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El viejo marinero El barco es una sombra entre las sombras


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Seudónimo: JASÓN

El viejo marinero

El barco es una sombra entre las sombras

las gaviotas lo sueñan al pasar

y un fantasma en el cuarto de derrota

se enamora de un punto cardinal.



"Se va se va el vapor"- Mario Benedetti

Puso la cabecera de la cama apuntando al norte, para navegar con el rumbo orientado hacia los sueños. Mientras ordenaba sábanas, almohada y mantas, trató de recrear esos días en que las ideas eran claras y la vida tenía sentido; pero, por más que lo intentaba cada noche, todo era una maraña de imágenes sin nombres ni formas. Porque esas sombras imprecisas podrían ser Fernanda o Vilmar, Lilian o Graciela; el buque, “Monte Ayala” o “El Neptuno”; el puerto, Génova o Yokohama. O qué serían.

Los años fueron desvencijando la memoria, haciendo astillas los recuerdos; el óxido los fue carcomiendo hasta que no supo si habían sido verdaderos o sólo quimeras con olor a resaca marina.

Esa noche se propuso, con particular ansiedad, navegar hacia los sueños, arribar al puerto de aquellos momentos vividos con intensidad. Hasta el momento no había logrado encontrar el rumbo. Si bien había leído que mientras dormimos hay momentos en que se sueña, al despertar, su mente siempre estaba en blanco. Ahora, con la cama apuntando al norte, tenía la ilusión de recuperar su vida marginada por la opacidad del tiempo.

Quitándose la ropa frente al espejo, se preparó para soñar; irguió los hombros, trató de levantar el pecho cóncavo de años y se acostó. Buscó la tibieza de las mantas para sobrellevar el frío que, poco a poco, había ido ganando sus miembros.

En la duermevela que precede al sueño, se sonrió cuando empezó a navegar hacia senos archivados en blanco y negro, confundiéndolos con los verdaderos, mientras se preguntaba si alguna vez los acarició o besó; o todo fue como esa vez en la última butaca del único cine del pueblo, masturbando los catorce años y bajo la mirada sensual de la Magnani.

La nostalgia de besos robados —que tal vez no existieron— hizo que sus ojos desbordaran de mar, que se escurrió, lento, hasta la boca. No supo si el gusto salobre, la orientación de la cama, la profundidad del sueño en el que iba cayendo o la determinación de bucear en las profundidades de la memoria, concretaron una ceñida perfecta —con las velas henchidas como los senos soñados—, hasta encontrar el rumbo apropiado y comenzar una navegación mar adentro, hacia una multitud de imágenes que jamás creyó recuperar.

Soñó que corría descalzo por la orilla del río, saltaba con los brazos en alto saludando a las areneras, a los remolcadores, a cuanto patacho1 asmático navegaba cercano a la costa. Si el leve toque afónico de una sirena respondía a sus gestos amigables, una sonrisa le iluminaba el rostro; permanecía con la mirada fija en la embarcación hasta contemplar, asombrado, cómo el barco era escamoteado mágicamente por la bruma matinal o por un recodo del río. Atento, se acercaba a la orilla para aguardar el chapoteo de la estela sobre la arena, que llegaba en tímidas oleadas.

Soñó con las viejas novelas de vaqueros que su padre guardaba como un tesoro en los polvorientos estantes del desván; con el enojo paternal cuando, luego de aprender a leer, cambió las novelas por relatos de bergantines y corsarios, de tormentas y abordajes, de viajes por tierras exóticas, de islas desiertas donde los piratas escondían tesoros fabulosos. Leyó fascinado cada aventura —hasta dejarle en los labios un sabor de algas marinas y en los oídos el rugido del vendaval y ecos de metrallas— y descubrió un vocabulario desconocido que pasó a integrar juegos y sueños.

La pelota, las canicas, el trompo, las chinas, los cromos y los tebeos fueron relegados al olvido. Dibujó mapas de islas solitarias con el plano detallado del lugar donde se hallaban enterrados cofres repletos de doblones, joyas y lingotes de oro; se transformó en el contramaestre que ordenaba pasar el lampazo por la cubierta, trepar a la cofa, izar la cangreja, el foque y la escandalosa, orzar a babor, ¡prepararse para el abordaje!, ¡arriad las velas!, ¡pasadlo por la quilla!

El bauprés, la tabla de jarcias, la rueda de cabillas, el trinquete, el mayor y el mesana, barlovento y sotavento, el nombre de las velas, tuvieron la atracción de las palabras misteriosas, de una vida de hazañas y correrías que fueron forjando su destino.

Soñó con Sandokán, los Tigres de la Malasia y la isla de Mompracem, con la temida tripulación del “Walrus”, el Capitán Flint, John Silver y el mapa de La Isla del Tesoro. Soñó con el capitán Smollett y su embarcación, la “Hispaniola”. Soñó con esa réplica de la goleta —regalo del abuelo conservado en el lugar privilegiado de la vitrina—, que tanto amó y disfrutó en los juegos infantiles, juegos de barcos y piratas, de viajes y aventuras.

Soñó con la ilusión de navegar, el primer embarco de aprendiz, ese espacio de vida donde fue dejando atrás piratas, tesoros y abordajes hasta asimilar con gusto costumbres marineras acordes con la época y el carácter mercante del buque.

Aprendió a hallar la meridiana. Sirius, Canopus, Achernar, Betelgeuse, Fomalhaut lo guiaron cuando aprendió a manejar el sextante, trazó las rectas sobre la carta y calculó la posición del navío. Todo era asombro, sed de conocimientos, ansias de navegar, de arribar al próximo puerto, de descubrir culturas distintas, de conocer otras mujeres, de encontrar, quizás, el amor.

Los recuerdos y las imágenes salían tumultuosos a la superficie, como los despojos afloran desde las profundidades después de un maremoto.

Evocó en el sueño aquellos mares oscuros, azules, luminosos, verdes, turbios, transparentes; mares convulsionados por tormentas despiadadas y otros calmos como un lago de aceite, en los que fue dejando una estela de vivencias. Timoneó su nave en guardias interminables de noches apacibles, mientras soñaba con el futuro, el próximo puerto. Capeó temporales mientras luchaba por mantener el rumbo ordenado en guardias agitadas, aferrado a las cabillas de la rueda del timón para no ser doblegado por rolidos y cabeceos. Sus ojos azorados contemplaron cómo olas enormes levantaban la proa, la mantenían un instante en el aire para luego dejarla caer con saña de verdugo sobre el mar embravecido. El embate sacudía el buque, que quedaba vibrando durante interminables segundos; la proa desaparecía bajo una montaña de agua que se desplazaba por la cubierta hasta arrojarse contra el castillaje, trepaba por la pared vertical para salpicar, ya sin fuerzas, las ventanas del puente. Cada pantocazo2 parecía el último, el que partiría el casco. Sin embargo, la nave avanzaba sin prisas, remontando las olas.

Revivió la curiosa expectativa al atravesar decenas de veces el triángulo de las Bermudas; erguido en la cubierta, aguardaba la manifestación de algo sobrenatural: el surgimiento de un gigantesco monstruo marino, el avistamiento de un objeto volador desconocido o el hallazgo de la puerta que lo comunicara con otra dimensión del universo.

Se soñó en noches apacibles, apoyado en la borda de la toldilla, mientras contemplaba los remolinos luminosos de las noctilucas en la estela del buque; caminando la cubierta o el puente volante de numerosos navíos —aquellos días en que el tiempo, propicio, se lo permitió—, mientras disfrutaba del palpitar de las máquinas, del rumor del mar, de los increíbles vuelos de cardúmenes de peces voladores, del retozar de delfines entrecruzándose en la proa, de la escolta incansable de petreles, gaviotas y albatros que, en órbitas continuas, acompañaron la derrota, siempre hambrientos, aguardando los desperdicios de la cocina, manjares disputados en un guirigay de revuelos, graznidos y zambullidas.

Soñó con sus sueños, donde anidaron las sirenas y ellas le cantaron reclamándolo las veces que pasaba un tiempo prolongado en tierra firme; él, fiel, volvía a ellas, volvía a navegar.

Ávido, curioso, recaló en numerosos puertos y conoció, en una y otra orilla del mar, ciudades con costumbres diferentes, humildes, lujosas, alegres, tristes, pujantes, apáticas. Visitó paraísos de madera y licores, cuevas de marinos y prostitutas que lo acogieron afectuosamente, guaridas con peces disecados, maquetas de barcos patinadas de humo y sudores, centenares de nudos marineros descansando en paredes de dudosa blancura. Compartió recuerdos y añoranzas de pescas y viajes, de aventuras y amores, acodado en mostradores mugrientos o en mesas talladas a navajazos en bares infames. Escuchó historias susurradas en alientos alcohólicos, relatos prodigiosos, sin pre­gun­tar si eran verdaderos o falsos, y fue atesorándolos en su joven memoria.

Amó la profesión, amó el mar, amó a los amigos, amó a aquellos navegantes que fueron compañeros en cientos de viajes, amó a cada muchacha que imaginó su mujer para siempre. El barco fue una prolongación de su cuerpo y el timón echó raíces en esas manos surcadas de ríos.

Soñó con esa sed que sólo los marinos conocen, una sed de hogar que nace de las vísceras, de tantos días meciéndose en mares de ensueños. Esa sed que lo motivó a encarar el proyecto imaginado en las guardias mansas, asomado a noches de estrellas: la búsqueda de un lugar donde levantar los cimientos de una casa. Volvió a soñarla tal como la soñara, tal como fue construida. Una casa en los suburbios de una ciudad pequeña, aislada, solitaria. Como en realidad era su vida. Cuando la hubo terminado, vio concretado una parte de sus anhelos: el sitio donde fundaría su hogar. Era consciente de que le faltaba dar los pasos fundamentales: encontrarla a ella, enamorarse, gestar los hijos, formar una familia.

Soñó con el momento en que debió abandonar esa vida itinerante soñada precozmente, para fondear al fin en esa casa solitaria, sin la mujer ni los hijos deseados.

Cuando comenzó a descender a la carrera la larga cuesta de los días, cuando una tenue neblina que se fue cerrando comenzó a envolverlo diluyendo los contornos y opacando la memoria, cuando el suelo comenzó a rolar bajo los pies y sus pasos perplejos requirieron el auxilio del bastón, comprendió que el plazo para revertir la soledad había expirado.

Todo eso lo soñó en una noche; en esa única y última noche recuperó la memoria.

Cuando los familiares —avisados por los vecinos— abrieron la puerta, quedaron varados ante el olor a peces muertos. El viejo, recostado sobre estribor en la cama orientada al norte, había finalizado la última singladura y arribado a puerto. Lo encontraron con todo el mar en las pupilas, una sonrisa a sotavento y la “Hispaniola” navegando sobre el pecho.



1 Patacho: Buque viejo

2 Pantocazo: Golpe que da el casco en el agua al chocar contra las olas.

Pantoque: Parte casi plana del casco de un barco que forma el fondo de una embarcación junto con la quilla.







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