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El hombre que nunca existio


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EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIO

R. A. Lafferty

* * *

—Soy un hombre de la clase del futuro—afirmó Lado un mal día—. Y creo que están apareciendo hombres con nuevas facultades. El mundo tendrá que aceptarnos tal como somos.



—Apuesto a que no—le atajó Runkis.

Todo aquello empezó pinchando Raymond Runkis a Mihai Lado, el tratante de ganado.

—Eres un endiablado y ostentoso embustero pelirrojo de siete suelas—le soltó Runkis aquel día.

—Sí, ya lo sé—admitió Lado.

Se sentía complacido cuando le alababan su especialidad. Era el mejor mentiroso del contorno, y el que más se divertía con sus tretas. Pero Runkis no paró allí:

—Lado, tú no has contado una sola cosa de verdad en toda tu vida—siguió comentando con voz fuerte.

—Te diré lo que voy a hacer, Runkis—y a Lado le brillaron los ojos, con aquel rasgo tan suyo—. Elige una de mis mentiras, cualquiera que tú recuerdes, y yo la convertiré en realidad. La oferta queda en pie.

Entonces empezamos a interesarnos los demás.

—Hay más de mil para escoger—aseguró Runkis—. Podría hacer que me presentases aquel ternero amaestrado, del que alardeas tantas veces.

—¿Es ésta tu elección? De acuerdo. Silbaré y lo tendrás aquí dentro de un minuto.

—No. Prefiero que llames a la vaca que da cuatro clases distintas de cerveza por cada uno de los caños de sus ubres.

—¿Quieres verla? Nada más fácil. Pero debo advertirte de que su cerveza negra resultará un poco fuerte para tu gusto.

—Bueno. Pensándolo mejor, podrías traerme aquel caballo que lee las poesías de Homero.

—Runkis, ahora eres tú quien está mintiendo. Yo nunca he dicho que lea las poesías de Homero. Dije y digo que las recita. No sé de dónde las ha sacado, pero así es.

—Tú juraste una vez que eres capaz de mandar a un hombre al otro mundo, hacerlo desaparecer por completo. Este es el caso que elijo. ¡A ver, hazlo!

—No quisiera disponer de un pobre hombre en esta forma, Runkis.

—Hazlo, Lado. Te emplazo. Es uno de los embustes que no puedes hacer verdad. Coge a un hombre y muéstrame que ha desaparecido.

—Muy bien. La cosa necesitará un par de días, pero podréis seguirla de cabo a rabo. Sí, señor, mandaré a un hombre al otro mundo.

Aquel Mihai Lado era un tipo muy raro. Pagaba siempre al contado y tenía las ideas tan rápidas que le entraba a uno el miedo en el cuerpo. Era el más listo de los tratantes de ganado en el valle Cimarrón; era macizo, pecoso y chapucero, pero no parecía hombre del campo. Tenía esa clase de ojos que no son de por aquí; se diría que miraba a través de la cara de otro, como una máscara.

—He dejado tras de mí más de un pueblo y más de un hombre —nos dijo cierta vez—. Soy un hombre nuevo con nuevas facultades. No las uso gran cosa, pero van creciendo en mi interior. Algunos de nosotros, los de mi clase, estamos asustados. Tendremos que acomodarnos al mundo, o será el mundo el que llegue a acomodarse.

—Te apuesto a que el mundo no hace eso—pontificó Raymond Runkis.

En una ocasión, Lado durmió al pequeño Mack McGoot y le hizo ir de un lado a otro, saludando al ganado como si fuesen personas. Y a Runkis le vendió por ternero un buey de dos años; un buey de dos años tiene la cola larga, pero un ternero tiene todavía la cola corta de un ternero.

—Este animal —reclamó Runkis cuando advirtió el engaño— no tenía la cola larga al comprártelo ayer tarde.

—Tenía la misma cola, exactamente —confirmó Lado—. Sólo que tú viste lo que yo quise que vieras.

Lado era un fullero, pero nadie puede mandar, así como así, a un hombre al otro mundo.

—Bueno, lo haré—nos dijo aquel día, después de pensarlo un poco—. Mandaré a Jessie Pidd al otro mundo.

—¿A quién?

—A Jessie Pidd, el que está tomando café al otro extremo del mostrador.

—¡Ah, Jessie! Perfecto. ¿Cuándo lo harás?

—Acabo de principiar. Ya le he afinado un poco. Y podréis divertiros todos viendo cómo va desapareciendo. Será gradual, pero en tres días se habrá marchado por completo.

¡Vaya, vaya! Nos carcajeamos como potros en prado nuevo.

Esto a Lado no le molestó; mostraba siempre una media sonrisa mientras cerraba sus tratos, y seguía sonriendo entonces como si tal cosa.

En cierto modo, Lado no llevaba todas las de perder. Porque, ya para empezar, Jessie Pidd no estaba allí todo él. Entiendan lo que quiero decir: resultaba un bendito simple y flaco algo fuera de sus cabales. Solíamos comentar que era tan delgado, que no llegaríamos a verle si se miraba de perfil; pero aquello, claro está, no pasaba de chiste entre copa y copa.

A Lado le pasamos a pelo y a contrapelo aquella noche, cuando nos sentamos todos a jugar unas partidas. Jugamos al póker y a la canasta, y Lado ganó. Jugamos al dominó, y aunque nos concertamos en bloque contra él, Lado ganó. Nos decidimos por los dados, y Lado ganó. Era el más afortunado embaucador que recordábamos en el pueblo, pero a continuación llegó aquel estrafalario envite —desdichado, diría hoy— que no podría ganar de ningún modo. Él, no obstante, siguió aceptando apuestas con unos y otros; si conseguía hacer que desapareciese Jessie Pidd, Lado se convertiría en propietario de más de medio pueblo.

El aspecto de Jessie Pidd era francamente malo a la mañana siguiente, cuando entró a desayunar en el Café de los Ganaderos. Verdad es que nunca lo tuvo muy bueno, que digamos.

—¿Te encuentras bien?—le preguntó Raymond Runkis.

—No del todo.

Y se puso a mirarnos, como intrigado.

—Lado—previno Raymond a Mihai—, las tretas son tretas, y tú has tenido algunas muy buenas. Pero si realmente le haces algún daño a ese pobre hombre, las cosas, aquí, se pondrán feas para ti.

—Runkis, tú no sabes siquiera de qué se compone un cuerpo.

—No lo sé, desde luego. Todo lo que digo es que te abstengas de causarle ningún mal.

—Nadie saldrá perjudicado de una de mis tramoyas.

Con todo, el hecho es que aquello había principiado.

A media mañana, Johnny Noble hizo correr la voz de que Jessie Pidd andaba al sol sin dejar sombra. Otros dos lo vieron también. Pero el cielo se nubló y no hubo medio de seguir adelante con la observación.

Y algo antes de mediodía, Maudie Malcome se encaró con Lado en el vestíbulo del banco.

—Señor Lado, ¿qué le está haciendo a mi marido?

—¿Pero de veras estás casada, Maudie?

—¡Condenado pelirrojo! Jessie Pidd es mi legítimo esposo.

—Bueno, Maudie, te lo diré; estoy haciéndole desaparecer.

—Si toca un solo pelo de su cabeza, seré yo quien le mate a usted. ¡Por ésas!

Adelantada la tarde, las versiones se extendieron como una epidemia por el pueblo. Hasta el bruto de Raymond Runkis tuvo que admitir que las cosas presentaban mal cariz.

—Os digo que puedo ver la luz de una cerilla a través del cuerpo de Jessie Pidd—nos informó—, y también la silueta de cosas que estén detrás de él... Oye, Lado, antes de que lleguemos a las malas, ¿es sólo un juego todo eso?

—Sí, hombre, un juego y nada más que un juego.

—Bien, pero tomaré las precauciones necesarias para que no se salga de cauce. Tengo la mayor y más segura casa del pueblo. Los aquí presentes haremos de testigos, y tú, Lado, y tú, Jessie, vais a ir con nosotros a mi casa y allí estaremos hasta que se cumpla lo ofrecido. Si alguno tiene asuntos pendientes, dispone de una hora para despacharlos. Luego, todos a mi casa. Hagas lo que hagas, Lado, veremos cómo lo haces. ¿Queda claro?

—No. Estás embrollando las cosas, Runkis, pero acepto sus condiciones. ¿A qué ilusionista no le gustaría tener un auditorio tan devoto?

Trajimos provisiones, nos reunimos en casa de Runkis y la cerramos a piedra y lodo al atardecer del mismo día. Nadie debía entrar en cincuenta horas, pero no faltó quien llamara y vocease, muy en particular Maudie Malcome.

Éramos diez: Mihai Lado, Jessie Pidd, Raymond Runkis, Johnny Noble, Will Wilton, Wenchie Hetmonek, Mige CcGregor, Billy West, el pequeño Mack McGoot, Remberton Randall. Y uno dé ellos (sin que convenga decir quién, tal como acabó el asunto) era yo.

Runkis nos puso de vigilancia. Llevamos un par de camas de la sala y preparamos un par de catres. Algunos se acostaron, y los demás nos pusimos a jugar a los naipes, para pasar la noche en vela.

Y al cabo de una hora o cosa así, Runkis estalló:

—¡Lado, estás matando a un hombre! ¡Si se va él, te irás tú también!

—Te juro que no le hago daño alguno a la persona de Jessie Pidd ni a ninguna otra, en absoluto—aseguraba Lado, dale que dale.

Pero ninguno de nosotros dudaba ya de que Jessie Pidd se hubiese hecho transparente. Veíamos el contorno de los objetos a través de él; su propia silueta quedaba más difusa. Había cada vez menos de lo poco que antes hubo de Jessie Pidd.

Nadie de los del grupo durmió mucho aquella primera noche. Era espantoso ver cómo se iba marchando Jessie, y puedo decir que a la mañana siguiente quedaba sólo la mitad de él.

El segundo día fue una pesadilla. Lado había ganado todo el dinero que había en la casa, y desde aquel momento hubimos de seguir jugando con cerillas de la cocina. Yo tenía la impresión de que las cartas cambiaban de palo y de color en mis propias manos, y a los restantes les ocurría algo parecido. Lado se llevó todas las cerillas de la cocina. Y los reunidos, mientras tanto, veíamos cómo Jessie Pidd iba esfumándose ante nuestros ojos. Perdimos un poco el sentido del tiempo y de la proporción.

Aquella noche, Pidd se había vuelto tan inmaterial, que el humo de los cigarros pasaba a su través. Era poco lo que quedaba, dejando aparte la silueta y la sonrisa de conejo.

A la segunda mañana seguía con nosotros todavía, pero muy poquísima cosa. Era algo salido de un sueño de borrachera. Sobre medioclía, el pequeño McGoot anunció que no le veía ya. Y hacia la caída de la tarde, todos perdimos una vez u otra la pista de Jessie Pidd, y con grandes dificultades logramos, dar con los trazos de su contorno.

Después se nos perdió del todo.

Primero, la silueta definitivamente; luego, la sonrisa de conejo. Al obscurecer, Jessie Pidd había desaparecido. Quedamos en silencio, sin saber qué hacer. Fue Raymond Runkis quien rompió a hablar:

—Lado, ¿tú puedes verle todavía?

—No, ahora ni nunca.

—¿Qué dices?

—Digo que no le he visto en mi vida.

—¡Maldito loco! Ésto no ha de quedar así. ¡Jessie ya no está, Lado!

—Lo sé. Es la mejor treta que he hecho hasta el momento.

Runkis echó las manos al cuello de Mihai Lado y lo agitó brutalmente.

—¡Tráelo! ¡Tráelo ahora mismo, Lado!

—No puedo, Runkis. Nadie puede devolverlo.

—Ahí está—estaba—Jessie Pidd. Haz que vuelva a estar, o a la treta le llamaré yo asesinato.

—Lo mejor será que vayamos todos al sheriff —recomendó Heamonek—. Si no es un asesinato, ya le encontraremos otro nombre.

Todos fuimos testigos en la vista. El sheriff Bryce estaba allí, pero como si no estuviese. Había también un médico de la policía—un tal Bates, de la ciudad—, y un comisario llamado Ottleman, designado por las autoridades de nuestro estado. Ese Ottleman no acababa nunca con sus pregunta, y muchas de ellas tenían miga, por cierto.

—Señor Lado—dijo—, he escuchado lo que puede ser la más ingenua tortuosidad que haya sido expuesta en una vista, o la más detestable declaración que haya tenido yo la desgracia de aguantar. ¿Hay algún hecho tangible detrás de este embrollo, Lado?

—Hay hechos, claro. ¿Qué desea usted saber?

—¡Válgame Dios!... Veamos: ¿qué le ocurrió a Jessie Pidd?

—Pues que ha desaparecido. Ya se lo han dicho.

—¿Puede usted hacer que vuelva?

—Hombre, supongo que podría, por un rato muy corto. Pero echaríamos a perder toda la broma.

—¿Considera usted señor Lado, que un asesinato es cosa de broma?

—Es que no se trata de asesinato, en absoluto. Jessie Pidd no era una persona.

—¿Ah, no? ¿Qué era entonces?

—No era nada. Nunca hubo un tal Jessie Pidd.

—Lado, eres un redomado embustero—gruñó Runkis.

—Desde luego, soy un embustero —admitió Lado—. Lo cual viene a decir que soy un ilusionista. Tengo un centenar de facultades y he gastado una pequeña broma con una de ellas. Esto es todo. Puedo hacer que cualquier cosa parezca que es; puedo crear realidad. He ocultado esas fuerzas porque no veo claro para qué sirven. Y un día, para aligerar la responsabilidad que me imponen, decidí divertirme un poco.

—¿Cuándo fue que empezaste a hacernos ver a Jessie por primera vez?—preguntó Runkis de mala gana.

—La otra noche, cuando tú me emplazaste a que mandara a un hombre al otro mundo.

—Siendo así, ¿cómo Se explica que hayamos tratado a Jessie varios años, y él hiciera trabajos eventuales en el campo y en el pueblo?

—No le trataste, Raymond. Yo te lo sugerí, y tú eres buen receptor. Repito que Jessie Pidd nunca ha existido.

—Lado, hay dificultades con su declaración —intervino Ottleman—. Hay pruebas de que Pidd era conocido de años en este lugar; era el legítimo esposo de cierta..., sí, de Maudie Malcome.

—Exactamente, no. Sólo lo más parecido a un esposo que Maudie haya tenido en su vida. No está bien de la cabeza, esa pobre mujer.

—Nada de eso —interrumpió el pequeño Mack McGoot—. Es una persona simple y de poco seso, como lo era también Jessie Pidd. Les queríamos a los dos. Y habrá venganza por lo que ha sucedido, dentro o fuera de la ley.

—No sabía que fuese yo tan ilusionista. Y si lo hice, ¿por qué no puedo deshacerlo? Ottleman, esta gente sueña despierta, y se figura lo que nunca fue. Compruébelo usted mismo. Presénteme alguna referencia escrita de Pidd, anterior a los cuatro días últimos. Si un hombre ha vivido en un pueblo varios años, ha de haber algún dato de él, tendrá que haber hecho cosas en alguna parte. Si ha venido haciendo trabajos sueltos durante años, alguien tendrá recibos o apunte de los pagos. Estamos en un mundo de papeles, y en cualquier sitio debería haber papeles a nombre suyo.

—Jessie era un hombre que pasaba inadvertido —dijo John Noble.

—¡Busque, Ottleman!—insistió Lado—. No encontrará usted ni una sola nota en todo el pueblo. También desearía que obtuviera de los ocho testigos, uno a uno por separado, la descripción de cómo era Jessie Pidd.

—Bien. Vamos a interrumpir la vista y dedicaremos dos horas

a lo que usted pide—dijo Ottleman.

En aquellas dos horas recogieron un buen caudal de información.

—Se reanuda la vista —anunció Ottleman—. Lado, no tiene usted donde agarrarse. Y a nosotros no nos queda ninguna duda; Jessie Pidd era muy conocido en este pueblo, desde hace muchos años.

—¿Cuántos años?

—Nadie está completamente seguro. Hay quien habla de cinco, y quien habla de cincuenta.

—¿Coinciden las descripciones de ese hombre que no existió?

—Todos están de acuerdo en llamarle estrambótico y difícil de describir?

—También declaran todos que no tenía una edad bien definida... Señor Lado, he recogido más pruebas que usted. Es normal que la gente no concrete, y muy corriente que describa con poca seguridad. Pero ahora estoy convencido de que Jessie Pidd era un hombre de carne y hueso, y que usted lo ha llevado a la muerte.

—¿Encontraron algo escrito sobre él? Esta es la verdadera prueba.

—No, no encontramos nada, y tampoco es ésa la prueba. Según asegura todo el mundo, no era de esa clase de hombres de los que se suele tomar notas escritas. Los que le tuvieron a su servicio, pagaron siempre en efectivo. Nunca estuvo en el censo de votantes, nunca tuvo un permiso de conducción o una tarjeta de seguros sociales, ni una cuenta en un banco, ni una hoja de impuestos. Era un hombre que no formaba parte de nuestro mundo de papeles, como usted dice.

—¿Y no dejó algo escrito de sí mismo?

—No. Parece que era analfabeto.

—¡Es como para coger una pataleta! ¿Ni tan siquiera una firma hecha con el pulgar de su mano?

—Ni tan siquiera eso, Lado, pero existió a pesar de todo. Podemos, pues, acabarle a usted la diversión y volver al punto principal. ¿Cómo le mató? ¿Y dónde está su cadáver?

—Señor Ottleman, estoy diciendo la verdad a una sala que no se aviene a escucharla. El poder de la ilusión es de los que han venido a mí sin pedirlos. Para recreo mío y, según creía yo, también de los demás, he creado la ilusión de un hombre; luego, he dejado que se desvaneciera. No hubo nunca ese tal Jessie Pidd. Era un pobre hombre, le hice así por simple ficción. Todos los que están aquí son pobres hombres, señor Ottleman, y están sometidos a una ilusión constante.

—¿No siente remordimiento por su crimen?

¿Cómo puede ser tan obcecado, señor Ottleman? Fue una treta, nada más que una treta de ilusionismo. Ahora el caso ha terminado, y nadie ríe—y aquí la voz de Lado se hizo más estridente—. Tengo el poder por accidente. Soy hombre de una nueva clase.

—Y nosotros somos de una clase antigua de justicia —dijo Ottleman—. Encontraremos el cadáver dondequiera que lo haya ocultado, y será usted colgado por asesinato.

Pero por mucho que la cuerda se desviviese por el cuello de Lado, la rutina judicial no podía colgarle sin el cadáver como cuerpo del delito.

Afortunadamente, los particulares no nos andamos con tantos miramientos. Alguien tenía que hacerlo, y lo hicimos nosotros.

Era una tarde muy luminosa. Lado no quería ir a la soga. Por lo visto, un hombre de la nueva clase le teme a la soga como cualquier quisque.

—¡Locos, locos! —gritaba Lado con la manos atadas a su espalda—. Estamos en el comienzo de algo muy importante. Estamos en la línea del futuro.

—Pero tú estás hoy—le atajó Runkis—en el extremo que lleva un nudo corredizo.

—¡Locos, locos malditos! Jessie Pidd no existió nunca.

Bueno, aquella parte ya la conocíamos. Pero, como decía el propio Lado, ¿quién desea echar a perder una buena broma?

Le colgamos, y en paz. Como también decía el propio Lado, llegó a este mundo un poco demasiado pronto. Había acabado de dar gritos momentos antes de que le colgásemos.

—Sigo creyendo que alguien me dirá qué debo hacer con mis facultades.

—Sí, pero todavía no lo ha dicho—volvió a comentar Runkis.

Y entonces tiramos todos de la cuerda.

Runkis y el pequeño Mack McGoot se encargaron del cuerpo. Aseguraron que nadie lo encontraría donde lo pusieron, y el caso es que no lo han encontrado todavía, a estas horas.

¿Qué hace uno después de colgar a un hombre? Pregunta innecesaria, puesto que aquel mismo hombre nos había enseñado ya lo que hay que hacer. Por otra parte, un hombre del futuro no deja un gran hueco en el presente.

Cuando todo un pueblo se confabula, puede hacer milagros en un solo día. Borramos hasta las más leves huellas de Mihai Lado. Y tuvimos suerte, además. Aquel tipo, con su eterno fajo de billetes, había pagado siempre al contado, como ya he dicho. Sospechábamos, incluso, que su nombre no fuese verdadero. Acudimos a todos los establecimientos, recurrimos a todo y a todos, revisamos uno por uno los tratos hechos, las anotaciones. Algo hubo que quemar o mistificar, pero no mucho. Le habíamos mandado, y bien mandado, al otro mundo.

Al llegar Ottleman con su guardia, se encontraron con un público muy difícil de pelar.

¿Qué han colgado a un hombre? ¿Quién? ¿Nosotros? ¿Un tal Mihai Lado? No me diga. Aquel nombre no le sonaba a nadie. Hasta el mismísimo sheriff no pudo reconocer al señor Ottleman en su segunda visita; hubo que repetir las presentaciones. Ottleman tiró la cartera al suelo, en un arranque de rabia.

Aquí hay un error, le dijeron. Esto es Springdale, y usted debe de hablar de Springfield, que está en la otra punta del estado. ¿Una vista anterior? ¿Y de anteayer? Otro error, seguramente. ¿Y los documentos que lleva en la cartera? Vaya usted a saber dónde paran. La cartera acaba de recogerla un chico que ha escapado con ella. No, no conocemos al chico. Ni conocemos a nadie.

Fue una escena de nervios, en verdad, pero todos representamos bien nuestros papeles, y la cosa salió adelante. Señores, en este pueblo no hubo nunca un Jessie Pidd, y tampoco un Mihai Lado.

Sin embargo, queda un detalle a considerar, sobre estos tipos del futuro. Y es que unos y otros, sin remedio, hemos de acabar yendo un día a ese país del futuro.

—Y allí nos estará esperando—se lamentó el pequeño Mack McGoot—, a uno cualquiera de los dos lados de la barrera. Entonces nos tendrá en sus manos.

—Apuesto a que no—objetó Raymond Runkis.

Pero Runkis está ya deshecho, el pobre. Se puso viejo de golpe, y viejo es algo que yo no quisiera ser.

Allá arriba, en quién sabe qué negro rincón, a un lado o el otro de la barrera —como dijo el pequeño Mack McGoot—, hay un mozo pecoso y pelirrojo, dotado de unas facultades que estarán empezando a madurar. Es un mozo con esa clase de ojos que no son de por aquí. Y del que se diría que mira a través de la cara de otro hombre, como una máscara.








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