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El renacimiento de la naturaleza el resurgimiento de la ciencia y de Dios


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EL RENACIMIENTO DE LA NATURALEZA
El resurgimiento de la ciencia y de Dios
Rupert Sheldrake
Digitalizado por Biblioteca Upasika
www.upasika.com

Agradecimientos


Este libro es el resultado de una prolongada búsqueda personal. No puedo enumerar aquí todas las plantas, animales, lugares, personas, tradiciones e ideas que me ayudaron a lo largo del camino. Sólo puedo expresar mi gratitud general por todo lo que recibí en los países en los que he vivido -Inglaterra, Estados Unidos, Malasia y la India-, y en el curso de mis viajes por Europa, América del Norte, Asia y África.
Muchas conversaciones con amigos y colegas han contribuido en este libro. Algunas tuvieron lugar en el marco de visitas informales, otras en conferencias y simposios y varias en series de encuentros a los que yo asistí durante la última década. En particular, las reuniones periódicas en Cambridge de los Epiphany Philosophers, un grupo al que pertenezco desde 1966; me refiero también a los encuentros de la British Scientific and Medical Network, a los consejos anuales de la Ojai Foundation en California entre 1984 y 1987 y a una serie de conferencias por invitación en el Esalen Institute de Califomia, en Hollyhock Farm (Cortes Island, Columbia Británica), en el Instituto de Ciencias Noéticas de Sausalito, Califomia, y en el International Center for Integrative Studies de Nueva York.
En particular, desearía expresar mi agradecimiento a las siguientes personas por las conversaciones que mantuve con ellas que ayudaron a dar forma al contenido de esta obra: Ralph Abraham, David Abram, William Anderson, Eric Ashby, Lindsay Badenoch, Robert Bly, David Bohm, Fritjof Capra, Bernard Carr, Christopher Clarke, Paul Davies, Larry Dossey, Lindy Dufferin y Ava, Dorothy Emmet, Warwick Fox, Adele Getty, Edward Goldsmith, Brian Goodwin, David Griffin, Bede Griffiths, Joan Halifax, David Hart, Rainer Hertel, Mac-wan Ho, Francis Huxley, Rick Ingrasci, Colleen Kelley, David Lorimer, Terence McKenna, Ralph Metzner,john Michell, Namkhai Norbu, Robert Ott, el extinto Michael Ovenden, Nigel Pennick, Anthony Ramsay, Martin Rees, Jeremy Rifkin, Janis Roze, Kit Scott, Ronald Sheldrake, Paolo Silva e Souza, John Steele, Denis Stillings, John Sullivan, Harley Swiftdeer, Brian Swimme, Robin Sylvan, Peggy Taylo, George Trevelyan, Piers Vitebsky, Lyall Watson, Rex Weyler y sobre todo a mi esposa Jill Purce, a quien dedico el libro.
Estoy especialmente agradecido a quienes leyeron los diversos borradores, por sus útiles comentarios y críticas: Lindsay Badenoch, Christoper Clarke, Adele Getty, Bede Griffiths, Francis Huxley, Kit Scott; a mis asesores editoriales ingleses, Erica Smith y Kelly Davis, y a mi asesor editorial norteamericano, Leslie Meredith, de Bantam Books.

Mi trabajo en esta obra ha sido parcialmente respaldado por una beca del Instituto de Ciencias Noéticas, del que soy miembro. Le agradezco a Keith Roberts ya sus ayudantes los dibujos de las figuras 5.1, 5.2, 5.3,

5.4, 6.2 y 7.1; también doy las gracias por la autorización para reproducir ilustraciones a los Trustees of the British Museum (figura 1.1), la British Library (figuras 1.2 y 2.2), Clive Hicks (figura 2.1), Ralph Abraham (figura 4.2), la Oxford University Press (figura 5.4) y j. Bloxham y D. Gubbins (figura 7.2).
Introducción
La familia de mi abuela tenía una plantación de mimbreras en Nottinghamshire, que producía materia prima para los cesteros del lugar. La más vívida imagen del renacimiento de la naturaleza llegó a mí mientras estaba en la vieja finca de la familia en Farndon, una aldea sobre el río Trent, próxima a mi pueblo natal, Newark. Yo tenía cuatro o cinco años. Cerca de la casa vi una fila de mimbreras de las que colgaban alambres oxidados. Quise saber qué hacían allí esos arbustos en fila y se lo pregunté a mi tío. Me explicó que alguna vez había habido una cerca de alambre y estacas de mimbrera, pero las estacas habían vuelto a la vida, convirtiéndose en esas plantas.

Me sentí lleno de reverencia.


Después olvidé el incidente, hasta hace unos años, cuando reapareció en mi mente en un momento de iluminación súbita.
Primero, el recuerdo en sí, el momento de comprensión al ver las estacas convertidas en arbustos vivos. Después, la sorprendente revelación de que ese recuerdo resumía gran parte de mi carrera científica. Durante más de veinte años, en Cambridge, en Malasia y en la India, había investigado el desarrollo de las plantas. Siempre me fascinó el interjuego entre la muerte y la regeneración. En particular, descubrí que la hormona vegetal auxina, que estimula el crecimiento y el desarrollo, e induce el enraizamiento de los gajos, es producida por células que mueren. (1) Por ejemplo, la generan las células de madera que "se suicidan" al diferenciarse en tubos conductores de savia en las venas de las hojas, los sistemas y todos los órganos mientras se desarrollan. La muerte de esas células estimula el crecimiento, y con ello más muertes celulares y más producción de auxina. Esta investigación me llevó a desarrollar una teoría general del envejecimiento, la muerte y la regeneración de las células tanto en las plantas como en los animales: las células son regeneradas por el crecimiento, mientras que la cesación del crecimiento conduce a la senescencia y la muerte.
En la India investigué la fisiología de los guisantes de palomas, arbusto con frutos en vaina, cuyas ramas flexibles se utilizan en cestería, como el mimbre en Europa. Uno de los aspectos más exitosos de mi trabajo fue el estudio del crecimiento regenerativo, sobre el que ahora se basa un nuevo sistema de recolección, que permite obtener cosechas múltiples de una misma planta. (3) Más recientemente, me he dedicado a

desarrollar un modo de comprender la naturaleza viva en términos de memoria intrínseca. Describo ese enfoque en mis libros A New Science of Life y The Presence of the Past. En una visión retrospectiva, todas esas actividades aparentemente disímiles son variaciones sobre el tema único del rebrote de las estacas de mimbrera. De modo análogo, este libro es una respuesta a la idea de que la naturaleza, que hemos tratado como muerta y mecánica, está en realidad viva; está volviendo a vivir ante nuestros ojos. Estudié biología en la escuela y en Cambridge debido a mi fuerte interés por las plantas y los animales, un interés alentado por mi padre herborista, farmacéutico y microscopista aficionado, y aceptado por mi madre, que me ayudó a recopilar mis diversas colecciones de animales y toleró las invasiones anuales de renacuajos y gusanos. Pero al avanzar en mis estudios me enseñaron que la experiencia directa e intuitiva de plantas y animales se consideraba emocional y no-científica. Según mis maestros, los organismos biológicos eran en realidad máquinas inanimadas, carentes de todo propósito intrínseco, productos del ciego azar y de la selección natural; toda la naturaleza no era más que un sistema mecánico inanimado. No tuve ningún problema en asimilar esa educación científica ya través de las prácticas de laboratorio, que progresaron desde la disección hasta la vivisección, adquirí el desapego emocional necesario. Pero siempre existió una tensión; mis estudios científicos parecían relacionarse muy débilmente con mi propia experiencia. El problema quedó resumido para mí cierto día en un pasillo del Departamento de Bioquímica, cuando vi un gráfico de las vías metabólicas en cuya parte superior alguien había escrito con grandes letras azules: CONÓCETE A TI MISMO.


Más tarde llegué a reconocer que el conflicto que experimentaba con tanta intensidad era un síntoma de una escisión que atraviesa a toda nuestra civilización, y que todos experimentamos en mayor o menor grado. Ahora está amenazada incluso nuestra supervivencia.

Desde el tiempo de nuestros más remotos antepasados hasta el siglo XVII se dio por sentado que el mundo de la naturaleza estaba vivo. Pero en los tres últimos siglos una cantidad creciente de personas educadas empezaron a pensar en la naturaleza como algo inerte. Ésta ha sido la doctrina central de la ciencia ortodoxa: la teoría mecanicista de la naturaleza.


En el mundo oficial -el mundo del trabajo, de la empresa y la política- la naturaleza es concebida como la fuente inanimada de recursos naturales, explotable para el desarrollo económico. Éste es el sentido de la naturaleza que se da por sentado, por ejemplo, en Nature, un importante periódico científico internacional. El enfoque mecanicista nos ha procurado progreso tecnológico e industrial. Nos ha proporcionado mejores medios para luchar contra las enfermedades; ha ayudado a transformar la agricultura tradicional en agroindustria, a mecanizar la labranza, y nos ha brindado las armas de un poder antes inimaginable. Las economías modernas están erigidas sobre ese cimiento mecanicista, y todos vivimos bajo su influencia.

En nuestro mundo no-oficial, privado, la naturaleza se identifica sobre todo con el campo como oposición a la ciudad, y principalmente con los lugares salvajes no echados a perder. Muchas personas tienen vínculos emocionales con ciertos lugares, a menudo asociados con su infancia, sienten empatía con animales o plantas, obtienen inspiración de la belleza de la naturaleza o experimentan una sensación mística de unidad con el mundo natural. A menudo, los niños son educados en una atmósfera animista de cuentos de hadas, animales que hablan y transformaciones mágicas. El mundo viviente es alabado en poemas, canciones y cánticos, y reflejado en obras de arte. Millones de personas de la ciudad sueñan con mudarse al campo, en algunos casos después de la jubilación, o con tener una segunda residencia en un paisaje rural.


Nuestra relación privada con la naturaleza presupone que está viva, y por lo general, al menos implícitamente, que es femenina. El enfoque del científico, tecnócrata, economista o desarrollista mecanicista, por lo menos durante las horas de trabajo, se basa en el supuesto de que la naturaleza es inanimada y neutra. Nada natural tiene vida, propósito o valor propios. Los recursos naturales están allí para que se los desarrolle y su único valor es el que les atribuyen las fuerzas del mercado o los planificadores oficiales.
Esta dicotomía también puede considerarse en términos de racionalismo y romanticismo establecidos como opuestos polares a fines del siglo XVIII. Entonces, lo mismo que ahora, los racionalistas contaban en apariencia con el respaldo de los éxitos científicos y tecnológicos, ya los románticos les respaldaba la intensidad innegable de la experiencia personal. Para los románticos, el racionalismo es no-romántico; para los racionalistas, el romanticismo resulta irracional. Todos somos herederos de estas dos tradiciones, y de la tensión existente entre ellas.
Durante varias generaciones los occidentales nos hemos acostumbrado a vivir con esa división interna. Una escisión comparable se ha establecido ahora en Europa oriental, Japón, China, la India y en alguna medida también en los países "menos desarrollados". Los misioneros del progreso mecanicista han difundido su doctrina en todas las naciones del mundo, haciéndola prevalecer sobre las actitudes animistas más tradicionales.
En la primera parte de este libro exploro las raíces de la división entre nuestra sensación de que la naturaleza está viva y la teoría de la naturaleza como algo muerto. No se trata sólo de una cuestión de interés histórico. Todos sufrimos la influencia de los hábitos mentales mecanicistas que dan forma a nuestras vidas, por lo general de modo inconsciente. Para someter a examen esos supuestos necesitamos considerar sus orígenes culturales y rastrear su desarrollo. Debemos recordar que lo que ahora son lugares comunes alguna vez tuvieron el carácter de teorías disputables, arraigadas en tipos peculiares de teología y filosofía, y que sólo creían en ellos una pequeña cantidad de intelectuales europeos. En virtud de los éxitos de la tecnología, la teoría mecanicista de la naturaleza ha triunfado ahora en una escala global. Se ha convertido en la ortodoxia oficial del progreso económico. Es una especie de religión y nos ha conducido a la crisis actual.
En la segunda parte, muestro de qué modo la ciencia misma ha comenzado a trascender la cosmovisión mecanicista. La idea de que todo está determinado de antemano y es en principio predecible ha dado paso a las ideas del indeterminismo, la espontaneidad y el caos. Los invisibles poderes organizadores de la naturaleza animada están emergiendo de nuevo en forma de campos. Los átomos sólidos e inertes de la física newtoniana se han disuelto en estructuras de actividad vibratoria. La máquina del mundo, sin capacidad creadora, se ha convertido en un cosmos evolutivo y creador. Incluso las leyes de la naturaleza podrían no ser eternas; podrían haber evolucionado junto con la naturaleza.
Por simple que parezca la idea de la naturaleza viva tiene profundas consecuencias, que examinamos en la parte final de este libro. Trastorna hábitos de pensamiento profundamente arraigados; apunta a un nuevo tipo de ciencia, a una nueva comprensión de la religión y a una nueva relación entre la humanidad y el resto del mundo viviente. Está en armonía con la idea de la Tierra como un organismo vivo y con el reverdecimiento de nuestras actitudes políticas y económicas. Necesitamos con urgencia encontrar métodos de restablecer nuestro sentido consciente de conexión con la naturaleza viva. Reconocer la vida de la naturaleza exige una revolución en nuestro modo de vida. y no tenemos tiempo que perder.

PRIMERA PARTE


Raíces históricas

CAPÍTULO 1


La Madre Naturaleza y la desacralización del mundo
LA MADRE NATURALEZA
Lo mismo que las madres humanas, la naturaleza siempre ha suscitado emociones ambivalentes. Es hermosa, fértil, nutriente, benévola y generosa. Pero también es salvaje, destructiva, desordenada, caótica, asfixiante y esparce la muerte: esta es la madre en su forma terrorífica, como Némesis, Hécate o Kali. La idea de la naturaleza como sistema mecánico inanimado es, en cierto sentido, más tranquilizadora; nos da la sensación de que tenemos el control y confirma satisfactoriamente nuestra creencia de que nos hemos elevado por encima de modos de pensar primitivos, animistas. La Madre Naturaleza asusta menos si es posible descartarla como una superstición, una metáfora poética o un arquetipo mítico confinado a la mente humana, mientras que el mundo natural inanimado está allí para que nosotros lo explotemos.
Lamentablemente, las consecuencias de este modo de pensar son en sí mismas terroríficas. Némesis está ahora operando en una escala global. Cambia el clima. Nos amenazan sequías, tormentas, inundaciones, el hambre, el caos. Los antiguos miedos están volviendo bajo nuevas formas. Aunque la conquista de la naturaleza para el bien del progreso humano es la ideología oficial del mundo moderno, la vieja intuición de la naturaleza como Madre aún incide en nuestras respuestas personales y le otorga fuerza emocional a frases tales como "la generosidad de la naturaleza", "la sabiduría de la naturaleza", y "la naturaleza intacta". También condiciona nuestra respuesta a la crisis ecológica. Nos sentimos incómodos al reconocer que estamos contaminando a nuestra propia Madre; es más fácil reformular el problema en términos de "mal uso" o "despilfarro de los recursos". Pero hoy en día, con el ascenso del movimiento verde, la Madre Naturaleza se está reafirmando, nos guste o no. En particular, el reconocimiento de que nuestro planeta es un organismo viviente, Gea, la Madre Tierra, toca una cuerda sensible en millones de personas; nos reconecta con nuestra experiencia intuitiva personal de la naturaleza y con su comprensión tradicional como algo vivo.
Las palabras mismas correspondientes a "naturaleza" en los idiomas europeos son femeninas: phusis en griego, natura en latín, la nature en francés, die Natur en alemán. La palabra latina natura significa literalmente "nacimiento". La palabra griega phusis proviene de la raíz phu, cuyo significado primario también estaba relacionado con el nacimiento. (1) De modo que nuestras palabras física y físico, lo mismo que naturaleza y natural, tienen sus orígenes en el proceso de la maternidad. En uno de sus significados primarios, la naturaleza es un carácter o una disposición ingénitos, como en la frase "naturaleza humana". Esto a su vez se vincula a la idea de la naturaleza como un impulso o poder innatos. En una escala más amplia, la naturaleza es la fuerza creadora y reguladora del mundo físico, la causa inmediata de todos sus fenómenos. y en consecuencia, "naturaleza" designa al mundo natural o físico como un todo. Cuando la naturaleza se personifica de esta manera es la Madre Naturaleza, un aspecto de la Gran Madre, la fuente y el sostén de toda vida y la matriz a la que toda vida retorna.
En las mitologías arcaicas, la Gran Madre tiene muchos aspectos.

Era la fuente original del universo y sus leyes, y gobernaba la naturaleza, el destino, el tiempo, la eternidad, la verdad, la sabiduría, la justicia, el amor, el nacimiento y la muerte. Era la Madre Tierra, Gea, y también la diosa de los cielos, la madre del Sol, la Luna y todos los cuerpos celestes -como Nut, la diosa egipcia del firmamento (figura 1.1), o Astarté, la diosa del cielo, reina de las estrellas-. Era la Naturaleza, la diosa de la Naturaleza. Era el alma del mundo de la cosmología platónica y recibía muchos otros nombres e imágenes como madre, matriz y fuerza sustentadora de todas las cosas. (2) Estas asociaciones femeninas desempeñan una parte importante en nuestros pensamientos; nuestra concepción de la naturaleza está entretejida con ideas sobre las relaciones entre mujeres y hombres, entre diosas y dioses, y entre lo femenino y lo masculino en general.


Si preferimos rechazar estas asociaciones sexuales tradicionales, ¿cuáles son las alternativas a la idea de la naturaleza como algo orgánico, vivo y maternal? Una es que la naturaleza sólo consiste en materia inanimada en movimiento. Pero en este caso nuestra negación del principio materno se limita a no ser consciente de él; la palabra "materia" deriva de la misma raíz que "madre" -en latín, los términos correspondientes son materia y mater- y, según se verá en el capítulo 3, todo el ethos del materialismo está impregnado de metáforas maternales.

La concepción de la naturaleza como máquina pone en juego otro conjunto de metáforas. Muchos mecanicistas suponen que este modo de pensar es el único objetivo, mientras consideran que la idea de una naturaleza viva es antropocéntrica, nada más que una proyección del modo humano de pensar sobre el mundo inanimado que nos rodea. Pero sin duda la metáfora de la máquina es más antropocéntrica que la orgánica. Las únicas máquinas que conocemos son las fabricadas por el hombre. La fabricación de máquinas es una actividad exclusivamente humana, y relativamente reciente. La concepción de Dios en los siglos XVII y XVIII, como diseñador y creador de la máquina del mundo, sigue el modelo del hombre tecnológico, y al considerar todos los aspectos de la naturaleza como mecánicos, proyectamos sobre el mundo que nos rodea las tecnologías del presente. En el siglo XVII estaban de moda las proyecciones hidráulicas y de relojería; las bolas de billar y las máquinas de vapor pasaron al frente como metáforas en el siglo XIX y hoy en día lo han hecho los ordenadores y las tecnologías de la información.


Resulta inevitable que pensemos en términos de metáforas, analogías, modelos e imágenes; ellas están insertadas en nuestro lenguaje y en la estructura misma de nuestro pensamiento. Tanto el pensamiento animista como el mecanicista son metafóricos. Pero mientras que el pensamiento mítico y animista se basa en metáforas orgánicas tomadas de los procesos de la vida, el pensamiento mecanicista apela a metáforas extraídas de maquinarias fabricadas por el hombre.
Como la Tierra es nuestro hogar inmediato, la Madre Tierra fue reconocida antes de que en una escala cósmica se concibiera un dominio más amplio de la Madre Naturaleza, que incluye la vasta extensión de los cielos. La imagen de la Tierra como madre se recoge en las culturas tradicionales de todo el mundo. A fines del siglo XIX, un norteamericano nativo, jefe de la tribu wanapum, explicaba como sigue el hecho de que él se negara a labrar la tierra: ¿He de tomar un cuchillo para rasgar el seno de mi madre? Entonces, cuando yo muera, ella no me acogerá en su seno para descansar. Me pides que excave en busca de piedras.
¿Acaso le abriré la piel para sacarle los huesos? Entonces, cuando muera, no podré entrar en su cuerpo para nacer de nuevo. Tú me pides que corte la hierba como forraje y la venda, para ser rico como los hombres blancos. Pero, ¿cómo osaré cortar el cabello de mi madre? (3) La tierra era sagrada, como fuente de vida y receptora de los muertos. Ella "da origen a todas las cosas, las cría y las recibe de nuevo en su matriz", según escribió el poeta griego Esquilo en el siglo V a.C. (4) En muchas partes del mundo se deposita a los recién nacidos sobre el suelo, ya continuación se les vuelve a recoger, para representar su nacimiento desde el seno de la tierra. La ceremonia les consagra a ella y al mismo tiempo les asegura su protección. (5) y hasta el día de hoy, incluso en las modernas sociedades industriales, muchas personas quieren ser enterradas en su tierra natal, para volver a su matriz terrena.
Durante muchos milenios, las cuevas desempeñaron una parte importante en la vida religiosa de la humanidad. Las pinturas conocidas más antiguas se hallaron en la profundidad de cavernas como las de Lascaux, del sudoeste de Francia, y probablemente desempeñaron un papel importante en los primeros viajes que emprendieron los habitantes de Europa hace más de veinte mil años. Los cultos de misterios de la antigua Grecia, como los que se celebraban en la caverna de Eleusis, continuaron esa antigua tradición. Entrar en la oscuridad de la cueva era como penetrar en la matriz de la Madre Tierra; volver a salir después de la iniciación ritual equivalía a un renacimiento. y los sótanos, criptas y sepulcros son cuevas de factura humana en las cuales los cuerpos de los muertos son devueltos a la matriz de la tierra. (6) Incluso en la actualidad, las cuevas siguen fascinando a millones de personas. Son atracciones turísticas populares. Pero al mismo tiempo pueden verse como lugares de peregrinaje a una región arcaica de nuestra imaginación colectiva: el sub mundo, habitado por las sombras de los que partieron. (7) Son también una vía de entrada al reino animal ya las reliquias materiales de las épocas pasadas. Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin, describió su jornada en las cavernas Blue John de Derbyshire, Inglaterra, con términos deliberadamente anticuados: "He visto a la Diosa de los Minerales desnuda, tal como está tendida en su galería más íntima". (8)

En ese mismo viaje de 1767, a Darwin le impresionaron profundamente los caparazones fosilizados y los huesos que encontró en las cuevas. "He estado en las entrañas de la antigua Madre Tierra, he visto maravillas y he adquirido muchos conocimientos curiosos en las regiones de la oscuridad." (9) Esa experiencia parece haber sido la chispa de las ideas revolucionarias por las que era célebre en Inglaterra hasta que su reputación fue eclipsada por la del nieto.


Se pensaba que la Madre Tierra era muy activa. Exhalaba el aliento de la vida, que nutría a los organismos vivos sobre la superficie. Si dentro de ella crecía la presión, expulsaba gases, provocando terremotos. Por la tierra circulaban fluidos y el agua surgía de sus fuentes como sangre. Dentro del cuerpo de la Tierra había venas, algunas de las cuales contenían líquidos, y otros fluidos solidificados como betunes, metales y minerales. Sus entrañas estaban llenas de canales, grandes hornos y fisuras a través de las cuales escapaban emanaciones volcánicas y aguas termales. En su matriz había piedras preciosas y metales, que ella nutría dentro de sí como si fueran embriones y que maduraban lentamente a su propio ritmo. (10) En todo el mundo era tradicional que los mineros practicaran ritos de purificación antes de entrar en la matriz de la cueva o la mina; penetraban en una región sagrada, un dominio que no pertenecía por derecho a los hombres. Las mitologías de las minas están llenas de duendes, genios y gnomos, diminutos guardianes de los tesoros terrestres. Después, el mineral se llevaba al horno, que aceleraba su maduración por medio del calor; los hornos actuaban como matrices artificiales, y el fundidor y el forjador asumían los poderes gestadores y formativos de la Madre. En las sociedades antiguas los forjadores y todos los que trabajaban el metal eran temidos y tenidos en alta estima; sus poderes eran considerados a la vez sagrados y demoníacos. (11) Con el desarrollo de la agricultura, la Madre Tierra dio paso a una idea más clara y más restringida de una gran diosa de la vegetación y la cosecha. (En Grecia, por ejemplo, Gea fue reemplazada por Deméter.) Pero las mujeres seguían estrechamente asociadas a la fertilidad del suelo y desempeñaron un papel dominante cuando la agricultura estaba en su infancia; por cierto, quizás hayan sido ellas quienes la inventaron. (12) En todo el mundo existen metáforas que vinculan a las mujeres a la tierra arada, al surco fértil. Por ejemplo, un antiguo texto hindú dice: "Esta mujer es como un suelo vivo: ¡sembrad en ella, hombres!". Y en el Corán leemos: "Vuestras mujeres son para vosotros como campos". (13) La misma metáfora está implícita en nuestra palabra "semen", que en latín significa "semilla".

La naturaleza fue tradicionalmente idealizada como Madre bondadosa en las imágenes de la Edad de Oro. Todo era pacífico y fértil; la naturaleza, liberal y generosa; los animales pastaban satisfechos; las aves entonaban puras melodías; había flores por todas partes y los árboles engendraban frutos en abundancia.

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