Página principal

El martirio de los sacerdotes de silesia


Descargar 0.63 Mb.
Página1/9
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño0.63 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9
EL MARTIRIO DE LOS SACERDOTES DE SILESIA


"No queremos estar tristes por haberlos per­dido, sino estar agradecidos por haberlos tenido y aun tenerlos ahora. Pues quien vuelve al Señor, queda en la comunidad de la Familia de Dios y sólo nos ha precedido.”

(San Jerónimo)



Presentación

 

¿Alguien ha oído hablar alguna vez del martirio de los sacerdotes de Silesia? No fue en alguna época remota. Ni siquiera hace tanto tiempo como para que no haya todavía testigos. Se trata de un genocidio cometido hace un poco más de medio siglo en el oriente de lo que fue territorio alemán. Al terminar la segunda Guerra Mundial, la región de Silesia, habitada por germanos desde hace cientos de años, fue ocupada por el Ejército Rojo y su población sufrió una brutal represión, en especial los ministros de culto católicos.



 

La historia oficial y sus publicistas han insistido mucho en supuestos crímenes contra la población judía en forma de un producto mercadotécnico que han llamado como Holocausto y que han instituido como verdad incuestionable. Esta imposición tiene como otra cara de la moneda la condena al olvido de crímenes cometidos contra los alemanes durante la guerra y después de ella. La presente obra desafía esa imposición y se alinea a un frente de resistencia que preserva la verdad transmitiéndola entre las rendijas que hay en el sistema.

 

Según la historia oficial, al terminar la guerra Alemania se dividió y ya. Estados Unidos ayudó a establecer la democracia y a desarrollar económicamente la zona occidental hasta que espontáneamente se dio la unificación en 1991, pero el presente texto nos ayuda a darnos cuenta de que los triunfadores cometieron crímenes que permanecen impunes.



 

El martirio de los sacerdotes de Silesia compila los casos y testimonio de obispos, sacerdotes y religiosas que fueron asesinados de diversas formas o que murieron a causa del maltrato que sufrieron y la expulsión de sus lugares de origen y residencia. Tan sólo un ejemplo de los muchos crímenes que se cometieron que siguen ocurriendo bajo la bandera de la democracia, el libre mercado y el antiterrorismo.

H. Villarreal


Prólogo.
Este libro es un testimonio perfectamente documentado de unas páginas de la historia de Europa.

Diríase que es un testimonio objetivo, extremadamente objetivo, de sucesos que hablan muy mal del género humano, ya que, al fin y al cabo, los autores   de aquellas orgías de vandalismo y crímenes de 1945 pertenecen al género humano.


¿Por qué tanta mesura al relatar lo que ocurrió con la población de Silesia?...Nos hacemos esa pregunta y sólo encontramos la explicación siguiente: Porque el lenguaje—ya sea escrito o hablado---es incapaz de transmitir toda la tragedia de millones de personas (en su inmensa mayoría mujeres y niños) que fueron vejados, robados y expulsados de sus tierras y sus casas. Primero a manos de las hordas bolcheviques y luego a manos de polacos encegados por el odio.
Otra razón de que la crónica de este libro sea tan objetiva y serena es que tan magna tragedia dio lugar a que creciera el número de los mártires católicos; mártires que  ahora—en el cielo—luchan en las Milicias Celestiales a favor de que se salve el género humano.
Cientos de sacerdotes figuran entre los mártires. Sobre ellos se descargó el mismo odio que llevó a Cristo a la cruz.
Un comité norteamericano que investigó las bárbaras expulsiones de los habitantes de Silesia logró datos y testimonios que han permitido afirmar que en la orgía de expulsiones perecieron cuatro millones ochocientas mil personas, de un total de 16 millones de expulsados.
¡Dieciséis  millones de tragedias! ¿Cómo poder explicarlas con palabras?
En la Cámara de los Comunes, de Londres, muchas conciencias se estremecieron por lo que estaba pasando en Silesia y en otras regiones cercanas, en 1945-1946. Hubo críticas. Y entonces Mr. Churchil (Premier de Inglaterra) contestó que “sencillamente se estaban haciendo transferencias de habitantes …como en la guerra murieron siete millones de alemanes, existe ahora espacio suficiente para recibir, como mínimo a una misma cantidad de gente desplazada de los territorios orientales, volviendo en esta forma todo a su antiguo equilibrio.”
De ese “equilibrio” habla este libro, enfocado particularmente a lo que padecieron los sacerdotes de Silesia cuando prefirieron quedarse al lado de su grey, tratando de protegerla contra las fuerzas del averno.

Salvador Borrego E.



EL MARTIRIO DE LOS SACERDOTES DE SILESIA
(1945 1946)
Fragmento de la Pasión Silesiana
Dr. Johannes Kaps
Traducido del Alemán
Por
Hans Pfitzer


con colaboración
de
María Hobal
Estos documentos están dedicados a todas las víctimas de la patria en el V aniversario de la tragedia de Silesia

LA PASIÓN DE SILESIA
En el Año Santo de 1950 se cumplió el V aniversario de la tragedia de Silesia, que comenzó con la invasión de estos territorios por los ejércitos rusos y culminó con la expulsión de su patria de todos los silesianos, los cuales se veían obligados a abandonar las tierras, donde habían vivido durante siglos. Cuando el peligro ruso comenzó a amenazar las bellas tierras de Silesia, el Cardenal Doctor Adolf Bertram, Príncipe arzobispo de Breslau, ordenó a todos los sacerdotes que permaneciesen en sus respectivas feligresías. Así pues, los sacerdotes silesianos, compartiendo la suerte de sus feligreses durante aquellos años terribles, se quedaron firmemente en todas las poblaciones que no fueron evacuadas por las autoridades alemanas

Mas para comprender el Calvario de Silesia en toda su trágica amplitud, séanos permitido dar un breve resumen de la historia de este pueblo y de su situación en el mundo a través del tiempo hasta él momento de la invasión rusa y de la capitulación de Breslau, ocurrida el 7 de Mayo de 1945.

Cuando el cristianismo comenzó a esparcirse por la tierra, Silesia ya estaba habitada desde hacía tiempo por tribus germánicas. A lo largo de la orilla izquierda del Oder vivían los silingos y ligios, y a la derecha los vándalos, esto es, germanos orientales. Al iniciarse en 375 la gran transmigración de los pueblos germánicos, que habría de influir de forma decisiva en la historia de Europa, los germanos de Silesia abandonaron también sus territorios y desde allí, remontando el Danubio pasan en 406, con un ejército compuesto de vándalos y alanos al mando del rey Godegiselo, por el Rin Alto y atravesando Francia y España llegaron por fin a Africa del Norte.

En Silesia quedaron algunos restos de la antigua población germánica, que pronto fue absorbida por los eslavos, cuando en 600 tomaron posesión de aquellos territo­rios. Treinta años más tarde, cuando el comerciante Samo, probablemente de origen franco, unió bajo su mando el espacio compren­dido entre el Oder, el Elba y el Danubio, vemos los primeros brotes de un estado, aunque en los años siguientes Silesia perteneció a los Estados eslavos del Sur, colindantes con ella.

Después de la muerte de Swatopluco de Moravia, ocurrida en 938, los territorios bohemios consiguieron su independencia, y el Duque Wratislavo I de Bohemia, extendiendo sus dominios sobre la mayor parte de Silesia, fundó para asegurarse el paso sobre el Oder la ciudad de Breslau, en latin Wratislavia.

Mientras tanto, entre los ríos Oder y Elba había surgido un nuevo reino, el polaco, fundado por el Duque Misika. Este joven reino, que se reconoce a sí mismo en 963 como feudo del Emperador alemán, Otón I, conquistó auxiliado por los ejércitos imperiales en 990 la ciudad de Breslau. Su hijo y sucesor Boleslavol extendió sus dominios hasta los montes Sudetes y su influencia llegó hasta Bohemia y Moravia donde se mantuvo algún tiempo.

Desde 990 vive Silesia bajo el influjo polaco, hasta que en 1163 comienzan a gobernar el país los primeros Duques independientes.

Podemos considerar en año 1163 como el comienzo de la colonización alemana en Silesia. El Emperador alemán Federico I, instituyó en Breslau al Duque silesiano Boleslavol , hijo de Wladislavo II, que expulsado del territorio por sus parientes había muerto en Alemania. Fue entonces cuando llamados por estos Duques silesianos (Santa Hedwig, oriunda de Andechs, Baviera, patrona de Silesia), por los Obispos, conventos y grandes señores feudales, millares de campesinos, artesanos, monjes y caballeros parten hacia Silesia buscando allí una nueva patria. Esta colonización puede considerarse terminada en 1300 en que Silesia tiende a separarse de Polonia para anexionarse políticamente a Bohemia.

Bohemia había sido, gobernada por los przemislidas, de tendencias germánicas, y más tarde, desde 1310, por los Condes de Luxemburgo. En 1335, el rey Juan de Bohemia, que había ido reuniendo bajo su corona a casi todos los ducados de Silesia, ratifica con el polaco Casimiro el Contrato de Trentschin por el cual estos ducados se habían separado para siempre de Polonia voluntariamente, y no por guerra, ni otros tales medios de fuerza.

Veinte años después, en las llamadas Cartas de Reconocimiento, (1355), los siete Príncipes Electorales de Alemania reconocen a Silesia como territorio dependiente de la corona de Bohemia y parte inseparable del Imperio Alemán. Esta unión con la corona de Bohemia (1327 1526), y con la de Habsburgo (1526 1742), duró cuatro siglos durante los cuales Silesia participaba de todos los beneficios que la Casa de Luxemburgo, especialmente el rey Juan y su hijo Carlos IV, trajeron sobre los territorios hereditarios de Bohemia, que en unión de Austria siente los mismos ideales culturales y políticos.

También desde el punto de vista religioso, fue decisiva para Silesia la toma de posesión del rey Federico II de Prusia. Mientras los prusianos eran en su totalidad protestantes, la mitad de los silesianos que pertenecían a la Iglesia Católica, jamás pudieron olvidar su unión con Bohemia y Austria que afectó benéficamente a todos los sectores de la vida.

Ya en las fronteras de 1937, el territorio silesiano tenía una extensión de 36.310 kilómetros cuadrados (un 8% del Estado Alemán), con las dos orillas del Oder Medio y Bajo, y con el valle como eje central. Según el plebiscito del 17 de Mayo de 1939, vivían en estos territorios 4.868.000 almas, (un 7 % de la población total de Alemania).

Las elecciones para las Cortes alemanas, celebradas el 14 de Septiembre, de 1930, demuestran cuán escaso era el número de polacos que vivían en Alemania, donde sólo hubo 75.431 votos para los candidatos de todas las minorías nacionales, estando comprendidos en este número los candidatos del partido democrático católico de los polacos nacionales de la Prusia Oriental con 4.276 votos de Pomerania con 1.019, de Silesia Baja con 595 y de Silesia Alta con 37.012 votos.

Aunque durante la actuación del Cardenal Bertram se separaron de Breslau los obispados de Kattowitz y Berlín, en 1925 y 1929 respectivamente, este Arzobispado seguía siendo el primero en cuanto a extensión territorial y la segunda Diócesis de Alemania en cuanto al número de sus feligreses. Sin los Obispados que antes hemos citado, comprendía:


La parte prusiana: 1.949.926 católicos de 5.218.548 habitantes.

La parte de Checoeslovaquia: 291.559 católicos de 348.897 habitantes.

El Obispado en total: 2.241.485 católicos de 5.603.445 habitantes.
En 1941 se encontraban diseminados por el territorio de Silesia ejerciendo sus funciones 1.604 sacerdotes más 357 que pertenecían a distintas órdenes. Según el Manual Eclesiástico de Alemania, (tomo XII, 1943, editado por Krose), consta por las indicaciones de los curatos del 31 de Diciembre de 1940 que la totalidad del Arzobispado de Breslau   incluyendo las partes de las minorías alemanas de Checoeslovaquia, Freiwaldau, y del territorio de Olsa , comprendía 787 Parroquias, 118 distritos con sacerdotes propios, 1.234 sacerdotes en la cura de almas de las Parroquias y 336 sacerdotes independientes que ejercían su ministerio en las escuelas, en el ejército, en la administración eclesiástica o se encontraban ya jubilados. Era un total de 2.324.058 católicos entre 3.560.903 personas de otras religiones. El Arzobispado de Breslau contaba con 5.884.961 habitantes.

Cuando en el Enero de 1945 los ejércitos rusos se acercaron a la frontera oriental de Alemania, vivían en Silesia, además de la población indígena de unos 5 millones de habitantes, millares de personas que se habían refugiado del Oeste del Reich. Solamente Breslau contaba con un millón de habitantes. Es fácil por lo tanto imaginar la catástrofe, cuando a fines de Enero fue anunciada la evacuación en masa de toda Silesia y de la ciudad de Bresliau. Durante muchas semanas, trágicos grupos de familias enteras partían desde la orilla derecha del Oder hacia los montes cercanos en un éxodo incierto y terrible. A causa de la severidad del frío y de las copiosas nevadas invernales, los niños que no podían resistir las marchas morían en el camino. Fueron tantos los muertos que su número exacto no podrá saberse nunca.

Breslau, declarado "Fortaleza" la bella ciudad que fundara Wratislavo I, se defendió denodadamente contra el enemigo hasta el último instante. El sitio duró tres meses, hasta el 7 de Mayo de 1945, un día antes de la capitulación general. Cuando los rusos entraron en Breslau, la ciudad estaba destruida en un 80%.

Con la invasión rusa comienzan los días de martirio para esta regiones llamadas "el refugio de Alemania" ya que hasta entonces habían sido respetadas por la crueldad de la guerra. Desde entonces se suceden los saqueos, los raptos, los asesinatos y toda clase de atropellos y violaciones, sobre todo de mujeres y jóvenes sin número, entre ellas centenares de religiosas, cometidos por los soldados rusos y polacos.

También los sacerdotes fueron víctimas de este huracán destructor desencadenado en Silesia como en todas partes de la Alemania Oriental. Mientras que hasta 1945 en el Arzobispado de Breslau murieron anualmente unos 40 sacerdotes, en el año de la ocupación rusa sucumbieron 125 de 1.600 que había en total. Más de la mitad de éstos, obedientes al Buen Pastor, habían muerto defendiendo a sus fieles y protegiendo con su propia persona sobre todo a las mujeres y a las jóvenes.

En Junio de 1945, antes de la Conferencia de Potsdam, los rusos entregaron a los polacos la administración civil de Silesia Baja como ya en Marzo del mismo año les habían entregado la de la Alta Silesia.

Inmediatamente se procedió a la expulsión de los alemanes. Primero se les obligó a dejar "voluntariamente” aquellos territorios, confiscándoles sus bienes y propiedades y quitándoles la cartilla de racionamiento. Pero al ver que no lograban sus propósitos sino parcialmente, comenzaron a expulsarlos por la fuerza de un modo cruel e inhumano. Y estos alemanes se vieron en la necesidad de abandonar las tierras que durante más de 6 siglos habían sido traba­jadas por sus antepasados, que las habían transformado de yermas e incultas en terrenos prósperos con un aspecto y un carácter típica­mente alemanes. Muchos de los expulsados murieron a causa de los malos tratos, entre ellos gran número de sacerdotes. El comité norte­americano instituido para examinar los datos de estas expulsiones en masa, estima las pérdidas de estos alemanes en 4.800.000 personas.

De hecho, se calcula en la Alemania actual que de los 15 o 16 millones de expulsados sólo han sobrevivido 11 millones, la mayoría de los cuales, desposeídos de cuanto les pertenecía, viven errantes por toda Alemania esperando la posibilidad de volver algún día a sus hogares.

Del copioso número de relaciones originales que se han hecho sobre los acontecimientos ocurridos en Silesia a partir de 1945, queremos presentar al público tan sólo los extractos de algunos documentos de testigos que presenciaron la tragedia de los sacerdotes de Silesia, representando con ello un pequeño fragmento del gran drama de la Alemania Oriental.

Semen martyrum, semen christianorum: la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. Dios quiera que esta antigua máxima cristiana se confirme en los casos de las víctimas inocentes de la Alemania Oriental. Esperamos que no sea en vano su sacrificio sino la base de un nuevo período cristiano del pueblo alemán y de todos los pueblos eslavos en un porvenir más venturoso para Europa.




Los últimos días de la vida del Cardenal Bertram de Breslau
El día 6 de Julio de 1950 se cumple el quinto aniversario de la muerte del Cardenal Bertram de Breslau. Jamás olvidaré la última entrevista con nuestro Obispo unas semanas antes de su muerte. El Vicario General me dio la orden de informar a Su Eminencia de la situación en que había quedado la ciudad episcopal después de haberse rendido a los rusos el 7 de Mayo de 1945, un día antes de la capitulación general. El anciano Cardenal que contaba ya 86 años, se hallaba en la residencia de verano de los Obispos de Breslau, en el castillo de Johannesberg, cerca de Jauernig, distrito del Arzobispado que pertenecía a Checoeslovaquia. Se marchó el 21 de Enero, antes de sitiar Breslau, siguiendo involuntariamente los consejos de su médico personal.

A fines de Mayo, acompañado de un padre franciscano, me dirigí al castillo de Johannesberg, situado a unos 100 kilómetros al Sur de Breslau. Como los trenes no funcionaban tuvimos que atravesar en bicicleta las regiones silesianas rebosantes de ejércitos rusos. Vestidos de sotana larga y cogulla y como arma única la Cruz sobre el pecho, logramos defendernos de algunos ataques contra nuestras bicicletas y llegar a Johannesberg al caer la tarde. Al día siguiente, muy de madrugada, nos recibió el anciano Cardenal. Se hallaba tan decaído y señalado por la muerte que casi no le reconocimos. Pero su espíritu seguía siendo inquebrantable: exigió información sin piedad por nuestra parte de la situación en que se encontraba la ciudad episcopal de las orillas del Oder. Le dijimos que muchos rumores habían sido exagerados, que sólo un sacerdote y no treinta como se decía, había muerto a causa de los bombardeos a la "fortaleza” de Breslau. También el tifus del hambre era entonces un caso excepcional. Sólo después de despojar brutalmente a la población alemana, empezaron, en el verano del 45, a morir en masa los alemanes de Breslau y de toda Silesia. Lo que fue imposible ocultarle era el estado en que habían quedado los edificios eclesiásticos después del sitio y de la ocupación: la Catedral y las Iglesias habían sido total o parcialmente destruidas en los días terribles de la Pascua de Resurrección, y del Palacio y de la Sede Episcopal no quedaban sino escombros.

Una de las cosas que más pesaba en el ánimo del Cardenal, como nos decía, fueron las intervenciones de las autoridades en su jurisdicción, de las cuales tenía noticia por otras fuentes.

De forma emocionante nos expresó Su Eminencia la gratitud que sentía por nuestra visita, nos dio la bendición episcopal e incluso se interesó por nuestros gastos de viaje. El, como hombre justo, no podía imaginar que los alemanes que aun vivían en Silesia no pudieran comprar nada en absoluto, ni que vivieran sin derechos, sin defensa, y sin propiedad. Pero Dios no permitió que conociera lo más doloroso: no supo nunca que el pueblo fiel de Silesia que tanto le había amado fue expulsado de su patria. También se le pudo ocultar que la expulsión de él mismo de Johannesberg había sido firmada y que el jefe checo del distrito había declarado el 17 de Junio que Su Eminencia, acompañado de su séquito, tuviese que dejar dentro de 24 horas el territorio de Checoeslovaquia. Difícilmente se logró que declarasen a Johannesberg extraterritorial de forma que el Cardenal moribundo pudiera quedarse algún tiempo más, hasta nueva orden. De este modo le fue posible resistir las últimas semanas de su vida aunque sus pocas fuerzas se consumieron rápidamente a causa de las cargas espirituales. En la noche del 5 al 6 de Julio perdió la facultad de hablar sufriendo un ataque de apoplejía y por la tarde comenzó decaer tan rápidamente que el secretario episcopal tuvo que administrarle la Extremaunción. Pocos minutos antes de morir hizo la tentativa de alzar la mano para darnos a todos su bendición. El 6 de Julio a las tres y media, murió plácidamente el Cardenal Bertram de Breslau mientras rezábamos las oraciones por los agonizantes.

Su entierro se verificó el día 11, en el cementerio de Jauernig, y sus restos reposan en la cripta del LIII Príncipe obispo de Breslau, Joseph Christian, de la casa de Hohenlohe Bartenstein. El clero y el pueblo católico de las cercanías le acompañaron hasta su última morada, y el Obispo auxiliar Ferche   Obispo auxiliar actual de Colonia   rezó el réquiem pontifical y consagró el sepulcro.

El Cardenal Bertram no había nacido en Silesia, sino en la Sajonia Baja, en Hildesheim, el 14 de Marzo de 1859. Hijo de un comerciante, estudió Teología en Würzburg y Munich, recibiendo las órdenes el 31 de Julio de 1881 en Würzburg (Baviera). Después de estudios más extensos en Innsbruck (Austria), y en Roma, donde se graduó en Teologia y Derecho Canónico, tomó posesión de la administración de su diócesis patria de Hildesheim. Después de algunos años fue nombrado capitular eclesiástico, vicario general, vicario capitular y por fin el 15 de Agosto de 1906, fue consagrado Obispo de Hildesheim. Permaneció en su ciudad natal ocho años, al cabo de los cuales se le destinó a la mayor Diócesis de Alemania que se extendía entonces desde las estribaciones septentrionales de los Cárpatos hasta la isla de Rügen en el Báltico. El 28 de Octubre le entronizaron solemnemente como Príncipe obispo de Breslau y el 15 de Diciembre de 1919 como Car­denal. Cuando en 1930 la Diócesis llegó a ser Arzobispado, el Car­denal Bertram fue nombrado metropolitano de la nueva provincia eclesiástica de Alemania Oriental, que comprendía las Diócesis de Berlín y Meissen, así como la prelacía independiente de Schneidemühl. Durante varios decenios a partir de 1921, dirigió como presidente las conferencias episcopales alemanas de Fulda, aún en el período más grave del "Tercer Reich” habiendo protestado varias veces públi­camente y en interpelaciones claras y bien formuladas, contra las violaciones de los derechos humanos cometidas por el gobierno de entonces. Está reservado al futuro demostrar con documentos hasta ahora guardados, la amplia actividad del Cardenal en defensa del De­recho y la Humanidad, en el espíritu del Cristianismo, y entonces se podrá apreciar en su justo valor la magnífica obra de este Apóstol de Cristo. Los actos, protocolos e interpelaciones de las Conferencias de Fulda, que afortunadamente no fueron destruidos al desolar su Tierra Santa durante el sitio de la ciudad, se conservan con los actos priva­dos del Cardenal en la ciudad de Breslau.

Durante los últimos treinta años el Cardenal Bertram sembró de recuerdo inolvidable los corazones de su amado pueblo silesiano que tanto le venera y que guarda en la dispersión sus exhortaciones a la obediencia, a la fe y al amor al sacrificio. Viven confiando en que su leal Arzobispo rezará ante el Trono de Dios por la tierra de la Santa Hedwig y por sus fieles dispersos a los cuatro vientos, para que El en bondad les lleve a un porvenir mejor.

Memorias al Obispo de los Refugiados
El Obispo Maximiliano Kaller de Ermland, fue el primer delegado pontificio entre los expulsados alemanes. Nació en Silesia Alta el 10 de Octubre de 1880, se ordenó sacerdote el 20 de Junio de 1903 y murió el 7 de Junio de 1947.

De un documento dedicado a su memoria por uno de sus últimos y más fieles colaboradores, extraemos lo siguiente:

El 10 de Julio de 1947, seis hombres con cuello sacerdotal pero sin sotana ni sobrepelliz, llevaron al sepulcro un ataúd de pino adornado con una modestísima Cruz. Las cicatrices de la guerra, las huellas de los sufrimientos del tiempo de prisioneros de guerra y las tormentas de la costa de Holstein habían formado la expresión de aquellos seis rostros. Y el sarcófago que enterraban detrás de la Iglesia parroquial de Königstein era el del último Arzobispo de Ermland. Ante el sepulcro abierto, acompañados de otros sacerdotes, no sintieron vergüenza al llorar por su Obispo muerto mientras cantaban las oraciones funerales de la patria.

Los sacerdotes no suelen llorar ante los sepulcros, ni siquiera ante los de Obispos, tal vez porque ante ellos ven llorar a demasiada gente. Se refiere de Nuestro Señor que sólo una vez lloró ante uno de ellos. Eran pues algo, especial y muy precioso las lágrimas de estos sacerdotes ante el sarcófago de su Obispo. No brotaban por un exceso de sentimentalismo, sino que eran la expresión pura de una realidad que se mostraba grandiosa en aquel momento. El Obispo muerto y sus sacerdotes habían sido un solo ser, no sólo por los lazos de la paternidad espiritual y por el orden del derecho eclesiástico, sino porque un mismo objetivo les absorbía sangre y vida. Aquel cuerpo sobre el que caía la tierra era un miembro de cada uno de ellos. Se sentían acuñados por él, así como en otro tiempo se habían sentido regalados y conducidos durante su ministerio pero ahora, ante la tumba de aquél a quien tantos beneficios debían, sentíanse inquietos porque se sabían llamados a dar una respuesta que correspondiera al sacrificio de quien enterraban. Lo que le devolvían lo habían de él: la Excelsa Fidelitas que exige San Pablo a los Apóstoles. lealtad y confianza generosa en la Imitación de Cristo que, "tomando forma de siervo se humilló a sí mismo hecho obediente hasta la muerte” (Fil. 2, 7). Esta ley era para el Obispo Maximiliano la medida para dar cuenta de su sacerdocio, y la obediencia a esta ley le daba la libertad interior y disposición continua, para escuchar la voz de Dios.

Los datos personales y algunos sucesos transcendentales de la vida de este Obispo son ya conocidos de muchos, pero es desconocido para todos la profundidad y ensimismamiento de donde sacaba fuerzas para actuar.

"¿Qué ha hecho él?” se preguntaron sus parientes y compatriotas silesianos y hasta sus compañeros del Seminario para sacerdotes de Breslau, cuyo Benjamín fue al ordenarse sacerdote a la edad de 23 años, cuando el coadjutor asiduo de Gross Strehlitz fue designado para la diáspora de la isla de Rügen. Por entonces ya sufría mucho a causa del reuma, consecuencia de estar en el confesionario de la Iglesia auxiliar de Gross Strelitz, y esta enfermedad ya habría sido suficiente para sustraerse honrosamente a esta orden. Pero él no lo hizo así, sino se fue sin vacilar.

Contaba a menudo y con gran satisfacción, el comienzo penoso, y sin embargo fecundo, en la isla de Rügen, donde logró ganar como precursor una comunidad viva con tres iglesias y ocho bases auxiliares para la cura de almas después de un período lleno de trabajo. La arriesgada empresa de Rügen le dio la experiencia y el conocimiento necesario para su obra futura. Allí se encontró con el peligro de la diáspora, pero también con todas sus perspectivas. Vivió la miseria social y moral de los trabajadores desarraigados de Polonia que venían a trabajar las tierras en las épocas de cosecha, y les ayudaba y asistía generosamente. Les echaba la botella de aguardiente pero también bendecía sus matrimonios y no temía las multas de la Corte de Justicia Prusiana, si éstos no le podían dar los papeles indispensables para casarse, que exigía el Estado. Si sabía que alguno, al otro lado de la isla, se hallaba en peligro de muerte, hacía reventar su caballo fogoso, pero llegaba a tiempo para asistirle. Por ellos arrastraba su bicicleta sobre nevadas y erraba por los bosques y pantanos para llevarles la Extremaunción en las horas nocturnas. Los segadores le amaban y le agradecían su constancia entregándole el dinero tan difícilmente ganado para que construyera y conservara sus capillas. Le confesaban sus pecados en el confesonario aunque tenían que llegar a la "Oración Eterna" o a la "Misión" por la noche del sábado, y esperaban durante todo el día para los Sacramentos y hacer durante la noche el camino de vuelta a sus puestos de trabajo.

Las experiencias de Rügen le dieron fuerzas para la obra de Berlín , donde fue sobrehumana la carga que tuvo que soportar preparando en el desierto de la diáspora de la capital el camino del Señor cuando se le nombró párroco de San Migue1 , ya que aquí la miseria social, moral y religioso era infinitamente mayor que la que había encontrado a su llegada a Rügen. Pero no se dejaba desanimar por el balance catastrófico de su fichero parroquial, sino esto le estimulaba a una mayor constancia. Creó una organización modelo en su parroquia, un apostolado seglar hecho famoso. Trabajaba sin descanso en sus reuniones y círculos, en el púlpito, en el confesionario ... y a pesar de toda la concurrencia diaria y de la inquietud del trabajo, se retiraba con sus fieles ayudantes a la paz de la oración y a la comunidad de la Eucaristía. El no veía como apogeo de su vida sacerdotal la procesión del Corpus, llena de esplendor y magnificencia, que como primer cura había llevado por las calles de Berlín, sino el Día de los Enfermos, en el cual reunió en su Iglesia a centenares de desgraciados que desde sus camas oyeron las palabras consoladoras de aquel apóstol de Cristo que en aquel día les ganó para su comunidad. Después de la primera guerra mundial, en días muy duros para su pueblo, empezó a dar de comer a centenares de pobres ayudado sólo por su parroquia, y la crítica que esto levantó, no tuvo más remedio que callar cuando al suspender las distribuciones de alimentos pudo comunicar que le sobraban en su caja 500 marcos oro. Veinticinco años más tarde se escribió a la hermana del Obispo en una carta de pésame, esta frase consoladora: Los pobres de San Miguel, a quienes daba de comer su hermano, serán sus mejores deprecantes.

La nueva vida parroquial tenía que propagarse, sobre todo después de haberse publicado su libro "Nuestro Apostolado de San Miguel" sobre los límites de su comunidad. En 1926 fue nombrado administrador apostólico d e Tutz y en los cuatro años que vivió allí, formó de aquel distrito administrativo eclesiástico, en que estaban reunidos en la "Grenzmark" (Comarca Fronteriza) los restos de las provincias de Posenia y Prusia Occidental, pertenecientes aún al Estado Alemán, el cuasi obispado de la prelacía independiente de Sehneidemühl. Al principio el Gobierno como protector de la Iglesia rehusó otorgarle la parroquia de Sehneidemühl, pero no se dejó intimidar, como tampoco antes, cuando los habitantes de Rügen le recibieron con una huelga. El pueblo de Ermland fue a recibirle según sus costumbres tradicionales en caballos y carruajes dándole la bienvenida en un día frío y húmedo de Noviembre de 1930 y le llevó solemnemente a Frauenburg, en Ermland. Aunque no le dejaron sentirlo, supo que llegaba como forastero a este Obispado. Cuántas veces recordaría más tarde sus palabras al despedirse de San Miguel: "¿Adónde me lleva el camino? No sé, a un territorio desconocido, pero a almas inmortales que me ha entregado Dios. Dios me ha dado este encargo y El tiene que saber por qué. Y El, Todopoderoso, me dará fuerzas para cumplir con mi deber. Me entrego enteramente: El me ha llevado hasta, ahora de una manera maravillosa y así continuará llevándome".

Cuando los primeros sacerdotes fueron encarcelados por la Policía Secreta (Gestapo), el fue el, primero que llamó a las puertas de las cárceles y cuando fueron llevados los sacerdotes de Heilsberg ante el Tribunal Especial, interrumpió su viaje de Confirmación y estuvo viajando en tren dos noches enteras, sólo para esperar en vano todo el día en las antesalas de los Ministerios de Berlín, sin poder ayudar de ninguna forma a sus sacerdotes.

Una cordialidad particular unía al Obispo con su extensa diáspora y con los sacerdotes que le ayudaban en su apostolado en la Prusia Oriental. Sus ricas experiencias de sacerdote le habían dado a conocer los problemas que podían surgir en todo momento: como fue el primero en conocer la miseria de la "Iglesia Trashumante”   él acuñó el nombre,   creó, el servicio sacerdotal para esta Iglesia. Convocaba a sacerdotes desde el Oeste al Este de Alemania y establecía un sistema independiente para éstos. ¡Cómo se cuidaba de ellos! Sin suponer su amplitud, solucionó de un modo ejemplar el problema que le fue planteado al final de su vida en una escala aún mayor e incomparable: crear un método de cura de almas para los refugiados que llegaban en masa de la gran diáspora alemana.

En el Anuario para sacerdotes de la Sociedad de San Bonifacio, del año 1940, escribió un artículo de alarma "Preocupaciones crecientes por la Iglesia Trashumante". Ya entonces exigió el Obispo no sólo medidas de organización aisladas, sino también un nuevo método práctico y eficiente en la cura de almas.

Conocía el peligro, pero también las extraordinarias perspectivas para la Iglesia en esta crisis espiritual por la cual atravesaba el pueblo alemán Vio en esto un castigo de Dios sobre nuestra incredulidad, seguridad e inercia, pero al mismo tiempo una llamada de la Gracia para llegar a conocer más profundamente a Dios en la forma de Cristo siempre vivo, que aun anda sobre la faz de la tierra sin tener dónde poder reclinar su cabeza. "La Iglesia de Cristo está siempre en camino." "Salgamos pues a él fuera del real, llevando su vituperio." (Heb. 13, 13.) Más tarde declaró: "La misión de Cristo es decisiva. Si cumplimos con nuestro deber, el resto es cosa de la Gracia. No se trata de ganancias ni de posesión de poder: le servimos sólo a El que viene a recoger a su Iglesia dispersa por los cuatro vientos." Predicaba siempre a sus comunidades católicas: "Tenéis que ser capaces de vivir en la diáspora, preparados para la confesión de vuestra fe sin esperar respaldo en la patria ni en sus tradiciones."

¡Con cuánta angustia vio partir a sus sacerdotes hacia las cárceles y campamentos de concentración y al destierro! Decía con frecuencia que de buena gana iría él en vez del más joven coadjutor. En Febrero de 1942 le rogó el Nuncio Apostólico que le buscase un sacerdote para los católicos que vivían en el campo de concentración para judíos en Theresienstadt. El Obispo se creyó solicitado personalmente en este ruego, y después de deliberarlo mucho, se puso a la disposición del Nuncio, renunciando a su Obispado por esta tarea que incluía también la condición de estar preparado para sacrificar su vida. El Nuncio no accedió a su deseo de sacrificarse. Pero Dios se lo otorgó algunos años después: el 7 de Febrero de 1945, la Gestapo le sacó del sótano de su casa, que ya estaba al alcance de la artillería rusa, le arrestaron y le llevaron a Danzig y luego le expulsaron de allí. A los del SS (Escalón de Protección del Partido Nacionalsocialista) que le "salvaron” como decían ellos, no sabía cómo persuadir que la mayor injuria que le habían hecho, era el haberle separado en estos días de terror y miseria extrema, de sus sacerdotes y fieles a quienes estaba obligado y para quienes era irrevocablemente leal. El anillo episcopal, símbolo de lealtad, le ardía en el dedo, cuando en Halle esperaba el final de la guerra, mientras desolaban su Obispado. Un día echó dos maletas en un carretón pequeño y con un morral sobre el pecho y una mochila a la espalda volvió ilegítimamente a Ermland y caminó durante tres semanas enteras, llenas de peligros, miserias y dolores para cargarse con una cruz aún más dura. Bajo condiciones ignominiosas tuvo que renunciar a desempeñar su oficio en la parte de su Obispado que administraban los polacos y de donde fue desterrado otra vez. Y en estos días, al llorar sobre las ruinas de su patria y de su obra, fue, cuando Dios le llevó a la "excelsa fidelitas" exigida por él: "No quiero reservarme nada ni buscar salvedad alguna. No puedo imaginarme de otra manera una cosa que corresponda exactamente a la idea del Santo Padre".

Volvió a Halle cansado y enfermo. Cuidaba de los refugiados, que llegaban allí, con medios modestos y corazón inquebrantable, de los sacerdotes llegados de Ermland, compartía con éstos las limosnas, que recibía de vez en cuando, consolaba y aliviaba el peso de muchos con un amplio apostolado, que se reflejaba en una nutrida correspondencia y en un fichero para los desdichados fieles de su diócesis, el cual se abultaba rápidamente, y aunque no estaba ocioso ningún momento del día sentía el deseo de mayor trabajo. Como en Alemania no se lo podían conceder, rogó al Santo Padre que le enviara como simple sacerdote a un campamento de prisioneros de Francia. Pero el Sumo Pontífice no lo permitió, sino le dio una tarea para la que Dios le había preparado en una larga experiencia y en la alta escuela de sus sufrimientos: la de ser Obispo y padre de todos los expulsados.

En este servicio, lleno de espinas, se perfeccionaba su fidelidad. "En pocos meses se esparció su actividad por toda Alemania." (Arzobispo Jáger). Los refugiados veían en él la personificación de la miseria extrema y hallaban en su amor inmenso la respuesta de la Iglesia. Sin la autorización correspondiente, ni los medios necesarios, que desde el exterior podían servirle de aliento, daba lo supremo: a sí mismo. El llevaba la Cruz del destierro a la cabeza de todos los demás. No acusaba a nadie, y conociendo las ocultas raíces de la miseria de los refugiados, veía en la Santa Cruz y en el Amor el único camino para superarla. No se quejaba de la falta de comprensión ni de la pobreza en que vivía, ni del trabajo inmenso que le agobiaba: tomaba las dificultades que se le oponían como precio para obtener la bendición de Dios, la cual pedía diariamente al decir la misa en la cripta de la iglesia destruída de San Ildefonso. Sólo de una cosa se lamentaba, y era, de no poder arrodillarse durante el día ante el Tabernáculo. El rosario era su refugio durante sus raros momentos de descanso o si necesitaba tomar aliento de dónde sacar nuevas fuerzas para continuar su labor, y aunque sólo veía falta de éxito en indecibles humillaciones, tenía la confianza de no trabajar en vano. Lo que muchos no comprendieron durante su vida, quizá ya sea obvio explicarlo después del sacrificio de su vida: que los refugiados eran el símbolo de la iglesia futura, de la Iglesia sobresaltada y perseguida que se verá desterrada y tendrá que dejar sus hogares tradicionales; de la Iglesia que solamente por la "excelsa fidelitas" de sus Obispos, sacerdotes y fieles podrá ser renovada en una animosa imitación de Cristo.

Pensaba asistir a la primera reunión de los sacerdotes de Ermland en Rulle y cuando ponía en la maleta su libro de meditaciones "Sea Luz” le sorprendió la muerte, y mientras en Rulle deploraban su pérdida, le recibía en la luz  así, lo esperamos   que le estaba reservada, la alegría de las muchas almas para quienes había sido norte y guía hacia Dios, sobre todo las de los sacerdotes de Ermland que dieron lealmente sus vidas como el Buen Pastor por sus ovejas. Y posiblemente eran en número más que los que esperaban en Rulle.

Sí, perfeccionado en la fidelidad, nos mira desde lo alto con sus ojos claros, benignos y penetrantes, un "epíscopos" en el alto sentido de esta palabra, espera y pregunta, como lo expresó un hombre protestante: ¿Quieres seguir conmigo al Señor? ¿Quieres sufrir y re satisfacer la culpa que nos ha llevado a la miseria de estar desterrados, desamparados, maltratados, la personificación del Cristo siempre vivo en la Agonía? ¿O quieres seguir viviendo, durmiendo como San Pedro, Santiago y San Juan en el Monte de los Olivos?. Se trata de una simple decisión: ¿Queremos amar a Cristo así como le amó el Obispo Maximiliano y servirle a El así como él le sirvió? ¿Queremos ofrecernos a la Gracia como él? El está esperando humildemente así como Dios está en Cristo esperando nuestro amor.



Eja, fratres, no degeneremos ab excelsis cogitationibus filiorum Dei!
  1   2   3   4   5   6   7   8   9


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje