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El origen y la fijeza de las especies


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El origen y la fijeza de las especies

Las especies son fijas

El origen y la fijeza de las especies


John Leslie, 1929
Truth unchanged and unchanging
The Bible League, Abington, Inglaterra

“No sabemos cómo las diversas especies se originaron; y en cuanto al origen de las variaciones, todavía vamos mayormente a tientas no obstante un gran cúmulo de conocimiento y un esfuerzo admirable”. [1] Lo que el evolucionista necesita saber no es tanto un cúmulo de conocimientos como un sentido de valores relativos, un sentido que le permitiría distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre los científico y lo no científico.

Me pregunto si nuestro autor ha estudiado el origen de las especies como está registrado en Génesis, y lo ha estudiado con sagacidad científica y perspicacia espiritual: “Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos. Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. ... Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así. E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie”, Génesis 1.24, 25.

La Palabra de Dios reconoce las tres principales divisiones del universo: (i) la superorgánica, (ii) la orgánica, (iii) la inorgánica. Adicionalmente, enseña la ley de la biogénesis en con-junción con el origen y la fijeza de las especies.

“Hay por todo”, dijo Charles Darwin, “dos o tres millones de especies en la tierra, pero hay que reconocer que, no obstante los esfuerzos de observadores instruidos, no se ha registrado un solo cambio de una especie con [sic] otra”. Medio siglo más tarde otro enfatizó esta confesión al afirmar también: “Nadie ha logrado producir una especie nueva”. [2]

¿Y por qué? Porque Génesis nos dice que todos los tipos de creación tuvieron una base directa y propia en lo inorgánico, y llevan estampadas indeleblemente sobre sus núcleos las palabras grandes y gloriosas: “según su especie”. Son palabras que señalan lo específico y fijo de las diversas especies, una inmutabilidad que el evolocionista se reconoce incapaz de negar o reversar.

Ahora, si se ha encontrado imposible cambiar una especie de ave en otra, o un tipo de animal en otro, ¿cuánto más imposible hubiera sido cambiar un animal en hombre? O si, en otras palabras, la sangre o la vida de una especie de animal es tan radicalmente diferente de la sangre o la vida de otro tipo de animal, ¿cuánto mayor ha debido ser la diferencia entre la sangre de un animal y la de un hombre?

El origen del hombre


“Si el hombre evolucionó naturalmente, los factores en el proceso requieren elucidación, pero en esta materia estamos limitados a la especulación”. [3]

¿Pero por qué especular? Los factores principales e indispensables, según la ley de la bio-génesis, consisten en una primera gran causa, el protoplasma, el organismo y el ambiente. Bien, si uno opta por buscarla, encontrará todo esto en Génesis 2.7:

Jehová Dios la primera gran causa

formó al hombre del polvo de la tierra el protoplasma o base de la vida

y sopló en su nariz aliento de vida núcleos físicos y espirituales

y fue el hombre un ser viviente un organismo en correspondencia con su ambiente cuyo centro y circunferencia es Dios

De esta manera el hombre está conectado vital y singularmente con lo físico y lo espiritual, porque está dotado de dos núcleos distintos pero estrechamente relacionados. Él tiene un núcleo dentro de un núcleo: uno para relacionarse con el ambiente físico y otro para estar en comunión con lo espiritual. La acción e interacción de estos dos núcleos influyen en y modifican el organismo humano como para distinguirlo de todo otro tipo de creación.

“Pero”, pregunta el cuasicreacionista, “¿no hay una sugerencia de evolución en la Escritura que reza: “No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra.”? Salmo 139.15. Este versículo está citado por ciertos hombres que, sin captar o comprender los fundamentos de la creación, opinan que al fin y al cabo el origen del hombre sugiere una forma modificada de evolución. ¿Pero qué son los hechos?

Al hablar de “mi cuerpo”, David se refiere al protoplasma o base de la vida, y por “lo más profundo de la tierra” significa tanto el lugar de donde el polvo fue derivado (inorgánico) como al útero en el cual se unieron el protoplasma y el bioplasma – el cuerpo y el espíritu – (orgánicos).

Sin embargo, para hablar con propiedad, la palabra cuerpo aquí se refiere al polvo que compone el cuerpo, y al polvo solamente. Separados cuerpo y espíritu en la muerte, “el polvo vuelve a la tierra como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio”, Eclesiastés 12.7. El polvo de la tierra es, en términos generales, la materia prima que se encuentra en una y otra medida, y en una u otra forma, en todo el universo físico. Consiste mayormente en hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, carbón, fósforo, sulfuro, etc., y es el material que Dios usó como el protoplasma o base física de la vida.

Ya hemos citado Génesis 2.7. En esta Escritura el Alfarero divino toma en mano lo inorgánico, aplica la ley de la biogénesis al polvo y lo levanta a la vida y la existencia organizadas.

Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”, 1.26,27. ¿El evolucionista y el seudocreacionista señalarán alguna otra Escritura que habla de un animal o un ave o un pez como creado en la imagen de Dios?

¿Qué es el hombre? Demanda el crítico: “¿Cómo es su origen más divino que el origen de cualquier otro organismo?” La Biblia responde a la pregunta con decirnos: “Le has hecho poco menor que los ángeles, y la coronaste de gloria y de honra. Todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello ...”

Ahora, si las bestias del campo y los animales en general tuvieron el mismo origen específico y la misma primogenitura que los hombres, ¿por qué tienen éstos dominio sobre aquéllos? Y si son de la misma relación sanguínea, ¿por que el evolucionista quebranta el sexto man-damiento al matar y consumir a los organismos que son sus hermanos?

“No fue encubierto de ti [Dios] mi cuerpo, bien que en lo oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra”, 139.15, es un trozo que debe ser leído conjuntamente con otro, el cual es Eclesiastés 12.7: “... y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que la dio”.

El evolucionista enseña que la Palabra cuerpo representa a David física y espiritualmente, pero al ser cierto esto, ¿cómo puede el muerto estar enterrado en la tierra y a la vez vivo con Dios en el cielo?

“Jehová, tú eres nuestra padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros”; Jeremías 64.8. Hoy día Él es el Alfarero tanto como en los días de David, o de Adán y Eva, ya que nos permite asimilar de varias fuentes el polvo de la tierra o la base física de la vida – de diversos tipos de alimentos y directamente de la atmósfera que a su vez se nutre principalmente de las partes más profundas de la tierra por acción volcánica. Él forma este polvo de tal manera como para asegurar no sólo una fijeza inmutable de la especie, sino aun una identidad inmutable para el individuo.

Alma y espíritu


El alma significa la conciencia de sí mismo y el espíritu la conciencia de Dios, y la unión de estos elementos respectivos resulta en lo que la Biblia llama un alma viviente. En otras palabras, se puede asemejar el alma a un protoplasma extrasensorial y el espíritu a un bioplasma extrasensorial, cuya unión e intercomunión generaría vida espiritual y corres-pondencia espiritual, permitiendo así que el alma se disfrutara de la conciencia de tanto la naturaleza como de la supernaturaleza.

Pero este tipo de vida – alma es el término más científico – caracteriza al hombre no más. Por lo tanto es contrario a las Escrituras decir que la frase “alma viviente” aplica al animal además del hombre. En Génesis 1.20 al 25 los términos aplicados a los peces, aves y animales en general se introducen discretamente y calificados científicamente, ya que indican no solamente origen sino también los organismos específicos. A saber: “Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos. Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve”.

Pero en el caso del hombre, “Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”, 2.7.

Se distingue de esta manera entre el origen de los animales y el origen del hombre, ya que el término vida y la frase según su especie significan la sangre o principio animador del organismo con referencia especial a su clasificación específica, mientras que alma incluye no solamente lo psicológico sino también las características espirituales del hombre. Cuando Dios sopló en el hombre el aliento de vida, le confirió al hombre su propio aliento y semejanza, por cuanto el hombre fue creado en la imagen de Dios, 1.26, 27. Esto explica la singularidad del hombre, o como lo expresaría el darwinista, la naturaleza uniforme de su especie.

Por esto el hombre debe ser considerado como una clase aparte. En la complejidad de correspondencia él es inmensamente superior a toda otra forma de creación, disponiendo de capacidades que no tienen nada de parecido en la creación bruta, y que le vinculan con un reino que tan sólo el hombre puede disfrutar intelectual y espiritualmente.

El origen de la mujer


“Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre”, Génesis 2.21, 22.

“Rechazo esa explicación”, exclama el evolucionista, “porque no respeta las reglas de la propagación y por ende no es científica”. ¿Pero en qué es anticientífica?

En la creación de Adán, como hemos observado, Dios tomó lo inorgánico, aplicó al polvo la ley de la biogénesis y lo levantó a la vida y la existencia organizada. Ahora Él sujeta el organismo a una operación de gran alcance al causar que un profundo sueño caiga sobre Adán para impedir que sufra dolor en lo que va a hacer. Consecuencia de esta operación, se toma del costado de Adán una costilla, o un corte vitalizado, para usarla como la base de la cual el Creador construye la mujer.

Ahora, si un mero hombre puede propagar la vida en el reino vegetal con cortar un esqueje de una planta viva, y considera que el proceso es científico, ¿por qué afirmar que no es científico de parte de Dios propagar la vida humana por medio de una costilla o un esqueje de planta viva en el reino humano?

No hay duda de que, en las manos de Creador, este corte, que representaba lo inorgánico en unión vital con lo orgánico, fue diseñado de tal manera que aseguraba la entereza de la femininedad de Eva. Era parte de Adán pero muy diferente, hecha para ser en todo aspecto socia con él en el matrimonio.

La brecha que no admite cierre


Como una manera de enfatizar lo que se ha venido diciendo, vamos a repetir que cada tipo de creación tenía una base directa e independiente en lo inorgánico. Es decir, cada especie de animal fue creada y construida según su género y el hombre, aun cuando de una base independiente y directa en lo inorgánico, o el polvo de la tierra, es de un todo e irreconci-liablemente distinto del animal, no meramente en lo psicológico sino también en lo que se concierne sus relaciones morales y espirituales con Dios.

Para el animal, Dios es simplemente el Creador, pero para el hombre Él es tanto Creador como Padre en Cristo. Se nos enseña a decir “Padre nuestro que está en los cielos”, pero en todas las esferas de la creación orgánica solamente el hombre tiene esta prerrogativa. ¿Y por qué? Porque los hombres y las mujeres son hijos de Dios y no de animales.

Génesis enseña el origen separado y la fijeza inmutable de las especies y el darwinista reconoce indirectamente la verdad de esta enseñanza. Por esto, si no admite ser cerrada la brecha que separa una especie de animal de otra, ¿cuánto más la brecha que separa el animal del hombre? ¿Y qué derecho, sea moral o científico, tiene le evolucionista para predicar una doctrina que no sólo contradice los hechos de la creación sino también los clamores de su conciencia?

[1] Oliver Lodge, Evolution and creation

[2] Arthur Keith

[3] J. A. Thomson, Outlines of zoology


Las especies son fijas


Michael Penfold

Un corresponsal de la BBC declaró recientemente: “Tenemos muchos héroes locales pero tenemos solamente uno que ha cambiado el mundo. Su nombre es Charles Darwin”. En ese mismo orden de ideas James Watson, un codescubridor de la estructura de la ADN, afirmó: “A fin de cuentas Charles Darwin será visto como un personaje de mucha más influencia en la historia del pensamiento humano que Jesucristo o Mahoma”.

La fama de Darwin se remota a 1839 cuando se convenció de una idea radical: “las especies eran producciones mutantes”. En términos del profano, nada impide a los peces transformarse en anfibios. Antes de ese tiempo Darwin nunca había conocido a un naturalista que dudaba de “la fijeza de las especies”. Tan sagrada y universal era esa creencia que apenas expresar su convicción contraria le hacía a Darwin sentir que estaba “confesando un homicidio”.

Antes de Darwin, la declaración bíblica que las cosas vivas se reproducían “según su género” se entendía generalmente como queriendo decir que toda variación visible ahora en la naturaleza existía en la misma forma en el huerto de Edén. Cuando Darwin observó las variaciones que los criadores de perros producían en un lapso tan corto, empezó a preguntarse si, sobre unos millones de años, la naturaleza podría producir todas las diversas especies de plantas y animales en el mundo de un solo antepasado unicelular.

Al observar las trece especies de pinzones recién diversificadas pero parecidas en las Islas Galápagos, Darwin razonaba que probablemente todos los tipos de pinzones se originaron naturalmente de un antepasado común por un proceso de transformación gradual y “la selección natural”.

La teoría de Darwin era simple en extremo; las variaciones favorables en la cría, selec-cionadas naturalmente en la lucha de la vida sobre largos períodos de tiempo, resultan en la formación de una especie nueva. Su idea tenía cierto valor, pero sobrepasaba por mucho lo que era susceptible a prueba científica al ser aplicada a variaciones ilimitadas e infinitas. El efecto de la selección natural sobre el tamaño del pico de un pinzón no podía explicar el origen del animal ni probar que toda la naturaleza era un continuo o “cadena de vida”.

El hecho de que se puede cruzar diferentes especies y géneros – una cebra con un caballo, un león con una tigra, un camello con una llama – prueba que, aun si su cría es estéril en algunos casos, ellos han debido descender del mismo género creado originalmente. La evidencia se apunta al hecho que en el principio Dios creó miles de tipos básicos, cada uno de ellos poseídos de información genética y flexibilidad para producir una gran variedad de descen-dientes. Así, Él no necesariamente creó todas las especies como las vemos hoy en día.

El asunto en todo esto es el tipo de cambio y no el alcance del cambio. La evolución del estilo bacteria-a-Bethoven exige un tipo de cambio que es imposible en el mundo genético porque son fundamentales y radicales las diferencias entre las clases tales como los mamíferos, los reptiles, los anfibios y las aves. Cada clase posee un número de características particulares que la define y que no se encuentran en otra. Así que, transformar un reptil en mamífero, por ejemplo, requiere una evolución de glándulas mamarias y un suministra de leche, una cubierta de pelo, un sistema de control de temperatura, un diafragma y una cuarta cámara en el corazón. ¿Esto es posible por la mutación al azar, la selección natural y las vastas edades del tiempo? Para los darwinistas la respuesta es no.

¿Por qué? Primeramente, una función mayor de los genes es la de resistir al cambio, no facilitarlo. Segundo, las mutaciones genéticas son demasiado infrecuentes como para realizar lo que la evolución requeriría de ellas. Tercero, las mutaciones suelen ser dañinas. Cuarto, no pocas veces las mutaciones son regresivas y encuentran la oposición de “genes normales” en reproducción. Quinto, así como convertir un telegrama en una enciclopedia requeriría la introducción de miles de oraciones inteligentes y estructuradas gramaticalmente, también los órganos y sistemas biológicos nuevos en evolución exigen un aumento enorme en la com-plicada información genética (por ejemplo, novedosas secuencias de ADN con sentido). El caso es que ninguna mutación conocida a los hombres jamás a resultado en un más de esta información genética.

Sexto, “la selección natural, la recombinación, mutación y especiezación todas pueden interactuar en concierto para realizar variaciones muy sorprendentes dentro del prototipo creado ... pero hay límites al cambio biológico”. [1]

El eminente geneticista evolucionarlo Richard Goldschmidt crió polillas gitanas por veinte años y un millón de generaciones, pero todo lo que logró producir era polillas gitanas. Luther Burbank, un renombrado horticulturita norteamericano, reconoció que podía criar una ciruela que medía entre 1 ½ y 6 ½ centímetros, pero ni menos ni más.

La afirmación bíblica que las plantas y los animales reproducen solamente según su especie es una sana declaración científica, con tal que entendamos que se trata de procedente del mismo conjunto ancestral de genes. Sin embargo, la posición darwiniana que toda vida, incluyendo la de los humanos, procedió de un solo organismo unicelular en una pequeña laguna tibia, por nada más que variaciones reproductivas y la selección natural, colapsa por falta de evidencia.



[1] Los profesores Lester y Bohlin, especialistas
en genética y biología molecular, respectivamente



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