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En el salón de los reyes marcianos


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En el salón de los reyes marcianos
John Varley
* * *
Se necesitaba perseverancia, atención y voluntad de infringir las reglas, para observar la salida del sol en el Cañón Tharsis. Matthew Crawford se estremeció en la oscuridad, el termostato de su traje puesto en situación de emergencia, sus ojos vueltos hacia el este. Sabía que tenía que permanecer atento. Ayer se lo había perdido por completo, a causa de un largo e inevitable bostezo. Los músculos de su mandibula se tensaron, pero controló el bostezo y mantuvo los ojos firmemente abiertos.
Y allí estaba. Como los focos de un teatro cuando la función ha terminado; apenas un rápido resplandor, un destello de localizada luz de un azul purpúreo por encima del borde del cañón, y se vio rodeado de candilejas. Había llegado el día, el truncado día marciano que nunca llegaba a rozar la oscuridad que colgaba por encima de su cabeza.
Aquel día, como los nueve anteriores, iluminó a un Tharsis radicalmente distinto de lo que había sido durante los últimos soñolientos diez mil años. La erosión eólica de las rocas puede crear una infinidad de sombras, pero jamás excava una línea recta o un arco perfecto. El campamento humano bajo él rompía las desgarradas líneas de las rocas con ángulos y curvas regulares.
El campamento era cualquier cosa menos un modelo de orden. No daba en absoluto la impresión de que alguna planificación hubiera presidido la desordenada dispersión de domo, módulo de aterrizaje, tractores y esparcido equipo. Había crecido, como todos los campamentos base humanos, sin orden ni concierto. Parecía seguir las huellas de la Base Tranquilidad, aunque a mucha mayor escala.
La Base Tharsis se asentaba sobre una amplia cornisa aproximadamente a medio camino hacia arriba del irregular fondo del brazo Tharsis, perteneciente al Gran Valle de la Hendedura. El lugar había sido elegido debido a que era una zona lisa, que permitía un fácil acceso, mediante un ascenso suave, a las planas llanuras de la Meseta Tharsis, al tiempo que se hallaba apenas a un kilómetro del fondo del valle. Nadie podía decir qué área era más digna de estudio, si las llanuras o el cañón. De modo que el lugar había sido elegido como un compromiso. Lo cual significaba que los equipos de exploración debían subir o bajar, porque no había nada digno de estudio en las inmediaciones del campamento. Incluso los estratos visibles y los testimonios de la acción aerológica no podían ser vistos sin subir medio kilómetro, hasta el punto donde Crawford se hallaba ahora para observar la salida del sol.
Examinó el domo mientras caminaba de regreso al campamento. Había una silueta apenas visible a través del plástico. A aquella distancia hubiera sido incapaz de decir quién era de no ser por su negro rostro. Era una mujer. La vio avanzar hacia la pared del domo y limpiar con el brazo un círculo para mirar a su través. Evidentemente, vio el rojo brillante de su traje, puesto que señaló hacia él. Ella también llevaba puesto su traje, excepto el casco, que contenía la radio. Supo que iba a tener problemas. La vio apartarse de la pared e inclinarse para recoger el casco, a fin de poder decirle lo que pensaba de la gente que desobedecía sus órdenes, cuando el domo se estremeció como una medusa.
Una alarma se disparó en su casco, llana y extrañamente relajante a través de su pequeño altavoz. Se detuvo allí por un momento mientras un perfecto anillo de humo hecho de polvo se alzaba en torno al borde del domo. Entonces echó a correr.
Vio el desastre desarrollarse ante sus ojos, en silencio salvo por el rítmico batir de la alarma en sus oídos. El domo estaba danzando y tensándose, intentando echar a volar. El suelo se alzó en su centro, arrojando de rodillas a la mujer negra. Al segundo siguiente el interior era una torbellineante tormenta de nieve. Matthew resbaló en la arena y cayó hacia delante; volvió a alzarse justo a tiempo para ver las cuerdas de fibra de vidrio del lado más cercano a él romperse y soltarse de las escarpias de acero que anclaban el domo a la roca.
Ahora el domo se parecía a un fantástico ornamento navideño lleno de copos de nieve, con el parpadeante resplandor rojo y azul de las alarmas. La parte superior del domo se alzó por encima de su cabeza, y el suelo se elevó por los aires, sujeto solamente por los anclajes aún intactos del lado más alejado de él. Hubo un estallido de nieve y polvo; luego el suelo volvió a descender lentamente hasta posarse de nuevo sobre el terreno. Entonces no se produjo ningún movimiento, excepto el lento desmoronarse del despresurizado techo del domo mientras caía sobre las estructuras que ocupaban su interior.
El tractor oruga se deslizó lateralmente al detenerse, casi a punto de volcar, junto al deshinchado domo. Dos figuras con trajes presurizados salieron de él. Se dirigieron hacia el domo, vacilantes, empujándose el uno al otro. Uno de ellos sujetó el brazo de su compañero y señaló hacia el módulo de aterrizaje. Ambos cambiaron la dirección de su marcha y treparon por la escalerilla que colgaba por el lado del módulo.
Crawford fue el único que alzó la vista cuando la esclusa inició su cielo. Los dos recién llegados casi tropezaron entre sí al surgir de ella. Deseaban hacer algo, y rápido, pero no sabían el qué. Finalmente, se limitaron a quedarse allí plantados, retorciéndose en silencio las manos y mirando al suelo. Uno de ellos se quitó el casco. Era una mujer fornida, de unos treinta años, con su pelo rojizo cortado casi al rape.
-Matt, hemos venido apenas... -Se interrumpió, dándose cuenta de lo inútil de aquellas palabras---. ¿Cómo está Lou?
-Lou no saldrá de ésta.
Hizo un gesto hacia el camastro, donde un hombre corpulento permanecía tendido respirando penosamente en una máscara de plástico transparente. Era oxígeno puro. La sangre rezumaba de su nariz y de sus oídos.
-¿Daños cerebrales?
Crawford asintió. Miró a su alrededor, a los demás ocupantes de la estancia. Allí estaba la Comandante de la Misión Superficie, Mary Lang, la mujer negra que había visto en el interior del domo inmediatamente antes de la explosión. Se hallaba sentada a la cabecera del camastro de Lou Prager, sujetándose la cabeza entre las manos. En cierto modo,, su aspecto resultaba más impresionante que el de Lou. Nadie que la conociera hubiera podido pensar que era capaz de hundirse en un tal estado de apatía. Durante la última hora no se había movido en absoluto.
Sentado en el suelo, envuelto en una manta, se hallaba Martin Ralston, el químico. Su camisa estaba manchada de sangre, y había sangre seca en su rostro y manos; hasta hacía poco no había conseguido que su nariz dejara de sangrar, pero sus ojos estaban alertas.

Se estremeció, desviando la mirada de Lang, su jefe titular, a Crawford, el único que parecía lo bastante tranquilo como para enfrentarse a cualquier situación. Martin era un seguidor nato, en quien se podía confiar, pero carente en absoluto de imaginación.


Crawford volvió a mirar a los recién llegados. Se trataba de Lucy Stone McKillian, la ecóloga pelirroja, y Song Sue Lee, la exobióloga. Seguían aún en pie, aturdidas, junto a la esclusa de aire, incapaces de comprender todavía que había quince hombres y mujeres muertos bajo la cubierta del domo.
-¿Qué dicen en la Burroughs? -preguntó McKillian, arrojando su casco al suelo y sentándose cansadamente con las piernas cruzadas y la espalda apoyada contra la pared.
El módulo de aterrizaje no era el lugar más confortable para celebrar una reunión; todos los camastros estaban montados horizontalmente, puesto que su propósito era amortiguar la aceleración del aterrizaje y el despegue. Con la nave apoyada sobre su cola, eso hacía que el noventa por ciento del espacio del módulo quedara inutilizado. Estaban todos reunidos junto a la mampara circular en la parte de atrás de los sistemas vitales, inmediatamente delante del depósito de combustible.
-Estamos aguardando una respuesta --dijo Crawford-. Pero puedo imaginar lo que van a decir: no hay nada que hacer. A menos que una de vosotras dos tenga algo de experiencia en el manejo de módulos marcianos de aterrizaje y no nos lo haya dicho nunca.
Ninguna de las dos se molestó en responder a aquello. La radio en la proa chirrió, luego repiqueteó llamando su atención. Crawford miró a Lang, que no hizo ningún movimiento para acudir a responder. Se puso en pie y trepó por la escalerilla para sentarse. en el asiento del copiloto. Conectó el receptor.
-¿Comandante Lang?
-No, aquí Crawford de nuevo. La comandante Lang está... indispuesta. Está atareada con Lou, intentando hacer algo.
-Es inútil. El doctor dice que es un milagro que todavía siga respirando. Si alguna vez llegara a recuperarse, no sería en absoluto el mismo que han conocido. La telemetría no muestra nada que se parezca a una onda cerebral normal. Ahora necesito hablar con la comandante Lang. Haga que suba.
La voz del comandante de misión Weinstein estaba acostumbrada a dar órdenes, y era casi tan emotiva como un informe meteorológico.
-Señor, se lo diré, pero no creo que acuda. Se trata todavía de su operación, ya sabe.
No le dio tiempo a Weinstein de replicar a eso. Éste se había visto atrapado por su propia antigüedad a comandar la Edgar Rice Burroughs, la nave orbital que los había traído a ellos hasta Marte y que se suponía tenía que llevarlos de regreso. El mando del Podkayne, el módulo de aterrizaje que se llevaría la parte del león en los titulares de los periódicos, había recaído en Lang. Había muy poca amistad entre los dos, especialmente desde que Weinstein empezó a rumiar acerca de los beneficios financieros que iban a recaer sobre la primera mujer en posar el pie en Marte, en vez de sobre el comandante de la misión. Se vio a sí mismo como otro Michael Collins.
Crawford llamó a Lang, que alzó la cabeza lo suficiente para murmurar algo.
-¿Qué ha dicho? -preguntó Crawford.

-Ha dicho que tomes el mensaje. -McKillian empezó a subir la escalerilla mientras decía esto. Ahora llegó a su lado y dijo en voz más baja-: Matt, está completamente destrozada. Sería mejor que tomaras tú el mando.


-Sí, lo sé.
Se volvió de nuevo hacia la radio, y McKillian escuchó por encima de su hombro mientras Weinstein resumía para ellos la situación tal como la veía. Encajaba mucho con la propia estimación de Crawford, excepto en un punto crucial. Desconectó el transmisor y se reunió con los demás supervivientes.
Miró en torno a los rostros de los demás y decidió que no era el momento de hablar de posibilidades de rescate. No le entusiasmaba ser el jefe. Esperaba que Lang se recuperara pronto y le quitara el peso de sobre sus hombros. Mientras tanto, tenía que hacer que empezaran a ocuparse en algo. Dio unos suaves golpecitos a McKillian en el hombro y la empujó hacia la esclusa.
-Haz que los entierren -dijo.
Ella apretó fuertemente los párpados, reteniendo las lágrimas, y asintió.
No fue un trabajo agradable. Apenas estaban a la mitad cuando Song descendió la escalerilla con el cuerpo de Lou Prager.
-Examinemos todo lo que sabemos. En primer lugar, ahora que Lou está muerto, las posibilidades de despegar de aquí son muy escasas. Es decir, a menos que Mary piense que puede absorber todo lo que necesita saber acerca de pilotar el Podkayne a partir de esas instrucciones que envió Weinstein. ¿Qué dices a ello, Mary?
Mary Lang estaba recostada, atravesada en el camastro improvisado que recientemente había estado ocupado por el piloto del Podkayne, Lou Prager. Cabeceaba apáticamente, apoyada contra el casco de aluminio del módulo; tenía la barbilla hundida en el pecho, y los ojos semicerrados.
Song le había administrado un sedante de las reservas del fallecido doctor, por consejo del médico a bordo de la E. R. B. Aquello había permitido a Lang dejar de luchar tan duramente contra el aullante pánico que deseaba soltar de su interior. Pero no había cambiado su estado de ánimo. Había renunciado por completo, no iba a hacer nada por nadie.
Cuando se inició el reventón, Lang había saltado rápidamente hacia su casco. Luego se había debatido contra la ventisca de nieve y el ondulante fondo del domo, dirigiéndose hacia la estructura abierta por arriba donde estaban durmiendo los demás miembros de la expedición. La explosión duró tan sólo diez segundos, y luego se le presentó el problema de luchar con el desplomante techo del domo, que rápidamente la enterró entre los pliegues de su plástico transparente. Era algo muy parecido a una de esas pesadillas en las que uno intenta correr hundido hasta las rodillas en arenas movedizas. Tuvo que luchar para avanzar cada metro de su recorrido, pero lo consiguió.
Lo hizo a tiempo de ver a sus compañeros de nave de los últimos seis meses jadear silenciosamente y escupir sangre por todos los orificios de su rostro mientras luchaban por ponerse sus trajes a presión. Era una tarea inútil intentar elegir a qué dos o tres de ellos salvar en el tiempo de que disponía, Quizá hubiera podido hacer algo más de no haber existido el monstruoso combate que había tenido que sostener para alcanzarles; se hallaba en estado de shock, y creía a medias que todo aquello no era más que una pesadilla. Así que aferró al que estaba más próximo, que resultó ser el doctor Ralston. Casi había acabado de colocarse su traje, de modo que ella le aseguró el casco y se trasladó al siguiente. Se trataba de Luther Nakamura, y estaba inmóvil. Peor aún, estaba enfundado sólo a medías en su traje. En aquel momento hubiera debido actuar de forma práctica, abandonándole y dirigiéndose a salvar a aquellos que aún tenían alguna posibilidad. Ahora lo sabía, pero seguía sin gustarle la idea, como tampoco le había gustado entonces.
Mientras estaba metiendo a Nakarmira en su traje, llegó Crawford. Había caminado por encima de los pliegues de plástico del techo hasta alcanzar el dormitorio, y había entrado por él abriendo un agujero con el láser que utilizaba normalmente para vaporizar muestras de rocas.
Crawford había tenido tiempo de pensar en el problema de a quién salvar. Se dirigió directamente a Lou Prager y terminó de colocarle el traje. Pero ya era demasiado tarde. No sabía siquiera si hubiera representado alguna diferencia el que Mary Lang hubiera acudido primero a salvarle a él.
Ahora Mary permanecía tendida en el camastro, sus pies colgando blandamente hacia ella, meneando despacio la cabeza de un lado a otro.
-¿Estás segura? -la aguijoneó Crawford, esperando obtener un sobresalto, un indicio de sobresalto, algo.
-Estoy segura -murmuró ella---. ¿Sabéis cuánto tiempo tuvo que entrenarse Lou para hacer volar esta cosa? Y casi estuvo a punto de hacerla pedazos. Yo.... oh, demonios, es imposible.
-Me niego a aceptar eso como una respuesta definitiva -dijo él---. Pero mientras tanto tenemos que examinar las posibilidades que existen si lo que Mary dice es cierto.
Ralston se echó a reír. Fue una risa carente de amargura; sonaba realmente divertido. Crawford siguió machacando:
-Hay una cosa que sí sabemos segura. La E. R. B. no podrá hacer nada por nosotros. Oh, nos ayudarán con todos los consejos que sean necesanos, quiza más de los que deseemos, pero cualquier tipo de rescate resulta imposible.

-Sabemos eso -dijo McKillian. Estaba agotada y se sentía enferma por la visión de los rostros de sus amigos muertos-. ¿De qué sirve toda esta charla?


-Espera un momento -la interrumpió Song- ¿Por qué no pueden ellos ... ? Quiero decir que disponen de mucho tiempo, ¿no? Según tengo entendido, tienen que irse dentro de seis meses debido a las condiciones orbitales, pero en todo ese tiempo...
-¿Acaso no sabes nada de espacionaves? -exclamó McKillian violentamente.
Song prosiguió, imperturbable:
-Sé lo suficiente para ser consciente de que la Edgar no está equipada para entradas atmosféricas. Mi idea era, no hacer bajar toda la nave, sino sólo lo que haya a bordo de la misma que podamos necesitar. Es decir, un piloto. ¿No es eso posible?
Crawford se pasó las manos por el pelo, preguntándose qué decir. Esa posibilidad había sido discutida, y estaba siendo estudiada. Pero había tenido que ser clasificada como extremadamente remota.
-Tienes razón --dijo-. Lo que necesitamos es un piloto, y ese piloto es el comandante Weinstein. Lo cual presenta problemas, legalmente al menos. Él es el capitán de una nave y no debe abandonarla. Eso es lo que lo mantiene en la Edgar en primer lugar. Pero se entrenó mucho en el simulador de la plataforma de aterrizaje cuando estaba convencido de que sería elegido para el equipo de tierra. Ya conoces a Winey, siempre ha tenido el instinto de¡ protagonismo en todo. De modo que si creyera que podía hacerlo, estaría aquí abajo al minuto siguiente, a fin de recogemos y llevarse él toda la publicidad. Tengo entendido que están intentando construir un sistema de paracaídas con escudo térmico para una de las cápsulas que se suponía debían hacernos llegar las provisiones durante nuestra estancia aquí. Pero es muy arriesgado. Uno no modifica a la ligera un diseño aerodinámico, no uno que se supone debe golpear la atmósfera a más de diez mil kilómetros de velocidad. Así que creo que podemos dejar eso de lado también. Seguirán trabajando en ello, pero cuando esté listo, Winey no se va a meter allí dentro. Desea ser un héroe, pero también desea vivir para verlo.
Hubo una breve subida de la moral por parte de Song, Ralston y McKillian ante la idea de un posible rescate. Pero cuanto más pensaban en ello, menos contentos parecían. En el fondo, todos estaban de acuerdo con la afirmación de Crawford.
-Así que coloquemos eso también en el archivo del Hada Madrina y olvidémoslo. Si ocurre, estupendo. Pero será mejor que demos por sentado que no va a ocurrir. Como es probable que sepáis, las E. R. B.-Podkayne son las únicas naves existentes que pueden alcanzar Marte y aterrizar en él. El otro par se halla todavía en el estadio de control de presupuestos en el Congreso. Winey habló con la Tierra y cree que van a acelerar los trámites preliminares, de modo que la construcción pueda iniciarse dentro de un año. La partida estaba programada para dentro de cinco años a partir de ahora, pero puede que así se consiga ganar un año. Ahora es una misión de rescate, más fácil de vender. Sin embargo, el diseño necesitará modificaciones, aunque sólo sea para incluir cinco asientos más a fin de llevarnos a nosotros de vuelta. Podéis apostar a que se realizarán más modificaciones cuando enviemos nuestro informe sobre el reventón. Así que mejor añadamos unos seis meses al esquema.
McKillian esaba ya harta de todo aquello.

-Matt, ¿de qué demonios estás hablando? ¿Misión de rescate? Maldita sea, sabes tan bien como yo que cuando nos encuentren aquí, llevaremos muertos un montón de tiempo. Probablemente muramos en un año.


-Ahí es donde te equivocas. Sobreviviremos.
-¿Cómo?
-No tengo ni la más remota idea.
La miró directamente a los ojos mientras decía eso. Ella casi no se molestó en contestar, pero la curiosidad pudo más:
-¿Se trata sólo de una sesión para infundir moral? Gracias, pero no la necesito. Prefiero enfrentarme a la situación tal como es. ¿0 acaso tienes realmente algo?
-Ambas cosas. No tengo nada concreto salvo decir que sobreviviremos, de la misma forma que los seres humanos han sobrevivido siempre: conservando nuestro calor, comiendo, bebiendo. A esa lista tenemos que añadir «respirando». Eso es lo más difícil, pero excepto eso, no somos distintos de cualquier otro grupo de supervivientes en un lugar difícil. No sé qué es lo que tendremos que hacer específicamente, pero sé que encontraremos las respuestas.
-0 moriremos intentándolo --dijo Song.
-0 moriremos intentándolo -asintió Crawford, sonriéndole.
Al menos ella había captado la esencia de la situación. Fuera o no posible la supervivencia, era necesario mantener la ilusión de que sí lo era. De otro modo, mejor abrirse las venas. Mejor no haber nacido siquiera, ya que la vida es una inevitable y fatal lucha por sobrevivir.
-¿Qué hay del aire? -preguntó McKillian, aún no convencida.
-No lo sé -respondió él alegremente-. Es un buen probleina, ¿no?
-¿Qué hay del agua?
-Bueno, en este valle hay un estrato de permagel a unos veinte metros de profundidad.
Ella se echó a reír.
-Maravilloso. ¿Así que eso es lo que quieres que hagamos? ¿Perforar y perforar, y calentar el hielo con nuestras pequeñas cabecitas rosadas? No funcionará, te lo digo yo.
Crawford aguardó hasta que ella hubo recitado una larga lista de razones por las cuales estaban condenados. La mayor parte de ellas tenían sentido. Cuando hubo terminado, habló suavemente:
-Lucy, escúchate a ti misma.
-Simplemente estoy...

-Estás colocándote del lado de la muerte. ¿Deseas morir? ¿Estás tan decidida que ni siquiera vas a escuchar a alguien que dice que puedes vivir?


Ella permaneció largo rato inmóvil; luego, incómoda, agitó los pies. Lo miró, después miró a Song y a Ralston. Estaban aguardando, y no le quedó más que enrojecer y sonreírles lentamente.
-Tienes razón. ¿Qué tenemos que hacer primero?
-Exactamente lo que estamos haciendo. Ser conscientes de la realidad de nuestra situación. Necesitamos hacer una lista de todo lo que tenemos disponible. Lo escribiremos en un papel, pero puedo daros un esquema general.
Empezó a contar los puntos con los dedos.
-Uno, tenemos comida para veinte personas durante tres meses. Eso representa casi un año para nosotros cinco. Con un racionamiento, quizá año y medio. Eso suponiendo que todas las cápsulas de provisiones nos lleguen correctamente. Además, la Edgar va a rebuscar en todos los rincones y nos enviará todo aquello de lo que puedan prescindir en las tres cápsulas de reserva. Eso puede mantenernos hasta dos años, incluso tres.
»Dos, tenemos agua suficiente por tiempo indefinido, si los recicladores siguen funcionando. Eso constituirá un problema, porque nuestro reactor agotará su energía dentro de dos años. Necesitaremos otra fuente de energía, y quizá otra fuente de agua.

»El problema con el oxígeno es más o menos el mismo. Dos años como máximo. Tenemos que encontrar una forma de conservarlo mucho más de lo que lo estamos haciendo ahora. Entre nosotros, no sé cómo. Song, ¿tienes alguna idea?


Ella adoptó un aire pensativo, que produjo dos verticales signos de admiración entre sus sesgados ojos.
-Posiblemente un cultivo de plantas de la Edgar. Si podemos encontrar alguna forma de hacer crecer plantas a la luz del sol marciano, y conseguir que los rayos ultravioletas no las maten...
McKillian pareció horrorizada, como todo buen ecólogo.
-¿Y qué hay de la contaminación? -preguntó-. ¿Para qué creéis que sirvió toda aquella esterilización antes de nuestro amartizaje? ¿Pretendéis enviar al diablo el equilibrio ecológico de Marte? Nadie podrá saber nunca si las muestras recogidas en un futuro serán plantas auténticamente marcianas o ejemplares terrestres mutados.
-¿Qué equilibrio ecológico? -contraatacó Song-. Sabes tan bien como yo que el resultado de este viaje ha sido muy próximo a cero. Unas cuantas bacterias anaerobias, una mancha de líquenes, ambos apenas distinguibles de las formas terrestres...
-Eso es precisamente lo que quiero decir. Si importáis formas de la Tierra ahora, jamás podremos saber en qué se diferencian.
-Pero puede hacerse, ¿no? Con la protección adecuada, de modo que las plantas no resulten eliminadas antes de germinar, podemos disponer de una factoría hidropónica que funcione...

-Oh, sí, puede hacerse. Puedo ver tres o cuatro sistemas de hacerlo en este mismo momento. Pero no estáis enfocando la cuestión principal, que es...


-Dejadlo estar --dijo Crawford-. Simplemente deseaba saber si teníais algunas ideas al respecto.
Se sentía secretamente complacido por la discusión; les hacía pensar a ambas de forma positiva, haciéndolas salir de la mortal apatía contra la cual debían protegerse.
-Creo que esta discusión ha servido para su propósito -prosiguió-, que era convencer a todos de que la supervivencia es posible.
Miró intranquilo a Lang, que aún meneaba la cabeza, con los ojos vidriosos como si todavía estuviera viendo a sus compañeros morir ante ella.
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