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El paradigma entrópico del supuesto de la abundancia ilimitada de los recursos naturales a la evidencia de la limitación y escasez de ellos


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EL PARADIGMA ENTRÓPICO


Del supuesto de la abundancia ilimitada de los recursos naturales a la evidencia de la limitación y escasez de ellos.

Prof. Orlando Retamal M.

Universidad de Concepción

Primavera de 1995



En busca de un nuevo paradigma

No obstante la cerrada oposición, la duda e incredulidad que se observa en los círculos oficiales del ámbito de los gobernantes, académicos, docentes, empresarios, comunicadores sociales y en el público en general, para asumir los efectos de la crisis medioambiental que amenaza a nuestra civilización. No cabe duda que nuestra orgullosa sociedad industrial, basada en la utilización acelerada de la dotación de recursos materiales y energéticos no renovables de la Tierra que impulsan y sirven de soporte a la producción y el comercio de nuestro moderno sistema de vida, ha entrado en una profunda crisis.


Los resultados de la acción indiscriminada y depredadora de los años de la “guerra fría” no se han hecho esperar.
Por primera vez, en la larga evolución geológica del planeta, la especie humana ha conseguido alterar el clima de la tierra, modificando así la dinámica de los sistemas naturales y las perspectivas de estabilidad de la Biosfera, de la que dependen la continuidad de la vida en los milenios por venir.
En el curso de los últimos 128 años, desde 1880, las naciones industrializadas del planeta han arrojado a la atmósfera más de 185.000 millones de toneladas de carbono procedentes de los combustibles fósiles; durante el mismo período, las emisiones de dióxido de carbono han pasado de 93 millones a más de 8.300 millones de toneladas anuales (A.M. Solomón, 1985).
A ello se debe agregar la acción indesmentible de los C.F.C. que destruyen el ozono de la atmósfera exterior, que demoró miles de millones de años en formarse y que permitió la vida sobre la superficie terrestre, protegiéndola de los mortíferos rayos ultravioletas.
La acelerada tecnificación de la agroindustria que emplea profusamente maquinaria pesada, abonos químicos y plaguicidas, también hace su contribución al fenómeno invernadero; lo mismo que el gas metano que ha aumentado en la misma proporción en que ha aumentado la población humana (2.500 millones habitantes en 1950 - 5.000 millones en 1987) y la basura que ésta produce.
Como se sabe el dióxido de carbono, los C.F.C. (clorofluorcarbonos), el óxido nitroso y el metano, son gases que impiden la fuga del calor del sol desde la tierra. Este proceso se ha visto acentuado con la deforestación masiva en todo el planeta, la deforestación es 10 veces superior a la reforestación (Inst. Recursos Mundiales).
Por otra parte, el parque automotriz e industrial en continuo aumento, junto a las centrales térmicas a base de carbón, son responsables de la lluvia ácida, que está diezmando el bosque en todo el mundo. Esto sin agregar la tala indiscriminada y los incendios forestales intencionales que están arrasando la cubierta vegetal de la Tierra, que es el sostén e todas las formas de vida.
La pregunta que nos hacemos es ¿porqué ocurre lo que está ocurriendo ante nuestra mirada? ¿Por qué no se toman las medidas adecuadas, pese al cúmulo de evidencias y pese a las resoluciones que se vienen adaptando en el plano institucional desde la Conferencia de Estocolmo en 1972 a la Cumbre de Tierra en Río de Janeiro en 1992, como en el plano de círculos académicos de científicos, desde los límites del crecimiento del Club de Roma en 1972, al Global 2000 de 1980, a nuestro Futuro Común de 1986.
En el presente trabajo intentaremos una respuesta.

Los supuestos en que se fundamenta nuestra visión del mundo
Las principales concepciones que han sustentado el pensamiento europeo cristiano occidental a partir del Renacimiento se basen en “supuestos filosóficos” sobre la naturaleza del mundo y sobre la naturaleza de la especie humana.
Estos supuestos no eran más que ficciones, las que al momento de ser formulados, nada justificaba su validez. Eran visiones en las que se quería creer. Cada supuesto fue una contribución de algún filósofo o pensador y tuvo la virtud de orientar la mentalidad de la gente en una dirección opuesta o distinta a la que había imperado durante la Edad Media.
Los componentes particulares de esta nueva visión son internalizados conscientemente en las personas, aún cuando dicha concepción o supuesto afecta las formas de hacer las cosas y afecta la forma cómo es percibida la realidad que nos rodea; e influye poderosamente en nuestra existencia cotidiana, convirtiéndose así en fundamento cultural de la sociedad.
Una cosmovisión tiene éxito en la medida que sea internalizada ya en la infancia en el individuo, con lo que se impide o dificulta ponerla en tela de juicio posteriormente.
La mayoría de nosotros piensa y cree firmemente que el mundo o la naturaleza va progresando hacia un estado más completo, más valioso, hacia un mundo mejor, como consecuencia de la acumulación constante de nuevos conocimientos científicos y de sus aplicaciones tecnológicas para la producción de bienes y riquezas.
Sobre la base de estos fundamentos o supuestos se va gestando una consmovisión con gran poder de penetración y convicción, la que ejerce un completo dominio sobre nuestra percepción de la realidad. Esta visión es tan sólida que ni siquiera podemos atrevernos a desarrollar una forma distinta de contemplar la naturaleza o la realidad. Quién lo intente será tildado de aventurero, catastrofista o poco científico.

El paradigma mecanicista rige nuestra civilización
La actual visión del mundo se impuso hace unos 300 años y con las necesarias modificaciones producidas en el transcurso de estos siglos, mantiene aún su fortaleza original.
La Era Moderna ha sido, sin duda, la Era de la Máquina; la precisión, la velocidad y la exactitud son sus principales atributos. Las máquinas determinan nuestra diaria rutina. El reloj mide nuestro tiempo, el teléfono nos comunica, aprendemos con las calculadoras y ordenadores, la televisión nos informa y nos entretiene, el automóvil y el avión nos transportan a distancia, la luz eléctrica que pone en movimientos los artefactos domésticos es generada por una máquina. Con el mundo de la máquina culmina un largo proceso que se inicia, cuando el ser humano como única especie de la diversidad biológica, comenzó a crear y a usar instrumentos exosomáticos, los que no le pertenecían por nacimiento y aún cuando no son indispensables para el desarrollo de su ciclo de vida, le sirvieron para extender su capacidad endosomática, con lo que transcendió sus límites biológicos (A. Lotka).
La evolución exosomática ocasionó dos cambios fundamentales en el hombre. Primero, el irreductible conflicto social por la producción y uso del instrumentario exosomático, conocido hoy con el nombre de “capital o medios de producción” y segundo, la adicción a los instrumentos exosomáticos y sus productos, lo que lo ha diferenciado (alejado) totalmente de todas las demás especies.
El proceso natural que sustenta la vida ha dejado de ser para el hombre estrictamente biológico y se ha transformado en bioeconómico.
La sustentabilidad del instrumentario exosomático se ha realizado hasta hoy casi exclusivamente sobre la base del uso de recursos naturales no renovables (minerales) y de fuentes limitadas de energía de baja entropía, dotación o acervo que pertenece a toda la diversidad biológica y a toda la humanidad, no a una o más generaciones, sino a todas las que vendrán en el curso del tiempo.
La adicción exosomática ha encontrado su máxima expresión en la llamada conciencia cibernética e inteligencia mecánica de nuestra civilización.
La máquina ha pasado a ser nuestra forma de vivir, constituye nuestro mundo, nuestra realidad. Nos hemos convencido que funciona por sí misma, sin perder nunca el compás y con la posibilidad de prever el movimiento.
Si el mundo es una máquina, para nosotros, la historia es la historia del proceso mecánico, es decir, un continuo ejercicio de ciencia ingenieril. El progreso que resulta de la perfección de la máquina, al final nos traerá “riqueza y felicidad”. No en vano en nuestra actual cultura, muchos consideran como un ideal para producir sin conflictos los robots u hombres-máquinas.
Vivimos según los dictados de la máquina, reconocemos que ella es indispensable en nuestro diario vivir, a veces nos cuesta ver hasta que punto se ha convertido en una centralidad en nuestra existencia; ¡tanto o más valiosa que el hombre mismo!.
Hoy la máquina está entronizada en nuestra conciencia y resulta difícil saber donde acaba la máquina y empezamos nosotros.

Los artífices del paradigma mecanicista
La concepción mecanicista y reducionista del mundo se debe fundamentalmente a 3 pensadores europeos posrenacentistas, Francis Bacon, René Descartes e Isaac Newton; fue tan sólido el edificio teórico científico-filosófico construido sobre la base de supuestos y ficciones que después de 300 años, siguen vigentes sus ideales básicos en nuestra cultura.
Bacon en su Novun Organum, (1620) planteó que el objetivo verdadero y legítimo de la ciencia no será otro que el de dotar a la vida humana de nuevos poderes. De lo que se trataba era, buscar un nuevo método para ensanchar las fronteras del poder humano, hasta el límite de lo posible. Para él, el método científico separa el observador de lo observado, proporcionando así los fundamentos del conocimiento científico.
René Descartes, (1596-1650) planteó, como antes lo había hecho Pitágoras y Galileo que las matemáticas eran la clave para comprender la realidad, para descifrar los secretos ocultos de la Naturaleza y controlarla según los propósitos humanos.
Si Descartes dió a los hombres la convicción de que podían desentrañar los secretos de la naturaleza y convertirse en sus dueños, fue Isaac Newton el que les proporcionó los fundamentos que necesitaban para hacerlo: el método matemático, que permite descubrir el movimiento mecánico; y la ley de la gravitación universal que explicaba porqué los planetas se mueven y porqué una

hoja cae como cae. Con Newton toda la naturaleza queda sometida a las leyes matemáticas creadas y controladas por el hombre.


La explicación mecánica del mundo que proponían Bacon, Descartes y Newton, sostenían que sí la sociedad humana no funcionaba a la perfección, se debía a que ella no respetaba las leyes naturales que rigen el universo. De modo que era necesario averiguar como se aplicaban las leyes naturales a los seres humanos y a sus instituciones sociales.
Con esta visión de la realidad se descartaba el principio en que se había sustentado la cultura y la sociedad medieval, a saber la búsqueda de la salvación en el otro mundo, en el más allá. Se planteaba buscar la perfección en éste.
La historia bajo los parámetros mecanicista se concebía como el tránsito gradual de un estado en desorden y confuso en que se hallaba la naturaleza y la sociedad, hacia un estado bien ordenado y predecible, fruto de la capacidad racional del ser humano.
Dos pensadores ingleses contemporáneos de Newton se propusieron descubrir las relaciones entre las leyes universales que rigen la naturaleza y el funcionamiento de la sociedad: John Locke que estudia los actos políticos y Adam Smith, los económicos.
Apoyado en la razón, Locke intentó establecer los fundamentos naturales de la sociedad y concluyó que la religión no podía ser el fundamento de la organización social. Sostenía que una vez eliminadas las supersticiones y creencias que sustentaban las costumbres y el pensamiento medieval, los individuos liberados, alcanzarían el conocimiento de su propio significado. De modo que para lo único que sirve la naturaleza es para permitir el despliegue de las capacidades humanas, lo que se expresa en la acumulación de bienes y riquezas.
Así el interés personal debe ser la base única en la que se sustenta el Estado como expresión de la estructura de la sociedad. Para Locke, la función del gobierno consistía en garantizar a las personas la libertad de utilizar su recién descubierto poder sobre la naturaleza para “Producir riquezas”.
Desde Locke hasta nuestros días, el papel social del Estado ha consistido en favorecer el dominio de la naturaleza con el fin de que las personas accedan a la prosperidad material, la que pasa a ser la base de la realización personal. Al olvidar las dimensiones físicas del proceso económico, centró su atención en el “valor”; pero que la riqueza se mida en unidades de valor no anula sus dimensiones biofísicas que sustentan la vida social.
Por lo tanto, para Locke la negación o menosprecio por la naturaleza es el camino a la felicidad y la gente debe efectivamente liberarse de las imposiciones naturales.

La posesión de propiedades (recursos naturales y energía) extraídas de la naturaleza, no solamente es un derecho social, sino un deber para engendrar riqueza. Para Locke la “tierra abandonada”, por completo a la naturaleza se halla y es “baldía”.


La naturaleza sólo es valiosa cuando gracias al esfuerzo humano se hace productiva , y agrega: “los límites de una propiedad justa no se rebasan por la magnitud de sus posesiones, sino por el hecho de dejarlas perecer (sin explotar) inútilmente”.
Locke se convirtió en el filósofo de la expansión ilimitada y de la abundancia material, con él queda sellado el destino del hombre y de la mujer modernos, el fin de toda su acción es y será la búsqueda del interés material.
Locke es tan estrictamente productivista y materialista que condena a los indios de Estados Unidos porque viviendo en uno de los países más ricos del mundo, se niegan perezosamente a explotar sus riquezas, allí el rey de un territorio rico y extenso, se alimenta, se aloja y se viste peor que un jornalero de Inglaterra (John Locke, citado por J. Rifkin, 1990).
Adam Smith, al igual que Locke estaba fascinado con la visión mecánica del mundo. Decidido a formular una teoría económica que reflejara las verdades universales del paradigma mecanicista, proclama en su famosa obra: “La Riqueza de las Naciones”, que así como los cuerpos celestes y la naturaleza misma se rigen por determinadas leyes, también debería hacerlo la economía. Si se respetan dichas leyes, el resultado será el “crecimiento económico”.
La intervención de los gobiernos y el control que pretenden de la economía, violan las leyes naturales, inmutables. De modo que el método más eficaz para organizar la economía es el “dejar hacer”; es decir, el principio válido es el de la no intervención en la vida económica. Si se respetan las leyes naturales (“la mano invisible”) que rigen los procesos económicos; se regularán automáticamente las inversiones de capital, los empleos, los recursos y la producción de bienes. De este modo, se consolidará la economía en un mercado en constante desarrollo, lo que favorece y estimula el crecimiento económico y la acumulación de la riqueza.
El poder concientizador del paradigma mecanicista ha mostrado toda su magnitud al manipular o mediatizar cualquier aporte teórico contrario a sus principios.
Uno de los más elocuentes ejemplos son los principios teóricos expuestos por Charles Darwin en su célebre: “El origen de las especies de 1859”. Las teorías de Darwin se consideraron como un apéndice del mundo mecánico de Newton.
Las implicancias profundas de los descubrimientos de Darwin nunca llegaron a explorarse; por el contrario algunos de los elementos más superficiales de su teoría fueron de inmediato utilizados de una manera que contribuyó, no a poner en duda el mecanicismo, sino a legitimar dicho paradigma, tal como ocurrió con el concepto de la selección natural, que se transformó en la supervivencia del más fuerte. La supervivencia del más apto se interpretó en el sentido que en su estado natural, cada organismo (también el hombre) se halla trabado en una lucha implacable con todos los demás seres, ya sea de la misma especie, como de las demás especies de la diversidad biológica, por la posesión de los recursos y la energía, en vez de la colaboración o participación que conduce al equilibrio dinámico que regula todos los ecosistemas y a la biosfera.
En y por el paradigma mecanicista el hombre se ha convertido en un feroz competidor por los recursos energéticos; y está dispuesto a exterminar a cualquier especie que le robe su alimento (energía química) o se alimente de ella, tales como lobos, conejos, hierbas, insectos, microbios, etc., etc.
Lo mismo que ocurrió con los aportes de Darwin en el campo de las ciencias biológicas, sucedió con otros pensadores en el campo de la economía o filosofía, tales como los Fisiócratas Franceses del Siglo XVIII, los que consideraban la agricultura y a la Madre Tierra como la fuente de todo valor neto. John Ruskin, economista norteamericano en 1860 sostenía que “no hay más riqueza que la vida”. John Stuart Mill reflexionada sobre el carácter de la naturaleza, la limitación y escasez de los recursos y el estado estacionario.
Por razones de la lógica del mecanicismo, importantes aportes a la Bioeconomía o Economía Ecológica han quedado relegados a un segundo plano o al olvido, tales como los de Serhii Podolinsky, un médico ucraniano de fines del siglo XIX que planteó la contabilidad energética en la agricultura, en su texto: Las condiciones de vida humana en la Tierra.
Josef Popper Lynkens que proponía una economía que hiciese un uso decreciente de los recursos naturales agotables y examinó en 1912 hasta que punto el carbón podría ser sustituido por la energía agrícola renovable.
Federick Soddy, premio nobel de química sostenía en 1921 que “en la vida todo deriva de su energía o fuerza física, no de algo autocontenido en la materia viva, y menos aún de una deidad externa, sino sólo del mundo inanimado. Destaca el papel de la agricultura en la economía y distingue entre el uso vital de la energía y su uso laboral, este principio es similar a la distribución de Lotka entre el uso endosomático y exosomático de la energía. La idea de Soddy era que los economistas estaban confundiendo el capital real y el capital financiero. ¿Cómo sino por la fuerza del paradigma mecanicista se pude explicar la falta de reconocimiento de la Escuela de Economía Ecológica o Bioeconomía que ha existido desde fines del siglo XIX y que paradójicamente es desconocida aún por sus propios miembros, dado que no ha podido institucionalizarse? (J. Martínez Alier - K. Schlüpmann. 1991).
Como lo hemos expresado, Bacon, Descartes, Newton, Locke y Smith han sido los principales popularizadores del paradigma mecanicista, cuyos supuestos o ficciones mantienen su vigencia.
El primer supuesto básico del paradigma es que el universo posee una orden matemático. En la tierra la mayoría de las cosas en su estado originario se hallan sumidas en el caos y la confusión, por lo que es necesario, a través de la intervención humana, reorganizarlas para imponer en nuestro mundo (realidad), el mismo orden que parece existir en el resto del cosmos. Para ello es necesario utilizar los principios científicos de la mecánica, por medio de los cuales las cosas naturales, ahora ordenadas, favorecerán los intereses materiales de los seres humanos.
La conclusión lógica de este grandioso paradigma es que cuanto más bienestar material logremos, más ordenado se volverá el mundo y más feliz será el ser humano.
El progreso en consecuencia consiste en amasar más y más abundancia material, con lo que se obtendrá un mundo más y más ordenado y estable. Al mundo natural debe incorporársele mayor valor (agregado) que el que posee en su estado original.
Para las tareas que demanda el progreso mecanicista se ha contado con la ayuda de las disciplinas básicas de nuestra cultura: la ciencia, la educación y la tecnología.
Como ya dijimos cuando escuchamos los planteamientos de los dirigentes políticos, de nuestros académicos y docentes, de los empresarios y comunicadores sociales y del público en general, nos parecen cada vez más alejados de la realidad y menos capaces de explicar los múltiples y enormes problemas con que se enfrenta nuestra sociedad. La culpa no es sólo de ellos, parte de la culpa se debe a Bacon, Descartes, Newton, Locke, Smith y compañía.
La ciencia, que en la visión mecanicista se ha transformado en un valor supremo, es concebida como una metodología que permite al ser humano develar los secretos de la naturaleza para reducirla a reglas o principios coherentes que permitan y aseguren su uso.
La tecnología es la aplicación de esas reglas, con el fin de transformar partes del proceso natural en formas utilizables, con mayor orden, estructura y valor que los que se cree que existen en su estado natural.
Toda esta concepción ha sido internalizada, durante estos 3 últimos siglos, en la conciencia social a través del proceso educativo.
Sin embargo, como veremos este paradigma está empezando a perder vitalidad, porque el entorno energético que lo ha sustentado desde su origen se está aproximando a su fin.

Del supuesto de la abundancia ilimitada de los recursos y la energía confinada, a la evidencia de la escasez y la no disponibilidad: en busca de un nuevo paradigma.

La visión moderna, está siendo puesto en tela de juicio, por primera vez, como consecuencia de la crisis energética de comienzos de la década de los 70 y de la creciente amenaza del efecto invernadero, de cuyas dimensiones y repercusiones recién se está tomando conciencia.


Además, desde el momento que la tecnología satelital posibilitó la observación de la Tierra desde el espacio exterior, surge la evidencia de que ella es una “nave espacial” que se desplaza por el universo (Kenneth E. Bonlding), y por tanto es una esfera frágil y con recursos limitados.
La Biosfera o esfera que sustenta el milagro de la vida es una capa de unos 50 Kms. de espesor, que se extiende desde la atmósfera exterior hasta la roca madre. Más allá no hay nada, sólo vacío, frío y oscuridad.
“Cuando miramos el cielo, nos parece infinito. Sin detenerse a considerarlo, creemos que el océano del aire no tiene límites y entonces, a bordo de una nave espacial, despegas de la Tierra y en 10 minutos has atravesado la capa de aire; más allá no hay nada, más allá del aire sólo hay vacío, frío y oscuridad. El cielo azul “infinito”, el océano que nos da aliento y nos protege de la interminable oscuridad y de la muerte, no es más que una película de grosor infinitesimal. ¡Qué peligroso resulta amenazar aunque sólo sea una mínima parte de esta cubierta sutil que conserva la vida! (V. Schalatov, explorador espacial).
Las evidencias de la finitud, limitación, escasez y no disponibilidad de los recursos empiezan a acumularse y con ello comienzan a ponerse en duda los viejos supuestos, visiones o creencias que han servido de base a la cosmovisión vigente. A partir de las evidencias que conforman las nuevas realidades, ha comenzado a emerger un nuevo concepto del mundo, de la realidad, que en el futuro cercano acabará sustituyendo el paradigma mecanicista y reduccionista de Newton, Descartes y Cía., en su papel de marco de referencia para organizar la historia: La Ley de Entropía, la que según A. Einstein es la ley fundamental de la ciencia.
Así como la 1ª ley de la termodinámica nos enseña que la materia y la energía del universo son constantes, que puede cambiar su forma, pero no su esencia. La 2ª ley o Ley de la Entropía afirma que la materia y la energía sólo pueden cambiar en un sólo sentido, a saber, de disponible en no disponible, de utilizable en no utilizable o de ordenada en desordenada o caótica.

De modo que todo lo que existe en el universo y por lo tanto en la Tierra comenzó como algo estructurado y con valor y se está moviendo irrevocablemente hacia el caos y el desorden (desechos).


La energía disponible en cualquier subsistema del universo y de la tierra está cambiando o transformándose en no utilizable o no disponible.
Cada vez que se crea una nueva apariencia de forma (artefacto exosomático) en cualquier punto del universo o de la Tierra, sucede a costa de crear un desorden mayor en el ambiente circundante.
La Ley de la Entropía pone definitivamente término a la idea de la historia como evolución a un estado superior o como progreso. Con ello se destruye el mito mecanicista de la noción de que la ciencia y la tecnología crean un mundo más ordenado o más valioso.
Así como la visión o paradigma newtoniano vino a sustituir la visión cristiana del mundo, la visión entrópica sustituirá a aquel inexorablemente.
El cambio de paradigma no será una tarea fácil. Nuestra generación se encuentra atrapada entre el viejo paradigma en que fuimos educados y el nuevo que empieza abrirse camino, es decir, se verá abocada a elegir entre la seguridad de una visión estable y la aventura de lo por venir.
No cabe duda que las generaciones futuras se sorprenderán de que hayamos podido creer y adherir a principios y axiomas tan evidentemente falsos.
Dentro de pocos años, todas las disciplinas académicas experimentarán la influencia del nuevo concepto entrópico. Sin embargo, la generación de la Era mecanicista intentarán por todos los medios rescatar los valores anteriores, buscando situaciones de compromiso, tratando de mejorar o reinterpretar la Ley de Entropía (un ejemplo: El concepto de desarrollo sustentable).
Los políticos proclamarán la importancia de toda clase de cuestiones para eludir el decisivo rol de la energía. Los científicos y técnicos presentarán nuevos enfoques para la solución de los problemas, bajo la errónea creencia que la materia-energía puede ser cuantificada y reducida a mediciones precisas. Los economistas intentarán reformular la teoría económica clásica para adoptar sus verdades centrales. Los Sicólogos y Sociólogos reexaminarán la estructura, organización y la naturaleza humana y social sobre el trasfondo de la Entropía.
Sin embargo, las leyes de la termodinámica: “controlan en último término, el surgimiento y la caída de los sistemas políticos, la libertad y la esclavitud de las naciones, los movimientos del comercio y la industria, los orígenes de la riqueza y pobreza y el bienestar físico de la especie humana (F. Soddy - citado J. Rifkin).
La situación energética del medioambiente determina el marco general de la visión del mundo que emerge de él, con lo cual se termina la concepción de la historia como evolución, acumulación y progreso.

Debemos rescatar la ciencia, la educación y la tecnología para el paradigma entrópico emergente.
Las ideas expuestas por Bacon y Descartes de que el mundo podía ser comprendido y organizado según el método científico, es decir separando las cosas en sujeto y objeto susceptible de ser cuantificadas y medidas con precisión, mediante fórmulas matemáticas es contradicha por la universalmente aceptada teoría cuántica, relativa al comportamiento de la energía como magnitud discontinua.
“El cúmulo de descubrimientos científicos espectaculares facilitados por los nuevos hallazgos técnicos, consolidó el respeto general ante el poder de la tecnología. También indujo a los eruditos a estimar y, finalmente, exagerar frente al público el poder de la ciencia. Naturalmente, desde este pedestal ni siquiera se podría concebir que existiera algún obstáculo real inherente a la condición humana.
La verdad es completamente distinta. La misma duración de la vida de la especie humana representa un parpadeo si se le compara con la de una galaxia. Así mismo, a pesar del progreso en los viajes espaciales, la humanidad permanece confinada a un pequeño punto en el espacio” (N. Georgescu-Roegen 1971).
A comienzos del presente siglo, los científicos comenzaron a escrutar cada vez más profundamente el microcosmos de la vida, tratando de localizar, aislar y medir la partícula más elemental de la materia del universo/naturaleza, y se dieron cuenta que, a medida que profundizaban, encontraban elementos cada vez más y más diminutos, por lo que el final de la búsqueda parecía más y más lejano.
El físico alemán Heisenberg descubrió que la “observación objetiva” de las partículas atómicas era una imposibilidad, pues la misma naturaleza de dichas partículas es tal que el propio acto de observación perturba y modifica el objeto, en lugar de fijarlo y preservarlo. El y los que le siguieron al microcosmos de la física cuántica, comprobaron con sus observaciones que la medición precisa de la materia, base de la física moderna es una imposibilidad total.
Con el principio de la incertidumbre de Heisenberg, la física que había reinado durante 300 años quedó sin fundamentos.
Los científicos han comprobado que cada acontecimiento es único, pues su propio acontecer lo distingue de los demás y no sólo reclama su lugar en el mundo, sino que ni siquiera comparte una “realidad objetiva” con cualquier otro fenómeno.
El paradigma newtoniano de la medición precisa, de dividir la materia en pulcras cantidades que luego pueden ser relacionadas entre sí y reorganizadas sin prestar atención a su efecto sobre el resto del cosmos (micro o macro) y el efecto del cosmos sobre ella, ha conducido a la insensata y desenfrenada manipulación y destrucción / transformación de la naturaleza a mano de la ciencia y la tecnología modernas.
Ni el mejor ordenador jamás diseñado por la humanidad es capaz de calcular siquiera una mínima fracción de las relaciones dinámicas que existen en cualquier ecosistema terrestre. Los científicos lo han intentado y ha desistido al comprobar la complejidad y la riqueza inaudita de detalles que intervienen en él. Lo mismo ocurre al mirar una sola célula de nuestro cuerpo, “una célula sólo puede verse con un microscopio, lo que sucede en su interior es tan asombroso, que se dice que la sabiduría de una sola célula excede el conocimiento acumulado hasta hoy por la raza humana; y pensar que hay más de 75 billones de ellas en cada ser humano”.
“Además, incluso la célula más pequeña de nuestro cuerpo tiene aproximadamente 1000 millones de veces el tamaño del más pequeño de sus componentes. Una célula ¡una sola! es la sede de más reacciones químicas que todas las fábricas de productos químicos del mundo, y por último, no hay nadie en el mundo que pueda explicar qué es lo que hace funcionar a una célula” (H. Diamond 1991).
La antigua visión newtoniana que trataba los fenómenos como componentes aislados entre sí, u objetos fijos, está siendo substituida por una nueva visión, de que todo lo que existe forma parte de un flujo dinámico que nos compone y en el que estamos sumidos y que se haya en continuo devenir.
Este proceso del continuo devenir no es sino la Ley de la Entropía en acción. Todas las cosas, incluídos nosotros, somos energía, y esta energía se transforma constantemente y cada transformación afecta a todo lo demás, que a su vez, también se está transformando.
Ilya Prigogine, Premio Nobel 1977, nos dice que los conceptos de la causalidad y medición precisa, postulados por la física clásica deben ser redefinidos por el imperativo de la termodinámica. No se pueden efectuar predicciones exactas sobre el futuro basadas en observaciones o mediciones científicas, lo que más puede hacerse es formular situaciones probables. De modo, que no es posible conocer la Naturaleza en el sentido de Bacon, Descartes y Newton.
La idea de que los seres humanos pueden ponerse al margen de la naturaleza, descubrir sus secretos más íntimos para utilizarla y manipularla indiscriminadamente ha resultado ser un peligroso intento (contaminación, agotamiento de recursos y entropía) y una errónea ilusión.
Debemos concordar con Nils Bohr de que en el despliegue del orden natural somos todos actores, además de espectadores, no podemos independizarnos del mundo que nos rodea, por mucho que lo intentemos, formamos parte de este universo en continua transformación y cambio.
La Ley de la Entropía que sustituirá a la mecánica de Newton como paradigma científico, explicará adecuadamente la naturaleza del cambio, su dirección y el rol de todas las cosas conocidas o por conocer que participan en dicho proceso.
Compartimos lo que expresa F. Mires 1989, que: “están siendo ahora cuestionados los fundamentos del llamado “pensamiento científico moderno”, tanto en las llamadas ciencias naturales, como en las Sociales, El pensamiento científico, “no es tan científico como generalmente quiere aparentar, pues por lo general es tributario de estilos de pensamientos dominados por las creencias, prejuicios, suposiciones, así como por intereses, que para imponerse requieren de una determinada interpretación de lo real, las que también son expresión de relaciones de fuerzas y poder”.
“Así se supone que para alcanzar el desarrollo, el progreso y la modernidad, es necesario un costo social. Esto es el mismo pensamiento medieval encubierto, con un ropaje cientista, de que para alcanzar el paraíso, era necesario la expiación a través del sacrificio. La misma ideología la encontramos en la relación costo-beneficio que es el fundamento de la “economía moderna”, lo que no es otra cosa que una reedición pseudo cientista de uno de los más importantes principios del mundo medioeval europeo, a saber, que para alcanzar el paraíso (desarrollo-progreso) es necesario expiar los pecados en la tierra (costo). Así la economía del crecimiento (expresión máxima del mecanicismo en el ámbito económico-social), es una economía sacrificial. Sacrificio no compartido en igual forma por todos, sino por la mayoría que con su trabajo impulsan el desarrollo de las fuerzas productivas.
“La lógica sacrificial presupone, que al menos después de pagar los costos, por lo general en vida y en particular vidas humanas, tendrá que venir la prosperidad, pero desde el comienzo de la Era Industrial, millones de seres humanos han pagado el precio de sus vidas a la espera de un beneficio que nunca han alcanzado, por lo cual la economía del desarrollo ha resultado ser una de las más grandes estafas de la historia (Mires, 1993).

La Educación
Todo nuestro sistema educacional formal e informal es un programa para inculcar la visión mecánica del mundo. Desde la enseñanza parvularia a la de la Tercera Edad, pasando por la básica, media, de pre y postgrado. En ella se concede la más grande importancia a las cantidades (medición), la distancia y la ubicación, mucho menos las cualidades y a las relaciones dinámicas que caracterizan todos los procesos. Las pruebas y exámenes están concebidos e instrumentalizados para que puedan medir con exactitud (en el espacio-tiempo), que no presenten ninguna ambigüedad. Se fundamentan en la cadena causa-efecto, es decir, para un conjunto de condiciones dadas, sólo existe una respuesta final correcta, nada más que una. El tipo de evaluación que pretende ser estrictamente cognitiva, condiciona a los estudiantes a pensar sólo desde el punto de vista de la causalidad y la cuantificación: principios básicos de la visión newtoniana del mundo.
Muy pocos docentes, compelidos por el sistema, se dan cuenta que con este tipo de educación, están difundiendo la ideología mecanicista que determina el método y los contenidos de su especialidad (asignatura-cátedra), aún cuando piensen que están realizando una educación estrictamente objetiva”.
Para una educación así los hechos y no los procesos son lo valioso, pues enseñan a comprender mejor el mundo y a organizar nuestras vidas sobre bases “más sólidas”.
La educación a través de los hechos o fenómenos, ante la incapacidad de comprender las reales dimensiones y la naturaleza del cosmos y microcosmos, se orienta a la especialización (asignaturismo), y cada vez que se averigua algo nuevo o diferente acerca de la realidad, se implante una nueva disciplina académica (científica) o profesional, con especialistas que interpretan los nuevos datos, bajo la concepción descartiniana-newtoniana. Esta sostiene que cuanto más sepamos sobre las partes individuales, más preparados estaremos para extraer conclusiones válidas acerca del todo que dichas partes formar o componen. Por este camino según F. Bracho, cada vez sabemos más de menos y terminamos sabiéndolo todo de nada. (F. Bracho, 1992).
Desde este punto de vista el sistema educacional está pensado para satisfacer las exigencias profesionales (eficiencia y rapidez) de la sociedad industrial y ésta, a su vez se nutre e impulsa el desarrollo o crecimiento económico, sin reparar en el carácter limitado y escaso de los recursos naturales y el carácter irrevocable de la ley de Entropía.
A medida que comprendamos mejor el paradigma entrópico, la actual concepción educacional y el propio sistema de enseñanza se irán volviendo progresivamente obsoletos, con lo que la subordinación a los principios del mecanicismo newtoniano será definitivamente superado.
En la nueva educación primará la noción de proceso dinámico y complejo antes que la medición de lo inmedible, y será sustituido por la idea de examinar el flujo continuo de materia-energía que se exprese en infinitas formas o fenómenos interconectados.
El aprendizaje y la formación que se alcance, no será para moldear el mundo y transformarlo, sin sentido, en algo distinto; sino que será un método para conocer mejor la manera de vivir dentro de los límites del mundo del que formamos ineludiblemente parte, que hemos heredado de la naturaleza y que dejaremos en herencia a las generaciones del futuro.
La idea de aprendizaje como progreso, desarrollo o modernización será sustituida por la idea del aprendizaje, como administración responsable de recursos limitados y escasos, y de un acervo energético que se transforma continuamente de disponible en no disponible (entropía) con su uso.
El nuevo sistema procurará combinar las habilidades manuales e intelectuales, de modo que cada persona pueda ser autosuficiente, siguiendo el sentido del orden y las leyes que rigen la naturaleza.
La nueva educación nos enseñará que todo uso de los recursos naturales para satisfacer necesidades no vitales, significa una cantidad menor de vida en el futuro, ya que el máximo de cantidad de vida, requiere una tasa mínima de agotamiento de los recursos. El principio ético debe ser ayudar a sustentar, más que a degradar los sistemas naturales que hacen posible la vida.
La actual educación en su afán profesionalizante, como meta esencial, no permite el despliegue de lo mejor del espíritu humano, a saber la imaginación, el espíritu estético, la sensibilidad, la solidaridad, el afán de servir, la gentileza, el respeto a la vida como valor supremo, el ocio creador y el afán de conocer por puro conocer: “el desarrollo libre del espíritu”.
En este sentido las universidades se han transformado en centros para competir en la “producción” de científicos y técnicos de alto nivel, para sostener e impulsar el actual sistema económico-social del crecimiento que no sólo agota los recursos, sino que no resuelve los graves problemas de nuestra sociedad: la pobreza y la calidad de vida, y pone en jaque la sobrevivencia de las generaciones que vienen.
Un programa educacional apropiado será uno que comenzará por identificar todos los bienes de consumo del hogar y examinará sus “efectos” directos e indirectos en el hombre y el medio ambiente. Sólo así nos podremos convencer del valor y la necesidad de encontrar soluciones a los problemas del agotamiento de los recursos y la Entropía.
Debemos esforzarnos para encontrar procedimientos didácticos y metodológicos que nos permitan hacer comprender a la comunidad, la verdadera dimensión de la crisis medioambiental, el porqué se ha producido y lo que debemos hacer para revertirla. En ello está en juego de vida de nuestra generación y de las generaciones futuras.
Debemos entender que sólo “progresamos”, nos “desarrollamos” o nos “modernizamos”, cuando protegemos el ecosistema planetario, es decir, impedimos la contaminación que se produce por el uso inadecuado y depredador de los recursos naturales escasos y no renovables y con ello la transformación de la energía en no disponible.

La Tecnología
La tecnología del futuro debe favorecer el progreso sin destruir. Se debe rediseñar la totalidad del actual “proceso productivo”, para hacerlo realmente productivo y no destructivo como ocurre hoy en día; eliminando etapa por etapa cualquier uso indebido de los recursos que signifiquen contaminación, pues ello altera, transforma y disminuye definitiva e irrevocablemente la materia-energía disponible de la Tierra.
Se debe terminar con el dogma mecanicista que sostiene que la tecnología siempre puede sustituir ilimitadamente antiguos recursos materiales por otros nuevos.
Se debiera concentrar las investigaciones y sus aplicaciones tecnológicas en el descubrimiento de métodos más eficientes, en términos bioeconómicos, para capturar energía mineral finita y llena de contaminantes pesados. Se debiera dirigir los esfuerzos en innovaciones para economizar, logrando un ahorro neto de baja entropía, gracias a una combustión más completa, reducción de la fricción, obtención de una luz más intensa a partir del gas o electricidad, sustitución de materiales con un costo energético más bajo, hacer más eficiente la tecnología del reciclaje y la purificación ambiental.
Al comprender la naturaleza absolutamente entrópica de todos los acontecimientos, debemos evitar el agotamiento innecesario de los recursos, lo que significa al mismo tiempo el deterioro innecesario del ambiente y de la vida.
El gran desafío que tienen por delante la Ciencia, la Educación y la Tecnología es, cómo no renunciando a la comodidad exosomática, desplazamos el costo energético que demanda la actividad productiva material de la especie humana, en particular la de la producción y uso del instrumentario exosomático: utensilios, herramientas y maquinarias. Hasta ahora dicho costo ha sido asumido por los recursos minerales y energéticos, que son energía solar acumulada en la Biosfera a lo largo de miles de millones de años y que constituye un acervo o stock limitado que pertenece a toda la “vida humana”, a la humanidad de hoy y a la que vendrá en el futuro, hasta cuanto el sol ilumine la tierra.
Se trata entonces de que el flujo de energía solar permanente y en teoría ilimitado, agregue al costo que le demanda la mantención del conjunto de la diversidad biológica o el proceso de la vida total, el costo de la producción material de la especie humana.

Apoyo Bibliográfico

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