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Ensayo Sobre "El Inútil de la Familia"


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ENSAYO 81

Los Inválidos

Ensayo Sobre “El Inútil de la Familia” de Jorge Edwards
Extensión

1729 Palabras.


Aún recuerdo un día en que, mientras dibujaba con el papel en las piernas, sentado sobre una banca de madera del Galpón Alameda, un hombre miró mi dibujo, y me dijo “seguirás dibujando, porque ésas son enfermedades incurables”. Más tarde recordé que en alguna parte del Quijote, Cervantes se refería al arte y la literatura de igual manera.

Pensé entonces en el concepto de enfermedad (la falta de equilibrio físico, mental y social), y traté de imaginarme a los artistas como enfermos: me imaginé a Da Vinci, el segundo padre de todas las ciencias después de los griegos, escribiendo en sus últimas memorias que jamás había hecho nada bueno; o a Ezra Pound, luego de pasar más de doce años en un manicomio, afirmar que su país era un asilo de locos1, mientras viajaba a su amada Italia; pensé, en esos momentos, que mi pluma, mi creación, era patógena y me sentí más orgulloso que nunca en mi vida.

Al leer El Inútil de la Familia supe que, de la misma forma que el poeta norteamericano, Joaquín Edwards Bello habría huido, tras la publicación de su primera novela, cansado de las miradas reprobatorias, los cáusticos comentarios y la insoportable disposición de su familia (y de todo quien tuviera una excusa para hablar de él) a analizar negativamente cada aspecto de su vida.

Lo que narra la novela de Jorge Edwards, acerca de su tío, es la historia de un hombre legendario y sin embargo censurado como un fantasma en esa familia aristócrata; su silueta era borroneada por la maraña de próceres que llenaban el árbol genealógico. De esa forma, en un rincón de su casa de los perdidos años de la adolescencia, Jorge, transformado en personaje, había descubierto que tenía un tío escritor. El resto de la novela nos retrata cómo, desde su primera publicación, la vida de Joaquín, se había alejado cada vez más de lo esperado; deambuló, inseguro muchas veces, entre América y Europa, buscando un lugar donde cupiese, pero, al parecer, no se sintió cómodo en ninguno de los lugares que estaban destinados para él. Joaquín era distinto a su familia, quiso criticarla, mostrar sus bajezas, y fue exactamente eso lo que lo distanció de lo prefijado por su apellido.

Al conocer esto, para mí fue lógico llegar a la conclusión de que quizás no todos pensaran que dicho comentario con respecto a mis garabatos fuera un halago, sino todo lo contrario. Pensé en coludidas farmacias y en delantales algo grisáceos, relacioné la enfermedad con algo negativo, como algo que algunos pensarían. Algunos, quizás, dije, pero ¿Quiénes?

Fue entonces cuando descubrí que lo enfermizo podía ser oscuro e inclusive inapropiado, contraproducente, ergo la enfermedad sería algo inútil; pero, ¿a qué enfermedad me estoy refiriendo? Me refiero, y ahora sí lo digo con toda propiedad, a la enfermedad de las artes y en específico, de la literatura; me di cuenta de que cualquier cosa invalidante, que produce obsesión, podía ser mirada en menos y que, de hecho, así ocurría (no puedo, ahora, dejar de comparar los poco más de veinticinco días en que Joaquín Edwards Bello había ocupado en escribir El Inútil, con el arrebato en que Rainer Maria Rilke concluyó gran parte de sus elegías y de sus sonetos 2).

Sin dudas, esta dolencia es un verdadero síndrome social; la indiferencia (uno de sus síntomas), muy cercana a una burlesca crítica, es la forma más sutil, y han sido objeto de ella un sin número de hombres (¡y para qué decir mujeres!): sin ir más lejos, Van Gogh murió sin saber que sus girasoles serían tan afamados; además ésta es la primera táctica de la familia de Joaquín para frenar su escandalosa obra.

Sin embargo, ¿por qué frenarla? ¿Por qué detener ese ímpetu, esa pasión de vivir? Para la familia de Joaquín él era un problema, una indiscreta ventana a la interioridad de una cofradía oligárquica, que había movido los hilos de la historia de Chile, durante años, y que debía ser tapada. Quizás eso mismo provocaba la sensación, de que era una familia inmortal3, pero para Joaquín, como visionario del caos de las guerras mundiales que vio en Europa, de los primigenios atisbos de las luchas sociales que cambiarían para siempre la historia del país, era una dinastía que se sustentaba en la hipocresía, y que lo indicaban a él con el dedo, como el culpable del ocaso de su poder. Un crítico amigo de su madre tuvo la osadía de decir: Con Alessandri en el gobierno (...), no tendrá ninguna necesidad. Será el reino suyo, y los que tendremos que escapar para siempre, para nunca jamás, seremos nosotros. ¡La gente decente! 4 ; sin embargo, ocurre que la decencia no es tal si es falaz, fingida perfección moral.

Esto es lo que piensa Joaquín, por lo que es exiliado de la familia, aquella que fue olvidando su nombre, censurando en sus conversaciones los temas que lo implicaran, como la encarnación del desesperado intento por clausurar la crítica a su modelo preestablecido, a su forma de vivir y a su cotidiana forma de manosear la política de Chile desde su mundo de privilegios, nepotismo y prejuicios. Ante este escenario, la literatura, según ellos, es inútil, con excepción de algunas obras permitidas, alabadas incluso. Pero si la literatura es arte, poiesis o creación, ¿debe tener un límite?, ¿no debiera ser la máxima expresión de libertad? Seguramente muchos no comprenden esto, y son como los marineros que se burlan del Albatros5 de Baudelaire, porque lo encuentran feo, y torpe. El albatros, es como Joaquín, es como el poeta, volando entre el nublo que es el vulgo, que no ve la belleza de su vuelo porque en tierra sus alas de gigante le impiden caminar.

Se constituyen, así, dos bellezas, dos mundos, en los que se inmiscuye la sociedad para determinar cuál es moralmente correcto: en nuestro caso el correcto es el productivo y prudente, dado que acontece en nuestros siglos que, al parecer, todos somos juzgados bajo ese criterio, al menos en este lado del “Greenwich Cultural”, que es nuestro mundo occidental. Recordemos que somos los hijos del Gran Imperio, del Constantino converso, somos, en conclusión, herederos de esa moral y credo de una u otra forma; por otro lado está el otro gran imperio de nuestro mundo: el Imperio Británico, cuna de la Revolución Industrial. Tras ella millones de niños, mujeres y hombres trabajaron, bajo una ley de mínimo costo para el empleador y la mano de obra barata fue humillada en su condición de limitada utilidad, pues los viejos y enfermos eran desplazados, tanto como los que reclaman, con un grito o un alarido que resuena ¡por los tejados del mundo!6, al que responde Joaquín, encerrado en la Estación Central, o caminando por el centro, frente al Club de la Unión, esquivando los ojos que se clavaban en sus ojeras o en la línea de sus pantalones.

He mencionado el origen de nuestra cosmovisión, pero sabemos que en cada generación hay un grupo de personas que la critican. En Francia fueron llamados malditos, por sus atormentadas vidas y los oscuros temas de su poesía. ¿No es lo mismo que hacía Joaquín? Mostrar las contradicciones, entre lo joven y lo putrefacto, lo demoníaco y lo seráfico. Sí, Joaquín era un hombre de contradicciones, entre su pasado ilustre y su desinhibida existencia, pero ¿no es el hombre así? ¿Acaso no cometemos errores que no son sino contradicciones? Eso es lo que muestra Edwards, en la historia de la vida de su tío, Joaquín, un alma completamente sincera, en sus pecados, en sus miedos, en su rebeldía, en el abandono de la locación que le pertenecía, por lo propio del arrabal, develando a las máscaras de la timocracia con su apariencia de interés nacional y su fondo de avidez de poder. Joaquín, como buen maldito, como buen inútil, es profundamente humano, y es esto lo que intenta reflejar, denostar su cínico linaje, y decirle al mundo: “¡soy así, y no dejo de ser humano, digno y decente!”; esa aspiración de sinceridad la expresa inigualablemente Verlaine, cuando dice que el arte es ser uno mismo del modo más absoluto7.

Contrariamente, la intención de la familia de Joaquín, era que no fuese sí mismo, debía alienarse, pues sólo de esa forma les servía; al desechar él esa opción fue dejado de lado, tal como lo hizo la familia de Gregorio Samsa8, pues el modelo utilitarista9 mira a los hombres en sus manos y no en sus almas, en cuántos brazos mueven los pistones, y no se detiene muy a menudo a pensar en cuántas bocas alimentan.

Al titular este ensayo concebí que nadie retrataba mejor las injusticias de dicho modelo como Baldomero Lillo. En su cuento Los Inválidos, un caballo envejecido por el humo, lisiado por caerse a un pique, es sacado y desechado de la mina; al pasar, al verlo, los mineros se identifican con él 10 y con razón quizás, pues veían cada día como sus cuerpos se gastaban al intentar lacerar la inexpugnable roca.

Concebí de la misma forma que los inválidos, los inútiles, eran los artistas, los “intelectuales”, porque, como los obreros, son sindicalistas de la vida, alegan y retratan los cuadros que pertenecen al índex expurgatorio de la realidad social, aquello que no puede ser mostrado. Joaquín Edwards Bello muestra la obscenidad, quizás queriendo decir que más obtusos de alma y obscenos eran aquellos de su familia, que seguramente hoy no nos dirían que el arte es una enfermedad, o al menos no en el mismo tono: nos mirarían con desgano intencionado, modorra de los buenos modales, y serían groseros en su indiferencia y su posterior despotricar.

Si es que alguna vez ven a un o una joven escribiendo, dibujando, tocando violín o una guitarra, aunque trastee, apláudanlo y luego injúrienlo como Rimbaud a la Belleza11, díganle que es un pervertido, un enfermo, un esquizoide, y que jamás curará y que, ¡ojalá!, con gracias al cielo, que así fuera y fuese enfermo e inútil toda la vida, para mostrar el tabú, desnudar lo sacrílego de lo santificado, ser en el fondo el más inútil de los inútiles, como rezaba el regalo de matrimonio de Joaquín12 , para que ¡de una vez por todas!, dejemos de ser los inválidos, y no nos dejemos llevar por el terrible Peso de la Noche.13



Bibliografía
Baudelaire, Charles. Las Flores del Mal, edición íntegra. (2004). Mestas Ediciones, Colección Clásicos Universales. Madrid, 2004.

Edwards, Jorge. El Peso de la Noche. Editorial Universitaria. Santiago de Chile, 2001.

Edwards, Jorge. El Inútil de la Familia. Editorial Alfaguara. Santiago, 2004.

Kafka, Franz. La Metamorfosis. Editorial Edaf, Madrid, 2007.

Lillo, Baldomero. Obra Completa. Ediciones Universidad Alberto Hurtado. Santiago, 2008.

Lira, Rodrigo. Declaración Jurada. Ediciones Universidad Diego Portales. Santiago, 2006.

Pound, Ezra. Antología de Ezra Pound, traducción y prólogo de Ernesto Cardenal. Visor Libros, Colección “Visor de Poesía”. Madrid, 1983.

Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española [versión electrónica]. Vigésimo

Rilke, Rainer Maria. Las Elegías del Duino y otros Poemas, traducción, selección, prólogo y notas de Otto Dörr Zegers. Editorial Universitaria. Santiago de Chile, 2001.

Verlaine, Paul. Poesía. Visor Libros, Colección “Visor de Poesía”. Madrid, 1996.

Whitman, Walt. Antología. Ediciones 29. Barcelona, 1993.



1 Cardenal, Ernesto. “Il Miglior Fabro”, prólogo a Antología de Ezra Pound. (1983). pp. 17 – 18.

En este prólogo, Cardenal explica cómo Pound fue liberado tras dejar de ser considerado un peligro para la sociedad.



2 Zegers, Otto Dörr. “Introducción a la Elegías del Duino”. (2001).

3 Alusión al pasaje donde Jorge Edwards, en la ficción (que tiene siempre intricados brazos en la realidad) habla con el Embajador de Cuba en México, sobre su designación como Embajador de Chile:

Parece que esta familia es inmortal. El último representante del antiguo régimen pertenecía a ella. Y el primer representante de la revolución, también. ¡Es, no cabe duda, una familia inmortal. Edwards, Jorge. El inútil de la familia. (2004). p. 278.

4. Ídem, Ibídem. p. 193.

5 Baudelaire, Charles. “El Albatros”, en Las Flores del Mal. (2004). p. 22.

6 Whitman, Walt. "Carpe diem", en Antología. (1993). Este alarido, es un verdadero himno a la vida, al despertar épico del hombre cada día y lo comparo con el grito que dice querer proferir Rodrigo Lira, (Lira, Rodrigo. “Grecia 907, 1975” Declaración Jurada. 2006) para disipar el smog y que suba a las oficias públicas; ambos poetas declaman por el amanecer, y Joaquín con su rebeldía no podría encarnarlo con más vehemencia.

7 Verlaine, Paul. Poesía. (1996). Pág. 12.

8 Kafka, Franz. La Metamorfosis. (2007).

9 El diccionario de la lengua española de la Real Academia Española en la segunda acepción del término “utilitarismo” señala que es la actitud que valora exageradamente la utilidad y antepone a todo su consecución. Extraído el 23 Septiembre de 2009:

http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=utilitarismo



10 El cuento nos presenta un anciano que exclama: ¡Pobre viejo, te echan porque ya no sirves! ¡Lo mismo nos pasa a todos! ¡Allí abajo no se hace distinción entre el hombre y la bestia! ¡Agotadas las fuerzas, la mina nos arroja como la araña arroja fuera de su tela el cuerpo exangüe que le sirvió de alimento! ¡Camaradas, este bruto es la imagen de nuestra vida! ¡Como él, nuestro destino será, siempre, trabajar, padecer y morir! Lillo, Baldomero. “Los Inválidos”, en Obra Completa. (2008). p. 92.

Es un tópico común en los cuentos de Subterra, el envejecimiento de los hombres, y su constante proceso de cosificación.



11 Una noche senté a la belleza en mis rodillas, y la encontré amarga. Y la injurié. Me he armado contra la justicia. Rimbaud, Arthur. “Una Temporada en el Infierno”, en Prosas Principales. (2000). p. 15

12 Edwards, Jorge. El inútil de la familia. (2004). p. 271.

13 Edwards, Jorge. El Peso de la Noche. (2001). En esta novela, Edwards toma la frase de Diego Portales: El orden social en Chile se mantiene por el peso de la noche (p. 189.), haciendo una alegoría de los valores de nuestra sociedad, de las instituciones y la familia en una decadencia establecida por el pensamiento libre de uno de los dos protagonistas, Francisco, que cree lograr zafarse del yugo de la censura y la opresión.


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