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Epistolario Carta 1 (fragmento) Ezequiel a Mariano Cuartero


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I) Epistolario

Carta 1 (fragmento)

Ezequiel a Mariano Cuartero

Informa sobre sus primeros contactos con los tagbanuas de los alrededores de Puerto Princesa, la construcción de la iglesia de Puerto y su situación económica

[Puerto Princesa, julio de 1872]1

… yo, del visaya que entienden bastante, y algunos que entienden algún tanto en tagalog. En esta conversación con el intérprete he sabido que fuera ya de esta bahía hay ocho o diez bautizados de estos tagbanuas2 que siguen obrando lo que antes. Acerca de esto también he sabido, de boca del mismo Maestre de Campo (cabeza de los tagbanuas de estas inmediaciones), que él es cristiano y que también lo son algunos de su familia. Pero, según me han enterado, siguen también haciendo lo que antes. Este maestre es el que prometió a la comisión3 que traería gente a Puerto Princesa para que se establecieran en el lugar que el gobernador destinase.

Hasta ahora no hay ninguno. En cierto modo, me alegro de que no vengan a Puerto Princesa. Deseo que formen población, pero no en Puerto Princesa. Muchas veces me he acordado de que vuestra reverencia me dijo al salir: «Si hay punto a propósito fuera del establecimiento militar, procura que allí se forme una misión». Yo comprendí el por qué decía vuestra reverencia esto, pero ahora veo con más claridad el motivo que movió a vuestra reverencia a decírmelo. ¿Qué pensarían de nuestra religión los nuevos cristianos, al ver las cosas que aquí se hacen, cosas que necesariamente habían de ver? Y no sólo verían, sino que oirían. Y, sin recelo alguno, me atrevo a decir que les serían dirigidas pretensiones diabólicas y solicitaciones infames de parte de los que aquí residen. Estoy seguro de esto4.

La iglesia, padre nuestro, creo que no la veré concluida en todo este mes. Sus dimensiones son de 21 metros de larga por 12 de ancha. Tiene dos pequeñas naves, y tendrá dos torres. Los materiales son caña y nipa5. Creo que no durará cuatro años.

También están trabajando en el convento6, que será hecho de los mismos materiales.

A la pregunta que vuestra reverencia me hace sobre dinero, ya puede suponer vuestra reverencia cómo estamos por mi carta anterior. Después de haber pagado las cuentas de junio de carne, pan, jabón, aceite y otras cosillas de casa, son diez pesos los que me quedan en limpio del dinero que traje, y doce misas que aquí me han dado y ocho pesos que me dieron de la cuarta funeral de dos marineros.

Ha habido siete defunciones más, pero de gente de presidios y otros a quienes he enterrado de limosna.

No hay nada más de interés. Afectos del padre Antonio7, y los respetos de su hermano y menor súbdito, seguro servidor que su mano besa.

Fray Ezequiel Moreno

Carta 2

Ezequiel a Mariano Cuartero

Describe su primera expedición a los ríos Inagauan y Aborlan. Es «imprescindible» que un misionero se establezca en el primero. En Aborlan hay joloanos que tienen amedrentados a los naturales. Babuyan y Tulariquin, visitas de Taytay, están abandonadas

Puerto Princesa, 27 de agosto de 1872

Mi respetable padre nuestro:

Ha tres días hoy que he llegado de hacer una visita a dos ríos distantes de aquí, el uno de siete a ocho leguas, y el otro de once a doce, y con gran satisfacción de mi parte voy a explicar a vuestra reverencia lo que he visto y lo que he podido hacer, con la ayuda de Dios, contribuyendo también bastante el portador de ésta.

El primero de los ríos tiene bastante gente, y es llamado Inagauan. Éste es el punto donde se hallan los seis o siete cristianos de que le hablé a vuestra reverencia en mi anterior: que vivían como si tales no fueran. Aquí se halla también el llamado de ellos Maestre de Campo, que es un superior de ellos. Éste, pues, con los muchos que hay, se ha ofrecido a reducirse a poblado, y al efecto han señalado ya el punto para formar el pueblo. No puedo decir nada sobre la salubridad del punto elegido, pero lo que creo imprescindible es no dejarlo de la mano, si se quiere que en efecto se forme el pueblo.

Yo les ofrecí que iría a vivir con ellos, y en efecto, padre nuestro, estoy dispuesto a ir con el beneplácito de vuestra reverencia Lo creo necesario por de pronto. Si, después de formado el pueblo y de acostumbrarse a vivir en él, se ve que aquello es malsano, podrán seguir viviendo más fácilmente en el pueblo, aunque ya se dejara como de visita de Puerto Princesa. Pero, por de pronto, creo preciso que uno se sacrifique a vivir entre ellos, y, como he dicho a vuestra reverencia, yo, de mi parte, me ofrezco gustoso a hacerlo. Otro cualquiera lo podrá también llevar a efecto tan bien o mejor que yo, porque yo no tengo ventaja alguna, porque el idioma lo ignoro y tendría que aprenderlo estando entre ellos. Pero le manifiesto a vuestra reverencia mi voluntad para que obre según le parezca.

El otro río que visité fue el llamado de Aborlan. En este punto, para hacer algo, habría que quitar algún obstáculo. Este obstáculo son unos cuantos joloanos situados allá, a quienes los naturales temen de un modo tal que no es posible explicar. Hay algunos de estos joloanos que no serían un gran obstáculo, pero hay uno, en especial, al cual le vi armado de su cris8, acompañado de cuatro o cinco, armados también de crises y lanzas, que es malo, muy malo. Les ha metido en la cabeza a los naturales que a él no le pasan las balas, que en Joló no eran nada cien hombres para él, y otras cosas por el estilo. Y por echarla así de matachín, le han cobrado tanto miedo que sus mandatos son respetados sólo por ese miedo, aunque algunos de ellos son hasta tiránicos. Lo cierto es que se han situado ahí y son los amos. Yo las casas que vi eran todas de joloanos; los naturales están mucho más internados.

Estos joloanos son muy pocos. Estando yo allí, llegaron ocho, y, contando con éstos, lo más que habrá serán de 18 a 20. El gobernador del río es mestizo de joloano9 y una de las naturales. Si éste se inclina a los joloanos o a los naturales, no se sabe. Sólo puedo decir que, al hablarle de pueblo, me contestó que quién daba principio, si nosotros o ellos; que ellos, por sí solos, no se atreven, a causa de los pancos10 de joloanos piratas, que a menudo pasan por allí. Pero que él se ofrecía también a formar un pueblo siempre que fuese una pequeña fuerza, que estuviera dispuesta a defenderlos de los moros11. Esto me dijo, pero esto no les haría mucha gracia a los joloanos, ni a él mismo acaso. Digo esto, porque él está mantenido, con sus dos mujeres e hijos, por los pobres naturales. Estando yo en su casa, vi algunos muchachos naturales que subieron con sus bayoncitos12 de arroz nuevo para él. Vive éste con los joloanos que hay; su casa está muy cerca de la de éstos.

Las tierras de estos dos puntos son feraces. Sus sementeras de palay13 las he visto hermosas, aunque ellas son pocas. Pero lo que más me ha llamado la atención es la caña dulce. Era cosa de quedarnos admirando aquellas cañas tan grandes y buenas, sin embargo de que la tierra estaba sin cultivo alguno y puesta la caña entre maleza, dejada, como quien dice, a la buena ventura.

Esto es, padre nuestro, cuanto he visto. Es de advertir que entre los naturales que piensan formar el pueblo, que son los de Inagauan, no hay ya ninguno de esos joloanos, lo que es una ventaja. Únicamente hay que tomar alguna precaución por los pancos piratas que puedan pasar por allí o muy cerca, que antes eran muchos; ahora, ya no tantos, porque ya saben ellos que aquí hay barcos de guerra. Este Inagauan es el que dista de siete a ocho leguas de Puerto Princesa, de modo que el que vaya allí puede tener la misma correspondencia y proporciones para hacer sus ranchitos que el de Puerto Princesa, porque estos naturales van muy fácilmente en sus barotos por la costa y hacen muy pronto el viaje. Y, además, si hay noticias de moros, podrá enviar un despacho aquí para que salga un cañonero a reconocer aquello, como en efecto lo envió el Maestre de Campo uno de los meses pasados, y salió al momento la goleta Animosa.

Si se quiere, pues, padre nuestro, hacer algo en favor de esa gente, es preciso hacer un esfuercito para costear la manutención del misionero y arreglar un pequeño ajuar de iglesia; aunque sea lo preciso solamente para celebrar. Si la procuración14 no está en disposición de hacer eso, siempre habrá algún particular que contribuya gustoso con alguna limosna. Y, si después de haber hecho todo esto, a causa de la volubilidad de esta gente, no se consiguiera lo que se desea, nos quedaría la satisfacción de haber hecho lo que estaba de nuestra parte. Pero espero que se podrá hacer algo; y de hacer algo en Inagauan, muchos de los de Aborlan creo que también se correrán hacia nosotros. Es lo que hay que decir respecto del particular. Dígame vuestra reverencia algo en primera ocasión, porque me están esperando.

En Puerto Princesa van adelante los edificios. Ya estamos habitando en el convento, aunque faltan algunos accesorios. El domingo pasado celebramos ya en la iglesia que se está haciendo, aunque es muchísimo lo que falta para que esté concluida. Pero en el antiguo covacho era imposible ya el celebrar, a causa de las aguas y vientos, por lo que nos vimos precisados a hacer cuanto antes la mesa-altar en la que será iglesia.

Las calenturas se han dejado sentir algún tanto ahora, y [ha] habido algunos casos que se han llevado a las víctimas muy de prisa. Sin embargo, de los diez y nueve que llevo enterrados los menos han sido de calenturas.

No ocurren más novedades. Reciba vuestra reverencia los respetos de este su menor súbdito que su mano besa.

Fray Ezequiel Moreno

PD. He oído también que, además de Aborlan, donde yo he visto esos joloanos, hay también otros puntos aquí en la Paragua15 donde también los hay, los cuales tienen hasta cautivos cristianos bajo su poder. Ahí, en Aborlan, he hablado con un tagalog de la provincia de Batangas, el cual se escapó del poder de un dato llamado Arsat, y, diciéndole yo por qué no se iba a un pueblo cristiano, puesto que ya estaba él en libertad, me contestó que tenía un sobrino aún en poder de ese dato y que estaba esperando a ver si podía sacarlo de algún modo.

Me parece conveniente decirle también a vuestra reverencia algo respecto de algunas visitas de Taytay16. Dos de las visitas de este pueblo están mucho más cerca de Puerto Princesa que de Taytay, en especial una de ellas. He sabido, por algunos panquitos que han venido de esos puntos y por otras gentes que han estado, que los padres de Taytay no han podido visitarlos en mucho tiempo y que había algunos niños bastante crecidos sin bautismo aún. Yo veo que desde Taytay a estas últimas visitas debe costar bastante trabajo el venir, porque están bastante retiradas. Por otra parte, creo que de aquí se pueden visitar con más facilidad, y estas consideraciones me han movido a decírselo a vuestra reverencia, para que haga lo que crea más conveniente. Acaso el mismo cura de Taytay lo desee también. Las visitas son Babuyan y Tulariquin. No ocurre más. Su afectísimo súbdito

Fray Ezequiel

Carta 3

Ezequiel a Mariano Cuartero

Insiste en la necesidad de destinar un religioso a Inagauan. Resta importancia a los trabajos que allí tendrá que soportar, por ser «anejos al asunto», y acusa recibo de una carta y cierta cantidad de dinero

Puerto Princesa, 12 de septiembre de 1872

Mi respetable padre nuestro:

Hace quince días que salió una goleta mercante de este puerto, a cuyo arráez le entregué una carta para vuestra reverencia. En ella doy relación a vuestra reverencia de una visita que he hecho a dos ríos donde hay bastantes infieles17.

En uno de estos ríos se me han ofrecido a formar pueblo. No me detengo en dar detalles, porque creo que ya habrá llegado la otra carta a manos de vuestra reverencia. Ésta la escribo por si acaso llega antes, para recibir también cuanto antes contestación de vuestra reverencia

Le ponía a vuestra reverencia que me parece necesario que vayamos alguno allá para que siga adelante la formación del pueblo. Y ahora digo también que si se determina vuestra reverencia a que yo u otro, o, mejor, dos, vaya por allí, que sea cuanto antes, porque ellos están esperando. En este caso, que se ponga también cuanto antes un pequeño ajuar de capilla, porque aquí ya sabe vuestra reverencia que no hay más que un cáliz, una piedra, etc....

Ya creo que le he explicado a vuestra reverencia las condiciones en que se hallará, o se hallarán los misioneros que allí vayan. Tienen que sufrir las privaciones consiguientes al vivir entre infieles y los grandes trabajos de catequización. Pero éstos ya es sabido que, al formar un pueblo, hay que padecerlos. Hay también el inconveniente mayor, que son los pancos de Joló, aunque ahora parece que no son tantos, a quienes tienen un gran miedo los naturales.

Expongo todo esto a la consideración de vuestra reverencia para que determine lo que crea conveniente hacer sobre el asunto. Y, a decir verdad, me ha movido a escribir esto una conversación que he tenido esta tarde con el teniente de navío de primera clase don Pedro, muy conocedor de todo esto y hombre no muy ligero, el cual me ha dicho que no le parece cosa acertada el que vaya allí un misionero sin alguna protección de parte del Gobierno. En estas palabras me ha querido dar a entender que sufriría mucho, y que acaso no adelantase tanto como si fuera protegido por el gobierno para atraerlos también por algunas cosas que se les pudiera dar.

Esto, padre nuestro, se concibe; es cosa sabida que se padecerá, como ya he dicho yo también, pero son trabajos anejos al asunto. Pero creo también que en otros puntos se estará peor. En cuanto a correspondencia y comida, las puede tener con Puerto Princesa; además, he visto yo por allí gallinas y algún cerdo. La única contra de consideración para mí es los pancos de los moros.

En fin, vuestra reverencia verá más que yo. He explicado todo lo que he podido para que vuestra reverencia se forme un juicio y determine lo que crea más conveniente.

He recibido la carta que vuestra reverencia me enviaba adjunta con los oficios18.

Ya creo haber dicho a vuestra reverencia que recibí los 300 pesos del capitán de la Esmeralda. Acerca de este buque hemos sabido que no ha llegado a Balábac19, siendo así que salió de aquí el 29 de julio. No se sabe lo que habrá sido de ella.

Al padre Arcaya20 le mando vino de misas y otras cosas de lo poco que tengo por aquí, porque he sabido que están muy mal los españoles por allá acerca de rancho.

No hay más novedades. Reciba vuestra reverencia los cariños y respetos del padre Antonio y de este su menor súbdito que su mano besa.

Fray Ezequiel Moreno



Carta 4

Ezequiel a Mariano Cuartero

Temeroso de que sus cartas anteriores no hayan llegado al provincial, repite, ampliándolo, su contenido. Pide relevo de su cargo de capellán castrense. Podría quedar «de compañero o de otro modo cualquiera»

Puerto Princesa, 18 de octubre de 1872

Mi respetable padre nuestro:

He recibido la respetable carta de vuestra reverencia, fechada en 24 de septiembre, y, viendo por ella que no ha recibido aún vuestra reverencia la carta que envié por la goleta mercante21, voy a explicar de nuevo todo lo relativo a mis visitas a Aborlan e Inagauan. Copiaré al pie de la letra los datos que adquirí en estas visitas y que remití al gobernador de este punto, a petición suya, con objeto de hacer ver al capitán general que soy el único que estoy sin sueldo en la colonia, sin embargo de mis recomendables trabajos. Tal es el oficio que en este mismo correo manda el señor gobernador a don Rafael Izquierdo22.

Los datos que di al señor gobernador son los siguientes:



Visita a Aborlan. Aborlan se halla situado a unas tres millas al interior del río que le da nombre. En el punto a donde llegué, sólo había doce casas, habitadas todas ellas por joloanos y mestizos joloanos, los cuales, según informes que me han dado, son los dueños del pueblo, a causa del gran miedo que infunden a los naturales con sus armas. Yo, a los que vi, los vi armados. Estos joloanos, por lo regular, son gente que han reñido con otros joloanos de más potencia, de los cuales han huido. Estando yo en Aborlan, llegaron seis huidos de un dato joloano llamado Arsat, residente en Boabo, dato que, según me dijo un individuo de la provincia de Batangas, a quien había tenido cautivo, tiene aún en su poder a un sobrino suyo23.

Entre los joloanos residentes en este punto, hay algunos que se avendrían a vivir pacíficamente entre los naturales, pero hay otros, especialmente uno, de quien se podía temer alguna traición y a quien no cuadraría muy bien que la gente formase pueblo y recibiese un misionero.

La autoridad de este punto es un mestizo joloano, al cual le dan el título de gobernador del río. A este gobernador, que parece inclinarse a favor de los naturales (aunque no se sabe de cierto), es a quien hablé respecto de la formación de pueblo. El cual me contestó que, «de su parte estaba dispuesto a hacer todos los posibles para que la gente se reuniese, pero que no se atrevía sin contar con alguna fuerza que pudiera defenderlos de los pancos joloanos, que, con frecuencia, llegan a Aborlan».

En efecto, es verdad que se toca con la dificultad de que los naturales tienen un miedo indecible a los joloanos, pero es un miedo que dejaría de ser tan grande de tener algunas personas que los animaran. Por lo demás, creo que se puede conseguir mucho de los naturales. Ellos son dóciles en su mayoría, y sólo algunos que han recibido algunas doctrinas religiosas de los joloanos son los únicos que, por de pronto, acaso no aceptaran nuestra religión y civilización. Los demás desean verse libres de los joloanos, porque, según informes, son vejados de éstos.

Éstos son los datos que he podido adquirir en dicho punto. Deseo nueva ocasión de poder visitarlos, con el objeto de adquirir nuevos conocimientos y hacer lo que pueda por reducir a poblado a los naturales.

Visita a Inagauan. Inagauan, situado de dos a tres millas al interior del río que le da nombre, es un punto donde reside bastante gente, la cual se halla muy dispersa y ocupa una extensión considerable. No puedo decir de fijo el número de personas, pero, según informes que he recibido, pasan de quinientas.

En este punto no residen joloanos como en el anterior, y los pancos procedentes de Joló no llegan con tanta frecuencia.

Hablé a los naturales de este punto y les incité a que formaran un pueblo, y ellos me contestaron que «así lo harían». En efecto, al otro día de haberles hablado, se reunieron para tratar del punto donde se había de situar, y de la reunión resultó que, no queriendo ni unos ni otros alejarse mucho de sus sementeras, eligieron un punto intermedio, el cual está bastante cerca de la playa y con alguna elevación sobre el nivel del mar.

Al despedirme de ellos, quedaron muy animados. No he tenido ocasión de poder ir a verlos de nuevo, pero gentes, que han estado allí después de mi marcha, me han dicho que los vieron desmontando en el punto donde se han de colocar las casas.

Éstos son los datos que remití al señor gobernador. El oficio que ha puesto al general se reduce a lo que ya he dicho, que es a recomendarle mis servicios, con el objeto de recordarle que estoy sin sueldo. A mi parecer, hubiera sido conveniente que el señor gobernador hubiera enterado al capitán general de cuanto digo respecto de Aborlan, pero no lo ha hecho24. Digo esto, porque creo que, de llegarse el misionero solo a dicho punto, aunque no se puede asegurar que le hicieran algún daño, sin embargo, ese daño se puede recelar de dicha gente, porque, como ya he dicho, son los dueños de allí, y, de consiguiente, no les haría mucha gracia el misionero. Además, que ellos procuran imbuir a los naturales en sus doctrinas religiosas, y ya he visto yo algunos tagbanuas, a quienes nadie podrá hacer que coman cerdo.

Ya recordará vuestra reverencia que en una de mis cartas anteriores decía que los tagbanuas que están en el interior de este puerto me ofrecieron que formarían pueblo cuando concluyeran con la cosecha de palay. Pues bien, ahora tengo la satisfacción de hacerle saber que el día 14 de este mes les hice una visita, y donde antes vi una sola casa, ya encontré ocho con ocho familias, más cuatro que estaban para llegar de un momento para otro y algunas otras que tengo por cierto que también se juntarán. Esto también se lo ha comunicado el señor gobernador al capitán general25.

Respecto de la instancia de que me habla vuestra reverencia acerca de la paga del misionero que vaya a Inagauan cuando se forme el pueblo, la haré tan pronto como tenga proporción de llegarme a dicho punto, y vea que, en efecto, se forma el pueblo, esto es, si veo que la gente cumple con lo que me prometieron y que no han retrocedido de sus ideas y, además, después que reciba nueva comunicación de vuestra reverencia, en la cual me dé su parecer, después de haberse enterado de las condiciones en que se halla dicho punto26.

La distancia que hay de aquí a la boca del río de Inagauan es de siete a ocho leguas, y a la boca de Aborlan, diez a doce.

Me habla también vuestra reverencia de enviar otro joven cuando pueda. No estará de más. De ese modo, al salir a las visitas, podremos ir dos, y, yendo dos, siempre va uno más contento y distraído.

Sería conveniente, padre nuestro, que nos enviasen otro cáliz con su patena, otra piedra o ara, un misal, aunque sea de los viejos de Recoletos27. Digo esto, porque, al salir a las visitas, no nos es posible llevar lo que hay aquí, so pena de dejar a Puerto Princesa sin misa; y, por otra parte, ya en el punto del interior del Puerto, ya en Inagauan, hay algún que otro cristiano de las Calamianes28, que me han ayudado algo, que me preguntan si les diré misa, y desearía satisfacerles. Además, los tagbanuas se irán acostumbrando. Y esto es tanto más conveniente cuanto que es lo único que se puede hacer, ya que uno no les entiende.

Confiado en la bondad de vuestra reverencia, me atrevo a suplicarle que me exima de ser misionero y capellán de Puerto Princesa. La razón de esta súplica es el creer que mi carácter no es a propósito para desempeñar dichos cargos en puntos de las condiciones de éste. Se lo suplico a vuestra reverencia de todas veras, y digo también de verdad que yo estoy padeciendo. Españoles y no españoles parece que me estiman, pero esto, aunque es de agradecer, no me satisface. Yo padezco, y desearía que vuestra reverencia nombrase para el caso otro más a propósito que yo.

No huyo, padre nuestro, el estar en Puerto Princesa, no, porque me quedaré muy contento de compañero, y ya que vuestra reverencia piensa que haya dos, yo podía ser uno de ellos. Y si no de compañero, me quedaré en cualquiera otro concepto que vuestra reverencia crea conveniente29.

Espero, pues, en la bondad de vuestra reverencia que nombrará otro que me substituya en dichos cargos y que me dejará a mí de compañero o de otro modo cualquiera.

No hay más novedad. Seguimos buenos, a Dios gracias. Reciba vuestra reverencia los respetos de este su menor súbdito que su mano besa.

Fray Ezequiel Moreno

P.D. La Esmeralda llegó, por fin, de arribada, después de cuatro meses.



Carta 5

Ezequiel a Mariano Cuartero

Puerto Princesa, 22 de noviembre del 72

Mi respetable padre nuestro:

Ayer llegó a Puerto Princesa el gobernador del río de Aborlan, uno de los puntos que yo visité y del cual le hablé a V.R.

El objeto de la venida ha sido el visitar al gobernador de aquí y decirle que es amigo de los españoles. Por esta espontaneidad [con] que lo ha hecho, casi han desaparecido las sospechas que había acerca de su fidelidad para con nosotros. Yo le he traído al convento y lo he obsequiado, y él me ha dicho que, si voy por Aborlan, que él cuidará de mí, que vaya sin temor.

Uno de los grandes obstáculos que había en Aborlan era un joloano que la echaba de valiente, del cual ya he hablado a vuestra reverencia. Pues bien, éste ha marchado ya de Aborlan, según me ha dicho el gobernador de allá. De consiguiente, ya puedo llegarme con más seguridad.

Le he preguntado también por Inagauan, que es el punto donde me prometieron formar pueblo, y me ha dicho que están trabajando, y que me esperan por allí. Ahora pienso marcharme con éstos de Aborlan. Tengo que aprovechar estas ocasiones, porque aquí no hay embarcación ni gente de que disponer. A mi vuelta, explicaré a vuestra reverencia los adelantos que por allí encuentre30.

Repito a vuestra reverencia las súplicas de mi carta anterior respecto de que me quite el cargo de misionero y capellán de Puerto Princesa. Ya dije en mi anterior que no es por huir de aquí, porque me quedaré muy contento de compañero, o en cualquier otro concepto que vuestra reverencia crea conveniente.

No tengo otra cosa que comunicar a vuestra reverencia. Reciba vuestra reverencia los respetos de este su menor súbdito que su mano besa.

Fray Ezequiel Moreno


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