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El Gran Robo Del Tren


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Michael Crichton
El Gran Robo Del Tren
Título original: THE GREAT TRAIN ROBBERY

A Bárbara Rosa


Satanás se regocija —cuando soy malo, y espera que yo —con él me hunda. En el fuego y las cadenas —y las horribles penas.

Poema infantil Victoriano, 1856

INTRODUCCIÓN


Después de transcurrido más de un siglo, es difícil comprender hasta donde conmovió el robo del tren de 1855 la sensibilidad de la Inglaterra victoriana. A primera vista, este delito no parece tan notable. La suma de dinero robada —12.000 libras en oro— era elevada, pero no inaudita; durante el mismo período hubo una docena de robos más lucrativos. Y la organización y el planeamiento meticulosos del delito, que comprometió a muchas personas y se prolongó durante un año, tampoco constituían hechos desusados. Todos los delitos importantes de mediados de siglo exigieron un alto grado de preparación y coordinación. Sin embargo, los Victorianos siempre aludieron a este delito con letras mayúsculas, y lo llamaron El Gran Robo del Tren. Los observadores contemporáneos hablaron del Delito del Siglo y la Más Sensacional Hazaña de la Era Moderna. Se utilizaron adjetivos resonantes: Era algo «inenarrable», «desconcertante» y «perverso». Incluso en una época propensa a la exageración moral, estos términos sugieren un profundo impacto sobre la conciencia cotidiana. Para entender la razón por la cual los Victorianos se conmovieron tanto ante el robo, es necesario aclarar un poco el sentido de los ferrocarriles. La Inglaterra victoriana fue la primera sociedad urbanizada e industrializada de la tierra, y se desarrolló con sorprendente rapidez. En la época de la derrota de Napoleón en Waterloo, la Inglaterra georgiana era una nación esencialmente rural de trece millones de personas. Hacia mediados del siglo XIX la población casi se había duplicado; sumaba veinticuatro millones, y la mitad de los habitantes vivía en centros urbanos. La Inglaterra victoriana era una nación de ciudades; la transformación, a partir de la vida agraria, parecía haberse realizado casi de la noche a la mañana; en efecto, el proceso fue tan veloz que nadie lo comprendió realmente. A excepción de Dickens y Gissing, los novelistas Victorianos no escribieron acerca de las ciudades; la mayoría de los pintores Victorianos no representó temas urbanos. También había problemas conceptuales —durante gran parte del siglo se concibió la producción industrial como una suerte de cosecha particularmente valiosa, y no como un hecho nuevo y sin precedentes. Incluso el lenguaje se rezagó. Durante la mayor parte del siglo XIX la palabra «slum» (barrio bajo) aludió a un local de mala reputación, y «urbanizar» significó adquirir características urbanas y corteses. No eran términos aceptados para describir el crecimiento de las ciudades, o la decadencia de alguna de sus partes. Ello no implica afirmar que los Victorianos no advirtiesen los cambios que ocurrían en su sociedad, o que estos cambios no fuesen discutidos con amplitud, y a menudo con fiereza. Pero los procesos eran todavía demasiado nuevos, de modo que no se entendían fácilmente. Los Victorianos fueron precursores de la vida urbana e industrial que después se convirtió en hecho corriente en todo el mundo occidental. Y si sus actitudes nos parecen extrañas, de todos modos debemos reconocer la deuda que hemos contraído con ellos. Las nuevas ciudades victorianas que crecieron tan velozmente resplandecían con una riqueza superior a la de cualquier sociedad anterior —y desprendían el hedor de una pobreza tan abyecta como no la había visto ninguna sociedad. Las desigualdades y los contrastes estridentes de los centros urbanos originaron muchas peticiones de reformas. Sin embargo, también se manifestó una general complacencia pública, pues el supuesto fundamental de los Victorianos era que el progreso —progreso en el sentido de la creación de mejores condiciones para toda la humanidad— era inevitable. Hoy podemos creer que esa complacencia era en verdad risible, pero en la década de 1850 adoptarla constituía una actitud razonable. Durante la primera mitad del siglo XIX el precio del pan, la carne, el café y el té había descendido; el precio del carbón había bajado casi a la mitad; el costo de la tela se había reducido en un 80 por ciento; y había aumentado el consumo per capita de todo. Se había reformado el derecho penal; las libertades personales estaban mejor protegidas; el Parlamento era más representativo, por lo menos hasta cierto punto; y un hombre de cada siete tenía derecho de voto. Los impuestos per capita se habían reducido a la mitad. Comenzaban a manifestarse las primeras bendiciones de la tecnología: las luces de gas resplandecían en todas las ciudades; los buques de vapor cruzaban el Atlántico en dirección a América en diez días, en lugar de ocho semanas; los nuevos servicios telegráficos y postales permitían comunicaciones sorprendentemente veloces. Las condiciones de vida de todas las clases de ingleses habían mejorado. El menor costo de los alimentos significaba que todos comían mejor. Las horas de trabajo en las fábricas habían disminuido de setenta y cuatro a sesenta horas semanales para los adultos, y de setenta y dos a cuarenta para los niños; comenzaba a difundirse la costumbre de trabajar medio día el sábado. La vida media había aumentado en cinco años. En resumen, había sobradas razones para creer que la sociedad estaba «en marcha», que las cosas mejoraban, y que continuarían haciéndolo durante un futuro indefinido. La idea misma del futuro, a los ojos de los Victorianos, parecía más sólida de lo que alcanzamos a imaginar. Podía arrendarse un palco en el Albert Hall por novecientos noventa y nueve años, y muchos ciudadanos lo hacían. Pero de todas las pruebas del progreso, la más visible y sorprendente era el ferrocarril. En menos de un cuarto de siglo los ferrocarriles habían modificado todos los aspectos de la vida y el comercio ingleses. Apenas se falta a la verdad cuando se afirma que antes de 1830 no había ferrocarriles en Inglaterra. Todos los transportes entre ciudades se realizaban en diligencias tiradas por caballos, y los viajes eran lentos, desagradables, peligrosos y caros. De ahí que las ciudades estuviesen aisladas entre sí. En septiembre de 1830 se inaguró el Ferrocarril de Liverpool & Manchester, y comenzó la revolución. Durante el primer año de funcionamiento, el número de pasajeros transportados entre estas dos ciudades duplicó el número de los que habían viajado el año anterior en diligencia. Hacia 1838, la línea transportaba anualmente más de seiscientas mil personas —una cifra superior a la población total de Liverpool o Manchester en esa época. La influencia social fue extraordinaria. Lo mismo puede decirse del rugido de la oposición. Los nuevos ferrocarriles respondían todos a la organización privada, eran empresas de lucro, suscitaron muchas críticas. También hubo oposición fundada en argumentos estéticos; el juicio condenatorio de Ruskin acerca de los puentes ferroviarios sobre el Támesis fue el eco de una opinión ampliamente compartida por sus contemporáneos menos refinados; todos deploraron la «desfiguración general» de la ciudad y el campo. Por doquier, los terratenientes combatieron a los ferrocarriles, que los consideraban nocivos para el valor de la propiedad. Y la tranquilidad de las localidades rurales se vio turbada por la irrupción de miles de «navvies» (peones de obras), individuos ásperos, trashumantes, que vivían en campamentos —pues en una época en que no se conocía la dinamita ni las topadoras, se construían puentes, se tendían caminos y se excavaban túneles apelando al esfuerzo humano puro y simple. Además, era cosa sabida que en épocas de desocupación estos peones se incorporaban fácilmente a las filas de los delincuentes urbanos más violentos. Pese a todas estas reservas, el crecimiento de los ferrocarriles ingleses fue un proceso veloz y penetrante. Hacia 1850 ocho mil kilómetros de vías se entrecruzaban en el territorio de la nación, suministrando transporte barato y cada vez más veloz a todos los ciudadanos. Era inevitable que los ferrocarriles acabasen simbolizando el progreso. De acuerdo con el Economist, «En la locomoción terrestre... nuestro progreso ha sido estupendo —hemos superado todos los éxitos anteriores, desde la creación de la raza humana... En tiempos de Adán la velocidad media de viaje, supuesto el caso de que Adán viajara, era de seis kilómetros y medio a la hora; en 1828, es decir cuatro mil años después, era sólo de dieciséis kilómetros por hora, y los hombres razonables y conocedores de la ciencia estaban dispuestos a afirmar y ansiosos de demostrar que esta velocidad nunca podría superarse; en 1850 la velocidad corriente es de setenta y cuatro kilómetros por hora, y ciento doce para quienes lo desean». El progreso era innegable, y para la mente victoriana se trataba de una superación moral y al mismo tiempo material. De acuerdo con Charles Kingsley, «el estado moral de una ciudad depende... de su estado físico; de los alimentos, el agua, el aire y la vivienda de sus habitantes. El progreso de las condiciones físicas conducía inevitablemente a la superación de los males sociales y la conducta criminal— los que serían eliminados tanto como se destruían a intervalos los lugares sórdidos que albergaban a estos seres perversos y criminales. Parecía que el problema era sencillo —se trataba de anular la causa, y a su tiempo el efecto. Teniendo en cuenta esta reconfortante perspectiva, era asombroso descubrir que «la clase criminal» había hallado el modo de aprovechar el progreso, e incluso de cometer delitos a bordo de la expresión misma del progreso, es decir el ferrocarril. Además el hecho de que los ladrones hubiesen podido violar las cajas más seguras de la época, a lo sumo acentuaba la consternación. Lo que parecía tan chocante en El Gran Robo del Tren era que sugería al pensador ecuánime que la extinción del delito quizá no fuera una consecuencia inevitable del progreso ascendente. Ya no era posible identificar el Delito con la Plaga, la cual había desaparecido gracias a la modificación de las condiciones sociales, convirtiéndose en una amenaza apenas recordada. El delito era una cosa diferente, y la conducta criminal no estaba extinguiéndose por sí misma. Unos pocos comentaristas audaces incluso tuvieron la temeridad de sugerir que el delito de ningún modo se relacionaba con las condiciones sociales, y más bien respondía a otro impulso. Lo menos que podía afirmarse era que tales opiniones parecían por demás desagradables. Y continúan siéndolo todavía hoy. Más de un siglo después del Gran Robo del Tren, y más de una década después de otro espectacular robo en un tren inglés, el hombre común de las ciudades todavía se aferra a la creencia de que el delito es el resultado de la pobreza, la injusticia y la mala educación. Nuestra imagen del delincuente presenta a un individuo limitado, maltratado, quizá mentalmente perturbado que infringe la ley movido por una necesidad desesperada; el drogadicto aparece como una suerte de arquetipo moderno de este ser humano. Y ciertamente, cuando hace poco se informó que la mayoría de los delitos violentos cometidos en las calles de la ciudad dé Nueva York no eran imputables a adictos, la observación fue recibida con escepticismo y desaliento, como un eco de la perplejidad experimentada por nuestros antepasados Victorianos hace un siglo. El delito se convirtió en tema legítimo de la investigación científica durante la década de 1870, y en los años siguientes los criminólogos atacaron todos los antiguos estereotipos, creando un nuevo enfoque del delito que nunca gozó de las simpatías del público general. Ahora, los expertos coinciden en los siguientes puntos: Primero, el delito no es consecuencia de la pobreza. De acuerdo con la expresión de Barnes y Teeters (1949), «la mayoría de los delitos, se cometen por codicia, no por necesidad». Segundo, los delincuentes no son individuos de inteligencia limitada, y es probable que la formulación inversa sea válida. Los estudios de las poblaciones carcelarias muestran que los reclusos alcanzan el mismo nivel que el público general en los tests de inteligencia —y además, los detenidos representan la fracción de los delincuentes a quienes se atrapa. Tercero, la gran mayoría de las actividades criminales no sufre ningún castigo. Se trata intrínsecamente de un tema especulativo, pero algunas autoridades en la materia sostienen que se informa sólo del 3 al 5 por ciento de todos los delitos; y que de los delitos informados, sólo se «resuelve» —en el sentido usual de la palabra— del 15 al 20 por ciento. Esta afirmación es aplicable incluso a los delitos más graves, por ejemplo el asesinato. La mayoría de los patólogos policiales sonríen ante la idea de que el «asesinato desaparecerá». Asimismo los criminólogos rechazan el concepto tradicional de que «el delito no compensa». Ya en 1877, Richard Dugdale, un investigador del sistema carcelario norteamericano, llegó a la conclusión de que «debemos desechar la idea de que el delito no compensa. En realidad, lo hace». Diez años después, el criminólogo italiano Colajanni fue un paso más lejos, arguyendo que en general el delito compensa más que el trabajo honesto. Hacia 1949, Barnes y Teeters afirmaron lisa y llanamente: «Es sobre todo el moralista quien todavía cree que el delito no compensa a su autor.» Nuestras actitudes morales hacia el delito expresan una peculiar ambivalencia hacia la propia conducta criminal. Por una parte, se la teme, desprecia y condena de un modo estridente. Pero en secreto también se la admira, y siempre estamos dispuestos a escuchar los detalles de una hazaña delictiva destacada. Esta actitud prevalecía visiblemente en 1855, pues el Gran Robo del Tren no sólo fue asombroso y desconcertante, sino también «atrevido», «audaz», y «magistral». Compartimos con los Victorianos otra actitud—la creencia en una «clase criminal», es decir una subcultura de delincuentes profesionales que se ganan la vida infringiendo las leyes de la sociedad en la cual viven. Hoy denominamos a esta clase «La Mafia», «el sindicato», o «la turba», y nos interesa conocer su código ético, su sistema de valores invertidos, su lenguaje peculiar y sus pautas de conducta. Es indudable que hace un siglo existía una subcultura definible de delincuentes profesionales en la Inglaterra de mediados del período Victoriano. Muchos de sus rasgos se revelaron en el proceso de Burgess, Agar y Pierce, los principales participantes del Gran Robo del Tren. Todos fueron detenidos en 1856, casi dos años después— del episodio. Se conserva el voluminoso testimonio que prestaron ante el tribunal, así como las crónicas periodísticas de la época.

La siguiente narración se basa en esas fuentes.



M.C.
Noviembre de 1974
PRIMERA PARTE
PREPARATIVOS
Mayo—octubre de 1854
CAPITULO 1
LA PROVOCACIÓN
A cuarenta minutos de Londres, mientras atravesaba los ondulados campos verdes y los huertos de cerezos de Kent, el tren matutino del Ferrocarril Sureste alcanzó su velocidad máxima de ochenta y cinco kilómetros por hora. Al mando de la reluciente máquina pintada de azul, podía verse al maquinista con su uniforme rojo de pie y expuesto a las ráfagas del viento, sin la protección de una cabina o un parabrisas, mientras que a sus pies, el fogonero agazapado echaba carbón al resplandor rojizo de la caldera. Detrás de la máquina jadeante y el ténder había tres coches amarillos de primera clase, seguidos de siete vagones verdes de segunda clase; y cerrando el convoy, un furgón gris, sin ventanillas, destinado a los equipajes. Mientras el tren repiqueteaba sobre las vías, avanzando hacia la costa, la puerta corredera del furgón de equipajes se abrió bruscamente, revelando una lucha desesperada en su interior. La pelea era desigual: un joven delgado de raído atuendo, golpeaba a un corpulento guarda ferroviario de uniforme azul. Aunque más débil, el joven hizo buen papel, y logró aplicar uno o dos golpes vigorosos a su robusto antagonista. Ciertamente, sólo por casualidad el guarda, que había caído de rodillas, reaccionó de tal modo que sorprendió descuidado al joven y lo arrojó del tren por la puerta abierta; el joven aterrizó, entre tumbos y rebotes, como una muñeca de trapo. El guarda, jadeando para recuperar el aliento, volvió los ojos hacia la figura cada vez más pequeña del joven caído. Luego, cerró la puerta corrediza. El tren aceleró, emitiendo un silbido agudo. Pronto tomó una suave curva, y lo único que se oyó fue el débil sonido de la máquina jadeante, y se vio un resto de humo gris que se posaba lentamente sobre las vías y el cuerpo del joven caído. Pasó un momento, y el joven se movió Acometido por intensos dolores, se apoyo en un codo, y pareció dispuesto a incorporarse Pero sus esfuerzos fueron inútiles, casi al momento volvió a desplomarse, sufrió un ultimo y convulsivo estremecimiento, y permaneció totalmente inmóvil. Media hora después una elegante berlina negra de lujosas ruedas carmesí se acerco por el camino de tierra que corría paralelo a las vías del ferrocarril El carruaje se acerco a una elevación, y el cochero contuvo el caballo Del vehículo descendió un caballero de aspecto muy peculiar, elegantemente ataviado con una levita de terciopelo verde oscuro y alto sombrero de copa. El caballero subió a la colina, aplicó los ojos a un par de gemelos, y recorrió la línea de las vías. Inmediatamente identifico el cuerpo del joven postrado. Pero no hizo ninguna tentativa de aproximarse o prestarle ayuda. Al contrario, permaneció de pie en la colina hasta que tuvo la certeza de que el muchacho estaba muerto Entonces se volvió, subió al coche que lo esperaba, y regresó en la misma dirección que había venido, hacia el norte y la ciudad de Londres.

CAPITULO 2


EL ORGANIZADOR
Este singular caballero era Edward Pierce, y por tratarse de un hombre destinado a alcanzar tanta notoriedad que la propia Reina Victoria expreso el deseo de conocerlo — o, si tal cosa no era posible, de asistir a su ahorcamiento— continúa siendo una figura extrañamente misteriosa. Desde el punto de vista de su apariencia, Pierce era un hombre alto y apuesto, de poco más de treinta años, con una barba roja que le cubría toda la cara, era una moda impuesta poco antes, sobre todo en el ambiente de los empleados del gobierno. El lenguaje, los modales y el atuendo eran los de un caballero, acomodado por añadidura; parecía dotado de mucho encanto, y exhibía «un trato cautivador». Afirmaba ser huérfano de una familia de nobles rurales de Midlands, y decía que había ido a Winchester y luego a Cambridge. Era una figura conocida en muchos círculos sociales de Londres, y entre sus relaciones había ministros, miembros del Parlamento, embajadores extranjeros, banqueros y otros individuos de sólida posición. Aunque era soltero, tenía puesta una casa en el numero 12 de la calle Harrow, en un barrio elegante de Londres. Pero pasaba gran parte del año viajando, y se afirmaba que había visitado no solo el Continente sino también Nueva York. Es evidente que los observadores contemporáneos creyeron en sus orígenes aristocráticos, las crónicas periodísticas lo calificaban con el termino «rogue» (bellaco, pícaro), utilizando el termino en el sentido del animal macho que se hace montaraz La idea misma de que un caballero de alta cuna se diese a una vida delictiva era tan sorprendente y sugestiva que en realidad nadie deseaba desaprobarla. Pero no existen pruebas indubitables en el sentido de que Pierce proviniera de las clases superiores, y en realidad, no se conoce con certidumbre nada de lo que hizo antes de 1850 Los lectores modernos, acostumbrados al concepto de la «identificación positiva» como hecho corriente de la vida, quizás se asombren ante las ambigüedades del pasado de Pierce. Pero en una época en que las partidas de nacimientos constituían una innovación, la fotografía era un arte en pañales y se desconocían por completo las huellas dactilares, se tropezaba con serias dificultades para identificar precisamente a un hombre; y por lo demás, Pierce procuró mostrarse especialmente esquivo. Incluso su nombre es dudoso; en el proceso, varios testigos afirmaron haberlo conocido como Johm Simms, o Andrew Miller o Robert Jeffers. La fuente de sus ingresos, por cierto considerables, también es dudosa. Algunos sostienen que era socio capitalista de Jukes en la próspera firma que producía equipos de croquet. El croquet se había convertido de pronto en la moda que suscitaba el fervor de las jóvenes damas de inclinaciones atléticas, y era perfectamente concebible que un joven y agudo hombre de negocios obtuviese excelentes dividendos de la inversión de una modesta herencia en dicha actividad. Otros afirmaron que Pierce era dueño de varias tabernas, y de una pequeña flota de coches de punto, dirigidos por un cochero de apariencia sobremanera siniestra, un tal Barlow, que se distinguía por una cicatriz blanca que le cruzaba la frente. La verdad de esta versión era más probable, pues la propiedad de tabernas y coches de punto era una actividad en la cual servían los vínculos con los bajos fondos. Por supuesto, no puede descartarse que Pierce fuese un hombre de buena cuna, dotado de una educación aristocrática. Cabe recordar que durante esa época Winchester y Cambridge solían caracterizarse más por la conducta desordenada y la embriaguez que por el saber serio y la templanza. Charles Darwin, el espíritu científico más profundo de la era victoriana, consagró la mayor parte de su juventud al juego y los caballos; y la mayoría de los jóvenes de buena cuna tenía más interés en adquirir «un porte universitario» que un diploma universitario. También es cierto que los bajos fondos Victorianos albergaban a muchos individuos educados cuya suerte les había sido adversa. Generalmente era screevers —es decir, redactores de falsas cartas de recomendación—, o falsificadores que organizaban sus «pequeños engaños». A veces se convertían en magsmen, es decir estafadores. Pero en general estos individuos educados eran delincuentes de poca monta, y expresaban un destino patético que merecía la compasión más que la condena pública. En cambio, Edward Pierce abordó el delito con un auténtico desbordamiento de energías. Poco importa cuáles fueran sus fuentes de ingresos, o la verdad de sus antecedentes; una cosa es cierta: fue un ladrón magistral, que en el curso de los años había acumulado el capital suficiente para financiar operaciones delictivas en gran escala, convirtiéndose en lo que se denominaba «un organizador». Y hacia mediados de 1854 ya había desarrollado bastante el complicado plan que le permitiría ejecutar el robo más importante de su carrera. El Gran Robo del Tren.

CAPITULO 3


EL CERRAJERO
Robert Agar —conocido cerrajero, es decir especialista en llaves y violación de cajas de caudales— atestiguó ante el tribunal que cuando se encontró con Edward Pierce, a fines de mayo de 1854, hacía dos años que no lo veía. Agar tenía veintiséis años, y era un hombre de regular estado de salud, salvo una tos persistente, recuerdo de los años de infancia, cuando trabajaba para un fabricante de fósforos de la calle Wharf, en Behtnal Green. El local de la empresa estaba mal ventilado, y el vapor blanco del fósforo saturaba constantemente el aire. Se sabía que el fósforo era venenoso, pero había mucha gente deseosa de trabajar en cualquier cosa, aunque le atacase los pulmones o le pudriera el maxilar... a veces en cuestión de meses. Agar se encargaba de empapar los palillos de madera en el fósforo. Tenía dedos ágiles, y más tarde se dedicó a la «cerrajería», y muy pronto, tuvo éxito. Fue cerrajero durante seis años, y nunca lo detuvieron. Agar nunca había mantenido trato directo con Pierce, pero sabía que era un eximio ladrón que trabajaba en otras ciudades, lo cual explicaba sus prolongadas ausencias de Londres. Agar también había oído decir que Pierce disponía de dinero para organizar golpes, de cuando en cuando. Agar atestiguó que el primer encuentro ocurrió en la taberna del Toro y el Oso, de la calle Hounslow. Situada en la periferia del famoso barrio de delincuentes de las Siete Esferas, este conocido tugurio era, de acuerdo con las palabras de un observador, «un lugar de reunión de todo tipo de mujeres vestidas para parecer damas, y de miembros de la clase criminal, distribuidos por todos los rincones.» Visto el carácter del lugar, era casi seguro que en la trastienda había un agente de civil de la Policía Metropolitana. Pero el Toro y el Oso era frecuentado por caballeros de sociedad deseosos de conocer la vida de los bajos fondos, y la conversación de dos hombres jóvenes y bien vestidos, de píe frente al mostrador mientras examinaban a las mujeres del salón, no llamó especialmente la atención. Agar dijo que la reunión fue casual, pero que la llegada de Pierce no le sorprendió. Agar había oído hablar de Pierce, y parecía que estaba organizando algo. Agar recordó que la conversación se inició sin saludos ni preliminares. —He oído decir —afirmó Agar— que Primavera Jack ha salido de Westminster. —Así parece— convino Pierce. mientras golpeaba el mostrador con su bastón de empuñadura de plata para llamar la atención del barman. Pierce pidió dos vasos del mejor whisky, y Agar interpretó el gesto como prueba de que se avecinaba una conversación de negocios. —He oído decir —continuó Agar— que Jack iba al sur, a trabajar con la gente de las vacaciones. —En esa época los carteristas londinenses salían de la ciudad a ñnes de la primavera, y se dirigían al norte o al sur, en busca de otras ciudades. La cualidad más valiosa del carterista es el anonimato, y no podía trabajar mucho tiempo en determinado lugar sin que la policía lo identificase. —No estoy enterado de sus planes— dijo Pierce. —También he sabido —continuó Agar— que tomó el tren. —Es posible. —Y he oído decir —dijo Agar, mirando en los ojos a Pierce— que en ese tren estuvo espiando para cierta persona que está organizando algo. —Es posible —repitió Pierce. —Y también me he enterado —dijo Agar con una súbita sonrisa— de que usted está organizando. —Tal vez —dijo Pierce. Sorbió su whisky y clavó los ojos en el vaso. —Este lugar solía ser mejor —comentó con aire reflexivo. —Neddy debe estar aguando el licor. ¿Qué ha oído decir de mí? —Un robo —contestó Agar— Un golpe grande y pronto, si dicen la verdad. —Si dicen la verdad —repitió Pierce. La frase parecía divertirle. Se apartó del mostrador y miró a las mujeres del salón. Algunas respondieron con calidez. —Todos creen que el golpe es más grande de lo que es —dijo al fin. Así ocurre siempre —reconoció Agar con un suspiro. (En su testimonio Agar representó claramente la escena: «Entonces yo suspiro hondo, como diciendo que mi paciencia se acaba, porque él es muy cauteloso, ese Pierce, pero quiero ir al grano, de modo que suspiro hondo.») Hubo un breve silencio. Finalmente, Agar dijo: —Hace dos años que no le veo. ¿Está muy ocupado? —Viajando— contestó Pierce. —Por el Continente? Pierce se encogió de hombros. Miró el vaso de whisky en las manos de Agar, y el vaso inconcluso de ginebra y agua que Agar había estado bebiendo antes de la llegada de Pierce. —Cómo anda de tacto? —Como siempre —dijo Agar. Para demostrarlo, extendió las manos, las palmas hacia arriba y los dedos abiertos: ni el más mínimo temblor. —Quizás tenga un par de cositas —dijo Pierce. —Primavera Jack no ha abierto la boca —dijo Agar— Yo me he enterado de eso por un montón de hechos. A él se le veía importante y seguro de sí mismo, pero no dijo palabra. —Jack está en naftalina —dijo secamente Pierce. Como lo explicó después el mismo Agar, era una frase ambigua. Podía significar que Primavera Jack se había ocultado, pero su sentido habitual era que estaba muerto; dependía. Agar no preguntó más. —Ese par de cositas, ¿pueden ser robos? —Pueden ser. —¿Mucho jugo? —Mucho —dijo Pierce. —¿Dentro o fuera? —No sé. Tal vez necesite un campana o dos. Y la boca bien cerrada. Si el primero marcha bien, habrá más. Agar despachó el resto de su whisky y esperó. Pierce le pidió otro. —Entonces, ¿son llaves? —preguntó Agar. —Sí. —¿Cera, o sacarlas? —Cera. —¿Con prisa, o hay tiempo? —Con prisa. —Perfecto —dijo Agar— Soy su hombre. Puedo sacar un molde antes de lo que usted tarda en encender el cigarro. —Lo sé —dijo Pierce, encendiendo un fósforo sobre la superficie del mostrador y acercándolo a la punta de su cigarro. Agar se estremeció un poco; no fumaba —además, el hábito de fumar se había restablecido hacía poco, después de ochenta años— y siempre que olía el azufre y el fósforo de una cerilla se estremecía, recordando sus tiempos en la fábrica. Observó a Pierce, que chupaba el cigarro, hasta que encendió bien. —Bueno, ¿de qué se trata? Pierce lo miró fríamente. —Lo sabrá cuando llegue el momento. —Reservado. —Por eso —dijo Pierce— nunca me han cogido. Aludía a su falta de antecedentes penales. Pero durante el proceso otros testigos refutaron esta afirmación, y dijeron que Pierce había estado en Manchester tres años y medio por robo, bajo el nombre de Arthur Wills. Agar dijo que Pierce le hizo una advertencia final acerca de la necesidad de mantener reserva, y se apartó del mostrador, cruzando el cargado y estridente local del Toro y el Oso para inclinarse brevemente y murmurar algo al oído de una mujer bonita. La mujer se echó a reír; Agar se volvió, y no recuerda nada más de esa noche.

CAPITULO 4

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