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En la Pequeña Crónica de Ana Magdalena Bach hay una simpática anécdota referente a las enormes dotes de improvisación y lectura a primera vista de Johann Sebastian


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En la Pequeña Crónica de Ana Magdalena Bach hay una simpática anécdota referente a las enormes dotes de improvisación y lectura a primera vista de Johann Sebastian. El gran maestro había dado a entender en muchas ocasiones que todo buen músico debe interpretar a primera vista cualquier clase de música. Su colega de Weimar, el organista municipal Sr. Walther, meditaba la forma de tenderle una trampa, para después reirse los dos de la broma. Sebastián almorzaba algunas veces en casa de Walther y, una de ellas, mientras esperaban que les sirvieran la comida, Sebastian se dirigió al clave, vio allí una partitura y, naturalmente, se puso a descifrarla. Pero no había avanzado mucho cuando llegó a ciertas notas que le hicieron tropezar y, muy sorprendido (pues no estaba acostumbrado a tropezar ante ninguna música, por complicada que fuese), repitió la pieza desde el principio y tuvo que detenerse en el mismo punto. En aquel momento, el Sr. Walther, que había estado escuchando tras la puerta entreabierta, no pudo contener la risa. Sebastian se levantó de un salto y dijo, un poco avergonzado: ‘Aún no ha nacido el hombre capaz de tocarlo todo a primera vista. Este pasaje es imposible’. En años posteriores contaba con frecuencia esta anécdota, para animar a discípulos tímidos.

Durante la época de Weimar, Bach llegó a ser un maestro insuperable del órgano. Inventó incluso una nueva forma de colocar y mover la mano, mucho más cómoda. Su fama había llegado a Dresde. Fue en esta ciudad donde se presentó en aquella época un famoso músico francés, Jean Louis Marchand, hombre muy capaz pero a la vez muy vanidoso, y anunció que estaba dispuesto a competir con todos los músicos del país, sobre los que esperaba demostrar su superioridad. Esta forma de actuar no despertaba el interés de Johann Sebastian pero algunos músicos alemanes se sintieron ofendidos por el presuntuoso desafío del francés y le agobiaron a súplicas para que defendiese la música alemana y se midiese con él. Vacilante y a disgustó se dejó convencer y acabó por aceptar el reto de Marchand. El encuentro debía celebrarse en casa del conde Flemming. Acudieron muchas damas y caballeros de la corte. Bach entró tranquilo como siempre dispuesto a someterse a cualquier prueba musical que le propusiera el francés. Pero aquel señor extranjero se hacía esperar y no hubo más remedio que mandar, al cabo de un rato, a un lacayo a su casa, para buscarlo. Pronto regresó el criado con la noticia de que el monsieurse había ausentado de Dresde aquella misma mañana en una silla de posta especial. Se sospechó que había tenido ocasión de oir tocar a Sebastian sin ser visto y reconocería en él a un hombre con el que no podía competir, llegando a la conclusión de que lo más conveniente para su fama era no acudir al concurso.

Bach era un gran admirador de George Frederich Haendel. Pasaba horas enteras copiando sus partituras. En Leipzig dirigió la ejecución de la cantata de Haendel sobre la Pasión de Nuestro Señor. Ambos habían nacido en Sajonia y en el mismo año. Johann tenía la sensación de que fuera de la música existía un lazo entre ellos e intentó en varias ocasiones encontrarse con Haendel, aunque jamás fue posible. En cierta ocasión se desplazó desde Coethen hasta Halle pero llegó al anochecer, cuando Haendel ya había partido. Lo mismo ocurrió un par de veces más. Haendel era un músico suficientemente grande para reconocer la importancia de las obras de Sebastian, aunque la fama de éste quedaba limitada a Alemania, mientras que su nombre sonaba hasta en Italia e Inglaterra. Pero es que Haendel buscaba al público, viajaba mucho y ganó gran cantidad de dinero, mientras que Sebastian huía del ruido y del mundo y se dedicaba al trabajo tranquilo y silencioso en el seno de la familia.


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