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Fahrenheit 451 Ray Bradbury Prefacio: Fuego Vivo


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Montag vaciló, apretó los libros con mayor fuerza, y reanudó su andar pausado. Ahora estaba a mitad de la avenida, pero el zumbido de los motores del vehículo se hizo más agudo cuando éste aumentó su velocidad. «La Policía, desde luego. Me ven. Pero, despacio, ahora, despacio, tranquilo, no te vuelvas, no mires, no parezcas preocupado. Camina, eso es, camina, camina... »

El vehículo se precipitaba. El vehículo zumbaba. El vehículo aceleraba. El vehículo se acercaba veloz. El vehículo recorría una trayectoria silbante, disparado por un rifle invisible. Iba a unos doscientos kilómetros por hora. Iba como mínimo, a más de doscientos por hora. Montag apretó las mandíbulas. El calor de los faros del vehículo quemó sus mejillas, le hizo parpadear y heló el sudor que le resbalaba por el rostro.

Empezó a arrastrar estúpidamente los pies, a hablar consigo mismo. Y, de repente, dio un respingo y echó a correr. Alargó las piernas tanto como pudo, una y otra vez, una y otra vez. ¡Dios, Dios! Dejó caer un libro, interrumpió la carrera, casi se volvió, cambió de idea, siguió adelante, chillando en el vacío de cemento, en tanto que el vehículo parecía correr tras sus pasos, a sesenta metros de distancia, a treinta, a veinticinco, a veinte; y Montag jadeaba, agitaba las manos, movía las piernas, arriba y abajo, más cerca, sudoroso, gritando con los ojos ardientes y la cabeza vuelta para enfrentarse con el resplandor de los faros. Luego, el vehículo fue tragado por su propia luz, no fue más que una antorcha que se precipitaba sobre él; todo estrépito y resplandor ¡De pronto, casi se les echó encima! Montag dio un traspié y cayó.

«¡Estoy listo! ¡Todo ha terminado!»

Pero la caída le salvó. Un instante antes de alcanzarle, el raudo vehículo se desvió. Desapareció. Montag yacía de bruces, con la cabeza gacha. Hasta él llegó el eco de unas carcajadas, al mismo tiempo que el sonido del escape del vehículo.

Tenía la mano derecha extendida sobre él, llana. A levantar la mano vio, en la punta de su dedo corazón una delgada línea negra, allí donde el neumático le había rozado al pasar. Montag miró con incredulidad aquella línea media, mientras se ponía en pie.

«No era la Policía», pensó.

Miró avenida abajo. Ahora, resultaba claro. Un vehículo lleno de chiquillos, de todas las edades, entre los doce y los dieciséis años, silbando, vociferando, vitoreando, habían visto a un hombre, un espectáculo extraordinario, un hombre caminando, una rareza, y habían dicho: «Vamos a por él», sin saber que era el fugitivo Mr. Montag. Sencillamente, cierto número de muchachos que habían salido a tragar kilómetros durante las horas de luna, con los rostros helados por el viento y que regresarían o no a casa al amanecer, vivos o sin vida. Aquello era una aventura.

«Me hubiesen matado —Pensó Montag balanceándose. El aire aún se estremecía y el polvo se arremolinaba a su alrededor. Se tocó la mejilla magullada— sin ningún motivo en absoluto, me hubiesen matado.»

Siguió caminando hasta el bordillo más lejano, Pidiendo a cada pie que siguiera moviéndose. Sin darse cuenta, había recogido los libros desperdigados; no recordaba haberse inclinado ni haberlos tocado, pasándolos de una a otra mano, como si fuesen una jugada de póquer o cualquier otro juego que no acababa de comprender. «Quisiera saber si son los mismos que mataron a Clarisse.»

Se detuvo Y su mente volvió a repetirlo. «¡Quisiera saber si son los mismos que mataron a Clarisse!». Sintió deseos de correr en pos de ellos, chillando. Sus ojos se humedecieron. Lo que le había salvado fue caer de bruces. El conductor del vehículo, al ver caído a Montag, consideró de inmediato la probabilidad de que pisar el cuerpo a aquella velocidad podía volcar el vehículo y matarlos a todos. Si Montag hubiese seguido siendo un objetivo vertical... Montag quedó boquiabierto.

Lejos, en la avenida, a cuatro manzanas de distancia, el vehículo había frenado, girado sobre dos ruedas, y retrocedía ahora velozmente, por la mano contraria de la calle, adquiriendo impulso. Pero Montag ya estaba oculto en la seguridad del oscuro callejón en busca del cual había emprendido aquel largo viaje, ignoraba ya si una hora o un minuto antes. Se estremeció en las tinieblas, y volvió la cabeza para ver cómo el vehículo lo pasaba veloz y volvía a situarse en el centro de la avenida. Las carcajadas se mezclaban con el ruido del motor. Más lejos, mientras Montag se movía en la oscuridad, pudo ver que los helicópteros caían, caían como primeros copos de nieve del largo invierno que se aproximaba. La casa estaba silenciosa.

Montag se acercó por detrás, arrastrándose a través del denso perfume de rosas y de hierba humedecida por el rocío nocturno. Tocó la puerta posterior, vio que estaba abierta, se deslizó dentro, cruzó el porche, y escuchó. «¿Duerme usted ahí dentro, Mrs. Black? –pensó—. Lo que voy a hacer no está bien, pero su esposo lo hizo con otros, y nunca preguntó ni sintió duda, ni se preocupó. Y, ahora, puesto que es usted la esposa de un bombero, es su casa y su turno, en compensación por todas las casas que su esposo quemó y por las personas a quienes perjudicó sin pensar.»

La casa no respondió.

Montag escondió los libros en la cocina, volvió a salir al callejón, miró hacia atrás; y la casa seguía oscura y tranquila, durmiendo. En su camino a través de la ciudad, mientras los helicópteros revoloteaban en el cielo como trocitos de papel, telefoneó y dio la alarma desde una cabina solitaria a la puerta de una tienda cerrada durante la noche. Después, permaneció en el frío aire nocturno, esperando y, a lo lejos, oyó que las sirenas se ponían en funcionamiento, y que las salamandras llegaban, llegaban para quemar la casa de Mr. Black, en tanto éste se encontraba trabajando, para hacer que su esposa se estremeciera en el aire del amanecer, mientras que el techo cedía y caía sobre la hoguera. Pero, ahora, ella aún estaba dormida.

«Buenas noches, Mrs. Black», pensó Montag.

***


—¡Faber!

Otro golpecito, un susurro y una larga espera. Luego, al cabo de un minuto, una lucecilla brilló dentro la casita de Faber.

Tras otra pausa, la puerta posterior se abrió. Faber y Montag se miraron a la media luz, como si cada uno de ellos no creyese en la existencia del otro. Luego, Faber se movió, adelantó una mano, cogió a Montag, le hizo entrar. Lo obligó a sentarse, y regresó junto a la puerta, donde se quedó escuchando. Las sirenas gemían a lo lejos. Faber entró y cerró la puerta.

—He cometido estupidez tras estupidez —dijo Montag—. No puedo quedarme mucho rato. Sabe Dios hacia dónde voy.

—Por lo menos, ha sido un tonto respecto a lo importante —dijo Faber—. Creía que estaba muerto. La cápsula auditiva que le di...

—Quemada.

—Oí que el capitán hablaba con usted y, de repente, ya no oí nada. He estado a punto de salir a buscarle.

—El capitán ha muerto. Encontró la cápsula, oyó la voz de usted y se proponía buscar su origen. Lo maté con el lanzallamas.

Faber se sentó, y, durante un rato, guardó absoluto silencio.

—Dios mío, ¿cómo ha podido ocurrir esto? —prosiguió Montag—. Hace pocas noches, todo iba estupendamente. Y, de repente, estoy a punto de ahogarme. ¿Cuántas veces puede hundirse un hombre y seguir vivo? No puedo respirar. Está la muerte de Beatty, que un tiempo fue mi amigo. Y Millie se ha marchado. Yo creía que era mi esposa. Pero, ahora, ya no lo sé. Y la casa ha ardido por completo. Y me he quedado sin empleo, y yo ando huyendo. Y, por el camino, he colocado un libro en casa de un bombero. ¡Válgame Dios! ¡Cuántas cosas he hecho en una sola semana!

—Ha hecho lo que debía hacer. Es algo que se preparaba desde hace mucho tiempo.

—Sí, eso creo, aunque sea lo único que crea. Tenía que suceder. Desde hace mucho tiempo sentía que algo se preparaba en mi interior, y yo andaba por ahí haciendo una cosa y sintiendo otra. Dios, todo estaba aquí dentro. Lo extraño es que no se trasluciera en mí, como la grasa. Y, ahora, estoy aquí, complicándole la vida. Pueden haberme seguido hasta aquí.

—Por primera vez en muchos años me siento vivir —replicó Faber—. Me doy cuenta de que hago lo hubiese debido de hacer hace siglos. Durante tiempo, no tengo miedo. Quizá sea porque, por fin, estoy cumpliendo con mi deber. O tal vez sea porque no quiera mostrarme cobarde ante usted. Supongo que aún tendré que hacer cosas más violentas, que tendré que arriesgarme para no fracasar en mi misión y asustarme de nuevo. ¿Cuáles son sus planes?

—Seguir huyendo.

—¿Sabe que ha estallado la guerra?

—Lo he oído decir.

—¿Verdad que resulta curioso? —dijo el anciano—. La guerra nos parece algo remoto porque tenemos nuestros propios problemas.

—No he tenido tiempo para pensar. —Montag sacó un centenar de dólares—. Quiero darle esto, para que lo utilice de un modo útil, cuando me haya marchado.

—Pero...

—Quizás haya muerto a mediodía. Utilícelo.

Faber asintió.

—Si le es posible, será mejor que se dirija hacia el río. Siga su curso. Y si encuentra alguna vieja línea ferroviaria, que se adentra en el campo, sígala. Aunque en la actualidad todas las comunicaciones se hacen por vía aérea, y la mayoría de las vías están abandonadas, los raíles siguen allí, oxidándose. He oído decir que aún quedan campamentos de vagabundos esparcidos por todo el país. Les llaman campamentos ambulantes, Y si anda usted el tiempo suficiente y se mantiene ojo avizor, dicen que quedan muchos antiguos graduados de Harvard en el territorio que se extiende entre aquí y Los Ángeles. La mayoría de ellos son buscados y perseguidos en las ciudades. Supongo que se limitan a vegetar. No quedan muchos, y me figuro que el Gobierno nunca lo ha considerado un peligro lo suficientemente grande como para ir en busca de ellos. Podría refugiarse con esos hombres durante algún tiempo y ponerse en contacto conmigo en St. Louis. Yo me marcho mañana, en el autobús de las cinco, para visitar a un impresor retirado que vive allí. Por fin salgo a campo abierto. Utilizaré el dinero adecuadamente. Gracias, y que Dios le bendiga. ¿Quiere dormir unos minutos?

— Será mejor que siga huyendo.

—Veamos cuál es la situación.

Faber condujo a Montag al dormitorio y levantó un cuadro que había en la pared, poniendo así al descubierto una pantalla de televisión del tamaño de una tarjeta postal.

—Siempre había deseado algo muy pequeño, algo a lo que poder hablar, algo que pudiera cubrir con la palma de la mano, en caso necesario, algo que no pudiera avasallarme a gritos, algo que no fuese monstruosamente grande. De modo que, ya ve.

Conectó el aparato.

—Montag —dijo el televisor. Y la pantalla se iluminó—. M—O—N—T—A—G. —Una voz deletreó el nombre—. Guy Montag. Sigue en libertad. Los helicópteros de la Policía le buscan. Un nuevo Sabueso Mecánico ha sido traído de otro distrito...

Montag y Faber se miraron.

—...Sabueso Mecánico nunca falla. Desde que fue usado por primera vez para perseguir una presa, este invento increíble no ha cometido ni un solo error. Hoy, esta cadena se enorgullece de tener la oportunidad de seguir al Sabueso, con una cámara instalada en un helicóptero, cuando inicia la marcha hacia su objetivo...

Faber sirvió dos vasos de whisky.

—Lo necesitaremos.

Bebieron.

— ... olfato tan sensible que el Sabueso Mecánico puede recordar e identificar diez mil olores de diez mil hombres distintos, sin necesidad de ser rearmado.

Faber tembló levemente y miró a su alrededor, las paredes, la puerta, la empuñadura y la silla donde Montag estaba sentado. Éste captó la mirada. Ambos examinaron rápidamente la casa y Montag sintió que su nariz se dilataba y comprendió que estaba tratando de rastrearse a sí mismo, y que su nariz era, de pronto, lo suficientemente sensible para percibir la pista que había dejado en el aire de la habitación; y el sudor de su mano estaba pegado a la empuñadura de su puerta, invisible pero tan abundante como la cera de un pequeño candelabro. Su persona estaba por doquier, dentro, fuera sobre todo, era como una nube luminosa, un fantasma que volvía a hacer imposible la respiración... Vio que Faber contenía, a su vez, el aliento, por miedo a introducir en su propio cuerpo aquel fan a quedar tal vez contaminado con las exhalaciones fantasma y los olores de un fugitivo.

—¡El Sabueso Mecánico está siendo desembarcado de un helicóptero, en el lugar del incendio!

Y allí, en la pantalla pequeña, apareció la casa quemada, y la multitud; y del cielo descendió un helicóptero, como una grotesca flor.

«Así, pues, tienen que seguir con su juego —pensó Montag—. El espectáculo sigue, aunque la guerra ha empezado hace apenas una hora... »

Contempló la escena, fascinado, sin desear moverse ¡Parecía tan remota y ajena a él! Era un espectáculo distinto, fascinante de observar, que no dejaba de producir un extraño placer. «Todo eso es para mí, todo eso está ocurriendo por mi causa. Dios mío.»

Si lo deseaba, podía entretenerse allí, con toda comodidad, y seguir la cacería con sus rápidas fases, carreras por las calles, por las avenidas vacías, atravesando parques y solares, con pausas aquí y allí para dejar paso a la necesaria publicidad comercial, Por otros callejones hasta la casa ardiendo de Mr. y Mrs. Black, y así sucesivamente hasta aquella casa en la que él y Faber estaban sentados, bebiendo, en tanto que Sabueso Mecánico olfateaba el último tramo de la pista silencioso como la propia muerte, hasta detenerse frente a aquella ventana. Entonces, si lo deseaba, Montag podía levantarse, acercarse a la ventana, sin perder de vista el televisor, abrirla, asomarse y verse dramatizado, descrito, analizado. Un drama que podía contemplarse objetivamente, sabiendo que, en otros salones, tenía un tamaño mayor que el natural, a todo color, dimensionalmente perfecto. Y si se mantenía alerta, podría verse, asimismo, un instante antes de perder el sentido, siendo liquidado en beneficio de la multitud de telespectadores que, unos minutos antes, habían sido arrancados de su sueño por la frenética sirena de sus televisores murales para que pudieran presenciar la gran cacería, el espectáculo de un solo hombre.

¿Tendría tiempo para hablar cuando el Sabueso lo cogiera, a la vista de diez, veinte o treinta millones de personas?, ¿no podría resumir lo que había sido su vida durante la última semana con una sola frase o una palabra que permaneciera con ellas mucho después de que el Sabueso se hubiese vuelto, sujetándolo con sus mandíbulas de metal, para alejarse en la oscuridad, mientras la cámara permanecía quieta, enfocando al aparato que iría empequeñeciéndose a lo lejos, para ofrecer un final espléndido? ¿Qué podría decir en una sola palabra, en unas pocas palabras que dejara huella en todos sus rostros y les hiciera despertar?

—Mire —susurró Faber—. Del helicóptero surgió algo que no era una máquina, un animal, algo que no estaba muerto ni vivo, algo que resplandecía con una débil luminosidad verdosa. Permaneció junto a las ruinas humeantes de la casa de Montag y los hombres trajeron el abandonado lanzallamas de éste y lo pusieron bajo el hocico del Sabueso. Se oyó un siseo, un resoplido, un rumor de engranajes.

Montag meneó la cabeza, se levantó y apuró su bebida,

—Ya es hora. Lamento de verdad lo que está ocurriendo.

—¿Qué? ¿Yo? ¿Mi casa? Lo merezco todo. ¡Corra deprisa, por amor de Dios! Quizá pueda entretenerles aquí...

—Espere. No vale la pena que se descubra usted. Cuando me haya marchado, queme el cobertor de esta cama, lo he tocado. Queme la silla de la sala de estar en su incinerador. Frote el mobiliario con alcohol, así como los pomos de las puertas. Queme la alfombra del salón. Dé la máxima potencia al acondicionador de aire y, si tiene un insecticida, rocíelo todo con él. Después, ponga en marcha sus rociadores del césped, con toda la fuerza que pueda, y riegue bien las aceras. Con un poco de suerte, podríamos evitar que nos siguieran la pista.

Faber le estrechó la mano.

—Lo haré. Buena suerte. Si ambos estamos vivo la semana próxima o la siguiente nos pondremos en contacto. En la lista de Correos, de Saint Louis. Siento que, esta vez, no haya manera de poder acompañarle con mi cápsula auricular. Hubiese sido bueno para ambos. Pero mi equipo era limitado. Hágase cargo, nunca creí que habría de utilizarlo. Soy un viejo estúpido, sin ideas. Estúpido, estúpido. Y, ahora, no tengo otra cápsula verde para que pueda llevársela usted. ¡Márchese ya!

—Otra cosa, ¡aprisa! Una maleta. Cójala, con su ropa más sucia, un trapo viejo, cuanto más sucio mejor, una camisa, algunos calcetines y zapatos viejos...

Faber se marchó y regresó al cabo de algunos minutos.

—Para conservar en su interior el antiguo olor de Mr. Faber, claro está —dijo éste, sudoroso por el esfuerzo—.

Montag roció todo el exterior de la maleta con whisky.

—No creo que ese Sabueso capte dos olores a la vez. Permítame que me lleve este whisky. Lo necesitaré más tarde. ¡Cristo, espero que dé resultado!

Volvieron a estrecharse la mano y, mientras se dirigían hacia la puerta, lanzaron una ojeada al televisor. El Sabueso estaba en camino, seguido por las cámaras de los helicópteros, silencioso, silencioso, olfateando el aire nocturno. Bajaba por la Primera Avenida.

—¡Adiós!

Y Montag salió velozmente por la puerta posterior, corriendo con la maleta semivacía. Oyó que, a su espalda, los rociadores de césped se ponían en marcha, llenaban el aire oscuro con lluvia que caía suavemente y con regularidad, lavaban las aceras y corrían hasta la calle. Unas gotas de aquella lluvia mojaban el rostro de Montag. Le pareció que el viejo le gritaba adiós, pero no estuvo seguro.

Corrió muy aprisa, alejándose de la casa, hacia el río. Montag corrió. Podía sentir el Sabueso, como el otoño que se acercaba, frío, seco y veloz, como un viento que no agitara la hierba, que no hiciera crujir las ventanas ni desplazara las hojas en las blancas aceras. El Sabueso no tocaba el mundo. Llevaba consigo su silencio, de modo que, a través de toda la ciudad, podía percibirse el silencio que iba creando.

Montag sintió aumentar la presión, y corrió. Se detuvo para recobrar el aliento, camino del río. Atisbó por las ventanas débilmente iluminadas de las casas las siluetas de sus habitantes que contemplaban en los televisores murales al Sabueso Mecánico, un suspiro de vapor de neón, que corría veloz. Ahora, en Elm Terrace, Lincoln, Cak, Park, y calle arriba hacia la casa de Faber.

«Pasa de largo —pensó Montag—, no te detengas, sigue adelante, no te desvíes.»

En el televisor mural apareció la casa de Faber, con su rociador de césped que empapaba el aire nocturno. El Sabueso hizo una pausa y se estremeció. ¡No! Montag se aferró al alféizar de la ventana. ¡Por este camino! ¡Aquí! La aguja de procaína asomó y se escondió, asomó, se escondió. Una gotita transparente de la droga cayó de la aguja cuando ésta desapareció en el hocico de Sabueso.

Montag contuvo el aliento, y sintió una opresión en el pecho.

El Sabueso Mecánico se volvió y se alejó de la casa de Faber, calle abajo.

Montag desvió su mirada hacia el cielo. Los helicópteros estaban más próximos, como una nube de insectos que acudiesen hacia una solitaria fuente luminosa. Con un esfuerzo, Montag recordó de nuevo que aquello no era ningún espectáculo imaginario que podía se contemplado mientras huía hacia el río; en realidad, era su propia partida de ajedrez la que estaba contemplando, movimiento tras movimiento. Gritó para darse el impulso necesario para alejarse de la ventana de aquella última casa, y el fascinador espectáculo que había allí. ¡Diablo! ¡Y emprendió la marcha de nuevo! La avenida, una calle, otra, otra, y el olor del río. Una pierna, la otra. Veinte millones de Montag corriendo, muy pronto, si las cámaras le enfocaban. Veinte millones de Montag corriendo, corriendo como un personaje de película cómica, policías, ladrones, perseguidores y perseguidos, cazadores y cazados. tal como lo había visto un millar de veces. Tras de él, ahora, veinte millones de silenciosos Sabuesos atravesaban los salones, de la pared derecha a la central; luego a la izquierda, desaparecían. Montag se metió su radio auricular en una oreja.

—La policía sugiere a toda la población del sector Terrace que haga lo siguiente: en todas las casas de todas las calles, todo el mundo debe abrir la puerta delantera o trasera . o mirar por una ventana. El fugitivo no podrá escapar si, durante el minuto siguiente, todo el Mundo mira desde el exterior de su casa. ¡Preparados!

¡Claro' ¿Por qué no lo habían hecho antes? ¿Por qué, en todos los años, no habían intentado aquel juego? ¡Todos arriba, todos afuera! ¡No podía pasar inadvertido! ¡El único hombre que corría solitario por la ciudad, el único hombre que ponía sus piernas a prueba!

—¡A la cuenta de diez! ¡Uno! ¡Dos!

Montag sintió que la ciudad se levantaba.

—¡Tres!


Montag sintió que la ciudad se dirigía hacia sus millares de puertas.

¡Aprisa! ¡Una pierna, la otra!

—¡Cuatro!

La gente atravesaba sus recibidores.

—¡Cinco!

Montag sintió todas las manos en los pomos de las puertas. El olor del río era fresco y semejante a una lluvia sólida. La garganta de Montag ardía y sus ojos estaban resecos por el viento que producía el correr. Chilló como si el grito pudiera impulsarle adelante, hacerle recorrer el último centenar de metros.

—¡Seis, siete, ocho!

Los Pomos giraron en cinco millares de puertas.

—¡Nueve!

Montag se alejó de la última fila de casas, por una pendiente que conducía a la negra y móvil superficie del río.

—¡Diez!

Las puertas se abrieron.



Montag vio en su imaginación a miles y miles de rostros escrutando los patios, las calles, el cielo, rostros ocultos por cortinas, rostros descoloridos, atemorizados por la oscuridad, como animales grisáceos que desde cavernas eléctricas, rostros con ojos grises e incoloros, lenguas grises y pensamientos grises.

Pero había llegado al río.

Lo tocó para cerciorarse de que era real. Se metió en el agua, se desnudó por completo y se roció el cuerpo, los brazos, las piernas y la cabeza con el licor que llevaba; bebió un sorbo e inspiró otro poco por la nariz. Después, se vistió con la ropa y los zapatos de Faber. Echó su ropa al río y contempló cómo se la llevaba corriente. Luego, con la maleta en la mano, se metió agua adentro hasta perder pie, y se dejó arrastrar en la oscuridad. Estaba a unos trescientos metros corriente abajo cuando el Sabueso llegó al río. Arriba, las grandes aspas de los ventiladores giraban sin cesar. Un torrente de luz cayó sobre el río, y Montag se zambulló bajo la iluminación, como si el sol hubiese salido entre las nubes. Sintió que el río lo empujaba más lejos, hacia la oscuridad. Después, las luces volvieron a desplazarse hacia tierra, los helicópteros se cernieron de nuevo sobre ciudad, como si hubieran encontrado otra pista. Se alejaron. El Sabueso se había ido. Ya sólo quedaba el helado río y Montag flotando en una repentina paz, lejos de la ciudad, de las luces y de la cacería, lejos de todo.

Montag sintió como si hubiese dejado un escenario lleno de actores a su espalda. Sintió como si hubiese abandonado el gran espectáculo y todos los fantasmas murmuradores. Huía de una aterradora irrealidad para meterse en una realidad que resultaba irreal, porque era nueva..La tierra oscura se deslizaba cerca de él, que se avanzando hacia campo abierto entre colinas. Por primera vez en una docena de años, las estrellas brillaban sobre su cabeza, formando una gigantesca procesión.

Cuando la maleta se llenó de agua y se hundió, Montag siguió flotando boca arriba; el río era tranquilo y pausado, mientras se alejaba de la gente que comía sombras para desayunar, humo para almorzar y vapores para cenar. El río era muy real, le sostenía cómodamente y le daba tiempo para considerar este mes, este año, y todo un transcurso de ellos. Montag escuchó el lento latir de su corazón. Sus pensamientos dejaron de correr junto con su sangre.

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