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Entrevista a Rosa María Torrent, autora de El diablo en Santorini Azul


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Entrevista a Rosa María Torrent, autora de El diablo en Santorini
Azul
El clérigo John Harvard, ministro del Señor, donó la mitad de su patrimonio y su biblioteca y sus azules sillas de tijera a una nueva institución educativa, la futura Harvard University.

El prestigioso nombre de Harvard, reconocido como el mejor centro del mundo por la Academic Ranking of World Universities, es una marca registrada cuyo solo nombre enaltece, ensalza y glorifica a quien lo nombra.

La librería Harvard de Barcelona sedujo desde su fundación, por aquellos años perdidos del franquismo en el que las azules botas de montaña pateaban las escuelas. Sita en la calle de Còrsega, 285 (esquina con Balmes), hoy se ha convertido en un quiosco de prensa de cabeceras azul índigo, con otros dueños, otros propósitos y un manantial de lectores de un color diferente: azul.

La Harvard original la regentaba una librera deliciosa con las uñas pintadas de azul turquí, de la que aún se acuerdan los barceloneses de l’Eixample, por sus consejos que delataban su cultura de la historiografía clásica (Salustio, Tácito y Suetonio).

A la librera de Harvard, embriagadora, con chal endecasílabo y fular de sedilla de azul de ultramar, aún hoy la añora Rosa María Torrent (Barcelona, 1948), abogada de la razones que no tienen razón de ser, de los imposibles, como Santa Rita de Casia. Rosa María ha publicado su segunda novela, El diablo en Santorini, las relaciones malsanas de una pareja de amigos que conoce en las islas volcánicas del archipiélago griego de Santorini, en el mar Egeo, de azul zafiro.

La afición por la literatura y la afición por el cine van juntas, a la par. En la casa de Rosa María, en el barrio de Gràcia, cinco eran los únicos libros buenos, custodiados por su padre, Juan, pintor de marinas de azul Klein, de pergaminos añiles de pasta azul y de brocha gorda de azul cobalto. Los cinco títulos: Las cuatro plumas, de A. E. W. Mason; El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas; Felipe Derblay, de Onhet George; Clania, de Pablo Cavestany, y Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift.

“Mi padre solo me dejaba tocarlos en su presencia, eran su única posesión”, menciona Rosa María, con ojos digitales de verde cadmio, pelo de rojo amaranto recogido con un invisible bigudí y proverbial sentido de la narración: enfoca con la mirada, y en sus ojos capta los planos americanos, los primerísimos primeros planos y los planos tres cuartos.

“Mis padres me marcaron, eran muy normativos, algo usual en la época. Para que me callara, me regalaban libros (Emilio Salgari, Jules Verne, Enid Blyton) y me compraban entradas para el cine, adonde iba acompañada de mi abuela Elvira (Centauros del desierto, de John Ford; Sucedió una noche, de Frank Capra; Lo que el viento se llevó, de Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood).”

Los cines a los que iba la joven Rosa María cerraron hace muchos años, víctimas de la vorágine de franquicias, restaurantes de comida rápida y azules cajas de ahorro que también se vinieron abajo: cine Rovira, cine Roxy, cine Selecto…

La madre, modista, cosía por cuenta propia en casa, a la luz azulada de una lamparilla, enhebradas las agujas, y las perneras de los pantalones a corazón abierto (“con veinte años de taller en casa, yo odio coser; lo único que me relaja es el punto de cruz”). Ella le riñó cuando Rosa María decidió dejar el trabajo para estudiar. Se pactó una solución ecuánime, y pudo estudiar sin dejar de trabajar como secretaria de dirección y administrativa en la perfumería Briseis. En unos años, Rosa María se sacó la carrera de Derecho en la Universitat de Barcelona, después de acabar el bachiller en la escuela de la Santísima Trinidad, con monjitas de tocas azules como el fuego fatuo.

De tanto en cuanto, adquiría en la librería Harvard nuevas obras que la instruyeran en las zarabandas azules de las tramas, que la convencieran de lo azul inimaginable y que le conmutaran las horas de sueño por dosis de pasión azul. “La librera me enseñó a elegir mis lecturas. Allí, en la Harvard, conocí a [poeta y editor] Carlos Barral, que iba de la mano de [Juan] Marsé, quien parecía un niño de colegio”, revive Rosa María, que, tímida y modesta, se fuma un paquete de cigarrillos Romeo y Julieta como se fuma un Dostoievski. “Yo escuchaba reverencialmente a la librera, que me recomendaba los clásicos, como El coronel Chabert, de Honoré de Balzac.”

En el 2005, Rosa María Torrent se apuntó al cursillo de iniciación a la escritura creativa del Aula de Escritores, con los profesores Alejo Zúñiga y Lluc Berga.

Y aprendió a emparejar la literatura (Las cuatro plumas; El conde de Montecristo; Felipe Derblay; Clania, y Los viajes de Gulliver) y el cine (Marnie, La ladrona, de Alfred Hitchcock; Lawrence de Arabia, de David Lean, y Gigi, de Vincente Minnelli) para moldear personajes con fuertes componentes psicológicos (“relatar historias es como jugar una partida de ajedrez”).

Desde entonces, desde ese ligamento entre el lenguaje de los tropos y el lenguaje cinematográfico, ha publicado dos novelas: Mal negocio (Hijos del Hule, 2006), sobre las relaciones sentimentales por internet (“mi novio me dijo: ‘Hablas como una abogada’. Pensé en sus palabras, por eso, en cierta manera, me apunté al cursillo de escritura”), y El diablo en Santorini, que pergeñó después de tres viajes al archipiélago griego, alguno de ellos con espeleólogos y coristas (“en Santorini tuve la sensación de que allí dos vidas se solapaban: una en lo alto de la isla, con sus casitas apretujadas, como buscando el cielo azul, y luego las casas en las entrañas del volcán, en el infierno, que contrasta con el azul marino del mar”).



Azul.

Jesús Martínez


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