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El lugar de la incomodidad o el desvío en la encrucijada. Los papeles personales de Rodolfo Walsh


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El lugar de la incomodidad o el desvío en la encrucijada.

Los papeles personales de Rodolfo Walsh.


Carolina Castillo

Universidad Nacional de Mar del Plata

castillo@mdp.edu.ar

De noche no sueño más que con los turbios engranajes de la revolución en la que me he sumergido como en un sueño. Siento a veces que he perdido mi interioridad, que he matado un mundo. Por ejemplo, ¿podría escribir?

Rodolfo Walsh. Ese hombre y otros papeles personales.

La experiencia de las décadas del sesenta y setenta fue, sin duda, para muchos de los intelectuales latinoamericanos, la encrucijada que determinó sus destinos como poetas, periodistas, novelistas y militantes. En el caso de Rodolfo Walsh, dicho itinerario y su consiguiente producción puede ser entrevista, y acaso descripta o analizada, a partir del testimonio que significa la edición del volumen titulado Ese hombre y otros papeles personales, de 1996.1
La antología reúne el resultado parcial de una obra en marcha, inacabada y heterogénea, que abarca desde la autobiografía, entrevistas periodísticas y el cuento sobre Perón en el exilio, hasta sus archivos o notas personales, en las cuales el autor reflexiona sobre su propia producción literaria y periodística, como sobre su compromiso con el contexto histórico-político nacional e internacional, al mismo tiempo que delinea, esboza, algunas puntas por las cuales resulta posible pensar el futuro en términos de proyecto. Este proyecto, a su vez, deja entrever sus apreciaciones acerca del momento que le toca vivir, así como aquellas que elucubran un tiempo que vendrá. En este sentido, su condición de escritor de ficciones se ve socavada y depuesta por la condición de periodista comprometido, que es capaz de dar testimonio en momentos en que la noche oscura e impune avanza sin tregua.
Si hacia 1957, y con Operación Masacre, su primer trabajo inscripto en el género de no ficción, el escritor era sorprendido por la realidad, luego de la denuncia pública de los fusilamientos de José León Suárez, ya no habrá regreso de la noche sin tiempos que cubrirá la Argentina en las décadas subsiguientes. Luego serán el Caso Satanowsky, escrito en 1958 y publicado recién en 1973, ¿Quién mató a Rosendo?, de 1969, y la sumatoria de cables, noticias y polémicas esbozadas en el marco de Prensa Latina, en Cuba, en el periódico sindical de la CGT de los argentinos, en los documentos de discusión con Montoneros y, ya hacia el final y en las postrimerías de su muerte, la información y denuncias difundidas tanto en la Cadena Informativa como en la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, en los años ’76 y ’77, respectivamente.

El primer dato por tener en cuenta, es aquel que nos remite al origen de estos papeles compilados, ordenados y comentados por Daniel Link, en tanto los mismos integran parte de la producción walshiana que, ha instancias del allanamiento de su domicilio particular, en San Vicente, fueron robados por el grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada, que tuvo a cargo el operativo el 25 de marzo de 1977. En tal sentido, es sabido que muchos de estos papeles fueron recuperados de dicho centro clandestino, por algunos de los detenidos que sobrevivieron a tales instancias.



Las notas de Walsh nos instalan frente al dilema del escritor que, desde el lugar de la incomodidad y la contradicción, se autocuestiona su labor en el marco de la institución literaria. Si escribir novelas, en términos de ficción, u optar por la producción de cuentos al modo del policial de enigma borgiano, representa un ejercicio “burgués”, el escritor-intelectual debe buscar otra alternativa, en pos de ciertas tentativas de cambio. Cuando la violencia salpica las paredes, como el mismo Walsh lo pone de manifiesto a instancias de Operación Masacre, el ajedrez, la literatura fantástica o el policial de Edgar Allan Poe son arrasados por un huracán que obliga al escritor a “escribir en caliente”, como él mismo dirá, para pulverizar las versiones oficiales, para impedir el ocultamiento de la verdad. Nada volverá a ser como era. Aunque exista el proyecto de una novela “seria”, que es planeada y bosquejada a lo largo de los años, aunque la muerte del general Valle no le interese, como no le interesa la figura del Perón de fines de los años cincuenta, el escritor ha escuchado el relato de un sobreviviente y ese testimonio abre una brecha, cava una hendidura. Resulta imposible el olvido, porque late la presencia de aquel conscripto que del otro lado de la persiana grita “No me dejen solos, hijos de puta”, porque la historia “erizada de improbabilidades” que le cuenta Livraga vuelve cada noche como una pesadilla, porque hay un muerto que habla. Resulta imposible el olvido porque la historia volverá a repetirse, y siempre habrá que volver a empezar, para contar, por ejemplo, la verdadera e impune muerte de Rosendo García y de Marcos Satanowsky.
En 1964, Rodolfo Walsh escribe: “decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía”, escribir es entonces la constante. Pero ¿qué escribir? Su primer volumen de cuentos, Variaciones en rojo (1953), le merece el Premio Municipal de Literatura, luego vendrán los volúmenes de Los oficios terrestres y Un kilo de oro, durante la década del sesenta, junto con las obras de teatro tituladas La granada y La batalla, del mismo período. Sin embargo, y tal como lo detalláramos, desde fines de los cincuenta se pondrá de manifiesto el otro perfil del cuentista, el de la saga de no ficción, instancia que Walsh considera como su faz periodística y a la que nunca reconocerá como producción novelística, pese a constituirse en el antecedente del género que Truman Capote recupera con A sangre fría, años después. Dicha vertiente nos permite ubicar su figura en el marco de un proceso que lo conduce desde el policial de enigma a una suerte de policial negro, que -en el caso de la no ficción- pone en primer plano el acontecer de un contexto inmediato, convulsionado y problemático, signado por la falta de justicia y la corruptela del poder de turno.
Escribir. ¿Qué escribir? Escribir una novela “seria”, escribir LA novela en el sentido del género sobresaliente en los años sesenta, escribir LA novela como si se tratase del mandato propio del escritor contemporáneo. Escribirla en el contexto del boom latinoamericano. ¿Cómo? ¿Dejando de lado, en palabras del autor, “el ascético gozo de la creación literaria aislada”? “Prefiero toda la vida ser un Arlt y no un Cortázar”, ha dicho.
Corren los últimos años de la década del sesenta, Walsh regresa del Congreso Cultural desarrollado en La Habana -Cuba- y visita en Puerta de Hierro, Madrid, al general Juan Domingo Perón. En esta instancia conoce a Raimundo Ongaro y juntos vuelven a la Argentina para fundar el periódico sindical de la CGT, todo un proyecto. Sin embargo, hay algo que pareciera no estar bien... Raimundo ha dicho que no alcanza a comprender a Walsh y se ha preguntado por qué motivo el escritor escribe para burgueses, haciendo evidente la contradicción. Walsh se (le) responde en su diario personal, consternado, movilizado, desconcertado de sí:
3 de noviembre de 1969

...Cosa que me molestó lo que dijo Raimundo, que yo escribía para los burgueses. Pero me molestó porque yo sé que tiene razón, o que puede tenerla. El tema me ha preocupado siempre, aunque no me lo formulara abiertamente. La cosa es: ¿Para quién escribir, sino para los burgueses? (1996: 135)


No obstante, la encrucijada ya se había delineado con anterioridad y sus escritos nos permiten referir al conflicto que se dirime entre el escritor de las sagas de ficción y el intelectual que decide hacerse cargo de una realidad que lo embiste casi sin quererlo, o como Walsh dice, por obra del azar:
28 de enero de 1969

...Mi reingreso en la órbita del marxismo ha puesto al día todas las llagas de la conciencia. La disyuntiva entre el trabajo agitativo del semanario [se refiere a la CGT], y el sinuoso, paciente, elaborado de la literatura se presentó con caracteres graves, que no he superado. Ahora mismo [...] fantaseo que la Novela es el último avatar de mi personalidad burguesa, al mismo tiempo que el propio género es la última forma del arte burgués, en transición a otra etapa en que lo documental recupera su primacía. (102)


En dichos años, la idea central que ronda al escritor, que se debate entre las formas y los géneros, entre el gusto y el compromiso, tiene que ver con la posibilidad aún incierta de recuperar la revolución desde el arte. No es casual la reivindicación que el mismo realiza del proyecto del Grupo Cine Liberación, integrado entre otros por figuras como las de Fernando Solanas y Octavio Getino, quienes en este contexto llevaron adelante el rodaje, y su posterior proyección clandestina, del film La hora de los hornos (Argentina, 1966-67). Es el momento, en términos de Walsh, de saltar el cerco, denunciar, sacudir, inquietar y molestar. Queda por demás claro, que no se trata del lugar de la comodidad ni de la evasión. En este marco, el libro se transformará en un instrumento, en un arma de lucha, en una denuncia contundente en el sentido del “Yo acuso” de Zola (Francia, 1898), a instancias del juicio a Dryfus.
Pero también existen obligaciones contraídas, también se tiene que poder vivir de la literatura. El proyecto que arrastra por años es aquel de escribir la novela geológica, una suerte de relato compuesto por una serie de cuentos fundidos bajo la forma de una novela. Micro-relatos que significan “capas” en la formación de una historia macro, en el sentido que otorga la palabra geológico. Este proyecto quedará inconcluso, irresuelto. Sólo podrá ser posible desde otro lugar que representa la línea de continuidades y diálogos establecidos dentro del ámbito de su producción literaria. Podemos pensar así, que los cuentos que abordan y problematizan el fenómeno del peronismo significan en sí mismos la construcción de un único relato, hilvanado como los restos de fragmentos de un mismo eco. Desde este punto de vista, es posible poner en correspondencia -no sólo en un sentido meramente temático- el cuento “Esa mujer”, que integra el volumen Los oficios terrestres y refiere a la figura de Eva Perón, con “Ese hombre”, el cual forma parte de la antología que aquí hemos tomado como objeto de análisis y que remite a Juan Domingo Perón. Dicho correlato y puesta en diálogo se pone de manifiesto a partir de aspectos tales como: 1- la construcción simétrica de los personajes: en ambos casos un periodista y un militar; 2- el desarrollo de la acción, su gradación y posterior desenlace: el periodista que interroga y el militar que retasea la información, que maneja los tiempos, que nunca resuelve ni concreta, que no cede; 3- la recurrencia a la elipsis: nunca se dice Eva Perón, es “esa mujer”; nunca se dice Moori Koening, es “el coronel”; nunca se dice Juan Domingo Perón, es “el Viejo” o “el general”; y nunca se habla del periodista bajo el nombre propio “Rodolfo Walsh”; 4- el origen real de dichas entrevistas ficcionalizadas por el periodista / narrador. También decíamos, como en otros de sus textos, el peronismo se presenta en estos dos relatos breves como eje estructurante: la Revolución Libertadora, la desaparición del cuerpo de Evita y la proscripción del movimiento, el exilio de Perón y la posibilidad de un regreso, así como la figura del conductor aclamada por los militantes de los años setenta, son algunos de los tópicos abordados. El peronismo será, asimismo, altamente significativo en el contexto de producción de sus obras testimoniales.
La idea de un sistema de cruces, diálogos o correspondencias, nos conduce a la mención ineludible de los cuentos que integran la saga de los denominados “irlandeses”, textos de ficción con cierto matiz autobiográfico, que remiten a algunos aspectos relacionados con la infancia del autor. En un sentido similar, es posible poner en correlato las tres novelas de no ficción, surgidas a la luz de un “periodismo de acción”, que en forma gradual irán descubriendo y describiendo un contexto de violencia política, proscripción, persecución y muerte que pareciera iniciarse con el derrocamiento del gobierno peronista y que se prolongará y acentuará entrados los años sesenta. En esta línea, resulta productivo considerar las tres obras ya citadas, como un único relato contra-hegemónico, a contrapelo de la narración oficial de la historia argentina contemporánea, signada por el advenimiento de las masas al poder, por la formación del movimiento obrero y la consolidación de la burocracia sindical, así como por las persecuciones, represiones y asesinatos impunes que a lo largo de esta segunda mitad del siglo XX se han venido sucediendo en nuestro país.
El peronismo, o más bien el “enigma peronista”, recorre la obra y la vida de Rodolfo Walsh, atravesándolo y determinando su producción y su militancia, ya sea desde el rechazo o la adhesión. Mientras en el ´55 valora positivamente el honor y la lealtad de aquellos militares que, en pos de la causa de la Revolución Liberadora, sacan a Juan Domingo Perón del poder, en el ´57 y con los hechos acontecidos en circunstancias de la sublevación militar de los disidentes Valle y Tanco, se vuelve crítico al poder de turno, poniendo de manifiesto un cambio notorio en lo que hace a su relación con la política y la coyuntura histórica.
Años después, la experiencia de la Revolución Cubana volverá a significar un nuevo movimiento determinado por el acontecer inmediato. El trabajo en Prensa Latina y el tiempo compartido con Jorge Masetti, lo hacen reflexionar sobre temas que -en la antesala del Cordobazo- no dejan de inquietarlo. Corre marzo de 1969 y en su diario se registran ciertos hitos significativos: la guerilla en la provincia de Salta, los hechos de Argelia y Playa Girón, la coherencia de un “rebelde integral” que “vivió para la revolución latinoamericana” como “la revolución vivió tempestuosamente en él” (103), el ejemplo de su compañero Masetti. Es el año en que se publica Los que luchan y los que lloran, y Walsh ha prologado la obra de su colega, aquel periodista que ha despertado su más profunda admiración.
Junio de 1969. Finalmente el Cordobazo y una nueva certeza: la literatura ya no puede abstraerse de este nuevo “centro” de verdad. Importan los hechos del presente. Sucede entonces que la acción sobre la realidad prima por sobre la escritura de los hechos, y más que reproducirlos será conveniente producirlos, la tarea del escritor vuelve a correrse. El compromiso es con lo tangible y lo real, con los hombres en efervescencia, la novela puede esperar.
El contexto de fines de los sesenta es el de la producción sindical en el ámbito de la CGT. Ésta será tal vez la puerta de entrada al peronismo de los trabajadores, y no así al peronismo del líder. El acercamiento a las masas obreras significará un nuevo movimiento en el sentido de avance hacia la militancia en el ámbito de lo social y popular. Luego será la incorporación a la lucha armada, el ingreso a Montoneros y el pase a la clandestinidad.
El dilema parece no querer resolverse. Sobre el final y a instancias de la escritura y envío de la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” (1977), Walsh termina de escribir un cuento, “Juan se iba por el río”, la historia de un hombre que a fines del siglo XIX consiguió cruzar a caballo el Río de la Plata, en una bajada. Pareciera que se tratase del primer episodio o la primera capa de la constitución geológica de su novela capital, o quizá -todo por el contrario- era el principio del fin, allí donde el círculo se cierra, tras la larga noche oscura de la Argentina, allí donde -habiendo cruzado el límite- Walsh se encuentra cercado. La carta es el principio, la pieza fundamental de lo que vendrá, el anticipo de aquello que se avecinaba, tras Operación Masacre, tras ¿Quién mató a Rosendo?, tras el Caso Satanowsky. Habiendo cruzado el río, ya no queda nada más que un país desbastado.



1 Todas las citas corresponden a la edición argentina de Seix Barral – Biblioteca Breve, 1996.



II Congreso Internacional CeLeHis de Literatura (2004) /

Carolina Castillo


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