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El espectador


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LO MEJOR DEL DOMINGO

CARICATURAS

EL ESPECTADOR



SEMANA



SOY EL CEREBRO DE PASTRANA

Daniel Samper Ospina

No soy un delfín. Soy una mula.

Ante el éxito de nuestras entregas “Soy la espalda de Samper”, “Soy la próstata de Belisario” y “Soy la ‘simón gaviria’ derecha de Simón Gaviria”, un equipo de esta columna ubicó al cerebro de Andrés Pastrana para demostrar su existencia. Entrevista exclusiva.
Pensábamos que lo encontraríamos tirado en una esquina, mínimo, solitario, modesto, como un pollito abandonado en un gigantesco galpón. Pero una vez entramos a la acogedora cabeza del expresidente Pastrana solo escuchamos el eco de nuestros pasos. Asustaba encontrarse en medio de esa casona abandonada, casi a oscuras, en la que no había nada: solo vacío. Cuando estábamos a punto de suponer que no encontraríamos al cerebro del doctor Pastrana, dimos con una minúscula serpentina grisácea, que se retorcía en un charco de aminoácidos, a la cual nos acercamos para pedir ayuda.
–Buenos días, señorita: buscamos el cerebro de Andrés Pastrana.

–Soy yo. Yo soy el celebro que buscan.

–Se dice cerebro.

–Eso. 


–¿Nos concedería una entrevista?

–Con gusto, aunque usted se recuerda que a mí no me gusta hablar. Solo contar, y una vez pude hacerlo hasta 100. 


–Señor cerebro: ¿no cree que su proceso de paz fue un fracaso como para criticar el actual? 

–Al revés, el mío fue una machera. Vino todo el mundo. Salimos en los periódicos. Si usted se recuerda vino el presidente Clinton y hasta se puso un sombrero como de campesino. 

–¿Un sombrero vueltiao?

–Sí, se lo puso volteado, pero era como de campesino. En cambio, mire este fracaso de proceso: acá no hay desfile de invitados, de actrices, de presentadoras, nada: o sea, qué oso. Eso no es un proceso. Son unos tipos que se van a Gavanna, pero de ahí no salen unas sociales.

–¿Querrá decir a La Habana?

–¿No es Gavanna?

–Gavanna es una bar.

–Yo sé: ¿estará abierto? 

–Mejor díganos: ¿qué otra cosa no le gusta de este proceso?

–Que es una vergüenza: ¿dónde hay una Marbelle? ¡Llevan siete meses y no han dado un solo concierto!  ¡Ni siquiera hay zona de despeje! ¿Dónde hay un Caguán? ¿Dónde hay una tarima con una silla vacía?  ¿Dónde hay un baño?

–¿Necesita un baño? ¿Los cerebros van al baño?

–Yo sí: ya vengo. 

–Pero está evacuando en el ducto que termina en la lengua…

–¿De verdad? Siempre creí que era el baño.  


–Mucha gente dice que usted le entregó el país a la guerrilla…

–En esa época decidía el corazón de Andrés Pastrana, no yo.

–¿Pero luego usted no piensa por Andrés Pastrana?

–Nos turnamos con los pies.

–Las declaraciones contra el actual proceso, ¿quién las dio, usted o sus pies?

–El hígado; a veces también habla él. 

–¿Por qué dice que Fernando Carillo es el camarero de Pablo Escobar?

–Porque fue quien lo apresó.

–En ese caso sería el carcelero.

–Eso.


–¿No cree que su talante es muy compatible con el de este gobierno? ¿Para qué lo critica?

–Al revés: este es un gobierno light, de señoritos bogotanos que se la pasan en cocteles.

–¿Y el suyo no fue así? 

–No. Pregúntele a mis amigos de la taberna del Country y verá que todos le dicen: Andrés Pastrana fue un gran presidente. En mi gobierno se habrían muerto por trabajar Ortega, Gasset y demás intelectuales. En cambio Santos es un pobre delfín.

–¿Y usted no es un delfín?

–No señor. Yo soy una mula. Una mula que se cree Gabriel Silva.


–A propósito: ¿no le pareció un exabrupto comparar a un exfuncionario suyo con una mula?

–No importa que la mula haya trabajado en mi gobierno: tengo derecho a criticarla.

–Me refiero a Gabriel Silva.

–¿El asesor de imagen? 

–No, ese es Miguel. Yo hablo de Gabriel: el José Obdulio de Santos.

–Lo único que le puedo decir es que en el gobierno de Andrés Pastrana trabajó alguien que tenía un nombre peor que el de ese José Obdulio: Víctor Gumersindo. Era muy chistoso.

–¿Por qué tiene esos estertores? ¿Por qué drena esa materia?

–Es risa.

–¿Se sostiene en que Silva es una mula que se cree Juan Valdez?

–Es que uno siempre se cree más de lo que es. Yo mismo me creía la mula en una época. 

–¿Y ya no? 

–No. Sé que tengo críticos, pero es porque este país no tiene… no tiene… no tiene la esponja esa con que uno recuerda las cosas, ¿usted se recuerda cómo se llama?

–¿Memoria?

–Eso. Este país no tiene memoria. No me recuerdo dónde leí eso.

–¿O sea que, como parte del país, usted no se acuerda de los escándalos de su gobierno? ¿De los uniformes de Juan Hernández, por ejemplo?

–Prefiero no responder. 

–¿Tampoco se acuerda de que se la pasaba viajando?

–Pero era por el bien del país. Al país no le convenía que me quedara. Por eso me iba a Europa cada puente.


–Hablando de puentes, ¿qué puede decir del puente de la 92 que hizo en su Alcaldía?

–Prefiero no responder.

–¿Fue culpa suya el fallo de La Haya?

–Prefiero no responder.

–No rehuya las preguntas difíciles, cerebro: ¿cuánto es cuatro más cuatro?

–Prefiero no responder.

–Al menos diga por qué se refiere a Andrés Pastrana en tercera persona.

–Porque somos seres independientes, señor periodista; cada uno marcha por su lado.


Nos retiramos porque se veía extenuado, casi seco. De salida, mientras resonaban nuestros pasos en la instancia vacía, escuchamos que intentaba contar hasta 100. Y por poco lo logra. 

EL TIEMPO


LA MEJOR COLUMNA

EL ESPECTADOR

EL DESBARAJUSTE DE LA ECONOMÍA

Eduardo Sarmiento

Tal como lo anticipé al principio del año pasado, luego de avanzar a tasas superiores al 6% en 2011, el producto nacional se deterioró progresivamente hasta terminar en un crecimiento de 3% en los últimos dos trimestres.

Los cambios metodológicos introducidos a las obras civiles elevaron el promedio del año a 4%, pero no alteraron la tendencia ni la composición sectorial. En el último trimestre la industria descendió 3%, la agricultura creció cerca de la población, la construcción se vio envuelta en una burbuja de precios que le introduce grandes oscilaciones y la minería decayó. La modesta actividad de la economía se originó en los servicios y en los cambios de metodología. Lo grave es que no tiene cómo parar. En enero y febrero se replican los pobres índices de la industria, el comercio y las exportaciones.

La enorme diferencia entre las predicciones del Banco de la República y el Ministerio de Hacienda, así como la realidad, está en las concepciones de libre mercado que sirven de base para el diagnóstico y la orientación de la política. Se presupone que la economía crece a tasas constantes, es regulada por la tasa de interés y que las perturbaciones se corrigen por la vía del mercado o de la política monetaria. En general, se dio por sentado que el desempeño de la economía en 2011 se replicaría en 2012 y que cualquier alteración se corregiría con ajustes de la tasa de referencia del Banco de la República.

La realidad resultó totalmente distinta. La economía no opera dentro de un marco de equilibrio en que el crecimiento de un año se extiende al siguiente. Se encuentra, más bien, dentro de una burbuja dictada por la tasa de interés externa y la modalidad de tipo de cambio flexible. La entrada de capital induce una revaluación y un déficit en cuenta corriente que provocan la explosión del crédito y el disparo de los precios de los activos. El auge es un preludio de la caída.

La burbuja se reventó a finales de 2011 y las autoridades no hicieron mayor cosa para contrarrestar sus efectos sobre la demanda efectiva. Por el contrario, bajaron los aranceles, pusieron en marcha el TLC, en particular el de EE.UU., acentuando el déficit en cuenta corriente y adoptaron una reforma tributaria que reduce los ingresos del trabajo con respecto al capital y contrae la demanda interna. Así las cosas, la economía quedó expuesta a la clásica caída de la producción ocasionada por un déficit en cuenta corriente y los errores de diagnóstico.

A lo anterior se agregan las locomotoras. El país está pagando los costos de un perfil productivo concentrado en la minería y los servicios para adquirir abaratados en el exterior los bienes industriales y agrícolas. Lo que el país gana con los menores precios de estos bienes lo pierde con creces en el valor agregado y el empleo.

El rápido deterioro de los índices más visibles cambió la actitud oficial, pero no la concepción ni el diagnóstico. Ahora pretenden superar el descalabro con la receta de austeridad fiscal y la tasa de interés de referencia.

La baja de esta tasa, incluso con compras esporádicas de divisas, no garantiza una devaluación que reduzca en forma apreciable el déficit en cuenta corriente, y menos la reactivación. No será fácil salir de la encrucijada sin una modificación de la concepción macroeconómica, el freno a la inversión extranjera y el cambio de las prioridades sectoriales en favor de la industria y la agricultura.


EXPRESIDENTES

EL ESPECTADOR

REFERENTES EN GUERRA

Editorial

“Obama merece mi silencio”, dijo en enero de 2009 el entonces saliente presidente de Estados Unidos, George W. Bush, acerca de su sucesor.

Se negó a criticarlo, pese a las hondas diferencias políticas que había entre uno y otro. Y ha cumplido. La razón es grande: el bienestar de su país. Bush sólo le deseó buena suerte a Barack Obama y cerró filas frente a las críticas que desde ese momento no han hecho sino crecer. “No voy a gastar mi tiempo criticándolo”, dijo, y cumplió. Memorable.

Esa muestra de altura, llamémosla diplomática —o política—, parece un sueño imposible aquí en Colombia. Fue tan solo que empezara esta semana, dizque propicia para la reflexión, para que todo un palabrerío, harto inoficioso aunque sí dañino, apareciera de repente. El expresidente Álvaro Uribe Vélez fue quien prendió la mecha calificando el proceso de paz como un embeleco, como un acto para “complacer el terrorismo”, como un sacrificio de la seguridad democrática, su bandera (él en últimas fue quien se inventó el término). Y no dejó títere con cabeza. Habló del ministro de Vivienda, Germán Vargas Lleras, quien, para él, constituye un “engaño popular” para el pueblo colombiano. Y mencionó, de paso, a Enrique Santos Calderón, hermano del presidente, a quien calificó como “permisivo del terrorismo”. ¡Por favor!

A esa pelea se sumó el expresidente Andrés Pastrana, quien le dijo a este diario el domingo último que Santos no tuvo, como él, un mandato popular para hacer la paz. Que no votaron por él para eso, como si la gestión de un gobierno dependiera exclusivamente de esa mecánica electoral. No contento con decir esto, el expresidente llamó “camarero de Pablo Escobar” al ministro del Interior, Fernando Carrillo, quien había respondido con dureza (y por obvia comisión del presidente Santos) a esas afirmaciones. También criticó de manera desentonada a Gabriel Silva, uno de los hombres de confianza del presidente. Continúa Pastrana: “Cuando estaba en mi gobierno había un cuento que decía que el problema con el doctor Silva es que era una mula que se creía Juan Valdez”. Deplorable.

Ernesto Samper también entró al ruedo. Increíble. No podía desaprovechar la “papaya” que esta vez le ofrecía su eterno rival político y entonces arremetió con cinismo: “Pastrana criticando el proceso de paz de Juan Manuel Santos es como el diablo enseñando el catecismo al papa Francisco”.

Y así, expresidentes, ministros que el presidente no acalla, exministros, referentes todos de un país, personas que deberían dar un ejemplo de altura, se han enfrascado en una rencilla de egos, felices lanzando frases efectistas, como si sólo ellos existieran dentro del mapa, como si los destinos de este país fueran un juego divertido de salón. Y como si sus opiniones no generaran una peligrosa división en la ciudadanía y una desazón frente al liderazgo que nos gobierna y nos ha gobernado. ¿No les dará, digamos, vergüenza? Salen en los medios, caricaturizados, retratados como en una burla, ocupando el espacio de otras noticias importantes, abandonando la reflexión y las ideas constructivas que buena falta nos hacen.

A la mejor usanza de la Patria Boba, símil que decidimos usar en este mismo espacio cuando arrancó el año, los verdaderos temas que deberían mover la agenda pública quedan desplazados para dar lugar a las peleas de los llamados hombres de la patria. Y ellos siguen, alimentando ese círculo vicioso del que deberían haberse dado cuenta. No puede ser que por la paz de Colombia queden tan divididas las personas que representan varias ideologías predominantes en el país. No puede ser que los personalismos le ganen a un objetivo más grande. Ese afán angurriento del poder, del protagonismo, de lograr las cosas bajo un nombre y no una causa es lo que más se evidencia en esta riña. Y el país es lo que menos parece importar.

Los políticos colombianos no pueden darse ese lujo. Es hora de detenerse y asumir la responsabilidad que su estatus les exige. Este país se lo merece.

LOS EX

Nicolás Rodriguez

“SI HAY ALGUIEN QUE ESTÁ FELIZ ES Andrés Pastrana”, dijo en diciembre Andrés Pastrana. Hablaba de sí mismo con María Isabel Rueda sobre el proceso de paz con las Farc. Como Pastrana, otro que parece estar contento con el proceso de paz es Álvaro Uribe, quien también abusó de la tercera persona y a quien además se le sigue diciendo, como lo hace Rueda con Pastrana, “presidente”.

Y están felices, básicamente, porque ante la idea de la paz siempre habrá un micrófono dispuesto a tolerar que un expresidente hable de él mismo como si se tratara de otra persona. Están pletóricos porque con eso que llamamos “paz” los expresidentes hacen política, ya no partidista, o tan siquiera electoral, sino autobiográfica.

En días de reflexión e impune perifoneo religioso, no está de más interiorizar que en el discurso público la paz también es un bien de consumo. Que por supuesto circula, como cualquier pescado manoseado y engullido en Semana Santa. Ahora mismo Pastrana y Uribe se lanzan flores, coquetean y cabalgan de la mano lo más lejos posible de la misma paz que alguna vez juraron buscar y defender. Pastrana, que no guarda pudor alguno, explica cómo es que se debe hacer la paz.

Y Uribe prácticamente defiende el Caguán. Señor, ¡ten piedad!

Algo va de los incómodos anacronismos de algunos columnistas que ridiculizan toda la fraseología histórica de la paz (palomas blancas incluidas), a las salidas politiqueras de los expresidentes. Lo primero activa el debate, por la vía sana de la provocación. Lo segundo envilece.

Aquí no hay actitud fiscalizadora alguna que valga la pena rescatar. Tan terrenales e interesadas son las carroñeras elucubraciones de los dos políticos en cuestión, que lo único a lo que pueden aspirar con sus mediáticas embestidas, en tiempos en que una guerra de décadas divide al país y requiere otro tipo de liderazgo, es a que algún periodista los vuelva a tratar de presidentes.

SEMANA

QUE SE CALLEN

Antonio Caballero

¿Por qué no se callan? ¿Por qué estamos condenados a tener siempre a nuestros expresidentes, aún después de muertos, respirándonos en la nuca?



Hace dos años, el expresidente Andrés Pastrana...
Un momento de reflexión: ¿a alguien le importa un bledo lo que hiciera o dijera o pensara hace dos años el expresidente Andrés Pastrana, o lo que piense o diga o haga ahora?
Un momento de reflexión. Mío. Del lector.
Y la respuesta, tristemente, es que sí. Por razones que saltan a la vista, Andrés Pastrana no debería haber sido presidente de Colombia nunca. Pero el caso es que lo fue: la historia de Colombia aguanta cualquier cosa. Por las mismas razones evidentes, lo que dice o lo que piensa o lo que opina no debería importarle un bledo a nadie. Pero el caso es que nos importa a todos, porque a todos nos afecta. Los esporádicos graznidos de Pastrana son como los demenciales trinos diarios del también expresidente Álvaro Uribe, que no está en sus cabales. 
Tonto el uno, loco el otro, qué más da. En Colombia los expresidentes reinan después de morir. Y lo hacen, sobre todo, en momentos electorales como el que estamos viviendo. Y en Colombia, no sobra recordarlo, los momentos electorales suelen durar cuatro años cada vez.
Con lo cual vuelvo atrás.
Hace dos años, recién elegido el actual presidente Juan Manuel Santos, el expresidente Pastrana estaba encantado con su gobierno. Decía que veía en él “muchas caras conservadoras, frescas e incontaminadas”; y supongo que así llama él a las caras pastranistas. (Aunque, ¿hay caras pastranistas? Tiene que haberlas, ¿no? Al fin y al cabo hubo más de seis millones de personas que votaron por él para elegirlo presidente). 
También el ya muy difunto, pero todavía presidente reinante Alfonso López Pumarejo llamaba “alegres” a las caras liberales. Pero resulta que ahora Santos, enredado en el lío del fallo adverso para Colombia de la Corte de La Haya, quiso salirse por la tangente anunciando que publicaría las actas de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores de los últimos 30 ó 40 años, para que se viera que la culpa del desastre diplomático no era suya. Y entonces Pastrana, sin duda con razón, se sintió directamente aludido. Se delicó. Temió tal vez que las actas desvelaran que, mientras el gobierno de Nicaragua estaba cimentando pacientemente su alegato diplomático para quedarse con el mar de San Andrés, la política exterior del suyo consistía en llevar a la reina Noor de Jordania de visita al Caguán de la guerrilla. 
Pero alguien le debió soplar que su rabieta frívola sonaba demasiado a vanidad herida, vacua, como él. Y entonces decidió adobarla con reflexiones más serias: una crítica a la política de paz de Santos desde su propia sabiduría caguanesca que tanto había ilusionado a la bella reina de Jordania. Según Pastrana, esa política de paz de Santos no es más que grosero electoralismo en cabeza propia. “La gente se pregunta hasta dónde va a ceder el presidente Santos para hacer la paz, no tanto por ella sino por su reelección”.
Puede ser. Pero, ¿por qué no se callan? ¿Por qué estamos condenados a tener siempre a nuestros expresidentes, aún después de muertos, respirándonos en la nuca? Desde ultratumba llegan todavía las admoniciones de López Michelsen, que cuenta con la ventaja de haber sido profesor de Derecho Constitucional en un país poblado por constitucionalistas aficionados. Desde ultratumba flota sobre todas las cosas el espíritu –¿Turbayesco? ¿Turbayoso?– de Julio César Turbay. Belisario Betancur es el único que guarda un discreto silencio, interrumpido de tiempo en tiempo por incómodos llamados a declarar ante funcionarios del poder judicial. Pero hay que ver a los que todavía están vivos: César Gaviria, que demasiado tarde descubre las virtudes de la legalización de las drogas. Ernesto Samper, a quien le pasa lo mismo con la diferencia de que él las había descubierto tempranamente: antes de ser presidente con ayuda de los narcos y de mantenerse en la Presidencia a fuerza de complacer en todo a los Estados Unidos en su prohibicionismo –“por convicción, no por coacción” decía el pobre–; y ahora viene a redescubrirlas con igual oportunismo cuando empiezan a estar de moda de nuevo en el poder. Lean ustedes el libro que, sin rubor, acaba de sacar.
En cuanto a Uribe, de él ya he hablado lo bastante. Y ahora sale Pastrana otra vez. Es que no habrá nadie que les diga: ¿Por qué no se callan?
(Y a Santos también). 

¡EXPRESIDENTES AL ATAQUE!

Aunque nadie lo esperaba, Uribe y Pastrana están del mismo lado: en guerra contra el proceso de paz.



En materia presidencial hay una regla inalterable: a ningún presidente le gusta ni su antecesor ni su sucesor. Por esto la historia de Colombia se ha caracterizado por titánicas peleas entre sus exmandatarios. Sin embargo, pocos enfrentamientos han sido tan agrios como el que había tenido lugar entre los expresidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana.
El fracaso del Caguán y el éxito de la seguridad democrática marcaron un nivel de animadversión aparentemente irreconciliable entre estos dos personajes. Por eso no deja de sorprender que en estos momentos Uribe y Pastrana estén alineados por una causa común: su enemistad con el presidente Santos.
Lo que llama la atención es que el actual presidente fue ministro estrella de ambos. Como ministro de Hacienda en el gobierno de Andrés Pastrana jugó un papel clave para evitar el colapso de la economía colombiana en la peor crisis que había enfrentado el país desde la gran depresión de los años treinta. 
Y en el gobierno de Álvaro Uribe fue el copiloto de la estrategia de seguridad que condujo a los golpes más contundentes contra la guerrilla en los últimos 50 años. Por eso despierta cierta incredulidad que los dos antiguos jefes de Santos, odiándose entre ellos, parecen por ahora odiar aún más a su antiguo compañero de lucha. 
El meollo de toda esta bronca es el actual proceso de paz. Uribe se siente traicionado por quien esperaba fuera su sucesor en la guerra contra las Farc. Pastrana alega que Santos no tiene un mandato de los colombianos para hacer la paz, como el que él recibió en las elecciones de 1998. A esto se suman otras consideraciones. 
Para el presidente de la seguridad democrática los diálogos con la guerrilla son una capitulación al terrorismo, que no solo ha aumentado la inseguridad en el país sino que va a desembocar en la impunidad para sus cabecillas. Para Pastrana la negociación de La Habana se está realizando a espaldas del país y sin un consenso nacional, lo cual lo lleva a pensar que Santos va a entregar demasiado en su afán de reelegirse.
Las dos posiciones tienen algo de validez, algo de incoherencia y un poco de oportunismo. Para la opinión pública tiene más autoridad moral Uribe que Pastrana para oponerse a un proceso de paz. El exmandatario es asociado con los éxitos de la guerra y su imagen de hombre de mano dura está en la mente de todos los colombianos. Sin embargo, aunque no es de conocimiento nacional, al final de su segundo cuatrenio su gobierno estaba discretamente explorando la posibilidad de dialogar con la guerrilla. 
Su hombre de confianza para esa misión fue el entonces alto comisionado para la Paz, Frank Pearl. El mismo a quien Santos le habría encargado la misma misión cuando llegó a la Presidencia. Por lo tanto no es muy fácil de entender por qué es aceptable que Pearl tenga acercamientos con las Farc a nombre de un gobierno y no de otro. 
Tampoco es muy comprensible la indignación de Uribe ante la alta dosis de impunidad que tendría un eventual acuerdo en La Habana. En su gobierno se requirieron dosis comparables para desmovilizar a los paramilitares. Aunque habían cometido múltiples y evidentes delitos de lesa humanidad, se les ofreció para su entrega una fórmula jurídica bastante benévola. Incluía penas de cárcel de máximo ocho años, un compromiso con la verdad que no cumplieron y una reparación a las víctimas que hasta ahora ha sido insignificante y que probablemente nunca llegará. 
Hoy la mayoría de esos jefes están presos en Estados Unidos, pero no como consecuencia de la negociación original sino por seguir en el negocio del narcotráfico desde la cárcel. En todo caso el hecho es que Uribe, para desmovilizar un ejército de miles de hombres armados, tuvo que darles un tratamiento pragmático a través de un mecanismo de justicia transicional, y eso es exactamente lo que le está criticando ahora a Juan Manuel Santos.
La oposición del expresidente Pastrana es menos presentable y más incoherente. Teniendo en cuenta que le apostó a terminar el conflicto armado a través de un acuerdo de paz con Tirofijo, no tiene mucha credibilidad que ahora se haya convertido en el enemigo de un gobierno que está haciendo un esfuerzo similar en la búsqueda de las mismas metas. 
Y si se compara proceso contra proceso, él tiene todas las de perder. El del Caguán tuvo despeje, no tenía agenda y fracasó. El de Santos, aunque enfrenta un gran escepticismo, es más estructurado, se ha llevado a cabo sin mayores concesiones y ha contado con una agenda delimitada. Si las negociaciones llegan a romperse, las Farc no habrán acabado más fortalecidas de lo que estaban al inicio, cosa que sí sucedió con el proceso anterior. 
Otro elemento que no convence mucho de la andanada del expresidente Pastrana es el cuento de que él sí tenía un mandato de los colombianos para hacer la paz, pero Santos no. Ese es un argumento acomodaticio que tiene más validez en boca de Uribe, quien esperaba que su sucesor fuera guerrerista como él. La mayoría de la opinión pública compartía esta expectativa, pero parte de las responsabilidades de un líder político es calibrar situaciones y diseñar nuevos rumbos, por impopulares que sean. 
Santos llegó a la conclusión de que los triunfos militares de Uribe habían creado las condiciones para una negociación que pusiera fin al conflicto. Esto lo hizo en contra de la opinión pública que en ese momento respaldaba la continuidad de la política de seguridad democrática. Pero siempre se ha sabido que el final del conflicto iba a ser en la mesa de negociación y no en el campo de batalla, por lo tanto en el fondo lo único que hizo fue adelantar algo que iba a suceder eventualmente. 
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que detrás de estas críticas al proceso de paz lo que hay a estas alturas es un grado enorme de animadversión personal entre todos los protagonistas. Uribe odia intensamente a Santos y está bien correspondido. Y Pastrana y Santos, quienes tenían un distanciamiento por cuenta de algunas diferencias, a partir de esta semana se odian tanto como Santos y Uribe. 
Este último había puesto un punto muy alto en materia de agresividad e incontinencia verbal expresidencial. Desde que llamó al primer mandatario “canalla” a comienzos de año parecía difícil de superar. Sin embargo, lo que dijo la semana pasada sobre su antiguo colaborador, aunque menos crudo en las palabras, pudo haber sido más ofensivo. Ante las cámaras de televisión señaló que: “Santos no fue ministro de Defensa sino de aprovechamiento político”. 
Y en respuesta a una entrevista que Enrique Santos le dio a La Silla Vacía, arremetió contra la familia del jefe de Estado en los siguientes términos: “Les gusta el poder, la Presidencia, la prensa, la Fedecafé, el dinero, son indiferentes con el pueblo y permisivos con terroristas”, y luego agregó: “Socialbacanería: burguesía amiga del poder y del dinero, perezosa y contemplativa, feliz con lenguaje castrista”. Y como si esto fuera poco el expresidente Pastrana no cayó tan bajo pero casi. Por haber defendido el proceso de paz de Santos de las acusaciones de Pastrana, este último llamó al actual ministro del Interior, Fernando Carrillo, “camarero de Pablo Escobar” haciendo referencia a su responsabilidad en el escándalo de la cárcel La Catedral. Y del otro escudero del gobierno, el exgerente de la Federación de Cafeteros y exministro Gabriel Silva, dijo palabras más, palabras menos que se creía Juan Valdez pero se parecía más a la mula Conchita. 
En el mundo de los expresidentes los desaires son considerados ofensas imperdonables. De pronto si Santos no hubiera nombrado ministros a Germán Vargas o a Juan Camilo Restrepo o si no se hubiera reconciliado con Chávez y Correa, a Uribe no le indignaría tanto este proceso de paz. Y de pronto si Santos no hubiera tratado de hacer públicas las actas de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores o no hubiera nombrado a Mónica de Greiff en la Cámara de Comercio, Pastrana no hubiera estallado. El expresidente la acusa de haber recibido la plata del Cartel de Cali, en las elecciones de 1994 que él perdió contra Samper. Esa afirmación es inexacta pues es de conocimiento general que a ella la sacaron de la campaña para reemplazarla por Santiago Medina, quien confesó haber negociado con el Cartel de Cali y acabó en la cárcel por eso. 
Aunque Uribe y Pastrana no funcionaban en forma concertada, la escalada de cada uno de esos frentes llevó a que los dos le declararan la guerra a Santos en donde es más vulnerable: el proceso de paz. La meta de ellos, ya sea por convicción o por envidia, es que Santos fracase. Todavía no es seguro que logren su objetivo, pero lo que es indudable es que han hecho mucho daño. 
La mayoría de los colombianos no tiene mucha fe en el proceso de paz. Esto se debe en buena parte al ascendiente que tiene el expresidente Uribe sobre la opinión pública y a la feroz campaña que ha emprendido contra esas negociaciones. Ahora se suma a la causa el expresidente Pastrana, cuyas declaraciones hacen un ruido que contribuye a aumentar el ambiente de pesimismo que rodea la mesa de La Habana. En materia de oposición expresidencial las sumas no son aritméticas sino exponenciales. En otras palabras, la gavilla de dos expresidentes unidos es un asunto explosivo. 
De los distintos ataques de Uribe y Pastrana al proceso de paz hay dos elementos que han calado en la opinión pública. Uribe ha martillado una y otra vez el concepto de que se está consagrando la impunidad porque ninguno de los jefes guerrilleros va a pagar un solo día de cárcel. Y Pastrana por su parte alerta sobre los peligros de negociar la paz en medio de una campaña reeleccionista, pues eso deja a las Farc con el sartén por el mango en cuestión de exigencias y concesiones. Esos dos argumentos tienen cierta validez y han desacreditado mucho el proceso. 
El primero, el de la impunidad, es una realidad y un prerrequisito para todos los procesos de paz exitosos que terminan en una mesa de negociación. Aunque seguramente no habrá lo que se considera técnicamente una amnistía o un indulto, sí se aplicarán fórmulas como la suspensión de penas, por decir un ejemplo, que en la práctica mantendrían a los jefes guerrilleros por fuera de las cárceles. Aunque las altas dosis de impunidad indignan a la sociedad, es un sapo que toca tragarse en los procesos de reconciliación en los cuales cada una de las partes tiene su justificación para haber sido protagonista del conflicto. Más complicado que las gavelas jurídicas que van a ser aplicadas va a ser el tema de la participación política. 
A los colombianos no les va a gustar ver a Timochenko o a Iván Márquez en el Congreso. Y ese es precisamente otro de los elementos que inevitablemente contienen todos los acuerdos de paz. Nelson Mandela, quien pasó 27 años en la cárcel, salió de su celda a la Presidencia de la República. 
Eso no es previsible que suceda en Colombia pero lo que sí podría suceder es algo parecido a lo que se dio con el M-19. A pesar de los horrores como el de la toma del Palacio de Justicia, exguerrilleros desmovilizados como Antonio Navarro, Gustavo Petro y muchos otros han dejado las armas y forman parte de la sociedad civil y del mundo político sin grandes resistencias. 
Navarro fue un gran gobernador de Nariño y Petro brilló en el Senado. La debacle de Petro en Bogotá lo ha vuelto enormemente impopular, pero no por exguerrillero sino por su gestión. Más importante para que se acabe el conflicto armado no es tanto impedir que los guerrilleros desmovilizados hagan política, sino garantizar que no los maten. El exterminio de la Unión Patriótica, con líderes como Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo asesinados, constituye con razón una de las principales preocupaciones no solo para las Farc sino para el gobierno. Afortunadamente los tiempos del paramilitarismo ideológico y armado de forma organizada han quedado atrás. 
Y si a Uribe le obsesiona la impunidad a Pastrana le pasa lo mismo con los riesgos de negociar en medio de una reelección. Sorprende que quien esgrima esa tesis sea él, que pudo ganar las elecciones de 1998 gracias a que su representante, Víctor G. Ricardo, se hizo fotografiar con Tirofijo, lo cual fue interpretado como una señal de voluntad de paz de las Farc en plena campaña electoral. Como en esa oportunidad la guerrilla definió la elección, la inquietud del expresidente es legítima en el sentido de que eso pueda volver a ocurrir. Lo que él quiere decir en el fondo es que si el proceso de paz fracasa durante este año Santos no saldría reelegido y que para asegurar la firma de un acuerdo puede entregar más de lo que es aceptable. 
La presunción de que el presidente de la República podría anteponer sus ambiciones electorales al interés nacional tiene algo de temeraria para quienes lo conocen, pero conceptualmente sí deja un interrogante. Santos, consciente de que no es conveniente que las elecciones coincidan con las negociaciones de paz, fijó la fecha de noviembre como límite. Esta, sin embargo, es problemática para la guerrilla pues sería demasiado tarde para permitirles participar en las elecciones de 2014. Algunas fórmulas creativas tendrán que ser diseñadas para superar este impasse.
En todo caso, a pesar de la caída del gobierno en las encuestas y del escepticismo que existe alrededor del proceso de paz, este va por buen camino. Seguramente no será perfecto ni será la panacea que desaparecerá los grandes problemas del país. El resultado final no le gustará ni a Uribe ni a Pastrana pero tampoco al establecimiento y a la guerrilla. Así de frustrantes son los acuerdos que ponen fin a los conflictos cuando son negociados y no el producto de una victoria militar. A pesar de que la inseguridad y el narcotráfico no van a desaparecer, a Colombia sin duda alguna le iría mucho mejor sin una guerra civil. Al final de cuentas el Plan Colombia y la seguridad democrática también buscaban esto. La firma de la paz en el fondo representa el triunfo de esas dos estrategias. Los dos expresidentes por lo tanto no tienen por qué estar tan indignados.

EL TIEMPO

LA 'GAMINOCRACIA' Y SUS PATROCINADORES
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