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El escudo antimisiles


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INSTITUTO DE ESTUDIOS ESTRATÉGICOS DE BUENOS AIRES
EL ESCUDO ANTIMISILES

(Tesina presentada en la UNL – 2003)


Directora :Lic Anabella Busso.

Alumna: Laura García Albesa



ÍNDICE


  • Introducción…………………………………………………………... Pág. 2

  • Capítulo I: La National Missile Defence: Un desafío gigantesco…….. Pág. 8

  • Capítulo II: De la Estrategia de la Disuasión a la Defensa Disuasiva..... Pág. 12

  • Capítulo III: Antecedentes: El viaje sin retorno...................................... Pág. 17

  • Capítulo IV: Cambios Conceptuales: El apogeo del conocimiento........ Pág. 21

  • Capítulo V: Militarizando la política exterior......................................... Pág. 30

  • Capítulo VI: La situación interna………………………………………. Pág. 35

  • Capítulo VII: Compás de espera en las relaciones bilaterales…………. Pág. 41

Rusia…………………………………………………………………… Pág. 41

Europa………………………………………………………………….. Pág. 45

Japón…………………………………………………………………… Pág. 48


  • Capítulo VIII: Desafíos al liderazgo y “Doctrina Preventiva”…………. Pág. 50

China……………………………………………………………………. Pág. 51

Corea del Norte…………………………………………………………. Pág. 56

Irak……………………………………………………………………… Pág. 60


  • Conclusiones……………………………………………………………. Pág. 64

  • Bibliografía……………………………………………………………... Pág. 67


Introducción:
Una Guerra Fría sin Guerra Fría.
Desde la aparición de la vida visible en la Tierra, debieron transcurrir 380 millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros 180 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa y cuatro eras geológicas para que los seres humanos, a diferencia del abuelo pitecántropo, fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y de morirse de amor. No es nada honroso para el talento humano, en la edad de oro de la ciencia, haber concebido el modo de que un proceso multimilenario tan dispendioso y colosal, pueda regresar a la nada de donde vino por el arte simple de oprimir un botón”.

Gabriel García Márquez, 1986.
A menudo, durante el transcurso del último tiempo, numerosos medios de comunicación así como fuentes oficiales se han hecho eco del denominado “Escudo Antimisiles”. Tal mención ha conocido aún mayor asiduidad tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 que, de algún modo, ha colocado en tela de juicio la invulnerabilidad de los Estados Unidos, cuidadosamente preservada a lo largo de toda su historia, si exceptuamos el ataque británico a Washington, en 1814. Tamaña agresión y con tan funestos resultados, si bien generó diversas interpretaciones y reacciones, se convirtió en un punto de apoyo más de la política belicista emprendida por la administración de George W. Bush.
Dicha administración, que arribó a la Casa Blanca con un consenso que podríamos calificar de alcance reducido, se caracterizó desde un principio por el vuelco diametral impuesto a su política, respecto de los gobiernos inmediatamente precedentes.
El fin de la Guerra Fría colocó a Estados Unidos en una posición marcadamente singular, probablemente sin equivalentes históricos, convirtiéndose el objetivo primordial de su política exterior en mantener el status quo adquirido, objetivo que se manifestó con diversas modalidades, según cual fuera la orientación esgrimida por la administración que ostentara el poder.
Tras el colapso de la Unión Soviética, este país se encontró frente a un dilema estratégico, resumido en tres opciones:

  • privilegiar la cooperación y el multilateralismo,

  • adoptar una política clásica de equilibrio de fuerzas o

  • perpetuar la unipolaridad por medio de una “estrategia de primacía”.

Esta estrategia fue la alternativa finalmente privilegiada por un sector del Pentágono durante el transcurso de la administración de George Bush (padre) y como tal, se articuló en el seno del Pentágono en un informe confidencial titulado Defense Policy Guidance 1992-19941. Cabe destacar que, previamente a adoptarse como política de Estado, las pautas contenidas en tal informe fueron objeto de un crudo debate al interior de la administración, que tuvo como protagonistas a James Baker, entonces Secretario de Estado y al Asesor de Seguridad Nacional, el General Scawcraft, quienes limitaron los alcances de las medidas a adoptar, cambiando asimismo algunos de sus lineamientos originales. Lo que dicho documento en su versión última preconizaba era

“... impedir que cualquier potencia hostil domine regiones cuyos recursos le permitan acceder a la condición de gran potencia”...

disuadir a los países industrializados avanzados de cualquier tentativa de desafiar nuestro liderazgo o de modificar el orden político y económico establecido”, y



prevenir la emergencia futura de cualquier competencia a nivel global”2.
Sin embargo tales premisas, aunque corregidas en el informe citado, se constituyeron en basamento de una política de seguridad que tuvo su expresión cúlmine en la Guerra contra Irak, en 1991, guerra que cumplió una función indudablemente decisiva tanto para mantener la movilización de las fuerzas armadas estadounidenses, como para justificar la continuidad de un elevado presupuesto de defensa y conservar la red militar establecida a nivel planetario.
Esta estrategia de primacía fue dejada paulatinamente de lado durante el transcurrir de la administración Clinton, quien privilegió la construcción de una política centrada en el aspecto económico3, haciendo hincapié fundamentalmente en el proceso de globalización y en la penetración del enfoque neoliberal, a través de la apertura de mercados. Hacer predominar la economía sobre la seguridad, resultaba consecuencia lógica de un enfoque que consideraba que la desaparición del enfrentamiento bipolar abría las puertas a una inversión de las prioridades, emergiendo una especie de “Estado globalizador”. Ejemplos de las políticas que dicho enfoque conllevó, constituyen la ratificación del ALCA (Asociación de Libre Comercio de las Américas), a fin de cimentar relaciones comerciales estratégicas con los vecinos más próximos y la finalización de la Ronda Uruguay del GATT en 1994, con la consiguiente creación de la OMC (Organización Mundial de Comercio) para reducir aranceles, arreglar conflictos comerciales y aplicar reglamentos4.
Otro aspecto a destacar de la administración Clinton resulta la preferencia otorgada a la prosecución de los intereses nacionales vía las instituciones multilaterales y las Fuerzas Multinacionales. Acciones relevantes en el ámbito de política exterior fueron: el reestablecimiento de la democracia en Haití, las negociaciones por la paz en la ex – Yugoslavia, la mediación de un acuerdo de paz en Irlanda del Norte, la normalización de las relaciones con Vietnam, la promoción de un acercamiento con Corea del Norte, acciones estas que junto a otras se enmarcan en lo que la administración definió como Enlargement of Democracy o Ampliación (Expansión) de la Democracia, que incluyó entre sus ítems el respeto a los Derechos Humanos, la política de acercamiento a China y Rusia, y cabe mencionar la firma del Tratado de Libre Comercio con México, que además de haber afianzado la relación entre ambos países, se relaciona con lo mencionado en el párrafo precedente acerca del esfuerzo depositado en el proceso de consolidación del ALCA, constituyéndo el acto citado una acción importante para la concreción del mismo. También puede destacarse el compromiso, aunque renuente, de dicho gobierno con el Tribunal Penal Internacional y, firma mediante, con el Protocolo de Kyoto, lo cual muestra una tendencia a actuar acorde a criterios multilaterales, sin descartar que tal actitud pueda haber escondido una dosis de pragmatismo en el sentido de entender los límites y posibilidades de la misma. En este sentido no debe olvidarse que la Iniciativa conocida como Plan Colombia y la intervención, OTAN mediante, a Kosovo formaron parte integrante de la agenda de la administración demócrata5.
La administración de George W. Bush no vaciló en calificar a la misma de “conciliatoria”, alejándose a pasos agigantados hacia una estrategia claramente unilateral que revive de alguna manera, momentos claves de una era pretendidamente superada, de Guerra Fría.
Este giro se evidenció desde un principio con la designación de los puestos más importantes del gabinete, los cuales recayeron en figuras claves: el Vicepresidente Dick Cheney, el Secretario de Estado Colin Powell, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, la Asesora de Seguridad Nacional Condoleezza Rice, quienes conforman un equipo sumamente experimentado en lo que a cuestiones de seguridad nacional atañe.
Como no podía resultar de otro modo, el replanteamiento respecto al ámbito específico de política exterior y de seguridad resultó inminente. El Presidente George W. Bush, poco después de asumir su cargo, encomendó a su Secretario de Defensa que trazara la “estrategia de guerra del siglo XXI”. Ello derivó en una arquitectura de defensa edificada sobre tres pilares:

  • el “americocentrismo”, que implica la utilización de las fuerzas acorde a la maximización de los intereses nacionales, inclusive durante operaciones conjuntas con los aliados;

  • la capacidad de desplegar fuerzas en cualquier lugar, en cualquier momento y en cualquier circunstancia; y

  • la supremacía perpetua, que significa recurrir a la ciencia, a la tecnología y a los recursos económicos para garantizar la superioridad permanente de las fuerzas armadas estadounidenses6.

Asimismo, la estrategia pergeñada respondió a ciertos objetivos más generales asumidos por Bush como lineamientos estructurantes de su política:



  • fortalecer los lazos de confianza con las fuerzas militares norteamericanas,

  • proteger al pueblo norteamericano contra los ataques y amenazas terroristas, y

  • crear una fuerza militar que aproveche las nuevas y extraordinarias tecnologías para confrontar las nuevas amenazas de este siglo7.

Tal como afirma Rumsfeld, existe la idea generalizada de que el mundo está cambiando y de que el actual es un período de transición entre la Guerra Fría y la era que sigue, resultando bastante inciertas hasta el momento las características que el nuevo ordenamiento depara.


El nuevo escenario, tal como se ha ido configurando tras la finalización de la Guerra Fría, reporta a Estados Unidos pingües beneficios, como así también es fuente de considerables desventajas. A partir de un análisis del reacomodamiento de la situación internacional resulta factible afirmar que probablemente no exista un solo modelo de nuevo orden mundial
Por un lado, el otrora esquema bipolar ha dado paso a un unipolarismo, donde es este país el único que sin duda, puede ejercer a nivel global, al papel de superpotencia.
Por otro lado, es posible constatar que en el contexto actual, la agenda internacional ha experimentado cambios fisonómicos fundamentales, en virtud de lo cual las cuestiones económicas han adquirido un peso similar y en algunos aspectos superior a las cuestiones estratégico militares, antaño ubicadas al tope de la agenda. Siguiendo este razonamiento, es indiscutible que existen actores en el orden mundial que, en tanto sean capaces de consolidar estrategias en común, serán capaces de rivalizar con el coloso norteamericano, lo que otorga al nuevo esquema características palpables de multipolaridad.
En esta coyuntura, la actual administración estadounidense ha optado por iniciar un proceso de rejerarquización de la agenda, a fin no solo de mantener el statu quo (lo cual fue una constante en los últimos gobiernos), sino extender aún mas las fronteras de su hegemonía, apelando para ello a aquellos ámbitos donde Estados Unidos mantiene una situación de predominio indiscutible. En tal sentido se orienta la estrategia emprendida por Bush que consiste claramente en priorizar el aspecto estratégico militar.
En el marco de dicho ámbito y coincidiendo con los objetivos enunciados en los párrafos precedentes, el 1 de mayo de 2001 el Presidente anunciaba su decisión de construir rápidamente un sistema de defensa antibalística. El 8 de mayo del mismo año, el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, anunciaba también, aunque sin dar cifras, un considerable aumento en los gastos de defensa estadounidense en el terreno espacial. El espacio, afirmaba, ocupará en adelante un lugar prioritario en la planificación estratégica de Estados Unidos8.
El informe Rumsfeld, anterior a dicho anuncio, evoca lo que considera la “creciente vulnerabilidad de Estados Unidos” ante un “Pearl Harbor” espacial y propone evitar ese problema “dando al Presidente la opción de desplegar armas en el espacio para disuadir eventuales amenazas, y, de ser necesario, para defender de un ataque los intereses estadounidenses”9.
Hasta que punto la dependencia del espacio es real, resulta un tema constatable en el acontecer histórico, a la par que un desafío característico de la etapa de Guerra Fría, aunque la Guerra del Golfo de principios de la década del ´90, apenas finalizado el período histórico precedente, “representa el primer caso de empleo de satélites de comunicaciones para el despliegue, mantenimiento, mando y control en gran escala de fuerzas de combate10. Ello implica, corroborando las aseveraciones de Rumsfeld, que los ejércitos en competencia de muchos países dependen ya demasiado de misiles y satélites para imaginar que vayan a ignorar esa dimensión. Su inmensidad constituye un factor clave en la forma bélica del futuro11.
Bush, por su parte, encuentra numerosas justificaciones para el despliegue del Escudo Antimisiles, como lo indicase inclusive desde la campaña que lo condujo a la casa Blanca, al afirmar que “La protección de Estados Unidos asumirá la más alta prioridad en el siglo próximo”12. Esto implica fundamentalmente proteger el territorio nacional contra la amenaza de “Estados ilegales”, es decir contra países con dirigentes irracionales dotados de misiles balísticos. Sin embargo resulta discutible si dicha iniciativa es la resultante de un plan defensivo o, por el contrario, constituye la pieza clave de una estrategia activa y ofensiva pergeñada por Washington.
La apuesta de Bush en este sentido resulta sumamente arriesgada y no sólo para los Estados potencialmente “enemigos” sino, primordialmente, para los aliados ya que, en el pasado, cada vez que una potencia dominante intentó aumentar indefinidamente su supremacía, el escenario derivó en situaciones inestables y conflictivas.
A lo largo del presente trabajo, intentaré, mediante una metodología fundamentalmente basada en la lectura de material bibliográfico, arribar a lo que constituye el objetivo propuesto para el mismo, cual es un análisis explicativo de aquellos aspectos que considero fundamentales, por la incidencia asumida en los diversos campos, de un proyecto de la envergadura de la actual National Missile Defence, iniciativa que considero es prioritaria, en tanto componente de la estrategia de un sector clave para la política exterior estadounidense, como es, sin duda, el desarrollo militar-nuclear de este país.
El primer capítulo actuará a modo de presentación de la iniciativa objeto de estudio, así como del análisis político que realizó el gobierno del Presidente Bush para incluirla dentro de su agenda como un proyecto a desarrollarse en un futuro inmediato. Asimismo, se remontará a sus antecedentes más próximos. Es también en este acápite donde se realizará una descripción de algunos aspectos técnicos relevantes para comprender los alcances del Escudo Defensivo.
En el capítulo II se analizará la Doctrina conocida como Destrucción Mutua Asegurada o Doctrina de la Disuasión, instituída en dogma durante el transcurrir de la Guerra Fría. Luego de constatar que esta, así como el tratado ABM, pilar junto a la misma del período citado ha ido perdiendo vigencia en forma paulatina, se analizará el modo en que la eficacia defensiva fue reemplazando a la ofensiva como factor disuasivo de conflictos en el marco del nuevo escenario estratégico.
Los antecedentes más lejanos del Escudo Antimisiles, en especial la “Guerra de las Galaxias” pergeñada por la administración de Ronald Reagan durante los ´80, serán revisados en el capítulo III, en el que también se mencionará los diferentes debates ocasionados en virtud de estos proyectos, habida cuenta de las dificultades técnicas y de índole económica inherentes a la historia del sistema defensivo.
El capítulo IV abordará los aspectos teóricos-conceptuales factibles, desde mi punto de vista, de ser aplicados a la estrategia de seguridad desarrollada por Estados Unidos, de la cual resulta componente clave la NMD. En dicho acápite se hará hincapié en el cambio generalizado que sufre la concepción teórica de la seguridad respecto de la etapa inmediatamente precedente (este capítulo se complementa con el capítulo II ya reseñado).
En el capítulo V es posible encontrar una visión más abarcativa de la política exterior estadounidense, aunque siempre poniendo énfasis en el aspecto estratégico-militar. En estas líneas se analizará el impacto que los sucesos del 11 de septiembre de 2001 han tenido sobre la agenda exterior de la administración republicana y como se han constituído en eslabón fundamental de un proceso que venía gestándose desde los mismos inicios de la administración de George W. Bush.
La situación interna, así como los lobbies que a favor y en contra surgieron en el ámbito doméstico a raíz de la enunciación de esta iniciativa, se describirán en el sexto acápite, donde se hará mención también del impacto presupuestario. El conglomerado militar-industrial, tanto público como privado, y el complejo científico también estarán presentes a lo largo de este capítulo.
En los capítulos VII y VIII, me referiré al modo en que las relaciones bilaterales de los Estados Unidos se han visto afectadas por el anuncio y posterior despliegue de la NMD. En el primero de ellos se analizará la díficil relación con Rusia, asi como los lazos entablados con actores fundamentales de Europa. También las relaciones con Japón serán descriptas en él. En tanto en el capítulo VIII, el objeto de análisis lo constituirán las relaciones absolutamente conflictivas, o que lo son en forma potencial. Se tomará a tal fin los casos de Irak, Corea del Norte y China.
Por último arribaré a las conclusiones pertinentes, donde intentaré exponer, en base al objetivo mencionado y tras el análisis de las diferentes facetas, expuesto en los diversos capítulos, la trascendencia que tal iniciativa, en mi opinión, asume para el diseño del orden mundial presente y futuro.
Capitulo I:
La National Missile Defence: Un desafío gigantesco.
En los siglos XV y XVI creció y menguó el entusiasmo de las grandes potencias europeas por la exploración transatlántica, pero, una vez descubierto el Nuevo Mundo, ya no era posible dar marcha atrás...”

Alvin y Heidi Toffler,

Las Guerras del Futuro.

La idea básica que subyace tras la National Missile Defence, como se ha denominado al Escudo Antimisiles, consiste en el desarrollo de una capacidad defensiva que detecte y neutralice, dentro o fuera de la atmósfera, cualquier amenaza balística de caracter no masivo13 dirigida contra el territorio de los Estados Unidos.


El programa anunciado por la administración republicana tuvo su origen inmediato en la Missile Defence Act promulgada por el Congreso norteamericano durante la presidencia de George Bush (padre), en la que se especificaba concretamente el despliegue de un sistema de interceptores en tierra, para 1996. Esta fecha posteriormente fue traslada, por indicación del Pentágono, para el año 2002. A consecuencia del lanzamiento por parte de Corea del Norte de un misil de largo alcance, que sobrevoló territorio japonés en 1998, se tomó la definición de desarrollar una Defensa Antimisiles de carácter Nacional, que debería hallarse en estado operativo para el año 2003. Dicho proyecto superaba las expectativas de un simple sistema de interceptores, como el previsto hasta el momento en que el suceso mencionado hizo menester replantear los alcances perseguidos. En base a ciertos informes que consideraban improbable la consecución del despliegue del mismo para antes del año 2005, el Presidente Clinton anunció, en septiembre del año 2000, que era su intención que la decisión final acerca del escudo fuera, en definitiva, adoptada por el Presidente sucesor.
Muchas razones se conjugaron en el análisis que realizó el gabinete en ese entonces, que derivaron en la decisión de posponer el desarrollo del programa. Si bien la administración de Clinton reconocía la importancia de la NMD como parte esencial de una estrategia de seguridad nacional que contemplase todo tipo de amenazas, tomando en cuenta las nucleares, biológicas y químicas, observaba que ciertos impedimentos factuales se interponían en el desarrollo de la misma.
Entre las cuestiones principales argüidas es posible encontrar las limitaciones tecnológicas existentes, el éxito sumamente limitado de los ensayos, hasta la fecha, la existencia del Tratado ABM y, en particular la escasa simpatía con que los aliados contemplaban el proyecto. Tales fueron los factores que contribuyeron a que el gobierno demócrata mermara aún mas su predisposición hacia el desarrollo del sistema.
Lo anterior, aunado al escaso contenido belicista subyacente en la estrategia que durante ese mandato se gestaba desde la Casa Blanca, fue motivo más que suficiente para que el Presidente Clinton hiciera una evaluación negativa. Se consideró que dicho proyecto, que no encajaba en los postulados oficiales, reportaría a la administración mas costos que beneficios.
Desde el inicio de su gobierno, George W. Bush retomó la iniciativa postergada por su predecesor, haciendo hincapié en la seriedad del compromiso norteamericano con la NMD. Bush considera a la misma una “responsabilidad constitucional” a la vez que una nueva oportunidad para un replanteamiento colectivo que aumente la seguridad de Estados Unidos y sus aliados, tal como expresara Donald Rumsfeld en la Conferencia de Munich sobre Política de Seguridad Europea, en febrero del año 200114.
El programa anunciado por el Secretario de Defensa consiste en una sofisticada red internacional de misiles interceptores y sistemas de armas láser colocados en aire, mar y tierra, además del espacio sideral y montados en buques, submarinos, aviones y satélites que servirían de escudo impenetrable para interceptar y destruir, cuando se hallen aún en vuelo y antes de que ingresen a la atmósfera terrestre, misiles dirigidos contra Estados Unidos.
Los ataques a prevenir serían aquellos perpetrados con misiles balísticos intercontinentales. Esto es lo que diferencia fundamentalmente a un Escudo Antimisiles del tipo en cuestión, del llamado táctico, denominado TMD por sus siglas en inglés o Escudo Antimisiles del Teatro de Operaciones, el cual se encuentra diseñado para defender a las fuerzas norteamericanas de un ataque con misiles balísticos de tipo táctico en el campo de batalla15.
El escudo antimisiles a escala global debe abordarse de otro modo, ya que contiene dos componentes idénticamente relevantes: interceptores y sensores. En cuanto a los segundos, estos pueden hallarse basados en tierra o girando en órbita alrededor de la misma. Los sensores basados en tierra realizan dos grandes funciones. En principio, estos deberían encargarse de detectar la aproximación de misiles balísticos en su fase inicial de lanzamiento y propulsión, cuando son menos capaces de evadir las defensas o, en mitad de su trayectoria, acercándose al territorio protegido. Para realizar dicha función se ha optado en este caso por el uso de un radar de alerta temprana derivado del Cobra Dane, empleado por Estados Unidos durante la guerra fría para detectar la aproximación de los ICBM soviéticos.
En segundo lugar, la función pertinente de tales sensores constituiría en guiar los misiles interceptores hasta el misil balístico en aproximación. Esto representa un complejo problema, en razón de las enormes distancias puestas en juego. El tipo de radar necesario para cumplir con la función indicada deberá operar en banda X y representa un gran desafío técnico, ya que dicho radar debe proporcionar información en tiempo real acerca de la distancia y dirección a seguir por el misil enemigo, a un segundo ordenador que dirige la acción contra la amenaza, lanzando contra él un interceptor. La trayectoria de éste será determinada por la del misil atacante, por medio de radares y satélites16.

Con respecto a los sensores en órbita alrededor de la tierra, estos constituirían una red de satélites encargados de detectar a los misiles balísticos por la radiación infrarroja emitida por los mismos. El nombre asignado a este programa es SBIRS ( Space-Based Infrared System). Este sistema fue creado por la Fuerza Aérea como parte integrante del Sistema de Alerta Temprana de Estados Unidos para reemplazar el DSP (Defense Support Program, de igual desempeño, pero menores capacidades). Esta red de satélites, divididos a su vez en high y low, en virtud de la altura a la que se hallan emplazados, tendría por objetivo detectar el lanzamiento de los misiles enemigos, localizar su trayectoria a través del seguimiento de los misiles en vuelo, mientras simultáneamente acopia los datos fundamentales sobre los mismos. Asimismo el sistema satelital, equipado con sensores infrarrojos de última generación, actuaría en combinación con el BM/C3 (Battle Management/Command, Control and Communications), cuyos sensores ubicados en tierra, cumplen con la función de procesar la información proveniente de radares, como de otros sistemas de datos, a fin de permitir estimar la amenaza y de resultar pertinente, autorizar en consecuencia el lanzamiento de interceptores, acrecentando de este modo la eficacia del sistema. Durante y después de haber sido lanzados los interceptores, los radares continúan almacenando datos en orden a evaluar el éxito o fracaso de la misión17.


Los interceptores constituyen, junto a los sensores anteriormente descriptos, el segundo componente esencial del sistema. Por ejemplo, un interceptor se encuentra constituído por un misil que transporta una cabeza de guerra muy especial denominada EKV, “Exoatsmospheric Kill Vehicle” o “vehículo extra-atmosférico matador”. Está previsto que éste se separe en vuelo de su vehículo transportador e impacte en la ojiva del misil agresor, a una velocidad próxima a los 24.000 km/h18. La función de interceptación llevada a cabo por el escudo antimisiles global, se realiza en el espacio exterior, entorno que carece de atmósfera y oxígeno. En consecuencia los explosivos tradicionales producen efectos que pueden resultar perjudiciales para otros sistemas propios en sus proximidades, tales como satélites y misiles, razón por la que se utiliza el mencionado EKV, el cual resulta, a fin de evitar tales efectos más eficaz. Este último funciona por el principio de energía cinética19 e impacta contra el blanco guiado por los sensores y propulsores que lleva a bordo, destruyéndolo por tal efecto y, fundamentalmente, por un fenómeno de choque a altísima velocidad.
El proyecto prevé también sistemas de intercepción marítimas. Un crucero estadounidense equipado con el sistema de Defensa Aerea “Aegis” (con radares y misiles) logró por primera vez interceptar y destruir un misil balístico en su fase ascendente, en pruebas recientes, frente a Hawaii. Incluye asimismo el uso en tierra de lanzadores móviles, como por ejemplo misiles tierra-aire Patriot, contra misiles de mediano alcance20.

Existe finalmente, otro tipo de interceptor denominado SLB ( airborne láser), que constituye un sistema láser de alta energía que eventualmente sería transportado en aviones Boeing 747 modificados o en satélites espaciales situados en órbita. Aún no es seguro que dicho equipo sea factible de ser utilizado para abatir, tanto los misiles balísticos de tipo táctico como a los de tipo estratégico. El primer vuelo de prueba para hacer ensayo del sistema destructor del ABL equipado con un dispositivo de precisión, se proyecta en la actualidad para fines de 200421.



Capítulo II:
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