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Eloy tarcisio


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LA JORNADA

CULTURAL


PAG. 27

08/06/85


ELOY TARCISIO

JORGE ALBERTO MANRIQUE


Entre la muy variada actividad de los jóvenes artistas mexicanos, que ha ido ocupando con cierta rapidez el espacio de galerías jóvenes (y de otras no tanto), de concursos diversos y aun de museos prestigiosos, puede conocerse un grupo – verdadero grupo sin grupo – de artistas que, sin relación personal unos con otros, salvo excepciones, indagan y fincan su que hacer en la recuperación de una cultura mexicana subyacente o marginada. En la actitud de estos artistas, muy distintos entre si, puede advertirse una preocupación de relectura de nuestra propia cultura, que desecha lo grandilocuente, pintoresco, o heroico para encontrar una identidad sustentada en elementos, más profundos y menos retóricos; puede igualmente notarse, en parte como consecuencia de lo anterior a menudo el abandono de los modos, apoyos, y técnicas tradicionales para sustituirlas con el uso de otros medios, que pueden ir desde el papel de china picado y doblado (Espindola) al bordado y aplicado (Rowina Morales), el uso de estambres (Polanco), papel encolado y madera (Germán Venegas) o el ensamble de objetos de uso común (Adolfo Patiño, Ana Checchi).
Eloy Tarcisio es un artista que lleva años trabajando con materiales tan poco comunes como pueden ser las pencas de nopal, las flores, el maíz, y como colores los que proceden de tunas y pitahayas, de zapote prieto o de mamey. Esto conduce a que el sitio donde se exponen sus obras se convierte a veces en un pudridero, efecto que está previsto en el sentido mismo de las obras; otras veces las piezas, como momias secas alcanzan una persistencia mayor. Simultáneamente Eloy Tarcisio trabaja medios más convencionales (o menso atípicos) y entonces su obra, con un mecanismo conceptual muy riguroso, alcanza formas figurativas de una gran fuerza. Puede recordarse aquella cruz de pencas de nopal en tinta negra sobre amate que le valió uno de los primeros premios de un salón nacional de dibujo. Todavía más, es común que al exponer sus obras, Tarcisio las acompañe de un acto de espectáculo que explica el sentido de los objetos estéticos.
La actual exposición de Eloy Tarcisio en la Galería OMR reúne obra fresca y de un inmediato pasado y conjunta, llevándolas en buena parte adelante, las preocupaciones persistentes de su desarrollo. Por una parte, están presentes aquellos paneles no figurativos cuyos colores proceden de tunas o pitahayas u otros colore naturales, o cubiertos de maíz o de pencas secas de nopal. Un gran tríptico es una referencia casi brutal a la bandera con sus tres colores. Por otra parte, una proporción mayor de la exposición de carácter figurativo – peculiar figurativismo – en donde glosa de maneras muy diversas el mundo mítico prehispánico, especialmente en torno al mito de la Coyolxauhqui.
La aventura conceptual y formal de Eloy Tarcisio se finca en la idea central de recoger los despojos del antiguo mito, asumiendo que sigue, degradado o exaltado, persistente en nuestros huesos, a la manera, digamos, como Copil recogió los miembros dispersos de su madre. Una restitución necesaria e imposible. Seguimos hundidos en el mito, pero su actualización cotidiana no es la imagen noble de los códices – ni menos la lavada escenografía de al pintura mexicanista – sino el drama y la ferocidad de todos los días y el humor ácido que los hace posibles. “En México – decía Antonin Artaud hace 40 años, cito de memoria – los dioses aztecas, toltecas, chichimecas han resucitado: feliz idolatría si fuera capaz de hacernos revivir el sentimiento de aquella vida terrible y aquella enorme belleza.
El propósito de Tarcisio es, precisamente, hacer explícita esa vida terrible. Los corazones de Cotlicue ya no nos conmueven como conmovieron a los aztecas, pero el corazón sigue siendo el mismo en la realidad de las autopsias; la sangre (casi todas las obras son absolutamente rojas) sigue siendo la misma; las macanas de utilería no nos asustan, pero los cuchillos siguen haciendo sangre en la ciudad. Agreguemos la presencia de humor y de amor que ronda constantemente por las obras de Tarcisio. Sus figuras, que no copian códices ni esculturas, caminan hacia la fuerza de aquellas imágenes por su reducción a esquemas simples, por su abandono del sentido occidental de “arriba abajo”, por similar conjunción de realidad irrealidad.
Diré que el acto que tuvo lugar en la inauguración, donde dos mujeres danzaban la lucha Coatlicue-Coyolxauhqui con música contemporánea mientras Eloy vertía chapopote sobre paneles de maíz, bien plantado como concepto, no logró la fuerza de las columnas de nopales ni de las imágenes de las paredes, no se acercó a esa unión de concepto y forma que Eloy Tarcisio persigue tenazmente.

Uno de los más flacos favores que se le hayan hecho a Eloy Tarcisio es llamarlo “neomexicanista”. A él y a otros. No son “neos” en el sentido de que no tratan de recuperar un mexicanismo o nacionalismo ido. Son otra cosa. Que para tanto oropel tiene espinas el nopal se llamó una exposición en el Museo de Arte Moderno allá por 1987, queriendo significar con ello, a partir de un poema satírico mexicano del siglo XVII, sí una actitud de raigambre en lo propio, pero nada de una vuelta al nacionalismo a la Diego Rivera, triunfalista en su visión idílica del pasado prehispánico.


Acá se trata de otra cosa. No de remitirse a épocas que ya no son válidas, sino de hurgar en ese mundo lateral, deprimido, ajeno a los discursos presidenciales, que no tiene más gloria que la de su subsistencia a pesar de tantas buenas intenciones para destruirlo, para dejar paso a una limpia imagen literaria compatible con la tan traída y llevada modernidad.
Esa modesta furia, ese indocumentado sentir de pasiones y modos de entender la vida que, en guiñapos, existe y nos conforma a pesar de todo es lo que se ha propuesto Eloy Tarcisio en una empresa que a través de ya no tan pocos años se ha mostrado consistente.
Primero fueron aquellas obras cuyo color era de las tunas y las pithayas y el zapote, luego las cruces de nopales o de corazones. En su obra hay un elemento ético dominante que determina formas de moverse y de hacer. Pueden ser unas tablas rajadas embadurnadas de color, o unas tapas de tinaco con algunas figuras; o una acción (performance) que reúne lo ridículo con lo profundo: lo ridículo como modo de llegar a lo profundo. O puede ser una pintura figurativa, de un dibujo bronco y descuidado que a veces recuerda a Orozco.
La actual exposición de Eloy Tarcisio en el Museo Universitario del Chopo, generalmente abierto a juventudes y vientos diversos, muestra tres aspectos aparentemente discordantes y sin embargo integrados de la obra de Tarcisio. Por una parte está una instalación, que hacer en el que el artista ha mostrado una gran capacidad de imaginación, trabajando preferentemente con nopales. En el centro del espacio que le fue destinado hay una gran superficie de nopales regular y ortogonalmente dispuestos, en cuyo centro se forma una círculo de tunas. Los nopales verdes están chorreados de rojo sangre.
Otra vertiente son los cuadros figurativos. Ahí Eloy recoge; a como él entiende, una tradición de mitos aztecas que planean inevitables sobre la ciudad. Las formas de representación no tienen de entrada nada qué ver con las representaciones prehispánicas. Nosotros ya no somos ellos, pero tenemos algo o mucho de ellos. Hablamos de otro modo y figuramos de otro modo. Pero esta serie de besos en donde las lenguas se hacen pedernales, o esos hombres cayendo nunca se sabe a dónde, o esos coitos rudos y tiernos son aquella vida no perdida, porque está en nosotros.
Y, tercera vía, el cuadro no representativo que tiene un valor semántico y ético. Ya no aquí aquél inmenso corazón –no pintado a la azteca- sino la sangre misma (sangre de verdad) que cubre un inmenso lienzo y se escurre, acomoda y pudre según puede ella y según puede el artista. O los paneles de rosas secas chorreadas de chapopote. La violencia –pero qué violencia arropada por la ternura- es entonces sobrecogedora.
Si un sentido tiene el trabajo de Eloy Tarcisio, aquí y ahora, no es el de recuperar triunfalistas visiones de imperios “gloriosos” y opresores, sino el de recuperar algo mucho más viejo: el sentido ético en eso que, ya no sabemos bien por qué, seguimos llamando objeto artístico.
Jorge Alberto Manrique

La Jornada

20 de mayo, 1992

ELOY TARCISIO

Jorge Alberto Manrique

La Jornada, Cultura, martes 9 de agosto de 1994



La exposición de Eloy Tarcislo en el Centro Cultural San Angel, espacio que se ha ido ganando un merecido reconocimiento por la inteligente selección de sus exposiciones -ara avis en las galerías de las delegaciones, en general erráticas y siempre dispuestas a exhibir al primo del delegado que, no sé por qué, suele hacer paisajes o acuarelas- es una exposición modesta en dimensión y, sin embargo, muy llena de contenidos.
Lo que señala la tarea de Tarcisio, desde hace rato, es su absurda tenacidad por llegar a la profundidad de las cosas. Si las cosas no son vivas o tangibles, pierden importancia. Si uno tiene un compromiso verdadero con el mundo que lo rodea, indefectiblemente se encuentra en una cuerda floja, en la necesidad de establecer puentes de unión entre lo que llamamos objeto artístico y lo que es el mundo, tan difícil de aprehender y tan distinto para cada quien, cada quien en su personal situación.
Tarcisio es, no me cabe duda, un artista de frontera. Se maneja con igual soltura en tres campos distintos. El del arte-objeto, el del arte como invención no objetual (es decir, el arte como acto, llámese instalación, performance, happening o como se quiera), y el del arte como modo de propiciar quehaceres artísticos. En esos tres terrenos, hacer formas, inventar acciones, hacer objetos y propiciar “hechos artísticos” se ha movido su actividad.
Simultáneamente a la exposición del Centro Cultural San Angel, Eloy Tarcisio tiene una exposición -que no he visto- en el Museo de Monterrey, ancila del hecho de que haya obtenido una distinción en la Bienal de Monterrey.
Tarcisio está al frente de la asociación X'Teresa, que en el espacio de la ex iglesia de Santa Teresa la Antigua, en la hoy calle de Licenciado Verdad, inventó para el Instituto de Bellas Artes un lugar para las formas de arte alternativas. Nada quizá tan difícil, y sobre todo en nuestro medio, como establecer un lugar para los que hacen un arte que, o no se puede colgar en una pared, o no se puede poner en un pedestal. El Instituto Nacional de Bellas Artes que, contra todo lo que a veces se diga, es muy sensible al movimiento artístico del país, entendió la necesidad de un espacio alternativo. La iglesia de Santa Teresa la Antigua, gran obra barroca de Cristóbal de Medina, uno de los creadores del barroco mexicano, con la capilla anexa del Señor de Santa Teresa (o de lxmiquilpan), obra del neoclásico González Velásquez, cuya cúpula fue rehecha por De la Hidalga a mediados del siglo pasado, era un espacio difícilmente museable. Una iglesia no es seguramente el mejor sitio para colgar cuadros. De pronto -diré que en esto tiene mucho qué ver la percepción inteligente de Tarcisio- Santa Teresa (X'Teresa, como se le llamó) resultó un sitio formidable para el “no arte”; es decir, para formas de creación que no se corresponden con lo que, en la “historia del arte" se ha tenido como tal. La situación actual de X'Teresa está un poco en veremos, desgraciadamente, porque se ha presentado un conflicto entre la directora oficial, y Tarcisio, presidente de X'Teresa (Ver: Silvia Navarrete: “Eloy Tarcisio y X'Teresa”, La Jornada Semanal, 269, agosto, 1994). El hecho, absolutamente novedoso y lleno de expectativas, de que el INBA abriera un espacio a las “artes alternativas”, que en el mundo es sin duda ejemplar, ahora se ve seriamente conculcado.
La exposición de Eloy Tarcisio en el Centro Cultural San Angel es la más escueta que yo haya visto de este artista. Está compuesta por una serie de cuadros, de dimensiones medias, ejecutados con sangre (no humana, sino de vaca) y por dibujos y grabados con pencas de nopal, generalmente dispuestas en cruz, lo que ha llegado a ser una especie de “marca” del artista ¿Usar sangre de vaca, cuando cualquier marca comercial da los mismos tonos, tiene algún sentido? Si no lo tuviera para Eloy sus cuadros no existirían. La sangre de vaca, al secarse produce craqueladuras muy diferentes a las que hace el óleo cuando se seca. Eso ¿es realmente importante? Pienso que para Eloy lo es, si no, no se tomaría el difícil trabajo de conseguir sangre para hacer sus cuadros. Pero lo que está detrás de todo este asunto es la tenacidad de relacionar eso que -quizá también por inercia- seguimos llamando arte, con lo que -quizá también por inercia- seguimos llamando vida.
La exposición de Eloy Tarcisio está hecha, además de los formidables dibujos de pencas de nopal, de una serie de cuadros pintados con sangre, donde, además de la materia, predomina una manera no -diria yo- hija de la action Painting sino de un modo mucho más elemental, mucho más legítimo, mucho más verdadero. En un terreno que me parece que tiene que ver mucho con un estadio de frustración y de derrota. Nos encontramos con Eloy Tarcisio porque nos reconocemos en la misma derrota.


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