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Esdras Parra


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Esdras Parra

Revista EXCESO Venezuela Nº 184 1 de Abril de 2005
Artículos sobre Esdras Parra





EDITORIAL

La fugitiva
La vida de Esdras Parra, el autor de Juego limpio, publicado hace poco más de cuatro décadas por la naciente Monte Avila, y de otros cuantos títulos posteriores, es un silencioso fantasma, una huidiza filigrana de la historia social venezolana del siglo XX. Tal vez su innato sentido de la discreción, pero de seguro también el oficio que asumiera en recogimiento monacal —fue cuentista y poeta enemigo de la publicidad— lo ocultaron hasta hacerlo invisible fuera de los círculos intelectuales y de las embajadas de Sodoma y Gomorra de la capital de la República. Al fin y al cabo, en la vida de Esdras Parra, las letras ocuparon siempre, o casi siempre, y en el caso de la mayoría de los escritores criollos hasta el día de hoy, un recóndito y menospreciado espacio en el patio trasero de la nación.
Si la obra en prosa y en verso de Esdras Parra no trascendió el cotarro literario local, de por sí, según se dijo arriba, ignorado dentro y fuera de las fronteras de esta Tierra de Gracia, tampoco sus faenas, en el ámbito editorial y del periodismo cultural, como jefe de redacción de la notable revista Imagen de los años sesenta —a la sazón intenso transmisor de la vida intelectual latinoamericana—, como crítico de cine en las páginas del Papel Literario de El Nacional y como director de una consolidada Monte Avila, más tarde, le hicieron concentrar nunca, sobre su magra figura, los cenitales de la opinión pública. Esa circunstancia, y una decidida voluntad de evitar el escándalo, explican el silencio que lo rodeó cuando estaba vivo y, luego, a la hora de su muerte.
Porque habría que imaginar el destino de Esdras Parra, después de que se diera a conocer y divulgar el temerario y solitario acto que, habiendo recorrido más de “medio camino” de vida, lo transfigurara en un quirófano londinense, si en lugar de cuentista y poeta venezolano, el azar lo hubiera hecho pelotero, cantante de boleros o animador de televisión.
Habría sido imposible que el retraído merideño, varón de nacimiento, castrado por propia decisión y ataviado de mujer madura, regresara a Venezuela, pasando por debajo de la mesa, evitando el asedio de los medios y la primera plana de los periódicos que jamás ocupó. Hubiera sido imposible disimular en las breves notas biográficas que acompañan sus escritos en antologías o en las solapas de las ediciones de sus relatos y de sus poemas, el hombre que no quiso haber sido pero que fue. Le habría sido difícil destruir, como lo hizo, toda o casi toda la iconografía de su equivocada identidad original.
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P. 28 y ss.
Esdras Parra la poetisa que fue hombre
Carlos Flores

cflores@exceso.net


Su suave presencia reservaba no sólo un carácter recio, sino un escándalo que durante años animó murmuraciones en las peñas de la literatura venezolana. Tuvo el valor de volver a esa provincia melindrosa, tras una larga estadía en Europa y una insólita transformación: cuando fue hombre se le consideró uno de los cuentistas más brillantes de su generación; convertida en mujer sumaría su voz a la gran poesía de Venezuela. Hombre, mujer, o más bien un ángel, como lo llamó un amigo en el momento que partió de este mundo en noviembre pasado
Esdras Parra tenía tantos cojones que cuando le dio la gana de quitárselos para convertirse en mujer, lo hizo. Y no sólo eso, sino que regresó del extranjero —tras la metamorfosis de un sexo que no quería a otro que le suponía encontrar lo mismo que ansía cada uno de los seres humanos asentados en este planeta: felicidad— a la siempre hipócrita, puritana —cuando le conviene— y engavetada sociedad venezolana; y dio la cara, ahora maquillada y elegante, como la gran dama en que se había convertido, o ¿acaso siempre lo fue? “Puedo decir que fue una de las primeras personas en Venezuela que se hizo una operación de cambio de sexo”, escribe Walter Rodríguez en su libro Casi toda la verdad (Planeta 2002). “Siendo hombre amó mucho a una lesbiana. Esa fue la razón por la que se animó a cambiarse de sexo. Impulsado por el amor quiso transformarse en mujer para poder conquistarla, pero todo fue en vano porque ella finalmente se negó”.
Es el martes 16 de noviembre de 2004 y en la sala de terapia intensiva de la Clínica Integra, en la avenida Casanova, Torre Unicentro, frente a Pájarolandia, está acostada Esdras Parra. Han tenido que recluirla de emergencia. Sus hermanos están preocupados, al igual que sus amigos. No se puede hacer otra cosa, salvo esperar y rezar... y recordar, dar la oportunidad a que el pasado adquiera color y surjan pasajes, situaciones. De pronto una extraña imagen es catapultada desde el pasado. Es una escena apocalíptica y cruel, prácticamente sacada del libro de las Revelaciones: animales son arrastrados por la brutal crecida de un río, una vaca puede verse pataleando, mesas, sillas, hasta el techo de una casa, ¡todo el techo! semihundido y convulso entre aguas salvajes. Tres niños están presenciando esa demostración del incontrolable músculo de la naturaleza.
Son tres hermanos: María José, Mauro y Esdras. Sí, Esdras es un nombre extraído de las sagradas escrituras, que además va bien con la escena que se desarrolló en el merideño pueblo de Santa Cruz de Mora, por allá arriba, donde hace frío y todo era tranquilo. Pero ese río, el de aquel entonces (varias décadas atrás), no amenazaba a los hermanos Parra ya que, aunque la corriente pasaba por detrás de la casa donde vivían, nunca salía de su cauce.
Crecía pero no se derramaba. Bueno, pero aquello fue hace muchos años y hoy las cosas están un poco diferentes, faltan dos componentes de aquel relato: Esdras Parra ya no está; murió en noviembre de 2004. Y no sólo se ahogaron las vacas en Santa Cruz de Mora, sino que, tras el diluvio de hace algunos meses, todo el pueblo desapareció, como el fragmento de un exagerado relato de realismo mágico.
Es María José Parra, hermana de Esdras, la que hace memoria y conecta con el presente. “Recuerdo eso del río”, ha dicho tras pensar algunos segundos, como ordenando polaroids en los extensos archivos de la mente. “Pero no te puedo contar demasiadas cosas, cosas en las que compartimos. Porque no lo hicimos mucho”.
Entonces engancha ese comentario con otro que sorprende al periodista:
“Esa persona era muy retraída, no compartía con nosotros”. Y no será la última vez en que se referirá a Esdras —el que nació como su hermano pero que luego tendría que llamar hermana— con ese frío y distante par de palabras: “esa persona”.
Mauro y yo vivíamos bochinchando, encaramados en los árboles, jugando.
Pero Esdras se sentaba por ahí, limpiecito, siempre acomodado. Nunca tuvimos un contacto cercano, como el que pudieran tener otros hermanos”.
Aquí llega otra interrupción para activar la memoria y luego triscar en diferente dirección: “También recuerdo que una vez le dieron una paliza, porque resulta que hizo el símbolo nazi cerca de una iglesia y se lo llevaron preso. Y cuando mi papá se enteró le dio una paliza. El se prestó a hacer eso porque dibujaba, desde pequeñito fue un pintor”. Se graduó de bachiller en el liceo Libertador de Mérida y, como lo cuenta su hermana, aún notablemente consternada, “empezó con la loquera de que quería irse. El estaba muy metido con el Conac y también con la política. Era adeco”. Tras un impasse con su madre, que había enviudado, Esdras Parras, ese muchacho tranquilo y callado de apenas diecisiete años de edad, se va a Europa, becado, abriendo una enorme brecha familiar que a duras penas trataba de cerrar con alguna carta esporádica que enviaba a María José o breves visitas a su tierra natal. Aunque su hogar, el verdadero, era Londres, donde vivió inicialmente durante once años, hasta que regresó para ocupar un cargo en Monte Ávila como asistente a la dirección editorial. Paralelamente escribe narrativa, compilada en tres libros que lo situaron como una notable voz dentro de la literatura venezolana: El insurgente (1967), Por el Norte el Mar de las Antillas (1968) y Juego Limpio (1968). Fue miembro fundador de la revista Imagen, “y jefe de redacción desde sus inicios hasta 1971”, apunta José Napoleón Oropeza, presidente del Ateneo de Valencia e íntimo amigo de Esdras desde una noche de noviembre de 1974, cuando le conoció en casa de Oswaldo Trejo. “Yo no sabía qué era, no podías distinguir si era hombre o mujer. La gente pudiera pensar que era homosexual, pero no. Esto no tiene nada que ver con el homosexualismo. Y tampoco nuestra amistad se basó en lo que hacía el otro desde el punto de vista sexual. A nosotros nos unió la literatura y la vida. Lo cual no quiere decir que yo tenga que censurar a la gente que consume drogas o toma alcohol”. Oropeza asegura que, además de su físico, lo que más le llamó la atención de Esdras Parra fue la entrega con que asumía el hecho literario y su honestidad para leer. “Al principio me habló de Castañeda. Era una gran amante de la literatura inglesa y norteamericana.
Conocía inglés, francés, italiano y era traductora. Pero lo que más le gustaba era leer poesía y filosofía.
Capté enseguida que no le gustaba hablar de lo que escribía sino de lo que leía. Tenía gran desconfianza por sus cosas, un gran temor por mostrarlas a los demás”.
Varias parejas se le conocieron a Esdras Parra, entre ellas una mujer francesa, de nombre Danielle y, como escribe Walter Rodríguez: “Se ha dicho que quiso mucho a las mujeres y hasta tuvo un fugaz romance con una escritora consagrada en nuestro país”. Antonia Palacios es el nombre que ha recorrido prolíficamente entre las fuentes consultadas. “Esdras había querido ser mujer por mucho tiempo antes de viajar a Londres, deseo que manifestaba abiertamente, como cuando iba a comprar ropa femenina asesorado por sus amigas”.
TRAS UN IMPASSE CON SU MADRE, QUE HABÍA ENVIUDADO, ESDRAS PARRAS, ESE MUCHACHO TRANQUILO Y CALLADO DE APENAS DIECISIETE AÑOS DE EDAD, SE VA A EUROPA, BECADO, ABRIENDO UNA ENORME BRECHA FAMILIAR QUE A DURAS PENAS TRATABA DE CERRAR CON ALGUNA CARTA ESPORÁDICA QUE ENVIABA A MARÍA JOSÉ O BREVES VISITAS A SU TIERRA NATAL
El año 1978 resultaría clave para Esdras Parra, una suerte de estación donde finaliza un viaje y comienza otro que se lleva tiempo anhelando realizar. Ahí estaba, marcado por el des-tino. “Yo sé leer el tarot”, detalla José Napoleón Oropeza. “Y un buen día Esdras me dice que le lea las cartas. Y ahí veo que está en una encrucijada, que incluso había como un tránsito sexual o del alma, como si se tratara de una muerte y una resurrección al mismo tiempo. Recuerdo que Esdras se paró, se puso tensa y me dijo: ‘Me has dicho cosas muy importantes pero eso lo sabrás después’ . Yo iba a Londres a estudiar mi doctorado y ella también, pero se iba como tres meses antes que yo”. Esdras se marcha a Londres en una etapa de experimentación, donde ella misma transmutaría primero psicológica y luego físicamente. Pero también es un tiempo de introspección, de viajes exploratorios dentro de los confines de la psicodelia y la vida azarosa.
Poco antes de que José Napoleón le siguiera, recibe una carta donde le decía que su lectura del tarot era sumamente acertada y le había dicho simbólicamente lo que sucedería. “Yo te veré en el aeropuerto de Heathrow”, le escribió.
Pero quiero que sepas que Esdras, el que tú conociste, murió y quien te recibirá será una mujer”.
José Napoleón, sorprendido, se dirigió a la casa de María José Parra, en la urbanización El Trigal de Valencia. “Estábamos sentados aquí los dos”, recuerda María José. “Y me cuenta, me enseña una tarjeta que Esdras le había enviado.
Yo me iba a desmayar”, asegura, crispándose. Su hermano se convertiría en mujer. “Me puse mal. Pasé una semana terrible. Esa persona me hizo sufrir muchísimo.
Después recapacité y recé mucho. Si ella se sentía bien, ¿por qué no apoyarla?”.
Cuando José Napoleón Oropeza por fin se encontró con Esdras en el aeropuerto de Heathrow, el 31 de agosto de 1978, ciertamente no era su amigo sino una señora.
Sin embargo, de la manera más natural, le dijo: “Qué bien estás, qué bella estás”. Esdras nunca regresó a Londres.
Mi hermana”, así la llama Oropeza devotamente, “decidió no volver más allí, porque, repetía siempre, no quería retornar adonde había sido tan feliz, a pesar de que aborrecía el clima londinense”.
Walter Rodríguez escribe que fue lento y difícil el proceso, “en el cual tuvo que correr el riesgo de una cirugía que lo transformó en mujer. Su ausencia duró más de lo que la propia Esdras había previsto, porque tuvo que aprender a impostar la voz en un tono femenino, algo que le llevó mucho tiempo”. Luego resalta que lo más interesante de Esdras fue su vida, sobre todo por la época en que tomó esta decisión tan asombrosa. “Por lo general, los travestis y los transformistas no se juegan por el amor; para ellos, todo es tener una falda, unos tacones, una buena peluca y una gran caja de maquillaje. Esdras, en cambio, nunca fue un hombre afeminado, y más tarde cuando regresó como mujer, no se escondió, ni se fue a una cueva donde nadie la viera para escribir sobre lo que había vivido. No, por el contrario, siempre ha sido una persona muy digna, muy valiente, nunca la he visto comentar absolutamente nada, ella sigue su camino incólume”.
Rodríguez afirma haber escrito sobre Esdras para “aclarar lo que otras versiones fabuladas pudieran haber contado mal, como es el caso de Francisco Rivera, quien en su libro Voces al atardecer, con el que ganó el Premio Miguel Otero Silva, narró la historia desde un punto de vista errático e injusto”.
En Voces al atardecer aparece Bela, un personaje transexual que, vox populi, estaría basado en Esdras Parras. En un fragmento se lee: “Bela no quería a nadie, su mente era un lodazal o un desierto.
No sería nunca una mujer. Por más que se pusiera faldas, tacones altos y más maquillaje que la Taylor en Cleopatra, seguía y seguiría siendo un hombre... Tomás Beckett, por fin, me estaba hablando. Era un hombre endemoniado, Bela, un monstruo sin piedad”.
Aunque, al ser consultado, Francisco Rivera, nervioso y sorprendido declaró haber conocido a Esdras Parra apenas en el año 1976, en Monte Avila y que era muy poco lo que podía referir de ella.
Mientras que repitió con intensidad que su novela no tenía nada que ver con ella.
“Es una obra de ficción, y lo importante es la obra en sí”, dijo a secas.
A su regreso a Venezuela se encuentra con su hermana María José en Mérida.
Al verla, ya estaba preparada. “Le pedí a dios que me iluminara, le dije que contara conmigo... pero qué elegante y bella se veía. No era como un transformista, sino muy natural. Esdras tenía una voz muy suave, bajita. La clase que tenía esa persona... Nos seguimos viendo en Caracas, nos tomábamos un café en Sabana Grande pero nunca en su apartamento. Era imponente, tenía un carácter bien fuerte”.
Esdras continuó durante un tiempo en la revista Imagen, pero no en Monte Avila. En 1993 obtuvo el Primer Premio de Poesía de la II Bienal Mariano Picón Salas con Este suelo secreto, que se publicó en 1995 por Monte Avila Editores, y su más reciente publicación fue el poemario Aún no, editado por el poeta Victor Bravo bajo su sello El otro, el mismo.
“En la poesía de Esdras hay un lenguaje distinto”, explica José Napoleón Oropeza, “un sentido de despojamiento de la interioridad, un desdoblamiento que revela su condición humana; esas zonas en las que se debatió a lo largo de su vida.
Había una búsqueda angustiosa por abolir todo sentimiento y existe un jue-go de máscaras. El extremado amor (manuscrito inédito) es como la conjunción de las virtudes de sus primeros cuentos con su poesía”.
También fue miembro activo del Círculo de Dibujo de Caracas durante varios años “Era muy reservada”, la recuerda Myriam Alamo, compañera dibujante. “Durante un tiempo no participaba mucho en las exposiciones, aunque luego de unos años para acá sí lo hizo.
Dibujaba estupendo, con mucha espontaneidad”.
Fue una llamada de alarma la que recibió José Napoleón Oropeza en febrero de 2004. Esdras le solicitó que fuera a Caracas porque tenía que comunicarle algo grave. Le había salido una cosa en la lengua que le estaba molestando.
Me la voy a operar”, le dijo.
Un año antes, en medio de un almuerzo, le había confiado a José Napoleón que se estaba preparando para morir. Había leído El oscuro lado del infinito de Carlos Castañeda y se sentía lista para dejar este mundo. “Cuando le hicieron la biopsia le salió un tumor maligno. Eso fue en febrero y en junio o julio tuvo una recaída. El cáncer se había convertido en metástasis”, recuenta un visiblemente sentido José Napoléon Oropeza.
Tres semanas antes de su muerte, los dos viejos amigos almorzaron juntos cerca del apartamento de Esdras en Los Palos Grandes. “Luego del almuerzo empezó a llover muchísimo, a cántaros.
El aguacero más grande que he presenciado en este país. Ella pagó la cuenta con un cheque. Afuera yo tomé un taxi.
No quiso que la acompañara de regreso a su edificio. En la esquina hay una mata de caucho con las raíces hacia fuera.
De pronto vi a Esdras de pie, con su paraguas, como si estuviera pegada al árbol, a sus raíces. Yo sabía que era la última vez que la vería”. Y tenía razón.
El 17 de noviembre de 2004 fue su segundo día en la Clínica Integra, de la avenida Casanova. Anteriormente había estado recluida en la Clínica El Avila, pero tuvo que cancelar la cuenta con su propio dinero. Así que recurrió al seguro del Conac, que la llevó a la Clínica Integra donde pasaría los últimos tres días de su insólita vida. “El último mes de su enfermedad se sentía tan mal que me maltrataba a mí y a mi hermano. Estaba más agresiva que antes, más ácida”, recuerda su hermana, María José. “Yo nunca pensé que se iba a morir tan rápido, en tres días... todo eso me tocó vivirlo junto a ella. Nunca compartimos mucho como hermanos, pero era mi hermana y yo le tenía mucho cariño”. El seguro del Conac canceló lo que le correspondía, pero quedó una deuda de siete millones de bolívares a la espera de ser saldada. “No puedo movilizar la cuenta de Esdras, por el cambio de sexo, pero eso se ha solucionado bastante”.
En algún lugar del pasado quedaron las caminatas junto a José Napoléon Oropeza en la playa del hotel Tanit, en Hammamet, Túnez, una magnífica Semana Santa. A las dos de la tarde del jueves 18 de noviembre, Esdras Parra, la persona, no el personaje, murió. José Nepoleón sintió un estruendo fuertísimo y sin que nadie se lo dijera sabía lo que había ocurrido. “Se fue como había vivido:
Sigilosa, sin hacer ningún ruido”, y segura de haber completado su máxima obra, el poema mayor, que fue ella misma y su cuerpo, un verso lacerante y paradójico.
Pero valiente, como pocas o pocos.
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La voz que llego a ser
A Esdras Parra lo conocí a través de Roberto Guevara, Sonia Sanoja y Alfredo Silva Estrada, sus compañeros de estudio en la Escuela de Filosofía de la Central, en 1954 o a comienzos del año siguiente. Lo traté menos en Caracas que en París, adonde todos ellos se fueron, dos años antes que yo, para continuar sus estudios universitarios.
Del período caraqueño siempre he mantenido el recuerdo de un verso ( “Caballo tallado en lentitud” ) del primer poema que publicó, de su hablar invariablemente pausado y en voz baja, y de su tranquilidad plagada de tensión inexpresada.
En París, adonde llegué en 1958, nos hicimos realmente amigos durante el año que allí compartimos, al calor de los encuentros, entonces sí muy frecuentes, a propósito de ir al cine, al teatro, a las exposiciones o de paseo a las afueras, pero sobre todo en las reuniones en casa de Antonia Palacios, a cada rato y con cualquier pretexto.
La reencontré en Caracas, a poco de su regreso de Londres y algún tiempo después de su cambio de vida, del cual por supuesto ya estaba enterado, aunque no solamente por lo que se escuchaba aquí y allá sino por boca del entrañable amigo común Oswaldo Trejo. Un día me llamó por teléfono para convocarme a la reunión del jurado que formábamos junto con José Napoleón Oropeza para otorgar el premio de la Bienal José Rafael Pocaterra en su mención prosa.
Cuando me acerqué lo suficiente a la mesa de café donde ya ellos dos se encontraban, me dijo: “Hola Alfredo, ¿me encuentras muy cambiada” ?
Creo que no es por nada que mi recuerdo de Esdras se cifra en su voz baja, su hablar pausado y su tácita tensión psicológica. Ahora que he vuelto a pensar en ello, es así como sentí su presencia a lo largo del recorrido que nos tocó compartir bajo el signo de la amistad. Y por lo que a mí respecta, de la alta estima a su obra literaria. Como algunos recordarán, después de unos primeros intentos poemáticos, la escritura de Esdras se decidió primeramente por la crítica cinematográfica y la narrativa, el cuento.
También he recordado siempre con gratas resonancias el título de uno de ellos, que fue premiado en un concurso de la Universidad del Zulia: Por el Norte el Mar de las Antillas. Celebro que su decisión final dentro de la escritura haya sido por la poesía: los dos libros en que su obra consta contienen viva la que finalmente llegó a ser su voz.

Alfredo Chacón
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Swinging Esdras
En noviembre pasado murió Esdras Parra. Yo la traté contadas veces, que bastaron para que le tomara un aprecio y una admiración especiales.
Nos presentó Alfredo Silva Estrada, con quien Esdras tenía una vieja amistad.
Estudiaron en la Universidad Central por los mismos años, junto a Roberto Guevara, Alfredo Chacón y Sonia Sanoja; recién llegado de un pequeño pueblo andino, comenzó a interesarse con avidez en la poesía y en la prosa narrativa, y a escribir.
Allí, en esa casa hospitalaria regida por el sillón de Alfredo, la vi por primera vez. Antes de eso era una especie de mito por su rareza. Encontré una mujer habladora, mala lengua, algo sombría y muy inquieta. Al despedirnos de Alfredo y Sonia, subimos caminando hasta una arepera de El Rosal, donde estuvimos comiendo y conversando hasta tarde.
Después nos encontramos en varias oportunidades. Esdras era una persona solitaria que estaba dispuesta a reunirse con uno en cualquier momento. O casi.
Era también una mujer amable que podía ser un tanto mandona. Una vez fuimos juntos al cine, a la Cinemateca.
Daban El Gallo de oro, basada en un cuento de Rulfo y con guión de Carlos Fuentes y García Márquez. Antes que comenzara la película, Esdras fue al baño, yo entré en la sala, me senté en una butaca del medio, las que me gustan.
Cuando Esdras llegó, prácticamente me ordenó que nos sentáramos en otro lugar. Yo acaté la orden. No estaba dispuesto a perder su amistad por una butaca.
Las veces que coindicimos, en casa de Alfredo y en el café Arábiga de Altamira (donde también tenía lugares preferidos a los que me ordenaba cambiar en caso de que yo ocupara otro), hablamos de películas, de actrices, de poetas, de sus viajes, de amigos. Daba gusto oírla echar sus cuentos, criticar, arbitraria y sabrosamente, los libros y la gente, y recordar sus andanzas por varias ciudades del mundo. (Para mí es difícil recordar a Esdras sin imaginar los zapatos New Balance que se compró para callejear dos semanas en San Francisco y que usaba para andar de arriba a abajo en Caracas).
También tenía una lúcida fascinación por el cine, y eso, que fuera una de las cosas comunes a su generación, educada bajo el perezjimenismo, el boom petrolero y la mitología del Hollywood de los años cuarenta y cincuenta, era algo que también ejercía en soledad. Como no tenía para ver videos en su casa y detestaba la televisión, rondaba los cines de Caracas casi todas las noches.

L e encantaba contar cuentos de sus amigos. Algunos eran terribles. Fue amiga de David Suárez, el guionista de Disparen a matar. Una vez fue- ron juntos a Manicuare, en la península de Araya, enfrente de Cumaná. David Suárez tenía tantos amigos en Manicuare que le daban las llaves hasta de la casa de Salmerón Acosta, el poeta mártir del pueblo. Salmerón murió de lepra y en su casa, en una colina frente al mar. David Suárez llevó a Esdras a esa casa. Esdras contaba que David se había acostado en la cama de Salmerón, cosa que ella, con reverencia andina, reprobaba. “No te acuestes allí, David”, le decía, “y David no me hacía caso, se reía”. A los meses el guionista moría de sida en Caracas.
Vivió varios años en Londres, adonde regresó para hacerse el cambio de sexo que transformaría algo más que eso en su vida. Muchos de sus amigos, y en especial el crítico literario que conminó a Esdras a hacerse la operación sexual, le sacaron el cuerpo; otros lo admiraban por su valentía en términos más bien machistas: “Hay que tener bolas para hacer lo que hizo Esdras”, decía de forma brutal un poeta caroreño amigo suyo. Todos la veían como un freak, como una vaina rara. Acaso por su imagen, no ocupó la dirección de la revista Imagen; es de imaginar la ordalía sexista que ha debido padecer en otros ámbitos aún menos permisivos. Esdras guardaba una extrema discreción sobre un asunto que era parte importante del cotilleo cultural venezolano: su misma condición de transexual. Aunque no era nada discreta en otras cosas.
De sus años en Londres le quedó una amistad con Guillermo Cabrera Infante y Miriam, su mujer. Esdras entrevistó alguna vez al escritor cubano y escribió una nota sobre Tres tristes tigres para Imagen. En esos tiempos la novela latinoamericana explotó, aparentemente:
hizo boom. Le gustaban en especial Onetti y Cabrera Infante, y también, mucho, el Cortázar de los cuentos. Del primero contaba que, en su visita a Caracas, huraño y antipático, sólo estaba interesado en las putas de Sabana Grande.
Le encantaba el mundo de Onetti, pero en lo personal, le resultó intratable. Cabrera Infante sencillamente la hacía feliz como lectora. Eso pude inferir cuando, al leer Puro humo, su libro sobre el tabaco, me dijo que había sido como tener un orgasmo. Al día siguiente, ella, que no fumaba, salió a comprarse una caja de puros. No pudo fumar más de uno.
Fue a Londres en los tiempos del Swinging London, de las cadencias y decadencias de un mundillo venido a menos —o a más. Todo estaba en el cambio: de políticas, de parejas, de modas, de música. Esdras se hizo una operación que muchos en su momento no vacilarían en llamar revolucionaria.
Guillermo y Miriam se disfrazaban”, me dijo una de las tantas veces que hablaba de ese tiempo. Hablaba de la adopción de la moda sesentosa londinense por parte de los Cabrera Infante, recién exilados en Londres. No lo reprobaba: era su forma de hablar de los amigos.
El mismo Cabrera Infante lamentaba un día que después de la operación de sexo, Esdras no los llamó más; y que no entendía su actitud, porque habían sido muy cercanos; vivían a dos cuadras de distancia y eran amigos.
Esdras era discreto, taciturno y algo montuno. Aquel alboroto frívolo le decía muy poco y le afectó menos. Tampoco tenía oído para los cantos de sirena revolucionarios ni para las poses espirituales: ni adolescente iluminado, ni sabio Salomón, parecía de cerca y de lejos más bien una institutriz inglesa. Una institutriz salida de una novela de Henry James (aunque en franelilla y con zapatos deportivos) ; no la pueril Mary Poppins.
Vivió en Londres con lo que le enviaba Imagen por sus colaboraciones. No era mucho, pero sí suficiente. Escribió relatos y crónicas de cine. Así vivió cuatro años en una ciudad que le hacía ilusión desde su infancia. “Desde niño tuve una fascinación por Londres, a partir de las novelas de Dickens y otros escritores ingleses”.
Le parecía que las inglesas tenían las mejores piernas (es posible que sean las piernas más descubiertas del mundo, porque desde su invención la minifalda aquí no ha pasado de moda). Claro que vivir en Inglaterra no fue sólo sueño; a veces pasó el frío hereje por no poder pagar la calefacción. Cierto que de pasar frío sabía Esdras, nacida en Los Andes. No por nada uno de sus últimos libros de poemas, publicado en Mérida, se llama Antigüedad del frío.
No he conocido muchas personas tan independientes de criterio como Esdras.
Lo mostraba también cuando hablaba de política, un tema cada vez más inevitable en Venezuela, aunque no se apasionara por él. Una vez me dijo: “Más allá del horror, veo esto un poco ridículo. Esto es un espejo del país”. Tanto la oposición como el gobierno le merecían críticas, por la histeria informativa de unos y por la brutalidad caudillesca de los otros.
Hasta el final publicó sus poemas, críticas y ensayos literarios tanto en El Nacional como en la Revista Nacional de Cultura, dirigida por Gustavo Pereira.
Esto, más que prueba de indiferencia o camaleonismo intelectual, pienso que era una forma de ser escéptica ante la gente que asume la literatura como trinchera política o de forma sectaria.
Un día le pregunté por qué no se había quedado en Londres, donde había sido feliz. Me dijo: “Porque no, porque al final uno es de aquí”.

Leonardo Rodríguez
desde Londres


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