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El magisterio de Antonio Machado en los “poetas de la experiencia” 1


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El magisterio de Antonio Machado en los “poetas de la experiencia” 1

Liliana Swiderski


UNMdP - CONICET

La obra de Antonio Machado resultó significativa para las sucesivas promociones de poetas españoles, pues, por su calidad y heterogeneidad constitutivas, dio pie a las más diversas apropiaciones. El problema del tiempo, presente desde las Soledades de 1903 hasta los últimos escritos en prosa, fue abordado por Machado, alternativa o conjuntamente, como experiencia personal o como motivo histórico, fluctuación que tuvo su correlato en la preocupación por conciliar el polo de lo subjetivo y el polo de lo objetivo. Tales vaivenes ofrecieron un campo propicio para que cada grupo o corriente diseñase un Machado “propio”, promoviendo semblanzas del poeta no pocas veces desvirtuadas y reduccionistas, sea por confundir la parte con el todo - ignorando lisa y llanamente los aspectos que pudieran socavar o contradecir la imagen defendida -, sea por ejercer operaciones de valoración que, aun conscientes de lo que podríamos llamar la “radical heterogeneidad” de la producción machadiana, privilegiaron un perfil determinado denostando todo lo que no coincidiera con él. No obstante y felizmente, el antidogmatismo y el tinte paradójico del pensamiento de Machado impidieron que su obra resultase absorbida por alguno de estos sucesivos intentos de monopolización. De tal manera, en lo que podría considerarse una debilidad encontró su mayor fortaleza, pues la raigal pluralidad de la obra machadiana, aunque toleró la sobreimpresión de lecturas sectarias, obstaculizó el triunfo de cualquiera de ellas. Los sucesivos y disímiles enfoques elaborados por escritores y críticos se hacen necesarios para comprender la novedad que supuso la mirada de los “poetas de la experiencia”, por lo que nos detendremos aquí en su consideración.

En principio, los contemporáneos de Machado, como Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Dámaso Alonso o Gerardo Diego, valoraron sobre todo la veta simbolista de las Soledades 2. Para todos ellos, las “Galerías” se erigieron como la cima insuperable, por lo que desdeñaron en mayor o menor medida al Machado prosista, filósofo o poeta civil. Cernuda lo expresó con claridad: “Cosa curiosa: Machado nace formado enteramente, y el paso del tiempo nada le añadirá, antes le quitará” (88). Como es posible observar, los textos que siguieron a las Soledades fueron considerados por este grupo como síntomas de un estro exhausto. Años después, la llamada “generación del 36” - con Luis Felipe Vivanco a la cabeza - se esforzó por recuperar al Machado intimista, rescate que, inserto en la línea del realismo trascendente, tomó como pilares la visión espiritualizada del paisaje y una ligera inquietud religiosa (Rubio y Falco, 8).

En los años del realismo social, en cambio, cobró auge la veta populista de Campos de Castilla, y Machado fue exaltado como modelo ético y ejemplo del hombre muerto en el exilio, visión que se profundizó hasta delinear lo que Jorge Guillén definió como “el mito de San Antonio de Colliure” (citado en Jiménez, 27). Para la crítica sociológica, los poemas castellanos significaron una clara ampliación del tema social y la afirmación de la toma de conciencia política. No es difícil advertir que los elementos estéticos quedaron relegados a un segundo plano ante la fuerza avasalladora que cobró la valoración de sus actitudes vitales durante el conflicto bélico y el exilio.

Es así como, durante los años cincuenta y principios de los sesenta, es posible detectar dos orientaciones radicalmente enfrentadas en lo que hace a la recepción y valoración de Machado: mientras el franquismo hizo suyo al poeta “religioso”, al hombre bueno y castizo, los grupos de oposición construyeron una visión politizada de Machado (cuyo epítome podría ser el famoso “Españolito que vienes...”). Para mostrar estos claroscuros, José-Carlos Mainer trae a colación algunos sucesos que, contemporáneos entre sí, son representativos de la tensión entre ambas orientaciones: mientras la juventud poética de izquierda ensalzaba a Machado a través de los homenajes de 1959 y la colección “Colliure” de 1961, el gobierno franquista perseguía a porrazos a los intelectuales en Baeza y al mismo tiempo inauguraba un Parador de Turismo que lleva el nombre del poeta en la ciudad de Soria (129).

Hacia mediados de la década del sesenta, según señala José Olivio Jiménez, se inició un movimiento de reacción contra la figura de Machado, aunque su intención última fuese resistir las imágenes estereotipadas y propagandísticas construidas en torno del poeta, y no impugnar al poeta en sí (20). Ya en los setenta, los novísimos valoraron en Machado tanto la proyección solidaria hacia lo humano esencial, como la preocupación por lo humano circunstanciado e histórico, pero les repugnó la visión del Machado “fetiche” construida por las promociones anteriores; por otra parte, el magisterio de Machado resultaba inoperante y anticuado frente a sus pretensiones de un lenguaje poético innovador. No deja de ser curioso en extremo el hecho de que justamente Antonio Machado, quien nunca quiso sentar escuela, haya dado pie a entusiasmos tan diversos (y enfrentados), sólo por el hecho de ser lo que podríamos llamar un poeta “plural”.

Los críticos, principalmente a partir de los años 70, han procurado conciliar las variadas imágenes valiéndose de ciertas categorías que, a pesar de sus diferencias, tienen en común la voluntad de integración y el rechazo de todo menoscabo o poda. Valgan algunas de ellas como botón de muestra. Bernardo Gicovate sostiene que las sucesivas etapas de Machado no constituyen compartimentos estancos, pues puede captarse en ellas una “evolución” (243), criterio al que adherirá Geoffrey Ribbans (15); José María Valverde estructura su utilísimo libro Antonio Machado a partir de la noción de “unidad en despliegue” (1), haciendo otro tanto Ángel González en su obra homónima, aunque valiéndose en su caso de la “dialéctica” como principio constructivo (126); José Olivio Jiménez, por su parte, al analizar la recepción del legado del poeta, comparará la obra de Machado con un rostro que debe exhibir todas sus facciones, y saludará con beneplácito los intentos por recuperar al “Machado integral” (10). Según entiendo, el sustrato de tales tentativas consiste en recomponer una visión que me atrevería a llamar caleidoscópica, pues recupera los cristales multicolores que constituyen la obra machadiana y, en lugar de parcelar, celebra la existencia de perspectivas generadoras de infinitos dibujos. Los elementos intimistas, éticos, políticos, simbolistas, filosóficos, están presentes, a no dudarlo, en la producción machadiana, pero ninguno de ellos, per se, la agota. Sin embargo, quizás por haber sido relegado anteriormente, o tal vez porque sintoniza más con las preocupaciones de nuestra época, es ahora el Machado que experimenta con el sujeto, el Machado prosístico de la humorada y el antidogmatismo, el más rescatado. La retórica y práctica del apócrifo ocupa, en consecuencia, el lugar de privilegio.

Me interesa realizar aquí una digresión para señalar cómo, aunque las variadas orientaciones que mencioné respondieron a los estímulos estéticos y sociales de cada momento, la valoración crítica se desplazó siguiendo el mismo orden cronológico en que la obra fue producida (desde el intimismo, pasando por la preocupación histórica hasta la prosa y la filosofía), como si la recepción hubiese necesitado un proceso de maduración similar al del poeta mismo.


Ahora bien, ya en los ochenta surge en España una poesía que se caracteriza por la reflexión sobre la temporalidad; el tono autobiográfico, aunque con cierto distanciamiento a partir de la ironía o “la sustitución de la primera persona por la segunda o la tercera”; la vuelta a la métrica tradicional y la “normalidad” formal; el humor y la “reivindicación de la intimidad, lo individual, la emoción y el sentimiento” (García Martín, 15). Estas son algunas de las notas (no exclusivas ni excluyentes) que caracterizan a los “poetas de la experiencia”, rótulo que, como todos, suele ser complejo y discutido 3. Lo que nos interesa rescatar a los fines de este breve trabajo es que, abrevando aquí y allá y en pos de una imagen genuina en su complejidad, estos poetas emprendieron la reivindicación de la figura de Machado, ya no a partir de la exaltación de una perspectiva puntual ni del reconocimiento de un proceso de maduración o evolución en el poeta, sino destacando la existencia de una articulación entre lo intimista y lo social, el yo y el nosotros. Luis García Montero (una de las personalidades fundamentales del grupo), en su “Introducción” al ya citado texto de Ángel González sobre Machado, desliza su propio punto de vista:
Como resulta evidente en todas las aproximaciones de Ángel González a Machado, no quiere limitarse ni a la voz historicista de los poetas sociales, ni a la palabra ensimismada de los seguidores del simbolismo, sino al temple dialéctico de una intimidad que se sabe inevitablemente tiempo e Historia. (19, el subrayado es mío)
Es decir que, lejos de elegir uno u otro plano como si de compartimentos estancos se tratase, estos poetas posan su mirada justamente en las intersecciones, en las bisagras, en los intersticios. Como precisa Laura Scarano, es notorio el interés por “barrer con la tradicional antinomia histórica entre la esfera privada (lo íntimo, individual) y la esfera pública (lo civil, colectivo)” (93), y en tal sentido la producción machadiana resulta, para ellos, modélica.

Así ocurre, por ejemplo, con la famosa definición de la poesía como “palabra esencial en el tiempo”, por cuyo cauce discurren imágenes conceptuales y lógicas, la efusión del sentimiento y los juegos centrados en el intelecto. En la brevedad de tal axioma concurren distintas ideas-fuerza de la producción de Machado, como la potencia estética y cognoscitiva del recuerdo, la retórica del detalle menor, la inclusión de las experiencias del poeta, el ingreso de alusiones a la coyuntura histórica. Los puentes que Machado tendió entre la poesía y la praxis vital del sujeto son parte de un programa que tiene como premisas la captación de la experiencia a partir de la intuición y el uso de la palabra como significación de lo humano a la cual ha de dar el poeta nueva significación. La defensa del lenguaje como bagaje colectivo es coherente con la noción de receptor en Machado, centrada en el poema como objeto propuesto a la contemplación del prójimo, en tanto los conceptos que lo constituyen pertenecen a todos y se imponen desde fuera a través del lenguaje aprendido (II: 986). Los “nuevos poetas” hacen suya esta propuesta (la de “contar historias personales que puedan sentirse vivas por los demás”), en tanto la poesía es para ellos - como para Machado - elaboración individual de la lengua común, “comunicación cordial”, y no experiencia críptica para iniciados.

Entre las nociones machadianas que resultan centrales para acercarse a este filón de la poesía española, quizás la más importante sea la de “nueva sentimentalidad” - que incluso fue elegida como marbete para caracterizar al grupo granadino nacido hacia 1980 bajo el magisterio de Juan Carlos Rodríguez -. Machado elaboró esta categoría como alternativa a la posición de aquellos que, por ese entonces, pregonaban el surgimiento de una “nueva sensibilidad”. Así lo indica en el famoso “Proyecto de Discurso de Ingreso en la Academia de la Lengua”:
Nueva sensibilidad es una expresión que he visto escrita muchas veces y que, acaso, yo mismo he empleado alguna vez. Confieso que no sé, realmente, lo que pueda significar. Una nueva sensibilidad sería un hecho biológico muy difícil de observar y que, tal vez, no sea apreciable durante la vida de una especie zoológica. Nueva sentimentalidad suena peor, y sin embargo, no me parece un desatino. Los sentimientos cambian a través de la historia, y aun durante la vida individual del hombre. En cuanto resonancias cordiales de los valores en boga, los sentimientos varían cuando estos valores se desdoran, enmohecen o son sustituidos por otros. (II: 1017, el subrayado es mío)
A partir de esta noción, fuertemente ligada a las de intuición y temporalidad, Machado anuda el sentimiento individual con los procesos colectivos: la subjetividad ya no es “mía sola”, sino que implica un modo de objetivación; a la vez, lo social se construye a partir de la recuperación del individuo, constatación que supone un esfuerzo por aminorar los efectos de la masificación. Luis García Montero, en su definición de la poesía como “reflexión sobre las construcciones sentimentales del yo, partiendo de que la intimidad es un territorio histórico” (6), apela justamente al Machado que logró tender lazos entre el polo de lo subjetivo y el de lo objetivo. El rescate de Nuevas Canciones, libro que los “poetas de la experiencia” consideran injustamente desatendido, expresa la voluntad de escuchar el magisterio machadiano a partir de los momentos de su obra en que es perceptible la conjunción de las determinaciones históricas con los valores íntimos.

En resumen: por considerar que el acendrado antidogmatismo de Machado impide leerlo dogmáticamente, “los poetas de la experiencia” no se quedan ni con el lírico de la interioridad volcado a la proyección metafísica, ni con la esfinge cívica que propugnó el realismo social, sino que consideran la profunda interrelación de estas orientaciones, mutuamente implicadas. Como señala José Olivio Jiménez, para Machado el proceso de trabajo creador se asienta en la “autoimposición cordial de trascender su mismidad y encontrar la palabra de verdad con que pudiera llegar al otro” (12), magisterio en el cual estos poetas abrevan.



Notas


  1. Este trabajo forma parte de una Beca de Formación de Postgrado del CONICET dirigida por la Dra. Laura Scarano y codirigida por la Lic. María A. Álvarez, que desarrollo en el Departamento de Letras y CELEHIS de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata.

  2. Para la relación entre Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, y la valoración del segundo sobre el primero, cfr. Valente, José Ángel (1994) “Juan Ramón Jiménez en la tradición poética del medio siglo”, en Las palabras de la tribu. Barcelona: Tusquets [1971].

  3. No podemos detenernos aquí en este problema, pero el ya citado estudio de García Martín ofrece una síntesis de las principales posiciones al respecto.


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