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El diablo y la señorita jones Kate Walker


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Capítulo 8


 

  • Que no nos vamos casar? –exclamó él, sin poder dar crédito a que ella pudiera estar rechazando su proposición.

–No –respondió ella casi en un susurro.

–¿Y por qué no, si se puede saber? –preguntó él secamente.

–Porque... porque...

¡Por Dios santo! ¿Qué respuesta podría darle que sonara mínimamente convincente? ¿Qué podría decirle para que él no la viera con estrellas en los ojos, soñando con un príncipe azul y una vida eternamente feliz? ¿Qué podía decirle sin tener que mencionar esa gran palabra de cuatro letras... «Amor»?

–Pensé que, ya que tú creciste en una familia sin un padre, querrías que tu hijo tuviera una madre y un padre.

Sí, pero eso no era suficiente, se dijo ella. El suyo sería solo un matrimonio de conveniencia. Sabía que Carlos se sentiría atrapado en ese matrimonio porque eso era algo que él no había buscado. Él no había deseado ese matrimonio, sino que le había venido impuesto por las circunstancias. Aún podía recordar el miedo dibujado en su rostro cuando le dijo que era virgen la noche que se conocieron.

–Los padres no necesitan estar casados para amar a un hijo y criarlo. Tu madre estaba casada con tu padre, pero eso no le impidió traicionarlo. Mi padre abandonó a mi madre cuando se enteró de que estaba embarazada. Ni siquiera vino a verme cuando nací... Además, tú y yo no tenemos nada...

–¿Que no tenemos nada en común? –exclamó él en un tono airado–. ¿Cómo puedes decir eso?

Carlos se puso a dar vueltas de nuevo de un lado a otro del porche, como si fuera un oso enjaulado. Luego, cuando pareció calmarse, se acercó a ella, le tomó las manos y se las acarició lentamente con sus dedos largos y varoniles. Ella sintió como si el cielo nocturno se llenara de una nube rutilante de meteoritos que estallaban ante sus ojos.

–Tenemos muchas cosas que compartir –añadió él, con un brillo en la mirada que pareció iluminar la piel de ella en la penumbra de la noche–. Tenemos esto...

El tono suave y seductor de su voz resultaba más persuasivo, pero también más sobrecogedor que el que había utilizado antes en sus momentos de arrebato.

Martha sintió que no podía resistir por más tiempo la lucha que estaba librando internamente consigo misma.

–Nos compenetramos muy bien –dijo él en voz baja.

–En... la cama.

–Ese puede que sea el mejor sitio para empezar.

Para empezar, tal vez, se dijo ella. Pero, si no había nada más, si no había algo más profundo entre ellos, su relación no llegaría a ninguna parte.

Ella le miró a la cara y por un segundo creyó verse transportada a aquel día, cuatro meses atrás, cuando lo conoció por primera vez. Cuando era Carlos Diablo. Un diablo que se arrodilló a sus pies sobre el asfalto de la carretera empapada por la lluvia y le arrancó el volante del vestido de novia para que pudiera montarse en la moto y marcharse con él, dejando atrás los restos de lo que se suponía habría sido su matrimonio.

En aquel momento, había sentido que podría ir con él a cualquier parte del mundo. Y, si era sincera consigo misma, tenía que admitir que nada de eso había cambiado.

Con sus ojos verdes clavados en los suyos y su cuerpo alto y delgado rozándole las piernas, ella sintió como si un fuego líquido le corriera por las venas. Ella había deseado a ese hombre de forma desesperada aquella noche y aún seguía deseándolo.

No pudo resistir la tentación de extender la mano y tocar la negra seda de su pelo. Lo tenía ahora incluso más largo que aquella noche de abril y se le caía por la cara con la brisa de la noche.

Viendo que él no hacía ningún movimiento para rechazar sus caricias, le pasó los dedos por la frente, las sienes y la barbilla. Una vez más, se estremeció al sentir el roce de su barba incipiente en las yemas de los dedos. Creyó sentir una corriente eléctrica circulando por su sistema nervioso hasta alcanzar los puntos sensibles de su cuerpo. Sintió los pezones de sus pechos duros y erectos y un calor apacible derritiéndose como miel caliente entre las piernas.

Él inclinó entonces la cabeza y puso sus labios sobre la cara interior de su muñeca. Ella sintió aquel beso en la mano como un tormento de sensaciones. El corazón comenzó a latirle en el pecho de manera desenfrenada y su respiración pareció quedarse ahogada en mitad de la garganta.

–Sí, lo sé –la voz de Carlos sonaba suave y tentadora y su sonido resultaba para ella aún más turbador al no poder verle más que la mitad de la cara–. Ya hemos estado antes allí.

–Ahora todo es diferente –consiguió decir ella a pesar del nudo que tenía en la garganta que casi le impedía hablar–. Ahora no podrías arrancarme la falda tan fácilmente...

La voz se le heló en los labios al ver el brillo de sus ojos. Supo, al instante, que él ya no estaba pensando en la noche que habían pasado juntos, sino en la que podrían pasar ahora.

–Si es eso lo que quieres que haga –dijo él suavemente, bajando la mirada por la falda de color azul pálido que le llegaba hasta los pies–, no creo que me resulte muy difícil.

–Yo.... –susurró ella nerviosa, pasándose la lengua por los labios–. No...

–Vamos decídete –dijo él con una sonrisa sensual y seductora–. Si no, no voy a saber a qué atenerme contigo. Cuando dices que sí, creo que, en realidad, quieres decir que no, y viceversa.

Ella se quedó embelesada mirándolo. Su voz era pura seducción y su sonrisa toda una tentación. Aún recordaba esa boca en sus labios, recorriendo su piel, sus pechos... Deseaba, necesitaba volver a revivir de nuevo aquella experiencia maravillosa. Sintió su cuerpo abrasado de deseo solo de pensarlo.

Carlos dejó que cayera al suelo el libro que ella aún tenía en el regazo y deslizó un dedo suavemente a lo largo de la falda, deteniéndose en la costura donde se unía la parte baja del volante con la parte de arriba del vestido. Ella recordaba, igual que él, la facilidad con que le había desgarrado la costura del vestido de novia.

–¿Qué? ¿Te decides...? ¿Qué significa esa cara? ¿Un sí o un no?

Ella sabía lo que debería hacer y lo que debería decirle. Carlos parecía estar ahora de buen humor. Era la ocasión idónea para explicarle por qué no podía casarse con él, por qué no necesitaba casarse con él. Pero sabía también que eso podría arruinar la magia de aquel momento, tal vez, irrepetible. Podía arriesgarse a que Carlos, que estaba ahora tan romántico y seductor, se convirtiese en unos segundos en una furia desatada o en un bloque de hielo.

–Si te sirve de algo, creo que ya comprendo por qué te comportaste así conmigo aquella noche en el hotel.

–¿De veras?

Martha agradeció que la oscuridad de la noche disimulara el rubor de sus mejillas. Él la miró muy sonriente y ella pensó que su sonrisa era demasiado atractiva como para perderla.

–Habías planeado perder la virginidad esa noche, pero las circunstancias obraron en tu contra –dijo Carlos sin perder la sonrisa–. Eso debió de ser muy frustrante para ti. Querías que las cosas cambiaran en tu vida, por eso...

–Por eso me agarré al primer hombre que pasó por mi lado. Cualquier puerto es bueno en medio de una tormenta, ¿verdad? –exclamó ella con el rostro encendido, llena de indignación–. Lo que dices me parece un insulto a la inteligencia. A la mía, por lo menos. ¡No fue así en absoluto!

–¿No? –replicó Carlos, arrodillándose junto a ella–. Entonces, dime, ¿cómo fue?

–Yo...

¿Se atrevería a decirle la verdad? ¿O sería aún peor guardársela? Lo que no podía soportar era dejar que él pensase que ella lo había utilizado solo para satisfacer una necesidad que había sentido en un momento dado.



Lo que ellos habían compartido había sido algo muy especial. Al menos, para ella. Esa noche había sido la noche de bodas que ella habría deseado tener si se hubiera casado con un hombre al que amase.

Sintió un vuelco en el corazón al darse cuenta de que, en sus pensamientos, se estaba imaginando a Carlos como el novio con quien hubiera querido pasar su noche de bodas.

–Venga, dime, ¿cómo fue?

–Así... –dijo ella, acercando la boca a la suya y besándolo de forma apasionada–. Conocí a un hombre maravilloso, distinto a los demás. Un hombre al que deseaba besar y tocar...

Ella acompañaba las palabras con las acciones.

Escuchó, en seguida, los gemidos de Carlos.

–Y al que yo deseaba que me tocase –continuó diciendo ella–. Era el hombre que había estado esperando toda la vida. El hombre que podía enseñarme lo que significaba ser una mujer. Y, extraña e increíblemente, parecía que él me deseaba también.

–¿Extrañamente? –exclamó Carlos entre una mezcla de risas y gemidos–. ¡Santo Dios! ¿No te has mirado nunca al espejo? Eres una mujer muy hermosa.

–Gavin no pensaba eso de mí.

–Entonces debía de ser más estúpido de lo que suponía. Por lo que parece que no solo carecía de cerebro, sino que tampoco tenía ojos en la cara.

La vehemencia con que él pronunciaba esas palabras actuaba en ella como un bálsamo benefactor para su maltrecho ego de mujer despreciada por su prometido.

–Me siento hermosa cuando estoy contigo. Me sentí una mujer maravillosa aquella noche a tu lado. Porque tú me deseabas tanto como yo a ti. Me hiciste sentir como si fuera la única mujer en el mundo.

–Aquella noche, eras la única mujer del mundo para mí –dijo él con la voz apagada–. Yo te deseaba entonces y te deseo ahora.

–¡Oh, Carlos! –exclamó ella con un suspiro de agradecimiento, de aceptación, de consentimiento.

Él, haciendo uso de ese consentimiento, decidió pasar a tomar la iniciativa.

Se puso de pie y la besó en la boca tal como ella estaba deseando, devolviéndole cada beso.

Ella se agarró a él cuando la levantó de la tumbona. Luego le paso los brazos por el cuello y enredó los dedos en su pelo.

Carlos la llevó medio en vilo, medio a rastras, hacia la escalera de la parte de atrás, alejada de la suite privada de Javier, y se dirigió con ella a la habitación que Martha había preparado para él un par de días antes.

A cada dos o tres pasos, se paraba para apretarla contra la pared y besarla apasionadamente, presionando de forma salvaje su cuerpo contra el suyo para hacerle sentir en los muslos el calor y la fuerza de su erección, a través del suave tejido de su vestido. Pero incluso eso suponía una barrera demasiado odiosa, pues establecía una cierta separación entre ellos. Deseaban sentir el contacto directo de la carne del uno en el otro.

Entre besos y trompicones, y casi sin mirar por dónde iban, consiguieron llegar agarrados al dormitorio. Entraron corriendo y se lanzaron a la cama entre besos y abrazos. Martha le quitó a Carlos la camisa polo que llevaba e introdujo la mano por debajo de la cintura de su pantalón, desatando una oleada de deseo incontrolable.

La ropa de ambos salió volando, cayendo en el suelo desparramada por todos los rincones.

Los besos eran casi salvajes y muy exigentes. Libres de complejos. Desinhibidos.

La caricias eran una incitación al frenesí, al deseo y a tomar el placer allí donde pudieran encontrarlo.

No había delicadezas ni precauciones en aquella batalla sexual, solo una apremiante necesidad de satisfacer sus deseos.

Martha echó la cabeza hacia atrás, arqueó la espalda y soltó un grito cuando él se puso encima de ella y la penetró con toda la fuerza y el vigor de su poderosa erección.

Se agarró con fuerza a sus hombros, clavándole las uñas en la carne, y se sintió ascendiendo cada vez más y más alto, perdiéndose y abandonándose por completo, dejando que él llevase el control. Al cabo de unos minutos, él llegó al éxtasis entre jadeos y convulsiones, arrastrándola a ella casi al mismo tiempo.

En esos momentos intermedios entre el clímax y la realidad, mientras ella descendía a la tierra, no sintió más que el calor y la fuerza de los brazos de Carlos alrededor de ella y el latido acelerado de su corazón junto al oído.

Se sintió dichosa y feliz, pegada a su cuerpo. Todo era perfecto.

Permanecieron callados y sin moverse uno junto al otro. No eran necesarias las palabras, ya había tenido lugar toda comunicación necesaria de la forma más básica y primitiva, y en un lenguaje sin complicaciones, que no daba lugar a equívocos ni a falsas interpretaciones.

Carlos se revolvió a su lado, suspirando profundamente y murmurando algo en español, en voz baja. En un mundo ideal, ella habría pensado que él estaba pensando lo mismo que ella, que él también deseaba que el amor fuera el medio simple y directo de comunicación entre ellos, sobrando las palabras, cuando podían hablar los cuerpos.

Pero la verdad era que, en el fondo, incluso esa comunicación no había sido tan simple y directa. Porque mientras ella sabía exactamente por qué había sentido esa pasión tan desenfrenada hacia él, desconocía por completo lo que él había sentido por ella. Le había dicho que la deseaba. Eso era todo. Su cuerpo se había entregado a ella. De eso no le cabía ninguna duda. Pero ¿y su mente?, ¿y su corazón? No tenía respuestas a esas preguntas y sabía que, en cuanto se las hiciese a él, comenzarían las complicaciones y se sumiría de nuevo en un mar de incertidumbres que no sabía a dónde podría llevarla.

Carlos emitió un suspiro que casi se solapó con el suyo. Luego se volvió lentamente hacia ella y la miró con sus ojos verdes. Era la mirada sensual de un hombre que acababa de saciar su deseo físico.

–Todo sigue igual, ¿verdad? –dijo él en voz baja–. La misma química. Nada ha cambiado, nada se ha desvanecido ni debilitado. Solos tú y yo, y este infierno que arde entre nosotros cada vez que nos tocamos. Eso es lo que hará que nuestro matrimonio funcione.

–Solos tú y yo –repitió Martha, procurando borrar cualquier vestigio de nostalgia en su voz.

Por un momento, estuvo tentada de volverse atrás y reconsiderar su propuesta de matrimonio. De reconsiderar aquella declaración de matrimonio, libre de emociones tal como había sido. Como si solo existieran Carlos y ella, y nadie más.

Pero sabía que eso ya no era verdad. Ya nunca más estarían ellos dos solos. Había otra persona con la que contar. Su bebé.

Carlos pareció darse cuenta de sus dudas.

–¿Qué te pasa? –preguntó él, levantando la cabeza y mirándola con los ojos entornados–. ¿Ocurre algo?

Si él le preguntaba eso, si necesitaba hacerle esa pregunta, dudaba mucho de que pudiera entonces comprender su respuesta.

Estaba claro que él pensaba que la había convencido de que un matrimonio basado solo en el sexo podía ser suficiente. Podía funcionar. Pero ella sabía que un matrimonio así solo conseguiría vaciarla de sentimientos, reducirla a una simple envoltura física, sin alma ni corazón, hasta acabar destruyéndola.

Tenía que decirle por qué su matrimonio nunca funcionaría, por qué tenía que rechazar su proposición.

Pero no sabía cómo. No sabía por dónde empezar.




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