por la vía, bien consciente de su propio cuerpo de su rostro, de su boca, con los ojos llenos de negrura, los oídos llenos de sonidos, sus piernas cubiertas de briznas y de ortigas, vio un fuego ante él.

El fuego desapareció, volvió a percibirse, como un ojo que parpadeara. Montag se detuvo, generoso de apagar el fuego con un solo suspiro. Pero el fuego estaba allí, y Montag se fue acercando cautelosamente. Necesitó casi quince minutos para estar muy próximo a él y, entonces, lo observó desde un refugio. Aquel pequeño movimiento, el calor blanco y rojo, un fuego extraño, porque para él significaba algo distinto. No estaba quemando. ¡Estaba calentando!

Montag vio muchas manos alargadas hacia su calor, manos sin brazos, ocultos en la oscuridad. Sobre las manos, rostros inmóviles que parecían oscilar con el variable resplandor de las llamas. Montag no había supuesto que el fuego pudiese tener aquel aspecto. Jamás se le había ocurrido que podía dar lo mismo que quitaba. Incluso su olor era distinto.

No supo cuánto tiempo permaneció de aquel modo, pero había sentido una sensación absurda y, sin embargo, deliciosa, en saberse como un animal surgido del bosque, atraído por el fuego. Permaneció quieto mucho rato, escuchando el cálido chisporroteo de las llamas. Había un silencio reunido en torno a aquella hoguera y el silencio estaba en los rostros de los hombres, y el tiempo estaba allí, el tiempo suficiente para sentarse junto a la vía enmohecida bajo los árboles, con el mundo y darle vuelta con los ojos, como si estuviera sujeto en el centro de la hoguera un pedazo de acero que aquellos hombres estaban dando forma. No solo era el fuego lo distinto. También lo era el silencio. Montag se movió hacia aquel silencio especial, relacionado con todo lo del mundo.

Y entonces empezaron a sonar voces, y estaban hablando, pero Montag no pudo oír nada de lo que decían, aunque el sonido se elevaba y bajaba lentamente, y las voces conocían la tierra, los árboles y la ciudad que se extendía junto al río, en el extremo de la vía. Las voces hablaban de todo, no había ningún tema prohibido. Montag lo comprendió por la cadencia y el tono de curiosidad y sorpresa que había en ellas.

Entonces, uno de los hombres levantó la mirada y le vio, por primera y quizá por séptima vez, y una voz gritó a Montag:

—¡Está bien, ya puedes salir!

Montag retrocedió entre las sombras.

—No tema —dijo la voz—. Sea usted bienvenido.

Montag se adelantó lentamente hacia el fuego, y hacia los cinco viejos allí sentados, vestidos con pantalones y chaquetas de color azul oscuro. No supo qué decirles.

—Siéntese —dijo el hombre que parecía ser el jefe del pequeño grupo—. ¿Quiere café?

Montag contempló la humeante infusión que era vertida en un vaso plegable de aluminio y que seguidamente pusieron en sus manos. Montag sorbió cautelosamente el brebaje y se dio cuenta de que los hombres le miraban con curiosidad. Se quemó los labios, pero aquello resultaba agradable. Los rostros que le rodeaban eran barbudos pero las barbas eran limpias, pulcras, lo mismo que las manos. Se habían levantado como para dar la bienvenida a un invitado, y, entonces, volvieron a sentarle. Montag sorbió el café.

—Gracias —dijo—. Muchísimas gracias.

—Sea usted bien venido, Montag. Yo me llamo Granjea —el hombre alargó una botellita de líquido incoloro—. Beba esto también. Cambiará la composición química de su transpiración. Dentro de media hora olerá como otra persona. Teniendo en cuenta que el Sabueso le está buscando, lo mejor es esto.

Montag bebió el amargo líquido.

—Apestará como una comadreja, pero no tiene importancia —dijo Granger—.

—Conoce usted mi nombre —observó Montag_

Granger señaló un televisor portátil que había junto al fuego.

—Hemos visto la persecución. Nos hemos figurado que huiría hacia el Sur, a lo largo del río. Cuando le hemos oído meterse en la selva como un alce borracho, no nos hemos escondido como solemos hacer. Hemos supuesto que estaría en el río cuando los helicópteros con las cámaras se han vuelto hacia la ciudad. Allí ocurre algo gracioso. La cacería sigue en marcha, aunque en sentido opuesto.

—¿En sentido opuesto?

—Echemos una ojeada.

Granger puso el televisor en marcha. La imagen era como una pesadilla, condensada, pasando con facilidad de mano en mano, toda en colores revueltos y movedizos. Una voz gritó:

—¡La persecución continúa en el norte de la ciudad! ¡Los helicópteros de la Policía convergen en la Avenida Ochenta y Siete y en Elm Grove Park!

Granger asintió.

—Están inventándoselo. Usted les ha despistado en el río y ellos no pueden admitirlo. Saben que sólo pueden retener al auditorio un tiempo determinado. El espectáculo tendrá muy pronto un final brusco. Si empezasen a buscar por todo el maldito río, quizá necesitasen la noche entera. Así, pues, buscan alguna cabeza de turco para terminar con la exhibición. Fíjese. Pescarán a Montag durante los próximos cinco minutos.

—Pero cómo...

—Fíjese.


La cámara, sujeta a la panza de un helicóptero, descendió ahora hacia una calle vacía.

—¿Ve eso? —susurró Granger—. Ha de tratarse de usted. Al final de esa calle está nuestra víctima. ¿Ve cómo se acerca nuestra cámara? Prepara la escena. Intriga. Un plano largo. En este momento, un pobre diablo ha salido a pasear. Algo excepcional. Un tipo extraño. No se figure que la Policía no conoce las costumbres de los pajarracos como ése, de hombres que salen a pasear por las mañanas, sólo por el capricho de hacerlo, o porque sufren de insomnio. De cualquier modo, la policía le tiene fichado desde hace meses, años. Nunca se sabe cuándo puede resultar útil esa información. Y hoy, desde luego, ha de serles utilísima. Así pueden salvar las apariencias. ¡OH, Dios, fíjese ahí!

Los hombres que estaban junto a la hoguera se inclinaron. En la pantalla, un hombre dobló una esquina. De pronto, el Sabueso Mecánico entró en el campo visual. El helicóptero lanzó una docena de brillantes haces luminosos que construyeron como una jaula alrededor del hombre. Una voz gritó:

—¡Ahí está Montag! ¡La persecución ha terminado!

El inocente permaneció atónito; un cigarrillo ardía en una de sus manos. Se quedó mirando al Sabueso, sin saber qué era aquello. Probablemente, nunca llegó a saberlo. Levantó la mirada hacia el cielo y hacia el sonido de las sirenas. Las cámaras se precipitaron hacia el suelo. El Sabueso saltó en el aire con un ritmo y una precisión que resultaban increíblemente bellos. Su aguja asomó. Permaneció inmóvil un momento, como para dar al inmenso público tiempo para apreciarlo todo: la mirada de terror en el rostro de la víctima, la calle vacía, el animal de acero, semejante a un proyectil alcanzando el blanco.

—¡Montag, no te muevas! —gritó una voz desde el Cielo

La cámara cayó sobre la víctima, como había hecho el Sabueso. Ambos le alcanzaron simultáneamente. El hombre fue inmovilizado por el Sabueso y la cámara chilló. Chilló. ¡Chilló!

Oscuridad.

Silencio.

Negrura.


Montag gritó en el silencio y se volvió.

Silencio.

Y, luego, tras una pausa de los hombres sentados alrededor del fuego, con los rostros inexpresivos, en la pantalla oscura un anunciador dijo:

—La persecución ha terminado, Montag ha muerto, Ha sido vengado un crimen contra la sociedad. Ahora, nos trasladamos al Salón Estelar del «Hotel Lux», para un programa de media hora antes del amanecer, emisión que...

Granger apagó el televisor.

—No han enfocado el rostro del hombre. ¿Se ha fijado? Ni su mejor amigo podría decir si se trataba de usted. Lo han presentado lo bastante confuso para que la imaginación hiciera el resto. Diablos —murmuró—. Diablos...

Montag no habló, pero, luego, volviendo la cabeza, permaneció sentado con la mirada fija en la negra pantalla, tembloroso.

Granger tocó a Montag en un brazo.

—Bienvenido de entre los muertos. —Montag inclinó la cabeza. Granger y prosiguió—: Será mejor que nos conozca a todos. Este es Fred Clement, titular de la cátedra Thomas Hardigan, en Cambridge, antes de que se convirtiera en una «Escuela de Ingeniería Atómica». Este otro es el doctor Simmons, de la Universidad de California en Los Ángeles, un especialista en Ortega y Gasset; éste es el profesor West, que se especializó en Ética, disciplina olvidada actualmente, en la Universídad de Columbia. El reverendo Padover, aquí presente, pronunció unas conferencias hace treinta años y perdió su rebaño entre un domingo y el siguiente, debido a sus opiniones. Lleva ya algún tiempo con nosotros. En cuanto a mí, escribí un libro titulado Los dedos en el guante; la relación adecuada entre el individuo y la sociedad y... aquí estoy. ¡Bienvenido, Montag!

—Yo no soy de su clase —dijo Montag, por último, con voz lenta—. Siempre he sido un estúpido.

—Estamos acostumbrados a eso. Todos cometimos algún error, si no, no estaríamos aquí. Cuando éramos individuos aislados, lo único que sentíamos era cólera. Yo golpeé a un bombero cuando, hace años, vino a quemar mi biblioteca. Desde entonces, ando huyendo. ¿Quiere unirse a nosotros, Montag?

—Sí.


—¿Qué puede ofrecemos?

—Nada. Creía tener parte del Eclesiastés, y tal vez un poco del de la Revelación, pero, ahora, ni siquiera me queda eso.

—El Eclesiastés sería magnífico. ¿Dónde lo tenía?

—Aquí.


Montag se tocó la cabeza.

—¡Ah! —exclamó Granger, sonriendo y asintiendo con la cabeza—.

—¿Qué tiene de malo? ¿No está bien? —preguntó Montag.

—Mejor que bien; ¡perfecto! —Granger se volvió hacia el reverendo—. ¿Tenemos un Eclesiastés?

—Uno. Un hombre llamado Harris, de Youngtown.

—Montag —Granger apretó con fuerza un hombro de Montag—. Tenga cuidado. Cuide su salud. Si algo le ocurriera a Harris, usted sería el Eclesiastés. ¡Vea lo importante que se ha vuelto de repente!

—¡Pero si lo he olvidado!

—No, nada queda perdido para siempre. Tenemos sistemas de refrescar la memoria.

—¡Pero si ya he tratado de recordar!

—No lo intente. Vendrá cuando lo necesitemos. Todos nosotros tenemos memorias fotográficas, pero pasamos la vida entera aprendiendo a olvidar cosas que en realidad están dentro. Simmons, aquí presente, ha trabajado en ello durante veinte años, y ahora hemos perfeccionado el método de modo que podemos recordar cualquier cosa que hayamos leído una vez. ¿Le gustaría algún día, Montag, leer La República de Platón?

—¡Claro!

—Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer Marco Aurelio? Mr. Simmons es Marco.

—¿Cómo está usted? —dijo Mr. Simmons—.

—Hola —contestó Montag—.

—Quiero presentarle a Jonathan Swift, el autor de ese malicioso libro político, Los viajes de Gulliver. Este otro sujeto es Charles Darwin, y aquél es Schopenhauer, y aquél, Einstein, y el que está junto a mí es Mr. Albert Schweitzer, un filósofo muy agradable, desde luego. Aquí estamos todos, Montag: Aristófanes, Mahatma Gandhi, Gautama Buda, Confucio, Thomas Love Peacock, Thomas Jefferson y Mr. Lincoln. Y también somos Mateo, Marco, Lucas y Juan.

—No es posible —dijo Montag—.

—Sí lo es —replicó Granger, sonriendo—. También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar después por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia. Todos somos fragmentos de Historia, de Literatura y de Ley Internacional, Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo, todo está aquí. Y ya va siendo tarde. Y la guerra ha empezado. Y estamos aquí, y la ciudad está allí, envuelta en su abrigo de un millar de colores. ¿En qué piensa, Montag?

—Pienso que estaba ciego tratando de hacer las cosas mi manera, dejando libros en las casas de los bomberos y enviando denuncias.

—Ha hecho lo que debía. Llevado a escala nacional hubiese podido dar espléndidos resultados. Pero nuestro sistema es más sencillo y creemos que mejor. Lo que deseamos es conservar los conocimientos que, creemos, habremos de necesitar, intactos y a salvo. No nos proponemos hostigar ni molestar a nadie. Aún no, porque si se destruyen, los conocimientos habrán muerto, quizá para siempre. Somos ciudadanos modélicos, a nuestra manera especial. Seguimos las viejas vías, dormirnos en las colinas, por la noche, y la gente de las ciudades nos dejan tranquilos. De cuando en cuando, nos detienen y nos registran, pero en nuestras personas no hay nada que pueda comprometernos. La organización es flexible, muy ágil y fragmentada. Algunos de nosotros hemos sido sometidos a cirugía plástica en el rostro y en los dedos. En este momento, nos espera una misión horrible. Esperamos a que empiece la guerra y, con idéntica rapidez, a que termine. No es agradable, pero es que nadie nos controla. Constituimos una extravagante minoría que clama en el desierto. Cuando la guerra haya terminado, quizá podamos ser de alguna utilidad al mundo.

—¿De veras cree que entonces escucharán?

—Si no lo hacen, no tendremos más que esperar. Transmitiremos los libros a nuestros hijos, oralmente, y dejaremos que nuestros hijos esperen, a su vez. De este Modo, se perderá mucho, desde luego, pero no se puede obligar a la gente a que escuche. A su debido tiempo, deberá acudir, preguntándose qué ha ocurrido y por qué el mundo ha estallado bajo ellos. Esto no puede durar.

—¿Cuántos son ustedes?

—Miles, que van por los caminos, las vías férreas abandonadas, vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior. Al principio, no se trató de un plan. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y así lo hizo. Luego, durante un período de unos veinte años, fuimos entrando en contacto, viajando, estableciendo esta organización y forzando un plan. Lo más importante que debíamos meternos en la cabeza es que no somos importantes, que no debemos de ser pedantes. No debemos sentirnos superiores a nadie en el mundo. Sólo somos sobrecubiertas para libros, sin valor intrínseco. Algunos de nosotros viven en pequeñas ciudades. El Capítulo 1 del Walden, de Thoreau, habita en Green River, el Capítulo II, en Millow Farm, Maine. Pero si hay un poblado en Maryland, con sólo veintisiete habitantes, ninguna bomba caerá nunca sobre esa localidad, que alberga los ensayos completos de un hombre llamado Bertrand Russell. Coge ese poblado y casi divida las páginas, tantas por persona. Y cuando la guerra haya terminado, algún día, los libros podrán ser escritos de nuevo. La gente será convocada una por una, para que recite lo que sabe, y lo imprimiremos hasta que llegue otra Era de Oscuridad, en la que, quizá, debamos repetir toda la operación. Pero esto es lo maravilloso del hombre: nunca se desalienta o disgusta lo suficiente para abandonar algo que debe hacer, porque sabe que es importante y que merece la pena serlo.

—¿Qué hacemos esta noche? —preguntó Montag—.

—Esperar —repuso Granger—. Y desplazarnos un poco río abajo, por si acaso. Empezó a arrojar polvo y tierra a la hoguera.

Los otros hombres le ayudaron, lo mismo que Montag, y allí, en mitad del bosque, todos los hombres movieron sus manos, apagando el fuego conjuntamente.

Se detuvieron junto al río, a la luz de las estrellas.

Montag consultó la esfera luminosa de su reloj sumergible. Las cinco. Las cinco de la madrugada. Otro año quemado en una sola hora, un amanecer esperando más allá de la orilla opuesta del río.

—¿Por qué confían en mí? —preguntó Montag—,

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