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El poeta perdido y hallado


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El poeta perdido y hallado



Antonio Prieto

La guerra de Iraq ha removido la tradición de los expolios tras la batalla, que a tantos ejércitos movió, aparte de engrandecer aristocráticamente algunos ilustres museos. La tradición es tan antigua y constante que uno de sus notables ejemplos nos lo ofrece el codiciado tesoro de Príamo, robado tras la destrucción de Troya, y declarado en 1993 como residente en el Museo Puschkin de Moscú que custodiaba Irina Antonova. Aunque parezca tangencial, en la cronología de los cifrados alaridos políticos sobre Iraq, una profesora de la Complutense, Isabel Colón, ha «encontrado» a un excelente poeta perdido del siglo XVI, leyendo bien un artículo de 1994 de Anastasio Rojo Vega publicado en la revista Castilla. Entre aquellos que solicitaban autorización para editar libros, Rojo Vega reproduce: «1588. Francisco de la Torre, vecino de Salamanca, los versos líricos y adónicos y las bucólicas». Apoyada en el Archivo de Simancas y en su excelente visión crítica, Isabel Colón nos ofrece un ejemplar artículo sobre Francisco de la Torre en el último número de la revista Dicenda (vol. 20; 2002) de la Complutense, con el que ya puede certificarse que existió realmente un poeta llamado F. de la Torre que, como vecino de Salamanca, puede situarse perfectamente dentro de la escuela poética salmantina que enorgullece fray Luis de León.


   Para quienes se acerquen con cierta inocencia a este artículo, me permitiré recordar que la búsqueda de este poeta, con su lugar de nacimiento, constituyó un empeño en el que participaron muy ilustres investigadores, uno de los cuales, Mª Luisa Cerrón Puga, editora de la Poesía completa en 1984, tituló certeramente un texto editado en Pisa: El poeta perdido: Aproximación a Francisco de la Torre. En 1631, Quevedo editaba dos grandes libros de poesía: el de fray Luis de León y el de Francisco de la Torre, a los que acompañan unas páginas prologales que sitúan la poesía de ambos poetas en una dirección que convenía a la posición del propio Quevedo, opuesta a las «oscuridades» de Góngora. En su edición, Quevedo daba como autor a un poeta del siglo XV, «el bachiller que llaman de la Torre», citado por Boscán en su «Octava rima». Por otra razón, también Lope de Vega, en 1630, se precipitó a mencionar «al divino Francisco de la Torre / celebrado del mismo Garcilaso / a cuyo lado dignamente corre». La materia y estilo del corpus poético editado por Quevedo no permitían, por su modernidad, estimarlo como propio del «bachiller Torre» del siglo XV, con lo que era necesario buscar a un auténtico poeta del XVI apellidado Torre o aceptar el Torre propuesto por Quevedo como un pseudónimo, que podría serlo del mismo Quevedo. Esta última posición la toma Luis José Velázquez cuando en el siglo XVIII realiza una nueva edición de estas Poesías y un Discurso «en que se descubre ser el verdadero autor el mismo Don Francisco de Quevedo». El reconocimiento de Velázquez lo aceptan Montiano, Luzán o López Sedano, mientras que no participan de ello Moratín o Pedro Estala. Luego, en 1880, Fernández Guerra casi inventa en su discurso académico a un Torre nacido hacia 1533, a lo que se opondrá Coster entendiendo a Torre como pseudónimo de Juan de Almeida, y Jorge de Sena lo atenderá como máscara del maestro Torrón. Gethin Hughen, Antonio Blanco o Cerrón volverán a un desconocido Francisco de la Torre.
   En mi vol. II de La poesía española del siglo XVI sostenía que era posible que este ignoto Francisco de la Torre defendiera, como Ovidio en Tristia, que su biografía estuviera en su poesía, dentro de un clasicismo renacentista que expresa admirablemente, como mostró Crawford, su vinculación con las Rime di diversi autori de L. Dolce. Asistido por esta cultura, el poeta podrá deslizarse y sentirse en las argumentaciones de la tórtola solitaria, de la cierva herida, de la hiedra catuliana o comunicarse con las estrellas, la noche o la luna. Era lógico que los lectores avezados de esta poesía quisieran saber quién era este Francisco de la Torre escondido del mundo. Escribía que «en contraste con tantas vanidades, es probable que Torre no quisiera ser sino el espléndido conjunto poético que lo existe y oculta». Pero el medido artículo de Isabel Colón anima a intentar desvelar lo que está oculto.


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