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El movimiento estudiantil universitario del Comahue (1970-1976)


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El movimiento estudiantil universitario del Comahue (1970-1976)




José Echenique1

Introducción y problemas

Durante la década de los sesenta –los “años dorados” del capitalismo2– emergió un movimiento juvenil contestatario que originó revueltas políticas y culturales en numerosas ciudades del mundo. Ya fueran insurrecciones, guerrillas, creaciones artísticas o cambios de valores, costumbres y hábitos, esta generación nacida en el seno del Estado de Bienestar protagonizó, junto a otros actores sociales, los acontecimientos más espectaculares y masivos del periodo. El “Mayo francés”, la “Primavera de Praga”, la “Masacre de Tlatelolco”, Woodstock, el “Otoño caliente” italiano, la cultura hippie y el “Cordobazo” son ejemplos resonantes.


Si bien son varios los problemas teóricos vinculados a la interpretación de aquella época y sus fenómenos, aquí sólo nos referiremos a la clasificación del agente y a las características generales y particulares del movimiento.
Buena parte de esa rebelión sesentista eclosionó dentro de las universidades. A ellas concurrían cada vez más alumnos provenientes de diversos estratos sociales que, al finalizar sus estudios, tenderían a integrarse en las “nuevas clases medias" como profesionales asalariados3. La teoría social marxista no acuerda sobre su situación de clase, oscilando entre “pequeña burguesía”, “asalariado-no proletario”, “asalariado profesional” y “proletariado”. La teoría social no-marxista, menos sujeta a la escolástica, suele denominarlos “nuevas clases medias” o “sectores medios urbanos”4.
Sea cual fuere la clasificación más precisa, la hegemónica racionalidad economicista no pudo haber causado su proceso de radicalización ideológica y política: el grueso de aquellos estudiantes ocuparían empleos bien remunerados en los aparatos del Estado, en la esfera de los servicios y en puestos de planificación y/o control de las industrias más dinámicas5. Hasta donde sabemos, su heterogéneo cuestionamiento al status quo no ha intentado ser explicado mediante un análisis que yuxtaponga su situación de clase, su pertenencia a una específica generación y su condición de jóvenes. Tales conceptos –juventud y generación– son problemáticos para la teoría social y para la teoría de la historia marxista y no-marxista6.
Salvo escasas excepciones, los fenómenos culturales y políticos desarrollados por este agente suelen considerarse de forma escindida. Para Wallerstein7, por ejemplo, si bien la contracultura fue parte de la euforia social sesentista, no fue central a la “revolución en y del sistema-mundo” acontecida en 1968. Para Hobsbawm, la “cultura juvenil” fue la matriz de la “revolución cultural”, es decir, de los cambios micro-sociales producidos mediante la modificación de prácticas, costumbres y valores.8
Postular la unidad fenoménica del movimiento juvenil sesentista no implica desconocer que presentó una amplia gama de diferencias. En EE.UU., por ejemplo, los acontecimientos tuvieron mayor raigambre contracultural: fue el epicentro del hippismo. Pero surgieron otras manifestaciones de índole más específicamente política, como las asociaciones por los Derechos Civiles y de las minoría afroamericana. En Europa –y principalmente en Francia, Italia, Checoslovaquia y Polonia– el denominado "marxismo occidental"9 y el anarquismo fueron las principales corrientes ideológicas elegidas por los estudiantes para realizar sus críticas al status quo. Según Arrighi, Hopkins y Wallerstein, los movimientos antisistémicos sesentistas reaccionaron contra la hegemonía norteamericana y contra la “vieja izquierda”: socialdemocracia en Occidente, comunismo en el Este y nacionalismos en el Sur. Para estos autores, 1968, tomada como fecha emblemática, fue una revolución mundial que preludia otra por venir o, como ellos afirman, consistió un en “ensayo” durante el cual se institucionalizaron los “nuevos movimientos sociales”. Sus tres variedades mayores (pacifismo, ecologismo y alternativos) tenían sus bases sociales en los nuevos grupos surgidos de las transformaciones del sistema-mundo: los profesionales asalariados, los empleados del sector de servicios (“femeneizado”) y la fuerza de trabajo no especializada o semiespecializada (“etnizada”). Esta interpretación señala que en 1968 estallaron las contradicciones entre movimientos “nuevos” y “viejos”10.
En los países periféricos11, el movimiento sesentista tomó cauces más marcadamente políticos. Se combinó con el proceso de descolonización iniciado en la postguerra y con la división del mundo en los bloques capitalista y comunista. Es decir, se entremezcló con las luchas por la “liberación nacional”. Arrighi, Hopkins y Wallerstein destacan que de 1848 a 1968 los movimientos antisistémicos se dividieron principalmente en dos variedades: los sociales y los nacionales. Entre otras cuestiones, ambos se diferenciaban en su definición del problema de la opresión: burguesía sobre el proletariado o Estado/s-nación/es sobre otros Estado/s-nación/es. A pesar de ello, coincidían en muchos aspectos, entre otros, la acción dirigida a obtener el poder del Estado mediante la construcción de organizaciones burocráticas (partidos, sindicatos). Ese objetivo y su correspondiente estrategia fueron blanco de las críticas de la izquierda antisistémica surgida en los sesenta.
Sin embargo, en la periferia –por lo menos en Sudamérica– se produjo una simbiosis entre los movimientos nacionales, sociales y nuevos. Ese particular ensamblaje entre anticapitalismo, antiimperialismo y Nueva Izquierda se manifestó a través de múltiples y heterogéneos fenómenos. Uno de ellos –sin dudas el más importante en el plano político– fue la proliferación de grupos que hacían de la guerra de guerrillas su método fundamental de acción revolucionaria: las Organizaciones Político-Militares (OPM).
La Argentina tuvo un movimiento juvenil sumamente significativo que asumió algunas características particulares compartidas con otros Estados-nación periféricos, en especial latinoamericanos. Pero, a su vez, presentó su propia singularidad, determinada, obviamente, por los rasgos diferenciales de su estructura socioeconómica y de su historia12. Cuando a fines de los sesenta la vertiente política del movimiento juvenil estalló en toda su magnitud, el país se encontraba inmerso en una crisis multidimensional que arrastraba desde la década anterior: la larga declinación del Estado populista.
La rebelión juvenil ocurrida en nuestro país desarrolló manifestaciones contraculturales13, pero su expresión más visible asumió forma política. Las OPM nacionales integraron, junto a un conjunto heterogéneo de asociaciones y de fuerzas sociales14, la Nueva Izquierda argentina (NI). Cuando el ciclo de insurrecciones de fines de los sesenta convirtió a este movimiento en actor político, sus acciones modificaron integralmente el escenario imperante desde 1955. Según Tortti, la NI contribuyó notablemente a acelerar en la sociedad argentina un proceso de contestación generalizada que sólo pudo ser relativamente apaciguado mediante la institucionalización del peronismo y, posteriormente, definitivamente sofocado mediante la violencia parapolicial y el terrorismo de Estado15.


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