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«espacio de experiencia» y «horizonte de expectativa» dos categorias historicas


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XIV

« ESPACIO DE EXPERIENCIA» Y « HORIZONTE DE EXPECTATIVA»


DOS CATEGORIAS HISTORICAS

I. Observación metódica preliminar



Puesto que tanto se habla en contra de las hipótesis, se debiera intentar alguna vez comenzar la historia sin hipótesis. No se puede decir que algo es, sin decir lo que es. Al pensarlos, se refieren los fac­ta a conceptos y no es indiferente a cuáles.(1) Con estas Frases resumió Friedrich Schlegel un siglo de consideraciones teóricas sobre qué era, cómo se conocía y cómo se debía escribir la historia. Al final de esta Ilustración histórica, provocada por una historia experimentada como progresista, está el descubrimiento de la «historia en y para sí». Dicho brevemente, se trata de una categoría trascendental que reúne las condiciones de una historia posible con las de su conoci­miento. (2) Desde entonces ya no es conveniente, aunque sea muy co­rriente, tratar científicamente de la historia sin aclararse respecto a las categorías en virtud de las cuales se va a expresar.

El historiador que recurre al pasado, por encima de sus propias vivencias y recuerdos, conducido por preguntas o por deseos, espe­ranzas e inquietudes, se encuentra en primer lugar ante los llama­dos restos que aún hoy subsisten en mayor o en menor número. Cuan­do transforma estos restos en Fuentes que dan testimonio de la historia cuyo conocimiento le interesa, entonces el historiador se mue­ve siempre en dos pianos. 0 investiga situaciones que ya han sido articuladas lingüísticamente con anterioridad, o reconstruye circuns­tancias que anteriormente no han sido articuladas lingüísticamen-

(1). Friedrich Schlegel: Kr.tisch_e_ Schnjren. bajo la dirección de W. Rasch, 2.' edic., Munich, 1964, pág. 51 (Fragmento del ateneo).

(2). Véase mi artículo «Geschichte, Historie», en Otto Brunner / Werner Conze / Rein­hart Koselleck (comps.), Geschichtliche Grundbegriffe, vol. 2, Stuttgart, 1975, pág. 647 sigs. Las reflexiones siguientes se basan en los trabajos del diccionario del lenguaje sociopolítico en Alemania, que ya se ha citado. En señal de agradecimiento están de­dicados a Werner Conze, sin cuyo estímulo incansable no se hubiese podido realizar la tarea científica común.

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te, pero que extrae de los vestigios con la ayuda de hipótesis y méto­dos. En el primer caso los conceptos tradicionales de la lengua de las fuentes le sirven como acceso heurístico para comprender la rea­lidad pasada. En el segundo caso, el historiador se sirve de concep­tos formados definidos ex post, es decir, de categorías científicas que se emplean sin que se puedan mostrar en los hallazgos de las fuentes.

Tenemos que tratar, pues, de los conceptos ligados a las fuentes y de las categorías científicas del conocimiento, que deben diferen­ciarse aun pudiendo relacionarse, pero no siendo necesario que lo estén. Con frecuencia, una misma palabra puede cubrir el concepto y la categoría históricos, resultando entonces aún más importante la clarificación de la diferencia de su uso. La historia de los concep­tos es la que mide e investiga esta diferencia o convergencia entre conceptos antiguos y categorías actuales del conocimiento. Hasta aquí, por diferentes que sean sus métodos propios y prescindiendo de su riqueza empírica, la historia de los conceptos es una especie de propedéutica para una teoría científica de la historia -conduce a la metodología histórica.

A continuación, al hablar de espacio de experiencia y de horizon­te de expectativa como categorías históricas, diremos de antemano Que estas dos expresiones no se investigan como conceptos del len­guaje de las fuentes. Incluso renunciamos conscientemente a deri­var de forma histórica el origen de estas dos expresiones, actuando en cierto modo en contra de la pretensión metódica a la que debiera someterse un historiador profesional de los conceptos. Hay situacio­nes en la investigación en las que el abstenerse de preguntas histórico­-genéticas puede agudizar la mirada sobre la historia misma. En todo caso la pretensión sistemática a la que aspira el procedimiento si­guiente queda más clara si anteriormente se renuncia a una historización de la propia posición.

Ya del uso cotidiano del lenguaje se desprende que, en tanto que expresiones, «experiencia» y «expectativa» no proporcionan una rea­lidad histórica, como lo hacen, por ejemplo, las caracterizaciones o denominaciones históricas. Denominaciones como «el pacto de Post­dam», «la antigua economía de esclavos» o «la Reforma» apuntan cla­ramente a los propios acontecimientos, situaciones o procesos his­tóricos. En comparación, «experiencia» y «expectativa» sólo son categorías formales: lo que se ha experimentado y lo que se espera respectivamente, no se puede deducir de esas categorías. La antici­pación formal de explicar la historia con estas expresiones polarmen­-

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te tensas, únicamente puede tener la intención de perfilar y estable­cer las condiciones de las historias posibles, pero no las historias mismas. Se trata de categorías del conocimiento que ayudan a fun­damentar la posibilidad de una historia. O, dicho de otro modo: no existe ninguna historia que no haya sido constituida mediante las experiencias y esperanzas de personas que actúan o sufren Pero con­ esto aún no se ha dicho nada acerca de una historia pasada, presen­te o futura, y, en cada caso, concreta.

Esta propiedad de la formalidad la comparten nuestras catego­rías con otras numerosas expresiones de la ciencia histórica. Recor­demos «señor y siervo», «amigo y enemigo», «guerra y paz», «fuerzas productivas y relaciones de producción»; o pensemos en la categoría del trabajo social, de una generación política, en las for­mas de construir una constitución, en las unidades de acción socia­les o políticas, o en la categoría de frontera, en el espacio y el tiempo. Siempre se trata de categorías que todavía no dicen nada sobre una determinada frontera, una determinada constitución, etc. Pero el hecho de que esta frontera, esta constitución o esta experiencia y aquella expectativa hayan sido cuestionadas y expuestas, presupo­ne ya el uso categorial de las expresiones.

Ahora bien, casi todas las categorías formales que hemos men­cionado se caracterizan por haber sido a la vez conceptos históricos, es decir, conceptos económicos, políticos o sociales, es decir, proce­dentes del mundo de la vida. En esto comparten la ventaja de aque­llos conceptos teóricos que en Aristóteles proporcionaban una visión intuitiva a partir de la comprensión de la palabra, de manera que el mundo cotidiano de la política quedaba superado en su, reflexión. Pero, precisamente respecto al mundo de la vida precientífico y a sus conceptos políticos y sociales, resulta evidente que se puede diferen­ciar y graduar la lista de las categorías formales derivadas de ellos. ¿Quién negará que expresiones tales como «democracia», «guerra o paz», «señorío y servidumbre», están más llenas de vida, son más concretas, más sensibles y más intuitivas que nuestras dos catego­rías «experiencia» y «expectativa»?

Evidentemente, las categorías «experiencia» y «expectativa» re­claman un grado más elevado, ya apenas superable, de generalidad, pero también de absoluta necesidad en su uso. Como categorías his­tóricas equivalen en esto a las de espacio y tiempo.

Esto puede fundamentarse semánticamente: los conceptos que se han mencionado, saturados de realidad, se establecen como catego­rías alternativas o significados que, al excluirse mutuamente, cons-

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tituyen campos de significación más concretos, delimitados cada vez más estrechamente, aun cuando permanezca su referencia mutua. Así la categoría del trabajo remite al ocio, la de guerra a la paz y vicever­sa, la de frontera a un espacio interior y a otro exterior, una genera­ción política a otra o a su correlato biológico, las fuerzas producti­vas a las relaciones de producción; la democracia a una monarquía, etc. Evidentemente, la pareja de conceptos «experiencia y expectati­va» es de otra naturaleza, está entrecruzada internamente, no ofrece una alternativa, más bien no se puede tener un miembro sin el otro, no hay expectativa sin experiencia, no hay experiencia sin expec­tativa­

Sin el ánimo de establecer aquí una jerarquización estéril, se pue­de decir que todas las categorías condicionales que se han mencio­nado para las historias posibles se pueden aplicar individualmente, pero ninguna es concebible sin estar constituida también por la ex­periencia y la expectativa- Por lo tanto, nuestras dos categorías indi­can la condición humana universal; si así se quiere, remiten a un dato antropológico previo, sin el cual la historia no es ni posible, ni siquiera concebible.

Novalis, uno de los testigos principales de aquel tiempo en el que empezó a tomar alas la teoría de la historia antes de consolidarse en los sistemas idealistas, lo formuló en una ocasión en su Heinrich von Ofterdingen. Ahí opinaba que el auténtico sentido de las histo­rias de los hombres se desarrolla tarde, aludiendo al descubrimien­to de la historia en el siglo XVIII. Sólo cuando se es capaz de abar­car una larga serie con una sola ojeada y no se toma todo literalmente ni se confunde petulantemente, sólo entonces se observa la concate­nación secreta entre lo antiguo y lo futuro y se aprende a componer la historia a partir de la esperanza y el recuerdo.(3)

«Historia» no significaba todavía especialmente el pasado, como más tarde bajo el signo de su elaboración científica, sino que apun­taba a esa vinculación secreta entre lo antiguo y lo futuro, cuya rela­ción sólo se puede conocer cuando se ha aprendido a reunir los dos modos de ser que son el recuerdo y la esperanza.

Sin detrimento del origen cristiano de esta visión, aquí se pre­senta un auténtico caso de aquella determinación trascendéntál de la historia a la que me refería al principio. Las condiciones de posi­bilidad de la historia real son, a la vez, las de su conocimiento. Espe­

(3). Novalis: «Heinrich von Ofterdingen» 1, 5, en Schriften, bajo la dirección de Paul Kluckhohn y Richard Samuel, 2º edic., vol. l, Stuttgart, Darmstadt, 1960, pág. 258.

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ranza y recuerdo o, expresado más genéricamente, expectativa y ex­periencia -pues la expectativa abarca más que la esperanza y la ex­periencia profundiza más que el recuerdo- constituyen a la vez la historia y su conocimiento y, por cierto, lo hacen mostrando y elabo­rando la relación interna entre el pasado y el futuro antes, hoy o mañana.

Y con esto llego a mi tesis: la experiencia y la expectativa son dos categorías adecuadas para tematizar el tiempo histórico por entre­cruzar el pasado y .el futuro. Las categorías son adecuadas para in­tentar descubrir el tiempo histórico también en el campo de la in­vestigación empírica, pues enriquecidas en su contenido, dirigen las unidades concretas de acción en la ejecución del movimiento social o político.

Expondremos un ejemplo sencillo: la experiencia de la ejecución de Carlos 1 abrió, más de un siglo después, el horizonte de las pers­pectivas de Turgot cuando instaba a Luis XVI a que realizase refor­mas que le preservasen del mismo destino de aquél. Turgot avisó en vano a su rey. Pero entre la revolución inglesa pasada y la francesa venidera se pudo experimentar y descubrir una relación temporal que llevaba más allá de la mera cronología. La historia concreta se madura en el medio de determinadas experiencias y determinadas expectativas.

Pero nuestros dos conceptos no están sólo contenidos en la eje­cución concreta de la historia, ayudándole a avanzar. En tanto que categorías son las determinaciones formales que explican esa ejecu­ción, para nuestro conocimiento histórico. Remiten a la temporali­dad del hombre y, si se quiere, metahistóricamente a la temporalidad de la historia.

Intentaremos clarificar esta tesis en dos pasos. En primer lugar esbozaré la dimensión metahistórica: en qué medida la experiencia y la expectativa, como dato antropológico, son condición de las his­torias posibles.

En segundo lugar intentaré mostrar históricamente que la coor­dinación de experiencia y expectativa se ha desplazado y modifica­do en el transcurso de la historia- Si sale bien la prueba, se habrá demostrado que el tiempo histórico no sólo es una determinación vacía de contenido, sino también una magnitud que va cambiando con la historia, cuya modificación se podría deducir de la coordina­ción cambiante entre experiencia y expectativa.

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II. Espacio de experiencia y horizonte de expectativa como categorías metahistóricas

Pido la comprensión de los lectores por empezar con la explica­ción del significado metahistórico y por tanto antropológico, pues sólo podré hacerla en un breve esbozo, al que me arriesgaré, sin em­bargo, a fin de distribuir mejor la carga probatoria. Al aplicar nuestras expresiones en la investigación empírica sin una determinación metahistórica que apunte a la temporalidad de la historia, caería­mos inmediatamente en el torbellino infinito de su historización.

Por eso, ensayemos algunas definiciones a modo de oferta: la ex­periencia es un pasado presente, cuyos acontecimientos han sido in­corporados y pueden ser recordados. En la experiencia se fusionan tanto la elaboración racional como los modos inconscientes del com­portamiento que no deben, o no debieran va, estar presentes en el saber. Además, en la propia experiencia de cada uno, transmitida por generaciones o instituciones, siempre está contenida y conservada una experiencia ajena. En este sentido, la Historie se concibió desde antiguo como conocimiento de la experiencia ajena.

Algo similar se puede decir de la expectativa: está ligada a perso­nas, siendo a la vez impersonal, también la expectativa se efectúa en el hoy, es futuro hecho presente, apunta al todavía-no, a lo no experi­mentado, a lo que sólo se puede descubrir. Esperanza y temor, deseo y voluntad, la inquietud pero también el análisis racional, la visión receptiva o la curiosidad forman parte de la expectativa y la cons­tituyen.

A pesar de estar presentes recíprocamente, no se trata de concep­tos simétricos complementarios que coordinan el pasado y el futuro como si fueran espejismos. (4) Antes bien, la experiencia y la expecta­tiva tienen modos de ser diferenciables. Esto queda explicado en una

(4). Véanse los análisis de Agustín en el libro 11 de sus Confesiones, donde las tres dimensiones del tiempo se remiten a la expectativa, a la percepción y al recuerdo en el espíritu, en el ánima. Además los análisis de Heidegger en Sein und Zeit, espe­cialmente en el capítulo 5 «Zeitlichkeit und Geschichtlichkeit», donde la constitu­ción temporal de la existencia [Dasein] humana se revela como condición de la histo­ria posible. Por supuesto que ni Agustín ni Heidegger han extendido sus preguntas al tiempo de la historia. Queda aquí como pregunta abierta si las estructuras tempo­rales intersubjetivas de la historia se pueden en todo caso deducir suficientemente de un análisis de la existencia. A continuación se intentan usar las categorías meta­históricas de experiencia v expectativa como indicadores de los cambios del tiempo histórico. La implicación histórica de toda experiencia ha sido descubierta por Hans­-Georg Gadamer en Wahrheit und Methode, Tubinga, 1960, pág. 329 sigs.

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frase del conde Reinhard, quien en 1820, después de volver a esta­llar sorprendentemente la revolución en España, le escribió a Goet­he: Tiene usted toda la razón, mi estimado amigo, en. lo que dice so­bre la experiencia- Para los individuos siempre llega demasiado tarde, para los gobiernos y los pueblos no está nunca disponible. El diplo­mático francés hizo suya una expresión de Goethe que se impuso en aquel momento, quizá también en Hegel y que certificaba el final de la aplicabilidad inmediata de las enseñanzas de la Historie. Sucede así –y quisiera llamar la atención sobre el pasaje que sigue sin per­juicio de la situación histórica en la que fue concebida, por primera vez, esta frase-, sucede así porque la experiencia ya hecha se expone unificada en un núcleo y la que aún está por realizar se extiende en minutos, horas, días, arios siglos, por lo que lo similar no parece nunca ser similar, pues en un caso sólo se considera el todo y en el otro partes aisladas. (5)

El pasado y el futuro no llegan a coincidir nunca, como tampoco se puede deducir totalmente una expectativa a partir de la experien­cia. Una vez reunida, una experiencia es tan completa como pasados son sus motivos, mientras que la experiencia futura, la que se va a hacer, anticipada como expectativa se descompone en una infinidad de trayectos temporales diferentes.

Nuestra perífrasis metafórica se corresponde con esta situación que ha advertido el conde Reinhard. De todos modos, ya se sabe que el tiempo sólo se puede expresar en metáforas temporales, pero evi­dentemente resulta más convincente hablar de «espacio de experien­cia » y «horizonte de expectativa » que, al contrario,, de «horizonte de experiencia» y «espacio de expectativa», aun cuando estas locucio­nes conservan su sentido. De lo que aquí se trata es de mostrar que la presencia del pasado es algo distinto de la presencia del futuro.

Tiene sentido decir que la experiencia procedente del pasado es espacial, porque está reunida formando una totalidad en la que es­tán simultáneamente presentes muchos estratos de tiempos anterio­res, sin dar referencias de su antes ni de su después. No hay una ex­periencia cronológicamente mensurable -aunque sí fechable según su motivo- porque en cualquier momento se compone de todo lo que se puede evocar del recuerdo de la propia vida o del saber de otra vida. Cronológicamente, toda experiencia salta por encima de los tiempos, no crea continuidad en el sentido de una elaboración aditiva del pasado. Antes bien, se puede comparar -utilizando una

(5). Goethe y Reinhadr. Briefwechsel; Francfort, 1957, pág. 246. Véase antes pág. 60.

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imagen de Christian Meier- con el ojo de cristal de una lavadora detrás del cual aparece de vez en cuando una pieza multicolor de toda la ropa que está contenida en la cuba­.

Y viceversa, es más preciso servirse de la metáfora de un horizonte de expectativa que de un espacio de expectativa. Horizonte quiere decir aquella línea tras de la cual se abre en el futuro un nueve espacio de experiencia, aunque aún no se puede contemplar. La posibilidad de descubrir el futuro choca, a pesar de los pronósticos posibles, contra un límite absoluto, porque no es posible llegar a experimentarla. Un chiste político actual lo aclara en forma de tópico: «En el horizonte ya es visible el comunismo», explica Kruschev en un discurso. Pregunta incidental de un oyente: «Camarada Kruschev, ¿qué es el horizonte?» «Búscalo en el diccionario», contesta Nikita Sergeievits. En casa, ese individuo sediento de saber encuentra en una enciclopedia la siguiente explicación: «Horizonte, una línea imaginaria que separa el cielo de la tierra y yace se aleja cuando uno se acerca». (6)

Sin perjuicio de la alusión política, aquí también se puede mostrar que lo que se espera para el futuro está limitado, en definitiva de otro modo que lo que se ha sabido ya del pasado. Las expectativas que se albergan se pueden revisar, las experiencias hechas, se reúnen.

De las experiencias se puede esperar hoy que se repitan y confirmen en el futuro. Pero una expectativa no se puede experimentar hoy ya del mismo modo. Por supuesto, la impaciencia por el futuro, esperanzada o angustiosa, previsora o planificadora, se puede reflejar en la conciencia. Hasta ahí se puede llegar a experimentar también la expectativa. Pero las circunstancias, situaciones o consecuencias de las acciones que pretendía la expectativa, ésas no son contenidos de la experiencia. Lo que caracteriza a la experiencia es que ha elabo­rado acontecimientos pasados, que puede tenerlos presentes, que está saturada de realidad, que vincula a su propio comportamiento las posibilidades cumplidas o erradas.

Así pues, repitamos de nuevo, no se trata de simples conceptos contrarios, sino que indican, más bien, modos de ser desiguales de cuya tensión se puede deducir algo así como el tiempo histórico.

Lo explicaré mediante un descubrimiento corriente. La heterogo­-

(6). Alexander Drozdzynski: Der potítische Witz im Ostblock, Düsseldorf, 1974, pág_ 80. -

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nía de los fines -«en primer lugar, sucede de otro modo, en segun­do, de lo que se piensa»- esta determinación específica de la serie temporal histórica se basa en la pretendida diferencia entre experien­cia y expectativa. La una no se puede convertir en la otra sin un hia­to. Incluso si se formula este descubrimiento como una proposición irrefutable de experiencia, no se pueden deducir de él expectativas rigurosas.

Quien crea que puede deducir su expectativa totalmente a partir de su experiencia se equivoca. Si sucede algo de manera distinta a como se esperaba, queda escarmentado. Pero quien no basa su ex­pectativa en su experiencia, también se equivoca. Lo hubiera podido saber mejor. Evidentemente, estamos ante una aporía que sólo se pue­de resolver con el transcurso del tiempo. Así, la diferencia indicada por las dos categorías nos remite a una característica estructural de la historia. En la historia sucede siempre algo más o algo menos de lo que está contenido en los datos previos. Este hallazgo no es tan sorprendente. Siempre puede suceder algo de modo distinto a como se espera; ésta es sólo una fórmula subjetiva para la situación obje­tiva de que el futuro histórico no se puede derivar por completo a partir del pasado histórico.

Pero hay que añadir que puede haber sido diferente a como se' llegó a saber. Ya sea porque una experiencia contenga recuerdos erró­neos que son corregibles, ya sea porque nuevas experiencias abran nuevas perspectivas. El tiempo aclara las cosas, se reúnen nuevas experiencias. Es decir, incluso las experiencias ya hechas pueden mo­dificarse con el tiempo. Los acontecimientos de 1933 sucedieron de­finitivamente, pero las experiencias basadas en ellos pueden modifi­carse con el paso del tiempo. Las experiencias se superponen, se impregnan unas de otras. Aún más, nuevas esperanzas o desengaños, nuevas expectativas, abren brechas y repercuten en ellas. Así pues, también las experiencias se modifican, aun cuando consideradas como lo que se hizo ere una ocasión, son siempre las mismas. Ésta es la estructura temporal de la experiencia, que no se puede reunir sin una expectativa retroactiva.

Es diferente lo que sucede con la estructura temporal de la expectativa, que no se puede tener sin la experiencia. Las expectativas que se basan en experiencias ya no pueden sorprender cuando suce­den. Sólo puede sorprender lo que no se esperaba: entonces se pre­senta una nueva experiencia. La ruptura del horizonte de expectati­va funda, pues, una nueva experiencia. La ganancia en experiencia sobrepasa entonces la limitación del futuro posible presupuesta por

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la experiencia precedente. Así pues, la superación temporal de las expectativas coordina nuestras dos dimensiones de una forma nue­va en cada ocasión.

Breve sentido para este discurso tan prolijo: la tensión entre ex­periencia y expectativa es lo que provoca de manera cada vez dife­rente nuevas soluciones, empujando de ese modo y desde sí misma al tiempo histórico. Esto se puede demostrar -aportando un último ejemplo- con especial claridad en la estructura de un pronóstico. El contenido en verosimilitud de un pronóstico no se basa en lo que alguien espera. Se puede esperar también lo inverosímil. La verosimilitud de un futuro vaticinado se deriva en primer lugar de los da­tos previos del pasado, tanto si están elaborados científicamente como si no. Se adelanta el diagnóstico en el que están contenidos los datos de la experiencia. Visto de este modo, es el espacio de experiencia abierto hacia el futuro el que extiende el horizonte de expectativa. Las experiencias liberan los pronósticos y los guían.

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