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En torno de la obra ritter, de Xavier Careaga


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En torno de la obra RITTER, de Xavier Careaga

A Ritter lo conozco de dos eventos: en primer lugar, de su célebre


polémica con Rafael Barrett, reproducida en varios textos. Eran dos
pensadores ilustrados, de clase alta europea, que discutieron sobre la
cuestión social paraguaya.

Conocía también textos literarios que se perdieron en el olvido, dos


novelas maravillosas de un hijo de Ritter, Jorge Ritter, que son la mejor
pintura costumbrista del Paraguay durante la Guerra del Chaco. Son novelas
editadas por el autor, difíciles de conseguir, que tienen una gran calidad
narrativa e histórica.

La lectura de la obra de Xavier de Assis Careaga me transformó esa suerte


de desmemoria o ignorancia sobre Rodolfo Ritter. Era mucho más que el
director de un diario o el autor de un libro sobre economía. Fue, junto a
Bertoni, Boggiani, Zubizarreta o Rafael Barrett, miembro de esa pléyade de
inmigrantes europeos que crea el novecentismo paraguayo, formando toda una
generación a comienzos del siglo XX, probablemente la generación
intelectual más brillante que tuvo el Paraguay antes de la Guerra del
Chaco.

Otra duda, resuelta por esta obra, se refería a las posiciones políticas


de Ritter. Se trataba de un noble ruso llegado al Paraguay por cuestiones
políticas. Era lógico pensarlo como un conservador, o en el mejor de los
casos, como un manchesteriano ortodoxo. Este trabajo echa por tierra
semejantes prejuicios. Era efectivamente un “ruso blanco”, pero contaba
con la formación y la sensibilidad suficientes para ver la realidad
paraguaya con ojos críticos y posicionarse a veces del lado de los
campesinos, o los pobres, y hacerlo desde su doble perspectiva de
economista y de pensador.

Ritter está mucho más cerca del radicalismo de Eligio Ayala –de ese


radicalismo sudamericano representado por Batlle en Uruguay o por Yrigoyen
en la Argentina–, que del pensamiento conservador liberal vigente en
Paraguay cuando su llegada. Es muy crítico al leseferismo, un keynesiano
avant la lèttre. Veinte o treinta años antes de la vinculación del New
Deal y la tesis de Keynes, Ritter defiende muchas de las propuestas que
transformarían el capitalismo en el Occidente en los años 30. Hace de su
pensamiento un instrumento de creación de futuro; no es un intelectual que
mira –tranquila o críticamente– la realidad sin inmiscuirse en ella, sino
que defiende, combate y consigue transformar el pensamiento o las
instituciones a través de su obra divulgativa y de su prensa.

Dejémoslo hablar: “El Estado no sólo se ve en el derecho, sino considera


como un deber primordial intervenir del modo más eficiente en la actividad
económica de los hombres. ... [Sea] por la limitación de ciertas
actividades particulares; por la reglamentación de las múltiples
relaciones del capital y del trabajo; por la dirección de la productividad
nacional hacia nuevos productos, sea por medio de tarifas aduaneras y
ferrocarrileras protectoras, sea por medio de propaganda o de premios, sea
por medio de la apertura de nuevos mercados”. (pág. 46). Aquí Ritter está
anticipando parte de las propuestas que Keynes haría más tarde, sobre un
Estado no indiferente o gendarme, sino interventor dentro de la economía
para corregir desigualdades sociales.

Ritter sale de la Rusia de los pogroms, de la Rusia de la persecución a


comunidades judías, de una Europa golpeada y escindida por el
antisemitismo. Y sin embargo es totalmente opuesto al antisemitismo; está
muy cercano a los derechos del pueblo judío. Cuando llegan los japoneses,
saluda con alegría la inmigración asiática al Paraguay. Basta pensar lo
que son, hasta ahora, la mentalidad y las actitudes xenófobas y racistas
del paraguayo medio. Él está abierto a todo, le entusiasma la diversidad,
respeta las diferencias. Es, además, un propulsor decidido del
cooperativismo en el Paraguay.

Junto a Bertoni, es el otro intelectual europeo residente en Paraguay –el


tercero es Elisée Reclus, que escribía desde Francia–, en combatir desde
los orígenes esa percepción racista y despectiva de la elite asuncena, que
veía en el campesino paraguayo un holgazán, y señalaba como causa de la
pobreza campesina cuestiones raciales: “Es nomás medio avá, es indio,
viene del campo, no va a aprender a trabajar nunca”.

La defensa que ambos pensadores hacen de la laboriosidad del campesino


paraguayo es bien atípica para el pensamiento de la elite de la época. En
su defensa de la laboriosidad del campesino, Ritter rechaza explícitamente
los argumentos racistas y señala otros de tipo socioeconómico. Para él, el
origen de la pobreza campesina obedece al latifundio, a la ausencia de
tecnología, a la falta de intervención del Estado, a la ausencia de
créditos. Por esas causas es pobre, no porque coma mandioca o tenga raíces
indígenas. “Falta completa de ferias periódicas en el interior del país,
por falta completa de crédito para los fines más productivos, pues el
crédito usurario de 5 y 10% mensuales que se encuentra y no siempre, es
uno de los signos más característicos de la organización medieval de la
campaña; por una falta completa de medios de circulación de capitales; por
una falta de depósitos públicos o privados para los productos de la
agricultura, por la falta de las herramientas más necesarias para el
trabajo: Falta que en su conjunto hace casi imposible una aplicación
verdaderamente provechosa del trabajo”. (pág. 38). Hay muchas áreas
campesinas pobres en el Paraguay que hoy podrían ser definidas por este
texto, casi un siglo más tarde.

Ritter se acerca a lo que hoy llamaríamos un intelectual orgánico, una


persona que hace de su pensamiento un arma creadora de instituciones, de
procesos, comprometido con la nación que eligió para él mismo y para su
descendencia. Él mismo confiesa en una frase extraordinariamente bella:
“Tenemos la ambición –tal vez ilusioria– de sembrar algunas ideas, de
romper ciertas rutinas, de indicar si es posible algún otro nuevo rumbo”.
(pág. 52). Habla, escribe, piensa, da conferencias, polemiza tratando de
cambiar una realidad cuyos problemas sustanciales percibe claramente.

No se trata de un pensador de segunda línea, de divulgador, o de un


periodista, como tantos de los que llegan al Paraguay en esos años. Es un
intelectual que hablaba nueve idiomas, incluidos los clásicos empleados
por pensadores de la época –griego y latín–. Culminó tres carreras
universitarias: es abogado, es economista, es físico-matemático, como
muchos rusos blancos que llegarían en la década del 20 a crear la Facultad
de Ingeniería en Paraguay, con la misma y extraordinaria formación
enciclopédica.

Ritter publica durante quince años una revista, El Economista Paraguayo,


de la que es editor, corrector de pruebas, articulista, e incluso redactor
con diferentes seudónimos para crear polémica interna dentro de la
revista. Fue una ardua obra semanal que ser prolongó durante quince años.
¿Cuántas revistas especializadas en economía o en ciencias sociales tiene
o tuvo el Paraguay con esa prolongada vigencia? Sólo una, creada en la
década del 70, y nada más. Ritter es el autor de una gran revista de
economía, consultada y citada por muchos, que no se restringía a temas
específicamente económicos, sino que a menudo hacía crónica de lo que
estaba sucediendo en Europa, tratando de sentar opinión acerca de la I
Guerra Mundial, acerca de la Revolución Rusa, o de otros temas de
actualidad...

Esa batalla intelectual a través de la prensa, de sus conferencias


periódicas, de sus libros Apuntes de economía política y La cuestión
monetaria en el Paraguay –que recoge una serie de entrevistas– tiene
efecto directo sobre las políticas públicas.

Rodolfo Ritter es el creador, el más constante impulsor de la Caja de


Conversión (la “Oficina de Cambios”), creada por ley en 1916, que comienza
a funcionar en 1923. La Caja de Conversión representa la primera política
monetaria seria del Estado paraguayo, antecesora de nuestro Banco Central,
y entre sus logros está la estabilización del peso paraguayo de la época,
que dependía fuertemente del peso argentino y carecía de patrón monetario.
A través de esta Caja, el Estado logra aprovechar el auge económico de los
años 24 al 28 –debido al algodón y al tabaco, básicamente– en términos
fiscales, de tal modo que pudo armarse para la Guerra del Chaco. En muchos
sentidos, la obra de Ritter permitió al Paraguay comprar armamentos,
medicamentos y municiones para enfrentar la contienda bélica, a través de
una política monetaria que él defendió desde veinte años antes y cuya
concreción se logró con la Caja de Conversión.

En Francia, Ritter habló con Ernest Renan, uno de los padres del


racionalismo francés. Fue autor de una obra que abría el index de libros
prohibidos por la Iglesia Católica, La vie de Jesus. Es un gran
historiador de origen religioso, un lingüista importante en la historia
francesa. En Paraguay estuvo ligado a toda la elite cultural de la época:
colorados como Juan E. O’Leary, Natalicio González, Fulgencio R. Moreno;
liberales como Cecilio Báez o Teodosio González. Era amigo del anarquista
Hérib Campos Cervera (padre) y, por supuesto, de Bertoni. Ritter integraba
esa pléyade de intelectuales de prolífica producción teórica en su época.

Pero lo más asombroso de la figura de Ritter es su modernidad, su


contemporaneidad. En muchos sentidos, él no pertenece al siglo XIX, es un
hombre del siglo XX. Llama la atención cómo se adelanta, prevé, entiende
fenómenos que están sucediendo, e incluso los que están por suceder. Al
finalizar la Primera Guerra Mundial empieza a temer, como otros grandes
intelectuales europeos, la llegada del fascismo. Ritter previó la
ocurrencia de ese inédito y terrible fenómeno europeo. En otros escritos,
habla con entusiasmo, setenta años antes de la firma del Tratado de
Itaipú, de un proyecto de crear hidroeléctricas sobre el río Paraná.

Ritter hace una defensa activa e incondicional, en la prensa, del derecho


al divorcio, junto con otros paraguayos que defienden esa ley tan polémica
que recién pudo aprobarse en Paraguay en 1991. Hay lecciones, como caminos
abiertos, que aún no pudimos aprender, sobre principios tributarios aptos
para corregir la concentración de la propiedad inmobiliaria. Hizo campaña
contra el latifundio –al que consideraba uno de los mayores impedimentos
para el progreso del Paraguay–, y propuso tasarlo progresivamente, de modo
a fomentar los loteamientos privados. Ese proyecto fue rechazado –entonces
y ahora– por el Senado. Hasta hoy, el Parlamento paraguayo tiene ese sesgo
de “gran propietario”, ni siquiera la última ley de Readecuación Fiscal
puso incluir este principio tributario que Ritter propuso hace sesenta o
setenta años. “¿Por qué no hacer contribuir el latifundio especulativo a
los gastos públicos del país? ¿Por qué no aplicarle un impuesto
territorial un poco crecido?”. (pág. 106). Cuando el Senado rechaza el
proyecto, Ritter responde: “El Senado pronto se informaría de que la
‘progresividad’ de los impuestos directos no solo es postulado de la
ciencia contemporánea de las finanzas (pues realiza mejor que la
proporcionalidad el postulado de la justicia), sino hecho positivo en las
legislaciones más perfectas de nuestra época”. (pág. 107).

Amigo de muchos dirigentes políticos, Ritter no tiene ningún reparo en


hacer duras críticas al caudillismo, y al manejo partidario en el interior
del país. Y aquí sus textos se aproximan a Migraciones de Eligio Ayala, e
incluso a esas brillantes páginas de El Dolor Paraguayo de Barrett.
Hablando del cuatrerismo: “Que caigan sobre él [sobre el caudillo
político] sospechas de cuatrerismo, que se intente perseguirle por éste,
enseguida el hombre hace valer su carácter de político: las acusaciones
son inspiradas por ‘pasiones políticas’. Y los correligionarios le abrigan
enseguida bajo su protección poderosa: si pertenecen al partido en el
poder, la impunidad es asegurada desde luego; si pertenecen a un partido
de oposición, los jefes, los mejores abogados y procuradores del partido
ponen en movimiento todos los resortes, hasta conseguir la libertad
provisional del nene inocente ‘injustamente acusado por la pasión
partidista’”. (pág. 149).

O del clientelismo tan consustancial al manejo del Estado: “El continuo


cambio de situaciones y de Gobiernos, agraviado por el predominio casi
exclusivo de consideraciones políticas en la provisión de cargos públicos,
produce la esterilidad e ineficiencia de la acción gubernativa. Llenados
los grandes y pequeños cargos no por las personas más idóneas y aptas,
sino por los que indican las consideraciones ‘políticas’, la acción
gubernativa en casi todas sus diversas manifestaciones lleva el sello del
diletantismo, de la chapucería, de la insuficiencia, a veces se distingue
por su neto carácter maléfico”. (pág. 207). Ritter señala aquí dos
cuestiones que hasta hoy integran los análisis del Estado paraguayo: una
es la relación del poder político con la corrupción, con la protección del
crimen; otra es –el mismo Ritter habla del spoils system- la lógica
clientelista y prebendaria del Estado paraguayo, la burocracia que obedece
al intercambio de favores estatales por lealtades políticas.

No quiero seguir narrando el libro que tanto placer me dio leer, con mucha


menos erudición y capacidad que Xavier Careaga, quien pasó años trabajando
el tema. Tampoco quiero restarles a ustedes el placer de ir descubriendo
la extraordinaria figura de Rodolfo Ritter a través de las páginas del
libro. Estamos hablando de una figura única, señera, creativa, apasionada,
erudita, cuyo nombre fue perdiéndose en el olvido. Y también hablamos de
una familia que supo preservar su memoria, sus papeles, sus objetos
personales, sus periódicos, sus manuscritos; lo que es bien raro en
Paraguay: donde los primeros en enterrar a los muertos somos en general
sus descendientes.

Un bisnieto, carente de formación profesional en historia, consigue esa


recuperación de la memoria histórica. Los españoles dicen que “la sangre
no es agua”. Xavier Careaga heredó esa pasión, y el rigor para hacerlo.
Ojalá podamos seguir presentando obras suyas en los próximos años. Y
gracias, gracias por recuperar la memoria de un hombre tan valioso y
comprometido en la construcción de nuestro país.

Milda Rivarola
Fuente: Diario ABC Color, Suplemento Cultural de fecha 30 de Septiembre.


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