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El lugar de la retórica en la enseñanza actual


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EL LUGAR DE LA RETÓRICA EN LA ENSEÑANZA ACTUAL1

David Pujante

Universidad de Valladolid

RETÓRICA Y EDUCACIÓN DURANTE EL SIGLO XX EN ESPAÑA


Nadie que tenga mi edad ha conocido —y por supuesto todos los que sean menores tampoco— una asignatura de su bachillerato que se llame Retórica; ni siquiera una que tenga el término retórica en alguna de las partes de su enunciado. En los años a los que me refiero —los que fueron años de estudio para quienes tenemos ahora en torno a los cuarenta y tantos años—, incluso en las universidades había quedado reducida la Retórica al ámbito de las filologías clásicas. Allí se encastillaba, como un elemento más del museo de las antigüedades. Yo, que estudié Filología Hispánica en la Universidad Central de Barcelona, cuando estaba vigente el Plan Maluquer —un plan muy abierto, con infinidad de optativas—, pude, sin embargo, cursar una de dichas asignaturas optativas con el nombre de Retórica. En los años setenta de nuestro siglo, en España (y en gran parte de Europa) esa posibilidad y esa recuperación eran toda una novedad; como nuevo y puntero era el plan que la incluía entre sus asignaturas, y del que unas cuantas generaciones de estudiantes tuvimos el privilegio de gozar.
Luego han pasado los años. En España, en el ámbito de la teoría de la literatura (que es el terreno al que pertenezco) hemos asistido a una importante recuperación de la Retórica (con intención no monumentalista sino actualizadora) por parte de los profesores Antonio García Berrio 2 y Tomás Albaladejo Mayordomo 3 principalmente, quienes han criticado con dureza su reduccionismo de siglos a los meros aspectos elocutivos. Esta renovada atención entre los que son mis maestros y colegas ha permitido que hoy ya sea una realidad, una presencia obligada la asignatura de Retórica en todas la universidades españolas en las que existe como especialidad de segundo ciclo la de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. En algunas otras universidades, donde dicha especialidad todavía no está implantada, también la Retórica es una asignatura posible, aunque de carácter optativo.
Creo que sin el apoyo y la sabiduría que proporciona el ámbito de las filologías clásicas, con obras cumbre de nuestro siglo XX como las de Heinrich Lausberg 4 o Josef Martin 5 y con labores y entusiasmos como los del profesor Antonio López Eire 6 —a quien debemos en España la dirección de foros de debate así como importantes trabajos sobre la relación entre retórica y nuevas ciencias del discurso, algunos de los cuales por su carácter didáctico son de enorme importancia en el ámbito que nos movemos — sin todo eso tampoco el teórico-literario cosecharía tan excelentes frutos. Pero también es cierto que el acercamiento desde estudios modernos a la vieja disciplina, el interés que se ha despertado desde hace unas décadas en las nuevas disciplinas del discurso hacia la retórica, ha sido algo definitivo a la hora de su reinserción en la vida cultural activa.
Mi intención hoy es hablar del lugar que debe tener la Retórica en la enseñanza actual —en todos los niveles de la enseñanza—, tras su recuperación, una recuperación en ningún caso monumentalista sino como mecanismo de confección discursiva con rendimiento en las actuales disciplinas del discurso público, político y social: desde el académico al publicitario.
De un tiempo a esta parte ya no hace falta preguntarse —al comenzar una disertación de este tipo— qué sentido tiene hoy en día hablar de retórica, porque la retórica aparece cada vez con más presencia, tras un largo período de ostracismo, en la vida social. Si podemos escuchar a Almunia decirle a Aznar que es un sofista (o a la inversa) sin asombrarnos, no puede tampoco asombrar que una serie de conferenciantes venga aquí, a la Universidad de Salamanca, a hablarles a Uds., ciudadanos del siglo XXI, de una disciplina cuyo nombre, apenas se mencionaba hace unos años, levantaba un olor a telarañas, polvo milenario y humedad de siglos. Realmente la Retórica ha vuelto a cobrar protagonismo inusitado en nuestra sociedad. Pero todavía no ha recobrado su puesto en la enseñanza. No digo un puesto idéntico al que tuvo —lo que (pienso) sería un error, como se deduce de cuanto diré después—, sino su puesto, el puesto que requiere para ella el nuevo milenio.
Procuraré mostrar a qué tipo de carencia ha conducido el hecho de permanecer ausente en la enseñanza en general durante tantas décadas de este siglo. Pero no puedo hablar de la ausencia de la retórica sin más. Un conflicto milenario que condujo a la desarticulación del complejo conjunto de operaciones retóricas reduciéndola a los puros aspectos de elocución nos lleva necesariamente a hablar de dos tipos de retórica; dos tipos de retórica con incidencias muy dispares en la enseñanza: una retórica literaria (o retórica estilística 7) reducida a su tercera operación elocutiva; y una retórica plena, mecanismo complejo de confección del discurso persuasivo. Esta distribución y distinción me permite dividir mi intervención en dos amplios apartados. En cualquiera de los casos, la pérdida de cualquiera de sus enseñanzas (la del mecanismo retórico-discursivo o la de la retórica literaria) ha conducido a carencias que vemos en el día a día de nuestros escolares y de nuestros hombres de la cultura del actual panorama hispano.
Hablaré primero de esa retórica desprovista de peligro social, que ayudó durante mucho tiempo a la enseñanza de las humanidades; y después quisiera hablar de otra retórica, conflictiva, peligrosa, cuya enseñanza pone en tela de juicio el buen juicio de las verdades absolutas, del lugar privilegiado del conocimiento objetivo, y que también tiene mucho, quizás más profundamente, que ver con la enseñanza. Vayamos por partes.
RETÓRICA COMO ARTE DE ESCRIBIR
Muerta la Retórica en su función pública con la desaparición de la democracia, la construcción textual-pragmática con finalidad persuasiva se convierte en un inventario de tropos y figuras retóricas. Se asimila a la enseñanza literaria, teniendo como base la concepción de sermo ornatus.8 Y así perdura durante el desarrollo de toda la civilización occidental hasta su total descrédito y desaparición de los planes de enseñanza.
Todavía las primeras décadas de nuestro siglo conocieron las clases de retórica. Restos del siglo XIX. No es difícil acercarse a una librería de viejo y encontrarse todavía libros del siglo pasado para el estudio en los institutos de bachillerato que se titulan así: Compendio de Retórica y Poética ó Nociones Elementales de Literatura por D. José Coll y Vehí, catedrático por oposición del Instituto de San Isidro de Madrid, publicado en 1880 (8ªedición) en la Imprenta Barcelonesa. O bien, para los estudiantes universitarios, textos como Curso Elemental de Retórica y Poética. Retórica de Hugo Blair.- Poética de Sánchez. Testos […] ordenados, corregidos, y adicionados con un tratado de versificación castellana y latina, por D. Alfredo Adolfo Camus, profesor de la Universidad de Madrid, publicado en la Imprenta Rivadeneyra, 1847.
Lo que primero llama nuestra atención es la unión entre retórica y poética, la equivalencia entre retórica y literatura. La clave está ya en la Antigüedad, cuando la retórica dejó de ser la disciplina útil en política, la que preparaba al muchacho griego o romano para su actuación pública, y pasó a convertirse en un simple inventario tropológico que embellecía las conferencias, los discursos de la cultura. La Weltanschauung que fue la retórica en su origen, el prodigioso mecanismo de confección del discurso persuasivo, con sus distintas operaciones inventiva, dispositiva, elocutiva, memorística y actuativa, quedó reducida a la tercera operación, la elocutiva. Perdido el carácter de estructura textual-pragmática, cuya finalidad era la persuasión política, la retórica pudo denominarse retórica literaria.
Pero no voy a desautorizar este aspecto de la retórica. Por el contrario, quiero señalar hasta qué punto su desaparición de la enseñanza pública ha ocasionado carencias importantes y lagunas de comprensión de ciertos aspectos de la escritura literaria. Ha permitido que tengamos una noción pobrísima de lo que sea escribir. Ha propiciado la confusión en el mundo de la creación literaria, haciendo indistinguible lo que es un producto del ars de lo que es un producto del genio creador.
Para comenzar la reflexión sobre este particular, traigo aquí ante Uds. unas palabras del poeta Luis Cernuda —que se encuentran en su hermosísimo y muy lúcido escrito autobiográfico Historial de un libro — donde comenta de esta forma sus primeros contactos con la poesía:
"Nada sabía acerca de lo que era un verso, ni de lo que eran formas poéticas; sólo tenía oído o, mejor dicho, instinto del ritmo, que en todo caso es cualidad primaria del poeta. La idea de escribir, y sobre todo la de escribir versos, [...], suscitaba en mí rubor incontrolable, aunque me escondiera para hacerlo y nadie en torno mío tuvo noticia de tales intentos. Ello debió ocurrir hacia septiembre de 1916, y pocos meses más tarde, siguiendo la asignatura de retórica y preceptiva literaria, en el cuarto año de bachillerato, el padre escolapio (estudié con los escolapios) que nos enseñaba esa materia, al ocuparse de la décima nos pidió que compusiéramos una".9

El testimonio de primera mano es valiosísimo. Ante todo nos confirma (lo que no sería difícil por otra parte yendo a los planes de estudio de esa época) la existencia en el bachillerato español de principios de siglo de una asignatura de retórica relacionada con la preceptiva literaria. Pero lo realmente notorio del testimonio aducido es que un gran poeta como Luis Cernuda reconoce la importancia de este episodio en su evolución poética.


Pese al absoluto descrédito que llevó a eliminar la retórica de los planes de estudios que hoy conocemos, lo que podemos llamar retórica literaria aparece como uno de los detonantes de la vocación poética de uno de los más destacados poetas de nuestro siglo XX. La retórica, tal y como se entendía en estas clases de bachillerato de aquellos años, parece estar muy cerca del viejo concepto de ars dictaminis medieval 10. Hoy nos cuesta trabajo, hijos como somos de nuestra actual enseñanza, entender el arte de escribir como algo que va más allá de lo que aprendemos de nuestros maestros en las escuelas: la corrección gramatical de la escritura, sin mayores complejidades. Lo demás es literatura. Quiero decir que existen para el parecer moderno sólo dos estadios en el arte de la escritura. El primero es aprender a escribir y el otro es ser escritor. Y entre uno y otro se encuentra el abismo insalvable de la creatividad, del don especial que no a todos le es concedido. Esto es un tremendo punto negro de nuestra actual enseñanza, aunque empieza a clarear y no es ajeno a ello el interés actual renovado por la Retórica. No sólo durante la Edad Media (donde llegó a extremos grados de virtuosismo) sino aun en los comienzos de nuestro siglo, la escritura todavía era un arte a aprender, en sus distintos niveles (distintos grados de complejidad), por todos los estudiantes. Y es que no basta con aprender a garabatear las letras, unirlas y luego componer frases correctamente, estructurando temas con un léxico más o menos amplio, utilizado con propiedad. Si esto ya es mucho y nos sentiríamos contentos muchos correctores de exámenes con tales logros, el arte de escribir es algo que va más lejos. El hombre culto debe saber otros registros del arte, como el construir versos y componer estrofas. Esto no quiere decir que todos los conocedores del arte sean poetas. Gracias a este modo de entender el arte de la escritura podemos comprender que muchos hombres de cultura de siglos pasados escribieran sonetos prologales a libros de amigos o conocidos, que otros muchos participaran en concursos de academias poéticas, sin que ello significara algo más que un juego culto, nacido de su gusto por poner en actuación sus distintos saberes del arte de la escritura. Sólo una concepción romántica del poeta, similar a la platónica en relación con la locura y la profecía, acabó echando un velo de confusión sobre todo esto.
No han sido pequeñas las consecuencias prácticas de esta pérdida. Para la teoría de la literatura ha sido un extraordinario logro superar el viejo predomino del ars (la técnica, las normas) sobre el ingenium (el genio creador, el principio creativo, la creatividad natural). Durante siglos el pensamiento en torno a la literatura había privilegiado el ars (la técnica) frente al ingenium (genio natural), así como la res (el asunto, los temas literarios) frente a las verba (el lenguaje especial, literario) y el docere (la enseñanza) frente al delectare (placer estético). Pero en el terreno de la enseñanza esa asimilación de obra literaria a genio creador, natural, ajeno a cualquier constreñimiento de aprendizaje técnico, ha conducido a un error hoy muy extendido a la hora de apreciar un producto literario. El hombre culto de hoy en día no sabe distinguir un producto bien escrito de un producto literario. Ello se ha puesto de manifiesto especialmente con la nueva generación de escritores, sobre todo poetas, que ofrecen unos productos con versos perfectos, con un cuidado técnico como apenas hemos visto en sus predecesores (más desaseados y desasidos en su escritura). Y muchos de estos productos correctos, de buena factura, pero sin voz, sin aportación nueva al panorama literario, están siendo juzgados como creación poética o literaria.
Si sus jueces hubieran conocido una escuela en la que hubieran aprendido la técnica del soneto y de la décima, como Luis Cernuda en su época, si hubieran conocido la posibilidad de escribir con hermosas metáforas, habrían aprendido de paso que ser capaz de escribir en cualquiera de los niveles de cultura no quiere decir necesariamente que se sea poeta o narrador; y estos errores, estas confusiones de última ornada no se habrían dado.
La confusión perdura, porque estamos asistiendo al asombroso hecho de los talleres literarios, una serie de cursillos dados por personas más o menos prestigiosas del mundo de las letras y de la cultura, a los que se apuntan gentes ansiosas por convertirse en un nuevo García Márquez o similares.
Si se retomara la Retórica, naturalmente en adaptación reflexiva apropiada para nuestro tiempo, los nuevos escolares estarían en condiciones de desentrañar el nudo del confusionismo al que me acabo de referir. Pero la retórica es mucho más y su utilidad va más lejos. Dejando al margen su relación (estrecha por tradición) con la literatura, el alumno se vería enfrentado a la construcción de unos textos discursivos en los que, en el más complejo de los casos (desatiendo los de alabanza o vituperio), habría de argumentar a favor o en contra de una causa pasada o futura, atendiendo en primer lugar a la causa en sí, lo que lo obligaría a una investigación exhaustiva sobre el asunto y a contemplarlo meditadamente desde todos los puntos de vista posibles o al menos los que a él se le ocurrieran. Después tendría que elegir los mejores argumentos y ordenarlos para su mayor impacto en el auditorio. Una serie de estrategias discursivas le obligarían a ganarse la benevolencia y la permanente atención de su público. Y finalmente se vería obligado a memorizar su trabajo y a ponerlo en acto atendiendo cuidadosamente a los gestos y a las inflexiones de voz. Todo un poderoso mecanismo que para dominarlo en su totalidad requiere abundante práctica y poner en ejercicio todas las dotes humanas, intelectuales y de relación social.
Recuerdo que habiendo dado un curso de doctorado en el que se encontraba una estadounidense de Texas, se maravillaba de que todos estos aspectos del ejercicio retórico vinieran de tan antiguo, pues ella había hecho prácticas similares en la escuela sin saber su procedencia. La tradición democrática americana ha propiciado estas prácticas sociales que, sin embargo, se han perdido en Europa desde hace siglos o jamás han existido en las escuelas. Quizás un último reducto, casi intuitivo y trasladado al oído de maestros a discípulos, se ha podido encontrar en el mundo de los abogados.

RETÓRICA Y RELATIVISMO: SOBRE EL CONOCIMIENTO


La última reflexión me permite entrar en el segundo ámbito al que también me refería al comienzo de esta reflexión. Los estudios retóricos tienen, o pueden tener, implicaciones más profundas que las de confección de un sermo ornatus, un discurso adornado. Para hablar de ello haré como los saltadores, iré hacia atrás para tomar impulso.
Recordaré brevemente que en tiempos muy lejanos, con la democracia ateniense y sus secuelas, la retórica gozó de un esplendor inmenso. Puede bastarnos para entenderlo mejor una anécdota relacionada con la lejana India, un lugar que incluso hoy sigue pareciendo lejano para quienes vivimos en el frenético mundo de las comunicaciones aerodinámicas. Pues bien, en esa India se sitúa la anécdota sobre la preponderancia de la retórica a la que me refiero. Era en torno al 300 antes de C., tras la conquista de Alejandro. A partir de ese momento se había roto el muro de separación entre Oriente y Occidente. Seleuco Nicator intentó repetir las hazañas de su magno antecesor pero sólo consiguió casar al rey indio Chandragupta con una princesa griega. Fue precisamente el hijo de este matrimonio, Bindusara, el protagonista de nuestra anécdota: Bindusara mantuvo una entretenida correspondencia con Antíoco I. Y en sus cartas le fue pidiendo los más variados caprichos para conocer el mundo occidental: primero que le enviara muestras de vino griego, luego uvas, pero la más sorprendente de todas sus peticiones fue que le proporcionara un sofista que le enseñara a argumentar. Antíoco le fue mandando gustoso todas las peticiones, pero lamentó —como le dijo, no sin ironía— no encontrar en toda Grecia un modo adecuado de comerciar con los sofistas. La sabrosa anécdota nos pone en la pista de la importancia alcanzada por la escuela sofista. Su fama había llegado a los confines del mundo.
Aunque este esplendor de la retórica fue efímero, su permanencia en la civilización occidental, y también dentro de los programas de estudio, ha sido tan larga que llegó, aunque trastabillando —como ya hemos visto—, hasta los albores del siglo XX. Aunque, eso sí, ya totalmente desacreditada. En el uso de la calle se siguen utilizando frases que indican ese descrédito. Cuando se dice "eso es pura retórica", se hace referencia a una expresión vacía. De "demasiado retórica" se suele calificar a una persona ampulosa en el decir. Con la frase "es una manera retórica de hablar", se advierte a quien escucha una expresión inexacta o falsa o exagerada. Podemos, por tanto, asegurar que en los niveles expresivos habituales o populares, el empleo del término retórica sigue equivaliendo en la actualidad a lo que frases como las anteriores nos muestran. Estas acepciones vulgares del término tienen su más cercano origen en la ampulosidad de los políticos del siglo XIX, tipo Castelar, a los que ya siempre se ha asimilado el entendimiento del discurso retórico. Este descrédito decimonónico alcanzó también a la enseñanza.
Ese descrédito de la retórica venía arrastrándose desde el siglo XVII, apenas recuperada (como tantos otros logros del Clasicismo) por los humanistas del siglo XVI. La institución eclesiástica, que hizo gran uso del poder de la retórica en su variedad sermonaria, siempre se mostró reticente con una disciplina que enseñaba el poder ilimitado de la palabra. Temía que en manos de los impíos, tan gran poder de convicción llenara el infierno de incautos que se hubieran dejado seducir por los obradores del mal. Un estupendo ejemplo de este temor eclesiástico queda plasmado en una de las grandes novelas del género goticista, El monje de Lewis. Allí un predicador sagrado de verbo encendido, de elocuencia arrolladora, es seducido por el reverso oscuro de la fuerza. Y acaba en brazos de Satán, despeñándose por Despeñaperros. Esta idea de que lo bueno y lo malo son dos caras de la misma moneda perdura en nuestra más reciente mitología. Acabo de utilizar una expresión que habrá recordado sin duda a todos la famosa trilogía, siempre renovada en las carteleras cinematográficas, de La guerra de las galaxias.
El mal anida siempre en los lugares de fe. Es donde más daño puede hacer. Es donde tiene que estar, para ganar terreno. Es donde teológicamente se le respeta. Esta es la idea predominante en el siglo XVII con respecto a la elocuencia, instrumento maravilloso de doble filo, utilizado por unos y otros. La elocuencia es un arrollador modo de seducir para el bien a los comunes mortales, pero esa arma se puede volver en contra. Los líderes más destacados de la cruzada del bien pueden ser mañana los abanderados de las sombras. Así le sucede al monje de nuestra novela, y al oscuro personaje del Imperio galáctico, Lord Vader. ¡Látima que en este último caso su verbo no lo acompañe!
En muchas ocasiones los diablos aparecen como consumados oradores, así sucede en El paraíso perdido de Milton. Y el momento fundacional para el cristiano de la elocuencia de perdición es el momento de la caída de Eva en el Paraíso terrenal. La serpiente-Satán es allí el orador por excelencia, al servicio del engaño. Hay una ocasión en la que Milton recrea los pasatiempos del Infierno cristiano asimilando el pasado homérico y virgiliano. Los ángeles caídos se emplean ociosos en diferentes placeres. Unos cantan con angélica voz, otros, en dulce charla razonan sobre diferentes asuntos teológicos. Y entonces hace un inciso interesantísimo Milton:
“For Eloquence the Soul, Song charms the Sense” (II: 556)

(Por la elocuencia el alma se encanta, por la música el sentido)



La elocuencia encanta al alma y la música a los sentidos. He aquí el gran peligro de la retórica, que es un arma puesta en manos del hombre. De igual manera que enseñamos a utilizar una pistola a alguien con la esperanza de que la utilice tan sólo para defensa propia y de los otros, igualmente el profesor de retórica pone el arma poderosa de la persuasión discursiva en manos de sus discípulos. Pero siempre queda la duda respecto al buen uso. ¿Quién asegura la buena catadura moral de todo aprendiz de hombre? Este problema moral está en la base de toda reflexión sobre retórica y educación.
Esta visión negativa de la retórica no es hija de la Era Cristiana. Tiene su fundacional territorio en la vieja polémica de la Clasicidad entre filósofos y retóricos: Entre los que Fish da en llamar homo seriosus y homo rhetoricus 11. Son dos actitudes radicalmente distintas de tomar posición ante el mundo, dos maneras radicalmente distintas de ser. El primero de ellos, el homo seriosus, el que (para que todos nos entendamos) es el hombre filosófico, parte de una realidad existente ahí fuera, objetivable, observable y mensurable, ajena a nuestros yoes; una realidad objetiva, posible objeto de nuestro estudio; un ahí fuera sobre el cual se puede confeccionar un metadiscurso definitivo que explique su realidad única. En realidad todos nosotros, por nuestra enseñanza, somos hijos del gesto filosófico que separa el mundo para observarlo, para analizarlo y después construye sus discursos de verdad sobre ese mundo. Y aunque conocemos una historia de las ciencias (medicina, física, química, astronomía) que constantemente está teniendo que cambiar sus pretendidas explicaciones definitivas sobre la parcela del mundo que intenta explicar de manera absoluta; aunque estamos insertos en esa torpeza humana que siempre se opone a cualquier renovación de ideas (ideas que a la postre y a regañadientes siempre hay que asimilar desechando lo caduco, lo obsoleto, por inservible); a pesar de ser hijos de esa historia, seguimos creyendo en el gesto aristotélico, en esa posibilidad de encontrar la verdad absoluta y de exponerla en una forma comunicativa definitiva. Creyendo en consecuencia que la forma de comunicar y lo que ya existe de por sí antes de ser comunicado de esa forma son cosas distintas.
Haré un inciso que es básico para entender la clave de la relación entre retórica y enseñanza. Como podemos observar, el planteamiento está en relación directa con el problema del conocimiento.12 Y el modo de plantearse el conocimiento está en relación directa con la enseñanza de una comunidad. No es, pues, un asunto neutro.
Para entender mejor esto último voy a poner un ejemplo de actualidad. La polémica reciente entre los científicos por el hallazgo de un eje que orienta al universo. Dos investigadores, uno de la Universidad de Rochester y otro de la de Kansas, Borge Nodland y John Ralston, han observado que el espacio no es homogéneo, que el universo tiene una orientación que está determinada por un eje absoluto, una especie de estrella norte cosmológica que lo orienta, lo que afecta a la forma en que la luz se propaga por el cosmos. Esto lo han observado al detectar un efecto desconocido (un efecto sacacorchos, similar al ya conocido efecto Faraday) en las ondas de radio (procedentes de puntos lejanos y distantes entre sí) de 160 radiogalaxias. Si esto es así, la vieja idea de la simetría de la gran explosión primigenia que originó el universo (el Big Bang) resulta caduca. Existen motivos ya para pensar —opinan estos científicos— que quizá se produjo entonces un giro en el espacio-tiempo que aún perduraría como un rizo de no uniformidad. Esta línea especulativa nos conduciría a las primeras evidencias científicas sobre la existencia de universos paralelos.
Este ejemplo tan actual resulta muy oportuno para meditar sobre el planteamiento fundacional del homo seriosus. Para él existe un ahí fuera previo a la representación comunicativa. La pregunta nuestra ahora es: ¿qué es ese ahí fuera? Nosotros, los humanos, sólo hemos vivido bajo concepciones determinadas de ese ahí fuera, de lo que llamanos la realidad, la realidad exterior. En el caso de nuestro ejemplo, la pregunta se concreta en: ¿qué es el universo? ¿Lo que pensaba Einstein? ¿Lo que hoy consideran Nodland y Ralston?
Nosotros somos los alimentados a los pechos de la concepción filosófica. Somos los sucesores de unos hombres que implantaron en la base de su pensamiento y de su actuación un axioma quizás tan ingenuo como eficaz: existe una realidad previa a nosotros, una verdad única que podemos llegar a conocer y a comunicar, es decir, a representar por medio del lenguaje.
Frente a esta concepción del homo seriosus nos encontramos con la del que podemos llamar homo rhetoricus. Para él la manera de representar y lo representado vienen a ser la misma cosa. Volviendo a nuestro ejemplo, el universo es lo que la evidencia científica de cada momento nos muestra. La verdad entonces se sitúa también en un eje espacio tiempo, se relativiza; es la verdad de un momento y de un lugar, de unos hombres, de una sociedad determinada. Pasemos ahora, por dar un ejemplo de otro campo, al discurso de la medicina. El hombre fue ese conjunto de humores que consideraban los médicos de la Antigüedad y el hombre es ese armazón de músculos, fluidos, huesos, que propone la medicina mecanicista. Lo estupendo de nuestro siglo es que han empezado a convivir discursos que construyen realidades distintas. Así es posible que una concepción mecanicista del ser humano conviva con la acupuntura milenaria. Lo importante a la postre es que la gente sane de sus enfermedades, bien sea uno o bien sea otro el discurso de la curación. Y en este punto de la utilidad volvemos a enganchar con la vieja retórica. El fundamento del hombre retórico está en la utilidad. Cada vez que construía un discurso de verdad para un tiempo y un lugar tenía in mente la utilidad social de ese establecimiento. Si era capaz de construir la verdad más apropiada para el momento político en que hablaba, esto pasaba por la capacidad de persuasión de su auditorio.
Es necesario llegados a este punto que pensemos que la retórica nació en la democracia y sólo en un ámbito democrático tiene sentido ese modo de ser el hombre. Tres circunstancias permiten el auge de la sofística: la Liga de Delos (durante la cual los tribunales atenienses tenías que juzgar sobre asuntos importantes de ciudades ajenas, que componían dicha liga), la pujanza económica y, la más destacada y decisiva, la democracia. Un modo de ser relativista quiere decir no dogmático, no impositivo, quiere decir no elitista. Porque la creencia en verdades absolutas lleva consigo el dogmatismo, la imposición de unas ideas, la eliminación en consecuencia de todas las que sean contrarias a las concebidas como buenas definitivamente. Desde el ejercicio de la verdad absoluta se puede destruir al contrario, se puede aniquilar su obra. Además las personas que ejercen de iluminados, consideran a los demás masa, seres inferiores, corderitos a llevar por buen camino, a conducir al redil.
La polémica entre filósofos y retóricos (sofistas) concluyó históricamente con el triunfo de los filósofos; y no sabemos si, en parte, por eso nuestra historia occidental está plagada de incomunicación, de atrocidades, de incomprensión, de intolerancia. Hay guerras de religión, hay eliminación de todo lo que se consideró heterodoxo, hay salvajes mecanismos inquisitoriales. A todo eso dio origen la bienintencionada búsqueda socrática de unas verdades con mayúscula, de unos conceptos definitivos en materia de pensamiento, de ética, de política y hasta de metafísica.
Como sucede siempre con los vencedores, se elimina cualquier resto expresivo de los vencidos: se les persigue, se les silencia, se les destruye. Y se da una visión negativa (falseada, acomodada a los intereses dominantes) de lo que aquéllos fueron. En realidad así sucedió con los viejos sofistas. Casi nada se nos conserva de lo que escribieron. Los fragmentos que tenemos se encuentran en escritos de sus enemigos. Como sucede con ciertos herejes cristianos. Si queremos escuchar las palabras del hereje Celso, tendremos que buscarlas en el tratado que contra él hizo Orígenes, el Contra Celso. Igualmente las palabras de Protágoras, de Gorgias, de Hipias, de Critias hay que buscarlas en los escritos platónicos o en los de cualquier otro filósofo. La gran retórica que nos queda de la Antigüedad la hizo un filósofo, Aristóteles, un encarnizado detractor de la retórica en su juventud. Pensemos en su diálogo Grilo donde negaba a la retórica la cualidad de arte. Nuestro Quintiliano, tan profesoral y ecuánime, se indigna con la incoherencia aristotélica (si bien es cierto, que lo hace sin tener en cuenta que hay en Aristóteles una importante evolución histórica a este respecto). Dice Quintiliano:
"Aristóteles [...] ha imaginado en su Grilo algunos argumentos, característicos de su sutilidad, contra la elocuencia; pero ha escrito tres libros sobre retórica, y en el primero no sólo la hace un arte, sino que también le asigna una pequeña parte del domino de la política y de la dialéctica" (II.17.14).

Fiel a su maestro, como nos recuerda Tovar 13, en aquel diálogo de juventud, Aristóteles pensaba que los oradores no buscaban más que agradar y no con buenas artes a sus oyentes. Es el espíritu de la Academia platónica contra la retórica, cuyo texto definitivo es el Gorgias. Es el comienzo de una larga polémica en la que a la retórica se le niega el pan y la sal. Se dice que carece de campo propio, que se mueve en el terreno de la opinión y no de la verdad, y sobre todo ello se alza el inconveniente moral: es capaz de defender opiniones opuestas sobre cualquier punto.


Resulta realmente asombroso constatar cómo una imagen simplista de los sofistas ha pervivido durante tantos siglos. Si bien es lógico, dado el minucioso barrido que se hizo de sus testimonios directos y la nube de ceniza que cayó sobre sus cabezas por parte de los filósofos, triunfantes en la polémica. Cuando de mediar en una polémica se trata, es necesario atenerse al principio metodológico de escuchar a las partes. Pero en la polémica entre filósofos y sofistas es imposible oír la voz de los sofistas. Quisiera mostrar un punto solamente de este malentendimiento secular respecto a lo que era la postura sofista: su venalismo. Me resulta asombroso cómo se ha abusado de ese aspecto. Se nos ha enseñado en la escuela (academicista, aristotélica), considerándolo como algo aberrante, que los sofistas eran unos venalistas, que cobraban por sus enseñanzas. Y se nos ha enseñado desde la postura puritana de un Sócrates platónico entregado a la educación de a los jóvenes con la abnegación de una madre Teresa de Calcuta del Paganismo. Sin embargo, visto desde nuestros días, los sofistas fueron los primeros que dignificaron el trabajo del enseñante. Hoy día todos clamamos por un sueldo digno para el trabajador de la enseñanza. Nuestra sociedad, sin embargo, hija al parecer todavía de esa visión socrático-platónica, considera en amplios sectores que los maestros y profesionales de la enseñanza de todos los niveles somos una especie de seres etéreos que podemos vivir del aire. El hombre retórico, nacido de la democracia ateniense, entregado a la labor de construir una sociedad justa, con normas útiles para su momento y su ciudad, es un avanzado de nuestros logros sociales.14 Sin embargo, durante siglos, muchos escolares hemos aprendido la palabra "venalismo" al estudiar el episodio nefasto de los sofistas de la Antigüedad.
Podemos decir, resumiendo, que lo que llega a nuestros días de esta historia que arrastra a lo largo de siglos de cultura occidental es el general prejuicio según el cual la retórica, la disciplina por excelancia de los sofistas, no es más que un conjunto de recursos literarios puestos al servicio de un discurso de persuasión, cuyo objetivo es conseguir el éxito por encima de cualquier valor de carácter intelectual o moral. Si esto es así, sin duda en nuestra actualidad contamos con un discurso que cumple ese perfil, el de la publicidad.
La retórica inición su recuperación con los estudios historicistas de los filólogos clásicos germanos (Lausberg, Martin y demás) pero la verdadera línea de interés en la recuperación retórica moderna hemos de buscarla en el curso que impartió sobre retórica en Basilea el filólogo, filósofo y finalmente poeta Friedrich Nietzsche 15. Creo que el renacimiento del interés retórico en las últimas décadas de nuestro siglo se inserta en una corriente de pensamiento que los italianos han dado en llamar pensiero debole y que, como ya he mencionado, tiene su primera manifestación moderna en la persona de Nietzsche. Frente al pensamiento fuerte, racionalista, que nación con Platón y Aristóteles y culmina con Kant, existe una línea de pensamiento débil, de relativismo cultural, que tiene sus primeras manifetaciones modernas en las Clases sobre la Filosofía de la Historia de Hegel o en la hermenéutica de Dilthey, pero fundamentalmente en la obra de Friedrich Nietzsche. Toda esta línea de pensamiento nos muestra la relación de los textos con el sistema cultural que lo sustenta, la dificultad de afrontar un texto de un sistema cultural determinado por un sujeto-lector de otro sistema cultural distinto, la necesidad de una ciencia de la interpretación histórica que nos permita interpretar las realidades cambiantes en las formas de vida ajenas y la dificultad de establecer esta ciencia hermenéutica (Gadamer, Verdad y método16).
Frente a lo que fue el inmanentismo de los formalismos del siglo XX, último episodio del pensamiento aristotélico, los textos ya no se valoran por sí mismos, se consideran integrados en un proceso histórico (de alguna manera los marxistas eran los únicos que lo habían propuesto ya antes). El nuevo enfrentamiento al complejo hecho de la lectura pone de manifiesto las paradojas y dificultades propias del lenguaje como tal, y también de las relaciones de éste con la experiencia, la historia, la política y la verdad. Nietzsche fue el primero en ver modernamente el lenguaje como constructor de discursos sociales y políticos, morales y religiosos, de ciencias sobre el mundo y de metafísicas sobre el más allá, todo ello como basura logocéntrica para sustentar ciertos poderes, para fortificar ciertos conceptos que interesaba consolidar como verdades definitivas. Nietzsche va a ser el primero en desenmascarar estas añagazas del lenguaje moral, político, filosófico, científico, de siglos. Nietzsche va a ser el primero en proponer un lenguaje metafórico frente al lenguaje de los conceptos, un lenguaje de significados movibles frente al lenguaje de significados solidificados. Por eso pasa de ser un filólogo a ser un filósofo y finalmente se convierte en un poeta. El lenguaje creador es el único que acaba interesándole, como el único trasunto de la vida humana: un juego de máscaras. En esta línea van a embarcarse las mentes más lúcidas de nuestro siglo, como Heidegger, que acabó parándose a oír al ser que nos habla en las poesías de Hölderlin.
Uds. dirán que ya está bien de excurso, que si nos hemos vuelto a olvidar de la retórica y la enseñanza. Justamente todo lo contrario. El lenguaje que proponen los actores de este drama que destruye el logocentrismo de siglos (que nos ha pesado como una losa) es el lenguaje que resulta familiar al viejo retórico y sus planteamientos relativistas están en la misma médula de la enseñanza. La vieja disciplina retórica tenía las siguientes cualidades:
- Permitía construir el discurso de la verdad de un tiempo y un espacio determinados, el discurso de lo que era más útil para una sociedad dada.
- Nos ofrecía los mecanismos de esa relojería: el mecanismo preciso para dar la hora social. Es decir, la capacidad para desmontar discursos espurios, equívocos, inapropiados, contraproducentes.
Tras siglos de pensamiento fuerte, es decir de discursos de verdad absoluta, el discurso retórico se había refugiado en la literatura, para bien y para mal. Por tanto no era el discurso florido que se entendía generalmente por lo retórico: ¡Espejismo!. El discurso de progenie retórica era en realidad el discurso de la poesía o el de la tragedia antigua que quiso rastrear Nietzsche en su tiempo tropezando con Wagner. El único que se escapaba de ese encorsetamiento conceptual que nos constreñía el pensamiento, la ética y la religiosidad del alma. Es ahí, a la expresión dionisíaca de la poesía, a donde van a buscar sus modelos expresivos hombres como Nietzsche, Heidegger, Bataille, Paul de Man. Paul de Man atiende a la literatura en su batallar por la verdad, pues para él la literatura es un campo de lucha en el que la verdad y la mentira se enfrentan, donde no hay luces sin sombras, y donde se ponen de manifiesto los escamoteos expresivos de la historia, la política y las sociedades para con la verdad plural. La experiencia que surge de nuestro atento atender a los textos literarios -a su autorreflexión- es siempre la huida de presencias absolutas. A este atento detenerse en la batalla que se lleva a cabo en el texto podemos llamarlo su concepto de desconstrucción (el de Paul de Man). Y los textos autorreflexivos son textos retóricos, contrarios a los textos que no lo son. Son textos conscientes, con autocontrol, con autoconocimiento del propio lenguaje. El retoricismo lo ve de Man como esa vocación del lenguaje que le impide cumplir su otra vocación: el deseo de presencia, de verdad como inmediatez. Es la historia de una contradicción, como lo es la unión nietzscheana de lo apolíneo con lo dionisíaco.17 Pero de Man, con Nietzsche y no con Derrida, cree en la lucidez, respecto a sus propias tensiones, del texto literario, o retórico, que viene a ser lo mismo para él. No necesitamos de un filósofo para mostrar la imposibilidad del sentido objetivo. El propio texto muestra esa dificultad y consigue ser lo más verdadero entre todos los discursos, por ser literario, es decir, por tener naturaleza retórica, que viene a ser lo mismo. 18
Reimplantar en las escuelas una concepción abierta, donde los hombres se sientan todos iguales a la hora de pensar su mundo, de concebir sus leyes de comportamiento social y personal, en un equilibrio perfecto con el respeto a su profesores, es tan hermoso como peligroso, tan utópico como necesario. Permítaseme terminar con la misma reflexión con la que culminé la segunda edición de mi libro El hijo de la persuasión:
Al finalizar el siglo XX, el siglo de la técnica, el siglo de las dos fuerzas dinámicas amorales: el dinero y la razón, como decía Camus; cuando se ha perdido el valor de la palabra y los mejores pensadores han roto su relación con la filosofía —“cuando algún exégeta habla de «mi filosofía», no puedo sino turbarme, porque tengo la misma relación con un filósofo que la existente entre un guerrillero y un general de carrera” (E. Sábato, Antes del fin, Barcelona, Seix Barral, 1999, p. 89)—; […] la retórica nos devuelve a la palabra viva, […] se hace aliada de la expresión de los intereses del hombre en su momento.

Este reencuentro con la vida tiene que fructificar necesariamente en la enseñanza.


Si el relativismo cultural, nacido de las ideologías extenuadas, nacido cuando “poderes mediocres, que pueden destruirlo todo, no saben convencer” —una vez más Sábato (Sábato, 1999, p. 101)—, nos muestra la cara más terrible de la retórica (publicidad, economía, política); la retórica es, sin embargo, principalmente signo de la superación de la amoral razón, de la entelequia científica, de la necesidad de encontrarnos con un lenguaje de la calle, un lenguaje del día a día, de nuestro presente, el único tiempo con que contamos y en el que se insertan todos nuestros problemas. 19

Cuando este planteamiento sea guía de la enseñanza, se habrá asentado la verdadera democracia en el corazón del hombre.




1 Este artículo fue concebido originalmente como conferencia (para el ciclo de conferencias dirigido por el Prof. Dr. Antonio López Eire en la Universidad de Salamanca en noviembre de 1999) y mantiene algunos de los rasgos de su oralidad.

2 Cf. A. García Berrio, "Il ruolo della retorica nell'analisi/interpretazione dei testi letterari", Versus, 1983,p.p. 35-36; A. García Berrio, “Retórica como ciencia de la expresividad (Presupuestos para una Retórica General)”, Estudios de Lingüística. Universidad de Alicante, 2, 1984; A. García Berrio, Teoría de la Literatura (La construcción del significado poético), Madrid, Cátedra, 1994.

3 Cf. T. Albaladejo Mayordomo, Retórica, Madrid, Síntesis, 1989; T. Albaladejo Mayordomo, “Polyacroasis in Rhetorical Discurse”, The Canadian Journal of Rhetorical Studies, 9, 1998; T. Albaladejo Mayordomo, “Retórica y oralidad”, Oralia, 2, 1999; T. Albaladejo Mayordomo, “Polifonía y poliacrosis en la oratoria política. Propuestas para una retórica bajtiniana”, en: F. CORTÉS GABAUDAN, G. HINOJO ANDRÉS y A. LÓPEZ EIRE (eds.), Retórica, Política e Ideología. Desde la Antigüedad hasta nuestros días, Actas del II Congreso Internacional de Logo, vol. III, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2000; T. Albaladejo Mayordomo, “Retórica en sociedad: entre la literatura y la acción política en el arte del lenguaje”, en: E. de MIGUEL, M. FERNÁNDEZ LAGUNILLA y F. CARTONI (eds.), Sobre el lenguaje: miradas plurales y singulares, Madrid, Arrecife-Universidad Autónoma de Madrid-Instituto italiano de cultura, 2000; T. Albaladejo Mayordomo, “El texto político de escritura periodística: la configuración retórica de su comunicación”, tomas.albaladejo@uam.es , 2000; T. Albaladejo Mayordomo, y F. Chico Rico, “La intellectio en la serie de las operaciones retóricas no constituyentes de discurso”, en: T. ALBALADEJO, F. CHICO y E. DEL RÍO (eds.), Retórica hoy, Teoría/Crítica, 5, 1998. T. ALBALADEJO MAYORDOMO, E. del RÍO y J. A. CABALLERO (eds.), Quintiliano: Historia y actualidad de la Retórica, Actas del Congreso Internacional conmemorativo del XIX Centenario de la Institutio Oratoria, Logroño: Instituto de Estudios Riojanos, 3 vols, 1998; T. ALBALADEJO MAYORDOMO, F. CHICO RICO y E. DEL RÍO (eds.), Retórica hoy, Teoría/Crítica, 5, 1998.


4 Cf. H. Lausberg (1975), Manual de retórica literaria. Fundamentos de una ciencia de la literatura, Madrid, Gredos, 3 vols., 1975; H. Lausberg, Elementos de Retórica Literaria, Madrid, Gredos, 1983.


5 Cf. J. Martin, Antike Rhetorik. Technik und Methode, Munich, Beck, 1974.


6 Cf. López Eire, A. (1995), Actualidad de la retórica, Salamanca, Hespérides, 1995; A. López Eire, "Retórica antigua y retórica moderna", Humanitas, XLVII, 1995; A. López Eire, La retórica en la publicidad, Madrid, Arco/Libros, S. L, 1998; A. López Eire y J. de Santiago Guervós, Retórica y comunicación política, 2000.


7 Cf. H. E. Plett, “Retórica”, en: T. A. van dijk (ee.), Discurso y Literatura, Madrid, Visor, 1999, p. 80.

8 Una didáctica exposición de este proceso lo encontramos en el clásico libro de J. J. Murphy (ed.), Sinopsis histórica de la retórica clásica, Madrid, Gredos, 1988, capítulos V y VI.

9 L. Cernuda, Historial de un libro, en: L. Cernuda, Prosa I, Madrid, Siruela, 1994, p. 626.

10 Cf. Ernst Robert CURTIUS, Literatura europea y Edad Media latina, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, p.p. 217-224. Cf. el número “The Waning of Medieval Ars Dictaminis” de la revista Retórica, 19, 2, 2001.


11 Cf. S. Fish, Práctica sin teoría: retórica y cambio en la vida institucional, Barcelona, Destino, 1992.


12 Son muchos los trabajos actuales sobre este particular. Remitiré sólo a dos de los más recientes e importantes que se encuentran en nuestras librerías: la compilación de J. M. Sevilla Fernández y M. Barrios Casares, Metáfora y discurso filosófico (Madrid, Tecnos, 2000) y el libro de H. Blumemberg, Las realidades en que vivimos (Barcelona, Paidós, 1999).

13 Cf. A. Tovar, “Introducción” a Aristóteles, Retórica, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1971, p.p. XXII-XXIV.

14 La reivindicación de los sofistas ha venido con la nueva retórica. Hace medio siglo eran impensables textos como el de Jacqueline de Romilly, Los grandes sofistas en la Atenas de Pericles. Una enseñanza nueva que desarrolló el arte de razonar, Barcelona, Seix Barral, 1997.

15 Cf. F. Nietzsche, Escritos sobre retórica, Madrid, Trotta, 2000.

16 Cf. H. G. Gadamer, Verdad y método, Salamanca, Sígueme, 1977.

17 Cf. D. Pujante, Un vino generoso (Sobre el nacimiento de la estética nietzscheana, 1871-1873), Murcia, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia, 1997.

18 Cf. P. de Man, Resistencia a la teoría, Madrid, Visor, 1990, pp. 177ss.

19 David Pujante, El hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico, Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 1999, p.p. 316-317.





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