Página principal

El narco: La guerra fallida Autores: Ruben Aguilar V. Jorge G. Castañeda Editorial punto de lectura edición Octubre 2009


Descargar 245.04 Kb.
Página3/10
Fecha de conversión20.09.2016
Tamaño245.04 Kb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

Los precios de la droga


El precio de la cocaína ha disminuido a nivel mundial, aun cuando ha subido y bajado la producción de coca. Una razón nos la entrega la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (jIFE): el rendimiento promedio de una hectárea de cultivo de hoja de coca ha pasado de 4.7 a 7.3 kilos en tiempos recientes. En los últimos años ha crecido la extensión cultivada en Perú y Bolivia, y se ha mantenido igual la de Colombia. Por lo tanto, la cantidad de cocaína disponible en el mundo se ha incrementado. Por ello, los precios internacionales y nacionales tienden a bajar, según el Informe Mundial sobre las Drogas 2009 Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). De los 18 países de Europa revisados entre 2005 y2006, el precio

Porcentaje de consumo de drogas ilegales en Mty., Tijuana y Cd. Juárez en el último mes de los años 1998 y 2005

por gramo de cocaína al menudeo descendió en nueve de ellos, en cinco se mantuvo igual y se elevó en cuatro. De 2004 a 2005, subió en Estados Unidos, luego bajó hasta el


2008, y después volvió a aumentar. En la mayoría de los países estudiados, los precios son significativamente menores que en 1998.
Lo mismo ocurre con el precio de la cocaína al mayoreo (por kilo). En ocho de los países decreció y en 10 se mantuvo igual, pero en ninguno subió. El país europeo en el cual se vendió más bajo fue en Portugal (34 mil dólares el kilo) y el más alto fue Irlanda, a 82 mii dólares. El precio para Canadá fue de 33 mil dólares el kilo y en México de 7 mii 900 dólares (para el Distrito Federal). Los precios en la gran mayoría de los países latinoamericanos son menores que en México, con excepción de las islas del Caribe. En Sudamérica fluctúan entre 5 mii y 7 mil dólares el kilo, salvo en Colombia, Bolivia, Ecuador y Brasil, donde no alcanzan los 4 mii dólares. En tres de los países de Centroamérica (Guatemala, El Salvador y Honduras) el precio por kilo es mayor que en México y en otros tres (Panamá, Costa Rica y Belice) es menor. Vemos, así, que tanto al mayoreo como al menudeo los precios oscilan coyunturalmente, pero la tendencia estructural es descendente.
Uno de los autores de este libro participó en una reunión de Los Pinos en abril de 2005, en la que el entonces secretario de Seguridad Pública y posteriormente procurador, de acuerdo con información compartida por Estados Unidos y México, dijo que el kilo de cocaína pura se vendía en Colombia entre mii 500 y mil 700 dólares; al cruzar a Panamá llegaba a 2 mii o 2 mil 500 dólares, y así seguía subiendo a medida que avanzaba en su recorrido por Centroamérica o el Caribe, para llegar a México, en cuya frontera norte el precio oscilaba entre 12 mii y 15 mii dórales (en

jgoSt() de 2009, Genaro García Luna dio la cifra de 12 mii


500 dólares). Al ingresar a Estados lJnidos, el kilo alcanza
los 20 mii dólares. Ese mismo kilo se vendía al mayoreo en
o mil dólares en Nueva York o en Seattle y podía llegar, al
menudeo, hasta 97 mil dólares.
Actualmente, en México el gramo de coca cuesta en la calle entre 15 y 30 dólares, según su pureza; en Estados Unidos, a finales de 2008, el precio era de 200 dólares. Ni al menudeo ni al mayoreo somos un mercado atractivo, por más que se dificulte el paso de mercancía de México al norte (la entrada a México es igual para ambos propósitos). El diferencial es tan grande y la demanda nacional tan exigua que vale mil veces más la pena correr el riesgo de introducirla a Estados Unidos: business is business.
El 28 de abril de 2009, el congreso aprobó reformas a la Ley General de Salud, al Código Penal Federal y al Código Federal de Procedimientos Penales, que en agosto fue firmado y publicado por el presidente Calderón. Se autoriza que una persona pueda portar hasta cinco gramos de mariguana, dos gramos de opio, 500 miligramos de cocaína, 50 miligramos de heroína y 40 miligramos de metanfetamina. Se trata de cantidades muy menores incluso para un consumidor ocasional, ya no se diga para un adicto, que en realidad no liberalizan el consumo; por el contrario, lo penalizan, ya que portar una cantidad mayor a esos límites implica la cárcel. En sentido contrario a lo hecho por el congreso y el ejecutivo mexicanos, y en la línea de la tendencia en Estados Unidos y Europa, la Corte Suprema de Justicia de Argentina decidió que castigar la posesión de drogas para el consumo personal es anticonstitucional; lo mismo ha hecho una sala del I}ibunal de Justicia del estado de Sáo Paulo en Brasil.
Las experiencias internacionales revelan que la despenalización del uso de drogas no entraña un mayor consumo; en cambio, sí existe una relación directa con la reducción de la violencia e implica que el problema se ubique, de manera abierta y clara, no en el ámbito de la seguridad, sino en el de la salud pública.

Algunas consideraciones adicionales


Los datos ponen de manifiesto que en México el consumo de drogas ilícitas no ha subido de manera significativa en los últimos 10 años. Su crecimiento ha sido sólo inercial, producto del crecimiento de la población y de la expansión de las clases medias desde 1996, que han visto crecer su capacidad de compra. Dicho consumo es muy inferior al de Estados Unidos y Canadá, pero también al de países de Europa y América Latina. Se podría argumentar que los al-. tos niveles de ingreso de las amplias capas medias de esos países explican su nivel de consumo, y que lo exiguo de los recursos de las nuevas clases medias mexicanas impide que en nuestro país aumente más la demanda de drogas. Sin em— bargo, en casi todos los países de América Latina los niveles de consumo son muy superiores a los de México, a pesar de que contamos con un nivel general de vida y un ingreso per cdp ita más alto que la mayoría de los países de la región. No es, pues, el nivel de ingreso lo que explica el mayor o menor consumo de las drogas, lo cual no significa que, a la larga, cualquier ampliación de las capas medias, y sobre todo su transformación en el segmento mayoritario del país, no entrañará de modo ineludible un incremento del consumo de estupefacientes en México. No existe ninguna razón —ni los valores, ni la fuerza de la familia mexicana, ni el catolicismo del pueblo mexicano, ni el entorno social— que nos salve de terminar pareciéndonos a las demás sociedades de clase media en el mundo. Justamente en eso consiste esta característica: en la clase media, todos los individuos son semejantes, todos los gatos son pardos. Al final, todas las sociedades de clase media se parecen.
La “guerra” que la presente administración decidió dar contra el narcotráfico no se puede justificar por un mayor consumo (el cual es inexistente), ni por la presión del narcomenudeo. Según las encuestas oficiales, más de 60 por ciento de los jóvenes en general y 50 por ciento de las jóvenes usaron drogas por primera vez porque se las regaló un amigo; a cerca de 20 por ciento de los hombres ya 40 por ciento de las mujeres se las dio un familiar; a seis por ciento y cuatro por ciento, respectivamente, un compañero de la escuela; y solamente cinco por ciento de los hombres, y ninguna mujer, dijo que las obtuvo de un vendedor.
Habrá que buscar las verdaderas razones de la “guerra” del gobierno contra el crimen organizado en otra parte. No hay elementos para fundarla en el consumo y la venta que se hace a los niños o a los jóvenes. Según los datos del propio gobierno, esto no ocurre, y no hay indicios de que vaya a suceder, por lo menos en los próximos años. Los números aquí reseñados, a partir de información oficial — aunque no divulgada— y de organismos internacionales, procuran ubicar en su justa dimensión el tamaño del problema; no desdeñan el drama personal y familiar que supone que un joven corra el riesgo de destruir su vida probando drogas; tampoco ignoran la necesidad de que el gobierno trabaje en campañas de prevención y atención de las personas, adultos y jóvenes, presas de las drogas. Simplemente aclaran las cosas.

Capítulo II

La falacia de la violencia La segunda justificación esgrimida por el gobierno de Feli p Calderón para su declaración de guerra contra el crimen organizado radica en una extraña combinación de violencia,


razón de estado y corrupción—penetración del narco en las esferas políticas. Desde mediados de diciembre de 2006, así como en repetidas ocasiones posteriores, distintos vo cero del régimen y el propio presidente han afirmado que los niveles de violencia alcanzados en los últimos meses de la administración anterior se combinaron con el descuido, la omisión o la desidia de los sexenios precedentes, provo cand una virtual expropiación de partes significativas del territorio nacional al poder del estado y una complicidad insolapable de las autoridades municipales y estatales con el negocio de los estupefacientes. Quizás la expresión más sincera de estas tesis fue expuesta por el ex procurador genera de la República, Eduardo Medina Mora, en una larga entrevista concedida al diario español El País en noviembre
de 2008:
Hay policías en algunas zonas de la frontera norte que directamente fueron privatizadas por el narcotráfico. El presidente Felipe Calderón ha dicho que las organizaciones criminales en alguna de esas zonas han disputado al Estado sus potestades básicas (...) Era una cuestión absolutamente inaplazable (...) Las organizaciones de violencia organizada estaban tocando la puerta de las más importantes instituciones del Estado. Por eso tenía que darse una respuesta tan contundente, tan determinada (...) Ciertamente, el narcotráfico ha tenido capacidad de infiltrar instituciones de seguridad y de procuración de justicia.

Trataremos de examinar y rebatir la madeja de tres explicaciones, una por una. Esta se basaba en un malentendido implícito o deliberado y en una determinada evaluación de la opinión pública mexicana al tomar posesión el nuevo presidente, evaluación que era parcialmente cierta pero que con el tiempo dejó de serlo. La confusión estribó en:


una indebida amalgama de inseguridad, narcotráfico y violencia. Las encuestas levantadas por Los Pinos y el PAN, es decir, por Rafael Giménez, el encuestador de cabecera de Felipe Calderón desde tiempo atrás, mostraban que el principal motivo de preocupación de la sociedad mexicana en el 2006 efectivamente consistía en la inseguridad y violencia. Una encuesta de GAUSSC (realizada para Los Pinos) en junio del 2006 lo demostraba claramente: 36 por ciento de la población consideraba que el reto más importante en México era la delincuencia y la inseguridad, mientras que 28 por ciento identificó el desempleo como el problema más apremiante. Asimismo, una encuesta de El Universal de junio de 2006 encontró que 39 por ciento de la población identificó el asalto en la vía pública su preocupación mayor, contra 35 por ciento que mdcionó el entorno económico como el tema primordial. Otra encuesta, ahora de Ipsos-Bimsa, de noviembre 2006, mostró que 60 por ciento de la población confi., en que Calderón podría disminuir la violencia y la delincuencia.

Este predominio del tema de la inseguridad se debió al papel preponderante que diversas escenas violentas ocuparon en los medios masivos de comunicación en 2006. Las más conocidas y espectaculares, y también las que mayor temor podían infundirle al mexicano, siempre reticente ante el conflicto y la violencia, frieron las manifestaciones, los plantones y las tomas de tribuna por parte del Peje y del PRD, entre julio y diciembre; los cinco decapitados de Uruapan en septiembre; los incidentes violentos en Oaxaca durante los últimos meses del sexenio de Fox, con la sublevación de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (Appo); el aparente incremento en los Secuestros, tanto express, a la población en general, como de magnates o sus familiares, pasando de una cifra de 325 denuncias por secuestro presentadas en 2005 ante las autoridades del Ministerio Público a 595 en 2006; y, de manera menos contundente, un incremento aparente en el número de asaltos, robos en casas o en la vía pública, e incluso homicidios dolosos. Este ascenso de la inseguridad en la atención de la ciudadanía probablemente ocurrió en parte por default: debido al crecimiento del PIB en 2005 y 2006, el tema económico perdió importancia y, en automático, subieron los otros.

Los números de la violencia Homicidios totales por año en México

La gente no necesariamente acertaba. La evolución de las cifras de homicidios anuales de 1997 a 2008 es elocuente. De acuerdo con datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública (sNsP) y el Consejo Nacional de Población (Conapo), el número de homicidios totales en 1998 fue de 33 mil 942; en 1999 de 33 mii 242; en el 28mi1202;enel2004de26mil668;enel2005 de25 mii


780; en el 2006 de 27 mil lóOy en el 2007 de 25 mii 129. Si tomamos en cuenta el crecimiento de la población, la tendencia es claramente decreciente; per cápita, se trata de una caída de casi 20 por ciento sobre nueve años.

En agosto de 2009, el propio Calderón y Medina Mora realizaron sendas declaraciones subrayando cómo el número de homicidios dolosos en México por cada 100 mil habitantes había caído sistemáticamente, de 100 en 1998 a 10.7 en 2008, y cómo la cifra mexicana resultaba inferior a la de toda América Latina. De acuerdo con el Indice de Incidencia Delictiva y Violencia 2009 del Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad (IcEsI), la media nacional de homicidios dolosos por cada 100 mii habitantes en México bajó de 17 en 1997 hasta lOen 2007, para repuntar en 2008 a 12. Algunas entidades federativas (como Chihuahua

con 47, Sinaloa con 29, Guerrero con 23, Durango con 22, y Baja California con 21) padecen tasas superiores a países como Colombia (36), Rusia (20) y Ecuador (17), pero el promedio mexicano es relativamente bajo, como lo ha demostrado Fernando Escalante Gonzalbo en su notable ensayo de la revista Nexos en septiembre de 2009.
Nuevamente, los números del gobierno refutan su propia tesis. Si estas afirmaciones son ciertas (y no hay razón para dudar de ellas), ¿para qué diablos había que desatar una guerra sangrienta contra el narco debido a una violencia intolerable, cuando ésta venía bajando?
Los homicidios dolosos también han disminuido en términos absolutos durante los últimos 10 años, al pasar de l6mil 163 en 1997 a lOmil 291 en 2007: un decremento de más de 30 por ciento.
Asimismo, de acuerdo con los datos del SNSP y Conapo, el número de secuestros registrados en México se redujo en los últimos 10 años. En 1997 se produjeron mil 45 registros de secuestro ante agencias del Ministerio Público en todo el país, mientras que en 1998 se presentaron sólo 734; en 1999, 590; en 2000, 601; en 2001, 52 1; en 2002, 43 3; en 2003, 436; en 2004, 334; y, en 2005, 325 casos.

puestas no figuró el narcotráfco. Datos de Ipsos—Bimsa de septiembre de 2006 arrojaban que sólo para 1.7 por ciento de la población el narcotráfico constituía el problema más importante del país, aunque la suma de delincuencia e inseguridad alcanzaba 18 por ciento. En agosto de 2007, la misma encuestadora encontraba que seis por ciento de los entrevistados creían que el principal problema que enfrentaba el país era el narcotráfico, y en agosto de 2008, al preguntarle a los entrevistados cuál era la principal causa del aumento de la inseguridad en México, sólo cinco por ciento contestó que se debía al narcotráfico.


El discurso cotidiano de los mexicanos valida este deslinde. La inseguridad y violencia a la que teme la gente es aquélla de la que se siente víctima; las balaceras y los ajustes de cuentas entre narcos nunca suscitaron gran temor en la sociedad. Calderón hubiera podido perfectamente lanzar una magna cruzada contra la inseguridad, la violencia y el crimen no organizado, los delitos menores de los cuales se derivó en Nueva York la postura de cero tolerancia de Rudy Giuliani. Pero esa campaña jamás hubiera despertado las pasiones, las adhesiones y la sensación de peligro como una “guerra contra el narco”. Y, sobre todo, no hubiera sido necesario ni deseable vestir la casaca militar para publicitar el carácter de Comandante en Jefe del presidente. El ejército no podía convertirse en una fuerza anti secuestro, antifranelera y directamente antiPeje.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje