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El Orgullo de Ser Alemán por Pedro Aguirre


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El Orgullo de Ser Alemán

por Pedro Aguirre*

Un debate, completamente inusual considerado desde los parámetros de cualquier otra nación del mundo, acaba de verificarse en Alemania respecto al tema del orgullo nacional. A principios del pasado mes de marzo, el ministro del medio ambiente, el político verde Jürgen Trittin, provocó una tormenta al declarar que el secretario general de la democracia crisiana, Laurenz Meyer, tenía la mentalidad de un skinhead (cabeza rapada) por haber declarado estar orgulloso de ser alemán Desde luego, las imprudentes declaraciones de Trittin fueron recibidas por una ola de severas críticas, al grado de que el ministro tuvo que disculparse al tiempo que la democracia cristiana demandaba su inmediata renuncia al cargo. Sin embargo, la polémica profundizó días después cuando, ni más ni menos, el presidente de Alemania, el socialdemócrata Johannes Rau, se negó a declarar abiertamente su orgullo de ser alemán al afirmar que "puedo estar agradecido, pero no orgulloso, de ser alemán. Orgullo sólo se puede tener cuando se ha obtenido algo por mérito propio". En Alemania, el presidente desempeña un papel ceremonial y es visto como la conciencia moral de la nación. Al no declarar abiertamente su orgullo germano, la derecha no tardo en dudar del derecho de Rau a presidir sobre una nación de más de 80 millones de habitantes.

Por su parte, al ser presionado por la prensa conservadora para que expresara su opinión sobre el tema, el siempre cuidadoso canciller Schröder logró conciliar la postura del presidente con el del "orgullo sano" al declarar: "estoy orgulloso de los logros del pueblo y de la cultura democracia alemana. En este sentido, soy un patriota alemán orgulloso de su país". Asimismo, Guido Westerwelle, secretario general del Partido Liberal, reconoció estar legítimamente orgulloso de ser alemán y añadió "no permitamos que sea la turba neonazi o los skinheads quienes definan por nosotros que significa orgullo nacional".

Por décadas, tras la Segunda Guerra mundial, los políticos alemanes han evitado hacer declaraciones públicas sobre el "orgullo germano". Demasiado cercanos estaba el recuerdo del nazismo y de los campos de concentración como para exhibir expresiones que remitieran al nacionalismo exacerbado de Hitler y su banda de criminales. Sin embargo, tras la reunificación del país se ha intensificado una debate sobre la validez de poseer y expresar un legítimo orgullo que, a final de cuentas, es perfectamente normal en cualquier otra nación. La clase política de Alemania esta dividida actualmente entre quienes piensan que el país debe desempeñar un rol fundamental en el proceso de integración europea y que, por ello, un orgullo nacional demasiado arraigado sería estorboso, y quienes están convencidos de que el país debe superar su turbio pasado y declarar válidas las expresiones de nacionalismo "moderado, respetuoso y responsable".

Una discusión, que por cierto no es nueva. Ya desde el origen mismo del anhelo nacional alemán el filósofo Johann Gottlieb Fichte escribió en sus Discursos a la Nación Alemana (compuestos durante la resistencia alemana a la ocupación napoleónica) "Reconozcamos que el mejor sentimiento nacional alemán debe incluir la idea cosmopolita de humanismo supranacional, de tal forma que se considere "antialemán" tratar de ser únicamente alemán". Pero tras la derrota de la revolución democrática de 1848, Alemania debió ser unificada "a sangre y hierro" por Bismarck. El ímpetu imperial prusiano impuso su regla y, con ello, el nacionalismo alemán se revistió de connotaciones militaristas y francamente reaccionarias, que dieron lugar a que elementos chauvinistas, antidemocráticos y antisemitas fueran fundamentales en la consolidación y desarrollo del Reich alemán.

"La estupidez y el orgullo suelen ser dos ramas del mismo árbol". Esta genial frase de Schiller debería ser recordada ahora que la derecha atiza el fuego de la polémica nacional con el propósito de recuperar terreno en las urnas. Lo cierto es que, paradójica y venturosamente, a causa de su historia la Alemania contemporánea, democrática y pujante, es la única que tiene la posibilidad de marcar distancias frente al obsoleto concepto de "orgullo nacional" que tanto estorba a británicos y franceses en el ejercicio de un liderazgo genuinamente eficaz frente al resto de Europa.



*Presidente de la Fundación por la Socialdemocracia de las Américas


Alemania: ¿Nueva Tierra de Inmigrantes?



Por Pedro Aguirre

Con 7.3 millones de extranjeros, que representan casi el 9 por ciento de la población total, Alemania es el Estado europeo con mayor proporción de inmigrantes en su territorio. Esta importante presencia extranjera hace sentir incómodos a muchos alemanes y ha abierto un intenso debate sobre cual debe ser el futuro de la política hacia la inmigración. Este tema será central en la campaña electoral del año 2002. Por esta razón, el Partido Demócrata Cristiano (CDU), principal formación de oposición frente al actual gobierno socialdemócrata, acaba de dar a conocer un documento donde asienta cual es su postura ante la inmigración, mismo que ha despertado en el país comentarios de muy diversa índole.

Por su parte, al ser presionado por la prensa conservadora para que expresara su opinión sobre el tema, el siempre cuidadoso canciller Schröder logró conciliar la postura del presidente con el del "orgullo sano" al declarar: "estoy orgulloso de los logros del pueblo y de la cultura democracia alemana. En este sentido, soy un patriota alemán orgulloso de su país". Asimismo, Guido Westerwelle, secretario general del Partido Liberal, reconoció estar legítimamente orgulloso de ser alemán y añadió "no permitamos que sea la turba neonazi o los skinheads quienes definan por nosotros que significa orgullo nacional".

Por décadas, tras la Segunda Guerra mundial, los políticos alemanes han evitado hacer declaraciones públicas sobre el "orgullo germano". Demasiado cercanos estaba el recuerdo del nazismo y de los campos de concentración como para exhibir expresiones que remitieran al nacionalismo exacerbado de Hitler y su banda de criminales. Sin embargo, tras la reunificación del país se ha intensificado una debate sobre la validez de poseer y expresar un legítimo orgullo que, a final de cuentas, es perfectamente normal en cualquier otra nación. La clase política de Alemania esta dividida actualmente entre quienes piensan que el país debe desempeñar un rol fundamental en el proceso de integración europea y que, por ello, un orgullo nacional demasiado arraigado sería estorboso, y quienes están convencidos de que el país debe superar su turbio pasado y declarar válidas las expresiones de nacionalismo "moderado, respetuoso y responsable".

Una discusión, que por cierto no es nueva. Ya desde el origen mismo del anhelo nacional alemán el filósofo Johann Gottlieb Fichte escribió en sus Discursos a la Nación Alemana (compuestos durante la resistencia alemana a la ocupación napoleónica) "Reconozcamos que el mejor sentimiento nacional alemán debe incluir la idea cosmopolita de humanismo supranacional, de tal forma que se considere "antialemán" tratar de ser únicamente alemán". Pero tras la derrota de la revolución democrática de 1848, Alemania debió ser unificada "a sangre y hierro" por Bismarck. El ímpetu imperial prusiano impuso su regla y, con ello, el nacionalismo alemán se revistió de connotaciones militaristas y francamente reaccionarias, que dieron lugar a que elementos chauvinistas, antidemocráticos y antisemitas fueran fundamentales en la consolidación y desarrollo del Reich alemán.

"La estupidez y el orgullo suelen ser dos ramas del mismo árbol". Esta genial frase de Schiller debería ser recordada ahora que la derecha atiza el fuego de la polémica nacional con el propósito de recuperar terreno en las urnas. Lo cierto es que, paradójica y venturosamente, a causa de su historia la Alemania contemporánea, democrática y pujante, es la única que tiene la posibilidad de marcar distancias frente al obsoleto concepto de "orgullo nacional" que tanto estorba a británicos y franceses en el ejercicio de un liderazgo genuinamente eficaz frente al resto de Europa.



El Gran Debate Europeo



Por Pedro Aguirre

Hacía años que el debate sobre el futuro de la Unión Europea no alcanzaba tanta intensidad e interés. De repente, durante las últimas semanas, los grandes temas de la integración han saltado a primer plano, impulsados que por los dirigentes políticos de los dos grandes países que forman el eje del proceso de construcción europea: Alemania y Francia.

El proceso de construcción europea ha sido un singular proceso político, permanentemente en tensión entre quienes creen que es el resultado del fracaso de una idea que debió llevar a Estados Unidos de Europa y los que piensan que basta con que se dedique únicamente a una simple labor de cooperación intergubernamental. Desde que nació, tras la II Guerra Mundial, la integración europea ha creado sus propias reglas y ritmos, sin parecerse a ninguna otra institución internacional y funcionando de una manera sin equivalente en la historia de la política internacional.

Alemania propone que la Unión Europea promulgue una Constitución propia y que la Comisión actúe como un auténtico gobierno europeo, a la vez que sugiere la creación de una Cámara alta para el Parlamento Europeo, que asumiría las funciones que hoy tiene el Consejo de Ministros. Así, las instituciones europeas funcionarían bajo un esquema federal similar al vigente hoy en Alemania. Pero Schröder plantea también la conveniencia de que los Estados recuperen competencias sobre políticas regionales y estructurales, lo que pondría en entredicho el actual sistema de solidaridad europea de la Política de Cohesión, uno de los pilares de la actual Unión, así como la onerosa Política Agraria Común. Asimismo, Schröder exige que se establezca claramente qué temas son competencia exclusiva de la UE, cuales corresponden a los Estados miembros y cuales a los estados, regiones y autonomías dentro de cada país. Desde el punto de vista alemán, es mucho más útil transferir a la Unión Europea competencias relacionadas con la defensa, seguridad, lucha contra el crimen organizado y la inmigración y derecho de asilo, que actualmente dependen en mayor medida de cada gobierno nacional, que los fondos de solidaridad.

La respuesta francesa dejó claro que su modelo de Europa rechaza el federalismo y recoge su fuerte tradición nacionalista. Como ya hizo en los años cincuenta, Francia bloqueará la construcción de una auténtica federación europea. Pero al mismo tiempo, estará dispuesta a impulsar políticas comunitarias avanzadas en lo relacionado con la economía y los capítulos sociales, algo que suscita la simpatía de países más pequeños, como los nórdicos. Europa, afirma Jospin, va a adquirir con la ampliación tamaño y recursos como para convertirse en un polo de atracción dentro de la globalización. Y debe hacerlo con un modelo propio, que equilibre la actual hegemonía dominante norteamericana.

La discusión franco-alemana ha sido acogida con entusiasmo en toda Europa no sólo porque resulta intelectualmente apasionante, sino también porque abre las puertas a un debate político realista para definir las cuestiones clave que definirán el futuro del viejo continente una vez que la Unión Europea lleve a cabo la ampliación e ingresen 12 nuevos países, casi todos ellos del Este. ¿Estará Europa más o menos unida? ¿Habrá más coordinación entre los gobiernos? ¿Cuajará, por fin, el establecimiento de una Política Exterior y de Seguridad Común? ¿cómo se decidirán los asuntos relacionados con la economía, los derechos sociales y las políticas de solidaridad?




La Desaceleración Alemana



por Pedro Aguirre

La desaceleración de la economía global afecta de manera notable a Alemania, país considerado como la "locomotora" de la Unión Europea, estropeando muchos de los buenos augurios que los economistas habían hecho sobre las perspectivas a futuro de esta nación y poniendo en peligro las perspectivas electorales del actual gobierno de coalición socialdemócrata-verde encabezado por Gerhard Schröder, algo que hasta hace unos pocos meses parecía increíble.

La tasa de crecimiento económico de Alemania enfrenta la posibilidad de alcanzar solamente un 1.2% para este año, quedando muy corta respecto al 3% registrado en 2000. El índice de confianza empresarial, uno de los indicadores más importantes del rumbo económico del país, ha caído en el transcurso del último año, sin que se presenten aún síntomas plausibles que den lugar al optimismo. Después de haber conocido un buen arranque al iniciar 2001, la producción industrial cedió en marzo y abril. El número de quiebras empresariales se encuentra en máximos no vistos desde 1996, y la consecuencia podrían ser 540,000 nuevos desempleados al terminar el año. Por último, destaca la aguda crisis de la industria de la construcción, afectada de manera significativa por las constantes alzas en las tasas de interés bancarias.

Esta desaceleración es particularmente decepcionante por el hecho de que hace apenas un año el panorama económico alemán era muy prometedor, aderezado con una exitosa política de moderación salarial en marcha, la histórica aprobación de una reforma fiscal y un favorable entorno internacional. Sin embargo, el alza de los precios del petróleo, y, unos meses más tarde, la crisis de las vacas locas, primero, y de la fiebre aftosa, después, provocaron el ascenso de los precios de los alimentos, los derivados del crudo y las tarifas de servicios. Los precios comenzaron a subir hasta niveles no vistos desde la recesión de 1993. En Mayo, las autoridades hicieron el insólito anuncio de que la inflación había llegado al 3.5%.

Otro factor que ha provocado irritación reside en el hecho de que este "atorón" alemán se da justo cuando el país explotaba como nunca antes su vocación exportadora. El año pasado, Alemania se convirtió en el segundo mayor exportador del mundo, por detrás de Estados Unidos y por delante de Japón. Se batieron todas las marcas al vender bienes por valor de 1,167 billones de marcos, un incremente de 17% respecto a 1999. El sector exportador ha evolucionado bien en los primeros cuatro meses del año, aumentando sus ventas en un 11.6% en el bimestre marzo-abril, frente al mismo periodo del año anterior, según el Ministerio de Finanzas. El problema es que se prevé la contracción de los pedidos industriales provenientes del extranjero: un descenso del 5.9% en el bimestre marzo-abril.

Con la economía desacelerándose, la principal víctima será la lucha contra el desempleo. El Gobierno difícilmente podrá cumplir su solemne promesa de reducir hasta 3.5 millones el número de parados hacia final de su mandato, en otoño del 2002. Los asesores económicos de Schröder mantienen cruzados los dedos para que el Banco Central Europeo (BCE) vuelva a bajar pronto las tasas de interés. Las esperanzas, asimismo, están puestas en que la recuperación de la economía estadounidense sea rápida, y la moderación de los índices inflacionarios, ya insinuada con una caída hasta el 3.1% en junio, sea duradera. De cumplirse estos dos presupuestos, la inmensa mayoría de los analistas cree que Alemania podrá salir airosa de la actual coyuntura, ciertamente no alcanzando el 2% de crecimiento para este año que el Gobierno se ha impuesto como meta, pero sí con una base estable para iniciar una sólida recuperación el año entrante.

Si se perpetúa, la desaceleración de la economía alemana tendría graves consecuencias para toda Europa. La economía alemana representa cerca de un tercio del producto interior bruto de la zona euro. Si entrase en recesión, sus compras en el extranjero caerían drásticamente. Entre enero y abril de este año, Alemania todavía importó de sus socios en la zona euro bienes por 186,700 millones de marcos (con un crecimiento del 11.3% interanual), según la Oficina Federal de Estadística, pero cifras a la baja pueden ya considerarse inminentes. Sin el vigor de su "locomotora", la Unión Europea podría ver empeoradas sus perspectivas económicas, dando lugar a nivel internacional a un peligroso "circulo vicioso" que pondría a la economía internacional en un peligroso trance.

¡Corrupción en Alemania!



por Pedro Aguirre

Sí, por increíble que a algunos pueda parecerles, la sombra de la corrupción se extiende por Alemania. Primero se trató del escándalo sobre el financiamiento ilegal que recibió la Unión Demócrata Cristiana en la era de Helmut Kohl, y que tanto prestigio costó al otrora popular artífice de la reunificación alemana. Más tarde, en el transcurso de los últimos dos años, han salido a la luz una serie de escándalos que involucran tanto al gobierno como al sector privado, y que son dignos de cualquier nación del centro de Africa. En una entrevista reciente otorgada al periódico Die Zeit, Henry Le Floch-Pringent, ex presidente de la empresa Elf, condenado a tres años y medio de cárcel en Francia por problemas de corrupción, decía que mientras creyó que Alemania era incorruptible su compañía no pudo hacer negocios en este país, pero que las cosas cambiaron cuando aplicó los mismos procedimientos que habían reportado buenos resultados en África: comprar a los políticos. Mediante este método consiguió comprar Leuna, la mayor refinería de la antigua RDA. Desde luego, que la nación motor de la economía europea pueda calificarse de país "africano" debería preocupar no sólo a los alemanes.

Según Transparencia internacional, la importante asociación civil que año con año califica el nivel de corrupción en 91 naciones del mundo, el ranking de Alemania ha bajado constantemente en los últimos años. En 1999 ocupó el lugar 14, el año pasado descendió al 17 y en el 2001 bajó al 20, con un promedio de 7.4 en la escala del 1 al 10 con la que Transparencia Internacional mide el nivel de corrupción de los países.

El último gran escándalo ha sido la quiebra técnica del Berliner Bank, la institución bancaria del land Berlín, que incluye a la poderosa Caja de Ahorros y que el puesto al ex alcalde de la capital alemana, el democristiano Eberhard Diepgen, y obligó al adelanto de las elecciones para erigir un nuevo gobierno local, a celebrarse el próximo otoño.

La situación de quiebra técnica del Berliner Bank ha sido la chispa que ha desencadenado la crisis de gobernabilidad en la capital de Alemania, aunque su verdadera causa esté en la deuda enorme, unos 60,000 millones de euros, que arrastra la ciudad. Berlín recibe una avalancha de turistas que admiran las construcciones del nuevo centro, así como la vitalidad de la vida social y cultural, pero detrás de las fachadas de los faraónicos edificios públicos o de la arquitectura más novedosa se traslucen las paradojas económicas de una ciudad que ha vivido de las subvenciones, una droga de la que es muy difícil librarse. Once años después de la reunificación, el aspecto de la ciudad ha cambiado por completo, pero los habitantes del Este y del Oeste siguen sintiéndose diferentes; sólo les une la aspiración a seguir viviendo a cuenta del erario.

Las próximas elecciones podrían acarrear un resultado hasta hace poco inimaginable: el triunfo de los ex comunistas del Partido del Socialismo Democrático (PDS), organización directamente heredera del partido que gobernó en la RDA (el SED) y que con la reunificación se ha transformado para representar una opción ya no autoritaria, pero sí a la izquierda de la socialdemocracia. En efecto, ante el irremediable desprestigio de los democristianos, las dos únicas posibilidades a la vista una vez celebrados los comicios son un triunfo socialdemócrata que integre al PDS como socio minoritario en la coalición de gobierno, o una victoria del PDS que trabaje en alianza con los socialdemócratas. Como puede verse, ambas posibilidades implican una obligada participación en el gobierno de la ciudad del PDS. Cabe añadir que para las elecciones del próximo otoño, el PDS ha nombrado candidato a Gregor Gysi, uno de los políticos más inteligentes y populares de Alemania oriental.

Que en Berlín gobernase el primer partido de la Alemania Oriental supondría un factor decisivo de integración. A la larga, la fusión de los dos Estados germanos está generando modificaciones en el sistema de partidos. Pese a los esfuerzos de los grupos conservadores para que con la unificación nada se altere en Alemania Occidental, el actual desequilibrio (nada ha cambiado en el Oeste y todo en el Este) no va a poder prolongarse por más tiempo.

Capital Roja



por Pedro Aguirre

Casi doce años después de la reunificación de Alemania, la ciudad que fue el epicentro de la guerra fría y hoy es de nuevo capital del país, Berlín, esta cerca de vivir, de nuevo, una paradoja histórica. La abrupta ruptura de la coalición que desde 1991 mantenía el gobierno local en manos de los democristianos de la CDU en alianza con los socialdemócratas del SPD ha obligado a la celebración de elecciones anticipadas a realizarse el próximo otoño, lo que podría posibilitar una alianza de éstos últimos con los ex comunistas del Partido del Socialismo Democrático. Es decir, se vislumbra el pronto regreso de los herederos de los constructores del ominoso muro a la dirección de las instancias gubernamentales locales en la capital de la Alemania reunificada.

La crisis se desató a fines de la primavera, cuando se supo que el banco público regional Berliner Bankgesellschaft (en el que el Ayuntamiento mantiene un 56,6% del capital), se enfrenta a un déficit contable de 4,000 millones de marcos, provocado por inversiones fallidas durante el auge de la construcción en los años posteriores a la caída del Muro. Este fracaso, cuyo principal responsable es el "número dos" de los democristianos locales y ex presidente de una de las divisiones del banco, Klaus Landowsky, condujo a una nueva agudización de la crisis financiera que desde hace años padece la ciudad. En efecto, tras la reunificación Berlín tuvo que renunciar a los gigantescos subsidios que ambas Alemanias destinaban a lo que consideraban tanto baluarte como escaparate en la lucha entre los dos sistemas, justo al mismo tiempo en el que la ciudad fue embarcada en la ambiciosa y onerosísima reorganización urbanística que supuso su reinstauración como capital del país.

El éxito de los ex comunistas del PDS mucho debe a su hábil dirigente, Gregor Gysi. De verbo fácil y gran talento político, Gysi tiene incluso la posibilidad real de guiar hasta el ayuntamiento de Berlín. Según algunos sondeos, más de un 50% de los ciudadanos de la capital (la cual cuenta con un total de 3,5 millones de habitantes), pueden imaginar como futuro alcalde a este abogado de 53 años, quien a lo largo de los años noventa ha trabajado con éxito en la transformación del PDS de una agrupación de cuadros del antiguo régimen en un partido socialista moderno, que a la vez de tomar distancias con la dictadura comunista, sigue defendiendo la identidad perdida de los alemanes del Este. En las últimas elecciones en la ciudad-Estado de Berlín, en 1999, el PDS consiguió un 17.7% de los votos, un resultado que el liderazgo de Gysi podría incrementar sustancialmente.

El otro gran favorito para triunfar en las urnas es el candidato socialdemócrata, Klaus Wowereit, quien se ha hecho cargo de manera interina del gobierno de la ciudad. Wowereit es un hombre dueño de una valiosa reputación como político honesto y trabajador, quien ha hecho pública su tendencia homosexual, lo que no es ningún problema en una ciudad famosa por su tolerancia y apertura de criterio. De hecho, la gran duda que se deberá aclarar tras los comicios consiste en saber cual de los dos partidos favoritos, el PDS o el SPD, obtendrá más votos para dilucidar, así, si será Gysi o Wowereit el próximo alcalde. Todos los especialistas dan por hecho la formación de una "coalición roja" entre el PDS y los socialdemócratas, lo que permitirá afianzar al partido de los ex comunistas como una institución competitiva y respetable dentro de un régimen democrático.

Por su parte, la perdedora previsible de la contienda será la Unión Cristiana Democrática (CDU), la cual llegó a considerar seriamente la postulación de su ex dirigente nacional Wolfgang Schäuble, un peso pesado de la política alemana que goza de una gran reputación. Sin embrago, a fin de cuentas los conservadores postularon al relativamente bisoño político local Frank Steffel, de apenas 35 años. Aunque Steffel declaró al ser designado que no basaría su campaña en el anticomunismo, lo cierto es que durante la campaña la CDU se ha dedicado a recordar continuamente los orígenes totalitarios del PDS, que aún despiertan mucho resquemor incluso en algunos sectores de la socialdemocracia. Previendo "toneladas de difamaciones", Gysi se pronunció una condena inequívoca y enérgica contra la construcción del Muro de Berlín durante la conmemoración de su décimo aniversario en el pasado mes de agosto.

Todo parece indicar que los excomunistas volverán al gobierno de Berlín, ya sea dirigiendo al ayuntamiento o colaborando en él como socos minoritarios de una administración socialdemócrata. Habrá que ver en los próximos años si el carisma y talento político de Gysi servirán en algo en la herculiana tarea de sanar las podridas finanzas públicas de la ciudad que, a pesar de todo, aún promete ser la gran urbe europea del siglo XXI.

La Paranoia Llega a Alemania



por Pedro Aguirre

Las secuelas de los brutales atentados contra el World Trade Center y el Pentágono han arribado a Alemania, y de que manera. Las perspectivas electorales en la capital alemana ha cambiado radicalmente tras los atentados. Los ex comunistas del PDS, quienes parecían llamados a dar una sorpresa mayúscula en las urnas, han perdido terreno de forma dramática, según todas las encuestas, mientras los socialdemócratas, los liberales y los democristianos se han visto beneficiados. Por otra parte, donde si se celebraron elecciones el día 23, tal y como estaba planeado, fue en la ciudad estado de Hamburgo. Por cierto, fue en esta hermosa y rica ciudad alemana de 1.7 millones de habitantes donde Mohammed Atta, el terrorista considerado el "cerebro" de los avionazos del "martes negro", y otros miembros de Al Qaeda vivieron durante meses, y donde quizá planearon el atentado que ha cambiado al mundo.

Los resultados de dichos comicios son sumamente indicativos de como podría transformarse el panorama político en Alemania e incluso en el resto de Europa como efecto de la actual crisis mundial. El Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) puede perder el gobierno de Hamburgo, que controla ininterrumpidamente desde hace 44 años. A pesar de que la votación que recibió el SPD no fue mala (obtuvo el 36.2% de los votos frente al 36,5% de 1997), fueron sus socios de la coalición gubernamental, Los Verdes, quienes sufrieron un serio revés, al ver reducida su votación del 13.9% al 8.5%. La nota la dio el buen resultado que obtuvo una nueva formación: la Ofensiva por el Estado de Derecho, liderada por el juez Ronald Schill, la cual obtuvo el 19% de los votos. Los resultados son también decepcionantes para la Unión Cristiana Democrática (CDU), que cayó del 30,7% al 26,2%, pero el éxito de Schill abre el camino a una coalición conservadora.

Hamburgo es una de las regiones más ricas de Europa, pero es también puntera en índices de delincuencia. El juez Schill es un populista de derechas que se hizo famoso con condenas como una de dos años y medio de prisión para una mujer que rayó con una llave una docena de coches. Durante la campaña, Schill utilizó la vieja retórica de la antipolítica a la que ya nos tienen acostumbrados los llamados populistas de derecha: estridencia voluntarista, crítica a los "corrompidos" partidos tradicionales, grandilocuencia clasemediera, etc. Sin embargo, no es seguro que los socialdemócratas deban abandonar el poder. Al lograr más del 5% del total de la votación, los liberales tendrán representación en la legislatura local. Si los dirigentes liberales consideran a la demagogia de Schill inaceptable, se abriría la puerta a una alianza socialdemócrata verde/liberal que le permitiría al partido del canciller Schroeder mantener el control de la ciudad por cuatro años más.

Los resultados en Hamburgo podrían ser el preludio de cambios a nivel nacional. La eventual pérdida del poder local en la ciudad Estado de Hamburgo tensó ayer los ánimos de la coalición rojiverde que gobierna Alemania. Líderes del Partido Socialdemócrata (SPD) y de Los Verdes admitieron que en sus filas crece el nerviosismo y algunos, como el eurodiputado ecologista Daniel Cohn-Bendit (el Dani el rojo de la revuelta parisina de 1968), no siquiera descartaron una pronta ruptura de la coalición federal.

Como en varios comicios regionales anteriores, el descalabro electoral de los ecologistas parece tener mucho que ver con el evidente descontento entre sus bases por las amplias concesiones que Los Verdes han tenido que hacer al pragmatismo. Muchos electores verdes echan de menos los ideales pacifistas e interculturales que dieron origen a su partido, ahora que el gobierno federal se propone aplicar políticas de inmigración más estrictas y que el jefe de gobierno quiere que Alemania participe activamente en los operativos militares que se realizan en Afganistán contra los responsables de los ataques del 11 de septiembre.

Estas tensiones podrían aumentar todavía más ahora que el gobierno pretende iniciar una política de mano dura en seguridad interna, un tema que sin duda será dominante rumbo a la elección federal programada para 2002. Asimismo, de continuar la recuperación electoral de los liberales y el declive verde, los socialdemócratas no se descartan la posibilidad de resucitar la vieja formula socialdemócrata/liberal que en su momento sirvió a Willy Brandt y a Helmut Schmidt para gobernar al país, en vez de depender de la actual fórmula que incluye a los alicaídos ecologistas.

Alemania Va a la Guerra



por Pedro Aguirre

El pasado viernes 16 de noviembre se verificó en el Bundestag (Cámara baja del Parlamento alemán), una votación histórica cuyo estrecho pero inequívoco resultado consolidó al canciller alemán, Gerard Schröder, como un líder político nacional de largo aliento. En una jugada maestra, no exenta de riesgo, convirtió en una moción de confianza la votación para enviar 3.900 soldados alemanes a Afganistán en apoyo de la coalición antiterrorista que encabeza Estados Unidos. Con ello perdía el voto seguro de la oposición democristiana, pero obligaba a definirse a Los Verdes en un asunto sumamente controvertido en sus filas. Ocho de sus 47 diputados oponían serias objeciones por razones de memoria histórica ante la primera operación militar alemana fuera de su territorio nacional desde la Segunda Guerra Mundial. Al final la disidencia verde se materializó en sólo cuatro votos negativos, que no pusieron en peligro la mayoría absoluta que necesitaba el canciller.

Una derrota parlamentaria hubiera provocado la ruptura de la coalición gobernante rojiverde y un adelanto de las elecciones en el momento de mayor debilidad de Los Verdes, a juzgar por los sondeos y los resultados de las elecciones estatales más recientes. Schröder tenía también en su mano la opción de configurar interinamente una nueva mayoría con los liberales del FDP, que tienen más tradición que nadie en esto de hacer de partido bisagra. Unas elecciones anticipadas en estas condiciones la habrían permitido sortear el estancamiento de la economía en beneficio de consideraciones plenamente políticas, como es el lugar de Alemania en el mundo.

La intención fundamental de Schröder seguía siendo, sin embargo, la de poner en su sitio a Los Verdes dándoles una lección de realpolitik. Aspirar a gran potencia tiene sus costes. El papel de Alemania en el escenario internacional ha sido un tema sumamente polémico desde que se concretara la reunificación en 1990. Durante la guerra fría cuando el país se mantuvo dividido, Alemania apareció como "un gigante económico, pero un enano político", condenado a desempeñarse como un mero segundón pese a su enorme potencial económico en virtud a los malos recuerdos de las dos guerras mundiales. Sin embargo, al verificarse la reunificación de las Alemanias y el fin de la guerra fría, el país decidió replantear su posición: ya no era posible ser sólo espectadores ricos. Es por ello que los gobiernos alemanes han solicitado un asiento como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, han procurado colocar a Alemania a la vanguardia del proceso de unificación europea, y han decidido actuar militarmente en apoyo de sus aliados en los casos de Kosovo y Macedonia.

Ahora, el tema de la intervención militar germana es aún más controvertible, en virtud a que la guerra se verifica fuera de las fronteras europeas y a que las víctimas civiles que han provocado los bombardeos norteamericanos empiezan a preocupar profundamente a la opinión pública internacional. Pero, lo cierto es que en el siglo XXI no será posible disfrutar del rango de potencia mundial si no se esta dispuesto a pagar el coste que ello significa, y que implica encarar enormes responsabilidades frente a los cada vez más complejos temas en la agenda del mantenimiento de la paz y seguridad internacionales.

El movimiento se demuestra andando, y eso es lo que está haciendo el canciller socialdemócrata; poner a andar a su país, que hoy es ya la primera potencia europea, si no se incluye a Rusia en esta contabilidad. No es la primera vez que el canciller socialdemócrata defiende la necesidad de que Alemania deje de escudarse tras su pasado y asuma posturas más comprometidas y responsabilidades más arriesgadas. Pero esta vez mencionó también que la responsabilidad de Alemania no sólo tiene que ver con su difícil pasado o con sus alianzas presentes, sino con su futuro de potencia económica comprometida con el prevalecimiento de la democracia en una Europa integrada de la que dependerá cada vez más la estabilidad del mundo.



Por cierto, Schröder aseguró que, pese a las medidas de seguridad que se han adoptado en Alemania para prevenir atentados y acabar con las redes terroristas, no se cederá "ni un milímetro" en los valores de justicia y libertad que caracterizan a una sociedad abierta. Habrá que estar atentos para corroborar la forma en que se alcanza este último propósito.


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