Página principal

El lobo de mar


Descargar 0.83 Mb.
Página1/17
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño0.83 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   17

EL LOBO DE MAR


Jack London


Editado por
http://www.librodot.com

CAPITULO I

Apenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de ve­rano en Mill Valley, a la sombra del monte Tamal­país, pero ocupábala solamente cuando descansaba en los meses de invierno y leía a Nietzsche y a Schopen­hauer para dar reposo a su espíritu. Al llegar el verano, se entregaba a la existencia calurosa y polvorienta de la ciudad y trabajaba incesantemente. De no haber te­nido la costumbre de ir a verle todos los sábados y per­manecer a su lado hasta el lunes, aquella mañana de un lunes de enero no me hubiese sorprendido navegan­do por la bahía de San Francisco.

No es que navegara en una embarcación poco segu­ra, porque el Martínez era un vapor nuevo que hacia la cuarta o quinta travesía entre Sausalito y San Francis­co. El peligro residía en la tupida niebla que cubría al mar, y de la que yo, hombre de tierra, no recelaba lo más mínimo. Es más: recuerdo la plácida exaltación con que me instalé en el puente de proa, junto a la ga­rita del piloto, y dejé que el misterio de la niebla se apo­derara de mi imaginación. Soplaba una brisa fresca, y durante un buen rato permanecí solo en la húmeda pe­numbra, aunque no del todo, pues sentía vagamente la presencia del piloto y del que ocupaba la garita de cristales situada a la altura de mi cabeza, que supuse sería el capitán.

Recuerdo que pensaba en la comodidad de la divi­sión del trabajo, que me ahorraba la necesidad de estu­diar las nieblas, los vientos, las mareas y el arte de na­vegar, para visitar a mi amigo que vivía al otro lado de la bahía. Estaba bien eso de que se especializaran los hombres, meditaba yo. Los conocimientos peculiares del piloto y del capitán bastaban para muchos miles de per­sonas que entendían tanto como yo del mar y sus mis­terios. Por otra parte, en lugar de dedicar mis energías al estudio de una multitud de cosas, las concentraba en unas pocas materias particularmente, tales como, por ejemplo, investigar el lugar que Edgar Poe ocupa en la literatura americana, un ligero ensayo que acababa da publicar el Atlantic, periódico de gran circulación. Al llegar a bordo y entrar en la cabina, sorprendí a un caballero gordo que leía el Atlantic, abierto precisa­mente por la página donde estaba mi ensayo. Y aquí venía otra vez la división del trabajo; los conocimientos especiales del piloto y del capitán permitían al caba­llero gordo leer mi especial conocimiento de Poe, mien­tras le transportaban con toda seguridad desde Sausa­lito a San Francisco.

Un hombre de rostro colorado, cerrando ruidosa­mente tras él la puerta de la cabina, interrumpió mis re­flexiones. En mi mente se grabó todo esto para usarlo en un ensayo en proyecto que pensaba titular: La ne­cesidad de la independencia. Una defensa para el ar­tista. El hombre del rostro colorado dirigió una mirada a la garita del piloto, observó la niebla que nos en­volvía, dio una vuelta, cojeando, por la cubierta (evi­dentemente llevaba las piernas artificiales), y se detuvo a mi lado con las piernas muy separadas y una ex­presión de satisfacción intensa en el semblante. No me equivoqué al conjeturar que había pasado la mayor parte de su vida en el mar.

-Un tiempo asqueroso como éste hace encanecer antes de hora -dijo, señalando con la cabeza la garita del piloto.

-Yo no me figuraba que esto exigiese ningún es­fuerzo especial -repuse-. Parece tan sencillo como el a b c conocer la dirección por la brújula, la distancia y la velocidad. Lo hubiese llamado seguridad mate­mática.

-¡Sencillo como el a b c! ¡Seguridad matemática! -dijo, excitado.

Pareció crecerse y se me quedó mirando, con el cuer­po inclinado hacia atrás.

-¿Cree usted que se aventuran muchos a cruzar con este tiempo la Puerta de Oro? preguntó, o mejor di­cho rugió-. ¿Cómo avanzar a la ventura? ¿Eh? Escu­che y verá. La campana de una boya; pero, ¿dónde se halla? Mire cómo cambian de dirección.

A través de la niebla llegaba el triste tañido de una campana, y vi al piloto que hacía rodar el volante con gran presteza. La campana que me pareció oír a proa sonaba ahora a un lado. Nuestra propia sirena silbaba incesantemente y de vez en cuando nos llegaba el so­nido de otras sirenas.

-Será algún barco de los que cruzan la bahía -dijo el recién llegado, refiriéndose a un pito que oíamos a la derecha-. ¿Y esto? ¿Oye usted? Probablemente al­guna goleta sin quilla. ¡Mejor será que vaya usted con cuidado, caballero de la goleta! ¡Ahora sube el demo­nio en busca de alguien!

El invisible barco de transporte silbaba una y otra vez y el cuerno sonaba con muestras de terror.

-Ahora están ofreciéndose mutuamente los respe­tos y tratando de salir del atolladero -prosiguió el hombre del rostro colorado al cesar aquella confusión.

La excitación le hacía resplandecer la cara y bri­llarle los ojos cuando traducía al lenguaje articulado las expresiones de cuernos y pitos.

-Eso es la sirena de un buque que pasa por la izquierda. ¿Y no oye usted a este individuo, que parece tener una rana en la garganta? Si no me equivoco, es una goleta de vapor que llega de los Heads luchando con la marea.

Un pitido pequeño y estridente, silbando como un loco, llegaba directamente por la proa y de muy cerca. Sonaron los gongos del Martínez. Detuviéronse nuestras hélices, cesaron sus latidos y después comenzaron de nuevo. El pequeño pitido estridente, que parecía el chi­rrido de un grillo entre los gritos de animales mayores, cruzó la niebla por nuestro lado y se fue perdiendo rá­pidamente. Miré hacia mi compañero para que me ilus­trara.

-Una de esas lanchas del demonio -dijo-. ¡Casi hubiera valido la pena hundir a este bicho! Ellos son la causa de muchas calamidades. ¿Y a ver de qué sir­ven? Llevan a bordo un asno cualquiera, que los hace correr como locos, tocando el pito a toda orquesta para advertir a los demás que tengan cuidado, pues ellos no saben tenerlo. ¡Llega él y tiene uno que andar con precaución, dejarle paso y qué sé yo! ¡Claro que esto es de la más elemental urbanidad, pero ésos no tienen de ella la menor idea!

A mí me divertía aquella cólera, que creía injusti­ficada, y mientras cojeaba él indignado, yo me detuve a meditar sobre el romanticismo de la niebla. Y en ver­dad que lo tenia aquella niebla, semejante a la som­bra gris del misterio infinito, que cobija a la tierra en su rodar vertiginoso; y los hombres, simples átomos de luz y chispas, maldecidos, con un mismo gusto por el trabajo montados en sus construcciones de acera y madera, cruzan el corazón del misterio, abriéndose a tientas el camino por entre lo invisible, gritando y chi­llando en un lenguaje procaz, en tanto pesa en sus co­razones la incertidumbre y el miedo.

La voz de mi compañero me hizo volver a la realidad con una carcajada. Yo también me había debatido mientras creía correr muy despierto a través del misterio.

-Alguien nos sale al encuentro -decía-. Pero, ¿no oye usted? Viene corriendo y se nos echa encima. Pa­rece que aún no nos ha oído. El viento llega en dirección contraria

Teníamos de cara el aire fresco y a un lado, algo a proa, se oía distintamente el pito.

-¿Un barco de transporte? pregunté. Asintió con la cabeza, y luego añadió

-De lo contrario, no metería tanta bulla Parece que los de ahí arriba empiezan a impacientarse.

Miré en aquella dirección. El capitán había sacado la cabeza por la garita del piloto y clavaba los ojos con insistencia en la niebla como si quisiese penetrarla con la fuerza de su voluntad. En su rostro se reflejaba la inquietud, lo mismo que en el del piloto, que habla llegado hasta la barandilla y miraba con igual insis­tencia en dirección del peligro invisible.

Entonces ocurrió todo con una rapidez inaudita. La niebla se abrió como rasgada por una cuña, y surgió la proa de un vaporcillo, arrastrando a cada lado jiro­nes de neblina. Pude distinguir la garita del piloto y asomado a ella un hombre de barba blanca. Vestía uni­forme azul y sólo recuerdo su corrección y tranquilidad. Esta tranquilidad era terrible en aquellas circunstan­cias. Aceptaba el Destino, caminaba de su mano y media el golpe fríamente. Nos examinó con mirada serena e inteligente, como para determinar el lugar preciso de la colisión, sin darse por enterado, cuando nuestro piloto, pálido de coraje, le gritaba: "¡Usted tiene la culpa!".

Al volverme comprendí que la observación era de­masiado evidente para hacer necesaria la réplica.

-Coja algo y prepárese me dijo el hombre del rostro colorado.

Todo su furor había desaparecido y parecía haberse contagiado de aquella calma sobrenatural.

-Y escuche los gritos de las mujeres prosiguió advirtiéndome, con espanto... casi con amargura, como si ya en otra ocasión hubiese pasado por la misma ex­periencia.

Los barcos chocaron antes de que yo hubiese podido seguir su consejo. El golpe debió ser en el centro del buque, pues el extraño vapor había pasado fuera de mi campo de visión y no vi nada. El Martínez se tumbó bruscamente y se oyeron crujidos de maderas. Caí de bruces sobre la cubierta mojada y en el mismo instante oí los gritos de las mujeres. Ciertamente era un estré­pito indescriptible, que me heló la sangre y me llenó de pánico. Me acordé de los salvavidas dispuestos en la cabina, pero en la puerta me vi repelido bruscamente por hombres y mujeres enloquecidos. Lo que sucedió durante los minutos siguientes no lo recuerdo bien, aunque conservo una memoria clara de unos salvavidas arrancados de los soportes, en tanto que el hombre del rostro colorado los sujetaba alrededor de los cuerpos de aquellos seres convulsos. El recuerdo de esta visión es el más claro de todos. Todavía parece que estoy vien­do los bordes dentados del boquete en el lado de la cabina donde se arremolinaba la niebla gris; los cama- rotos vacíos, revueltos, con todas las muestras de una súbita huida, tales como paquetes, bolsas de mano, pa­raguas y envoltorios; el hombre gordo que estuvo leyen­do mí ensayo embutido en corcho y lona conservando la revista en la mano y preguntándome con monótona insistencia sí creía que hubiese peligro; el del rostro colorado cojeando valerosamente por allí con sus piernas artificiales y proveyendo de salvavidas a cuantos iban llegando; y, finalmente, el grupo de mujeres chi­llando enloquecidas.

Estos gritos era lo que más me atacaba los nervios. Idéntico efecto debían producirle al hombre del rostro colorado, pues conservo otra visión que jamás se bo­rrará de mi mente. El hombre gordo, guardándose la revista en el bolsillo de la americana, miraba con cu­riosidad. Un revuelto grupo de mujeres, con los sem­blantes desencajados y las bocas abiertas, chillaban como almas en pena, y el hombre del rostro colorado, encendido de furor como si estuviera lanzando rayos, gritaba: "¡Cállense, oh, cállense!".

Recuerdo que la escena me impulsó a reír de pronto, y un instante después me di cuenta de que yo también era presa del histerismo. Aquellas mujeres, que eran de mi propio raza, semejantes a mí madre y hermanas, se veían invadidas por el terror de la muerte y se negaban a morir. Aquellas voces traíanme a la memoria los chi­llidos de los cerdos bajo el cuchillo del carnicero y me horroricé ante tan completa analogía. Aquellas muje­res, capaces de las más sublimes emociones, de los más tiernos sentimientos, seguían dando alaridos. Querían vivir, estaban desamparadas y chillaban como ratas en una trampa.

El horror de todo esto me empujó fuera de la cu­bierta. Sentíame mareado, y me senté en un banco. Como a través de una bruma vi y oí a los hombres precipitarse y dar voces en sus esfuerzos por arriar los botes. Era una escena como para ser leída en un libro. Las cuerdas estaban apretadas; nada obedecía. Descen­dió un bote sin los tarugos, ocupado por mujeres y ni­ños, y al llenarse de agua se hundió. Otro bote fue arriado por un extremo y el otro continuó colgado del aparejo, donde quedó abandonado. No se veía nada del extraño buque que había ocasionado el desastre, pero oí decir a los hombres que indudablemente enviaría botes para socorrernos.

Bajé a la cubierta inferior. Comprendí que el Martí­nez se hundía rápidamente porque el agua estaba ya muy cerca. Muchos de los pasajeros saltaban por la borda; otros, ya en el agua, clamaban que se les su­biesen de nuevo al barco. Nadie les atendía. Se elevó un grito diciendo que nos hendíamos. Fui presa del consiguiente pánico y me lancé al mar entre una oleada de cuerpos. Ignoro cómo sucedió, pero comprendí ins­tantáneamente por qué los que estaban en el agua de­seaban tanto volver a bordo. Estaba fría, tan fría, que resultaba dolorosa, y cuando me hundí en ella su mor­dedura fue tan rápida y aguda como la del fuego. Mor­día los tuétanos; parecía la presión de la muerte. Me debatí, abrí la boca angustiado, y antes de que el salva­vidas me hubiese vuelto a la superficie, el agua me ha­bía llenado los pulmones. Sentí en la boca el fuerte sabor de la sal, y con aquella cosa acre en los pul­mones y la garganta, me ahogaba por momentos.

Pero lo que más me molestaba era el frío. Sentía que no podría sobrevivir sino muy pocos minutos. A mi alrededor había gente debatiéndose y luchando con el agua; les oía llamarse unos a otros. Y oí también ruido de remos. Evidentemente, aquel buque extraño había arriado los botes. Pasado algún tiempo me mara­villé de continuar aún con vida; había perdido la sen­sación en los miembros inferiores y ya el frío empezaba a invadirme el corazón y a paralizarlo. Pequeñas olas erizadas de espuma rompían de continuo sobre mí, molestándome en grado sumo y produciéndome angus­tias indescriptibles.

Los ruidos se fueron haciendo menos distintos, pero finalmente oí en lontananza un coro desesperado de gritos y comprendí que el Martínez acababa de hun­dirse. Más tarde, ignoro el tiempo que transcurriría, recobré el sentido con un estremecimiento de espanto. Estaba solo. Ya no se oían ni voces ni gritos..., única­mente el ruido de las olas, a las que la niebla comuni­caba reflejos sobrenaturales. El pánico en una multi­tud unida en cierto modo por la comunidad de intere­ses no es tan terrible como el pánico en la soledad, y este pánico es el que yo sufría ahora. ¿Adónde me arrastraban las aguas? El hombre del rostro colorado había dicho que la corriente se alejaba de la Puerta de oro. Pues entonces, ¿me empujaba hacia afuera? ¿Y el salvavidas que me sostenía? Yo había oído decir que estos objetos eran de papel y cañas, por lo que pronto se saturaban y sumergían. Me sentía incapaz de nadar. Y estaba solo, flotando, aparentemente, en medio de aquella inmensidad gris y primitiva. Confieso que perdí la razón que chillé con todas mis fuerzas, como lo habrían hecho las mujeres, y agité el agua con las ma­nos entumecidas.

No tengo idea de cuánto duró esto, porque sobrevino una confusión de la que no recuerdo más de lo que se recuerda de un sueño inquietante y doloroso. Cuando desperté me pareció que habían transcurrido varias centurias; y vi surgir de la niebla, casi encima de mí, la proa de un barco y tres velas triangulares, ingenio­samente enlazadas entre sí e hinchadas por el aire. La proa cortaba el agua, formando borbotones de espuma, y no parecía abandonar el rumbo. Traté de gritar, pero estaba demasiado agotado. Al zambullirse la proa, faltó poco para que me tocara y me roció completamente la cabeza. Después comenzó a deslizarse por mi lado el costado negro y largo de la embarcación, y tan cerca, que hubiera podido tocarlo con la mano. Quise alcan­zarlo con una loca resolución de agarrarme con las uñas a la madera, pero los brazos sin vida me pesa­ban enormemente. De nuevo hice esfuerzos por gritar, pero no logré emitir ningún sonido.

Pasó la proa del barco hundiéndose en una conca­vidad formada por las olas; y distinguí a un hombre junto al timón y a otro que no parecía tener más ocu­pación que la de fumar un cigarro. Vi el humo salir de sus labios, cuando volvió la cabeza lentamente y fijó los ojos en el agua en dirección mía. Fue una mirada indiferente, impremeditada, una de esas cosas casuales que hacen los hombres cuando no les llama particu­larmente otra tarea más inmediata, pero que, sin embargo, han de realizarla porque viven y necesitan ha­cer algo.

En aquella mirada se juntaban la vida y la muerte. Pude ver cómo la niebla se tragaba el barco; vi la es­palda del hombre que estaba en el timón, y la cabe­za del otro, hombre que se volvía lenta, muy lenta­mente, y su mirada rozaba el agua hasta dirigirse por casualidad hacia mí. En su semblante había una expre­sión de abandono, como de meditación profunda, y temí que aquellos ojos, no obstante estar fijos en mí, no me vieran. Pero me encontraron y se clavaron en los míos; y me vio, porque saltó sobre el timón, empu­jando al hombre a un lado, y viró en redondo al mis­mo tiempo que voceaba unas órdenes. El barco pareció trazar una tangente a su ruta anterior y saltó casi ins­tantáneamente, perdiéndose en la niebla.

Yo sentía cómo me sumergía en la inconsciencia, y trataba con la fuerza de mi voluntad de luchar con­tra aquella confusión que me ahogaba y las tinieblas que empezaban a envolverme. Un poco después oí gol­pes de remo que iban acercándose y las voces de un hombre. Cuando estuvo ya muy próximo, le oí gritar en tono enojado: %Por qué diablo no cantará?". Esto debía referirse a mí, pensé entonces; pero ya la con­fusión y las tinieblas me envolvieron por completo.

CAPITULO II

Creí estar balanceándome en un ritmo poderoso por la inmensidad de la órbita. Estallaban chispas de luz que pasaban raudas por mi lado. Comprendí que eran estrellas y cometas resplandecientes que acompañaban mi fuga por entre los soles. Cuando alcancé el límite de mi vuelo y me disponía a volverme, atronó los es­pacios el golpe de un gran gongo. Durante un período de tiempo inconmensurable, gocé y saboreé mi formida­ble vuelo envuelto en las ondulaciones de plácidas cen­turias.

Después el sueño cambió de aspecto; yo me decía que no podía ser sino un sueño. El ritmo se fue acor­tando. Me sentía lanzado de un lado a otro con irri­tante rapidez. Apenas podía cobrar aliento, tal era la fuerza con que me veía impelido a través del espacio. El gongo sonaba con más frecuencia y más furia. Em­pecé a oírlo con un terror indecible. Después me pare­ció que me arrastraban por una arena áspera, blanca y caldeada por el sol. Esto dio lugar a una sensación de angustia infinita. Mi piel se chamuscaba en el tor­mento del fuego. El gongo retumbaba. Las chispas lu­minosas pasaban junto a mí en una corriente inter­minable, como si todo el sistema se precipitara en el vacío. Abrí la boca, respiré dolorosamente y abrí los ojos. A mi lado, y manipulándome, había dos hombres arrodillados. Aquel ritmo poderoso era el vaivén de una embarcación en el mar. El terrible gongo era una sartén colgada en la pared que resonaba a cada movimien­to del barco. La arena áspera y ardiente, las manos de un hombre que me frotaba el pecho desnudo. Me enco­gí de dolor y levanté a medias la cabeza. Tenía el pecho rojo y desollado y vi asomar unas gotitas de sangre por la piel inflamada y lacerada.

-Ya habrá bastante, Yonson -dijo uno de los hom­bres-. ¿No ves que has frotado hasta hacer salir san­gre de esta piel tan delicada?

El hombre a quien se había llamado Yonson, un tipo gigantesco de escandinavo, cesó de manipularme y se puso de pie pesadamente. El otro que había ha­blado no podía ocultar que era londinense, tenía los rasgos puros y de una belleza enfermiza, casi afemi­nada, del hombre que con la leche de su madre ha ab­sorbido el sonido de las campanas de la iglesia de Bow. Una gorra sucia de muselina en la cabeza y un de­lantal de dudosa limpieza alrededor de sus angostas caderas proclamaban su condición de cocinero de la no menos sucia cocina del barco en que me hallaba.

-¿Cómo se encuentra usted ahora, señor? -pregun­tó con una sonrisa servil, consecuencia de varias ge­neraciones de antepasados acostumbrados a esperar la propina.

Para responder, traté de sentarme, a pesar de mi gran debilidad, y Yonson me ayudó a ponerme de pie. Los golpes de la sartén me atacaban los nervios ho­rriblemente. No podía reunir mis ideas. Apoyándome en las maderas de la cocina y debo confesar que la grasa de que estaban impregnadas me hizo rechinar los dientes-, alcancé el escandaloso utensilio por en­cima de los hornillos calientes, lo descolgué y lo dejé sobre la caja del carbón.

El cocinero hizo una mueca ante mis manifestacio­nes de nerviosidad y me puso en la mano un vasito hu­meante, diciendo: `Esto le hará a usted bien". Era un brebaje nauseabundo -café de barco-, pero el calor me reanimó. Mientras tragaba aquella infusión dirigí una mirada a mi pecho desollado y sanguinolento, y me volví hacia el escandinavo.

-Gracias, míster Yonson -dije-; pero, ¿no cree usted que sus remedios son algo heroicos?

Más que el reproche de mis palabras, comprendió el de mi gesto, pues levantó la palma de la mano para examinarla. Era extraordinariamente callosa. Pasé la mía por las duras desigualdades y una vez más me re­chinaron los dientes al contacto de tan horribles as­pereza.

-Mi nombre es Johnson, no Yonson -dijo en muy buen inglés, aunque un poco lento, con un acento ex­tranjero apenas perceptible.

En sus ojos de azul pálido asomó una dulce pro­testa, acompañada de franqueza tímida y de una dig­nidad que me ganaron por completo.

-Gracias, mister Johnson -corregí, y le tendí la mano.

Titubeó, un poco avergonzado, se apoyó en una pier­na, luego en la otra, y después sonrojándose, cogió mi mano con vigoroso apretón.

-¿Tiene ropa seca que pueda ponerme? pregunté al cocinero.

-Sí, señor -contestó alegremente-. Bajaré corrien­do y veré en mi equipaje, si usted, señor, no tiene inconveniente en usar mis cosas.

Salió por la puerta de la cocina, o más bien, se es­currió, con un paso tan rápido y suave que me llamó la atención por ser al mismo tiempo felino y untuoso. Esta untuosidad, como pude comprobar más adelante, era el rasgo más saliente de su personalidad.

-¿Y dónde estoy? -interrogué a Johnson, a quien tomé, acertadamente, por uno de los marineros-. ¿Qué clase de barco es éste y adónde se dirige?

-A la altura de las Farallones, con la proa al Sud­oeste -respondió lentamente y con método, como tanteando el inglés y observando estrictamente el orden de mis preguntas-. La goleta Ghost, que se dirige al Japón a pescar focas.

-¿Y quién es el capitán? Necesito hablarle tan pron­to como esté vestido.

Johnson pareció aturullarse. Se quedó titubeando mientras medía sus palabras y componía una respues­ta completa.

-El capitán es Wolf1 Larsen, o al menos así le llaman los hombres. Yo nunca le oí otro nombre. Será bueno que le hable usted dulcemente. Esta mañana está loco. El segundo...

Pero no concluyó. Acababa de entrar el cocinero.

-Podrías salir de aquí, Yonson -dijo-. El viejo te necesitará en la cubierta, y no conviene que le exaspe­res.

Johnson, obedeciendo, se volvió hacia la puerta, y al mismo tiempo, por encima del hombro del cocine­ro me hizo un ademán de una solemnidad aterradora, como para dar más energía a su interrumpida adver­tencia para hacerme comprender la necesidad de hablar dulcemente al capitán.

Del brazo del cocinero pendían unas cuantas pren­das de vestir revueltas, arrugadas, malolientas y de aspecto repugnante.

-Están húmedas, señor -dijo a guisa de explica­ción-. Pero tendrá que remediarse con ellas mientras seco las suyas al fuego.

Cogido e. las maderas, dando traspiés con el vaivén del barco y ayudado por el cocinero, conseguí meter­me en una burda camiseta de lana. En el mismo ins­tante me raspó la carne el desagradable contacto. Dán­dose cuenta de mis muecas y movimientos involunta­rios, sonrió con afectación:

-Supongo que no habrá usado en su vida nada se­mejante, porque tiene una piel tan fina, que más pare­ce de mujer. En cuanto le vi, adiviné que era usted un caballero.

Al principio me había inspirado repugnancia, pero cuando me ayudó a vestir, esta repugnancia fue en au­mento. Había algo repulsivo en su contacto. Me apar­té de sus manos, puesta toda mi carne en rebelión. Y entre esto y los olores que subían de los varios puche­ros que hervían en la cocina, me hacían desear el mo­mento de salir al aire fresco. Además, había necesidad de ver al capitán para ponernos de acuerdo sobre la manera de desembarcarme.

Una camisa de algodón, barata, con el cuello roza­do y la pechera descolorida por algo que juzgué anti­guas manchas de sangre, me fue puesta, entre un tro­pel de comentarios y excusas vehementes. Encerraban mis pies unas botas de cuero sin curtir, como las que usan los obreros, y hacían las veces de pantalones unos calzones azules, deslavazados, de los cuales una pier­na era diez pulgadas más corta que la otra. Esta últi­ma hacía pensar en un diablo que al querer apoderar­se del alma del londinense se hubiese agarrado allí, quedándose con la materia en vez del espíritu.

-¿A quién debo agradecer tanta amabilidad? -pre­gunté cuando ya estuve completamente equipado, con una gorrita de niño en la cabeza, y llevando en lugar de americana una chaqueta de algodón que me llegaba a la cintura y cuyas mangas apenas me cubrían los codos.

El cocinero se apartó con un gesto de fingida hu­mildad y una sonrisa implorante y servil. Si no me engañaba la experiencia adquirida con los mayordomos de los trasatlánticos al fin del viaje, hubiese jurado que esperaba una propina. Ahora que ya he tenido oca­sión de conocer más a fondo aquel ser, comprendo que el gesto fue inconsciente, debido, sin duda, a un servi­lismo hereditario.

-Mugridge, señor -dijo con tono adulador, mien­tras sus facciones afeminadas se dilataban en una son­risa untuosa-. Thomas Mugridge, señor, servidor de usted.

-Muy bien, Thomas -repuse yo-. Me acordaré de usted cuando esté seca mi ropa.

Por su semblante se difundió una luz suave y brilla­ron sus ojos como si allá en las profundidades de su ser sus antepasados se hubiesen animado y removido con el recuerdo de las propinas recibidas en vidas anteriores.

-Gracias, señor -dijo muy agradecido y muy hu­milde, en verdad.

Se hizo a un lado al abrirme la puerta y salí a cu­bierta. A causa de mi prolongada inmersión, me sentía aún débil. Me sorprendió una ventada, y dando traspiés por la movediza cubierta, me dirigí hacia un ángulo de la cabina, en busca de apoyo. La goleta, con una in­clinación muy alejada de la perpendicular, se balancea­ba movida por el profundo vaivén del Pacifico. Si en realidad llevaba la dirección Sudoeste, como había dicho Johnson, el viento, entonces, según mis cálculos, debía soplar aproximadamente del Sur. La niebla había des­aparecido y el sol llenaba de chispas e irisaciones la superficie del agua. Me volví cara al Este donde sabía que debía hallarse California, pero no pude ver sino unas masas de niebla a poca altura, indudablemente la misma que había ocasionado el desastre del Martí­nez y me había traído al presente estado. Por el Nor­te, y no muy lejos, surgía del agua un grupo de rocas desnudas, y sobre una de ellas se distinguía un faro. Hacia el Sudoeste y casi en nuestra ruta, vi el bastidor piramidal de unas velas.

Después de haber reconocido el horizonte, volví me hacia lo que me rodeaba más inmediatamente. Mi pri­mer pensamiento fue que un hombre llegado de ma­nera tan inesperada, luego de codearse con la muerte, merecía más atención de la que yo recibía. Aparte del marinero que iba en el timón y que me observaba cu­riosamente por encima de la cabina, no atraje ya más miradas.

Todos parecían interesados en lo que en el centro del barco ocurría. Allí, echado sobre las tablas, había un hombre gordo. Estaba completamente vestido, pero llevaba rasgada la camisa por la pechera. Sin embargo, no se veía nada de su pecho, pues lo cubría una masa de pelo negro semejante a una piel de perro. La cara y el cuello se ocultaban bajo una barba negra salpica­da de gris, que de no haber estado chorreando y lacia por efecto del agua, debió ser tiesa y tupida. Tenía los ojos cerrados y parecía desvanecido, pero mostraba la boca muy abierta y el pecho anhelante, esforzándose ruidosamente por respirar. De vez en cuando, metódi­camente, ya como una rutina, un marinero hundía en el mar un cubo de lona atado al extremo de una cuer­da, lo subía braza a braza y vertía su contenido so­bre el hombre postrado.

Paseando de arriba abajo a lo largo de la cubierta y mascando furioso el extremo de un cigarro, estaba el hombre cuya mirada casual me había rescatado del mar. Tendría una altura quizás de cinco pies, diez pul­gadas o diez y media, pero lo primero que me impre­sionó en él no fue eso, sino su vigor. A pesar de su constitución sólida y de sus hombros anchos y pecho elevado, no era la solidez de su cuerpo lo que caracte­rizaba su fuerza. Antes bien, consistía en lo que po­dríamos llamar nervio, la dureza que atribuimos a los hombres flacos y enjutos, pero que en él, a causa de su corpulencia, recordaba al gorila. No es que su ex­terior tuviese nada de gorila; lo que yo pretendo des­cribir es su fuerza misma como algo aparte de su aspecto físico. Era esa fuerza que solemos asociar a las cosas primitivas, a las fieras y a los seres que imaginamos son el prototipo de los habitantes de nues­tros árboles; esa fuerza salvaje, feroz, que este en sí misma, la esencia de la vida en lo que tiene de po­tencia del movimiento, la propia materia elemental, de la cual han tomado forma otros muchos aspectos de la vida; en una palabra, lo que hace retorcer el cuerpo de una serpiente después de haberle sido cortada la cabeza y cuando la serpiente, como a tal, puede con­siderarse ya muerta, o lo que persiste en el montón de la carne de la tortuga que rebota y tiembla al to­carla con el dedo.

Esa fue la impresión de fuerza que me produjo el hombre que caminaba de un lado a otro. Se apoyaba sólidamente sobre las piernas; sus pies golpeaban la cubierta con precisión y seguridad; cada movimiento de sus músculos, desde la manera de levantar los hom­bros hasta la forma de apretar el cigarro con los la­bios, era decisivo y parecía ser el producto de una fuer­za excesiva y abrumadora. Sin embargo, aunque la fuerza dirigía todas sus acciones, no parecía sino el anuncio de otra fuerza mayor que acechaba desde den­tro, como si estuviera dormida y sólo se agitara de vez en cuando, pero que podría despertar de un momen­to a otro, terrible y violenta, cual la cólera de un león o el furor de una tormenta.

El cocinero asomó la cabeza por la puerta de la Bo­cina, haciéndome muecas alentadoras y señalando al propio tiempo con el pulgar al hombre que paseaba por la cubierta. Así me daba a entender que aquél era el capitán, el alejo, según había dicho él, el individuo con quien debía entrevistarme, y al que ocasionaría la ex­torsión de tener que desembarcarme.

Ya me disponía a afrontar los cinco minutos tem­pestuosos que, sin duda, me esperaban, cuando el desdi­chado que estaba en el suelo sufrió otro ataque más vio­lento aún. Se retorcía convulsivamente. La barba negra y húmeda se tendió hacia arriba, al envararse los músculos de la espalda e hincharse el pecho en un es­fuerzo inconsciente e instintivo para obtener más aire. Aunque no lo veía, adivinaba que bajo las patillas la piel se había puesto colorada.

El capitán, o Wolf Larsen, como le llamaban los hombres, cesó de pasear y clavó la mirada en el mo­ribundo. Tan cruel fue esta última lucha, que el mari­nero se detuvo en su ocupación de rociarle con agua, y con el cubo de lona a medias levantado y derraman­do su contenido por la cubierta, se le quedó mirando con curiosidad. El moribundo tocó un redoble con los tacones sobre el entarimado, estiró las piernas y con un gran esfuerzo se puso rígido y rodó la cabeza de un lado a otro. Después se relajaron los músculos, la cabeza dejó de rodar y de sus labios salió un suspiro como de profundo alivio; bajó la quijada, subió el labio superior, y aparecieron dos hileras de dientes oscu­recidos por el tabaco. Parecía como si sus facciones se hubiesen helado en una mueca diabólica al mundo que había abandonado y burlado.

Entonces sucedió una cosa sorprendente. El capitán se desató como una tormenta contra el muerto. De su boca salía un manantial inagotable de juramentos. Y no eran juramentos sin sentido o meras expresiones indecentes. Cada palabra (y dijo muchas) era una blas­femia. Crujían y restallaban como chispas eléctricas. En toda mi vida había oído yo nada semejante, ni lo hubiera creído posible. Por mi afición a la literatura, a las figuras y palabras enérgicas, me atrevo a decir que yo apreciaba mejor que ningún otro la vivacidad peculiar, la fuerza y la absoluta blasfemia de sus me­táforas. Según pude entender, la causa de todo ello era que el hombre, que era el segundo de a bordo, había corrido una juerga antes de salir de San Francisco y después había tenido el mal gusto de morir al principio del viaje, dejando a Wolf Larsen con la tripula­ción incompleta.

No necesitaría asegurar, al menos a mis amigos, cuán escandalizado estaba. Los juramentos y el lengua­je soez me han repugnado siempre. Experimenté una sensación de abatimiento, de desmayo y casi puedo de­cir de vértigo. Para mí, la muerte había estado siem­pre investida de solemnidad y respeto. Se había pre­sentado rodeada de paz y había sido sagrado todo su ceremonial. Pero la muerte en sus aspectos sórdidos y terribles había sido algo desconocido para mí hasta entonces. Como digo, al par que apreciaba la fuerza de la espantosa declaración que salía de la boca da Wolf Larsen, estaba enormemente escandalizado. Aquel torrente arrollador era suficiente para secar el rostro del cadáver. No me hubiese sorprendido ver encrespar­se, retorcerse y andar entre humo y llamas la barba negra. Pero el muerto no se dio por aludido. Continuaba desafiándole con su risa sardónica y burlándose con cinismo. Era el dueño de la situación.

  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   17


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje