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En la entrega de la llave de oro de madrid


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PALABRAS DEL ALCALDE DE MADRID, ALBERTO RUIZ-GALLARDÓN

EN LA ENTREGA DE LA LLAVE DE ORO DE MADRID

AL PRÍNCIPE DE GALES

Altezas Reales; portavoces de los Grupos Municipales; miembros de la Corporación; miembros de la delegación británica; embajadores; autoridades:

En este día en que Madrid recibe la visita oficial de Sus Altezas Reales, la Corporación Municipal siente gran satisfacción por la presencia entre sus muros del Príncipe Heredero de la Monarquía Británica. Su Majestad la Reina Isabel II honró también este mismo salón de Sesiones, acompañada por su Alteza Real el Duque de Edimburgo, en octubre de 1988.

No es la primera vez que nuestras calles contemplan el paso del Príncipe de Gales. La primera de la que se tiene constancia documental fue en 1623, cuando el futuro Carlos II se estableció durante casi seis meses en esta ciudad. Aquella visita, que provocó gran expectación, estuvo motivada por el deseo del Príncipe de conocer a la Infanta María de Austria, con la que se había concertado su matrimonio en 1611, aunque el enlace no llegó a término. Están igualmente registradas otras dos visitas de antecesores de su Alteza Real a nuestra ciudad: las del futuro Eduardo VII, en 1876, invitado por nuestro Rey Alfonso XII, y la del futuro Jorge V, en 1906, para asistir a la boda de Alfonso XIII con una princesa inglesa, Victoria Eugenia de Battenberg, abuela de nuestro Rey Juan Carlos. Y está también en nuestro recuerdo su presencia, Señor, en el enlace de los Príncipes de Asturias, hace siete años. Un acontecimiento que fue causa de tanto júbilo en España como ya se vive en el Reino Unido con motivo de la boda de Su Alteza Real el Príncipe Guillermo, por la cual le felicitamos calurosamente.

Esta vez, el propósito de su nueva visita es bien distinto: fomentar e incrementar los intercambios entre nuestras dos naciones, los cuales viven, pese al difícil contexto económico global, uno de sus mejores momentos. Y si hoy se acepta como algo lógico en una visita real este interés por un asunto que, como la cooperación económica, es fiel signo de los tiempos, se debe al carácter moderno, útil y próximo que caracteriza a la Monarquía parlamentaria, de la cual el Reino Unido ha sido glorioso pionero, y España uno de sus mejores y más actuales exponentes. Nuestros países, en efecto, comparten una forma de gobierno que a las virtudes de la alternancia política, el sistema representativo y el respeto a las libertades añade la solidez singular que aporta una institución que ha sabido mantenerse cercana a su pueblo, sensible a sus inquietudes y valedora de sus proyectos.

Esta realidad, que Madrid percibe de modo constante, por su especial relación de lealtad a la Corona, pero también por su condición de capital del país al que esta sirve, tiene raíces muy hondas que explican su vigencia. Con todas sus particularidades, la experiencia histórica de España y del Reino Unido es la misma a estos efectos: en los breves y excepcionales periodos en los que la sociedad y la Corona se han alejado, la vida nacional ha estado presidida por la inestabilidad y la división; en aquellos en que, por el contrario, han permanecido juntas, han progresado con desigual fortuna en uno u otro momento, pero con la certeza de poder legar a las generaciones siguientes un futuro mejor. Como resultado de estas lecciones de la Historia, España y el Reino Unido disfrutan hoy de una forma de democracia más perfeccionada, en la que, según especifica la Constitución española, y como también demuestra la tradición británica, el Rey “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”, facilitando el entendimiento de estas entre sí, y el de nuestra sociedad con otras naciones.

De esta concepción moderna de la Monarquía parlamentaria, con la cual identificamos plenamente a Su Alteza Real, se desprende una especial caracterización de esta institución como una permanente vocación de servicio. Como ha escrito el rector de la Universidad Juan Carlos I de Madrid, “la Monarquía parlamentaria es una Monarquía del deber y de la obligación; del esfuerzo y de la constancia; de la tenacidad y de la discreción; de la prudencia y de la mesura”. A la legitimidad dinástica e histórica, se suma así una legitimidad cotidiana, de oficio, que a diario renueva los lazos de afecto y de comprensión que vinculan a la Corona y a sus representantes con el pueblo con el que comparte preocupaciones, esperanzas y alegrías. No me resisto a recordar a este respecto la anécdota protagonizada por la bisabuela de Su Alteza Real, la Reina María, quien en los días aciagos de la Primera Guerra Mundial acostumbraba a visitar todos los días a los heridos que en terribles condiciones llegaban del frente, recorriendo hasta cuatro hospitales cada jornada. Cuando, ya en el Palacio de Buckinham, una persona del grupo que la acompañaba dijo sentirse agotada y odiar los hospitales, la Reina contestó: “Perteneces a la familia real británica. Nunca nos cansamos y nos gustan mucho los hospitales”. Es ese oficio de la solidaridad tantas veces demostrado, ese espíritu de entereza y de exigencia junto a las vicisitudes, buenas o malas, vividas por la sociedad, el que tanto ingleses como españoles admiramos en nuestras respectivas familias reales, y el que ahora hace, Señor, que nuestro sentimiento de afecto y simpatía hacia Su Alteza sea especialmente sincero.

Fue en la siguiente conflagración mundial, la que se libró entre 1939 y 1945, cuando la Familia Real británica volvió a ligar su suerte a la de su país de modo especialmente intenso, de la misma manera que hoy le acompaña en los retos que tiene ante sí. Por lo que atañe a nuestra nación, la Transición a la democracia y la superación de sus momentos más tensos, gracias al compromiso permanente de Don Juan Carlos, marcaron los días decisivos en los que el país selló su destino con el de la Corona. En ambos casos, esta institución supo servir ejemplarmente a la causa de las libertades, haciendo mejores y más dignos a sus respectivos países, pero también al mundo y a la época en que a sus sociedades les ha tocado vivir.



Señor,

Es frecuente que las ciudades hagan uso de la tradición de entregar sus llaves como expresión de amistad. Madrid la inició en agosto de 1808, dando las que entonces eran las verdaderas llaves de dos de sus puertas a uno de los más ilustres militares del Imperio Británico: Sir Arthur Wellesley, el Primer Duque de Wellington, en agradecimiento por su contribución a la liberación de nuestra capital de las tropas de Napoleón. Permítame, Señor, que más de doscientos años después, como muestra del inalterado afecto que Madrid siente hacia el Reino Unido, de respeto hacia su persona y a la Monarquía que representa, le haga entrega yo ahora de esta simbólica Llave de Oro de la ciudad.


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