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Fahrenheit 451 Ray Bradbury Prefacio: Fuego Vivo


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TRES: Fuego Resplandeciente
Las luces iban encendiéndose y las puertas de las casas abriéndose a todo lo largo de la calle, para observar el espectáculo que se preparaba. Montag y Beatty miraban, el uno con seca satisfacción, el otro con incredulidad, la casa que tenían delante, aquella pista central en la que se agitarían numerosas antorchas y se comería fuego.

—Bueno —dijo Beatty—; ahora lo has conseguido. El viejo Montag quería volar cerca del sol y ahora que se ha quemado las malditas alas se pregunta por qué. ¿No te insinué lo suficiente al enviar el Sabueso a merodear por aquí?

El rostro de Montag estaba totalmente inmóvil e inexpresivo; sintió que su cabeza se volvía hacia la casa contigua, bordeada por un colorido macizo de flores. Beatty lanzó un resoplido.

—¡OH, no! No te dejarías engañar por la palabrería de esa pequeña estúpida, ¿eh? Flores, mariposas, hojas, puestas de sol... ¡OH, diablo! Aparece todo en su archivo Que me ahorquen. He dado en el blanco. Fíjate en el aspecto enfermizo que tienes. Unas pocas briznas de hierba y las fases de la luna. ¡Valiente basura! ¿Qué pudo ella conseguir con todo eso?

Montag se sentó en el frío parachoques del vehículo, desplazando la cabeza un par de centímetros a la izquierda, un par de centímetros a la derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda...

—Ella lo veía todo. Nunca hizo daño a nadie, los dejaba tranquilos.

—¿Tranquilos? ¡Narices! Revoloteaba a tu alrededor, ¿verdad? Uno de esos malditos seres cargados de buenas intenciones y con cara de no haber roto... un plato, cuyo único talento es hacer que los demás se sientan culpables. ¡Aparecen como el sol de medianoche para hacerle sudar a uno en la cama!

La puerta de la casa se abrió; Mildred bajó los escalones, corriendo, con una maleta colgando rígidamente de una mano, en tanto que un taxi se detenía junto al bordillo.

—¡Mildred!

Ella cruzó corriendo, con el cuerpo rígido, el rostro cubierto de polvos, la boca invisible, sin carmín.

—¡Mildred, no has sido tú quien ha dado la alarma!

Ella metió la maleta en el taxi, subió al vehículo y se sentó, mientras murmuraba:

—¡Pobre familia, pobre familia! ¡OH! ¡Todo perdido, todo, todo perdido... !

Beatty cogió a Montag por un hombro, mientras el taxi arrancaba veloz y alcanzaba los cien kilómetros por hora antes de llegar al extremo de la calle. Se produjo un chasquido, como el de la caída de los fragmentos de un sueño confeccionado con cristal, espejos y prismas. Montag se volvió como si otra incomprensible tormenta le hubiese sacudido, y vio a Stoneman y a Black que, empuñando las hachas, rompían cristales de las ventanas para asegurar una buena ventilación

El roce de las alas de una mariposa contra una fría y negra tela metálica.

—Montag, aquí Faber. ¿Me oye? ¿Qué ocurre?

—Esto me ocurre a mí —dijo Montag—.

—¡Qué terrible sorpresa! —dijo Beatty—. Porque actualmente todos saben, están totalmente seguros, de que nunca ha de ocurrirme a mí. Otros mueren y yo adelante. No hay consecuencias ni responsabilidades. Pero sí las hay. Mas no hablemos de ellas, ¿eh? Cuando compruebas las consecuencias, ya es demasiado tarde, ¿verdad, Montag?

—Montag, ¿puede marcharse, echar a correr? —preguntó Faber—.

Montag anduvo, pero no sintió cómo sus pies tocaban el cemento ni el césped. Beatty encendió su encendedor y la pequeña llama anaranjada fascinó a Montag.

—¿Qué hay en el fuego que lo hace tan atractivo? No importa la edad que tengamos, ¿qué nos atrae hacia él? —Beatty apagó de un soplo la llama y volvió a encenderla—. Es el movimiento continuo, lo que el hombre quiso inventar, pero nunca lo consiguió. 0 el movimiento casi continuo. Si se la dejara arder, lo haría durante toda nuestra vida. ¿Qué es el fuego? Un misterio. Los científicos hablan mucho de fricción y de moléculas. Pero en realidad no lo saben. Su verdadera belleza es que destruye responsabilidad y consecuencias. Si un problema se hace excesivamente pesado, al fuego con él. Ahora, Montag, tú eres un problema. Y el fuego te quitará de encima de mis hombros, limpia, rápida, seguramente. Después, nada quedará enraizado. Antibiótico, estético, práctico.

Montag se quedó mirando aquella extraña casa, que la hora de la noche, los murmullos de los vecinos, y el cristal quebrado habían convertido en algo ajeno a él; y allí en el suelo, con las cubiertas desgarradas y esparcidas como plumas de cisnes, yacían los increíbles libros que parecían tan absurdos.

Verdaderamente, era indigno preocuparse por ellos, porque no eran más que rayitas negras, papel amarillento y encuadernación semideshecha. Mildred, desde luego. Debió vigilarle cuando escondía los libros en el jardín, y había vuelto a entrarlos. Mildred, Mildred.

—Quiero que seas tú quien realice ese trabajo, Montag. Tú solo. No con petróleo y una cerilla, sino a mano, con un lanzallamas. Es tu casa y tú debes limpiarla.

—¡Montag, procure huir, marcharse!

—¡No! —gritó Montag con impotencia—.. ¡El Sabueso! ¡A causa del Sabueso! Faber oyó, y Beatty, pensando que el otro hablaba con él, también le oyó.

—Sí, el Sabueso está por ahí cerca, de modo que no intentes ningún truco.

¿Listo?


—Listo.

Montag abrió el seguro del lanzallamas.

—¡Fuego!

Un chorro llameante salió desde la boquilla del aparato y golpeó los libros contra la pared. Montag entró en el dormitorio y disparó dos veces, y las camas gemelas se volatilizaron exhalando un susurro, con más calor, pasión y luz de las que él había supuesto que pudiesen contener. Montag quemó las paredes del dormitorio, el tocador, porque quería cambiarlo todo, las sillas, las mesas; y, en el comedor, los platos de plástico y de plata, todo lo que indicara que él había vivido allí, en aquella casa vacía, con una mujer desconocida que mañana le olvidaría, que se había marchado y le había olvidado ya por completo, escuchando su radio auricular mientras atravesaba la ciudad, sola. Y corno antes era bueno quemar. Montag se sintió borbotear en las llamas y el insensato problema fue arrebatado, destruido, dividido y ahuyentado. Si no había solución... Bueno, en tal caso, tampoco quedaría problema. ¡Él era lo mejor para todos!

—¡Los libros, Montag!

Los libros saltaron y bailaron como pájaros asados con sus alas en llamas con plumas rojas y amarillas. Y luego, Montag entró en el salón, donde los estúpidos monstruos yacían dormidos con sus pensamientos blancos y sus sueños nebulosos. Y lanzó una andanada a cada una de las tres paredes desnudas y el vacío pareció sisear contra él. La desnudez produjo un siseo mayor, un chillido insensato. Montag trató de pensar en el vacío sobre el que había actuado la nada, pero no pudo. Contuvo el aliento para que el vacío no penetrara en sus pulmones. Eliminó aquella terrible soledad, retrocedió y dirigió una enorme y brillante llamarada amarillenta a toda la habitación. La cubierta de plástico ignífugo que había sobre todos los objetos, quedó deshecha y la casa empezó a estremecerse con las llamas.

—Cuando hayas terminado —dijo Beatty a su espalda—, quedarás detenido.

La casa se convirtió en carbones ardientes y ceniza negra. Se derrumbó sobre sí misma y una columna de humo que oscilaba lentamente en el cielo se elevó de ella. Eran las tres y media de la madrugada. La multitud regresó a sus casas; el gran entoldado del circo se había convertido en carbón y desperdicios, y el espectáculo terminó.

Montag permaneció con el lanzallamas en sus fláccidas manos, mientras grandes islas de sudor empapaban sus sobacos, y su rostro estaba lleno de hollín. Los otros bomberos esperaban detrás de él, en la oscuridad, con los rostros débilmente iluminados por el rescoldo de la casa. Montag trató de hablar un par de veces, y, por fin, consiguió formular su pensamiento.

—¿Ha sido mi esposa la que ha dado la alarma?

Beatty asintió.

—Pero sus amigas habían dado otra con anterioridad. De una u otra manera, tenías que cargártela. Fue la tontería ponerte a recitar poemas por ahí, como si tal cosa. Ha sido el acto de un maldito estúpido. Dale unos cuantos versos a un hombre y se creerá que es el Señor de la Creación. Cree que, con los libros, podrá andar por encima del agua. Bueno, el mundo puede arreglárselas muy bien sin ellos. Fíjate adónde te han conducido, hundido en el barro hasta los labios. Si agito el barro con mi dedo meñique, te ahogas.

Montag no podía moverse. Con el fuego había llegado un terremoto que había aniquilado la casa y Mildred estaba en algún punto bajo aquellas ruinas, así como su vida entera, y él no podía moverse. El terremoto seguía vibrando en su interior, y Montag permaneció allí, con las rodillas medio dobladas bajo el enorme peso de cansancio, el asombro y el dolor, permitiendo que Beatty le atacara sin que él levantase ni una mano.

—Montag, idiota, Montag, maldito estúpido; ¿qué te ha impulsado a hacer esto? Montag no escuchaba, estaba muy lejos, corría tras de su imaginación, se había marchado, dejando aquel cuerpo cubierto de hollín para que vacilara frente a otro loco furioso.

—¡Montag, márchate de ahí! —dijo Faber—.

Montag escuchó.

Beatty le pegó un golpe en la cabeza que le hizo, retroceder, dando traspiés.

La bolita verde en la que murmuraba la voz de Faber cayó a la acera. Beatty la recogió, sonriendo. La introdujo a medias en una de sus orejas. Oyó la voz remota que llamaba:

—Montag, ¿está usted bien?

Beatty desarmó el pequeño receptor y se lo guardó en un bolsillo.

—Bueno, de modo que aquí hay más de lo que me figuraba. Te he visto inclinar la cabeza, escuchando. De momento, he creído que tenías una radio auricular. Pero, después, cuando has empezado a reaccionar, he dudado. Seguiremos la pista de esto, y encontraremos a tu amigo.

—¡No! —exclamó Montag—.

Abrió el seguro del lanzallamas. Beatty miró instantáneamente los dedos de Montag, y sus ojos se abrieron levemente. Montag vio la sorpresa que expresaban y, a su vez, se miró las manos, para ver qué habían estado haciendo. Más tarde, al recapacitar sobre la escena, Montag nunca pudo decidir si fueron las manos o la reacción de Beatty para con ellas, lo que le impulsó definitivamente al crimen. El último derrumbamiento de la avalancha resonó en sus oídos, sin afectarle.

Beatty mostró su sonrisa más atractiva.

—Bueno, éste es un buen sistema para conseguir un auditorio. Apunta a un hombre y oblígale a escuchar su discurso. Suéltalo ya. ¿De qué se tratará, esta vez? ¿Por qué no me recitas a Shakespeare, maldito estúpido? No hay terror, Casio, en tus amenazas, porque estoy tan bien armado de honestidad que pasan junto a mí cual una tenue brisa, que no me causa respeto. ¿Qué te parece? Adelante, literato de segunda mano, aprieta el gatillo.

Adelantó un paso hacia Montag.

Montag sólo pudo decir:

—Nunca habíamos quemado...

Y, entonces, se produjo una estridente llamarada, y un muñeco saltarín, gesticulante, ya no humano ni identificable, convertido en una llamarada, se retorció sobre el césped, en tanto que Montag lanzaba contra él un chorro continuo de ardiente líquido. Se produjo un siseo como cuando un escupitajo cae sobre el hierro ardiente de una estufa, un borboteo y un espumear, como si se hubiese echado sal sobre un monstruoso caracol negro Para producir una terrible licuación y un hervor sobre la espuma amarilla. Montag cerró los ojos, gritó, gritó y forcejeó Para llevarse las manos a los oídos, para aislarse de aquel ruido. Beatty giró sobre sí mismo una y otra y otra vez, y, por último, se contrajo sobre sí mismo como si fuera un muñeco achicharrado y quedó silencioso.

Los otros dos bomberos no se movieron.

Montag contuvo su mareo el tiempo suficiente para apuntar con el lanzallamas.

—¡Volveos de espaldas!

Ambos obedecieron, con sus rostros totalmente descoloridos y húmedos de sudor; Montag les quitó los cascos y les golpeó en la cabeza. Ambos cayeron sin sentido. Ambos permanecieron tendidos y sin movimiento. El susurro de una hoja otoñal. Montag se volvió y el Sabueso Mecánico estaba allí. Estaba atravesando el césped, surgiendo de las sombras, moviéndose con tal suavidad que parecía una sólida nube de humo blanco grisáceo que flotara hacia él en silencio.

El Sabueso pegó un último salto y cayó sobre Montag desde arriba, con las patas de araña alargadas y la aguja de procaína asomando en su enfurecido morro. Montag lo recibió con un chorro de fuego, un solo chorro que se abrió en pétalos amarillos, azules y anaranjados en torno al perro de metal, que golpeó contra Montag y le hizo retroceder tres metros, hasta chocar contra el tronco de un árbol; pero no soltó el lanzallamas. Montag sintió que el Sabueso se apoderaba de una de sus piernas y, por un instante, clavaba su aguja en él antes de que el fuego lanzara al Sabueso por el aire, hiciera estallar sus huesos de articulaciones de metal, desparramando su mecanismo interior como un cohete arrojado en plena calle. Montag permaneció tendido, observando cómo el aparato se agitaba en el aire moría. Incluso entonces parecía querer volver junto a él y terminar la inyección que empezaba a causar efecto en la carne de su pierna. Montag experimentó una mezcla de alivio y de horror por haber retrocedido justo a tiempo para que sólo su pierna fuera rozada por el parachoques de un automóvil que pasó a ciento cuarenta kilómetros por hora. Temía levantarse, temía no ser capaz de volver a ponerse en pie, debido a su pierna anestesiada Un entumecimiento dentro de otro entumecimiento, y así sucesivamente...

¿Y ahora...?

La calle vacía, la casa totalmente quemada, los otros hogares oscuros, el Sabueso allí, Beatty más allá, los otros tres bomberos en otro sitio. ¿Y la salamandra? Montag miró el enorme vehículo. También tendría que marcharse.

«Bueno —pensó—, veamos cómo estás. ¡En piel Con cuidado, con cuidado... Así!»

Se levantó y descubrió que sólo tenía una pierna. La otra parecía un tronco de árbol que arrastraba como penitencia como algún pecado cometido. Cuando apoyó su pie en ella, una lluvia de alfileres de plata le atravesó la pantorrilla hasta localizarse en la rodilla. Montag lloró. «¡Vamos! ¡Vamos, no puedes quedarte aquí!»

Las luces de algunas casas volvían a encenderse calle abajo, bien a causa de los incidentes que acababan de ocurrir, o debido al silencio que había seguido a la lucha. Montag lo ignoraba. Cojeó por entre las ruinas tirando de su pierna maltrecha cuando le faltaba, hablando, susurrando y gritando órdenes a aquel miembro, Y maldiciendo y rogándole que funcionara, cuando tan vital resultaba para él. Oyó una serie de personas que gritaban en la oscuridad. Montag llegó al patio posterior Y al callejón. «Beatty —pensó—, ahora no eres un problema. Siempre habías dicho: "No te enfrentes con un problema, quémalo." Bueno, ahora he hecho ambas cosas. Adiós, capitán.»

Y se alejó cojeando por el lúgubre callejón. Cada vez que apoyaba el pie en el suelo, un puñal se clavaba en su pierna. Y Montag pensó: «Eres un tonto, un maldito tonto, un idiota, un maldito idiota. En buen lío te has metido. ¿Qué puedes hacer ahora? Por culpa del orgullo, ¡maldita sea!, y del mal carácter. Y lo has estropeado todo. Apenas comienzas, vomitas todos y sobre ti mismo. Pero, todo a la vez, todo, juntamente, Beatty, las mujeres, Mildred, Clarisse, Sin embargo, no hay excusa, no hay excusa. ¡Un maldito tonto! Ve a entregarte por propia voluntad. » No, salvaremos lo que podamos, haremos lo que se deba hacer. Sí hemos de arder, llevémonos a unos cuantos con nosotros. ¡Ea!»

Recordó los libros y retrocedió, por si acaso. Encontró unos cuantos allí donde los había dejado cerca de la verja del jardín. A Mildred, Dios la bendiga, la habían pasado por alto. Cuatro libros estaban ocultos aún, donde él los había dejado. Unas voces murmuraban en la noche, y se veía el resplandor de los haces de unas linternas. Otras salamandras hacían sonar sus motores en la lejanía, y las sirenas de la Policía se abrían paso con su gemido a través de la ciudad.

Montag cogió los cuatro libros restantes y cojeó y saltó callejón abajo y, de repente, le pareció como si le hubiesen cortado la cabeza y sólo su cuerpo estuviese allí. Algo en su interior le indujo a detenerse y, luego, le abatió.

Permaneció donde había caído, con las piernas dobladas y el rostro hundido en la grava.

Beatty había deseado morir.

En medio de su sollozo, Montag comprendió que era verdad. «Beatty quería morir. Permaneció quieto allí, sin tratar de salvarse. Se limitó a permanecer allí, bromeando, hostigándole», pensó Montag. Y este pensamiento fue suficiente para acallar sus sollozos Y permitirle hacer una pausa para respirar. ¡Cuán extraño desear tanto la muerte como para permitir a un hombre andar a su alrededor con armas, y, luego, en vez de callar y permanecer vivo, empezar a gritarle a la gente y a burlarse de ella hasta conseguir enfurecerla! Y entonces...

A lo lejos, ruido de pasos que corrían.

Montag se irguió. «Larguémonos de aquí. Vamos, levántate, levántate, no puedes quedarte ahí sentado.», pero aún estaba llorando, y había que terminar aquello. Iba a marcharse. No había querido matar a nadie, ni siquiera a Beatty. Se le contrajo la carne, como si la hubieran sumergido en un ácido. Sintió náuseas. Volvió a ver a Beatty, convertido en antorcha, sin moverse, ardiendo en la hierba. Montag se mordió los nudillos. «Lo siento, lo siento. Dios mío, lo siento... ».Trató de encajar las piezas, de volver a la vida normal de algún tiempo atrás, antes de la criba y la arena, del «Dentífrico Denham», de las voces susurradas en su oído, de las mariposas, de las alarmas y las excursiones, demasiado para unos breves días, demasiado para toda una vida.

Unos pies corrieron en el extremo más alejado del callejón.

«Levántate —se dijo Montag—. ¡Maldita sea, levántate!» —dijo a la pierna. Y se puso en pie—.

Parecía que le hundieran clavos en la rodilla; y, luego, sólo alfileres; y, por último, un molesto cosquilleo. Y tras arrastrarse y dar otra cincuentena de saltos, llenándose la mano de astillas de la verja, la molestia se hizo, por fin, soportable. Y la pierna acabó por ser su propia pierna. Montag había temido que si corría podría romperse el tobillo insensibilizado. Ahora, aspirando la noche por la boca abierta, y exhalando un tenue aliento, pues toda la negrura había permanecido en su interior, emprendió una caminata a paso acelerado.

Llevaba los libros en las manos. Pensó en Faber. Faber estaba en aquel humeante montón de carbón que carecía ya de identidad. Había quemado a Faber también. Esta idea le impresionó tanto que tuvo la sensación de que Faber estaba muerto de verdad, totalmente cocido en aquella diminuta cápsula verde perdida en bolsillo de un hombre que ahora apenas si era un esqueleto, unido con tendones de asfalto.

«Tienes que recordarlo: quémalos o te quemarán —pensó Montag—. En este momento, resulta así sencillo.»

Buscó en sus bolsillos: el dinero seguía allí, y en otro bolsillo, encontró la radio auricular normal con, que la ciudad hablaba consigo misma en la fría soledad de la madrugada.

—Policía, alerta. Se busca: fugitivo en la ciudad. Ha cometido un asesinato y crímenes contra el Estado Nombre: Guy Montag. Profesión: bombero. Visto por última vez...

Montag corrió sin detenerse durante seis manzanas, siguiendo el callejón. Y, después, éste se abrió sobre una amplia avenida, ancha como seis pistas. «A la cruda luz de las lámparas de arco parecía un río sin barcas; había el peligro de ahogarse tratando de cruzarla», pensó Montag. Era demasiado ancha, demasiado abierta. Era un enorme escenario sin decorados, que le invitaban a atravesarlo corriendo. Con la brillante iluminación era fácil de descubrir, de alcanzar, de eliminar.

La radio auricular susurraba en su oído:

—...alerta a un hombre corriendo... Vigilen a un hombre corriendo... Busquen a un hombre solo, a pie... Vigilen... Montag volvió a hundirse en las sombras. Exactamente delante de él había una estación de servicio, resplandeciente de luz, y dos vehículos plateados se detenían ante ella para repostar. Si quería andar, no correr atravesar con calma la amplia avenida, tenía que estar limpio y presentable. Eso le concedería un margen adicional de seguridad. Si se lavaba y peinaba antes de seguir la marcha para ir... ¿dónde?

«Sí —pensó—, ¿hacia dónde estoy huyendo?»

A ningún sitio. No había dónde ir, ningún amigo a quien recurrir, excepto Faber. Y, entonces, advirtió que desde luego, corría instintivamente hacia la casa de Faber. Pero Faber no podría ocultarle; sólo intentarlo, sería un suicidio. Pero sabía que, de todos modos, iría a ver a Faber, durante unos breves minutos.

Faber sería el lugar donde poder repostarse de su creencia, que desaparecía rápidamente, en su propia habilidad para sobrevivir. Sólo deseaba saber que en el mundo había un hombre como Faber. Quería ver al hombre vivo y no achicharrado allí, como un cuerpo introducido en otro cuerpo. Y debía dejar parte del dinero a Faber, claro está, para gastarlo cuando él siguiese huyendo. Quizá podría alcanzar el campo abierto y vivir cerca de los ríos o las autopistas, en los campos y las colinas.

Un intenso susurro le hizo mirar hacia el cielo. Los helicópteros de la Policía se elevaban desde un punto tan remoto que parecía como si alguien hubiese soplado una flor seca de diente de león. Dos docenas de ellos zumbaron, oscilaron, indecisos a cinco kilómetros de distancia, como mariposas desconcertadas por el otoño. Y, después, se lanzaron en picado hacia tierra, uno por uno, aquí, allí, recorriendo las calles donde, vueltos a convertir en automóviles, zumbaron por los bulevares o, con igual prontitud, volvían a elevarse en el aire para proseguir la búsqueda.

Y allí estaba la estación de servicio, con sus empleados que atendían a la clientela. Acercándose por detrás, Montag entró en el lavabo de hombres. A través de la pared de aluminio oyó que la voz de un locutor decía: «La guerra ha sido declarada.» Estaban bombeando el combustible Los hombres, en los vehículos, hablaban, y los empleados conversaban acerca de los motores, del combustible, del dinero que debían. Montag trató de sentirse impresionado por el comunicado de la radio, pero no le ocurrió nada. Por lo que a él respectaba, la guerra tendría que esperar a que él estuviese en condiciones de admitirlo en su archivo personal, una hora, dos horas más tarde.

Montag se lavó las manos y el rostro y se secó con la toalla. Salió del lavabo, cerró cuidadosamente la puerta, se adentró en la oscuridad y se encontró en un borde de la vacía avenida.

Allí estaba, había que ganar aquella partida una inmensa bolera en el frío amanecer. La avenida estaba tan limpia como la superficie de un ruedo dos minutos antes de la aparición de ciertas víctimas anónimas y de ciertos matadores desconocidos. Sobre el inmenso río de cemento, el aire temblaba a causa del calor del cuerpo de Montag; era increíble cómo notaba que su temperatura podía producir vibraciones en el mundo inmediato. Era un objetivo fosforescente. Montag lo sabía, lo sentía.

Y, ahora, debía empezar su pequeño paseo.

Unos faros brillaban a tres manzanas de distancia. Montag inspiró profundamente. Sus pulmones eran como focos ardientes en su pecho. Tenía la boca reseca por el cansancio. Su garganta sabía a hierro y había acero oxidado en sus pies. ¿Qué eran aquellas luces? Una vez se empezaba a andar, había que calcular cuánto tardarían aquellos vehículos en llegar hasta él. Bueno, ¿a qué distancia quedaba el otro bordillo? Al parecer, a un centenar de metros. Probablemente, no eran cien, pero mejor calcula, eso, puesto que él andaba lentamente, con paso tranquilo, y quizá, necesitase treinta segundos, cuarenta segundos para recorrer la distancia. ¿Los vehículos? Una vez en marcha, podían recorrer tres manzanas en unos quince segundos. De modo que, incluso si a mitad de la travesía empezase a correr...

Adelantó el pie derecho; después, el izquierdo, y luego, el derecho. Pisó la vacía avenida. Incluso aunque la calle estuviese totalmente vacía, claro está, no podía tener la seguridad de cruzarla sin riesgo, porque, de repente, podía aparecer un vehículo por el cambio de rasante a cuatro manzanas distancia y estar a tu altura o más allá antes de haber podido respirar una docena de veces. Montag decidió no contar sus pasos. No miró a izquierda ni a derecha. La luz de los faroles parecía tan brillante y reveladora como el sol de mediodía, e igualmente cálida. Escuchó el sonido del vehículo que aceleraba, a dos manzanas de distancia, por la derecha. Sus faros móviles se desplazaron bruscamente y enfocaron a Montag «Sigue adelante.»

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