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El Martirio en la Historia


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El Martirio en la Historia


de la Iglesia

por Luigi Mezzadri

La vida de la Iglesia está bajo el signo de la historia. El Pueblo de Dios vive continuamente su éxodo, que lo impulsa a caminar, a desarrollarse, a cambiar. El cambio, sin embargo, se realiza bajo el signo de la continuidad, de la "traditio", no de la ruptura.


Este principio vale también para la santidad.
En los primeros siglos el santo fue el mártir o el apóstol. Después se reconoció este don al obispo y pastor heroico, a la virgen fiel y al monje heroico. En el periodo de la conversión de las naciones de Europa muchos santos reyes y reinas fueron inscritos en el catálogo de los santos. Llegó posteriormente la estación de los santos de la caridad y de la humildad, de los santos sacerdotes, de los fundadores y misioneros. Hoy se estima de modo particular la santidad laical, la de los cónyuges y de los jóvenes.
En esta evolución, el martirio es una constante. Cada siglo ha tenido sus mártires y los tendrá siempre.
1. La Palabra
El término martirio/mártir aparece en el Nuevo Testamento para designar al simple testigo de un hecho, y también a un testigo particular de la vida, muerte y resurrección de Cristo'. En sí equivale a anuncio. Más adelante hay textos que se refieren a un testimonio corroborado con la sangre. En la arenga de Pablo en Jerusalen, el apóstol afirma que "cuando se derramó la sangre de tu testigo Esteban, yo también me hallaba presente" (Hch 22,20).
Como se ve, progresivamente, casi sin quererlo, la palabra griega que significa testimonio pasó al latín significando un testimonio especial, el de quien ha derramado su sangre por la fe. Constreñidos por las autoridades, los cristianos se veían obligados a "confesar" su fe. Su proclamación, como la de Policarpo: "Jesús, y no el emperador, es el Señor" era semejante a la del bautismo. Era digna de fe porque el juez la "creía". El cristiano se convertía así en "testigo" privilegiado porque la muerte sellaba la fe de su vida.
En el proceso del 17 de julio del año 180, en Cartago, el procónsul Saturnino dijo a los cristianos conducidos a juicio: "Abandonad esta opinión". Esperato dijo: "Mala opinión es cometer homicidio, dar falso testimonio". El procónsul Saturnino dijo: "No queráis ser partícipes de esta locura". Citino dijo: "Nosotros no tememos a nadie, sino al Señor Dios nuestro que está en los cielos". Donata dijo: "Nosotros honramos al César como César, pero tememos sólo a Dios". Vestia dijo: "Yo soy cristiana". Segunda dijo: "Yo quiero permanecer siendo lo que soy". El procónsul Saturnino dijo a Esperato: "¿Persistes en la voluntad de ser cristiano?". Esperato dijo: "Soy cristiano". Y a sus palabras se asociaron todos los demás.
La muerte que seguía a los procesos derivaba de la confesión del nombre y no de la confesión de un delito. En otras palabras, si no hubieran sido cristianos no habrían sido condenados.
La causa, por lo tanto, era la fe en la persona de Cristo. La razón teológica de la glorificación del mártir está consignada en estas palabras: "El que pierda su vida por mí, la encontrará". (Mt 10,39). El mártir confiesa a Cristo y da su vida por él. Es decir, demuestra "el amor más grande" que es el de dar la vida (Jn 15,13). ''En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros; así también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos' (1 Jn 3,16).
Dos son, por lo tanto, los elementos esenciales del martirio:
1) El martirio material: el mártir no debe morir por enfermedad, o en la cárcel o sólo a continuación de ella, sino que debe espirar precisamente a causa de ella.
2) El martirio formal:
a) de parte del perseguidor se requiere el "odium fidei". El motivo debe ser una actitud de hostilidad hacia el cristiano en cuanto discípulo de Cristo. En su obrar se debe manifestar odio contra Dios, Cristo, su doctrina o su Iglesia, o también el deseo de obligar al cristiano a cometer acciones pecaminosas.
b) de parte del mártir: no basta morir, se debe ver "cómo" muere. Para que el martirio sea reconocido como tal, es necesario que el mártir "dé su vida", no que simplemente se la quiten. No es suficiente morir o sufrir por la fe, es necesario "ofrecer la vida" por ella, es necesario aceptar la muerte por amor a la fe.
2. Evolución del martirio en las distintas épocas: datos y tendencias.
El concepto de martirio no ha sido siempre el mismo. Un primer elemento comienza a estar claro desde el siglo ll: la distinción entre quien muere, (el mártir), y quien sufre solamente, (el confesor).
Convertido al cristianismo el Imperio romano, aparentemente sólo en su periferia podía encontrarse el martirio. Así, por ejemplo, fue mártir San Bonifacio en cuanto que fue matado por los "paganos".
Poco a poco se llegó a percibir cómo ciertas persecuciones podían desencadenarse en ambientes cristianos, provocadas por príncipes cristianos inducidos a matar a cristianos por odio a principios evangélicos.
Es éste el caso de Santo Tomás Becket, canciller, primero, de Enrique ll y, después, arzobispo de Cantorbery. La razón del martirio fue la defensa de la "libertas Ecclesiae", la exigencia de mantener a la Iglesia libre de la intromisión del Estado. El rey era un creyente sincero, (después de la muerte del arzobispo hizo penitencia pública), pero pretendía que la Iglesia dependiese de su voluntad. Cuando los cuatro caballeros del rey, Fitz Urse, Brito, Tracy, Moreville entraron en la catedral el martes 29 de septiembre de 1170, preguntando en alta voz: "¿Dónde está Tomás Becket, traidor al rey y al reino?", establecieron de hecho la motivación: con su comportamiento de obispo, Tomás se había colocado en desacuerdo con la autoridad del Rey2.
En el caso de los mártires Juan Fisher y Tomás Moro (+1535), aparentemente nos encontramos con un asunto matrimonial. Fisher fue el único obispo que se puso de parte de Catalina cuando todos los demás "valientemente" se colocaron de parte del más fuerte. Había comprendido que, así, el Rey se convertía en árbitro de la Iglesia. La separación de Roma, "de esa Iglesia que tanto nos ha hecho sufrir", como dijo el obispo de Wincherter, Gardiner, significaba la creación de una Iglesia nacional. Se rompía la unidad de la Iglesia3.
En la época de la Revolución francesa surgió la cuestión de si los mártires durante la misma fueron sacrificados por odio a la fe o por otros motivos, posiblemente de carácter político. Un caso tipo fue el de los 99 mártires de Angers. La insurrección vandeana (marzo diciembre de 1793) provocó una terrible represión, que algunos autores califican de genocidio. En Angers fueron miles los matados. No todos fueron mártires. Sin excluir el que pudieran darse otros casos, se tomaron sólo en consideración los casos seguros y documentados, en los que se se daba una motivación religiosa4.
Un caso más delicado es el de Mons. Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, matado el 24 de marzo de 19805. ¿Fue un martir?
De hecho son conocidas las acusaciones difundidas contra un catolicismo que se ha empeñado en favor de los últimos y de los pobres. Creo que es imposible probar las acusaciones de "comunismo" contra Mons. Romero. Un atento examen de sus discursos y de los hechos nos demuestra cuán cuidadoso era en defender a los pobres en el nombre de Cristo. ¿Se puede probar entonces la existencia del "odium fidei" en los verdugos y en sus mandatarios? ¿Intentaron atacar las afirmaciones políticas o quisieron silenciar el grito profético de quien protestaba en favor de los pobres? En una conferencia en Lovaina dijo Mons. Romero: "La verdadera persecución se está dirigiendo contra el pobre pueblo, que hoy es el cuerpo de Cristo en la historia. Esos son el pueblo crucificado como Jesús, el pueblo perseguido como el siervo de Yahvé... Por ello, cuando la Iglesia se ha organizado y unido, acogiendo las esperanzas y las angustias de los pobres, ha sufrido el mismo destino que Jesús y que los pobres: la persecución" 6.
¿Martir, por lo tanto? No intento adelantarme al juicio de la Iglesia. Pienso, sin embargo, que se podría demostrar que se dan aquí los elementos esenciales del martirio formal 7.

3. Algunas anotaciones sobre el caso Perboyre
En lo que atañe a Perboyre estamos bien informados, por las biografías, sobre su vida y sobre las torturas sufridas por el misionero 8.
Sería equivocado, sin embargo, considerar sólo este aspecto del problema. J-G. Perboyre nunca fue considerado como una persona extraordinaria, sino como un hombre y un misionero como los demás, que vivía su vida cotidiana y trataba de no exponerse. Una persona con sus miedos y sus sueños, una persona hasta con defectos, que la posterior apoteosis con demasiada frecuencia ha hecho olvidar.
Repetidamente se ha comparado el martirio de Perboyre con el de Cristo. Prefiero encontrar parangones en el martirio de los primeros siglos.
1) El martirio en los tiempos antiguos comenzaba con la detención. En el caso de J-G. Perboyre el martirio comenzó con el largo viaje para arribar a China. Después llegaron el apostolado, las desilusiones punzantes. En todo caso no fue él quien buscó el martirio. Siempre estuvo prohibida la ostentación de quien tenía la temeridad de presentarse delante de los perseguidores. La ley del martirio es ésta: "el cristiano no debe exponerse por sí mismo a la persecución, y ello para ahorrar un crimen a los infieles y para no exponer la propia debilidad: pero cuando nos encontramos cara a cara con la lucha, no debemos sustraernos. Es temerario exponerse, es de cobardes retraerse" 9.
La captura del cristiano en los primeros siglos se llevaba a cabo de diversas maneras. Había arrestos hechos por las fuerzas de policía o por los legionarios. A veces se trataba de tumultos populares que obligaban a las autoridades a intervenir. En Esmirna fue el irenarca, una especie de juez de paz, quien fue a buscar a Policarpo: 'Las perquisiciones de los esbirros se hacían insistentes: apenas se había ido él a otra pequeña finca, cuando llegaron los que lo buscaban. No encontrándolo, apresaron a dos esclavos, uno de los cuales, sometido a tortura, lo traicionó. Así le fue imposible permanecer escondido al ser traicionado por los que vivian con él. El irenarca, que la casualidad habia querido que llevara el mismo nombre que Herodes, tenia prisa en conducirlo al estadio; alli'él alcanzaría su destino, haciéndose semejante a Cristo, y los que lo traicionaron sufrirían el mismo castigo que Judas. Un viernes, a la hora de la comida, soldados y caballeros, con sus armas de costumbre, llevando consigo al joven esclavo, partieron como si fueran a la caza de un ladrón. Llegaron por la tarde y lo encontraron en una pequeña casa sentado a la mesa en el piso superior Aún de allí, él podría haber huído a otra finca, pero no quiso y dijo: Hágase la voluntad de Dios. Viendo que habían llegado los soldados, bajó, y les dirigió la palabra, mientras ellos se llenaban de asombro, al ver su edad avanzada y su digno porte, y se maravillaban de tanta preocupación por capturar a un hombre tan viejo'.
2) La cárcel en la antigüedad no era lugar de expiación, sino sólo de custodia en espera del proceso. En los primeros siglos la custodia era breve. A partir del siglo III, por el contrario, se trató de obligar a los cristianos a la apostasía. La prisión se convirtió, consiguientemente, en lugar de tortura y castigo.
Durante la detención, las pruebas morales y físicas eran muchas. En el martirio de J-G. Perboyre se dio la prueba terrible de la debilidad de los suyos, muchos de los cuales renegaron de la fe. A esta prueba se añadieron las acusaciones de inmoralidad de que fue objeto.
3) El trato bueno o malo en los primeros siglos dependía mucho de los carceleros. Las prisiones eran frecuentemente cavernas sin luz ni aire. En un espacio reducido eran recluidos delincuentes comunes y los cristianos, hombres y mujeres; a veces se aplicaban las cadenas, o lo que era peor, el '"nervus" que consistía en bloques movibles de madera a modo de cepo que se podían apretar progresivamente hasta la cuarta o quinta ranura, lo que producía indecibles dolores. El "lignum" era un palo fijo con ranuras al que se encadenaba a los condenados. Se diferenciaba del "nervus" por el hecho de que el recluso era reducido a la inmovilidad. El hambre y la sed eran cosa ordinaria en las prisiones.
Los testimonios de los malos tratos sufridos por J-G. Perboyre no son distintos. Fue privado de todo, golpeado, y debió sufrir condiciones indecibles.
4) La tortura es una constante en el proceso antiguo y en el de la época de J-G. Perboyre. También en el suyo se aplicó la tortura, no como medio de inquirir, sino con el fin de obligar al cristiano a la abjuración. Si se trataba de una virgen la praxis corriente era el estupro, que no se aplicaba a las mujeres casadas. Las torturas eran varias: el potro, las tenazas, la rueda dentada, la flagelación, el hachón, los hierros rusientes. Para las vírgenes el ultraje al pudor, es decir, exponerlas a las miradas de la gente, era la humiliación más cruel. Lo acaecido a Anna Kao no se diferencia mucho de los cánones de los procesos antiguos.
5) Por lo que concierne a las penas, mucho dependía del funcionario romano. En algunos casos se dieron episodios en los que el mártir fue crucificado. Así aconteció con el apóstol Pedro y con San Simeón de Jerusalen. Lo mismo acaeció a J-G. Perboyre. Las coincidencias externas con el martirio de Cristo se han puesto de relieve por bastantes escritores.
No se ha reflexionado suficientemente sobre una circunstancia externa del martirio de J-G. Perboyre. Arrestado el 15 de septiembre de 1839, fue martirizado el 11 de septiembre de 1840. Es importante no aislar la persecución local del contexto general. En la pequeña historia, de hecho, se da un reflejo de una historia más grande.
En 1839 estalló la primera guerra del opio '_, causada por la confiscación y destrucción de grandes cantidades de dicho estupefaciente a manos del comisario imperial Lin Zexu, en daño de los contrabandistas, que en su gran mayoría eran ingleses. Intervino Inglaterra cuyas naves fácilmente dieron cuenta de las defensas costeras chinas. China, por los tratados de Nankin (1842), cedió Hong Kong a Gran Bretaña y abrió cinco puertos al comercio occidental.
Ahora bien, entre la condena y la ejecución de J-G. Perboyre fue necesario esperar la confirmación imperial. Esta llegó cuando ya los europeos estaban en guerra contra China. ¿Tuvo alguna consecuencia para el mártir este hecho?
Creemos que se puede señalar una: la responsable de la muerte de J-G. Perboyre no fue sólo China, sino también una estructura de pecado constituida por las potencias coloniales; en este caso Inglaterra. La muerte de nuestro mártir no se debió sólo a la cuerda del verdugo, sino también al hipócrita comercio del opio y de quien lo ejercía.
( Traducido del italiano por Rafael Sáinz, C.M.)

(1) Sobre el martirio: Hay cuatro obras de inmediata consulta sobre el problema: P. SINISCALCO - C. LEONARDI - A. GALLAS - M. TOSCHI, Mantin Giudizio e dono perla Chiesa, Torino 1981; L. BOUYER L.DATRlNO,Laspiritualitadeipadri(ll-lVsecoh),Martirio,verginita,gnosicristiana,(Storiadellaspiritualita,

3/A), Bologna 1984 C. NOCE, /I martirio. Testimonianza e spiritualita nei primi secoli (La spirrtualita cristiana. Storia e testi, 1), Roma 1987: A. MANDOUZE (ed), Storia dei sanh e della santita cristiana. /I: ll seme dei martin (33-313), Milano 1991. Para la lectura tlpicamente martirial se puede consultar a: G. LAZZATI, Gli sviluppidelb letteratura suimartin neiquatro secoli, Torino 1956: R.KNOPF - G. KRUGER - G RUHBACH, Ausgewahlte Martyrerakten, Tubingen 1965; H. MUSURILLO, The Acts of the Christian Martyrs. Introducction. Te~ Transhtion, Oxtord 1979 D. RUIZ BUENO, Actas de los Mártires, Madrid 1974 C. ALLEGRO, Atti dei Martin Introduzione, traduzione, Roma 1974: G. LANATA, Gli Atb dei martiri come documenh processuali, Milano 1973. Importante: P. TESTINI, Le catacomhe e gliantichicimitericristiniin Roma, Bologna 1966. Por lo que concierne a la reacción de los paganos: P. DE LABRIOLLE, La réaction paienne, Paris 1934 E. R DODDS, Pagani e cristinai in un'epoca di angoscia, trad. ital., Firenze 1970, p. 113. Véanse además las biograflas de Juliano el Apóstata. Para los problemas relativos a la hagiogratta: C. LEONARDI, I modelli del/'agiografia latina dall'epoca antica al Medioevo, en Passaggio dal mondo antico al Medio i vo. Da Teodosio a San Gregorio Magno, Roma 1980: M. PELLEGRINO, Le sens ecclesial du martyre, en RSR 35 (1961)151175 L MEZZADRI, Le due corone. Martirio e Verginita nelh Chiesa antica, Piacenza 1993.
(2) D. KNOWLES, Thomas Becket, London 1970 T. CORFE, Archbishop Thomas and King Hcnn 11, Cannbridge, 1975; P. AUBE, Thomas Becket, tr. it., Milano 1988.

(3) Sobre Fishar: E. E. REYNOLDS, St. John Fisher. London 1955; E. SURTZ, The works and Days of John Fisher, Cambridge, Mass. 1987; R. ROUCHAUSSE, John Fisher: humaniste, eveque, refonmateur, martyr, 1469-1535, Angers 1973; B. BRANDSHAW - E. DUFY (ed.), Humanism, Reform and the Refonmation. The CareerofBishopJohnFisher,Cambridge1989.SobreMoro:G.MARC'HADOUR, L'universdeThomasMore, Paris 1963; R.W. CHAMBERS, Ti70mas More, 2 eci., London 1976; W. NIGG, Tommaso Moro, ll santo della coscienza, Roma 1980; R. MARIUS, Thomas More: A Biography, London-Melboume 1985; E.E. REYNOi DS, ll processo di Tommaso Moro, tr. it., Roma 1985; V. BARRIE-CURRIEN, La iiéforrne Anglicane, en Histoire du Cmristianisme, Vlll, Le temps des confessions (1530-1620), Paris 1992, 183-221.

(4) B. PLONGERON, Conscience religbuse en Révolution, Paris 1969; A. TATREILLE, L'Eglise catholique et b Révolution française, 1(1775-1799), Paris 1970; T. TIMOTHY, La Révolution, I'Eglise, la France, Paris 1986;P.PlERRARD,L'EgliseetlaRévolution, 189-1889,Paris1988;P.CHRlSTOPHE, 1789.Lespetresdans la Révolutbn, Paris 1986; L. MEZADRI, La Chlesa e b rivoluzione francese, Cinisello Balsamo 1989; C. CHAUVIN, Le Clergé a l'épreuve de b Revolutlon (1789-1799), Paris 1989.

(5) M. TOSCHI, Oscar Amulfo Romero martire del Vangeb del Signore nella comunlone con i poveri, en Martirl Giudkio e dono, 75-103.


(6) Ibid., 98.

(7) Hay un precedente importante: el caso de San Maximiliano Maria Kolbe, beatiíicado como confesor y canonizado como martir.

(8) Las cartas: J. VAN DER BRANDT (ED), Lettres du bienheureux J G.Perboyre, Pretre de h Mission, Pékin 1940. Biografias y es1udios: , Notice sur la vie et b mort de J.G. Perboyre pretre la Mission par un pratre de la merne Congrégation, Paris 1842; , Vie du Vénerable Perooyre, Paris 1857; Vie du Bienheureux J.G. Perboyre, Paris 1889; , Vita del f~eato G.Gabrble Perooyre, Roma 1889; J. DE MONTGESTY, 1éemoin du Christ, le Pienheureux J.G. Perboyre Paris 1906; La Congrégation de la Mission en Chine, lll, Paris 1912; A. THOMAS, Histoiro de la Mission de Pékin, Paris 1925; L. CASTAGNOLA, Missbnario martire, i-ioma 1940; A. CHATELET, Jean Gabriel Periooyre martyr, Paris 1943; O. FERREUX, Histoire de la Congégation de ia Mission en Chine (1699-1950) en Annabs de la Congrégation de la Mission, 127(1963); J.P. GAUTHIER, Du Cantalau Kiang Si, Paris 1981; J. CHARBONNIER, Histoire des chrétiens de Chine, Paris 1992; A. SYLVESTRE, Jean-Gabriel Perboyre, pretre de la Mission, martyr en Chine, Moissac 1994. Faita una biografla escrita con los criterios de la ciencia histórica.

(9) San Gregono Nazianceno,Orazione XLIII, 5,6.


(10) El monopolio del cultivo de esta planta pertenecía a la East India Compaña, mientras que la distribución era obra de privados. El opio constituía en el siglo XIX la mayor fuente de ingresos de la administración colonial inglesa en la India. Hacia 1880 el monopolio del opio, cultivado en el valle del Ganges, producía entre 6.000 y 8.000 toneladas de droga, que se introducía en China ilegalmente por contrabando.


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