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En la muerte de Steve Jobs


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En la muerte de Steve Jobs

Mario Crespo López


Steve Jobs ha fallecido esta semana y la noticia ha ocupado numerosas páginas, foros y enlaces de ese mundo entre real y virtual que es internet y al que él mismo tanto contribuyó. La popularidad de los genios vinculados a la informática es mucho mayor que la de cualquiera y su muerte conmociona a todo el amplísimo y variado espectro que puebla la virtualidad de la red de internet, que deja de nuevo de ser “virtual” y se convierte al menos en espejo vibrante de lo sucedido. No cabe duda de que nombres como el de Steve Jobs enmarcan el cambio de era que vivimos; no ya sólo el cambio de paradigma comunicativo, sino el paso de una era a otra con todas sus consecuencias. Lo mismo que el descubrimiento de América determinó el inicio de la Edad Moderna y la Revolución Francesa el de la Contemporánea, la informática, los productos digitales e internet han determinado que vivamos en otro mundo que poco se parece al de la mitad del siglo XX. El paso desde los años ochenta hasta la actualidad, en este sentido, ha sido de gigante, de ahí la trascendencia temporal de un cambio de era que va parejo al cambio de mentalidad mundial. Es cierto que el mundo camina en medio de una mezquindad con frecuencia asfixiante, pero no puede negarse el avance que ha supuesto la informática y toda la distinta concepción de la realidad que se tiene gracias a ella. Steve Jobs, uno de los hombres más poderosos, emprendedores y ricos del mundo, ha fallecido con apenas cincuenta y seis años, pocos días más tarde de anunciar una de sus innovaciones. No sigo las rabiosas noticias sobre las novedades informáticas; como tanta gente, me conformo con un nivel de usuario medio de la informática más peregrina. Pero sé que en el mundo de los ordenadores personales existe Windows y Macintosh. Habiendo trabajado en ambos, reconozco la eficacia de los Macintosh creados por Jobs. Pero, como todo, el fracaso afecta a lo que es menos popular y la extensión de Bill Gates y los suyos ha sido imparable. No sé si lo he dicho bien. Ahora me viene a la mente la referencia a “Apple” de aquella película, entretenida y algo ñoña, “Forrest Gump”, en la que su protagonista no debía preocuparse de su sustento, ya que tenía parte en esa compañía que él pensaba era de frutas. Internet y la prensa en general se han llenado de referencias a Steve Jobs, genio emprendedor, pero cuya maquinaria empresarial tiene también el tufillo de las pretensiones de monopolio y la extensión abusiva e imparable del capitalismo. Sin embargo, dejando aparte disquisiciones algo demagógicas sobre la injusticia que el primer mundo promueve, ha circulado con ímpetu un video que recoge la intervención de Jobs en la graduación de estudiantes en la Universidad de Stanford, en 2005. Sólo por sus palabras debería mencionarse a este hombre, aunque no sea más que por recordarnos algo de la filosofía existencial que se esconde detrás del judeocristianismo de toda la vida. Contó Jobs en su discurso tres historias. La primera era sobre “conectar los puntos” del pasado de cada uno y recordó en ella cómo asistió en la Universidad de Reed a clases de caligrafía que, aunque en apariencia poco útiles, luego le servirían para el diseño del primer Macintosh: “No puedes conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes hacerlo hacia atrás. Así que tenéis que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro”. La segunda historia era sobre el amor y la pérdida. Y es que Jobs, fundador de Apple, fue despedido de su propia empresa, pero “la única cosa que me mantuvo en marcha fue mi amor por lo que hacía” y, así, fundó NeXT, que sería comprada por Apple, y Pixar: ”Había cambiado el peso del éxito por la ligereza de ser de nuevo un principiante, menos seguro de las cosas”. La tercera historia era sobre la muerte, el destino que todos compartimos y la plasmación más evidente del tiempo: “Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder”. Y acababa su intervención a los universitarios de Stanford pidiéndoles: “Seguid hambrientos, seguid alocados”. No es nada original lo que dice en ese video Steve Jobs, pero es un recuerdo más de que cada uno debe ser dueño de su vida y de que al fin y al cabo esta se reconduce por misterios que acaso nunca lleguemos a comprender del todo, ni siquiera cuando internet parece que nos ofrece todo el conocimiento del mundo.


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