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El jovencito Franco


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El jovencito Franco Por Simón Malaparte



El jovencito Franco
Pilar abrió los ojos. Bostezó. Tapó su boca con la mano. No fue por educación, ni por costumbre. Tenía miedo de que su alma la abandonase en aquel austero cuarto de sanatorio.

Estaba sentada en una silla al lado de la cama. Incómoda, sufriente. Sobre el lecho, dormido como un lirón, se extendía el cuerpo menudo de su hijo. Paquito estaba arropado por las sábanas, por un cobertor de lana maragata, un conjunto traído expresamente del armario de su progenitora. Su matrimonio la había hecho desconfiada, tanto como para no fiarse de la pulcritud religiosa y de sus ajuares hospitalarios.

Pilar se avivó. Sacó las cuentas de su entreteto sudado. Limpió con su pañuelo esas impurezas carnales. Besó la cruz al final del rosario. Se santiguó y musitó una plegaría concisa. Un ritual que acompañaba cada despertar desde su remota niñez. Después, acercó su rostro al infantil durmiente. Se pegó a un palmo de su nariz. Sigilosa y preocupada. Escuchó con atención. La respiración del niño era regular, un rítmico silbido constante. Pilar se tranquilizó. Pilar retrocedió a su asiento. Todavía podría aprovechar los últimos coletazos de la noche. Una última cabezada antes de sus «maitines».

Una enfermera entró en la habitación. Vestía túnica, un amplio manto sin ceñidor y una toca blanca. Una chica parsimoniosa, flacucha y de corta estatura. Comenzó a hurgar en la medicación del crío. Inspeccionó las vendas. Le inyectó algo. Se le cayó la jeringa vacía al suelo. Una torpeza más común de lo que se pensaba. El ruido despertó a Pilar. La enfermera miró a la sobresaltada madre. Tenía el cabello alborotado y los ojos hinchados. Pilar le devolvió un fisgoneo enfurruñado de pies a cabeza. Adormilada e ida. Estaba malhumorada por haberse saltado el primer rezo de la mañana.

—Buenos días, señora Bahamonde —saludó la joven monja.

—Buenos días, si Dios quiere, sor Elisa.

Pilar contestó adusta. Observó a su hijo postrado en la cama, aún durmiendo. Suspiró. «¿Qué le pasaba a ese crío? ¿Por qué no podía ser tan tópico como sus dos hermanos? ¿O sumiso y obediente como su hermana pequeña?» Volvió a suspirar. Ni siquiera debería fantasear con la idea, iba contra las enseñanzas de la Palabra, pero no podía borrar el pensamiento: Paquito era el preferido desde su parto. El más frágil, el más inteligente. Tenía grandes planes para él. Paquito era su fiel reflejo. Tenía que protegerlo de todas aquellas debilidades con las que había nacido, inculcarle los valores de la moral católica y protegerlo de su padre.

Una llantina precedió al desperezo torpón del niño. Le tiraban los puntos y sus manitas amenazaron la entrepierna. Su madre acudió rauda. Sujetó las diminutas muñecas y soltó un bufido. La falta de reacción de aquella enfermera incompetente le ponía de los nervios.

—¡Hermana, por todos los santos! ¿Puede usted echarme una mano? Este revoltoso rapaz se va a desgraciar el cosido.

—Disculpe, señora… No me había dado cuenta de que estaba despierto.

—Ma-má, ma-má ―farfulló Paquito entre sollozos adormilados.

La enfermera se unió al auxilio. Sustituyó a la madre en su cepo manual. Ésta, liberada, colocó la palma sobre la frente del malito.

―¡Está ardiendo! Le ha subido la fiebre.

―Ma-má, ma-má ―repitió la súplica el crío.

―Dime, cariño… ¿Qué es lo que tienes?

―Ma-má… Quiero que la señorita Elisa me cure.

―¿No quieres que lo haga mamá, corazón?

―No… ¡Elisa! ―bramó Paquito con los ojos cerrados―. ¡Me arde la pirula!

La hermana se paralizó. Su rostro se amorató por el pasmo. Aunque se podía intuir una leve sonrisa en sus labios, un mohín irónico y hasta malicioso. El semblante de Pilar se tornó pálido de repente. Sus miembros rígidos de vergüenza, su mente inerte. Para moverse precisó rebuscar una exclamación en sus adentros más castos.

―¡Santo Dios, pero qué dice este mocoso!

―No se preocupe… ―restó importancia la monja―. Serán los sedantes.

―La pirula… La pirula… Me arde la pirula… Elisa… Elisa… Elisa…

El niño, de pie en el camastro, seguía divagando con los párpados lacrados. Un trance sonámbulo particularmente bizarro. De súbito se convulsionó. Movió su pelvis repetidas veces de adelante hacia atrás, como si dentro del tiro de aquel pijama se le hubiese colado una bicha. Su madre lo contempló turbada, aterrada.

―¡¿Sedantes?! ¡Esto es cosa del diablo! ―aulló.

Pilar dedicó un reojo mal encarado a la enfermera. La religiosa se alarmó por la mirada de la adulta. Había un odio puritano en aquellas pupilas. Sor Elisa intentó relajar al crío. Nunca había visto nada parecido en ese hospital naval en el cual llevaba unos pocos meses sirviendo. Intentó guardar la compostura. Serenar a aquella mujer desquiciada. No en vano, su marido era una persona muy influyente en la Marina. Y balbuceó lo mejor que pudo:

―Pobre, está delirando... Suele ocurrir con la morfina…

―¡No quiero volver a verla cerca de mi hijo, pécora del demonio!

―Si es lo que quiere, señora Bahamonde… Me retiro. Para lo que desee puede llamar…

―¡Fueraaaaaaaaaaa!

La monja atravesó la sala como un obús. Calcorreó hacia la puerta a todo trapo, volando humillada bajo su largo hábito. Salió de la habitación y dio un portazo. Pilar gruñó hacia la dirección de aquel destierro. Luego, acarició las mejillas de su nene. Le secó las lágrimas. Lo besó y lo recostó nuevamente en la cama. Paquito continuó tenso. Arqueó la espalda y pataleó sobre el colchón. No encontraba solaz en las caricias de su madre.

―Tranquilo, tranquilo… Chissst ―le susurró Pilar.

Paquito torció el cuello. Hundió la nuca en el almohadón. Lloriqueó inquieto. Pilar se conmovió. Pilar bajó las sábanas, bajó el pantalón de su pijama y examinó el desaguisado. Examinó el vendaje. Examinó el hueco del testículo extirpado, rodeado por unas gasas teñidas de pus y sangre secos. El rozamiento de la zona dañada causó un efecto imprevisto; las pupilas de Pilar se dilataron, los ojos estuvieron a punto de caer de sus cuencas. Sobre el apósito se izó un párvulo mástil. Una verga de infante dura como un trinquete de roble.

Pilar miró hacia los lados. Se aseguró de que las cortinas estuviesen corridas. Pidió perdón al crucifijo que pendía encima de la cabecera. Besó su rosario. Su hijo no hallaba consuelo. Su frente estaba fría, el sudor le recorría las sienes; el cabello, empapado. Tiritaba como una hoja en pleno vendaval. Le castañeaban los dientes. Y, sobre todo, aquel pene. Aquel pene erecto y hereje. No podía ser, su hijo tenía una esencia pura. Aquel designio debía ser cosa divina. La naturaleza de la virtud clamando por un alma virginal.

Pilar aferró la ramita carnosa con dos dedos. La palpó mortificada. Apartó la vista. Su mirada emigró al crucifijo de la pared. Retiró el pellejo que cubría el glande. Deslizó el prepucio con suavidad, con ternura. Sus dedos subieron y bajaron. Masajearon aquel bálano pueril. Paquito resopló. Paquito dejó de convulsionarse. Su respiración se normalizó, dentro de su aceleramiento. El remedio estaba dando resultados, y el enfermo se sosegaba poco a poco. A medida que imprimía más velocidad al movimiento mamporrero, Pilar oía al crío tragar saliva. Le oía aguantar el aire, para expelerlo con fuerza a continuación en una única bocanada. Hasta que llegó el espasmo. Las rodillas de Paquito rehilaron, todo su cuerpo sufrió una trémula vibración durante un par de segundos. Y después, como en el ocaso de una tempestad, la calma regresó a su espíritu inocente.

Pilar limpió el indecoroso fluido. Cubrió a su pequeño con las ropas. Le dio unas palmaditas en su panza. Acarició su rostro y besuqueó su frente, que poseía una temperatura más natural. Se separó una pizca y le murmuró al oído con dulzura:

―Duerme, mi vida… Debes recuperarte para arreglar esta España vencida.

La mujer elevó la vista al techo. Juntó sus manos y rogó indulgencia a su Todopoderoso Vigilante.

―Ay, perdóname, Señor… Lo que tiene que hacer una madre por devoción a su hijo.

―Elisa… ―masculló el niño soñoliento.

Y su madre le cruzó la cara de un sopapo a mano abierta.


Cuando el antiguo capitán de navío, don Nicolás Franco Salgado y Araújo, llegó al hospital naval de El Ferrol, ocho días después del ingreso, su hijo, Paquito, ya correteaba por los pasillos del edificio, prácticamente sanado, al encuentro de su querida Elisa. Sin saber el cándido zagal que la religiosa huía de los anhelos enamorados del crío, por guardar su honra célibe y, más que nada, por un terror verdadero a la mala hostia de su madre y las consecuencias que pudiese acarrearle.

El oficial preguntó en la entrada por su hijo. Allí le indicaron en qué dependencia se ubicaba. De camino, saludó a varios subordinados. Casi todos, militares fuera de servicio por algún traumatismo o convalecencias de larga duración. Casi todos mostraron un peloteo cínico en sus palabras, resentidos como estaban por el tratamiento actual del Estado a esos hombres de armas. La deferencia iba destinada a su pasado de capitán en tiempos de guerra; la procacidad, a su nuevo mandato asociado al peculio de aquellos derrotados. No había que olvidar que Nicolás se encargaba ahora de administrar los cuartos de la milicia, como general de brigada en la Intendencia de la Armada. Cargo que ya había ostentado su padre, e incluso el padre de su esposa. Y si bien los marinos lo trataban como un igual, tenían ciertos recelos a que los bolsillos del procurador se llenaran con las arcas públicas, del mismo modo que había sucedido en el caso de sus predecesores. Mas no era Nicolás un ladrón de erario ajeno, el vetusto código militar se lo impedía, sino que sus esfuerzos iban más, como todos bien sabían incluida su mujer, a ser un manirroto de taberna y un husmeador de coños adulterinos.

Nicolás encontró la habitación. Empujó la puerta e irrumpió en su interior con el talante gallardo que aun hoy, vapuleados por el reciente desastre, acompañaba a los veteranos de la gloriosa Marina Española. Pero no era su esposa, María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade, de fácil camelo ante esos orgullos pretéritos, y mucho menos cuando su marido llevaba desaparecido semana y pico en una de sus verbenas reincidentes.

Pilar estaba sentada de cara a la puerta. Sola. Tricotando un jersey de lana beis. Vio a su marido y permaneció queda. Simplemente dio un respingo con sus pestañas.

―Qué hay… ―saludó Nicolás.

―Ya era hora ―pronunció ella desganada.

―Acabo de llegar de Madrid, en Comandancia precisaban de mi consejo…

―¿Comandancia? ¡Ja! No es lo que se chismorrea por el vecindario.

―¿Y qué comentan esas viejas urracas cuando revolotean sobre nuestras ventanas?

―El consuegro de doña Azucena, que tiene unos negocios inmobiliarios en la zona de La Bombilla, le dijo que vio al mismísimo intendente Franco compartiendo mesa con una buscona en el Casa Mingo.

―¡Qué mentecatez! ¿Qué iba yo a pintar por esos arrabales?

―¡La mona, como siempre haces, y alguno de esos felpudos infestados de sarnas y lujuria! ―exclamó Pilar, persignándose a la vez.

―¡Eso son sandeces de verdulera!

―Doña Azucena podrá ser muchas cosas, pero no es una mentirosa.

―La viuda de los cojones… Mejor nos iría a todo el barrio, si aquel día en Cuba se hubiese ahogado junto a su marido.

Pilar se santiguó otra vez. Cabeceó contrariada hacia los lados y miró con furia a su esposo.

―¡No digas burradas, anda! Ten un poco de respeto por los muertos.

―En este país, desde el noventa y ocho, nadie respeta ya ni a los muertos ni a la Historia… ¿Por qué debería hacerlo yo?

―Porque tú podrías ser uno de ellos.

―Ojalá, ojalá lo fuese. España se ha llenado de maricones desde entonces… Por cierto, ¿dónde está el que tú pariste?

―¡No te tolero que hables así de Paquito! ¡Es sangre de tu sangre, rediós!

―Maricón, y ahora encima eunuco… ¡Manda huevos! ―Nicolás sonrió mordaz―. ¿Quién te mandó traer a un mundo de hombres a ese enclenque albardado con el habla de chuflo cabaretero? ¡Ni que fuese republicano!

―Solo le han quitado un testículo, tampoco hace falta ponerse así… Los médicos han dicho que podrá hacer vida normal, pero que puede ser que se le agudice un pelín el tono de voz.

―¿Aún más? ¡Pues vamos aviados! ¡Tendré que esconderlo para ir a los toros!

―No hace falta… Si quieres ver cuernos, mira a la tonta que tienes enfrente.

―Oye, Pili, no he venido a discutir. Por mí hubiese ido directo a casa. Tengo ganas de ver al Ramón. No estuve en su sexto aniversario y le traigo un regalo. Abajo tengo guardada una réplica exacta en madera del Éole ese gabacho. Ya sabes cómo le gustan esas majaderías de volar al mocoso.

―Tienes más hijos, ¿lo sabes, no?

―Ah, sí… ―La cara de Nicolás se cargó de ironía de nuevo―. Un tocayo de once años que no sabe ligar una frase con otra y dos niñas de diez y siete.

―¡Vuelta la burra al trigo! Al final conseguirás que el chaval nos salga folclórica, ya verás.

―¡Dios te oiga! Así no hará el ridículo en la academia. Esta familia todavía goza de algún prestigio en el ejército.

―Me enerva, señor intendente.

Nicolás sonrió críptico. Cada vez le costaba más regresar de sus jaranas madrileñas. Cada vez le costaba más separarse de su Agustina del alma. Para él suponía un suplicio el aparentar ser un marido como «Dios mandaba» en aquella Galicia atávica, soportar a la beata con la que se había casado. Contempló a su mujer, apenado, maldiciendo su fortuna autoimpuesta y su carácter de crápula liberal. Tuvo que disimular su ánimo con una pregunta obligada:

―¿Dónde anda el pipiolo?

―Inspeccionando el hospital ―contestó Pilar―. Ya sabes que es muy curioso.

―Pche… Si tú lo dices.

―¡Pues sí! ―recalcó la consorte―. Deberías pasar más tiempo con él.

Esta última puya dejó pensativo al tesorero, que se preguntó si estaría siendo un buen padre. Se entristeció un poco porque no halló demasiadas razones para responder afirmativamente. No obstante, la fútil congoja duró el tiempo que la efigie de la joven Agustina retornó a su memoria, para proseguir con más preguntas desdeñosas.

―¿Y cómo fue?

―¿El qué?

―«El accidente», coño… ¿Qué va a ser?

―Ya te comenté que nuestro Paquito tenía ciertos problemas en el colegio… ¡Esos íncubos demócratas!, tendrían que tener prohibido engendrar.

―Sí, recuerdo que me dijiste que se reían de él. ―Nicolás esbozó una sonrisa generosa―. Esto… ¿Cómo le llamaban?

―No te lo voy a decir… Ni lo sueñes.

―¡Venga, mujer! Si es muy gracioso, y el guaje no puede oírnos.

Nicolás rozó el brazo de su esposa. El primer contacto físico desde que había llegado. El primer gesto adulador y afectuoso. A Pilar se le escapó una risita coqueta. Un ademán iluso y una declaración de complicidad agradecida.

―«Ce-ri-lli-to» ―dijo entre dientes.

―¡Eso! ¡Cerillito, qué simpáticos! En mis tiempos, si me hubiesen apodado así, habría ido partiéndoles la boca uno por uno.

―Ya sabía que no te tenía que haber dicho nada ―Pilar volvió a enfurruñarse.

―Bah, olvídalo. Y continúa, por favor, esto se pone divertido.

―Por lo visto, según me comentó don Rogelio, el capellán, esos aprendices de sátiro llevaban toda la mañana mofándose de nuestro hijo, y a la salida de clase, sin la vigilancia ya de los maestros, lo acosaron al grito de: «Cerillito no tiene pito».

―Vaya, tengo que recordar no hacer ningún chiste al respecto…

―Más te vale, él está muy sentido con eso.

―¿Y cómo se desgarró entonces el cojón?

―Por miedo a que le quitasen los pantalones, como él mismo me reconoció hace unos días, y en su atropellada huída de tal escarnio público, solo se le ocurrió saltar la valla de una finca… Una valla de ésas con barrotes de hierro terminados en punta de lanza. Y, como es algo ceporro y tan poca cosa, el pobrecito mío, ahí quedó su criadilla derecha colgando del herrumbroso cercado… ¡Casi se nos desangra, Nicolás!

―¡Qué historia! ―exclamó el marido con retintín―. En las Indias hubiesen pagado una buena suma por escucharla.

―Uffff…


―Pero, cuando crezca, ¿podrá preñar a una moza, no?

―El urólogo dice que «en teoría» sí, aunque obviamente le costará un poco más.

―Claro, al cañón le cuesta más acertar con la mitad de las balas…

―¡Oh, cállate! Y vete a buscar a tu hijo.

Nicolás frenó otro amago de chanza e intentó no decir más animaladas. Había que ir con cuidado con aquella mujer. En cierto modo, sus bromas iban destinadas a mitigar la desazón y, por qué no apuntarlo, el pavor que le tenía a su fanatismo exacerbado.

―¿Qué tal los médicos? ¿Lo habrán tratado bien siendo hijo de quien es? ―indagó flemático.

―En general, sí… ―replicó ella dubitativa―. Únicamente hubo un problemilla…

―Cuéntame y lo arreglaré, como de costumbre.

―Una enfermera nueva, una monja que acaba de salir del noviciado, Sor Elisa se llama ―su esposo la observó avizor―, es una incompetente y estuvo al borde de matar a Paquito con la medicación. Si pudieras hacer algo para que no vuelva a pasar… Por la salud de los internos, claro está, a mí no me mueve ningún interés personal.

Nicolás, ya con la puerta entreabierta, sentenció solemne:

―Intentaré que no se repita.

El jovencito Franco había visitado decenas de las estancias del hospital. Estaba aburrido de permanecer en aquella habitación junto a su madre. Ya iban para nueve los días que llevaba allí recluido. Era normal, en un chico de diez años, que tuviese la imperiosa necesidad de explorar territorios vírgenes, como aquellas salas repletas de perfiles anónimos, de enfermedad y de atmósferas antisépticas. Sus ojillos merodeaban un aliciente que saciara su vagabundeo infantil. Su ordenado ingenio sabía perfectamente lo que sus ojillos sondeaban. Sin embargo, Elisa nunca aparecía. Sí, la había visto un par de veces al fondo del pasillo de la segunda planta, una más abajo de la suya, pero fugazmente volvía a desaparecer. Parecía esconderse de aquel niño escuálido y fisgón.

Muchos de los internos, que salían de las habitaciones a fumar e incluso a tontear con alguna sanitaria desligada de su voto de castidad, se paraban a su paso. Lo reconocían. Creían que por obsequiarle unas palabras amables al arrapiezo de los Franco, ganarían puntos ante aquella estirpe de oficiales. Paquito los saludaba timorato, en silencio, con un simple gesto de su mentón o elevando ligeramente sus deditos. Paquito desconfiaba de aquellos ruegos amables. Desconfiaba de la honestidad de aquella hueste postrada. Conocía los efectos de su pronunciación atiplada, las burlas que vendrían cuando se fuese. Prefería permanecer callado. Paquito ya sabía por aquel entonces que aquélla era la escoria del ejército a la que su padre vilipendiaba continuamente.

En su cuarto o quinto reconocimiento del segundo piso, descubrió a Elisa. La distinguió con claridad entre varias empleadas. Más cerca que nunca, a solo unos metros. Su corazón galopó feroz. Sus manos tamborilearon en los bolsillos del batín. Su cerebro rugió: «Acércate, corre», pero sus piernas le fallaron. Estuvo admirándola un par de minutos, admirado. El movimiento de sus labios al hablar con las compañeras. La forma de colocar sus manos sobre las caderas. La liviana inclinación de su pierna izquierda para sujetar la ligereza de su tronco. Sus grandes ojos color miel. Ni aquel basto atuendo podía ocultar su beldad a la imaginación del crío. No se atrevió a arrimarse. No se atrevió siquiera a tartamudear su nombre mentalmente. Era un cobarde. Recelaba de todas las personas, pero las féminas siempre le producían aun más pánico.

Se guareció en un sofá del recibidor. Sus amplios brazos de piel desconchada y sucia le servían como refugio secreto. Desde esa atalaya maloliente podría espiar sin ser espiado. Podría continuar observando a la muchacha que escribía sobre el mostrador. Paquito asomaba su flequillo a intervalos fugaces. Cortas ojeadas sin otra intención que grabar a fuego en su recuerdo aquella figura pudibunda y, a la vez, tan atrayente. Durante uno de esos rápidos vistazos, la mujer se movió unos metros. Ahora hablaba con un doctor que le señalaba algo al otro lado del vestíbulo. Paquito siguió las indicaciones con la vista. Tembló. Se asustó. Se ruborizó al ver a su padre tras aquel dedo. Se hundió en el sofá, se escondió en su abrazo desgastado. Sintió que estaba haciendo algo malo. No podía ser descubierto fisgando a una hembra. Su padre se mofaría. Su padre se lo diría a su madre, y su madre le haría rezar… Y luego lo azotaría. Lo azotaría hasta que cantara, lo azotaría hasta renegar de aquellos pensamientos insanos, hasta que dijese que «Ella» era la única a la cual su hijo amaba. Y continuaría gritándole que no se desviase del camino, que no fuese como su padre. Y más tarde lloraría, y lloraría. Un río a cada lado de su rostro contrito, e inundaría de besos arrepentidos la faz de aquel retoño perdido entre el castigo y la ira.

Paquito escudriñó a la pareja desde su escondrijo. Su padre era el único que hablaba. Estaba explicando alguna cosa que hacía bajar la cabeza a la religiosa, asentir contrariada y triste. Su padre posó una mano cariñosa sobre el hombro de la enfermera. Ella negó un sexteto de veces. Él abrió los brazos impasible. Parecía pedirle que se decidiese en algún negocio. Ella meditó. Se persignó. Rezongó al cielo de escayola. Y, al fin, ella asintió. Aunque en esta ocasión lo hizo sumisa, avasallada.

Apuntalando la vista al suelo, Elisa arrancó a caminar. Casi arrastraba los pies, un errar trompo y dócil. Nicolás esperó un segundo. Lanzó un par de olfateadas a la sala y marchó tras ella.

Paquito no había perdido detalle. Paquito dejó su cómoda guarida y salió en pos de los adultos. ¿Un impulso instintivo o un razonamiento estúpido que traería consecuencias? ¿Valentía o mera investigación? Tuvo que apretar la zancada para seguir su rastro. Se sintió un esperpento forzado a aquella carrera zamba. Iba escocido y a saltitos, las secuelas de su operación. Los alcanzó en la escalera. Perseveró a distancia. Podía vigilarlos desde los peldaños superiores. Una planta, dos… Estuvo a un tris de no verlos entrar en un cuartucho del sótano. Un almacén de suministros. La puerta era pesada, la sujetó antes de que se cerrase del todo. Entró furtivo.

La visión fue sobrecogedora. En una esquina, medio tapados por unas cajas, estaban los dos amartelados. La monja agachada ante el maromo; el militar jadeando a las primeras de cambio. Paquito no comprendía ni papa. Además, la mayoría de la escena estaba oculta a sus ojos por las cajas y el cuerpo de espaldas de su padre. Aun así, se sorprendió al ver su pantalón bajado hasta los tobillos. Se aproximó un poco más. Notó un escalofrío. Se detuvo. Dudó. Pensó que su incursión solo podría acabar de una única manera: un hostión en toda regla. No sería la primera vez. Sacó arrestos de su cebada intriga.

―¿Pa-dre? ―preguntó el niño indeciso.

―¡Aggghhh! ¡Paquito! ―Su padre se giró alborotado al oír al crío―. ¿Qué tal… estás?

La sofocada monja hizo un intento por incorporarse. Nicolás no se lo permitió. El intendente presionó con la palma de su mano sobre la toca. Presionó hacia abajo y hacia sí. Mantuvo a Elisa en la misma posición, acuclillada a sus pies, impidiendo que se sacase el manubrio de la boca.

―Bien, me escuece un poco ―contestó cauteloso Paquito.

―Es normal… Ah… Eso es porque se está cicatrizando la herida… Ah…

―Ya, eso dice mamá.

Nicolás lo observó impaciente. Orientando su espalda hacia un ángulo ciego, para que el chiquillo pudiese ver lo mínimo, y con el cuello girado en una forma grotesca, antinatural. Tan agotadora que no toleró mantenerla ni un segundo más. Tanto, que sus siguientes frases sonaron hastiadas.

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