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El padre jose maria velaz


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EL PADRE JOSE MARIA VELAZ
Por: Antonio Pérez-Esclarín
Fe y Alegría debiera levantar la bandera de nuestros gloriosos y audaces misioneros de la Antigua Compañía, que tantas señales de su paso han dejado hasta hoy.
Porque Fe y Alegría cree firmemente en que Dios es nuestro Padre y en que todos los hombres son nuestros verdaderos hermanos, queremos realizar la obra de justicia más urgente: Educar a los más pobres, que son más pobres porque son más ignorantes.
La educación del hombre, en la misma medida en que debe ser integral y educarlo totalmente, tiene que dedicar su afán primordial a las necesidades fundamentales, entre las cuales emerge como primaria y principal, la alimentación y la Salud Humana.
Todo lo que contribuya a una Educación Integral y Actualizada de las Clases Populares es la vocación de Fe y Alegría incluídos, como es lógico, los más altos estudios universitarios.

(P. José María Vélaz)




VELAZ, EL MISIONERO
Hay hombres que sembraron sus vidas en la tierra fértil del servicio. Por eso, fueron capaces de levantar grandes cosechas en el corazón de multitudes. Uno de estos hombres fue el Padre José María Vélaz, el fundador de Fe y Alegría, ese movimiento educativo que, nacido en un rancho de Caracas, ha llevado sus banderas de Educación Popular Integral a los barrios y campos de trece países latinoamericanos.
El Padre José María Vélaz nació en Rancagua, Chile, en el seno de una familia en la que se vivía a fondo el cristianismo. Su abuela materna le sembró una especial devoción a la Virgen que habría de durarle toda la vida y que le brindaría momentos de especial consuelo y plenitud espiritual, especialmente con el rezo del rosario. El propio Padre José María confiesa que lo rezaba todos los días, incluso los quince misterios, y en la cumbre de su vida recordará con especial cariño a su abuelita como “una de esas Viejecitas Santas que después de darle su vida a sus hijos, a sus nietos, a sus huéspedes, pues tenía un hotel, a sus pobres a quienes recibía como a Cristo, ya con más de 80 años, casi paralítica en su cama, sacaba los brazos sobre las sábanas y rezaba, hora tras hora, sus Rosarios.
En su fino rostro arrugado, pero siempre sonrosado, brillaban de dulzura y felicidad, sus ojos alegres. Un rosario para cada uno de sus cinco hijos, otro para cada uno de sus yernos, y otros para sus once nietos. Pero, como entre estos últimos, había dos que ella consideraba en mayor necesidad espiritual, a esos les ayudaba con dos Rosarios a cada uno. Total y sin fatiga, 21 Rosarios de cinco decenas, es decir, 105 Padres Nuestros en plena consolación” (Cartas del Masparro, pág. 134).
Cinco años tenía José María, que era el mayor de los cuatro hermanos, cuando murió el padre de un infarto. La mamá tuvo que atender con toda energía los negocios y el cuidado y atención de cuatro niños muy pequeños. Este hecho marcó profundamente al joven José María que siempre fue un arduo defensor del valor, capacidad y entereza de las mujeres.
Cinco años después de la muerte del padre, la familia se volvió a España. Estos diez años chilenos le dejaron a José María recuerdos de montañas, de potreros, árboles y ríos. Y allí, de los labios del río Cachacual, en el que se dio sus primeras zambullidas, aprenderá a vivir en la inestabilidad del darse permanente. Su vida habrá de ser río, un perenne deslizarse dando vida. Chile se le quedó también para siempre en el alma como raíz de su profunda sensibilidad latinoamericana, de su viveza, de su carácter romántico y aventurero.
En España, la familia se estableció en Loyola, a la sombra del santo Fundador de la Compañía de Jesús. Vendrán años de estudio y de trabajo, de estrechez económica, de domar el espíritu y templarse para cosas grandes. Serán también años de muchos y apasionados sueños. El mismo José María nos recuerda cómo estando interno en el colegio de los jesuítas de Tudela en que “nos imponían aquellos siniestros estudios de dos horas o más, yo iba feliz a ellos, porque a los cinco minutos de riguroso silencio, con los codos clavados en el pupitre y las manos apoyando la frente y cubriendo los ojos, con una pantalla protectora, ya me había fugado de aquella cárcel de rutina y viajaba por las islas madrepóricas de las Marianas y Carolinas, o por las selvas de la Amazonia o por la Taiga Siberiana. A veces, acompañaba de cerca a Simbad el Marino” (Cartas del Masparro, pág. 205).
En sus sueños podía ser pastor de numerosos rebaños de ovejas, general invicto de grandes ejércitos triunfadores o tribuno que defendía con un verbo contundente los derechos del pueblo. Poco a poco, sin embargo, un sueño especial se fue imponiendo sobre todos los demás: sería misionero para llevar la luz del evangelio a las inmensas multitudes que lo desconocían. Se convertiría en un nuevo Francisco Javier. Si Javier había muerto a las puertas de la China, él continuaría su obra cristianizadora con el mismo ímpetu y el mismo entusiasmo.
Para poder realizar este sueño, abandonó sus estudios de Derecho y se hizo jesuíta. Sus estudios y la situación política de España lo llevaron por varios países europeos y, cuando estaba esperando ser enviado a China, sus superiores decidieron mandarlo a Venezuela:
Yo llegué a Venezuela hace ya más de 48 años -escribió Vélaz en El Masparro-. Me da como miedo decirlo, pues me parece mentira. Llegué con cierto desengaño, pues toda mi ilusión apostólica era ser Misionero en China. A esta Misión estuve destinado cinco años y cuando desterrado en Bélgica, me preparaba para viajar al Oriente, me llegó una cartica de mi Provincial, que me cambió diametralmente el rumbo: ‘Viento del Este, Viento del Oeste’ y caí, casi sin quererlo, en Venezuela.
Tengo que decir que Venezuela me fue ganando poco a poco hasta enamorarme totalmente. Pero mi trabajo fue durante muchos años seco y duro, con una sensación de trabajar una tierra difícil y de frutos distantes en la esperanza.
Ahí quedaron largos años en los Colegios y después de un tirón, ya casi 30 años en Fe y Alegría, con Fe oscura, pero firme en que la siembra educativa daría resultados abundantes, aunque tardara mucho la cosecha de la alegría” (Cartas del Masparro, pág. 174).
Al llegar a Venezuela, trabajó unos años en el Colegio San Ignacio de Caracas y regresó a Europa a continuar sus estudios de teología y a ordenarse de sacerdote. De regreso a Venezuela, permaneció dos años en Caracas y, en agosto de 1948, fue nombrado rector del Colegio San José de Mérida. Allí se reencontró con los Andes que lo volverían a aguijonear una vocación de grandeza en el servicio, una permanencia en la audacia y en el riesgo. A Vélaz le atraerían siempre las montañas, los ríos, las llanuras infinitas, los árboles. El plantó con sus propias manos cientos de árboles, denunció los crímenes ecológicos de las compañías maderas, a las que llamó “Mataderos Forestales” y “Mataderos Industriales para la Deforestación y el Afeamiento del Territorio Nacional”, y se cuenta que, cuando construían San Javier del Valle, hizo guardia varios días para evitar que las máquinas tumbaran algunos arbolitos. Y hasta un pobre fresno comido por las vacas, fue objeto de su especial predilección y mereció una de sus poesías:
Era un niño al que le han mordido

los brazos y el rostro.

Pobre fresno lleno de cicatrices y muñones

se ha quedado enano

cuando sus hermanos detrás de la cerca

se mecen gigantescos en la altura.

Torcido está.

Tres pequeñas ramas verdes le dan aliento todavía.

Yo quisiera alargárselas siquiera medio metro

a fin de que estuvieran más altas

que los hocicos destructores

y pudiera fugarse hacia el cielo

para darle fuerza a las raíces

y robustez al tronco



que corrigiera tantas torceduras.
Siendo Rector del Colegio San José de Mérida, el 15 de diciembre de 1950, 27 alumnos del colegio perecieron en un accidente aéreo. Volvían a Caracas llenos de alegrías, ilusiones y prisas, a pasar las navidades con sus familias. Pero el avión, como un pájaro apedreado, cayó para siempre en el páramo Las Torres (Edo. Trujillo).
El Padre Vélaz ideó en su homenaje una casa de retiros espirituales como un recuerdo luminoso de ese racimo de jóvenes segados por la muerte. Y así nació la Casa de Ejercicios Espirituales de San Javier del Valle, un lugar para mirarse hacia adentro, para reencontrarse con Dios que habla en el rumor de la cascada, en los labios del césped, en el colorido de las flores, y que todas las tardes se pasea con la niebla por esos amplios corredores.
Vélaz no era plenamente feliz con su trabajo en los colegios de los jesuitas. Su corazón misionero seguía latiendo con ardor de multitudes. Primero pensó fundar una red de escuelas en varios pueblitos andinos -Tovar, Ejido, La Puerta, Santa Cruz de Mora...- que dependerían del Colegio de San José de Mérida. Después, cuando terminó su período de Rector del Colegio San José, ideó una red de escuelas campesinas por los llanos de Barinas donde le ofrecían 2.500 hectáreas al increíble precio de 7.000 bolívares. Cuando le planteó su proyecto al Padre Provincial, no fue comprendido: “Déjate de Quijotadas y vete a la Universidad Católica”, le dijeron. Vélaz obedeció sin comprender. Se fue a Caracas. Allí lo estaba esperando Dios para que fundara Fe y Alegría y así pudiera vivir a plenitud su vocación de Misionero.
Porque fundamentalmente eso es lo que fue el Padre José María Vélaz a lo largo de toda su vida: un incansable misionero que consideró la educación como el medio fundamental de evangelización, como el principal instrumento de cristianización de las mayorías abandonadas. No en vano Vélaz mantuvo una especial admiración por las reducciones de los jesuitas en el Paraguay y por las hazañas de los misioneros de la red fluvial del Orinoco. Así como nunca pudo entender cómo la Iglesia y aún la misma Compañía de Jesús había abandonado su pujanza misionera de siglos pasados:
Fe y Alegría debería de levantar la bandera de nuestros gloriosos y audaces misioneros de la Antigua Compañía, que tantas señales de su paso han dejado hasta hoy.
Nuestras Reducciones de los Siglos XVI, XVII y XVIII han influido en mí poderosamente al fundar Fe y Alegría. Siempre las Misiones me atrajeron... Así como las he admirado, no he llegado a explicarme por qué la Nueva Compañía al regresar a América, no ha podido o no ha querido reiniciar tamaña epopeya cristiana” (Cartas del Masparro, pág. 68).
EL NACIMIENTO DE FE Y ALEGRIA
Estando encargado de la atención espiritual de los jóvenes de la Universidad Católica, Vélaz quiso que los estudiantes de la Congregación Mariana fraguaran una profunda sensibilidad social al palpar la miseria en que vivían multitudes de hermanos. Y así, los domingos solían salir a los barrios de Catia a enseñar catecismo y repartir algunas bolsas de ropa y de comida. Pronto entendieron, sin embargo, que el servicio cristiano, para ser de veras eficaz, se tenía que encarnar en una amplia red de escuelas, en un vasto movimiento de educación que rescatara a las mayorías de la ignorancia, raíz de la más profunda servidumbre. Vélaz, que consideraba a la educación como la mayor fuerza transformadora del mundo, pensaba que la falta de educación era la causa principal de la marginalidad y de la miseria: “Pueblo ignorante es Pueblo sometido, Pueblo mediatizado, Pueblo oprimido. Por el contrario, Pueblo educado es Pueblo Libre, Pueblo transformado y Pueblo dueño de sus destinos” (Discurso en la Universidad Católica con motivo del otorgamiento del Doctorado Honoris Causa en Educación).
La primera escuela nació de un acto de rotunda generosidad: cuando el obrero Abrahán Reyes se enteró que el Padre Vélaz y su grupito de universitarios andaban buscando un lugar para la escuela, les ofreció su casa. Durante ocho años, trabajando en sus ratos libres, Abrahán y su esposa habían construído esa casa, la habían ido moldeando con sus manos y sus sueños. Carreteaban el agua para la mezcla en latas de manteca desde varios kilómetros. Y una vez terminada, la ofrecieron con sinceridad y sin aspavientos. Así nació Fe y Alegría: en una casa regalada con 100 niños sentados en bloques sobre el suelo. El gesto de Abrahán y su señora habría de despertar múltiples y espontáneas generosidades que, desde sus inicios, han marcado la trayectoria de Fe y Alegría: una de las muchachas universitarias regaló sus zarcillos. Los rifaron y con lo que se sacó de la rifa se compraron los primeros pupitres y hasta alcanzó para darles algo a las primeras maestras. Esta fue la primera rifa de Fe y Alegría. Posteriormente, la rifa llegaría a convertirse en una especie de cruzada nacional que aglutina infinidad de generosidades anónimas y que, durante años, fue la principal fuente de ingresos para sostener y aumentar la obra.
Abrahán entregó su casa, la universitaria sus zarcillos... Otros entregarían su dinero, su fuerza, su trabajo, hasta sus vidas... Como el joven Timoteo Aguirre Pe que murió, atropellado por un carro, cuando pegaba afiches de Fe y Alegría, en las calles de Mérida.
Rápidamente, avivada por este montón de generosidades, Fe y Alegría empezó a germinar en lo imposible: Debajo de una mata, en ranchos alquilados, en escuelas que fueron creciendo sobre precipicios y quebradas, en basureros, en cumbres de cerros, en los lugares inhóspitos que nadie ambicionaba. Para conseguir recursos, además de la rifa, se emprendieron osadas campañas de promoción, se montaron oficinas, se tocó al corazón de personas generosas, se dio rienda suelta a la creatividad más atrevida: En Carora se implantarían las peleas de gallos, en Cumaná, las carreras de burros.
El propio nombre de Fe y Alegría no fue escogido al azar. Debía recoger la propia identidad, ser a un mismo tiempo espejo y meta: “Nuestro nombre de Fe y Alegría no es una casualidad, ni tampoco algo intrascendente. Es un nombre totalmente meditado, como la meta a que conduce nuestro camino. Es nuestro emblema y nuestra bandera que fue pensada muchas horas y muchas veces. Es nuestro ‘santo y seña’.
Somos mensajeros de la Fe y al mismo tiempo Mensajeros de la Alegría. Debemos por lo tanto aspirar a ser Pedagogos en la Educación de la Fe y Pedagogos de la Alegría. Dos vuelos espirituales tan hermosos y radiantes que son capaces de enamorar una vocación. Dos Poderes y dos Dones de Dios que son capaces de transformar el mundo” (J. M. Vélaz, Pedagogía de la Alegría).
Fe y Alegría siempre quiso ser una obra de iglesia que agrupara las generosidades de muchos en torno a su proyecto educativo: la comunidad colaboraría con su trabajo, levantando paredes, limpiando terrenos, pintando..., los más privilegiados aportarían sus recursos económicos, sus influencias, sus ideas, otros darían sus talentos, su trabajo. Y Fe y Alegría liderizaría el clamor popular de Justicia Educativa en defensa de los derechos a la educación de los más pobres. El Ministerio de Educación no es el amo, sino un simple administrador de los recursos de todos. Fe y Alegría tendría que crecer fuerte para hacer oír su voz como un fuerte rugido de leones.
En el Discurso que el Padre José María pronunció en la Universidad Católica con motivo de recibir el Doctorado Honoris Causa en Educación, su voz tembló de santa indignación:
La Justicia a Medias es intolerable como meta.
Después de tanta lucha no nos podemos resignar a vivir en una Justicia a Medias, recordando que las cosas estaban antes mucho peor que ahora.
Este debe ser el momento más alto, más claro, más resonante de nuestra exigencia de Justicia Integral, en el campo educativo de Fe y Alegría.
Hay que decir que cuando a los Maestros de nuestras Escuelas gratuitas, los Estados les pagan inferiormente, cometen una injusticia discriminativa, que se acumula sobre la injusticia de no darnos lo que debieran para construcción y equipamiento de los planteles. Y que cuando no les reconocen escalafón, ni otros derechos recibidos por los demás Maestros recalcan una perniciosa injusticia.
Y que además cometen una insigne torpeza administrativa(...)
Nuestra bandera es bandera de Justicia en Educación de los más pobres, discriminados, inferiorizados, insultados en su dignidad humana en Estados que se proclaman igualitarios y democráticos.
A Fe y Alegría le ha tocado romper las barreras de la injusticia estadista, neciamente centralizadora”.

VELAZ, EL EDUCADOR
Fe y Alegría se define como un movimiento de Educación Popular Integral. En estas dos palabras, ‘Popular e Integral’, tan preñadas de sentido, se compendia la esencia de su propuesta educativa.
Desde sus orígenes, Fe y Alegría quiso echar su suerte con los más pobres. Frases como “Fe y Alegría comienza donde termina el asfalto, donde no gotea el agua potable, donde la ciudad pierde su nombre”, reflejarán su inquebrantable decisión de insertarse con los más desposeídos: “Nos hemos atrevido a levantar una bandera -escribirá Vélaz- cuando tantos arrían y desdeñan las banderas. Nuestra bandera ha sido la Educación Integral de los Más Pobres, es decir, de los más menospreciados e ignorantes, y como estos son muchos millones, nos hemos atrevido a la Educación de Millones. O lo que es lo mismo: a la liberación de millones, a la evangelización de millones, a la salvación de millones” (Fe y Alegría. Características Principales e instrumentos de acción). Y esto como una consecuencia simple y lógica de tomar en serio el cristianismo: “Porque Fe y Alegría cree firmemente en que Dios es nuestro Padre y en que todos los hombres son nuestros verdaderos hermanos, queremos realizar la obra de Justicia más urgente: Educar a los más pobres, que son más pobres, porque son más ignorantes”. “Dios no hizo estos Hermanos nuestros para la miseria. La maldad de los hombres los ha vuelto miserables. Miserable quiere decir merecedor de compasión. Pues si merecen la compasión de Dios y nuestra compasión de Hermanos, a nosotros nos toca hacer dinámica esta compasión” (Cartas del Masparro, pág. 34y 117).
La educación de Fe y Alegría no puede ser “una pobre educación para los pobres”, sino que tiene que ser una educación de calidad, “la mejor educación para los más pobres”, una educación integral que forme a la persona en su totalidad.
Si la educación es para el Padre José María un instrumento de liberación y de humanización, si por medio de ella contribuímos a continuar el plan salvífico de Dios que quiere el desarrollo pleno de cada hombre, no bastará educar a todos los hombres, sino que habrá que educar a TODO el hombre. Tendremos que rescatar a la educación de su acadecismo vacío y estéril en que está atrapada, para hacer de ella un medio de crecimiento personal y social. Educar a todo el hombre supone tomar en cuenta al alumno en su totalidad de persona y como miembro de una determinada comunidad, y no como mera cabeza o como un receptáculo a llenar con conocimientos muertos. Habrá que atender su estómago si tiene hambre, su salud resquebrajada, su corazón herido por el desamor. Habrá que hacer de él una persona fuerte, generosa, de manos trabajadoras y pies solidarios, con una sexualidad y una afectividad maduras y responsables, con unos ojos críticos y autocríticos, capaces de descubrir y apreciar lo bello, de admirar la Naturaleza como espejo de Dios, con un olfato especial para percibir lo que sucede y las causas porque sucede, con unos oídos atentos a los clamores de su gente, y con una palabra que sea expresión de vida, voz valiente de los que no tienen voz. “La educación del hombre -escribirá Vélaz- en la misma medida en que debe ser integral y abarcarlo totalmente, tiene que dedicar su afán primordial a las necesidades fundamentales, entre las cuales emerge, como primaria y principal, la Alimentación y la Salud Humana”. Por ello, debemos “diseñar una Educación Integral en que la cabeza y el esfuerzo de los brazos tengan lugar, donde el trabajo personal y el ensamble colectivo se practiquen, donde el buen decir se cuide y el buen realizar estimule, donde la constancia sea aliada de la valentía, donde todo estudio sea comprobado por la práctica, donde la confianza en sí mismo y la necesidad de la iniciativa individual sea conjugada con la oración humilde y la esperanza en Dios.
Nos hacen falta Academias de Cristiandad y Venezolanidad”. (Cartas del Masparro, pág. 120 y 64).
En otras oportunidades hablará Vélaz de la necesidad de que los colegios sean espacios de vida y de alegría, canteras de personalidades vigorosas, que se deben transformar en “Semilleros de Hombres Nuevos”, “Escuelas de Valentía”: “Escuelas de leones que rujan a coro para defender sus derechos de ciudadanía”: “Enseñemos a los jóvenes a vencerse a sí mismos y a dar su vida por la salvación de los demás... Enseñemos a nuestros Amigos y Alumnos a arrancarse de la ley de la gravedad universal del egoísmo y del enriquecimiento personal”. “Cada colegio de Fe y Alegría tiene que ser una verdadera fábrica de Hombres Nuevos y de Cristianos Insobornables”. “Pongámonos con toda el alma a preparar hombres libres, que para poder serlo, tienen que ser antes hombres cultos, hombres técnicos, hombres emprendedores y hombres cristianos de entrega al servicio de los demás” (Cartas del Masparro, pág. 54 y 19).
VELAZ, EL PIONERO
Hombre incansable, de frontera, el Padre José María nunca se contentaba con los logros alcanzados. Siempre aspiraba más. No podíamos aburguesarnos en Fe y Alegría cuando cada vez era mayor la magnitud del desamparo. Convencido de que Fe y Alegría corría el peligro de rutinizarse en una serie de escuelas urbanas tradicionales, dedicó los últimos años de su vida a impulsar una educación que asumiera cada vez con mayor seriedad el mundo del trabajo y que preparara a los alumnos para ejercer dignamente un oficio.
Había que emprender una cruzada educativa que lejos de considerar a la educación como un medio para “no tener que trabajar”, fuera ella mismo trabajo, producción. Consciente del grave daño que le había hecho a Venezuela el “escarnio de las escardillas que ha llevado al desprecio de las manos trabajadoras”, emprendió con toda su energía la superación de esas escuelas tradicionales, desligadas de la vida, donde los alumnos aprenden cosas inútiles, que no les sirven para nada y que, por ello, las abandonan antes de tiempo o las soportan en una especie de ritual que los deja vacíos y derrotados: “Si queremos que la Educación no cree Entes o entelequias separadas de la vida popular, tenemos que llegar con nuestra enseñanza a aquellas actividades que le permitirán al Pueblo una vida digna, una alimentación completa, una habitación de seres humanos, y un nivel cultural y espiritual cónsono con los planes de la modernidad y de la cristiandad” (Cartas del Masparro, pág. 20).
Para impulsar este tipo de educación en el trabajo productivo se fue Vélaz primero a San Javier y cuando consideró que estaba ya bien afincado este Instituto, con un ciclo diversificado profesional del que egresan los alumnos como Técnicos Medios en 13 especialidades, se metió llano adentro en busca de su viejo sueño de montar una red de escuelas agropecuarias y forestales para los campesinos desamparados.
Los inicios en San Javier del Valle no fueron fáciles. La Hna. Montemayor que convivió con el Padre José María gran parte de sus últimos años, nos recuerda cómo sólo tenían entonces en San Javier “un montón de proyectos y de sueños y dos mil bolívares”. Primero idearon una Escuela de Artes Aplicadas que completara con una buena formación profesional la educación academicista que recibían los alumnos del Valle. Pero ni ellos ni sus familiares entendieron el proyecto y no respondieron al llamado. Surgió entonces la idea de un Internado y se fueron a reclutar alumnos por los pueblos del Sur del Estado Mérida. Empezaron así con siete alumnos: cinco hembras y dos varones. Al año siguiente ya tenían 72 alumnos, y al otro, 180. Entonces, con palabras de la Hna. Monte, “tuvimos que empezar a hacer milagros para acomodarlos a todos y darles de comer. Porque toda la obra de San Javier ha sido un largo y contínuo milagro”.
Vélaz nunca pensó de San Ignacio del Masparro como una única escuela en el corazón de los llanos de Barinas. La entendió como la primera, la punta de lanza de un vasto proyecto educativo de Institutos Agropecuarios Forestales que contribuyeran a levantar de su miseria a los campesinos de Barinas:
San Ignacio del Masparro será el inicio de una multiplicación de escuelas agrícolas y forestales..., una bandera que no ondee sola en las orillas del río... No pretende ser un Colegio agrícola único y sin prole. Lo que aquí se trata de lograr es un modelo, un piloto, un Instituto que sea germen y prototipo para que Fe y Alegría emprenda con definitivo entusiasmo y dedicación la gran Aventura de la Educación de los Campesinos Depauperados de la Región más promisoria de Venezuela” (Cartas del Masparro, pág. 82).
Al Padre José María le dolía en el corazón el abandono del campo y no podía entender como la propia Iglesia vivía prácticamente de espaldas en toda Latinoamérica al clamor de los campesinos:
La Iglesia en conjunto se ha olvidado de lo que es la Población de nuestros inmensos campos. Se asoma a algunos Pueblos y pueblitos pero sin ofrecerles a sus gentes casi nada de lo que les preocupa en su desamparo espiritual y civil. El esquema Parroquial no tiene casi nada que sobrepase un tenue servicio burocrático para cristianos de décima categoría... Le advierto que si por algo estoy en el Masparro y quisiera estar en 100 Masparros, es porque la Iglesia Venezolana tiene urgente necesidad de empeñarse a fondo en el servicio a los más pobres y Humillados, que son nuestros campesinos... Es evidente que la Educación para la Producción Alimenticia y para la Salud, son un deber básico de la Iglesia hoy, sin los cuales la Evangelización pura no tiene ni base, ni sostén, ni crédito, ni ejemplaridad” (Cartas del Masparro, pág. 169, 166 y 120).
En San Ignacio del Masparro le sorprendió la muerte. Como siempre, su mente ardía con múltiples y ambiciosos proyectos. Estaba intentando introducir a Fe y Alegría al Africa, acababa de venir de la Gran Sabana donde quería iniciar una red de escuelas para atender a “los más pobres entre los pobres”, los indígenas, sus Cristos desnudos. Su imaginación desbordada que convertía cualquier suceso en un proyecto, andaba ideando “criadores de morrocoyes, galápagos y tortugas”, “santuarios ecológicos”, “hatos de chigüires”, “gallineros fluviales de cachamas”, “bosques de samanes gigantescos”, “serpentarios”, “hoteles fluviales”, “bodegas de vino de mango”...
La noche antes de su muerte se sentía especialmente feliz. Había, por fin, conseguido unas maestras para su escuela del Masparro, y después que cenaron todos juntos, estuvieron cantando y celebrando. Cuando la madrugada del día 18 de julio le sobrevino el infarto, su preocupación era que no se enteraran las maestras para que no se preocuparan. Luego, cuando adivinó que ese dolor tan fuerte era Dios que le llamaba, pidió una oración y, a horcajadas de ella, se marchó con la mañana y con el río a seguir soñando y dando vida en el océano del cielo.
Hoy, cuando los que hemos agarrado su bandera, estamos recordando los jalones de su vida, debemos nutrirnos de su espíritu, de su audacia, de su tesón de pionero para enfrentar los nuevos retos que nos plantea la situación cada vez más golpeada de las multitudes latinoamericanas.
Porque, hoy más que nunca, cuando están tan de moda los acomodos y las claudicaciones, “nos hace falta en Fe y Alegría un Cristianismo comprobado por el valor, por la austeridad en el trabajo y en el uso de los medios materiales, por la curiosidad en el mejoramiento técnico, organizativo y humanístico, según las condiciones geográficas y sociales de nuestro pueblo más pobre y apartado. Un Cristianismo de Obras Activas y Vitales en bien de nuestros Hermanos más Olvidados” (Cartas del Masparro, pág. 51).
Los retos que tenemos por delante son inmensos: “La vocación de Fe y Alegría es todo lo que contribuya a una educación integral actualizada, incluídos, como es lógico, los más Altos Estudios Universitarios”. Ante esos retos, es bueno que nos sintamos pequeños, “como alguien que tuviera que escalar el Himalaya con los pies descalzos”, pero no olvidemos que nuestra fortaleza viene de sentir que “no estamos solos... Dios va con nosotros o mejor, vamos en el camino de Dios ayudándole a amparar y educar a muchos de sus Hijos más pobrecitos y desamparados que él ha querido que los cuidemos y amparemos” (Cartas del Masparro, pág. 103).



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