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El narco: La guerra fallida Autores: Ruben Aguilar V. Jorge G. Castañeda Editorial punto de lectura edición Octubre 2009


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El Consumo



La OMS considera que Estados Unidos es el mayor consumidor mundial de drogas ilícitas; estima en 72 millones el número de estadounidenses entre los 15 y 65 años que han consumido algiin tipo de droga ilegal de manera ocasional. Organizacj5 reconocidas como la DPA señalan que asciende a 100 millones el número de los que alguna vez han “inhalado” marihuana, incluidos a tres presidentes entre ellos el actual. Otros estudios coinciden en señalar que un poco más de un tercio de los estadounidenses mayores de 12 años ha probado alguna droga ilícita, la gran mayoría marihuana. Las estadísticas muestran que a pesar de variaciones coyunturales de los precios, la demanda de drogas se mantiene estable; y los porcentajes de uso, prevalencia e incidencia no han cambiado gran cosa en los últimos 40 años.
Los niveles de prevalencia son muy altos en Estados Unidos. Se encuentra entre los países con uno de los mayores índices, y esto ha sido así desde hace por lo menos un siglo. De acuerdo con el Informe Mundial sobre las Drogas, de la tJTODC, en el 2000, la prevalenci entre la población de los 14 a los 64 años era de 0.6 por ciento para opiáceos y para 2005 de 2.80 por ciento en el de cocaína; de 12.6 por ciento en el de marihuana; de 1.8 por ciento en anfetaminas y de uno por ciento en éxtasis.

El consumo de las anfetaminas, después de intensas y agresivas campañas de prevención, cayó en 2007 y 2008, a partir de entonces se mantiene estable. Un documento de la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas (0NDCP) de 2009 ilustra el comportamiento del consumo en los últimos 20 años. El porcentaje de los estadounidenses que reconoce haber consumido alguna droga ilícita en el último mes pasó de 10.9 por ciento en 1991 a 20.6 por ciento en 1996 y luego se mantuvo entre ese porcentaje y 19.4 por ciento hasta el 2001. En el 2002 fue de 18.2 por ciento y bajó hasta 14.6 por ciento en 2008.




Porcentaje de estadoimidenses que reconoció haber consumido

aumento del consumo. En 1996, por ejemplo, el precio de alguna droga ilícita 1991-2008 las drogas resintió un pico de subida, pero el consumo no bajó, sino que aumentó y se alcanzó 20.6 por ciento de pre 25 1 valencia, uno de sus mayores niveles. Según una investi gació del Instituto de Análisis de Defensa (IDA), realizado para la DEA y que constituye la fuente oficial de datos sobre 20% precios en Estados Unidos, a principios de los ochenta el gramo de cocaína costaba 600 dólares; al arranque de los noventa valía 260 dólares, pero de 2003 al 2007 el precio 10% fiuctuó entre los 122 y 145 dólares, con un nivel de pureza promedio de 75 a 80 por ciento. Empezó de nuevo a subir


5/ en 2008 para alcanzar los 182 dólares a finales de ese año, y 199 dólares al inicio del 2009.
En los últimos tres años esta cantidad no ha variado. En este informe, la tendencia, de manera lenta, es a la baja, pero otros sostienen que no ha habido una reducción que
pueda considerarse significativa. Con mayor detalle, el consumo ha descendido entre los jóvenes, sobre todo debido a la reducción a la mitad del uso de éxtasis, pero no ha variado en la población de entre 18 a 25 años, o mayor de 26.
El precio de la droga
En términos generales el precio de las drogas sigue las leyes
del mercado: sube o baja dependiendo de la oferta y la demanda. Pero en ocasiones se dan variaciones en los precios que no necesariamente entrañan una reducción o dos años, los narcotraficantes “hacen los ajustes necesarios” y la oferta se estabiliza. Para fundamentar esta afirmación, plantea que en los últimos 30 años se han dado varios “picos”: en 1981—1982; en 1990; en 1994-1995 yen 1999—2000. Posteriormente, en cada caso, los precios cayeron incluso por debajo de su nivel anterior. Las series históricas revelan que en el aumento y la reducción de los precios intervienen múltiples factores, no sólo el combate al narcotráfico; después de un tiempo, el mercado siempre se estabiliza a la baja.
La droga que más se consume es la marihuana; sus precios al menudeo se han mantenido estables desde finales de la década de los noventa. Del 2003 a 2007, el gramo se vendía al menudeo entre los 16 y 17 dólares en Estados Unidos. El NDIC registra que existen grandes variaciones de ¡os precios al mayoreo, dependiendo si la marihuana es de producción doméstica o hidropónica, si proviene de Canadá o México, pero estas diferencias no afectan al consumidor final. El precio del gramo de heroína pura ha disminuido desde los noventa, con la excepción del periodo 2004-2 006, cuando sufrió un ligero aumento. En ios últimos 10 años, la reducción acumulada ha sido de 30 por ciento, para todos los niveles de pureza. Entre 2003 y 2007 el precio se mantuvo entre los 360 y los 400 dólares, con una tendencia ligeramente a la baja. Para el IDA los datos sobre metamfetaminas son más escasos e imprecisos en términos de calidad y precios. Disminuyeron constantemente, para caer a la mitad entre 1998 y 2005, pero con picos en 1995—1996, 1998 y 2006—2 007. Entre 2003 y 2007 el precio de un gramo puro se mantuvo entre los 125 y 160 dólares.
Así, el consumo en su conjunto sólo ha variado en cuanto al tipo de droga, según la época y el estado de ánimo de la sociedad estadounidense; los precios, salvo pequeños picos, se han mantenido estables, con tendencia histórica a la baja. Surgió un pico en el precio “de ¡a calle” de la cocaína en Estados Unidos durante 2008, pero a partir de principios de 2009, la mayoría de los indicadores sugieren que los incrementos de precio han sido mínimos, y tal vez se ha comenzado a restablecer el status quo ante. Por tanto, no ha habido una reducción ni de la demanda, ni de la oferta en general. Lo cual no descarta la posibilidad (la más deseable desde todos los puntos de vista) de que, aun si la demanda y la oferta de Estados Unidos son estables, se haya producido una reducción en la oferta mexicana, sustituida por una oferta procedente de otros países. Sabemos que un proceso de este tipo se ha producido en lo tocante a la marihuana; desde hace años, aunque la demanda ha aumentado ligeramente gracias a la despenalización “médica”, el norte de California, sobre todo en Mendocino, y los estados de Oregon y Washington se han transformado en importantes zonas de cultivo de dicha planta.
Pero en el caso de la droga más importante desde el punto de vista de ¡a violencia y del negocio, esto es, la cocaína, por el momento no contamos con elementos que nos permitan creer que ha crecido la oferta proveniente de otros países, o que haya decaído la que transita por México. Más aún, fuentes cercanas a la lucha del gobierno mexicano confiesan que buena parte de los esfuerzos realizados anteriormente (o todavía pendientes) para sellar la frontera terrestre, aérea y marítima en el sur de nuestro país (con radares terrestres multimodales, globos aerostáticos, y radares aéreos montados en mini AWCS) han quedado en desuso, o, como el sellamiento del Istmo de Tehuantepec, aún no acontecen. No existe entonces ninguna razón para pensar que la producción mexicana de heroína y marihuana y el tránsito de cocaína por nuestro país hacia Estados Unidos hayan disminuido en estos tres años. En cambio, es probable que la exportación de metanfetaminas sí haya caído; esto puede deberse a la guerra calderonista (sería una medalla), al desplome de la demanda en Estados Unidos, o a una combinación de ambos factores. El hecho es que, sin variaciones fuertes de la demanda, sin reducción de la oferta procedente de América del Sur, y aun si el volumen que transita por México ha disminuido, el mercado lógicamente sigue estable. Otras posibilidades —rendimientos superiores de las superficies, sobre todo en Colombia, y el desvío por Venezuela de una parte de los envíos de cocaína a Estados Unidos que anteriormente transitaban por México— podrían explicar este fenómeno. Existen algunos indicios, entonces, de que quizás ha descendido el volumen de la oferta mexicana, pero muy difícilmente esto puede justificar los enormes recursos materiales y humanos gastados, el auge espectacular de la violencia y el terrible deterioro de la imagen de México en el mundo, provocado por la guerra contra el narco.
Una consideración final
Una política de drogas realista y humana debe centrarse no en su erradicación, sino en la reducción de los daños a la sociedad y las personas. Al asumir su cargo, Kerlikowske prometió que la “estrategia nacional sobre las drogas será rigurosamente evaluada y se adaptará a las nuevas circunstancias”. En ese mismo tenor, WOLA asegura que las estrategias anteriores han fracasado; se requiere una rigurosa evaluación de los intentos fallidos. de restringir la disponibilidad de drogas ilícitas; de una estrategia punitiva que obliga a la desaparición de los cultivos de cocaína; de la persecución de los narcotraficantes en los países productores y de tránsito, así como del encarcelamiento masivo de los consumidores estadounidenses.
La realidad ha desmentido las afirmaciones triunfalistas al final de la administración Bush, según las cuales el alza de los precios, producto de la estrategia de combate a las drogas, redujo el consumo. Muy pronto, el mercado volvió por sus fueros, a pesar del Plan Colombia o de la “guerra” del presidente Calderón. Analistas estadounidenses consultados por los autores manifiestan sus dudas sobre las posibilidades de éxito de este tipo de políticas. Saben que el aumento momentáneo de los precios siempre trae consigo, aunque no se quiera, un aumento de la violencia en las ciudades de Estados Unidos, además de que el mercado siempre regresa a sus niveles históricos. Como lo señala la policía de Washington, D.C., “cuando hay la misma demanda y menos oferta” se radicaliza la competencia y aumenta la violencia en las calles. En su momento, la administración Bush se negó a publicar investigaciones que probaban que las cosas eran así, porque contradecían su discurso. Los precios bajos de la cocaína no se han visto reflejados tampoco en un aumento significativo del consumo, que permanece estable. En 2007, el gramo de cocaína costaba la mitad que en 1988, pero proporcionalmente prevalecía el mismo número de consumidores.
Que los estadounidenses reconozcan ser parte del problema no es nada nuevo. Así se lo han dicho a todos los presidentes mexicanos desde Luis Echeverría; de ahí no se deriva un cambio de su política. La inclusión del tema del narcotráfico entre los presidentes de Estados Unidos y México no es novedad; figura en la agenda bilateral desde hace casi 40 años. Una primera referencia surgió en la reunión que sostuvieron Richard Nixon y Luis Echeverría en junio de 1972 en Washington; por su parte, incluso México

“empezó a quejarse por el aumento del tráfico de armas, que bien pudieron acabar en manos de grupos radicales que buscaban la apertura del sistema autoritario y hasta una revolución a la manera de Cuba”. En 1976, Sheldon Vance, quien fuera asesor de Henry Kissinger, así como el director de la DEA, Peter Besinger, resumieron: “ningún otro esfuerzo internacional para combatir el tráfico de heroína está teniendo mejores resultados que el programa de erradicación del gobierno mexicano”. En 1979 Jimmy Carter le reconoció a López Portillo: “hemos trabajado conjuntamente en forma eficaz para combatir el tráfico de narcóticos, aunque sabemos que la carrera está lejos de haber concluido”.


El reconocimiento explícito de parte de las autoridades de Estados Unidos de que ellos son parte del problema se remonta por lo menos a hace 20 años. Para mayo de 1985, Sergio García Ramírez, procurador general de Justicia durante la administración de Miguel de la Madrid, al reunirse con su homólogo estadounidense Edwin Meese, dijo “haber tenido una buena impresión de él”. Meese aceptó que en gran medida el problema de la droga se encontraba en los Estados Unidos; además, reconoció que ellos también tenían serios problemas de corrupción en la policía y que habían fracasado al combatir el narcotráfico. En febrero de 1988, en la cumbre de Mazatlán entre Miguel de la Madrid y Ronald Regan, éste último admitió que “el problema era el consumo en Estados Unidos” y que se trabajaba para disminuirlo. En esa ocasión el canciller mexicano Bernardo Sepúlveda declaró con satisfacción que ése era “un elemento nuevo” en la relación bilateral y que iba ayudar a la lucha contra el narcotráfico.
En el encuentro de febrero de 1992 entre el presidente Carlos Salinas y George Bush padre, en San Antonio, el gobierno de Estados Unidos se comprometió a proporcioloo

nar casi un centenar de helicópteros Huey para apoyar el combate al narcotráfico por parte de las autoridades mexicanas; helicópteros que Ernesto Zedillo devolvió en 1998 por ser viejos, caros y casi inservibles.


El reconocimiento de parte de Estados Unidos del problema que representa el tráfico ilegal de armas también data de hace 12 años. En mayo de 1997, en el encuentro entre Zedillo y Bill Clinton en la Ciudad de México, el presidente estadounidense se comprometió a “frenar el tráfico de armas ilegales hacia México que fortalece a los narcotraficantes”. Ese mismo año, en el mes de noviembre, en un nuevo encuentro de los presidentes en Washington, se firmó un acuerdo conjunto de cooperación “para combatir al narcotráfico”. En febrero de 1999, en Mérida, Yucatán, los mandatarios firmaron otro acuerdo para “frenar la violencia en la frontera”, producto de la acción del crimen organizado. Ni siquiera hace falta citar ejemplos más recientes, salvo para recordar que la ahora famosa y supuestamente innovadora Iniciativa Mérida fue acordada por Calderón y George Bush en febrero de 2007.
A las autoridades mexicanas les debe quedar claro que el gobierno de Estados Unidos siempre les dará “palmaditas”, pero que nunca asumirá la corresponsabilidad de la lucha contra el narcotráfico, por tres razones. Primero, no están dispuestos a pagar el costo de llevar la “guerra” al interior de su país, sobre todo si hay alguien que lo quiere hacer por ellos. Segundo, disponen de evidencias para comprobar que el enfoque punitivo está destinado al fracaso. En tercer término, piensan que el problema de las drogas debe ser tratado como un asunto de salud pública que implica algún tipo de legalización, que en los hechos ya ocurre aunque no se le quiera llamar así. Todos debemos asumir que el gobierno y la sociedad estadounidenses avanzan hacia allá.
En el hipotético caso de que México lograra controlar la acción de los cárteles e impedir el tráfico de las drogas hacia Estados Unidos, los abastecedores cambiarían las rutas de introducción, pero no más. Las nuevas opciones de la política estadounidense en relación con las drogas, tal como lo señala WOLA, “deben considerarse a luz de las pruebas históricas y no de ilusiones”.
Por qué dar, entonces, esta guerra, si nuestros vecinos caminan en otra dirección?
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